LA
CUEVA
Yevgeny
Zamyatin
Glaciares,
mamuts, yermos. Negros farallones nocturnos semejantes a casas;
y en los declives, cuevas. Y nadie sabe quién trompetea por la noche
en el rocoso sendero que corre entre los escarpes, quién alza el
polvillo de nieve al escarbar en el camino. Quizá sea un mamut
de trompa gris o quizá el viento. ¿O no será, el propio soplo
helado del mugir del rey de los mamuts? Una cosa es cierta: estamos
en invierno. Y hay que apretar los dientes para evitar que choquen
entre sí, hay que partir leña con un hacha de piedra, y todas las
noches hay que llevar el fuego de cueva en cueva cada vez a mayor
profundidad. También es preciso envolverse cada vez mejor en
pieles de animales muy peludos.
Un
mamut de trompa gris vagaba por las noches entre los escarpes donde
hacía muchos siglos había estado San Petersburgo. Y los
cavernícolas, envueltos en pieles, mantas y harapos de toda clase,
se retiraban de cueva en cueva. En la fiesta de la Intercesión de la
Virgen, Martín Martinych y Masha cerraron el estudio. Semanas
más tarde, huyeron del comedor y se alojaron en el dormitorio. No
había más lugares adonde retirarse. Allí tendrían que resistir el
sitio o morir.
En
la cueva dormitorio de San Petersburgo, las cosas aparecían tan
revueltas y sucias como pudieron estarlo los animales en el arca de
Noé refugiados allí por causa del reciente diluvio. Una mesa
de estudio, de nogal, libros, mondaduras que parecían hechas con
arcilla de alfarero, Scriabin–Opus 74, una plancha, cinco patatas
tan repeladas, que parecían de marfil, jergones, un hacha, un
chiffonier,
leña...
y en el centro de este universo, su dios, el voraz dios de la cueva,
un dios de patas cortas y oxidadas; la estufa de hierro fundido.
El
dios zumbaba poderosamente. Un gran milagro cálido en la obscura
cueva. La gente... Martín Martinych y Masha, silenciosamente, con
adoración, agradecidos, tendían sus manos hacia el dios.
Durante
una sola hora fue primavera en la cueva. Durante una hora, las pieles
de animales, garras y colmillos quedaron a un lado, y los brotes
verdes..., los pensamientos..., lucharon por abrirse paso en la
corteza de hielo del cerebro.
–Mart,
¿has olvidado que mañana...? Sí, veo que lo has olvidado.
En
octubre, cuando amarillean las hojas, se marchitan y caen,
algunas veces hay días de ojos azules; en estos días se echa hacia
atrás la cabeza para no ver la tierra, y casi se puede creer que la
alegría y el verano aún están ahí. Lo mismo ocurre ahora con
Masha. Si se cierran los ojos y solamente se escucha su voz, todavía
se puede creer que ella es la misma, la vieja Masha. En un momento
dado se echará a reír, saltará de la cama y le rodeará a uno el
cuello con ambos brazos. Y lo que has oído hace una hora –un
cuchillo raspando sobre un cristal– no era su voz, no era ella...
–Mart,
Mart... Ahora como siempre. Nunca solías olvidarlo. El día 29, día
de Santa María, día de mi santo.
El
dios de hierro fundido todavía zumbaba. Como de costumbre, no había
luz. La luz llegaba a las diez. Las feas y desiguales bóvedas de la
cueva parecían oscilar en la altura. Martín Martinych, sentado
sobre los talones, toda su persona tensa, ¡tensa!, todavía miraba,
con la cabeza echada hacia atrás, el cielo de octubre para no ver
los labios marchitos y deslucidos. Y Masha...
–¿Sabes,
Mart? ¿Y si encendemos la estufa por la mañana como primera labor
del día? Para que la jornada sea como ahora mismo. ¿Qué?
¿Cuánto tenemos? Todavía debe de quedar un cordel en el
estudio.
Había
pasado mucho, mucho tiempo, desde que Masha podía llegar por sí
sola hasta el estudio helado; ya no sabía cuánto. Pero ¡ata el
nudo con más fuerza, con mucha más fuerza!
–¿Un
cordel? ¡Mucho más! Creo que debe de haber... De repente, la luz.
Las diez en punto. Y, estremeciéndose, Martín Martinych cerró
los ojos y giró la cabeza hacia otro lado. Era más duro en la
luz que en la obscuridad. En la luz podía distinguirse claramente.
Su propio rostro estaba arrugado como si fuese de arcilla
(muchas personas tenían entonces rostros de arcilla...,
retrocediendo incluso hasta Adán). Y Masha...
–¿Sabes,
Mart? Lo intentaría, quizá podría levantarme si encendieras
la estufa por la mañana.
–Desde
luego, Masha, desde luego. En un día así... Por supuesto, será lo
primero que haga por la mañana.
El
dios de la cueva se agotaba, empezaba a crujir. En aquel momento se
mostraba pacífico, lamentándose con débiles chisporroteos. Abajo,
en casa de los Obertyshev, un hacha de piedra partía los nudosos
troncos de una vieja gabarra. Otra hacha de piedra estaba partiendo
en pedazos a Martín Martinych. Un trozo de Martín Martinych
dirigió una arcillosa sonrisa a Masha y molió peladuras secas de
patatas en el molinillo de café para freirías luego.
Otro
pedazo, como un pájaro que entrase en una habitación desde el
exterior, se lanzó ciegamente, estúpidamente, contra el techo,
las ventanas y las paredes: «¿Dónde puedo encontrar leña...,
algún trozo de leña?»
Martín
Martinych se puso la chaqueta, se abrochó un cinturón de cuero
(existe un mito entre los cavernícolas que asegura que de ese
modo se mantiene más caliente el cuerpo) e hizo ruido con el cubo,
en un rincón, cerca del chiffonier.
–¿Adonde
vas, Mart?
–Es
sólo un momento. Abajo, a buscar un poco de agua.
En
la obscura escalera donde el agua vertida de los cubos se había
convertido en hielo, Martín Martinych permaneció un rato inmóvil,
oscilante, suspirando hondo. Después, haciendo sonar el cubo
como si fuera la cadena de un presidiario, bajó a casa de los
Obertyshev.
Disponían
aún de agua corriente. El propio Obertyshev abrió la puerta,
ataviado con un abrigo que ceñía a su cintura con una soga. Rostro
sin afeitar, un rostro parecido a un desierto en el que sólo
creciesen polvorientos hierbajos. A través de la maraña de
hierbajos, una dentadura amarillenta y el relampagueante movimiento
de la cola de una lagartija..., un sonrisa.
–¡Ah,
Martín Martinych! ¿Un poco de agua? ¡Entra, entra!
Imposible
girar sobre los talones con el cubo, en el estrecho espacio que
quedaba entre la puerta exterior y la interior, porque el lugar
estaba lleno de leña. Martín Martinych se golpeó
dolorosamente una cadera al chocar con la leña, que ocupaba un
profundo hoyo en la arcilla de la pared.
En
la cocina, Obertyshev abrió el grifo, sonriendo.
–Bien,
¿y cómo está la esposa? ¿Cómo está?
–Lo
mismo, Alexei Ivanych, lo mismo. Y mañana es el día de su santo y
no tengo más leña.
–Usa
las sillas, Martín Martinych, y los cajones. También los libros.
Los libros hacen un fuego excelente, excelente.
–Pero
tú sabes que todo el mobiliario del apartamento es del
propietario. Todo, excepto el piano.
–Comprendo,
comprendo. ¡Mala cosa, mala cosa!
En
la cocina, en aquel mismo instante, el pájaro extraviado empezó a
volar locamente, lanzándose de un lado a otro. De pronto, con
terrible desesperación, su pecho chocó contra la pared.
–Alexei
Ivanych, yo deseaba solamente cinco o seis trozos.
Los
amarillentos dientes aparecieron de nuevo entre la maraña de
hierbajos. Los dientes pedregosos y amarillos que saltaban desde
los ojos. Todo en Obertyshev era una dentadura protuberante, unos
dientes que se hacían más y más largos.
–Martín
Martinych, ¿cómo puedes pedirme eso? No tenemos bastante para
nosotros. Sabes cómo están las cosas, lo sabes, lo sabes muy bien.
¡Apretar
más el nudo! ¡Todavía más fuerte! Martín Martinych alzó el cubo
y volvió a atravesar la cocina, el obscuro vestíbulo y el comedor.
En el umbral de este último, Obertyshev extendió una mano
resbaladiza y rápida como una lagartija.
–Bien,
adiós. No olvides cerrar la puerta, Martín Martinych. Las dos
puertas. De lo contrario, es muy difícil mantener la casa caliente.
Afuera,
en el obscuro y helado rellano, Martín Martinych dejó el cubo
en el suelo y cerró la primera puerta. Escuchó, pero solamente oyó
el seco temblor de sus miembros y su agitada respiración.
En
el estrecho pasadizo que separaba ambas puertas, extendió una
mano y tocó un tronco, otro y otro más. ¡No! Rápidamente salió
al rellano y empezó a cerrar la puerta. Sólo tenía que hacer
un poco de fuerza para que la cerradura funcionara por sí sola.
Pero
no pudo hacerlo. No tenía fuerza para cerrarla sobre Masha al día
siguiente. Lucharon dos Martín Martinych en mortal combate: el viejo
que había amado a Scriabin y sabía que no debía hacerlo, y el
nuevo, el cavernícola, que sabía que debía hacerlo. Apretando los
dientes, el cavernícola estranguló al viejo, y Martín Martinych,
rompiéndose las uñas con la prisa, abrió la puerta y extendió una
mano hacia la pila de leña. Un trozo, un cuarto, un quinto bajo su
abrigo, otro prendido en el cinturón y uno más en el cubo.
Cerró la puerta y subió las escaleras a saltos. Cuando se hallaba a
mitad de su ascensión, se detuvo de repente sobre un helado escalón
y arrimó la espalda a la pared. Acababa de sonar otra vez la
cerradura de la puerta, más abajo, y se oyó la voz de Obertyshev,
preguntando:
–¿Quién
es? ¿Quién está ahí...?
–Soy
yo, Alexei Ivanych. Yo... olvidé cerrar la puerta. Quería...
regresé para cerrarla mejor.
–¿Tú?
¡Vaya! ¿Cómo has podido olvidarlo? Hay que tener más cuidado. Ya
sabes que hoy día hay mucho ladrón. ¿Cómo pudiste olvidarlo?
Día
29. Desde muy temprano, por la mañana, un cielo bajo, algodonoso.
Pero el dios de la cueva había llenado su vientre a primera hora y
comenzó a zumbar alegremente. No importaba el cielo tormentoso, no
importaba Obertyshev contando sus leños. Nada importaba.
Todo era igual. «Mañana» era una palabra desconocida en la
cueva. Tendrían que transcurrir siglos para que los hombres supiesen
lo que significaban «mañana» y «pasado mañana».
Masha
se levantó y, vacilante bajo un invisible viento, se peinó
como en los viejos días, el pelo a los costados con raya en el
medio. Era como una última hoja marchita que cae revoloteando desde
su árbol ya desnudo. Del cajón central de su cómoda, Martín
Martinych extrajo papeles, cartas, un termómetro, un pequeño frasco
azul (lo ocultó apresuradamente para que Masha no lo viera), y,
finalmente, del más oculto rincón, una caja de negra laca. En su
interior había, ¡sí!, verdadero té. Inclinando hacia atrás la
cabeza, Martín Martinych escuchó la voz, muy parecida a la de
antaño:
–¿Recuerdas,
Mart? Mi cuarto azul, el piano con su cubierta y el pequeño caballo
de madera; el cenicero también sobre el piano. Yo tocaba y tú te
acercabas a mi por detrás.
Aquella
misma tarde se había creado el universo, la asombrosa máscara
prudente de la luna y el sonar de la campanilla del vestíbulo que
cantaba como un ruiseñor.
–¿Recuerdas,
Mart? La ventana abierta, el cielo verdoso y, más abajo, como
de otro mundo, el gaitero.
El
gaitero, milagroso gaitero, ¿dónde estás?
–Y
en el muelle, ¿recuerdas? Las ramas de los árboles todavía
desnudas, el agua rosada y un último témpano de hielo flotando a la
deriva, como un ataúd muy blanco. Y el ataúd nos hizo reír porque
nosotros jamás moriríamos. Nunca. ¿Lo recuerdas?
Abajo
comenzaron a partir leña con un hacha de piedra. De repente se
detuvieron. Alguien corría y gritaba. Y, dividido en dos,
Martín Martinych vio con una de sus mitades al inmortal gaitero, al
inmortal caballo de madera y al eterno témpano de hielo; y con su
otra mitad, jadeante, se vio en compañía de Obertyshev contando los
troncos de madera. Ahora, Obertyshev había dejado de contar. Ahora
se estaba poniendo el abrigo. Sus dientes eran enormes. Furiosamente
golpeaba la puerta y...
–Espera,
Masha, creo que hay alguien en la puerta.
No.
Nadie. Todavía no. Aún era posible respirar, inclinar la
cabeza hacia un lado y escuchar la voz... muy parecida a la de
antaño.
Crepúsculo.
Estaba envejeciendo el 29 de octubre, atisbando con los ojos opacos y
atentos de una vieja arrugada, y todo parecía encogerse y hundirse
bajo la insistente mirada.
Cada
vez eran más bajas las bóvedas del techo, el armario, la mesa de
despacho, Martín Martinych, la cama. Todo se aplastaba, se alisaba,
y en la cama Masha, como un papel.
En
el crepúsculo llegó Selikhov. Era el jefe de la casa. En otro
tiempo había pesado más de cien kilos. Ahora pesaba la mitad, y
embutido en su abrigo se parecía mucho a una rata cogida en un
cepo; pero aún conservaba su tonante risa.
–Bien,
bien. En primer lugar, Martín Martinych, felicidades a tu
esposa en su onomástica. ¡Desde luego, desde luego! Obertyshev me
contó...
–¿Un
poco de té? Un momento, sólo un momento... Hoy tenemos auténtico
té. Ya sabes lo que significa, ¡verdadero té!
–¿Té?
Muy bien, preferiría champaña. ¿No tienes ninguna botella? ¡No me
digas! El otro día un amigo mío y yo lo pasamos muy bien bebiendo
un poco de Hoffman. Bueno, la cosa fue que nos emborrachamos. «¡Soy
Zinoviev! –me dijo a voz en grito en un momento dado–. ¡De
rodillas!» ¿Te das cuenta qué borrachera?
Y
después, cuando me iba a casa atravesando el campo de Martian, me
encontré con un hombre que no llevaba encima más que la camiseta,
como lo estás oyendo. Me detuve y le pregunté: «¿Qué es lo que
ocurre?» Y él respondió: «¡Oh, no mucho! Acaban de dejarme
desnudo unos granujas. Me voy corriendo a casa de Vasilievsky.» ¿Te
das cuenta de que también estaba borracho?
Aplastada
como un papel, Masha reía sobre la cama. Tenso como un nudo, Martín
Martinych rió a carcajadas más y más fuertes, para alimentar a
Selikhov con más combustible, para arrojar más leña a su fuego. Si
no dejara de hablar, si continuara diciendo algo más...
Pero
Selikhov se estaba agotando. Guardó silencio tras emitir un breve
gruñido. Se agitó en el interior de su enorme abrigo y se puso en
pie.
–Bien,
mi querida señora, por favor, su mano. ¡Suyo siempre! ¿No lo
sabías, Martín Martinych? Ahora se dice así: ¡Suyo siempre!
El
suelo oscilaba bajo los pies de Martín Martinych. Se apoyó en el
quicio de la puerta, sonriendo. Selikhov se ajustó sus botas de
nieve y el abrigo.
Luego,
silenciosamente, tomó a Martin Martinych por un codo, abrió sin
hacer el menor ruido la puerta del helado estudio y, también
silenciosamente, tomó asiento en el sofá.
El
pavimento del estudio estaba helado. El hielo crujió
suavemente, se apartó de la orilla y sus pedazos flotaron río
abajo con Martín Martinych. Desde la distancia, desde la
orilla, la voz de Selikhov apenas era audible.
–En
primer lugar, mi querido señor, debo decírtelo: aplastaría a este
Obertyshev como a un piojo, lo juro por Dios. Pero ya me entiendes,
si se queja oficialmente, si dice: «Mañana informaré a la
policía.» ¡Semejante piojo! Sólo puedo aconsejarte. Ve hoy mismo
a su casa y mete todos esos troncos en su garganta.
El
pequeño témpano se deslizaba cada vez más velozmente.
Diminuto, no más grande que un alfiler, Martín Martinych
respondió, hablando consigo mismo y no acerca de la leña. ¿Qué
significa esa palabra «leña»?
–Sí,
muy bien. Hoy. Ahora mismo.
–¡Excelente!
¡Excelente! ¡Maldito piojo!
La
cueva aún estaba obscura. Frío, ciego, hecho de arcilla,
Martín Martinych tropezó torpemente contra la pila de cosas
amontonadas de cualquier manera por la inundación. Durante un
instante se sobresaltó. Una voz que sonaba como la de Masha, una voz
del pasado:
–¿Qué
hablabas con Selikhov? ¿De qué? ¿Tarjetas de racionamiento? Y yo
tendida ahí, Mart, y pensando; «Si pudiese reunir alguna energía y
luego irme a alguna parte, dejar que el sol...» ¡Oh, gritas! Como
si me escupieras. Sabes muy bien que no puedo soportarlo... ¡No
puedo! ¡No puedo!
Como
un cuchillo sobre el cristal. Pero ahora ya no importaba. Sus manos y
pies se habían convertido en mecánicos. Para alzarlos y bajarlos,
Martín Martinych necesitaba cadenas y cabrestantes. Y un hombre no
podía hacer girar un cabrestante, porque se necesitaban tres.
Haciendo fuerza sobre las cadenas, Martín Martinych puso en el
fuego una tetera y una sartén. Echó al fuego el último leño de
Obertyshev.
–¿Oyes
lo que te estoy diciendo? ¿Por qué no respondes? ¿Me
escuchas?
Por
supuesto, aquélla no era Masha, aquélla no era su voz. Martín
Martinych se movió más y más lentamente, hundiendo los pies
en la movediza arena, y cada vez se le hacía más difícil hacer
girar el cabrestante. De repente, la cadena se deslizó del cepo, el
brazo cayó tropezando torpemente con la tetera y la sartén. Todo se
estrelló contra el suelo. El dios de la cueva siseó como una
serpiente. Y desde la distante orilla una voz extraña y aguda se
hizo oír:
–¡Lo
estás haciendo a propósito! ¡Fuera! ¡Sal de aquí en seguida! ¡No
necesito a nadie!
Había
muerto el 29 de octubre, el inmortal gaitero. Los témpanos flotantes
en el agua rosada y Masha. Era correcto y necesario. No habría un
imposible mañana, ni un Obertyshev, ni un Selikhov, ni Masha,
ni Martin Martinych. Todo debía morir.
El
autómata y lejano Martín Martinych tendría que realizar algunos
movimientos. Atender al fuego de la estufa, recoger la sartén y
poner a hervir, una vez más, la tetera. Quizá Masha dijera alguna
cosa más. Probablemente ya lo había dicho, pero Martín Martinych
no lo había oído. No quedaba nada, excepto el monótono dolor de
las abolladuras en la arcilla, hechas por las palabras, por las
esquinas del chiffonier,
por
las sillas, por la mesa de trabajo.
Martín
Martinych, lentamente, extrajo de los cajones de la cómoda
paquetes de cartas, el termómetro, un trozo de cera de sellar, la
caja del té y más cartas. Finalmente, de algún lugar recóndito en
uno de los cajones, extrajo el frasco de color azul obscuro.
Las
diez en punto. La luz continuó encendida. Eléctrica, dura,
fría como la vida y la muerte en la cueva. Y junto a la plancha
estaban el Opus 74, las mondaduras y el pequeño frasco azul.
El
dios de hierro fundido zumbaba con benignidad, devorando el papel de
las cartas, el pergamino amarillo, azulado, blanco. La tetera
hacía sonar su tapa llamando la atención sobre sí misma.
Masha se volvió. –¿Está hirviendo el té? Mart querido, dame...
Entonces ella lo vio. Un instante, perforado por la luz eléctrica
cruel, clara, desnuda: Martín Martinych agachado ante la estufa. Las
cartas brillando en rosa como las aguas del río bajo el sol
poniente, y allí, el frasco. El frasco azul.
–¡Mart!
Tú... tú quieres... ya... Silencio. El dios de hierro devoraba con
fantástica indiferencia las palabras blancas, tiernas, amargas,
inmortales. Y Masha, con la misma sencillez que había pedido
té:
–¡Mart,
querido! ¡Mart, dámelo! Martín Martinych sonrió desde lejos.
–¡Pero si ya lo sabes, Masha! Sólo hay para uno. –Mart, pero si
de mí ya no queda nada, de todos modos... Esto ya no soy yo, porque
de todas maneras pronto estaré... Mart, ya me entiendes. Mart, ten
piedad de mí. ¡Mart!
¡Ah,
la misma voz de antaño! Y si se inclinaba la cabeza...
–Te
mentí, Masha. No tenemos ni un solo trozo de leña en el estudio.
Fui a casa de Obertyshev, y allí, entre las puertas, robé, ¿lo
comprendes? Y Selikhov dijo: «Bien, debes devolverlo en seguida.»
¡Pero lo he quemado todo, todo! No me refiero a la leña. ¿Qué
significa eso de «leña»? ¿Me comprendes?
El
dios de hierro dormitaba con indiferencia. Casas, escarpes, mamuts.
Masha, como vacilante llama, se apagaba.
–Mart,
si todavía me amas, ¡recuerda, Mart! Mart querido, dámelo.
El
inmortal caballo de madera, el gaitero, el témpano de hielo. Y
aquella voz. Martín Martinych se incorporó lentamente, tomó
de la mesa el frasco azul y se lo entregó a Masha.
Masha
arrojó la manta a un lado y se levantó, sonrosada, vivaz,
inmortal, como el río bajo la puesta de sol, hacía largo tiempo.
Cogió el frasco y se echó a reír.
–Bien,
verás... No ha sido por nada por lo que estuve tendida aquí,
soñando con irme. Enciende otra lámpara, ésa, la que está sobre
la mesa. Así. Ahora pon algo más en la estufa. Quiero fuego...
Sin
mirarla, Martín Martinych tomó unos cuantos papeles de la mesa y
los arrojó en el interior de la estufa.
–Ahora,
ve a dar un paseo. Me parece que debe de haber salido la luna, mi
luna,
¿lo recuerdas? No olvides coger la llave, porque cerrarás la puerta
y no habrá...
No,
no había luna. Las nubes parecían bajas, espesas y obscuras,
como un techo abovedado, como una enorme cueva silenciosa.
Estrechos
e interminables pasillos entre las paredes y escarpes helados, negros
como casas, y en los escarpes huecos profundos, iluminados en
rojo. Allí, en aquellos agujeros, la gente se sentaba junto al
fuego. Una ligera corriente gélida alzaba el polvillo blanco bajo
los pies, y sobre el blanco polvo las formaciones rocosas, las
cuevas, los hombres en cuclillas. Y sin que nadie los oyera, sonaban
los formidables pasos de algún desconocido y monstruoso mamut.