viernes, 15 de abril de 2022
sábado, 2 de abril de 2022
LA PATRULLA DEL SUEÑO Charles W. Runyon
LA PATRULLA DEL SUEÑO
Charles W. Runyon
Harul dejó de sollozar cuando lo sujeté con correas dentro de la cápsula de paredes almohadilladas. Durante un instante sus ojos perdieron aquella mirada de terror que antes brillaba en ellos y apretó los labios. Luego preguntó:
–¿Dónde lo perdí, Marsh? ¿Qué voy a hacer ahora para volver a encontrar el camino?
–Ya te lo dirán cuando estés de vuelta a la base, viejo amigo. Volverán a ponerte sobre la pista, no lo dudes. Y ahora pórtate bien.
Después de cerrar la cápsula, apreté bien los tornillos y comprobé el estado de las junturas. A través de la mirilla pude ver cómo los ojos de Harul giraban bajo sus cejas; tenía la boca tan abierta que pude ver hasta el fondo de aquel túnel de color rosado que era su garganta; pero el grito tan estridente que lanzó quedó amortiguado por las paredes del cilindro. Apreté un botón para que el gas sedante penetrara en la cápsula y entonces vi cómo su rostro se relajaba. Puse en marcha el circuito de congelación, abrí la válvula de escape de aire e hice girar la rueda de la escotilla.
Acto seguido apreté con mi pulgar el conmutador y sólo sentí un ligero temblor cuando la cápsula comenzó a elevarse. Por un instante, la llamarada de los cohetes iluminó la obscuridad del firmamento, y, poco a poco, la cápsula se fue alejando hasta que desapareció en el espacio.
Me encontraba ahora solo, a seiscientos millones de kilómetros del ser humano más cercano, atrapado en mi insoportable realidad. La mujer se hallaba tendida en un diván adornado con cojines verdes, cubierta con una ligera bata. La tonalidad vivida de su carne contrastaba con las paredes interiores de mi nave–centinela, haciendo que éstas parecieran tan grises y abstractas como una fotografía en blanco y negro.
Ella cerró los ojos y retiró su largo cigarrillo de la boca, expulsando una bocanada de humo verde por entre sus labios de color naranja.
–¿Y ahora qué, soldado? –me dijo–. ¿Es que piensa pasarse la vida en esta cápsula de metal mientras sus compañeros en la Tierra se hacen con los mejores puestos y las mejores chicas ahora que ya son civiles?
Le volví la espalda y me puse a manipular en los mandos para conseguir la cena. En mi mente bullían pensamientos que se relacionaban con filetes de ternera, salsa de hongos, puré de patatas y vino tinto. Pero cuando el tanque nutritivo cesó de funcionar, aquellas gachas de color gris no tenían nada en común con lo que yo había pensado comer. Había entrado en el servicio a la edad de doce años y ya no me acordaba del verdadero sabor de los alimentos.
Ella se levantó y se puso a mirar por encima de mí hombro mientras yo controlaba la pseudogravedad sobre mis pseudopatatas. Mi olfato detectó la suave fragancia de su perfume y entonces me repetí lo que le había dicho a Harul la primera vez que ella apareció en nuestra nave–centinela dos semanas antes.
–Ella no es un ser real. Es una proyección, un pedazo de propaganda Fen y nada más.
Cogí mi bandeja y me volví de espaldas, pero otra vez la encontré delante de mí... bueno, entre la mesa plegable y yo. Llevaba uniforme de camarera del club de oficiales de la base central: una falda corta de color azul y una blusa de color marfil rosado, abierta hasta la cintura. Se parecía a una chica a la que había estado cortejando inútilmente durante unos días de permiso que me dieron.
Por un momento pensé en ponerme a dar vueltas alrededor de ella, pero mi dignidad me impidió hacerlo considerando que estábamos solos en mi nave–centinela. Luego di un profundo suspiro y me dirigí hacia ella contemplando sus hermosos ojos verdes. Pero la mujer adoptó una postura amenazadora y me pregunté qué le habría pasado a mi mente si hubiera continuado avanzando hacia ella. La cabeza me empezó a doler debido a la lucha que en aquel momento se desarrollaba en mi subconsciente. Era mi voluntad contra... ¿contra qué? No lo supe.
Cuando me hallaba a dos pasos de ella, la mujer comenzó a rielar. Entonces sentí como si el espacio me apretara por todos los lados. De repente, todo el universo se inclinó imperceptiblemente hacia la izquierda y la muchacha desapareció.
Mientras comía, me puse a reflexionar. Estaba metido en un juego demasiado peligroso. Si ella no se hubiera movido, me habría visto obligado a aceptarla como una realidad objetiva. Harul se había marchado aquella noche en que lo encontré acariciando su almohada y murmurando el nombre de su esposa. Esta había sido asesinada hacía tres años durante un ataque de Fen contra Solem. Su hijita había sido capturada y puesta dentro de un compuesto Fen para engordar. Harul pensó que pronto sería devorada por aquellos repugnantes artrópodos grises de diez patas, pero cuando la niña se subió a sus rodillas y le pidió que jugaran a los caballitos...
«No puedo hacer nada para evitarlo», me dije a mí mismo mientras miraba en dirección a un mamparo donde había una mancha negra y donde Harul había intentado poner fin a sus torturadoras visiones con una barrena. De haber logrado hacer un agujero en el mamparo de la nave–centinela con la barrena, ambos habríamos muerto en el espacio.
A partir de aquel día escondí todos los instrumentos puntiagudos que había a bordo, tales como tijeras, cuchillos, punzones, etc. Más tarde, también me vi obligado a ocultar las navajas, pues Harul había intentado cortarse la garganta con una daga. Luego, cuando Harul intentó ahorcarse haciendo una cuerda con sus sábanas, decidí no dormir hasta que él estuviera profundamente sumido en el sueño bajo el efecto de los sedantes. Una noche me despertó un ruido y encontré a Harul manipulando los controles con el fin de dirigir la nave hacia la Zona N. Se trataba de una zona a diez años–luz de distancia, llena de planetas muertos y de espacio vacío que constituía una tierra de nadie. A todas las naves que penetraban en aquella zona les esperaba la misma suerte que a un ratón que penetrase en una habitación llena de gatos hambrientos.
Por eso no tuve otra alternativa que enviar a Harul a la base. Ahora me doy cuenta que al desembarazarme de él me encuentro mucho mejor. Recogí los platos y las tazas y los introduje en el convertidor, donde quedarían hechos pedazos y convertidos en átomos. Más tarde, estos átomos volverían a reunirse y formarían platos, alimentos, ropas o cualquier otra cosa que el cuartel general de mi unidad había programado sintetizar. Manipulé en los mandos para conseguir café y un cigarrillo, y luego me senté en la mesa, mientras reflexionaba que aquel hemisferio veintidós podía considerarse como mi único universo habitable.
Nada podía ser menos estimulante para un ojo humano. Todos los instrumentos, literas, servicios y los equipos de comunicación estaban empotrados en las paredes de la nave y cubiertos por paneles de duroplast transparente. Estos paneles eran luminiscentes, dando la impresión de que uno se encontraba dentro de una membrana transparente, envuelto por una vasta incandescencia. La luz, al igual que en las prisiones, siempre estaba encendida. Y a pesar de que había unas escotillas en dicha «membrana», ello no impedía que sintiera la impresión de hallarme encerrado dentro del embrión de un huevo gigantesco.
De repente ella apareció ante mí, sentada en un sillón que estaba situado enfrente.
–¿No podríamos conseguir una vela? –me preguntó.
Una vela apareció entre nosotros, iluminando con su suave resplandor el bello rostro de la muchacha. Su pequeña nariz hacía que sus ojos pareciesen aún más grandes. También me di cuenta de que sus colmillos superiores eran prominentes.
–¿Y música? ¿No podríamos tener música?
Inmediatamente se oyeron unos violines a nuestra espalda. La muchacha se levantó y, sacudiendo su larga cabellera sobre sus hombros, se acercó a mí y me preguntó:
–¿Quiere que bailemos?
Arrojé mi taza de café a su rostro sonriente. Ella, al ver mi intención, se echó a un lado y la taza fue a estrellarse contra la pared haciéndose mil pedazos. Mientras me dedicaba a limpiar el suelo me pregunté qué habría pasado si la taza hubiera chocado contra su nariz. Pero inmediatamente aparté de mi mente aquel pensamiento. Sí, era mucho mejor no preocuparse tanto por aquella mujer que se me aparecía por todas partes.
Pero he aquí que un minuto más tarde apareció sentada en mi sillón, recostada sobre una almohada de color amarillo. Su cuerpo se hallaba cubierto por una capa de crema dorada, cosa que me extrañó.
Me volví de espaldas y manipulé los mandos para obtener otra taza de café, pero me olvidé de pulsar el botón de la taza y entonces el líquido hirviente me quemó los dedos. Hice una pirueta como si estuviera bailando, mientras apoyaba mi mano derecha en mi estómago. Entonces la muchacha apareció sentada en la silla de control llevando unos pantalones transparentes como esos que usan las mujeres árabes en los harenes y contemplándome con una sonrisa maliciosa en sus labios.
–¿Sabes una cosa, querido? –me dijo–. Puedes coger una silla y sentarte si crees que tus jefes te enviarán pronto a una persona para que te sustituya.
No hice caso de sus palabras, pues consideré que mi mente, la mente de Egbert Yancy Marsh, disponía de recursos suficientes para conseguir todo lo que me propusiera. Sin embargo, luego me di cuenta de que probablemente ella podía tener razón. Entonces cogí el aparato electrónico emisor y pulsé el botón A–7 (sólo se utilizaba para casos de emergencia), consciente de que me exponía a una fuerte reprimenda por parte de mis superiores. En efecto, los únicos mensajes que podían enviarse a través de la frecuencia A debían estar relacionados con casos muy graves: muerte física inminente, invasión por seres procedentes de otra galaxia o en caso de captura de una nave espacial Fen.
Cuando la luz roja se encendió en el tablero de mando, me puse a enviar mi mensaje: Me encuentro bajo los efectos de un fuerte ataque hipnótico. Solicito ayuda inmediata.
Me senté ante la pantalla de mensajes y allí estuve esperando por espacio de media hora. Podía oír a la muchacha paseándose por la nave, pero apenas me tomé la molestia de volver la cabeza y averiguar qué era lo que estaba haciendo o pretendía hacer.
Minutos después unas letras brillantes aparecieron en la pantalla: Póngase en contacto con la secretaría médica, unidad psiquiátrica, prioridad P–2.
Permanecí en silencio al comprobar la prioridad que me habían otorgado. Aquello me había desilusionado. En efecto, el mensaje recibido significaba que tendría que utilizar el transmisor subespacial de voz etérea, es decir, algo así como si hace quinientos años hubiera enviado un mensaje utilizando una diligencia de la Pony Express disponiendo de un teléfono al alcance de la mano.
Di un profundo suspiro, cogí el micrófono y dije lo siguiente: «Aquí Marsh dos–tres–cinco–dos–nueve–siete, vigía de la nave–centinela. Clase A cuarenta y siete. Atención secretaría médica, unidad psiquiátrica, me encuentro sometido a un fuerte ataque hipnótico. Envíen ayuda.»
Hice una pausa para coger aire y la máquina continuó funcionando, esperando mis siguientes palabras. Cuando al final todo el mensaje fue registrado, éste hubiera cabido en un trozo pequeño de cinta. En la base, este mensaje sería examinado, registrado, comprobado y pasaría por mil manos antes de llegar a su verdadero destino. Algunas veces, este proceso había llegado a durar varios días.
Luego me aclaré la garganta y dije:
–No sé quién es usted, pero tiene que ser un experto en esta materia. Escúcheme. Me vi obligado a enviar a la base a mi compañero en la nave–centinela. Necesito que me envíen rápidamente otro. Me encuentro solo al borde de la Zona N, y aquí hay una muchacha que no deja de molestarme. No sé quién es, pero sí puedo asegurarle que se parece mucho a una camarera que me encontré durante el banquete que dieron en el club de oficiales. Me pregunto si los Fens no habrán encontrado un medio para proyectar imágenes dentro de nuestras naves espaciales. Si esta muchacha fue capturada, ello lo explicaría todo, incluso el hecho de que mi antiguo compañero se pasara los días viendo a su esposa e hija cuando éstas ya estaban muertas, asesinadas por los Fens. En cuanto a esta muchacha de que le hablaba antes es...
–Rose, querido, Rose Mary, y te quiero –dijo ella.
Yo cerré los ojos y continué hablando:
–Su nombre es Rose Mary, y, por lo que estoy viendo, no dejará de causarme problemas. Ruego, pues, un tratamiento urgente, de emergencia. Aquí Marsh dos–tres–cinco–dos–nueve–siete. Corto.
Acto seguido me dirigí a mi tablero de mandos y puse en funcionamiento las pantallas de visión a distancia. Estas estaban provistas de unos detectores que cubrían un radio de acción de dieciséis millones de kilómetros en todas las direcciones. Si las ondas emitidas captaban algo, inmediatamente lo transmitían a mi nave–centinela. Algunas veces los Fens interceptaban dichas ondas, por lo que me veía obligado a comprobar luego los resultados en las cintas. Mi labor era verdaderamente agotadora, pues en algunas ocasiones tenía que enviar muchas cintas llenas de datos a la base.
Hoy, afortunadamente, todas las cintas estaban vacías y el aparato electrónico emisor de ondas funcionaba perfectamente. No esperaba tener tanta suerte.
Me levanté del sillón y me encontré de nuevo con otro problema. Mientras estaba jugando al ajedrez, una mano se deslizó suavemente por encima de mi hombro y movió el alfil blanco situándolo en una posición que amenazaba al caballo negro. Era precisamente el movimiento que yo había pensado hacer. Entonces me dije:
«Bueno, de todas formas, ¿por qué no dejar a esta muchacha que...?»
En ese instante mi mente se iluminó con una idea extraña y tiré al suelo todas las piezas.
Aburrido, cogí un proyector 3–D y me puse a ver una película que había filmado en mi planeta natal, Zporan, antes de que éste fuera evacuado ante el temor de una invasión por parte de la tercera flota. En la película se describían todas las peripecias por las que atravesaba la heroína de la misma hasta que al final era capturada por una bestia mava. Por un instante, me pareció ver entre aquellos repugnantes reptiles un rostro enmarcado entre largos y castaños cabellos... Me cansé de la película y paré el proyector. Luego me tomé una tableta para dormir y me acosté en mi litera.
Soñé que ella me visitaba durante el sueño. Me desperté con esa vaga sensación de culpabilidad que generalmente sigue a todos los sueños en que uno se ve representando el papel de malo. Entonces me di cuenta que sobre mi almohada se hallaba una larga cabellera de color castaño. Traté de tocarla e inmediatamente desapareció. Pero aquella cabellera no pertenecía al mundo de mis sueños: estaba plenamente convencido de que se trataba de una cosa real, de algo que yo había tocado con mi mano estando completamente despierto.
Durante el desayuno, ella se sentó delante de mí y se puso a leer un periódico. Me sentí algo avergonzado al no ofrecerle ni siquiera una tostada. Intenté levantar un muro mental entre ella y yo, pero la muchacha apenas se dio cuenta de mi intención y continuó leyendo el periódico.
–Tengo la impresión de que va a ser una guerra muy larga –me dijo por decir algo–. Imagine mi situación viéndome obligada a entrar en otras tres mil naves–centinelas, sin contar las grandes flotas de ataque. Dígame una cosa: ¿puede un hombre luchar cuando una hermosa mujer se encuentra enfrente de él empuñando un arma?
En ese instante el computador S empezó a emitir un extraño ruido. Me levanté, moví una manecilla y retiré la cinta. Acto seguido la introduje en otra computadora y entonces pude oír una voz bien modulada hablando con un acento de falsa camaradería que me irritó los nervios.
«Escucha, Marsh, soy Basil Underhof, unidad psíquica. Lamento mucho comunicarte que habrá un retraso en enviarte un nuevo compañero. Todos los hombres disponibles se encuentran en este momento en el Sector Q. En cuanto a ese ataque hipnótico de que me hablas, lo único que puedo decirte es que ha elevado a un alto grado tu nivel de sensibilidad, pero no proyecta ninguna imagen. Eres tú mismo quien crea esas imágenes de las que me hablas. Esas imágenes, hagan lo que hagan y digan lo que digan, representan tus propios pensamientos, si bien admito que ello puede empujarte a refugiarte en unas fantasías que podrían arrastrarte al suicidio. En cierta ocasión, el capitán Yakov creyó que su brazo era una serpiente pitón que trataba de estrangularle. De modo que puedes considerarte dichoso de que en tu caso en lugar de una peligrosa serpiente se trate de una hermosa muchacha. A propósito, yo también me la encontré en el club de oficiales... y me dijo que no te conoce de nada, que nunca te había visto, pero que te enviaba sus más afectuosos saludos. Y ahora lo único que me queda por decirte es que recuerdes que dentro de seis meses tu misión habrá terminado, que pienses en cosas alegres y que examines detenidamente todos esos fenómenos de los que me hablas. De todas formas, tranquilízate, pues nuestro equipo dé investigación está analizando todos esos extraños fenómenos de los que eres víctima. Ya te comunicaré el resultado de dicha investigación. Aquí Underhof, cuatro–siete–seis–nueve–dos. Corto.»
La cinta magnetofónica continuó girando hasta que cerré la clavija. La muchacha estaba apoyada contra el ojo de buey y sonreía.
–Me pregunto qué diría Underhof si regresaras a la base y lanzaras una bomba en la unidad psíquica.
«Este Underhof –me dije, sin hacer caso de las palabras de la muchacha–, cree que todo lo que me pasa es fruto de mis pensamientos. ¡Mis pensamientos! Este hombre tiene que estar loco. ¿Cómo pueden ser mis pensamientos?» No pude contener mi ira y cogiendo el micrófono le dije:
–Escucha, Underhof, seis, meses no son nada cuando se está en la base, pero si sigo seis días más aquí dentro con esta bruja, me cortaré con mis propios dientes mi vena yugular. ¿Qué puedo hacer para echarla de aquí?
Después de haber enviado el mensaje, me pareció que un meteorito se acercaba a mi nave–centinela. Rápidamente me situé ante el tablero de mandos y me puse a comprobarlo, pues los Fens eran capaces de utilizar ese tipo de camuflaje para atacarme.
Cada uno de mis cuarenta monitores electrónicos me confirmaron que me había equivocado.
Decidí editar un periódico, recordando los días felices de mí juventud, cuando todo terminara. Durante un par de horas me sentí feliz trazando proyectos, pero de repente me di cuenta de que la muchacha se encontraba en el techo. Tanto sus cabellos como su falda se encontraban en posición correcta, desafiando las leyes de la gravedad artificial de la nave.
–¿Se ha detenido alguna vez a pensar que usted es la ilusión y yo la realidad? –me dijo ella.
Me estremecí al tener que valorar aquellas palabras, pero luego llegué a la conclusión de que aquello era pura locura. Así pues, me tomé dos comprimidos de somnífero y me fui a la cama. Ella me despertó para pedirme que le diera un vaso de agua, y entonces me di cuenta que el que estaba sediento era yo. Bebí agua y me volví a la cama.
Al día siguiente ella no habló nada en absoluto, y esta situación hizo que mis nervios estuvieran tensos y dispuestos a saltar como un muelle. Cuando utilizaba los servicios sanitarios, ella me miraba; cuando me daba un porrazo en la mejilla, movía los labios en un gesto de condolencia; y cuando se puso a examinar las notas que yo había escrito sobre mi proyecto de fundar un periódico, arrugó la nariz.
Aquella noche me desperté y la encontré junto a mí.
Me levanté de la cama. Las siguientes cinco horas las pasé haciendo solitarios, pero tuve que desistir al ver que ella, maliciosamente, me ponía las cartas boca arriba. Me aparté de ella y me puse a leer el periódico, quedándome dormido, la cabeza apoyada en las páginas del mismo.
Durante los dos días siguientes no pude apartarla de mi pensamiento, parecía que la tenía arraigada dentro de mi conciencia. La muchacha desarrolló una técnica que le permitía ignorar mi presencia, mientras que ella se me mostraba de mil formas distintas y sutiles. Más tarde comprobé que se había duchado muchas veces. Se había sentado frente a un espejo y se estaba peinando. Pero a cada momento deshacía el peinado que se había hecho para volver a hacerse otro nuevo. Una vez que hubo terminado de peinarse, se puso a leer unos libros que había en la mesa. Pero, hecho sorprendente. Leía comenzando por las últimas páginas hasta llegar a las primeras. Y, mientras, sus labios parecían susurrar una canción al mismo tiempo que golpeaba el suelo con sus pies.
Finalmente me encontré sentado en el puesto de control, pensando cuan fácil sería dirigir la nave hacia la Zona N, empujando hacia abajo la palanca de aceleración. Su mente tenía que poseer un don extraordinario, pues se volvió hacia mí y me dijo en un tono condescendiente:
–Quizá no sería una mala idea eso que estás pensando. He oído decir que los Fens están dispuestos a ofrecer una amnistía y una parte del planeta a todos aquellos soldados que atraviesen esa zona.
Aquello era demasiado. Ya no podía soportarlo raes. Me volví y la insulté. Luego cogí un sillón y lo levanté sobre mi cabeza con el fin de arrojárselo. Ella echó a correr y se escondió detrás de un panel. Aparté el panel y entonces vi que se había escondido detrás de una figura gigantesca a la que reconocí como mi antiguo sargento de entrenamiento en la base.
Entonces oí una voz dentro de mí que me decía: «has resbalado en el mismo filo, Marsh.» Pero luego oí otra voz que contestaba: «¿Y qué?» Aparté al sargento a un lado y la cogí por los cabellos, pero éstos se convirtieron en humo. La vi fuera de la nave, mirándome a través de la mirilla mientras se metía los dedos en los oídos. Me puse a dar golpes en la escotilla de la nave, en el sillón de brazos y en la mesa hasta que mis puños quedaron magullados.
En ese instante el zumbido del emisor–receptor me salvó de volverme loco. Me dirigí hacia él rápidamente, puse el contacto y me dispuse a escuchar.
«Soy Underhof, Marsh. Perdóname que haya tardado tanto en ponerme en contacto contigo. Ayer estuve esquiando con tu amiga. Pero, en fin, dejemos esto y vayamos al grano. Supongo que habrás matado la imagen hipnótica, ¿no es así? Precisamente ahora me acuerdo de una persona que trató de hacerlo. Se presentaron algunos desagradables efectos colaterales, pero nada más. Desde luego, tienes que creer primero en su existencia antes de pensar en su muerte, pues de lo contrario volverá a resurgir. A mi juicio, creo que no es muy seguro este método, pero, al menos, te tendrá ocupado en algo. De modo que levanta ese ánimo y piensa que aquí en la base hacemos todo lo que está en nuestras manos por vosotros. Aquí Underhof, cuatro–siete–seis–nueve–dos. Corto.»
¿Podía yo creer en su existencia? Según mis sentidos, sí, podía. Sin embargo, siempre tendré ciertas dudas sobre la verdadera existencia de esta muchacha. Aunque, bien mirado, dudar de su existencia era igual que dudar de la realidad, dudar incluso de mi propia existencia.
Aquella noche ella me visitó cubierta con una ligera bata de color negro. Entonces yo se la quité y la retorcí hasta hacer una cuerda que inmediatamente le puse alrededor del cuello. Sus ojos se desorbitaron y su lengua salió desmesuradamente de su boca. Entonces, la muchacha, al darse cuenta que pretendía estrangularla, me dijo con voz apenas perceptible: –No lo haga, soy una persona real... Cuando estuvo muerta, la desmembré con un cuchillo que había escondido después de lo sucedido con Harul. Su sangre se derramó por la mesa deslizándose y cayendo al suelo. Mis zapatos quedaron empapados de sangre y hacían un ruido característico cuando me movía.
Luego me puse a cortarla en pedazos con el cuchillo. A continuación cogí esos pedazos y los corté en trocitos todavía más pequeños. Cuando hube terminado de descuartizarla, cogí todos los pedazos, los metí en una bolsa y la lancé al espacio por la escotilla de salvamento.
Los restos de la muchacha flotaron en el espacio alrededor de mi nave durante dos días. De vez en cuando, un dedo o un riñón pasaban flotando por el espacio y yo los observaba a través de los ojos de buey de mi nave. Pero aquel espectáculo tan deprimente llegó a afectarme tanto que cambié de rumbo la nave y me alejé de aquel sitio. Aún recordaba las últimas palabras que ella me dirigió antes de morir.
«La has matado, Marsh –me dije a mí mismo–. Ella sólo pretendía hacerte compañía y tú en cambio la has asesinado. Eres un ser miserable.»
Me habría gustado haber conservado un recuerdo de ella, como, por ejemplo, un trozo de su vestido, un mechón de sus cabellos o un globo del ojo. Mi actitud era la de un enamorado que había perdido a su ser más querido. Me acordaba de muchos detalles de ella. Siempre estaba pensando en su peculiar forma de andar, de su sonrosado cutis, de la forma en que movía las caderas cuando se limpiaba los dientes. Se me habían quitado las ganas de todo. No podía comer. No podía dormir.
Entonces me acordé de lo que hiciera el capitán Yakov y traté de cortarme las venas de mis muñecas mordiéndolas con mis dientes, pero, desgraciadamente para mí, éstos se habían debilitado tanto a causa de tomar alimentos en forma líquida, que me fue imposible. Entonces pensé en ahorcarme, pero tampoco pude lograrlo ya que la gravedad artificial de mi nave me lo impidió. Lo único que conseguí fue un espasmo en el cuello que me tuvo inmovilizado durante una hora. Entonces me di cuenta de lo difícil que era quitarse la vida en una nave espacial cuya misión era vigilar la aproximación de extraterrestres a nuestra galaxia. En efecto, dentro de la nave no había nada cortante ni punzante. En una palabra, no había nada con que quitarse la vida. Incluso las palancas de mando estaban fabricadas de un material de plástico flexible. Entonces traté de cortarme las venas con la espina de un pescado, pero ésta se disolvió en mis manos apenas la tuve cierto tiempo cogida entre mis dedos.
Sólo me quedaba un recurso para arrancarme la vida: dirigir mi nave hacia la Zona N. Dé modo que me dirigí al control de mandos y maniobré la palanca de dirección hacia dicha zona. Luego me dispuse a apretar a fondo el dispositivo de aceleración.
¡Ding! Una campana anunció la llegada de una cápsula.
Miré por una de las escotillas, pero no pude observar nada ya que los cristales de éstas estaban empañados por la niebla condensada del espacio. Me puse a esperar, y viendo que no aparecía nadie, me desesperé. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando al cabo de unos instantes vi aparecer por la escotilla el rostro de ella. Mi mente explotó en mil fragmentos, cada uno de los cuales contenía su propio incoherente pensamiento.
Esta vez ella es una realidad. No, no lo es, tú la creaste con tu mente. Eres un auténtico asno. ¿Cómo has podido pensar que un ser viviente podía estar dentro de una nave espacial de las fuerzas aéreas del Estado? ¿Por qué no? Más difícil es admitir que una camarera del club de oficiales pudiera llegar hasta la nave dentro de una cápsula.
Finalmente llegué a la conclusión de que no debía aceptar aquello como una realidad. Entonces decidí lanzar un disparo y arrojar a aquella mujer al negro vacío. Pero cuando me disponía a hacerlo, me fijé en unas letras escritas en el costado de aquella cápsula:
CONTENIDO: UNA PERSONA CONGELADA
Rigomundo, R. M.
124921 Hembra
Rango: Cpl.
Destino: Centinela N–47
En aquel momento sentí una humilde gratitud por la benevolente omnisciencia del Ministerio del Espació. Si Underhof hubiera estado presente, le habría besado. Apreté el botón de descongelación y esperé. Cuando hubo pasado cierto tiempo, la saqué de su cápsula y la introduje en mi nave. La deposité en mi litera y me puse a admirar la realidad de su presencia. Sus cabellos tenían unos reflejos dorados en los que no me había fijado antes.
Su respiración comenzó a acelerarse a medida que recuperaba el conocimiento. Para que estuviera cómoda, le quité su vestimenta blanca congeladora. Debajo de la misma llevaba una túnica de una sola pieza que le cubría hasta la cintura. En la solapa derecha llevaba la insignia de su rango, y en la izquierda, el emblema del Departamento del Espacio. En el bolsillo derecho de su chaqueta estaba bordada esta palabra: COMPAÑERO.
Ella abrió los ojos y me miró.
–Recuerdo que siempre pedía una bebida muy exótica –me dijo la hermosa muchacha.
–Sí, era gatroxip –le contesté–. Se trata de la cerveza típica de mi planeta natal.
–También recuerdo que me pidió que fuéramos a la Luna.
–Y se opuso, haciéndome recordar la ley que regula el compañerismo entre los miembros del Departamento del Espacio.
–Sí, se trataba de la ley XR428–22–6389 –dijo ella sonriendo.
Pensé que una taza de café facilitaría nuestras relaciones, rompería el hielo entre ambos. Entonces me dirigí a la alacena donde se conservaban los alimentos, mientras le decía:
–Supongo que esa palabra que lleva bordada en el bolsillo representa la respuesta del departamento psíquico a la guerra hipnótica, ¿no es así?
–Teniente, tiene usted enfrente a un miembro de primera clase del Cuerpo de Compañeros de las Fuerzas del Espacio Galáctico –me respondió.
Luego, me quitó las tazas de las manos y me dijo:
–Ese trabajo me corresponde. ¿Prefiere leche o azúcar?
–Ninguna de las dos cosas –le respondí mientras me daba cuenta de la forma en que sostenía las tazas.
Indudablemente se trataba de una muchacha tímida, pero, al mismo tiempo, una de esas mujeres eficientes junto a las cuales un nombre se siente tan inútil como un mono.
Se sentó frente a mí y se apartó los cabellos que le caían sobre sus hombros con el dorso de la mano.
–También necesito saber cómo le gusta que le preparen los huevos, y si prefiere las camisas planchadas con almidón. No, no me diga nada, no hay ninguna prisa. Seré su compañera durante el resto del viaje espacial.
Sentí tanta alegría que me entraron deseos de ponerme a dar saltos y a bailar. Luego le dije:
–¿Sabe usted que aquí no existe probabilidad alguna de tener en cuenta la ley XR–428–226389 sobre segregación de sexos?
La expresión de mi rostro fue tan lasciva al pronunciar aquellas palabras que el rostro de la muchacha enrojeció súbitamente. Acto seguido, sacó un papel doblado de su bolsillo y me lo entregó, mientras apretaba los labios.
–Espero que esto le quitará las ganas de bromear.
Aquel documento decía que el comandante en jefe, en representación del jefe de la flota ordenaba lo siguiente: «Por la presente declaro que hay estado matrimonial entre los siguientes miembros del personal: caporal Rose Mary Rigomundo y teniente Egbert Marsh, hasta que la muerte los separe y a menos que haya otra contraindicación. Contraindicaciones: ninguna.»
Volví a doblar el papel. A pesar del tono oficial en que estaba redactado aquel documento, aquel matrimonio tenía cierto aire de misterio, alguna cosa oculta que aún no había sido revelada. Vi que ella me miraba con cierta ansiedad en su rostro.
–Se trata –dijo– de una especie de procedimiento estándar que sólo es efectivo durante nuestro vuelo..., pero..., debo insistir en que soy una mujer educada a la antigua en el seno de una familia muy honesta y religiosa. Y ahora, si tiene la bondad de volverse de espaldas, estaré dispuesta para acostarme.
Hubiera sido absurdo oponerse a aquella situación, máxime después de haber leído aquel documento oficial. Me volví de espaldas para que ella se desnudara.
–Supongo que echará de menos el esquí –le dije.
–¿Qué le hace pensar que yo esquío? –me preguntó.
Sus palabras me dejaron confuso.
–Bueno... yo... la verdad... me lo había imaginado al ver sus musculosas piernas.
–Estas son las piernas de una camarera. Yo no esquío.
–Pero... es que Underhof me dijo que usted esquiaba.
Me volví, oyendo el eco de mi voz como si estuviera solo en la nave.
–¿Underhof? ¿Quién es ese hombre?
–Es... bueno... se trata de un oficial que trabaja en el departamento psíquico. Me dijo que había ido a esquiar con usted.
La hermosa muchacha avanzó hacia mí y rodeó mi cuello con sus brazos.
–Eso se lo dijo para impresionarle. Nunca he tenido una cita con ningún hombre de ese departamento. Son muy presuntuosos.
Había olvidado cuan delicadas eran las mujeres y cuan perfectamente se adaptaban a los hombres. Apreté mis labios contra la suave piel de su cuello y pensé en la prueba a que me había sometido la otra muchacha. Se trataba de una prueba que yo no podía ganar. Si Rose Mary conseguía aprobar el test, se marcharía. Y de lo contrario, también. Pero en este último caso, de una manera sangrienta...
–¿Seguro que no es usted una fantasía? –le pregunté para estar convencido del todo.
–Querido, si fuera una fantasía, ¿crees que estaríamos aquí discutiendo?
Se trataba de una lógica femenina bastante defectuosa, pero pronto me di cuenta de dicho defecto. El cerebro que ha creado la creencia en una mujer con el fin de disponer de ella misma, podía crear asimismo otra creencia en otro ser. Y si mi creencia requería el apoyo de cápsulas congeladas, uniformes y órdenes oficiales de matrimonio, entonces todo ello debería estar incluido en mis creencias.
Empecé a darme cuenta de lo que Underhof quiso decirme al referirse a los efectos colaterales. El no creer en la realidad no era diferente que creer en la ilusión.
Mis pensamientos comenzaron a girar en mi mente igual que los de Hamlet en aquel momento de indecisión.
Al día siguiente murmuré:
–Algunas veces es necesario perder la mente con el fin de permanecer sano.
–No te entiendo. ¿Qué quieres decir?
Oculté mi nariz en su hermosa cabellera y le dije:
–¿Qué tenemos para desayunar?
–Huevos batidos, mermelada, flapjacks, salchicha ahumada, jugo de naranja y café. ¿Qué tal te suena esto?
–Me suena a un excelente desayuno. Exactamente a un desayuno que en este momento tenía en la mente –le respondí riéndome.
Y reí.
Y...
¿Reí?
lunes, 7 de marzo de 2022
KARL ESNEIR ARGUMENTO.
ARGUMENTO.
Después de la guerra, algunos criminales nazis son llevados a juicio en Núremberg por las potencias aliadas: Gran Bretaña, Francia, la Unión Soviética y Estados Unidos. El mayor criminal de guerra, Adolfo Hitler, no asistirá: se había suicidado días antes que concluyera la guerra.
Karl Esneir(40, teutón), es un ex integrante de la Sturmabteilung (SA), una organización paramilitar nazi conocida como los “camisas pardas”,Karl persigue y asesina a miembros de la GESTAPO que intentan esconderse o huir de Alemania. Los mata en venganza por “la noche de los cuchillos largos”: una serie de asesinatos que Hitler ordenó antes de liderar al partido nazi y así quitarse la SA del medio y sustituirla por la GESTAPO.
Estación de tren Straubing,sur de Alemania. Martes 16:45.
Una formación se detiene. La tarde es fría y el cielo, plomizo. Karl desciende junto a algunos pasajeros; de campera y boina gastadas, pantalones y botines deslucidos, Karl se sienta en una banca; enciende un cigarrillo y espera.
Oye las voces de los dos soldados aliados que custodian la entrada: los soldados piden documentos. Cuando el último pasajero abandona la estación, Karl catapulta el cigarrillo con los dedos y encara a la salida. Muestra sus documentos y convida cigarrillos a los soldados. Los saluda tocándose la visera de la boina. Karl se aleja.
Las calles de Straubing se muestran flanqueadas por algunos edificios derruidos y vehículos militares abandonados, tachonados de nieve. Luego de unas cuadras, Karl se detiene a pocos pasos de una esquina. Se para frente a un escaparate. Enciende otro cigarrillo, mientras tanto fija la mirada en el edificio que se refleja en el vidrio: edificio, con heridas de guerra, que se yergue a su espalda, en la vereda de enfrente. Karl espera.
Unos minutos después, un sujeto, de sombrero y gabardina, abandona el zaguán. Karl lo oye alejarse. Catapulta el cigarrillo, introduce la mano por el costado izquierdo, por debajo de la campera y allí tantea su pistola Luder. Se gira y sigue al sujeto por una cuadra. Karl deja de seguirlo para rodear la manzana y emboscarlo en la esquina: Karl sabía que el sujeto doblaría en la siguiente. Cuando oye los pasos cercanos de la víctima, Karl extrae la Luder y se interpone delante del sujeto, le apunta al pecho y dispara. El sujeto se oprime con una mano el esternón, luego con la otra. La sangre brota entre los dedos. El sujeto cae de rodillas mirando a los ojos de Karl que aún le apunta. El sujeto se tumba de lado y el sombrero rueda hasta la calle. Los ojos del sujeto ya no miran.
Se oye un silbato. Algunas ventanas se cierran. Karl guarda el arma y regresa por las mismas calles a la estación de Straubing. Los soldados no están. Karl rosa su visera y sonríe irónico al entrar. Se para al borde del andén y junto a otros pasajeros, Karl fuma y espera.
Estación de tren Passau, cerca de la frontera con Austria. Martes 18:15.
La formación se detiene. Karl desciende y abandona la estación rumbo al bar de su amigo Hans. Allí comparte una mesa y unas cervezas con su amigo, se felicitan mutuamente por el asesinato del GESTAPO en Straubing y reafirman continuar con la venganza. Hans le entrega una nota con los datos de la próxima víctima. Karl y Hans comparten el mismo pasado en la SA. Hans le recuerda a su amigo porqué lo apodaban ‘la araña’: porque Karl sabe esperar a su víctima, espera a que caiga en la red que él le ha tendido. Karl le agradece los favores a su amigo: el empleo en el puerto y la habitación en la pensión. Hablan de la idea de Karl de cruzar la frontera y refugiarse en Braunau, Austria. Karl ahorra dinero y espera a que todo se calme para cruzar la frontera, mientras tanto asesina a miembros de la GESTAPO.
Karl y Hans en la puerta del bar. Hans cierra el local: es toque de queda. Se despiden hasta el día siguiente. Hans le recomienda que abandone la avenida y se dirija a la pensión por los callejones. Karl le afirma que siempre lo hace.
Callejón, 20:00.
Karl asoma a una calle de unos 30 metros, cortada por las vías y demarcada por empalizadas ruinosas, enciende un cigarrillo mientras intercambia miradas con un gato que hurga en la basura. Karl camina hacia las vías junto a la empalizada de su derecha. Un temblor hace que se detenga (se acaba de abrir el Umbral), lleva la mano al interior de la campera: tantea la Luder. La voz de Ana le indica a que se cruce a la orilla opuesta. Karl obedece y ve la figura de Ana Müiler (30) enmarcada por el Umbral: un rectángulo de 2 metros de alto al que se lo podría confundir con un espejo parado en el medio del callejón. Ana viste un delantal desabotonado, de bajo un vestido de rojo metalizado, corto y ceñido. Sus pies calzan sandalias de taco aguja. Lleva el pelo, castaño, recogido en la nuca y porta anteojos de carey. A espaldas de Anna y en penumbras: el laboratorio nazi de los 60 con: tableros luminosos y columnas donde giran ruedas de cinta magnetofónicas. Junto a Ana, una mesa de trabajo con interruptores, potenciómetros, contadores e indicadores. Luego de presentarse y dar muestra de conocer a Karl, Ana le explica detalles del Umbral:se trata de un portal que comunica una Alemania, la de los 60(de Ana) y otra de los 50 (de Karl). La Alemania de Ana también está bajo el régimen nazi. Aún no se ha desatado la segunda guerra y las potencias cuentan con armamento atómico. Ana le confiesa que es miembro de la Resistencia que desea voltear al régimen. Ella es una infiltrada en el laboratorio, esto no le agrada a Karl que la trata de ‘traidora’ y de ‘cerda bolchevique’.
La Resistencia le ha encomendado a Ana que asesine a Klaus Meyer: el líder de la GESTAPO en su Alemania. La Resistencia le ha recomendado el uso del Umbral para tal fin. Ana convence a Karl para que asesine al Klaus Meyer de su lado, donde Klaus Meyer es un GESTAPO de poca monta y se hace pasar por un médico en el hospital de neurología de Plattling. A cambio, ella le pagará con lingotes de oro (mitad antes del asesinato y mitad después), lingotes que le ‘vendrían bien para sus planes de cruzar la frontera y vivir en Braunau’, le dirá Ana.
Respondiendo a algunas dudas de Karl sobre el funcionamiento del Umbral, Ana le explica que se pueden pasar solo objetos (ella le oculta que eso se puede hacer siempre y cuando se desactive la función espejo.) Traspasar seres vivos no es algo recomendable.
Karl debe usar un arma especial: una pistola programable simulada en un maletín que Ana le pasará por el Umbral. Una vez asesinado Klaus Meyer en la Alemania de Karl, en la de Ana, la muerte de Klaus Meyer (jefe de la GESTAPO) parecerá un crimen interno, que provocará una crisis terminal en el régimen. Esta arma posee una batería nuclear que la puede alimentar por décadas. Cada vez que se cierra el Umbral la información desaparece de las computadoras, de manera tal, que nadie en el laboratorio sabrá por dónde anduvo el arma.
Ana desactiva la función espejo sin que Karl lo note, toma el maletín con dos pinzas aparatosas que sugieren las tenazas del escorpión; se acuclilla y con cuidado, arrastra el arma hasta que atraviesa el Umbral y queda a los pies de Karl. Se miran. Ana lo invita a que pruebe el arma con el gato de la basura. Le propone que la programe a 5 segundos. Karl obedece y oprime el gatillo: un láser marca las costillas del gato. Luego de 5 segundos el gato maúlla de dolor y cae de costado. Karl se acerca al gato y ve el orificio sangrante en las costillas del animal. El gato muere con los ojos abiertos. Ana y Karl se despiden hasta la tarde del próximo día. El Umbral se cierra.
Cuarto de pensión. 19:00
Karl practica el uso del arma-maletín frente al espejo del ropero. Karl esboza la idea de quedarse con el arma y asesinar a Ana. Nadie en el laboratorio sabría dónde se encuentra el arma, ya que esa información se borra cuando se cierra el Umbral. Deja el arma sobre la mesa de noche, se sienta en la cama, prende un cigarrillo y contempla el arma antes de recostarse.
Oficina del puerto. Miércoles, 14:45.
Karl sentado a un escritorio come un sándwich. Mira el reloj en su muñeca, da los últimos mordiscos al sándwich y deja el escritorio, se acerca al perchero, se calza la campera, la boina, regresa al escritorio, se inclina y ciñe el arma-maletín que se escondía debajo. Karl abandona el puerto. Por las calles de Passau, sus pasos lo conducen hasta la estación. Allí espera de pie, segundos después el tren se detiene y Karl lo arriba. La formación parte.
Estación de tren de Plattling, 16:50.
La formación se detiene. La tarde es fría y el cielo, plomizo. Karl desciende junto a algunos pasajeros; de su mano derecha cuelga el arma-maletín. Karl se sienta en una banca; enciende un cigarrillo y espera. Oye a los soldados de la entrada. El último pasajero abandona la estación, Karl catapulta el cigarrillo y encara a la salida. Muestra los documentos; los soldados miran el maletín y Karl les convida cigarrillos. Los saluda tocándose la visera y finalmente, se aleja.
Camina unas cuadras hasta la casa de Klaus Meyer: una casa gris, de ventanas largas y zaguán. Frente a la casa, una plaza. Karl se sienta en una banca de espaldas a la casa; enciende un cigarrillo y espera. Mira a unos niños cuidados por sus madres que juegan en las hamacas. En una de las calles laterales se yergue un edificio con la bandera de EEUU y en la opuesta, otro con la bandera Soviética. Karl reflexiona sobre el mundo que se avecina: el de la guerra fría, que necesitará sicarios y él podría ser el mejor de ellos adueñándose del arma programable.
Karl oye la puerta del zaguán y los pasos de su víctima. Programa el arma a 5 minutos. Lo sigue a distancia de tiro por una cuadra y media. Por fin, dispara y el láser marca la espalda de Klaus Meyer. Karl se regresa y rodea la manzana apresurando el paso: no quiere perderse el espectáculo. Se detiene en la esquina justo en frente de la entrada al hospital. Ve al falso médico subir las escaleras, detenerse súbitamente y tocarse la espalda. Luego cae de rodillas y se tumba de costado. Se oyen algunos gritos. Karl sonríe abrazando el maletín.
Karl retorna por las mismas calles hasta la estación de Plattling.
Estación de tren de Passau. 18.00.
Karl en el bar con Hans. En la misma mesa los amigos beben cerveza. Karl le confiesa que no asesinó al GESTAPO de la lista, sino a otro: Klaus Meyer, en Plattling. Hans lo interroga por qué y de dónde sacó la información. El motivo es el mismo: venganza. La información se la dio una mujer que conoció. Hans le recuerda que las mujeres no son su fuerte, que lo engañan con facilidad, que todas esconden un aguijón. Que ellas son el escorpión y que él es ‘la araña’.
Para tranquilizar a Hans le regala unos lingotes y le pide no hablar del tema, que solo la verá una vez más y que luego seguirá con la lista de Hans. Además, le comenta luego que Hans lo interrogara por el maletín, sobre sus nuevos planes: será un sicario perfecto para el mundo que se viene. Rato después Hans cierra el bar y los amigos se despiden hasta el otro día.
Callejón,20:00.
Se abre el Umbral y Karl, con la maleta que cuelga de su mano derecha, se para ante Ana. Ana no ha desactivado la función espejo -esto no lo sabe Karl-. Él le afirma que no le entregará el arma. Ella le aclara que el laboratorio podrá recobrarla en cualquier momento. Karl le recuerda que ella le dijo que los datos en las computadoras se borrarán automáticamente ni bien se cierre el Umbral y que, por lo tanto, nadie sabrá dónde está el arma. Ana le aclara que ella sí lo sabe, entonces Karl le apunta (el arma está programada a 3 segundos) y le dispara, pero para su sorpresa el láser rebota y señala a su propio pecho. La bala surge en su corazón. El maletín cae al piso. Karl se arrodilla conteniendo con la mano la sangre que brota de su pecho y luego se derrumba de costado. Ana ha contemplado la escena con frialdad: la carta que había jugado resultó. Desactiva la función espejo, toma las pinzas, se acuclilla ante Karl, que aún agoniza, y mientras recupera el arma con las pinzas, le aclara que esperaba eso de él, porque lo conoce muy bien. Porque en la Alemania de ella el füher no es Adolfo Hitler si no, Karl Esneir.
Ana se yergue; el Umbral se cierra y Karl exhala su último aliento, muriendo, al igual que el gato en la basura, con los ojos abiertos y bajo los primeros copos de la nevada.
martes, 1 de marzo de 2022
miércoles, 16 de febrero de 2022
Cuando los Pájaros Mueren Edward Goligorsky
Edward Goligorsky
La primera luz del sol llenaba el valle, produciendo otro día de intolerable calor.
Una brisa suave y cálida azotaba las espadañas y la alta hierba amarilla. Un estrecho arroyo fluía lentamente por el valle. El cielo se mostraba terriblemente azul y vacío. Nada ensuciaba su fantástica claridad, los pájaros llevaban muertos dos años.
En el valle no se observaba el menor movimiento. La inmóvil locomotora y los vagones de carga parecían juguetes arrojados a un lado por el caprichoso hijo de un gigante vagabundo.
En dos años las hierbas habían cubierto los rieles.
Con un estremecedor crujido se deslizó hacia un lado la puerta de uno de los vagones. Un hombre asomó la cabeza y a continuación surgió al aire libre toda su figura. Era muy viejo. Su piel, increíblemente reseca, le ceñía a los pómulos, cuencas de los ojos, sienes cóncavas, y a la nariz larga y afilada como un cuchillo.
Sus desgreñados cabellos grises caían sobre los hombros. Su boca era simplemente una abertura sin forma entre la maraña de su sucia barba. Había una loca mirada en las profundas cavernas que ocupaban los ojos.
Su abrigo mostraba una raída piel en el cuello, en algunas partes endurecida y en otras llena de manchas. El viento agitaba los pliegues del que, en otro tiempo, habría sido un buen abrigo, dejando al descubierto su desnudez. Sus largas y huesudas piernas terminaban en unas ásperas botas de montaña, con el cuero rajado y lleno de grietas.
El hombre se rascó la barba. Miró hacia la izquierda, donde el canto del agua marcaba la presencia de un arroyo, y movió la cabeza. Luego introdujo una mano en el bolsillo del abrigo, hundiendo en éste casi todo el antebrazo, y extrajo una botella de vino llena en sus tres cuartas partes. Le quitó el corcho, se llevó la botella a los labios y bebió con generosidad. Un fino reguero de líquido se deslizó por su barba hasta el abrigo, dejando un conjunto de brillantes gotas sobre la gruesa capa de grasa que lo cubría.
El hombre tosió espasmódicamente y se guardó la botella en el bolsillo. Algo se deslizó por la tierra, junto a su pie derecho. El anciano se movió rápidamente, para aplastar al reptil. Luego se inclinó y sostuvo su presa entre los delgados y sucios dedos.
Era un lagarto verde que tenía casi veinte centímetros de longitud. Su pie le había aplastado la cabeza, pero el cuerpo aún se retorcía en fuertes espasmos. El viejo no se detuvo ante esta circunstancia. Sus desgastados y amarillentos dientes rasgaron la piel y la carne del animal. Al mascar, sus ojos ya buscaban una nueva ración de comida.
Pronto capturó dos lagartos más, pero arrojó a un lado el tercero, tras aplicarle unos cuantos mordiscos. En ningún momento el viejo le dio importancia al hecho que los tres animales mostraban dos excrecencias, miembros atrofiados, en sus flancos, aparte de sus patas normales. Para él, aquello tenía la misma importancia que la carencia de aves en el cielo. Luego se acercó lentamente hasta el próximo cañaveral, arrancó un vástago recién nacido y mascó el tallo. Cuando entre sus dientes sólo quedaron unas cuantas fibras, las escupió y extrajo la botella del bolsillo nuevamente.
El trago fue más largo que el anterior. Sus labios succionaban en el cuello de la botella audiblemente. Apenas quedaba ya algún vino. Automáticamente, la mente del hombre registró este hecho para él desagradable. Era más difícil conseguir licor que comida. Pero, como era incapaz de concentrarse durante mucho tiempo en una sola idea, finalmente tomó asiento bajo el sol, entre los rieles.
Vivía en el valle desde hacía mucho tiempo..., quizá más tiempo que en ningún otro lugar. Allí vivía solo y en paz. Allí no le ocurría lo que le había sucedido hacía dos años, cuando caminaba tambaleándose por las calles, ¡seguido por un grupo de niños que se burlaban de él. ¡Los policías le insultaban y golpeaban cada vez que le expulsaban de su banco del parque y le encerraban en alguna celda llena de cucarachas y chinches.
En aquellos tiempos jamás sintió el calor del sol como lo sentía bajo los cielos abiertos. Esto era mejor, mucho mejor.
Nunca había imaginado que esto pudiese existir. Si «aquello» nunca hubiera sucedido, jamás habría pensado en huir de la ciudad. Hubiese continuado caminando por la vida con la mano extendida, pidiendo limosna para comprarse un vaso de vino y un poco de pan y queso.
Pero «había sucedido». Hacía dos años..., se hallaba caminando por la calle, sin fijarse en cuanto le rodeaba, cuando oyó los gritos. Todo el mundo corría, tropezando las gentes unas contra otras. Las sirenas aullaban en forma ensordecedora. Algunas personas se abrazaban desesperadamente..., mientras que otras peleaban, frente a él, un escaparate se hizo pedazos. Corrió, casi instintivamente, y se apoderó del abrigo con el cuello le piel. Luego, también él echó a correr. De vez en cuando miraba hacia atrás, pero se dio cuenta muy pronto que no le seguía ningún policía. Luego, redujo el paso.
No entendía lo que la gente estaba diciendo. Cada persona gritaba y señalaba hacia el cielo. Muchas gritaban, arrodillándose sobre el pavimento y moviendo los labios. El tráfico se había detenido y la mayor parte de los conductores habían abandonado sus coches. Las palabras que llegaban hasta sus oídos formaban un ruido desagradable mezclado con los demás ruidos, mecánicos e inhumanos.
Muy pronto, también sintió miedo. Un fuerte empujón le derribó a tierra y su temor se convirtió en pánico. Estaba acostumbrado a recibir puntapiés, pero aquello, no podía decir por qué, era diferente. Casi perdió su nuevo abrigo en la confusión que reinaba.
Se puso en pie con dificultad y se cubrió con el abrigo. Ya no lo perdería entre la multitud. Comenzó a correr de nuevo, apartándose gradualmente del centro de la ciudad. Finalmente, llegó a los distritos de las cercanías, cruzó los suburbios y alcanzó el primero de los campos que rodeaban la metrópoli. Pero su huida parecía ser inútil. Por todas partes hallaba la misma confusión, las mismas multitudes que escapaban, los mismos gritos... Muchos hombres y mujeres habían sido menos afortunados y yacían tendidos en el suelo. El resto de la gente corría sobre sus cuerpos sin molestarse en comprobar si aquellos seres aún estaban vivos. La ola humana no tardó mucho en liquidar a los moribundos.
El hombre jadeaba, sin casi poder respirar, con la boca y la garganta secas, doliéndole enormemente un costado. Su cuerpo, innecesariamente envuelto en el abrigo, estaba bañado en sudor.
Vio una carretera llena de coches que huían de la ciudad. Una caravana abigarrada se extendía a lo largo de ella. Algunas personas iban casi desnudas, mientras que otras llevaban puestas sus mejores ropas. Muchas avanzaban con las manos vacías, mientras que otras se inclinaban bajo el peso de sus bultos y maletas. Todas aquellas gentes le atemorizaban.
Cuando llegó la noche, se apartó de la multitud y caminó a campo traviesa. De vez en cuando veía las luces que llevaban otras personas que, como él, habían abandonado la carretera principal. Siempre que esto ocurría, cambiaba de dirección y continuaba luego su lento y difícil avance a través de la oscuridad.
Hasta que, súbitamente, la noche se quebró mediante una espantosa luz blanca, un resplandor que cubrió la mayor parte del cielo, y, lentamente, se convirtió en amarilla y más tarde en roja.
Con aquel resplandor parecía que todo estaba ardiendo. Cuando contemplaba el fantástico espectáculo, la luz fue haciéndose más y más roja, hasta que hubo una especie de crepúsculo sangriento y después la oscuridad total. Pasaron los minutos. Permaneció inmóvil, presa del miedo. Acto seguido fue arrojado violentamente a tierra y un viento que rugía terriblemente pasó sobre él. Permaneció boca abajo hasta que el sol apareció en el horizonte, con su claridad que a duras penas atravesaba la espesa y oscura niebla que cubría el cielo.
El hombre nunca supo lo que había sucedido, ni qué relación había entre aquel rápido día y noche con la gente que huía de la ciudad. Pero no tardó en darse cuenta del hecho que habían cambiado muchas cosas.
No trató de regresar a aquella ciudad ni a ninguna otra... Algo le decía que jamás volvería a encontrar en ellas alivio alguno. Ahora las ciudades estaban malditas y debía evitarlas. Y así continuó su avance a través del campo.
Vio a grupos más pequeños de gente, pero por otra parte descubrió a muchos abrasados y cadáveres horriblemente mutilados. En algunos lugares, los cuerpos estaban apilados formando pequeñas montañas de carne abrasada. El hombre pronto aprendió a evitar también aquellos lugares de muerte.
Una mañana vio cómo un pájaro vacilaba en medio de su vuelo y caía a tierra piando desesperadamente. Y, aunque la comida era escasa, supo instintivamente que no debía comer aquel pájaro, y no lo hizo.
La espesa niebla no se disipaba, y en el cielo había colores de puesta de sol. Especialmente por la noche, había como relámpagos blancos más allá del horizonte, pero él mantuvo los ojos fuertemente cerrados, a pesar de aquellas luces que le atemorizaban enormemente.
Ocasionalmente vio tabernas situadas en el campo, pero o estaban desiertas o sus ocupantes muertos. No entró en ninguna de ellas y durante todo aquel tiempo no bebió alcohol. Una tarde llegó hasta un pequeño arroyo, pero la hierba que crecía a lo largo de sus orillas estaba muerta. Desde entonces bebió agua cuando la sed era inaguantable.
Varios días más tarde encontró el tren abandonado en el valle. Trepó a uno de los vagones de carga, apartó con el pie una caja que le estorbaba el paso y se tendió sobre el pavimento de madera.
A la mañana siguiente, observó con alguna curiosidad que la neblina se había disipado y que el sol brillaba con claridad. Un agradable calor se extendió por todo su cuerpo. Quizá era aquella nueva y agradable sensación lo que le hizo decidir no reanudar su viaje inmediatamente, como siempre solía hacerlo.
Cuando encontró el cercano arroyo, notó con alguna satisfacción que allí la hierba era verde y saludable. El agua era fresca y saciaba..., ahora que estaba acostumbrado a pasar largas temporadas sin vino.
Desde su huida de la ciudad había sobrevivido con raíces de caña, hierbas y hojas tiernas. En el valle encontró algunas plantas deliciosas. Y la nueva agilidad que poseía su cuerpo, viviendo al aire libre, le hizo posible cazar los animales que corrían por el valle.
Tras algunos meses, quizá un año, los hombres comenzaron a aparecer. No muchos, pero pronto formaron pequeños grupos. Eligieron varios valles cercanos donde montar sus desvencijadas tiendas. De vez en cuando, estos hombres vagaban por los alrededores del tren, pero evitaban a la solitaria y barbuda figura que se rascaba plácidamente bajo el sol. Convencidos del hecho que no podían esperar nada de él, continuaron en sus cacerías y exploraciones.
Pero un día la rutina cambió. Con los cazadores llegó un harapiento niño de edad y sexo indeterminados. Sus facciones estaban arrugadas, escuálidas. Aquel rostro parecía algo extraño sobre el diminuto cuerpo infantil, con sus brazos esqueléticos y abdomen protuberante. El niño caminaba débilmente detrás de los demás, y cuando vio al hombre descansando junto al vagón de carga se acercó a él. Justamente en aquel momento, sus flacas piernas se doblaron y cayó a tierra.
El hombre se inclinó. Los ojos del niño estaban abiertos, mirándole con expresión triste, de total abandono. No quedaban casi dientes en su boca y en su mejilla izquierda acababa de abrirse una nueva pústula. El hombre se sintió enormemente desconcertado, pero entonces recordó algo. Quizá podía ayudar a aquel pequeño ser que había despertado en él cierto atávico sentimiento de compasión. Regresó al vagón, hurgó en una de las cajas que había apartado a un lado cuando había improvisado su refugio y extrajo una diminuta botella. Los febriles ojos del niño miraron con curiosidad el objeto que era tan ajeno a su universo. Entonces se le nubló la vista repentinamente.
Los harapientos cazadores se aproximaron, y se colocaron entre el hombre y el niño. Alzaron a este último en brazos y se lo llevaron en dirección a su campamento. El pequeño frasco, lleno de cápsulas multicolores, no abandonó la cerrada mano del niño.
El hombre pronto olvidó el incidente. Reanudó su vida solitaria sin contar los días que iban transcurriendo. Pero una tarde regresaron los cazadores, y esta vez se acercaron directamente a él. El niño —ahora era evidentemente una niña—, los acompañaba. Pero tenía un aspecto completamente distinto. Sus mejillas se habían llenado, brillaban sus ojos, y todo cuanto restaba de antes era una cicatriz rosada.
Los cazadores se aproximaron al hombre del tren y le hablaron. No les entendió una sola palabra. Una mujer que acompañaba al grupo se adelantó, se arrodilló ante él y besó su mano respetuosamente. Luego le ofreció trozos de carne guisada y varias botellas de vino que probablemente habrían encontrado en alguna ciudad abandonada.
El hombre no había probado el vino desde hacía mucho tiempo y la vista de las botellas incluso hizo que le doliese el estómago de ansias. Ignorando tanto a los cazadores como a las mujeres, el hombre descorchó una de las botellas con los dientes, se la llevó a los labios y bebió..., hasta casi ahogarse.
Por el rabillo del ojo vio cómo uno de los cazadores se deslizaba subrepticiamente hacia el vagón de carga. Abandonando la botella, el hombre corrió hacia él gritándole con ira. El cazador se retiró y sus compañeros profirieron un coro de protestas y disculpas. La mujer quiso besar su mano nuevamente, y la pequeña le rodeó el cuello con ambos brazos. Pero él los rechazó a todos.
Continuaron hablando con él hasta que la charla le ensordeció. Estaba pensando en el vino que aún no había probado en suficiente cantidad, y en la carne que los cazadores acababan de traerle. Recordó entonces que había regalado a la niña algo hacía ya días y pensó que aquel pequeño frasco debía relacionarse, de algún modo, con los regalos que en aquel momento le hacían. El hombre se acercó al vagón, extrajo otro pequeño frasco de la caja y se lo entregó a la mujer que había besado sus manos.
Los cazadores murmuraron más palabras ininteligibles y se fueron. El hombre ni siquiera les miró... Todo su interés estaba concentrado sobre la carne que sus manos asían. Acto seguido, comenzó a mascarla con deleite.
Muy pronto las visitas se hicieron numerosas. Otros niños y adolescentes desfilaron por su vagón de carga..., con sus carnes consumidas, los ojos hundidos y mostrando unos cuerpos esqueléticos. Lo que antes fue un acontecimiento, llegó a convertirse en ritual; el hombre entregaba un frasco de cápsulas multicolores, la mujer besaba sus manos, los cazadores entonaban un coro de palabras absurdas y depositaban a sus pies carne y botellas de vino.
El hombre incluso llegó a acostumbrarse al nombre que le daban, él que jamás había tenido nombre, y siempre se volvía cuando escuchaba decir a alguien: «Sabio».
En aquella mañana, el ardiente sol ya estaba muy alto cuando escuchó voces y vio que los cazadores avanzaban por el valle. Cada día sus ropas estaban más destrozadas y sus rostros más demacrados. Todos llevaban cuchillos en sus cinturones y algunos empuñaban cañas en cuyos extremos habían fijado aguzadas puntas le metal. Habían desaparecido las armas de fuego de otros tiempos.
El hombre del tren se humedeció los labios. Aquella visita significaba una nueva provisión de vino. Ya era hora porque acababa de vaciar la última botella. Aún más, podría comer carne asada, que siempre era mucho mejor que los escasos lagartos que podía cazar.
Cuando los hombres se acercaron más, se puso en pie. El cazador que siempre encabezaba el grupo llevaba con él a un niño completamente desnudo. Sus miembros colgaban flojamente. El cazador habló rápidamente:
—Sabio... —dijo—, sabio...
Y a continuación algo parecido a «mi hijo, mi propio hijo».
El hombre del tren examinó al niño. No sabía lo que le había dicho el cazador, pero asintió con un movimiento de cabeza. Miró hacia las botellas de vino que llenaban una gran cesta de mimbre. Había allí más que en otras ocasiones. Se humedeció los labios y a continuación se encaminó hacia su refugio. Trepó al vagón de carga. El interior era un horno. Introdujo una mano en el interior de la caja de frascos y tanteó inútilmente su fondo.
La caja estaba vacía.
El hombre miró estúpidamente a su alrededor. No había otra caja como aquélla. El resto del vagón estaba lleno de embalajes de madera que contenían maquinaria que todavía olía a grasa estancada. Sabía que en los demás vagones tampoco encontraría lo que buscaba. Los había ya inspeccionado y solamente contenían maquinaria embalada.
Comprobó una vez más si la caja estaba vacía y luego se acercó hasta la puerta del vagón, para saltar a tierra. El jefe de los cazadores gruñó algo ininteligible con rápido movimiento de labios. El hombre de nuevo entendió: «Sabio..., hijo..., cura..., mi hijo».
Se encogió de hombros y se acercó a la cesta que contenía el vino. Pero uno de los cazadores le bloqueó el camino, al mismo tiempo que apoyaba sobre su pecho una de las aguzados cañas.
El jefe de los cazadores dijo algo detrás de él.
El hombre del tren se rascó la barba, vacilando. La aguzada punta de aquella caña era un obstáculo difícil de franquear.
Se volvió y fue a tomar asiento de nuevo en el suelo del vagón de carga, colgando sus piernas sobre el borde, las delgadas piernas que sobresalían por debajo de su abrigo.
Súbitamente la escena cambió. El jefe dejó a su hijo en los brazos de otro cazador y avanzó con amenazador semblante. Colocó una mano sobre la fuerte empuñadura del cuchillo que llevaba en la cintura y, al cabo de unos segundos, la brillante hoja brilló bajo el sol. Blandió luego el cuchillo delante del hombre que le contemplaba impasible.
—Sabio..., mi hijo..., cura.
Irritado por el silencio del hombre, el cazador le asió por la parte posterior del abrigo y con rápido tirón le arrancó de su asiento.
El hombre cayó sobre la hierba boca abajo. Entonces el jefe de los cazadores subió al vagón y desapareció en su interior.
Mientras tanto, el hombre se puso en pie y trató de seguirle, pero se encontró con una verdadera valla de cañas aguzadas. Un momento después apareció el jefe, con el rostro congestionado por la cólera. En una mano sostenía su cuchillo y en la otra la caja vacía.
Hubo otro torrente de palabras que surgieron rápidamente de su garganta.
—Escondido..., ¿dónde? Sabio..., ¿dónde?
El hombre mantuvo silencio, al mismo tiempo que con una mano acariciaba lentamente la piel de su abrigo. Todo aquello era tan absurdo como el caos de la distante ciudad. Miró hacia el vino con enorme resignación. Ignoraba lo que estaban diciendo, pero por su tono sabía que nada podría ya esperar de aquellas gentes.
Una vez más se encogió de hombros. Sólo le quedaba esperar que se fueran y le dejaran en paz. Más tarde se suavizarían aquellas diferencias. En aquel momento un gran lagarto verde se deslizó por la tierra, muy cerca de los rieles. Carecía de cola y dos enormes protuberancias sobresalían de sus costados, pero el viejo hundió sus dientes en él con sumo placer. Era una vergüenza que se hubiese agotado su provisión de vino.
El jefe se hallaba ante él, gritando como un loco:
—¡Dónde..., escondido..., curar..., dónde..., Sabio!
Con ademán agresivo, arrojó la caja a tierra. Luego avanzó blandiendo su cuchillo, apuntando hacia el estómago del viejo, que se distinguía por una abertura del abrigo.
—Dónde..., escondido..., curar..., mi hijo..., curar..., Sabio.
Cuando el hombre no respondió, la hoja de acero describió un brillante arco en el aire y se hundió en su estómago hasta la empuñadura. El cazador la extrajo luego del estómago y se oyó un ruido suave, como de succión, a la vez que de la herida saltaba un chorro de sangre. El cazador continuó apuñalando una y otra vez, hasta que el hombre cayó sobre la hierba, hacia delante, con los ojos muy abiertos y sus manos tratando de asir sus intestinos.
La sangre todavía fluía intermitentemente cuando los cazadores iniciaron el regreso a su campamento.

