viernes, 3 de junio de 2016

SPUTNIK

SPUTNIK 11.957 A.C.
Por
Hugo Rodríguez.

La hembra se había adormilado a su lado y Durck Napoc le acariciaba la redondez del vientre. Durck se giró y miró la bóveda de la caverna donde  la luz de la tarde  alargaba las sombras. Se incorporó despacio para no despertarla y se alejó hasta la entrada. Sus ojos de tierra señalaron a la montaña. Sabía que de un momento a otro comenzaría a brillar 'compañero de viaje', la antorcha del cielo que cayó dos noches atrás. Durck distinguió los primeros destellos en la nieve. Al rato, la antorcha   brillaba en la cumbre como una estrella. Subirá mañana temprano. Aplacará  su curiosidad y calmaría a la hembra, inquieta por el hijo.
Alcanzó el lugar al mediodía. Durck, de rodillas, jadeaba  y se asombraba: la esfera reflejaba las nubes y los riscos. Lucía más grande que la cabeza de un oso y la coronaban cuatro espinas largas, tan brillantes como el hielo. Había expandido la nieve cuando chocó y  parecía un huevo en el nido.
La hubiese acariciado y sería tibia como el vientre. Había marcas en el metal, pero aún no sabía de símbolos y palabras.  No recordaba nada igual. Los viejos en torno al fuego nunca contaron historias semejantes. Durck Napoc escudriñaba  y soñaba. Luego miró hacia la cueva donde ella retozaba con el niño en las entrañas.  


Fin.

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