sábado, 3 de octubre de 2020
domingo, 6 de septiembre de 2020
Cantabile
John Decles
John Decles
Una conjetura: vino del pasado; aunque también pudo venir del futuro. Una suposición: se trataba de un rayo enviado por un gran talento, incluso entre cadenas, lanzado a la ventura porque no podía ser encaminado hacia un blanco concreto. Y en cuanto a la naturaleza de las cadenas, e incluso a la del talento, ¿qué decir? No hay sitio ni ocasión en que el genio no viva soportando imbéciles.
En cuanto a su forma, era indescriptible y podía, por esa razón, haber pasado inadvertido. El ojo humano puede no enviar al cerebro imágenes para las cuales no existe «concepto». Casi inmediatamente después de su aparición, dejan de «ser». Sus contenidos fueron dispersos, demasiado pequeños para provocar la atención mantenida del ojo, y derivaron hacia la tierra con rapidez. El lugar sobre el que se fijaron fue la inhóspita y pétrea Ciudad y, en unos segundos, la mayoría de ellos murieron por falta de receptores. Sólo uno sobrevivió. Por un azar, quizá matemáticamente calculable, pero de todos modos remoto, este uno encontró su camino a través de una abertura, más pequeña que el diámetro de una aguja, en la base de la cúpula de cristal de cuarzo que coronaba el rascacielos patrimonio de un Barón de la Ciudad; se deslizó químicamente en un vivero donde se las arregló para mantener la vida entre lo que allí había: plantas, algas y pequeños peces. A mediodía, en el nutrimento fortuito de esta matriz de facto, la Bestia Que Llora había nacido. Sin una madre, sin un padre...
La Bestia Que Llora era pequeña al nacer. En realidad, en el momento de su nacimiento medía poco más de medio centímetro.
Poco tiempo antes había sido un azaroso grupo de células protoplasmáticas, empujado de un lugar a otro del invernadero por las ondas solares. El calor del sol del verano, que se escurría con lentitud hacia el otoño, le llevó más allá. Su altura no era mucha, pero pronto cambió. Con la voraz capacidad con que la vida le había dotado, pronto encontró y devoró toda la comida que el jardín ofrecía. En el espacio de una semana había alcanzado el tamaño de un perro pequeño.
Durante aquella semana, una buena parte del tiempo del que la Bestia disponía fue empleado en la observación. Según los estándares de la Ciudad, el jardín no era pequeño. Se extendía unos quince metros en las cuatro direcciones. Luego era interrumpido por los rígidos límites de las paredes de ladrillo. Transversalmente al techo del jardín, se alzaba una prolongación vertical de la cúpula de cristal de cuarzo, adentrada en el cielo para apresar algo del fresco aire de más arriba Allí, encima del rascacielos del Barón, el jardín estaba aislado y, como un niño, succionaba y asimilaba el calor del brillante pecho del horno solar. Había murales en las paredes del jardín, pinturas, casi mosaicos, en cálidos colores terrosos, demasiado delicados y armoniosos para los sentidos no desarrollados de la Bestia. Pero, entonces, la Bestia sólo disponía de las cosas del jardín para establecer comparaciones: las flores y los peces, los frutales enanos y los alegremente coloreados pájaros que revoloteaban por todas partes; y ésas no eran las cosas que los murales describían.
Un día, sentado en el tiesto de lilas y masticando semillas de loto, la Bestia hizo un descubrimiento. Estirándose, había alcanzado un pez dorado. Se retorció y emitió horribles sonidos cuando él lo mordisqueaba. Sentado tranquilamente, pudo observar que a las cosas vivas no les gusta ser comidas mientras lo están. Su memoria le recordó los penetrantes chillidos de los pájaros que había comido, lo difícil que era apartar la sofocante suavidad de las plumas.
En vista de ello, resolvió no comer más cosas que estuvieran vivas. A medida que pasaban los días, se dio cuenta que aquélla había sido una buena decisión. Los animales dejaron de temerle y le procuraron mucho entretenimiento.
La Bestia seguía necesitando proteínas, pero lo resolvió con la muerte de sus compañeros y, de esta manera, solventó lo que era una necesidad natural. El resto de su dieta se basaba en los árboles y en los brotes de las flores.
Cuando tenía poco más de un metro de altura, aprendió a caminar sobre sus patas traseras y descubrió la puerta. Este descubrimiento no lo hizo por sus propios medios, sino que fue parte de un cambio en su medio ambiente. La puerta se abrió y la Mujer vino a través de ella.
Por entonces la Bestia ya podía ver los murales, y la reconoció al momento como una de las cosas representadas en los mosaicos, toda ella tostada por la palpitante calidez de la no filtrada luz del sol. Esta mujer no le vio al principio. Él todavía estaba sentado en la fresca agua del estanque: aún mascaba sus simientes de loto. La mujer se quitó su vestido dorado y se tendió en la caliente y limpia arena, con un antifaz de tela negra sobre los párpados.
La Bestia se levantó rápidamente y avanzó con cuidado desde el pintado suelo azul del estanque hasta el camino de piedra. Anduvo silenciosamente hasta donde ella yacía, y se quedó mirándola en un ansioso escrutinio, como si debiera actuar. Sin embargo, permaneció inmóvil y contemplando su cuerpo anhelando algo que era demasiado joven para comprender.
Pasado un tiempo, la Mujer sintió su presencia y se quitó el antifaz de los párpados. Al verle, se sentó y recogió su ropa. Sólo lanzó un pequeño grito a la inmóvil atmósfera.
—¿Cómo entraste? —dijo—. ¿Qué estás haciendo aquí?
La Bestia la miró de manera diferente por un momento. Su voz no era penetrante y dulce, como la de los pájaros, ni tampoco sibilante y gutural, como la del pez dorado. No chirriaba, como hacían los insectos.
—Bueno, respóndeme —exigió.
La Bestia hizo un ruido con su garganta; se llevó la zarpa al cuello. Su voz había sido fuerte esta vez, y le había hecho daño por dentro. Le volvió la espalda. Se puso a llorar, como había hecho ante el chillido de un pájaro moribundo, pero de nuevo ignoró por qué.
—¿Qué te pasa? ¿Es que no sabes hablar? —preguntó la Mujer.
La Bestia se volvió de nuevo hacia ella y miró dentro de sus profundos ojos azules. Estaban húmedos, como los suyos, pero no de dolor. La Bestia nunca había sentido esa piedad.
—¡Pobre! —dijo la Mujer.
Se puso en pie y, sonrojada, se envolvió en su ropa y fue hacia él. Hizo movimientos para señalar la puerta.
—No puedes salir así —dijo—. ¿Dónde están tus ropas?
Le hizo más señas intentando hacerle mirar al lugar donde se hallaban sus cosas, usando su propia ropa como ejemplo.
La Bestia permanecía confusa, sin comprender.
—Está bien. Las buscaremos.
Mientras buscaba, la Mujer hablaba. Casi ociosas palabras, que ponían de relieve su nerviosismo ante su presencia. Un relámpago, el oscuro ruido de un trueno y un cohete atravesaron el cielo, atraídos por el espacio como el hierro por el imán. La Mujer rió.
—¿Sabes?, somos como hongos —dijo, mirando por debajo de un arbusto de gardenias—. Esos cohetes, esas aeronaves. Apuesto a que tú, como la mayoría de los obreros, no tienes ni idea de lo que son. Los humanos, los mortales, vivimos en la base del árbol, soportando las embestidas, los acontecimientos de la vida. Más arriba, en las ramas del roble, las aeronaves cincelan un imperio, sin contar para nada con nosotros, sin contar con la gente.
»Sólo los que hacen las leyes piensan en la gente. Hacen las leyes de modo que impidan a los constructores del imperio dejar caer el fuego del Sol sobre nosotros, subyugarnos o matarnos. Hacen leyes que limitan al hombre al empleo de su propia fuerza o a la contratación de mercenarios. Nos dan una seguridad social que limita el radio de acción de un hombre. —Revolvió escrupulosamente el jardín. Miró bajo los arbustos y matorrales, hasta en el estanque. Al terminar, estaba perpleja—. No se me ocurre qué hiciste para llegar aquí sin ropas. De cualquier manera, tampoco logro entender cómo te las has arreglado para entrar aquí. Hemos tenido suerte que nadie más te haya visto, si no tendrías problemas. Tú espera aquí y yo iré abajo, y miraré si puedo conseguirte algunas ropas de mi hermano pequeño. Luego veremos si puedo sacarte del edificio sin que nadie te vea. —Volvió a mirarle, moviendo su cabeza de izquierda a derecha, hasta que la fijó en ángulo con su delicado hombro—. Seguramente no podré sacarte esta noche, así que después de la cena te traeré algo de comer. Suelo comer aquí arriba con bastante frecuencia, así que nadie lo encontrará extraño.
La Bestia permaneció mirando largo rato el sitio donde ella había estado tumbada en la arena. Luego, sin entender lo que había dicho sobre comida, fue por el jardín a procurársela.
La Bestia no comprendía la noche. Había nacido de los nobles rayos y de las poderosas radiaciones del Sol, y cuando éste desaparecía tras los límites de cemento del jardín se enrollaba bajo un bosquecillo de abetos del Canadá y se ponía a dormir. A veces, los ruidos de abajo le sacaban de su tranquilidad, y entonces veía las estrellas y la Luna. Las estrellas eran cálidas, y la Luna le hacía sentirse enfermo, y palidecer con una emoción que no podía saber que era la pena. Estaba dormido cuando la Mujer volvió. Ella movió su mano frente a un brillante panel de metal, y el jardín se abrió, como un fresco estallido de arco iris, en un enigma de luz artificial. La luz no era tan fuerte como el amanecer, pero iluminaba la estancia con la misma claridad. Como las luces no dan calor, la Mujer encontró a la Bestia dormida, enroscada como un ovillo. Cuando la tocó, despertó y levantó su mirada hacia ella.
Estaba ahora pálida. La Luna la bañaba de leche y su pelo era azulado como la Luna, no negro, aunque ella tenía cierto parecido con el negro suelo. Bajo el silencio de la Luna y las estrellas, él la adoró.
—Ven —dijo—. Ponte esto. Creo que mi hermano es más corpulento que tú, pero servirán.
La Bestia seguía aturdida. Intentó comprender sus movimientos, pero fue en vano.
—¿No sabes cómo ponértelo?
Él permanecía en silencio. La Mujer notó entonces algo en lo que no había reparado antes. Por un momento tuvo miedo.
—¡Oh! No me entiendes, ¿no es eso? Nada, ¿verdad?
La Mujer le ayudó a ponerse las ropas, aunque estaba nerviosa al tocarle. Sus ojos la seguían; le llegó de ella el olor a menta, un olor que conocía del lecho de plantas aromáticas, junto a la fuente de los pájaros.
—Eres un chico agradable —le dijo, mientras le vestía—. Me siento rara contigo. Casi como si fuera tu madre, pero no maternalmente. —Se rió—. Lo que sentía por mis muñecas cuando tenía tu edad, o lo que siento por los pájaros, aquí en el jardín. Tenía un perrito con manchas negras cuando era muy joven. Mi padre no era Barón entonces. Vivíamos en una torre de Barón, pero mi padre sólo estaba aprendiendo su empleo. Me dejaban jugar con otros niños y conocía a montones de muchachos como tú; sólo que, claro, sabían hablar. —Le miró de nuevo con aquella piedad—. Bueno, por fin estás presentable, y tendrás más trajes cuando vayas a casa. Me imagino que estarás entre los obreros. Bueno, no importa, no tienes que volver esta noche. No podría pasar más allá del piso número cien, aunque mi vida dependiese de ello. Mira, te he traído comida.
Le llevó a través del jardín y le dio una cesta con alimentos. La Bestia la miró estúpidamente, y entonces ella abrió una botella de cerveza, extendió una servilleta en el suelo, y dispuso sobre ella trozos de pollo cocinado, pan y melón. La Bestia no comió hasta que ella le puso un pedazo en la mano. Entonces supo que era comida.
La Mujer se sentó sobre las losas y le miró comer con los dedos. A los pocos minutos, sintió el deseo de tomarle y acariciarle, o rascarle la cabeza, tanto le recordaba a su perdido cachorro.
—Si esta habitación fuera sólo mía, podría tenerte aquí en secreto, como a un animalito. Mi padre no me deja tener otro perro. Dice que alguien podría utilizarlo como un arma contra mí. No tengo ningún amigo. Nadie con quien hablar, y, claro está, no puedo salir del edificio. Tengo sólo dieciocho años y la suerte no me ha escogido todavía un marido, así que nunca he estado con un joven. ¡Oh! ¡Qué ganas tengo que llegue ese día! Alguien alto y fuerte, como un guerrero, y bronceado como si trabajara en los campos. ¡Será tan hermoso y cortés...! Me tomará en sus brazos y viviremos como en una nube.
Los ojos de la Mujer brillaban, y vio a través de la Bestia su pasado y su futuro. La Bestia le miraba a los ojos, tras el velo de lágrimas felices, y sus propios ojos brillaron en respuesta.
Cuando terminó la comida, la Bestia tomó otra decisión. Levantó su mano, que brillaba por el aceite de la comida, y le tocó el vestido. Era un vestido blanco, con mangas amplias que se ondulaban cuando andaba. El sitio donde su mano encontró la suavidad de la ropa quedó manchado sin remedio, pero la Mujer sonrió. Siguiendo su impulso, se inclinó y besó su frente con ternura, como se besa a los niños.
—Eres dulce —dijo, y se fue con la cesta y el mantel blanco.
Apagó las luces a su paso. La Bestia se precipitó de un salto hasta su bosquecillo de abetos, y pronto quedó dormida.
Las familias de los Barones estaban bien alimentadas. Si el Barón pedía una comida poco nutritiva por sí misma, el alimento era cuidadosamente tratado con las necesarias vitaminas, minerales y proteínas. Así que la Bestia había hecho su primera comida completa y equilibrada. Estaba, por primera vez en su corta vida, alimentada como convenía para estimular su extraordinaria capacidad de crecimiento. Durante la noche, la Bestia maduró.
El Sol se levantó sobre las paredes de cemento, y comenzó su avance cotidiano de un panel de cuarzo a otro, como una misteriosa pieza en un juego de ajedrez sin reglas. La Bestia había crecido en su calor. Estiró sus dorados miembros y, con su primera contracción, los músculos se afirmaron y redondearon. Con la primera inspiración de siempreviva y oxígeno de la mañana, sus pulmones ganaron capacidad, y su pecho se ensanchó. Cuando se puso en pie, lo hizo con extraordinaria facilidad, y advirtió que ahora tenía vello en el cuerpo. También otras cosas habían cambiado, cosas dentro de él que ahora eran diferentes. Las ropas que la Mujer le había dado se desgarraron, reventadas por sus estirones de la noche, y cayeron al suelo. Había sido despojado de sus andrajos por su verdadera naturaleza. La Bestia era ahora un adolescente, o, mejor aún, estaba en los últimos estados de su adolescencia.
Durante toda la mañana, el Sol evolucionó en su órbita prescrita y, con el transcurso del día, la Bestia se apostó ante la puerta. Cuando el cristal de cuarzo se tiñó con los colores de la caída del Sol, la puerta se abrió. La Mujer iba vestida de un tejido amarillo y ligero, como junquillos, girasoles, como las claras notas altas de una trompeta. Miró a la Bestia.
Nada perceptible pasó entre ellos. La Bestia permanecía inmóvil. Ahora no lloraba. La Mujer permaneció también inmóvil. No buscó con su mente una explicación ni consideró que fuese necesaria.
—Eres el mismo —dijo—, eres el mismo niño. Puedo asegurarlo. Pero eres diferente, no eres igual, porque ahora eres un hombre.
La Bestia la miró, y sus ojos no estaban húmedos ni perdidos. Ahora era fuerte, distinto.
Cuando el Sol estaba bajo y las estrellas brillaban con desmayo en el pálido cielo azul, las lilas de Juno florecieron. Levantaron sus grandes capullos blancos, levemente, sobre el agua, y se estiraron hacia el sitio donde la Luna debía estar. La Bestia alargó un brazo y tiró de una de ellas, hasta que su flexible tallo se tronchó. Gotas del agua de la piscina saltaron en cascada hacia ellos. La Mujer se lo llevó a su pecho y aspiró su fragancia. Suspiró, y de su seno húmedo y oscuro dejó salir aquel mismo perfume de sauces y de cálidas noches de verano. La Bestia la besó de la manera que ella le había enseñado.
La Mujer tarareó en voz baja un aire rítmico y, recostándose sobre la hierba, empezó a cantar: Mi Príncipe creció de una Rana, y los grillos detuvieron sus chirridos para escuchar.
Mi Príncipe creció de una Rana
que vivía en un Pozo de Plata,
y la historia que cuento,
es la de cómo le besé, mientras estaba
sobre un tronco caído. La Rana, que era
un Príncipe,
recobró mi Pelota de Oro.
Le dejó antes que llegara la mañana. Sus cabellos negros relucían por el deslizarse de muchas caricias. La Bestia comió el alimento que ella le había dejado. Los abetos eran una espinosa enramada para él, y los lotos ya no eran sagrados.
Pasó la semana siguiente. La Bestia llevaba una ligera barba negra y había signos de arrugas en los pliegues de sus ojos. Su pelo, largo hasta los hombros, se había hecho rústico, su piel era menos suave, sus labios eran más oscuros y endurecidos que antes.
La Mujer no estaba tan distinta, pero había cambiado.
—Quisiera que esto durase siempre, Mi Príncipe —dijo un día en que el Sol era especialmente ardoroso—. Pero tú no eres para siempre, ni yo. He visto en ti una maravilla y un milagro; pero los milagros tienen que terminar, como todas las cosas, buenas o malas, y temo que lo bueno pasa a menudo antes que lo malo. Has crecido rápidamente, de un niño a un hombre en el mismo mes. Creo que pronto, Mi Príncipe, morirás. Cuando hayas muerto, me quedaré sola.
Ahora era la Mujer quien lloraba, y la Bestia no pudo reconfortarla porque no había entendido sus palabras. Y aunque lo hubiera hecho, no habría sido capaz de comprender los conceptos que ella expresaba. En los días de la Mujer, la Bestia sólo conoció el éxtasis.
—Has venido aquí —dijo ella, tranquilizándose y conteniendo sus lágrimas— de algún lugar más allá de mi mundo, y te has convertido en un mundo para mí. Estoy contenta del hecho que hayas venido. Me has dado algo con qué pesar el valor de mi vida, una medida. Pienso que quizá sea bueno que envejezcas y mueras tan rápidamente. Si mi padre te descubriese aquí, te daría muerte. Acepto que mueras, no puedo pedir favores a la muerte. Pero no quiero ser cómplice de un asesinato.
La Bestia era como un hombre de mediana edad. Se había hecho más recio, aunque, por una merced de su naturaleza, no había desarrollado barriga, ni ninguno de esos desagradables accidentes que tienden a hacer que un hombre pierda algo de su arrogancia física durante ese tiempo de su vida. Aunque la Bestia hubiera desarrollado alguna de tales imperfecciones, no se habría interesado por ellas. Su vida era demasiado corta para permitirle el aprendizaje de la conciencia social.
Ahora, la Bestia y la Mujer ya no se mostraban tan apasionados. Habían llegado, en dos breves semanas, a la especie de relación que muchos, aun después de años de matrimonio, no alcanzan. Estaban juntos constantemente y, cuando lo estaban, ni el uno ni el otro se sentían solos.
—Estos han sido días felices —dijo—. Valoro estos días como no valoraré ninguno de los que vengan después. Cuando me elijan un hombre, seré una esposa para él; pero la suerte habrá fallado. Sea quien sea mi marido, tendrá que recibir de mí un afecto triste.
Una vez que estaba de un humor sombrío, le dijo:
—Mi padre tiene problemas con los otros Barones. Su proyecto ha sido rechazado en el Congreso y puede ser expulsado. Si eso sucede, me enviarán fuera para que pase mi vida como una obrera. Mi padre se quedará y luchará, como es su costumbre, y es posible que todos en la Torre sean derrotados. Si mi padre va a la guerra, serás descubierto. Este jardín está sobre las torrecillas de los cañones. Bajo este suelo hay armas. ¡Oh! Si lo expulsan...
Pronto llegó el tiempo de la vejez de la Bestia. Ya no podía oler los abetos en la noche ni las lilas rosa perla. Su largo y lacio cabello era blanco, como su barba. Sus ojos, ahora, eran profundos y fríos. Se encorvaba y dormía mucho más que antes.
La Mujer no había venido desde hacía tres días. El cielo estaba frío y gris. De vez en cuando, tenues y rápidos copos de nieve daban contra el vidrio de cuarzo con un ruido áspero. La Bestia tomó una decisión basada en su observación, y deslizó su mano frente al reluciente panel de metal. Vino la luz, pero al mezclarse con la escasa del día no le alegró. Las rosas rojas de una pequeña maceta, rosas que habían palpitado con vida, rosas que habían brotado para encontrar al vivo Sol, estaban ahora marchitas y desvanecidas, purpúreas como los labios de una prostituta pintarrajeada.
Cuando la Mujer llegó, lo hizo velozmente. Cruzó con rapidez la puerta hacia el oscuro y húmedo jardín. Era la primera vez que la Bestia veía ropas de calle, y mostró curiosidad por ellas. La Mujer vestía una capa negra con capucha y llevaba un maletín. La Mujer corrió y se apretó contra la Bestia. Mojó sus mejillas con lágrimas.
—Adiós —sollozó—, adiós, Mi Príncipe. Esta es la última vez que te veo. Mi padre ha sido expulsado y me envían fuera a través de los túneles. No tengo forma de salvarte. Mi padre y los suyos estarán muertos antes de la mañana, y tú con ellos. ¿No me dirás ahora algo, aunque sólo sea un adiós? Dímelo una vez, sólo una.
La Bestia la atrajo suavemente hacia sí. Fuera sonaba un zumbido, como el de las abejas. La nieve se estampó contra la cristalera de cuarzo y se derritió.
La Bestia comprendió lo que ella deseaba. Emitió sonidos con su garganta, sonidos ásperos y duros, parecidos a aullidos..., pero no palabras. Eso estaba fuera de su alcance, y su vida había sido demasiado corta para aprenderlas.
Como una estrella, apareciendo entre nubes furtivas, un avión se dejó ver al otro lado de los ventanales. Era un aparato antiguo, fuera de lugar en aquel mundo, con hélices, una pequeña carlinga vidriada y una ametralladora. El piloto tiró del disparador y una fina línea de balas atravesó el cristal. Más tarde, el avión se fue y las ventanas quedaron hechas pedazos.
En sus brazos, la Mujer vaciló. Había saltado lejos de él cuando el avión se acercó y luego había caído de nuevo en sus brazos.
La Bestia movió sus nudosos dedos hacia los negros y brillantes botones de su chaqueta. Con grande y tierno cuidado abrió su blusa. Rasgó las apretadas ropas interiores y desnudó su pecho. Entre sus senos encontró un orificio. Estaba herida, y la sangre goteaba en un hilo; no tenía pulso; la Mujer había muerto.
Se preguntó qué debía hacer entonces. Cuando los animales del jardín morían, él se los comía. Se preguntó si debía hacer lo mismo ahora. Como ausente, dejó caer su vieja cabeza, vieja por el paso de unas pocas semanas, y lamió la sangre de su carne. Con el agradable sabor salado en su boca, cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos lloró. La Bestia lloró. Quedó en pie, agotada y llorando.
Su cuerpo estaba limpio y blanco. A través de las destrozadas ventanas, un fuerte viento sopló y agitó sus brillantes y negros cabellos. Un pequeño rizo cayó sobre su frente.
Arriba, en lo alto del cielo, en lo más alto de la Torre del Barón, el jardín estaba destruido. El viento se hizo más salvaje y sopló en la concha de la vida, rompiendo lo que aún quedaba de los cristales. El viento desgarró los pétalos de las rosas y los lanzó en remolino, al aire abierto, desperdigándolos por el cielo. Los pájaros estaban libres.
Periquitos color fucsia, azules y blancos revolotearon entre los pétalos azafrán y escarlata para alzarse lejos y morir en el invierno que llegaba. Un pavo real llameó en el distante olvido, siempre apagándose.
La nieve fue llevada a los cálidos estanques y descansó sobre las hojas de los lotos, transformando la superficie del agua en un lecho de aparentes sombrillas gigantes. Las orquídeas se ennegrecieron con el contacto del frío. Las palmas, las buganvillas, desposeídas de sus capullos, se agitaron bajo el frenético remolino de la tormenta.
Sola en los cielos, la Bestia Que Llora se marchitaba. El Sol estaba velado por la nieve, las flores se morían y sólo los abetos parecían no darse cuenta.
En cuanto a su forma, era indescriptible y podía, por esa razón, haber pasado inadvertido. El ojo humano puede no enviar al cerebro imágenes para las cuales no existe «concepto». Casi inmediatamente después de su aparición, dejan de «ser». Sus contenidos fueron dispersos, demasiado pequeños para provocar la atención mantenida del ojo, y derivaron hacia la tierra con rapidez. El lugar sobre el que se fijaron fue la inhóspita y pétrea Ciudad y, en unos segundos, la mayoría de ellos murieron por falta de receptores. Sólo uno sobrevivió. Por un azar, quizá matemáticamente calculable, pero de todos modos remoto, este uno encontró su camino a través de una abertura, más pequeña que el diámetro de una aguja, en la base de la cúpula de cristal de cuarzo que coronaba el rascacielos patrimonio de un Barón de la Ciudad; se deslizó químicamente en un vivero donde se las arregló para mantener la vida entre lo que allí había: plantas, algas y pequeños peces. A mediodía, en el nutrimento fortuito de esta matriz de facto, la Bestia Que Llora había nacido. Sin una madre, sin un padre...
La Bestia Que Llora era pequeña al nacer. En realidad, en el momento de su nacimiento medía poco más de medio centímetro.
Poco tiempo antes había sido un azaroso grupo de células protoplasmáticas, empujado de un lugar a otro del invernadero por las ondas solares. El calor del sol del verano, que se escurría con lentitud hacia el otoño, le llevó más allá. Su altura no era mucha, pero pronto cambió. Con la voraz capacidad con que la vida le había dotado, pronto encontró y devoró toda la comida que el jardín ofrecía. En el espacio de una semana había alcanzado el tamaño de un perro pequeño.
Durante aquella semana, una buena parte del tiempo del que la Bestia disponía fue empleado en la observación. Según los estándares de la Ciudad, el jardín no era pequeño. Se extendía unos quince metros en las cuatro direcciones. Luego era interrumpido por los rígidos límites de las paredes de ladrillo. Transversalmente al techo del jardín, se alzaba una prolongación vertical de la cúpula de cristal de cuarzo, adentrada en el cielo para apresar algo del fresco aire de más arriba Allí, encima del rascacielos del Barón, el jardín estaba aislado y, como un niño, succionaba y asimilaba el calor del brillante pecho del horno solar. Había murales en las paredes del jardín, pinturas, casi mosaicos, en cálidos colores terrosos, demasiado delicados y armoniosos para los sentidos no desarrollados de la Bestia. Pero, entonces, la Bestia sólo disponía de las cosas del jardín para establecer comparaciones: las flores y los peces, los frutales enanos y los alegremente coloreados pájaros que revoloteaban por todas partes; y ésas no eran las cosas que los murales describían.
Un día, sentado en el tiesto de lilas y masticando semillas de loto, la Bestia hizo un descubrimiento. Estirándose, había alcanzado un pez dorado. Se retorció y emitió horribles sonidos cuando él lo mordisqueaba. Sentado tranquilamente, pudo observar que a las cosas vivas no les gusta ser comidas mientras lo están. Su memoria le recordó los penetrantes chillidos de los pájaros que había comido, lo difícil que era apartar la sofocante suavidad de las plumas.
En vista de ello, resolvió no comer más cosas que estuvieran vivas. A medida que pasaban los días, se dio cuenta que aquélla había sido una buena decisión. Los animales dejaron de temerle y le procuraron mucho entretenimiento.
La Bestia seguía necesitando proteínas, pero lo resolvió con la muerte de sus compañeros y, de esta manera, solventó lo que era una necesidad natural. El resto de su dieta se basaba en los árboles y en los brotes de las flores.
Cuando tenía poco más de un metro de altura, aprendió a caminar sobre sus patas traseras y descubrió la puerta. Este descubrimiento no lo hizo por sus propios medios, sino que fue parte de un cambio en su medio ambiente. La puerta se abrió y la Mujer vino a través de ella.
Por entonces la Bestia ya podía ver los murales, y la reconoció al momento como una de las cosas representadas en los mosaicos, toda ella tostada por la palpitante calidez de la no filtrada luz del sol. Esta mujer no le vio al principio. Él todavía estaba sentado en la fresca agua del estanque: aún mascaba sus simientes de loto. La mujer se quitó su vestido dorado y se tendió en la caliente y limpia arena, con un antifaz de tela negra sobre los párpados.
La Bestia se levantó rápidamente y avanzó con cuidado desde el pintado suelo azul del estanque hasta el camino de piedra. Anduvo silenciosamente hasta donde ella yacía, y se quedó mirándola en un ansioso escrutinio, como si debiera actuar. Sin embargo, permaneció inmóvil y contemplando su cuerpo anhelando algo que era demasiado joven para comprender.
Pasado un tiempo, la Mujer sintió su presencia y se quitó el antifaz de los párpados. Al verle, se sentó y recogió su ropa. Sólo lanzó un pequeño grito a la inmóvil atmósfera.
—¿Cómo entraste? —dijo—. ¿Qué estás haciendo aquí?
La Bestia la miró de manera diferente por un momento. Su voz no era penetrante y dulce, como la de los pájaros, ni tampoco sibilante y gutural, como la del pez dorado. No chirriaba, como hacían los insectos.
—Bueno, respóndeme —exigió.
La Bestia hizo un ruido con su garganta; se llevó la zarpa al cuello. Su voz había sido fuerte esta vez, y le había hecho daño por dentro. Le volvió la espalda. Se puso a llorar, como había hecho ante el chillido de un pájaro moribundo, pero de nuevo ignoró por qué.
—¿Qué te pasa? ¿Es que no sabes hablar? —preguntó la Mujer.
La Bestia se volvió de nuevo hacia ella y miró dentro de sus profundos ojos azules. Estaban húmedos, como los suyos, pero no de dolor. La Bestia nunca había sentido esa piedad.
—¡Pobre! —dijo la Mujer.
Se puso en pie y, sonrojada, se envolvió en su ropa y fue hacia él. Hizo movimientos para señalar la puerta.
—No puedes salir así —dijo—. ¿Dónde están tus ropas?
Le hizo más señas intentando hacerle mirar al lugar donde se hallaban sus cosas, usando su propia ropa como ejemplo.
La Bestia permanecía confusa, sin comprender.
—Está bien. Las buscaremos.
Mientras buscaba, la Mujer hablaba. Casi ociosas palabras, que ponían de relieve su nerviosismo ante su presencia. Un relámpago, el oscuro ruido de un trueno y un cohete atravesaron el cielo, atraídos por el espacio como el hierro por el imán. La Mujer rió.
—¿Sabes?, somos como hongos —dijo, mirando por debajo de un arbusto de gardenias—. Esos cohetes, esas aeronaves. Apuesto a que tú, como la mayoría de los obreros, no tienes ni idea de lo que son. Los humanos, los mortales, vivimos en la base del árbol, soportando las embestidas, los acontecimientos de la vida. Más arriba, en las ramas del roble, las aeronaves cincelan un imperio, sin contar para nada con nosotros, sin contar con la gente.
»Sólo los que hacen las leyes piensan en la gente. Hacen las leyes de modo que impidan a los constructores del imperio dejar caer el fuego del Sol sobre nosotros, subyugarnos o matarnos. Hacen leyes que limitan al hombre al empleo de su propia fuerza o a la contratación de mercenarios. Nos dan una seguridad social que limita el radio de acción de un hombre. —Revolvió escrupulosamente el jardín. Miró bajo los arbustos y matorrales, hasta en el estanque. Al terminar, estaba perpleja—. No se me ocurre qué hiciste para llegar aquí sin ropas. De cualquier manera, tampoco logro entender cómo te las has arreglado para entrar aquí. Hemos tenido suerte que nadie más te haya visto, si no tendrías problemas. Tú espera aquí y yo iré abajo, y miraré si puedo conseguirte algunas ropas de mi hermano pequeño. Luego veremos si puedo sacarte del edificio sin que nadie te vea. —Volvió a mirarle, moviendo su cabeza de izquierda a derecha, hasta que la fijó en ángulo con su delicado hombro—. Seguramente no podré sacarte esta noche, así que después de la cena te traeré algo de comer. Suelo comer aquí arriba con bastante frecuencia, así que nadie lo encontrará extraño.
La Bestia permaneció mirando largo rato el sitio donde ella había estado tumbada en la arena. Luego, sin entender lo que había dicho sobre comida, fue por el jardín a procurársela.
La Bestia no comprendía la noche. Había nacido de los nobles rayos y de las poderosas radiaciones del Sol, y cuando éste desaparecía tras los límites de cemento del jardín se enrollaba bajo un bosquecillo de abetos del Canadá y se ponía a dormir. A veces, los ruidos de abajo le sacaban de su tranquilidad, y entonces veía las estrellas y la Luna. Las estrellas eran cálidas, y la Luna le hacía sentirse enfermo, y palidecer con una emoción que no podía saber que era la pena. Estaba dormido cuando la Mujer volvió. Ella movió su mano frente a un brillante panel de metal, y el jardín se abrió, como un fresco estallido de arco iris, en un enigma de luz artificial. La luz no era tan fuerte como el amanecer, pero iluminaba la estancia con la misma claridad. Como las luces no dan calor, la Mujer encontró a la Bestia dormida, enroscada como un ovillo. Cuando la tocó, despertó y levantó su mirada hacia ella.
Estaba ahora pálida. La Luna la bañaba de leche y su pelo era azulado como la Luna, no negro, aunque ella tenía cierto parecido con el negro suelo. Bajo el silencio de la Luna y las estrellas, él la adoró.
—Ven —dijo—. Ponte esto. Creo que mi hermano es más corpulento que tú, pero servirán.
La Bestia seguía aturdida. Intentó comprender sus movimientos, pero fue en vano.
—¿No sabes cómo ponértelo?
Él permanecía en silencio. La Mujer notó entonces algo en lo que no había reparado antes. Por un momento tuvo miedo.
—¡Oh! No me entiendes, ¿no es eso? Nada, ¿verdad?
La Mujer le ayudó a ponerse las ropas, aunque estaba nerviosa al tocarle. Sus ojos la seguían; le llegó de ella el olor a menta, un olor que conocía del lecho de plantas aromáticas, junto a la fuente de los pájaros.
—Eres un chico agradable —le dijo, mientras le vestía—. Me siento rara contigo. Casi como si fuera tu madre, pero no maternalmente. —Se rió—. Lo que sentía por mis muñecas cuando tenía tu edad, o lo que siento por los pájaros, aquí en el jardín. Tenía un perrito con manchas negras cuando era muy joven. Mi padre no era Barón entonces. Vivíamos en una torre de Barón, pero mi padre sólo estaba aprendiendo su empleo. Me dejaban jugar con otros niños y conocía a montones de muchachos como tú; sólo que, claro, sabían hablar. —Le miró de nuevo con aquella piedad—. Bueno, por fin estás presentable, y tendrás más trajes cuando vayas a casa. Me imagino que estarás entre los obreros. Bueno, no importa, no tienes que volver esta noche. No podría pasar más allá del piso número cien, aunque mi vida dependiese de ello. Mira, te he traído comida.
Le llevó a través del jardín y le dio una cesta con alimentos. La Bestia la miró estúpidamente, y entonces ella abrió una botella de cerveza, extendió una servilleta en el suelo, y dispuso sobre ella trozos de pollo cocinado, pan y melón. La Bestia no comió hasta que ella le puso un pedazo en la mano. Entonces supo que era comida.
La Mujer se sentó sobre las losas y le miró comer con los dedos. A los pocos minutos, sintió el deseo de tomarle y acariciarle, o rascarle la cabeza, tanto le recordaba a su perdido cachorro.
—Si esta habitación fuera sólo mía, podría tenerte aquí en secreto, como a un animalito. Mi padre no me deja tener otro perro. Dice que alguien podría utilizarlo como un arma contra mí. No tengo ningún amigo. Nadie con quien hablar, y, claro está, no puedo salir del edificio. Tengo sólo dieciocho años y la suerte no me ha escogido todavía un marido, así que nunca he estado con un joven. ¡Oh! ¡Qué ganas tengo que llegue ese día! Alguien alto y fuerte, como un guerrero, y bronceado como si trabajara en los campos. ¡Será tan hermoso y cortés...! Me tomará en sus brazos y viviremos como en una nube.
Los ojos de la Mujer brillaban, y vio a través de la Bestia su pasado y su futuro. La Bestia le miraba a los ojos, tras el velo de lágrimas felices, y sus propios ojos brillaron en respuesta.
Cuando terminó la comida, la Bestia tomó otra decisión. Levantó su mano, que brillaba por el aceite de la comida, y le tocó el vestido. Era un vestido blanco, con mangas amplias que se ondulaban cuando andaba. El sitio donde su mano encontró la suavidad de la ropa quedó manchado sin remedio, pero la Mujer sonrió. Siguiendo su impulso, se inclinó y besó su frente con ternura, como se besa a los niños.
—Eres dulce —dijo, y se fue con la cesta y el mantel blanco.
Apagó las luces a su paso. La Bestia se precipitó de un salto hasta su bosquecillo de abetos, y pronto quedó dormida.
Las familias de los Barones estaban bien alimentadas. Si el Barón pedía una comida poco nutritiva por sí misma, el alimento era cuidadosamente tratado con las necesarias vitaminas, minerales y proteínas. Así que la Bestia había hecho su primera comida completa y equilibrada. Estaba, por primera vez en su corta vida, alimentada como convenía para estimular su extraordinaria capacidad de crecimiento. Durante la noche, la Bestia maduró.
El Sol se levantó sobre las paredes de cemento, y comenzó su avance cotidiano de un panel de cuarzo a otro, como una misteriosa pieza en un juego de ajedrez sin reglas. La Bestia había crecido en su calor. Estiró sus dorados miembros y, con su primera contracción, los músculos se afirmaron y redondearon. Con la primera inspiración de siempreviva y oxígeno de la mañana, sus pulmones ganaron capacidad, y su pecho se ensanchó. Cuando se puso en pie, lo hizo con extraordinaria facilidad, y advirtió que ahora tenía vello en el cuerpo. También otras cosas habían cambiado, cosas dentro de él que ahora eran diferentes. Las ropas que la Mujer le había dado se desgarraron, reventadas por sus estirones de la noche, y cayeron al suelo. Había sido despojado de sus andrajos por su verdadera naturaleza. La Bestia era ahora un adolescente, o, mejor aún, estaba en los últimos estados de su adolescencia.
Durante toda la mañana, el Sol evolucionó en su órbita prescrita y, con el transcurso del día, la Bestia se apostó ante la puerta. Cuando el cristal de cuarzo se tiñó con los colores de la caída del Sol, la puerta se abrió. La Mujer iba vestida de un tejido amarillo y ligero, como junquillos, girasoles, como las claras notas altas de una trompeta. Miró a la Bestia.
Nada perceptible pasó entre ellos. La Bestia permanecía inmóvil. Ahora no lloraba. La Mujer permaneció también inmóvil. No buscó con su mente una explicación ni consideró que fuese necesaria.
—Eres el mismo —dijo—, eres el mismo niño. Puedo asegurarlo. Pero eres diferente, no eres igual, porque ahora eres un hombre.
La Bestia la miró, y sus ojos no estaban húmedos ni perdidos. Ahora era fuerte, distinto.
Cuando el Sol estaba bajo y las estrellas brillaban con desmayo en el pálido cielo azul, las lilas de Juno florecieron. Levantaron sus grandes capullos blancos, levemente, sobre el agua, y se estiraron hacia el sitio donde la Luna debía estar. La Bestia alargó un brazo y tiró de una de ellas, hasta que su flexible tallo se tronchó. Gotas del agua de la piscina saltaron en cascada hacia ellos. La Mujer se lo llevó a su pecho y aspiró su fragancia. Suspiró, y de su seno húmedo y oscuro dejó salir aquel mismo perfume de sauces y de cálidas noches de verano. La Bestia la besó de la manera que ella le había enseñado.
La Mujer tarareó en voz baja un aire rítmico y, recostándose sobre la hierba, empezó a cantar: Mi Príncipe creció de una Rana, y los grillos detuvieron sus chirridos para escuchar.
Mi Príncipe creció de una Rana
que vivía en un Pozo de Plata,
y la historia que cuento,
es la de cómo le besé, mientras estaba
sobre un tronco caído. La Rana, que era
un Príncipe,
recobró mi Pelota de Oro.
Le dejó antes que llegara la mañana. Sus cabellos negros relucían por el deslizarse de muchas caricias. La Bestia comió el alimento que ella le había dejado. Los abetos eran una espinosa enramada para él, y los lotos ya no eran sagrados.
Pasó la semana siguiente. La Bestia llevaba una ligera barba negra y había signos de arrugas en los pliegues de sus ojos. Su pelo, largo hasta los hombros, se había hecho rústico, su piel era menos suave, sus labios eran más oscuros y endurecidos que antes.
La Mujer no estaba tan distinta, pero había cambiado.
—Quisiera que esto durase siempre, Mi Príncipe —dijo un día en que el Sol era especialmente ardoroso—. Pero tú no eres para siempre, ni yo. He visto en ti una maravilla y un milagro; pero los milagros tienen que terminar, como todas las cosas, buenas o malas, y temo que lo bueno pasa a menudo antes que lo malo. Has crecido rápidamente, de un niño a un hombre en el mismo mes. Creo que pronto, Mi Príncipe, morirás. Cuando hayas muerto, me quedaré sola.
Ahora era la Mujer quien lloraba, y la Bestia no pudo reconfortarla porque no había entendido sus palabras. Y aunque lo hubiera hecho, no habría sido capaz de comprender los conceptos que ella expresaba. En los días de la Mujer, la Bestia sólo conoció el éxtasis.
—Has venido aquí —dijo ella, tranquilizándose y conteniendo sus lágrimas— de algún lugar más allá de mi mundo, y te has convertido en un mundo para mí. Estoy contenta del hecho que hayas venido. Me has dado algo con qué pesar el valor de mi vida, una medida. Pienso que quizá sea bueno que envejezcas y mueras tan rápidamente. Si mi padre te descubriese aquí, te daría muerte. Acepto que mueras, no puedo pedir favores a la muerte. Pero no quiero ser cómplice de un asesinato.
La Bestia era como un hombre de mediana edad. Se había hecho más recio, aunque, por una merced de su naturaleza, no había desarrollado barriga, ni ninguno de esos desagradables accidentes que tienden a hacer que un hombre pierda algo de su arrogancia física durante ese tiempo de su vida. Aunque la Bestia hubiera desarrollado alguna de tales imperfecciones, no se habría interesado por ellas. Su vida era demasiado corta para permitirle el aprendizaje de la conciencia social.
Ahora, la Bestia y la Mujer ya no se mostraban tan apasionados. Habían llegado, en dos breves semanas, a la especie de relación que muchos, aun después de años de matrimonio, no alcanzan. Estaban juntos constantemente y, cuando lo estaban, ni el uno ni el otro se sentían solos.
—Estos han sido días felices —dijo—. Valoro estos días como no valoraré ninguno de los que vengan después. Cuando me elijan un hombre, seré una esposa para él; pero la suerte habrá fallado. Sea quien sea mi marido, tendrá que recibir de mí un afecto triste.
Una vez que estaba de un humor sombrío, le dijo:
—Mi padre tiene problemas con los otros Barones. Su proyecto ha sido rechazado en el Congreso y puede ser expulsado. Si eso sucede, me enviarán fuera para que pase mi vida como una obrera. Mi padre se quedará y luchará, como es su costumbre, y es posible que todos en la Torre sean derrotados. Si mi padre va a la guerra, serás descubierto. Este jardín está sobre las torrecillas de los cañones. Bajo este suelo hay armas. ¡Oh! Si lo expulsan...
Pronto llegó el tiempo de la vejez de la Bestia. Ya no podía oler los abetos en la noche ni las lilas rosa perla. Su largo y lacio cabello era blanco, como su barba. Sus ojos, ahora, eran profundos y fríos. Se encorvaba y dormía mucho más que antes.
La Mujer no había venido desde hacía tres días. El cielo estaba frío y gris. De vez en cuando, tenues y rápidos copos de nieve daban contra el vidrio de cuarzo con un ruido áspero. La Bestia tomó una decisión basada en su observación, y deslizó su mano frente al reluciente panel de metal. Vino la luz, pero al mezclarse con la escasa del día no le alegró. Las rosas rojas de una pequeña maceta, rosas que habían palpitado con vida, rosas que habían brotado para encontrar al vivo Sol, estaban ahora marchitas y desvanecidas, purpúreas como los labios de una prostituta pintarrajeada.
Cuando la Mujer llegó, lo hizo velozmente. Cruzó con rapidez la puerta hacia el oscuro y húmedo jardín. Era la primera vez que la Bestia veía ropas de calle, y mostró curiosidad por ellas. La Mujer vestía una capa negra con capucha y llevaba un maletín. La Mujer corrió y se apretó contra la Bestia. Mojó sus mejillas con lágrimas.
—Adiós —sollozó—, adiós, Mi Príncipe. Esta es la última vez que te veo. Mi padre ha sido expulsado y me envían fuera a través de los túneles. No tengo forma de salvarte. Mi padre y los suyos estarán muertos antes de la mañana, y tú con ellos. ¿No me dirás ahora algo, aunque sólo sea un adiós? Dímelo una vez, sólo una.
La Bestia la atrajo suavemente hacia sí. Fuera sonaba un zumbido, como el de las abejas. La nieve se estampó contra la cristalera de cuarzo y se derritió.
La Bestia comprendió lo que ella deseaba. Emitió sonidos con su garganta, sonidos ásperos y duros, parecidos a aullidos..., pero no palabras. Eso estaba fuera de su alcance, y su vida había sido demasiado corta para aprenderlas.
Como una estrella, apareciendo entre nubes furtivas, un avión se dejó ver al otro lado de los ventanales. Era un aparato antiguo, fuera de lugar en aquel mundo, con hélices, una pequeña carlinga vidriada y una ametralladora. El piloto tiró del disparador y una fina línea de balas atravesó el cristal. Más tarde, el avión se fue y las ventanas quedaron hechas pedazos.
En sus brazos, la Mujer vaciló. Había saltado lejos de él cuando el avión se acercó y luego había caído de nuevo en sus brazos.
La Bestia movió sus nudosos dedos hacia los negros y brillantes botones de su chaqueta. Con grande y tierno cuidado abrió su blusa. Rasgó las apretadas ropas interiores y desnudó su pecho. Entre sus senos encontró un orificio. Estaba herida, y la sangre goteaba en un hilo; no tenía pulso; la Mujer había muerto.
Se preguntó qué debía hacer entonces. Cuando los animales del jardín morían, él se los comía. Se preguntó si debía hacer lo mismo ahora. Como ausente, dejó caer su vieja cabeza, vieja por el paso de unas pocas semanas, y lamió la sangre de su carne. Con el agradable sabor salado en su boca, cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos lloró. La Bestia lloró. Quedó en pie, agotada y llorando.
Su cuerpo estaba limpio y blanco. A través de las destrozadas ventanas, un fuerte viento sopló y agitó sus brillantes y negros cabellos. Un pequeño rizo cayó sobre su frente.
Arriba, en lo alto del cielo, en lo más alto de la Torre del Barón, el jardín estaba destruido. El viento se hizo más salvaje y sopló en la concha de la vida, rompiendo lo que aún quedaba de los cristales. El viento desgarró los pétalos de las rosas y los lanzó en remolino, al aire abierto, desperdigándolos por el cielo. Los pájaros estaban libres.
Periquitos color fucsia, azules y blancos revolotearon entre los pétalos azafrán y escarlata para alzarse lejos y morir en el invierno que llegaba. Un pavo real llameó en el distante olvido, siempre apagándose.
La nieve fue llevada a los cálidos estanques y descansó sobre las hojas de los lotos, transformando la superficie del agua en un lecho de aparentes sombrillas gigantes. Las orquídeas se ennegrecieron con el contacto del frío. Las palmas, las buganvillas, desposeídas de sus capullos, se agitaron bajo el frenético remolino de la tormenta.
Sola en los cielos, la Bestia Que Llora se marchitaba. El Sol estaba velado por la nieve, las flores se morían y sólo los abetos parecían no darse cuenta.
domingo, 2 de agosto de 2020
Descongélate y cumple tu Condena Allen Kim Lang
Descongélate y cumple tu Condena
Allen Kim Lang
Allen Kim Lang
La sangre del doctor Warner mojaba las esposas que rodeaban mis muñecas. Un sargento de policía me envolvió en una sábana transpirada para sacarme del dormitorio donde Mildred Warner gritaba, acurrucada en un rincón.
—McWha —dijo su excelencia—, ha tenido usted una vida muy agitada.
Así era.
Los años que mis contemporáneos emplearon en jugar al baloncesto, los pasé en Bosky Knoll, un asilo donde las uñas de los lobeznos se cortan con tijeras freudianas. Mis uñas resultaron más duras que las tijeras de mis guardianes. A los quince años, harto de hipocresía y miel, me escapé atravesando la verja de hierro forjado y llegué a la ciudad en el Citrus Express.
Armado con una media llena de arena, entré en el campo farmacéutico. Al contrario de cierto infeliz que, a la pregunta de por qué asaltaba bancos, contestó: «Porque allí es donde se encuentra el dinero», yo decidí que la riqueza es más fácil de arrancar de los puños de los pobres, cuya resistencia es débil. Si ofreces una cura para el cáncer, patentada, todo el comercio arruga la nariz. Pero das en el clavo.
Conseguí mi entrada en las cámaras acorazadas del banco de servicios completos que me gustaba con el qat, una hierba cosechada en los dominios de los jeques de Yemen y desconocida hasta que yo la introduje en nuestro saludable clima. Mientras rollizos hombres de leyes se abalanzaban sobre las hojas de marihuana, una hierba tan benigna como el vino, en los parques públicos, el hombre lobo McWha instaló en las máquinas de refrescos de las escuelas una marca de té a la que uno se habituaba tanto como a los pecados contra la castidad; y gané para mi industria de importación el precio de un harén, el único otro producto de Yemen digno de importarse, que sería vendido a un consorcio de tratantes en carne usada de otro hemisferio.
La competencia fue un fastidio hasta que descubrí, en el Caribe, una imitación de los aviones prusianos. Como desconfiaba de los peligrosos instrumentos eléctricos escogí, entre todas las demás herramientas, una barra de acero larga como el brazo de un hombre y con el diámetro de su menos externo orificio; un mecanismo que servía para todos los fines comerciales, desde un aparato sin importancia hasta la fabricación de un cadáver, cuya muerte resultaba un enigma para el más hábil médico forense.
Como un carnívoro en un mundo donde las gachas se han convertido en el plato nacional, yo era demasiado orgulloso para ocultar mis cerdas bajo una piel de cordero. Si Slick McWha se hubiera dignado dar unos centavos a los hambrientos (el mendrugo de los malvados), nunca hubiera sido exilado al paraíso. Lo que me condenó fue mi falta de hipocresía.
La única venganza que tomé contra el doctor Warner fue la de seducir a su mujer; sin embargo, rápido como su cirugía, nos sorprendió en la consumación de su vergüenza. Agarré el objeto más cercano, suficiente para detener el violento bastón del doctor (un sujetalibros; los Warner eran una pareja muy intelectual) y lo lancé. Cayó muerto y ella se levantó gritando.
En la cárcel, Slick McWha se convirtió en candidato para los extraños fines de Telstar. La fotografía mostraba al asesino en el banquillo, donde un gordo y negro murciélago informaba a los que querían negarle su cena de sangre: «La nuestra es una civilización que ya no mata, sino que congela.» Así, entonces, la sentencia (un primer plano de mi cara de asesino, otro de mis puños cerrados) fue:
«Kevin McWha, los servidores del Estado tienen orden de secuestrarle durante doscientos años, al cabo de los cuales, por la gracia de Dios y la evolución de la ciencia, se despertará en un mundo preparado para curar a los monstruos.»
En el aparato Stevie, sobre la caja registradora de la taberna de su barrio, deben haber visto, después del penúltimo anuncio, el próximo paso del desdichado camino de McWha: la cámara de helio de las criptas criminales.
¡El insidioso Fu Manchú debería haber vivido esta hora! A saber: correas de silicona que sujetan al delincuente mientras los tanques de gas líquido se vierten sobre sus miembros. El sombrero en forma de medusa presta un toque clásico, como también las ligeras descargas que se producen en los pechos de acero. La víctima recuerda todos los detalles de su anterior infamia, mientras se le introduce en el tubo del tiempo...
Esto es lo que se dice. Pero lo cierto es:
Una cama. Una enfermera con una cómoda blusa a rayas azules y un almidonado delantal blanco (¡y el ninfatófago hombre lobo entiende de comodidad!), que se apoya sobre el triángulo derecho con una jeringa de dos centímetros cúbicos y una aguja de acero inoxidable. Un «no le dolerá nada, señor Hijo de la Desgracia».
Un pinchazo y ya han pasado doscientos años.
No siento sueño ni frío, después de dos siglos de estar sumergido en el Primero Absoluto. Sólo una picada de avispa que todavía escuece, doce décadas después que la avispa haya muerto.
La máquina del futuro me despierta y me moldea para darme mi forma primitiva. Un ciudadano desnudo, Tarzán, se acerca a mí en el parque. Sobre su bíceps izquierdo lleva sujeto un disco de plata. Plan antiMcWha, me imagino.
—Sabemos por qué está con nosotros, Kevin. —Tuerce la boca—. Su expediente está un poco descolorido, pero hemos podido leerlo.
Estos apuestos seres practican el nudismo; han suavizado el clima para hacerlo soportable. Los negreros del hombre lobo, soltero durante dos siglos, se presentan en forma de unas jóvenes que hacen gimnasia, detrás de los campos de tenis.
—No hay ciudades; no las necesitamos.
Más dulce que la leche, lo cual presupone activas glándulas, mi cicerone sonríe.
El hombre lobo también sonríe.
—¿Adictos a las drogas? —pregunto.
—¡Claro que no! —El fantoche del futuro enarca las cejas—. Lo que tenemos es un problema con el café.
Slick McWha se acuerda de la ilegal Java y de nuevo pregunta:
—¿Ningún otro vicio?
—Quizá la propia satisfacción —contesta la dulce lapa.
No tengo permiso para revender el aburrimiento.
—Tienen una tierra realmente de ensueño —dice Slick tratando de agradar y dejándose engañar.
—A nosotros nos gusta.
—A mí también..., visitarla —afirma el ladrón de ovejas.
—No puede retroceder.
Un león, con una melena mejor peinada que la de cualquier hija de presidente en mis días, se dirige majestuosamente hacia un árbol cercano, donde se echa junto a un cordero. El león bosteza. El cordero, con ojos tan grandes como los de un ingenuo en un bar de la Legión, siente cierta inquietud.
—¿Qué van a hacer conmigo? —pregunto, en mi calidad de mejor abogado del diablo.
—Le estudiaremos —responde mi guía—. Será mejor que coopere. Usaremos la fuerza si es necesario...
—¡Qué vergüenza!
—...Para prevenir, por ejemplo, el asesinato o la violación —añade con una mirada dura.
—Usted recuerda el verso de cuatro letras, pero se ha olvidado de la música —comento.
—Usted parece creer que la civilización presupone suavidad —protesta el favorito de la historia. Ve una abeja en una flor dorada y cierra los ojos.
—La verdad de este futuro —filosofo— es que está compuesta de testicularidad. Afortunadamente, y gracias al poder de la criogenia (cualquier cosa que entra puede ser congelada; «romper la ley», será congelado y descongelado, etc.), sus hormonas van a ser esterilizadas.
Muerto de vergüenza, Slick McWha observa la abeja de miel que gira y embiste en el botón de oro, y se pregunta: «¿Es que los monstruos de revistas eróticas agarran a las exuberantes terrestres para sorber tan inocente rocío?»
Virgilio abre los ojos, de un azul pálido, como leche aguada.
—No queremos la semilla de la serpiente en el Edén —dice—. En cualquier caso, nuestras mujeres no le querrían.
—Del mismo modo que Polonia no quería a las SS —gruñe el lobo.
No hay respuesta. El futuro no tiene un pasado desagradable.
Entonces sobreviene el pensamiento predominante en la mente de todo el que se despierta de un sueño: la necesidad de conocer los titulares que no he vivido.
—¿Están en paz? —pregunto.
—Claro —afirma mi elegante Superman con expresión glacial—. A través de la preparación prenatal hemos eliminado el trauma del nacimiento. Desde que no hay pobreza, no hay ansiedad. Mire allí.
Dos jóvenes amantes, llenos de pecas como un pastel de canela, se pasean tomados de la mano delante del Lobo y el Conejo, saludan con sus cabezas doradas y pasan, sin dejar de cantar juntos, con voces que parecen violines.
—El cuerpo ya no es causa de vergüenza —declara el Conejo—. Nuestras unidades de plasma germinal son tan higiénicas como nuestros superegos.
El hombre lobo se relame, saboreando canela azucarada.
—Me refiero —digo— no a usted sólo, simpático guía, sino a todo su mundo.
—La Tierra ya no es un círculo de arena ensangrentada —dice mi falso Fauntleroy. Luego, como el apuesto desconocido de una revista femenina, canturrea—: Pero ahora hablemos de usted.
Señala dos bancos de piedra, dos-à-dos, tapizados con una capa de musgo. Un pequeño pero rápido arroyo corre a nuestra derecha, desgastando las piedras de la orilla. El aire huele a agua fresca, pinos y hierba pisada por los pies descalzos de los niños. Yo anhelo con vehemencia un cigarro.
—Tengo el privilegio de ayudarle a encontrar su nuevo camino —dice mi acompañante.
—Se eligió mi trabajo de acuerdo con mis genes —le contesto—. Yo soy, por mis glándulas y por el entrenamiento a que he sido sometido, un entrepreneur.
—Un ladrón —interpreta mi hombre del Intourist—. Hemos visto su expediente, ¿recuerda? —Se lleva los dedos a los labios, como un cura que cuenta en silencio los bocadillos de pepino que necesita para el té de la parroquia—. Aquí no tenemos trabajo para vendedores ambulantes —continúa—. Ni siquiera, Kevin McWha, solicitamos los servicios de intermediarios o bandidos de la junta ejecutiva.
—Un hombre del pasado merece algún privilegio —sugiero—. Como un jarrón Ming, debe preservarse en calidad de tesoro nacional.
—Los jarrones Ming de su clase son más vulgares que las botellas de leche —dice el señor Interlocutor—. ¿Olvida usted las estadísticas criminales de su desgraciada época? ¿El modo en que sus tribunales, más benévolos con los contemporáneos que con los descendientes, metían en hielo a los malhechores y los almacenaban, como pescado congelado, para que renacieran, malolientes, en nuestra época, más comprensiva?
—El juez me aseguró que ustedes tendrían técnicas nuevas —observo yo—; dijo que dispondrían de una medicina para los delincuentes.
—Tenemos un estilete —contesta Exquisito, trazando una línea recta en el aire— de medio metro de largo y muy fino.
—Ya conozco ese estilete —dice el Lobo, mientras se le contraen las entrañas.
—Se perfora la conjuntiva de un ojo y se trasplanta el globo ocular a la mejilla del paciente —explica mi nuevo enemigo—. Por medio de una pequeña incisión en la órbita superior, el estilete rompe los precintos de la capa cerebral donde palpita el plasma germinal. Entonces, el ojo vuelve a colocarse en su cuenca, y el sociópata regresa a la compañía de sus congéneres, limpio y puro de corazón como un niño.
—Maravilloso —digo—. ¿No es cierto, sin embargo, que el convaleciente de su operación cerebral puede encontrar la poesía aburrida y el amor una ficción?
—¡Oh, sí! —suspira mi engatusador—. Para ser del todo sincero, Kevin, nuestra filantropía prefrontal a menudo deja a nuestro nuevo hermano paréticamente impotente. Pero así no encontraría usted pesada la soltería.
—¡Qué absoluto es el rufián! —exclamo cruzando las piernas—. Si me deben agujerear, será con un honrado cuchillo, y no cortándome los fusibles como si fueran ladrones.
Hay cierta aspereza en mi tono. Mi terapeuta acaricia el Wolfbane de plata que lleva en la mano izquierda y yo abro los puños.
—La mayoría de ustedes dicen esto —declara el perro guardián—. Pero no es cuestión de permitir que los pecadores del pasado nos visiten sin ninguna revisión. Como usted mismo dice, tenemos que desconectarlo como lo haríamos con... ¿Cómo se llamaba aquel artefacto? ¿Una bomba?
—¿No se derriba nada en este parque de atracciones? —pregunto—. ¿Es que ahora los cuchillos de los asesinos sirven para abrir las cartas o limar las uñas?
—¿He oído bien, McWha? —inquiere el desnudo pionero, con las mejillas ruborizadas por la hemoglobina—. ¿De verdad prefiere matar que ser curado?
—Dos y dos son cuatro —contesto—. ¡Sí!
Cara Redonda mira hacia arriba, calculando la posición del sol.
—Debe estar hambriento —sugiere.
—No ha comido nada desde hace seis generaciones —observa el hombre lobo—. Un bocadillo de jamón podría tender un puente sobre el vacío de varios siglos.
—¿Jamón? No, Kevin. Ya no explotamos a nuestras bestias para obtener proteínas.
—No importa —suspiro, levantándome para seguirle por el sendero del parque—. Estoy seguro que aquí tampoco hay mostaza.
Pasamos por delante del mausoleo. El hijo de la desgracia se estremece al pensar en los doscientos años que ha pasado aquí, madurando como una cigarra bajo tierra. Pienso en los gélidos millares que siguen enterrados en esta mazmorra a prueba del tiempo, esperando que un Lincoln les libere de sus congeladas cadenas.
El parque rodea el pueblo de los adamitas, que pasean por sus senderos plácidamente, absorbiendo la luz del sol y sin extrañarse siquiera de los pantalones cortos de su tatarabuelo del siglo XX. Las casas, parecidas a las de la Selva Negra, están diseminadas por los campos, donde la gente de cabellos albinos juega al croquet con pelotas de madera y donde niños desnudos ríen y chapotean en los estanques. Veo vírgenes, cuyos pechos no han cedido a la gravedad, jugando a los bolos en el prado.
La casa de la comunidad ostenta, sobre su entrada, un lema, que me traduce mi anfitrión: No balanceen el barco.
Entramos en el comedor y ocupamos una mesa entre el surtidor y la orquesta. Ascetas de todas clases, desde el zulú de charol hasta el finlandés de gamuza, se detienen a charlar con mi guía. Su lengua es suave y sonora, como el hawaiano. Mi idioma inglés, ronco eco de los pantanos bálticos y los bosques renanos, no es desconocido. «Bien venido», dice uno, y otro: «¡Buen provecho!» Un joven sonríe y dice: «Hasta la vista.»
Después de un manjar de galletas y verduras crudas, pasamos a una mesa de la pequeña sala de cine. Evidentemente, la película es una historia de amor. Estamos en el momento álgido, por decirlo así. El héroe y la heroína están consumando su unión en un triunfante acto, y la música compite con los muelles de la cama. Tambores y trompetas atronadoras; fin.
—Ahora —me anuncia Adonis—, la película principal.
Me alarga una golosina de la bandeja que hay sobre la mesa.
En la pantalla panorámica aparece el planeta Tierra, tal vez fotografiado desde la Luna. Un violentísimo acercamiento nos lanza vertiginosamente hacia la Tierra. Mareado, me agarro al borde de la mesa hasta hacerla crujir. Estamos descendiendo sobre Australia, el viejo continente del exilio.
Caemos en los bosques de la tierra de Arnam, oreja frontal del canguro que había visto de niño en el atlas.
—Esto era antes un área de aborígenes —sonríe mi constante compañero—. Por desgracia, los enanos morenos del boomerang han tenido que ceder sus bosques a una raza más fiera.
La cámara, que proyecta sus fotografías sobre nuestra pantalla, gira y se interna por los gruesos troncos de los árboles productores de goma. Pájaros tropicales, de un rojo vivo o de un verde bilioso, parlotean desde las palmeras. El barro pantanoso se hincha y forma burbujas.
Aparece un hombre, que lleva un taparrabos de cuero. Su barba rubia está salpicada de la yema de los huevos que ha comido para desayunar; lleva los pies envueltos en piel de cocodrilo. Saluda con la mano derecha (con la izquierda empuña una lanza de casi tres metros) y sus compañeros, desnudos como él, asoman por entre las palmeras y salen al claro del bosque. Nuestra cámara se coloca sobre una higuera salvaje para enfocar el campamento.
—La lanza que lleva el jefe es mortal —murmura mi intérprete—. Con resina, adhieren a su extremo trozos de concha y piedra, que infectan la herida y causan la muerte.
La cámara se aproxima para inspeccionar con detalle a los hombres de la jungla. Un gigante de rojiza barba, cuyo ojo está hundido en su cuenca, arquea su honda por encima de la cabeza, maldiciendo la cámara, contra la que lanza una roca del tamaño de dos manos. La cámara sale despedida hacia el aire; la roca vuelve hacia el hombre que la ha lanzado.
El resto de los indígenas no hacen caso de nuestro artefacto. Unos veinte hombres se desparraman entre los bambúes, buscando enemigos ocultos. No los hay. El hombre rubio emite un silbido. Cuatro mujeres de piel reseca por el calor, salen de la selva, rodeadas de niños. La cámara les enfoca. Hay niños por doquier, delgados, con los cabellos llenos de barro. Se nos ofrece un primer plano de una de las niñas, que debe tener unos doce años. Tiene la piel llena de cicatrices, y es casi calva. Otra niña conduce a su hermano de unos seis años hacia el centro del claro. La cámara enfoca sus ojos blanquecinos; un gusano aparece detrás de la córnea translúcida.
—¡Dios mío! —exclamo.
—Aquí no somos religiosos —observa mi acompañante—. Pero mire esto, Kevin.
Una de las mujeres descuelga de su hombro un saco de pescado, se mete un trozo en la boca y lo escupe, desmenuzado, sobre un montón de ramas. Otra, que lleva carbones en un recipiente de arcilla, hace una pila con las ramas que le traen los niños y enciende el fuego. Los hombres descansan en cuclillas, apoyados en sus lanzas.
Como si el perfume del pescado asado fuera una señal, una segunda tropa viene gritando desde la jungla. ¡Una emboscada! Uno de los atacantes lanza una piedra con su honda y hace caer al hombre rubio sobre su lanza inútil. Otro se arrodilla al borde de la jungla para llenar de piedras la bolsa de su arco, y las lanza contra los cráneos de los atacados. Un niño ciego, profiriendo alaridos, tropieza con las piernas de un hombre armado con una maza, el cual le aplasta de un solo golpe.
La victoria es para los recién llegados. Uno de los héroes arrastra a la niña de las cicatrices hacia el lindero, donde le golpea la cabeza contra un tronco y la viola. La cámara se aproxima y recuerda al auditorio la cuarta maravilla del salmista: la conducta de un hombre con una doncella.
Ensartan al hombre rubio con dos lanzas sobre la hoguera. Los victoriosos toman el pescado, que se asa bajo su cuerpo retorcido. Otros se ensañan con las víctimas con cuchillos de piedra, riendo y llevándose a la boca trozos de carne ensangrentada. Los hombres gozan, por orden de rango, de las mujeres.
Al cabo de media hora, cuando ya se han comido todo el pescado, las mujeres son llevadas a la jungla, colgadas de palos. Las moscas se enseñorean del lugar.
El hombre lobo lucha para no vomitar.
—Pensaba que no existía la guerra entre ustedes —digo.
—No existe —contesta mi guía, llevándome adonde brilla el sol—. Pero entre ustedes, sí. Forma parte de su naturaleza.
Volvemos a sentarnos en los bancos junto al arroyo.
—¿Ha sucedido de verdad? —pregunto.
—Hace diez minutos —responde.
—A los hombres y mujeres que descongelan de las criptas criminales —digo— les dan a escoger entre convertirse en zombies o ser transportados a Australia.
—La primera es la mejor elección —declara mi acompañante—. Algunos de nuestros más agradables ciudadanos han sido salvajes como usted, Kevin. Los otros, como ya ha visto, nos proporcionan la excitación que necesitan los humanos normales, haciendo que nuestra sangre hierva en las venas, por medio de la antigua poesía de la matanza.
Es un hombre fuerte, pero con su brazo derecho roto no puede apretar el gatillo del hombre lobo que tiene a su izquierda. Vomita mientras mantengo su cabeza rubia bajo el agua del arroyo cantarín. Por fin le aprisiono entre dos piedras. Me ato al brazo su disco plateado y echo a correr. Paso por delante de las criptas, donde mis compañeros esperan una terrible resurrección.
Ahora oigo ladrar a unos perros junto al arroyo. Me dirijo hacia las montañas, hacia el país de los lobos.
Cuando vuelva a bajar al llano, cuando me haya coronado a mí mismo rey de los piratas congelados, haré que la sangre hierva en las venas de estas gentes amables. Hasta que se desangren.
domingo, 5 de julio de 2020
Cinosura Kit Reed
—Puede que a la señora Brainerd le molesten los niños, Polly Ann; así que es mejor que te vayas a tu cuarto con «Puff» y «Ambrosio» hasta que lo sepamos.
Polly Ann se estiró el jersey sobre su torso de niña de diez años y recogió al gato, sacudiendo los rizos al andar.
—Sí, mamá. —Cerró la puerta de su habitación y volvió a abrirla con una sonrisa pícara y preadolescente—. «Ambrosio» acaba de hacer un charco en la alfombra.
La campanilla de tres notas sonó en la puerta: Ding, dang, dong. Norma hizo un gesto frenético.
—No importa.
—Bue-no.
La puerta se cerró tras Polly Ann.
Luego, dando unos golpecitos a sus almohadones de tejido de seda, y pasando la mano sobre el roble pulido del televisor, Norma Thayer, el ama de casa, fue a abrir la puerta.
Había sido ama de casa durante años. Fregaba y cocinaba e iba al mercado y compraba todos los nuevos aparatos que anunciaban. Precisamente ahora estaba un poco susceptible a propósito de eso porque, a pesar de lo limpia que era, su marido acababa de dejarla, y ni siquiera había otra a quien culpar. En adelante, tendría que ser extremadamente cuidadosa con ella misma, divorciada como estaba, especialmente ahora que ella y Polly Ann vivían en un nuevo vecindario. Realmente habían tenido un buen comienzo, porque su nueva casa en el nuevo polígono, era casi exactamente como todas las demás de la manzana, sólo que pintada de rosa, y su mobiliario tenía la misma forma y estilo que los que había en las otras salas de estar, abierta al visible comedorcito de formica; ella lo sabía porque había ido a dar una vuelta en una noche oscura y se había fijado. Pero, a la vez, ella y Polly Ann no tenían un papá que llegase a casa a las cinco, como ocurría en las otras casas; y aun cuando ella y Polly Ann habían marcado su casa con números de hierro dulce y sacaban la basura en bolsas de plástico de color claro, aun cuando habían centrado su mejor lámpara detrás de la ventana y la cocina era palmo a palmo tan bonita como el folleto decía, la falta de un papi que sacara la basura y cultivara el jardín los sábados y domingos, como todo el mundo, ponía a Norma en desventaja.
Norma sabía, mejor que nadie en la manzana, que una casa seguía siendo una casa aunque no hubiera un padre, y las cosas podían ir incluso mejor, a la larga sin todas esas colillas y esos pijamas sucios que recoger. Pero ella era, en cierto modo, un pionero, porque, por el momento, era la primera en el bloque para demostrarlo.
En aquel instante su vecina estaba presentándose para su primera visita, y el hacendoso corazón de Norma se encogía. Si todo salía bien, la señora Brainerd miraría el sofá seccional y la alfombra moteada de algodón y lana —con el reverso de gomaespuma— y vería que con papá o sin él, Norma era tan buena como cualquier ama de casa de las revistas, y que sus trapos de cocina estaban tan limpios como cualesquiera de los del vecindario. Entonces, la señora Brainerd le daría una receta y la invitaría al próximo almuerzo, el cual, si su memoria no la engañaba, sería en casa de la señora Dowdy, la encalada de la manzana contigua. Arreglándose la parte delantera de su bata Remolino, la señora Thayer abrió la puerta.
—Hola, señora Brainerd.
—Hola —dijo la señora Brainerd—. Llámame Clarice. —Pasó su mano por el montante—. Maderaje realmente agradable.
—Xerox —repuso Norma con una pequeña sonrisa de orgullo al dejarla pasar.
—El pomo de la puerta revestido de metal —siguió la señora Brainerd.
—Va maravillosamente. He preparado algo de café —dijo Norma—. Y un pastel...
—No pruebo el pastel —añadió la señora Brainerd.
—Es sin grasa...
—Galletas Metro —continuó la señora Brainerd, y su mandíbula se había puesto blanca y firme—. Y nada de azúcar. Sacarina.
—Si te sientas aquí...
Norma empujó la silla más cómoda.
—Gracias, no.
La señora Brainerd alisó su bata Remolino y siguió a Norma a la cocina. Era pequeña, parlanchina y chismosa, llevaba los labios pintados y estaba hecha de acero. Norma advirtió con un estremecimiento culpable que la señora Brainerd sujetaba el cuello de su bata con un alfiler «Sweetheart».
—Algo especial —dijo la señora Brainerd, dándose cuenta que ella lo había visto—. Lo conseguí con etiquetas de «La Verdadera Margarina». —Rozó a Norma al pasar, pero ni miró hacia el querido rincón para la cena—. Manchas que no se van ni blanqueando —prosiguió, fijando la vista en el fregadero.
Norma se sonrojó.
—Lo sé. He restregado y restregado. Incluso usé directamente el líquido blanqueador.
Bajó la cabeza.
—Bueno —Clarice Brainerd buscó en el bolsillo de su falda floreada y sacó un recipiente de espolvorear—. Aquí está —repuso con una bellísima sonrisa.
Norma reconoció la marca.
—¡Oh! —exclamó, casi llorando de gratitud.
Clarice Brainerd ya se había dado la vuelta para marcharse.
—Y el recipiente está decorado; así que estarás orgullosa de tenerlo en tu sala de estar.
—Lo sé —afirmó Norma, profundamente conmovida—. Me conseguiré dos.
Su vecina estaba ahora junto a la puerta de atrás. Norma salió, suplicante:
—No te vas a ir, sin siquiera probar mi pastel, ¿verdad?
—Simplemente, prueba ese limpiador —dijo Clarice—. Ya volveré.
—El café de media mañana; supongo que deseas que vaya al...
—Quizá la próxima vez —manifestó su vecina, intentando ser amable—. Ya sabes; tendrás que invitarlas aquí un día y... —Miró significativamente al fregadero—. Simplemente usa esto —añadió tranquilizadora—. Y volveré.
—Lo haré. —Norma se mordió el labio, desgarrada entre la esperanza y la desesperación—. ¡Oh, lo haré!
—Pastel —dijo Polly Ann justo cuando la puerta se cerraba tras la sonrisa, mecánicamente articulada, de la señora Brainerd.
Había entrado en la cocina con «Puff», el gatito, y «Ambrosio», el sabueso, dejando un rastro de polvo y pelos.
—Creo que «Ambrosio» está enfermo.
Se sirvió un zumo de uvas salpicando gotas al hacerlo. Una mancha púrpura empezó a extenderse por el fregadero.
Norma buscó el limpiador, intentando desesperadamente detener la mancha.
—Acaba de repetirlo en la sala de estar —repuso Polly Ann.
El aliento de Norma se quebró en un sollozo. Dejando el limpiador en el pequeño recipiente que guardaba para ese propósito, se encaminó a la sala con esponja y «Glamorene».
La vez siguiente, la señora Brainerd sólo estuvo escaso medio minuto. Permaneció cerca de la puerta, olfateando el aire. «Ambrosio» lo había hecho otra vez. Dos veces.
—Realmente, esto elimina las manchas que ni el blanqueador arranca —dijo Norma blandiendo el recipiente de limpiador.
—Todo el mundo lo sabe —dijo Clarice Brainerd sin darle importancia. Entonces se puso a oler—. Esto hará maravillas en sus mohosas habitaciones —prosiguió, dándole a Norma un frasco de desodorante aerosol, y se dio la vuelta sin siquiera entrar; cerró la puerta.
Norma se preparó durante cuatro días para el momento en que invitó a la señora Brainerd a echar una mirada a su hornillo de gas.
—Tengo algunos problemas con la parte superior de los estantes del horno —le confió por teléfono. Justamente había empleado días en asegurarse que éstos estuvieran inmaculados—. Me preguntaba si tú sabrías decirme qué debería usar —concluyó para halagarla, pensando que, cuando Clarice Brainerd viera que Norma se preocupaba por la suciedad de un horno que estaba más limpio que cualquier otro del barrio, le entraría un asombro reverencial y, consternada, tendría que invitarla a la hora del café del próximo día.
En el último momento, Norma tuvo que echar a Polly Ann de la sala.
—¡Sólo estaba haciéndole un vestido a «Ambrosio»! —exclamó Polly Ann poniéndose sus pantuflas y recogiendo el trozo de tela y las agujas.
Fuera de sí, Norma la hizo huir por el hall hasta su cuarto.
La señora Brainerd, olfateando el aire sin siquiera pararse a decir «hola», manifestó:
—«Arient» cumplió a la perfección su cometido. Nosotras lo hemos usado durante años.
—Lo sé... —se lamentó Norma, excusándose.
En la cocina, la señora Brainerd permaneció un buen rato con la cabeza dentro del horno.
—Yo no creo que tengas tanto problema —sugirió de mala gana—. De hecho, está muy bien. Pero yo tomaría un alfiler y limpiaría esos surtidores de gas.
Su voz quedaba amortiguada a causa del horno y por un momento, Norma tuvo que luchar contra la salvaje tentación de empujarla dentro y abrir la llave del gas.
Luego Clarice continuó:
—Desde luego, está bien. Y gracias, tomaré un poco de tu pastel.
—Sin grasa —añadió Norma, debilitada por la gratitud—. ¿De verdad te sentarás un momento? ¿De verdad tomarás un café aquí sentada?
—Sólo unos minutos.
Norma sacó su mejor servicio de California —el juego del dibujo con gallos— y durante cinco minutos, ella y la señora Brainerd estuvieron relamidamente sentadas en la sala. Las cortinas de organdí se ondularon, las ventanas y marquetería brillaron; por un momento, Norma casi se imaginó que ella y la señora Brainerd estaban siendo fotografiadas para el anuncio de algún producto en su living-room, y que la foto, a todo color, aparecería en el próximo número de su revista preferida.
—Me gustaría mucho hacer arreglos de flores —aventuró Norma, envalentonada por su éxito.
La señora Brainerd no estaba escuchando.
—¿Quizá va a entrar en el Club de Jardinería?
La señora Brainerd estaba mirando hacia el suelo. A la alfombra.
—O quizá la Liga Musical...
Norma miró hacia abajo, hacia donde miraba la señora Brainerd, y su voz se fue apagando.
—Pelos de gato —le replicó la señora Brainerd—. Hilos sueltos.
—¡Oh! Traté de...
Norma se llevó la mano a la boca con un gemido ahogado.
—Y marcas de arañazos en el suelo del hall... —La señora Brainerd estaba ya moviendo la cabeza—. Bueno, no es por nada, pero si tuviera que recibir aquí a un grupo a tomar café, con la casa en este estado...
—Es que mi hija ha estado cosiendo —exclamó Norma débilmente—. Ella sabía que iba a tener visita, pero entró de todos modos. Es bastante difícil —prosiguió, intentando sonreír con simpatía—. Cuando se tienen niños...
La señora Brainerd ya estaba en pie.
—El resto de nosotras se las arregla.
Norma hizo esfuerzos para mantener firme su voz.
—Y animales en casa...
—La hora del café —aventuró Norma andando como atontada—. El Club de Jardinería...
Pero la señora Brainerd ya se había ido.
Norma se lamentó:
—Ni siquiera nombró un producto que probar.
—Le he hecho a «Ambrosio» un coche de niño —añadió Polly Ann, arrastrando a «Ambrosio» en una caja—. ¿Ya se ha ido esa señora?
—Ya se ha ido —dijo Norma, mirando las señales con que la caja había dejado adornado su parquet—. Quizá para siempre —exclamó, y empezó a llorar—. ¡Oh! Polly Ann, ¿qué podemos hacer? Tendremos que cambiarnos a otro vecindario.
—«Ambrosio» ha volcado el cajón de aserrín de «Puff» y ha llenado de ya sabes qué el suelo.
Polly Ann salió de la habitación.
Migas, pelos, hilos, polvo, todo parecía converger sobre Norma, sumiéndola en un remolino y haciéndola girar, acorralándola, hundiéndola en la más negra desesperación. Se arrellanó en el sofá, demasiado anonadada para poder llorar; y entonces, al mirar al suelo, vio una revista que resaltaba sobre la alfombra y las cosas comenzaron a cambiar.
«Acabe con las penalidades domésticas —decía el anuncio—. Su casa puede convertirse en la Cinosura del vecindario.»
Norma no estaba segura sobre el significado de Cinosura, pero estaba la foto de una señora inmaculada y resplandeciente, sentada en medio de una sala de impecable limpieza, con una inmaculada cocina avistándose por la puerta del frente. Temblando de esperanza, cortó el cupón adjunto, advirtiendo sin inquietud que conseguir el producto o aparato, o lo que fuese, le costaría el resto de sus ahorros. Pero la satisfacción estaba garantizada y, si resultaba satisfecha, valía la pena el gasto de cada centavo.
Resultaba poco atrayente cuando lo llevaron. Se trataba de una caja pequeña y acanalada; protegida dentro con virutas, había una máquina pequeña y cubierta de esmalte color lavanda. Juntos venían un cubo y una manguera, también color lavanda. Curiosa, Norma empezó a hojear el libro de instrucciones. Cuando lo leyó, empezó a sonreír, porque ahora todo parecía poder arreglarse.
—«Los efectos no son necesariamente permanentes —leyó en voz alta para aliviar su conciencia—. Pueden ser invertidos usando el manómetro verde de la parte superior.» ¡Oh, «Puff»! —llamó, pensando en los blancos pelos de angora que habían manchado tantas veces sus alfombras—. Ven aquí, «Puff».
El gato entró con una mirada de insolencia.
—Ven aquí —repitió Norma apuntándole con la manguera—. Ven, gatito.
Cuando «Puff» se acercó, puso en marcha la máquina.
Un penetrante zumbido llenó la habitación, débil pero inequívoco.
Caro o no, aquello valla la pena. Tenía que admitir que ninguno de sus limpiadores caseros cumplía tan rápidamente su cometido. En menos de un segundo, «Puff» estaba inmóvil, con los ojos desviados y el lomo recto, pero inmóvil; con un aspecto especialmente esponjoso y tan natural como la misma vida. Norma lo compuso artísticamente junto al aparato de televisión y luego se puso a buscar al perro de Polly Ann. Hizo a «Ambrosio» sentarse y pedirle la galleta que ella le presentaba; justo cuando la asía, ella encendió la máquina y lo paralizó en una décima de segundo. Cuando hubo acabado, lo apuntaló al otro lado del televisor y guardó cuidadosamente la máquina.
Polly Ann lloró un poco al principio.
—Cielo, si nos cansamos de tenerlos así, no tenemos más que hacer trabajar la máquina y ya estarán corriendo otra vez. Pero ahora, la casa está tan limpia; ¿ves qué bonitos están? Pueden ver y oír todo lo que quieras —concedió, enjugando las pegajosas lágrimas de la niña—. Y mira, puedes vestir a «Ambrosio» con todo lo que desees sin que él se mueva siquiera.
—Eso creo —contestó Polly Ann estirándose su vestido de terciopelo. Le dio a «Ambrosio» un pequeño empujón—. Y mira qué poquita suciedad hacen.
Polly Ann hizo saludar a «Ambrosio» doblándole la pata. Siguió en pie.
—Mamá, creo que tienes razón.
La señora Brainerd pensó que el perro y el gato eran muy bonitos.
—¿Cómo hace para tenerlos tan quietos?
—Un producto nuevo —repuso Norma con una farisaica sonrisa, sin decirle a la señora Brainerd de qué producto se trataba—. Voy a buscar el pastel —prosiguió—. Sin grasa.
—Sin grasa —contestó automáticamente la señora Brainerd haciéndole eco y sonriendo casi con anticipación.
Moviéndose con el donaire de una reina, Norma sacó al living la bandeja del café.
—Ahora, a propósito de la hora del café —dijo dándolo por sentado, ya que la señora Brainerd había tomado su taza y cuchara con una mirada casi admirativa, e introducido el tenedor en el pastel—. Con puntos. Ya sabes la marca.
—Las horas del café —dijo la señora Brainerd casi en estado de hipnosis. Luego, mirando el suelo, profirió—: ¡Oh! ¿Qué es eso que hay en el suelo?
Aterrorizada, Norma siguió la mirada de la señora Brainerd. Allí vio un charco, un verdadero charco que se formaba a partir de la puerta del cuarto de baño; y que, como ambas vieron, se agrandaba y empezaba a dejar una húmeda mancha sobre el muy pulido linóleo del hall.
—Mejor me... —empezó a decir la señora Brainerd levantándose.
—Ya sé —la interrumpió Norma con resignación—. Mejor se va. —Mas al levantarse y ver a su vecina en la puerta, se iluminó con una nueva resolución—. Pero vuelva mañana. Puedo prometerle que todo estará tan pulcro como un pastel. —Luego, sin poderse contener—: Sin grasa, claro.
—Pero ya sabe —dijo ominosamente la señora Brainerd— que esta clase de cosas no pueden durar mucho tiempo. Mi tiempo es valioso, están las horas del café, el grupo de canasta...
—Le prometo una cosa —concedió Norma—. Usted envidiará mi modo de tener las cosas. Se lo dirá a todas sus amigas. Simplemente haga el favor de volver mañana. Estaré preparada, se lo prometo.
Clarice se puso a reflexionar, jugando inconscientemente con su Medalla del Amor, con su mano minuciosamente arreglada.
—¡Oh! —exclamó finalmente tras una pausa que dejó a Norma desmayada después del rato de ansiedad—. Está bien.
—Verá —repuso Norma, al mismo tiempo que se cerraba la puerta—. Espere y verá la próxima vez.
Luego caminó sobre el creciente charco de agua y llamó a la puerta del baño.
—Estaba haciendo loción de afeitar para vendérselo a todos los papas —contestó Polly Ann al tiempo que recogía todas las tazas y tarros flotantes.
—Ven conmigo, cielo —le pidió Norma—. Quiero que te laves bien y que te pongas tu ropa de los domingos.
Todos quedaron muy artísticamente dispuestos en la sala de estar, el perro y el gato arrollados junto al sofá, y Polly Ann tan bonita con su vestido marrón de terciopelo con delantal de organdí. Sus ojos estaban algo vidriosos y sus piernas se proyectaban en un ángulo un poco forzado, pero Norma había extendido una manta sobre el borde del sofá, donde la tenía sentada, y pensó que el efecto, a simple vista, era tan bueno como el de cualquier anuncio que ella hubiera visto en televisión, y casi tan bonito como muchas de las fotos de las revistas. Advirtió, con un pequeño escalofrío, que había cierta humedad en la mirada que le estaba dirigiendo Polly Ann, así que fue hacia la niña y acarició su cerúlea mano.
—No te preocupes, corazón. Cuando seas lo suficientemente mayor como para ayudar a mamá en la limpieza de la casa, mamá te dejará correr un par de horas cada día. Tu mamá te lo promete.
Luego, estirándose su bata Remolino y asegurándose su alfiler «Sweetheart», fue a abrir la puerta a la señora Brainerd.
—Bueno —aprobó la señora Brainerd con voz bonachona—. Qué agradable está todo.
—Nada de olores domésticos, nada de manchas, pastel sin grasa —dijo Norma ansiosamente—. Ésta es mi hija.
—¡Qué niña más buena! —exclamó la señora Brainerd, sin fijarse en las piernas de Polly Ann, que asomaban fuera del canapé.
—Y nuestros perro y minino —prosiguió Norma cada vez más confiada, apuntalando a «Ambrosio» contra uno de los pies de Polly Ann porque había empezado a escurrirse.
La señora Brainerd incluso sonrió.
—¡Qué bonitos! ¡Qué simpáticos!
—Venga a ver la querida cocina. —Norma se había puesto de forma tal que la otra pudiera ver el desagüe de rápida absorción en el blanco y prístino fregadero.
—Simplemente encantadora —concedió Clarice.
—Déjeme alcanzar el pastel y el café. —Norma llevó de nuevo a Clarice a la sala.
—Sus ventanas están sencillamente chispeantes.
—Lo sé —contestó Norma, radiante y segura de sí.
—Y la alfombra.
—«Glamorene».
—Fantástico.
Clarice era suya.
—Aquí está —dijo Norma, acosándola con el café y el pastel.
—Fantástico café —aprobó Clarice—. Llámame Clarice. Ahora, a propósito del Club de Jardinería y las horas del café, vamos a casa de Marge los jueves, y a casa de Edna los lunes, y a la de Thelma los martes por la tarde, y... —Probó un poquito del ofrendado trozo de pastel—. Y... —añadió, dándole vueltas y vueltas en la boca.
—¿Y? —repitió Norma llena de esperanza.
—Y... —reiteró la señora Brainerd mirando algo bizca la punta de su nariz, como si estuviera intentando averiguar qué tenía en la boca—. Este pastel, este pastel...
—Mix Maravilla —saltó Norma con ímpetu—. Sin grasa...
—Lo siento —se lamentó la señora Brainerd, levantándose.
—¿Cómo ha dicho?
—Que lo siento —repitió la señora Brainerd con auténtico pesar—. Se trata de su pastel.
—¿Qué le pasa a mi pastel?
—Bueno, pues que tiene ese sabor a grasa.
—Usted... Yo... El pastel... El anuncio aseguraba... —Norma se había levantado y se movía mecánicamente—. El pastel es tan bueno, y mi casa es tan preciosa.
Ahora estaba entre la señora Brainerd y la puerta, interceptándole a aquélla el paso al hall.
—Lo siento —se excusó la señora Brainerd—. Me marcho. Y, ahora, si cierra la puerta de ese armario para que pueda pasar...
—¿Cerrar la puerta? —Los ojos de Norma estaban vidriosos—. No puedo. Tengo que sacar una cosa del estante.
—No importa —dijo la señora Brainerd—. Y no podré volver más. Nosotras, las señoras, estamos tan ocupadas, no tenemos tiempo...
—Tiempo —remedó Norma, sacando lo que quería del armario.
—Tiempo —repitió la señora Brainerd condescendiente—. ¡Ah!, quizá es mejor que no me llame Clarice.
—Bien, Clarice —dijo Norma; y entonces fue cuando le hizo recibir lo de la máquina lavanda.
Primero apoyó a la señora Brainerd contra un rincón, donde pudiera estar incómoda. Luego movió la manivela en sentido contrario y devolvió a Polly Ann, «Puff» y «Ambrosio» a la movilidad. Acto seguido, trajo su caja de costura y la basura de la cocina, y empezó a desparramar la porquería a los pies de la señora Brainerd; dejó a «Puff» llenar de pelos la tapicería, y envió a Polly Ann al patio de atrás en busca de un poco de barro. «Ambrosio», aliviado, lo hizo a los pies de la señora Brainerd.
—Contentísima porque pudieras venir, Clarice —concluyó Norma, satisfecha por la mirada de horror que mostraba la cara atrapada y helada de la señora Brainerd. Luego, volviéndose hacia el recargado delantal de Polly Ann, echó mano de un puñado de lodo.
Cinosura
Kit Reed
Kit Reed
—Puede que a la señora Brainerd le molesten los niños, Polly Ann; así que es mejor que te vayas a tu cuarto con «Puff» y «Ambrosio» hasta que lo sepamos.
Polly Ann se estiró el jersey sobre su torso de niña de diez años y recogió al gato, sacudiendo los rizos al andar.
—Sí, mamá. —Cerró la puerta de su habitación y volvió a abrirla con una sonrisa pícara y preadolescente—. «Ambrosio» acaba de hacer un charco en la alfombra.
La campanilla de tres notas sonó en la puerta: Ding, dang, dong. Norma hizo un gesto frenético.
—No importa.
—Bue-no.
La puerta se cerró tras Polly Ann.
Luego, dando unos golpecitos a sus almohadones de tejido de seda, y pasando la mano sobre el roble pulido del televisor, Norma Thayer, el ama de casa, fue a abrir la puerta.
Había sido ama de casa durante años. Fregaba y cocinaba e iba al mercado y compraba todos los nuevos aparatos que anunciaban. Precisamente ahora estaba un poco susceptible a propósito de eso porque, a pesar de lo limpia que era, su marido acababa de dejarla, y ni siquiera había otra a quien culpar. En adelante, tendría que ser extremadamente cuidadosa con ella misma, divorciada como estaba, especialmente ahora que ella y Polly Ann vivían en un nuevo vecindario. Realmente habían tenido un buen comienzo, porque su nueva casa en el nuevo polígono, era casi exactamente como todas las demás de la manzana, sólo que pintada de rosa, y su mobiliario tenía la misma forma y estilo que los que había en las otras salas de estar, abierta al visible comedorcito de formica; ella lo sabía porque había ido a dar una vuelta en una noche oscura y se había fijado. Pero, a la vez, ella y Polly Ann no tenían un papá que llegase a casa a las cinco, como ocurría en las otras casas; y aun cuando ella y Polly Ann habían marcado su casa con números de hierro dulce y sacaban la basura en bolsas de plástico de color claro, aun cuando habían centrado su mejor lámpara detrás de la ventana y la cocina era palmo a palmo tan bonita como el folleto decía, la falta de un papi que sacara la basura y cultivara el jardín los sábados y domingos, como todo el mundo, ponía a Norma en desventaja.
Norma sabía, mejor que nadie en la manzana, que una casa seguía siendo una casa aunque no hubiera un padre, y las cosas podían ir incluso mejor, a la larga sin todas esas colillas y esos pijamas sucios que recoger. Pero ella era, en cierto modo, un pionero, porque, por el momento, era la primera en el bloque para demostrarlo.
En aquel instante su vecina estaba presentándose para su primera visita, y el hacendoso corazón de Norma se encogía. Si todo salía bien, la señora Brainerd miraría el sofá seccional y la alfombra moteada de algodón y lana —con el reverso de gomaespuma— y vería que con papá o sin él, Norma era tan buena como cualquier ama de casa de las revistas, y que sus trapos de cocina estaban tan limpios como cualesquiera de los del vecindario. Entonces, la señora Brainerd le daría una receta y la invitaría al próximo almuerzo, el cual, si su memoria no la engañaba, sería en casa de la señora Dowdy, la encalada de la manzana contigua. Arreglándose la parte delantera de su bata Remolino, la señora Thayer abrió la puerta.
—Hola, señora Brainerd.
—Hola —dijo la señora Brainerd—. Llámame Clarice. —Pasó su mano por el montante—. Maderaje realmente agradable.
—Xerox —repuso Norma con una pequeña sonrisa de orgullo al dejarla pasar.
—El pomo de la puerta revestido de metal —siguió la señora Brainerd.
—Va maravillosamente. He preparado algo de café —dijo Norma—. Y un pastel...
—No pruebo el pastel —añadió la señora Brainerd.
—Es sin grasa...
—Galletas Metro —continuó la señora Brainerd, y su mandíbula se había puesto blanca y firme—. Y nada de azúcar. Sacarina.
—Si te sientas aquí...
Norma empujó la silla más cómoda.
—Gracias, no.
La señora Brainerd alisó su bata Remolino y siguió a Norma a la cocina. Era pequeña, parlanchina y chismosa, llevaba los labios pintados y estaba hecha de acero. Norma advirtió con un estremecimiento culpable que la señora Brainerd sujetaba el cuello de su bata con un alfiler «Sweetheart».
—Algo especial —dijo la señora Brainerd, dándose cuenta que ella lo había visto—. Lo conseguí con etiquetas de «La Verdadera Margarina». —Rozó a Norma al pasar, pero ni miró hacia el querido rincón para la cena—. Manchas que no se van ni blanqueando —prosiguió, fijando la vista en el fregadero.
Norma se sonrojó.
—Lo sé. He restregado y restregado. Incluso usé directamente el líquido blanqueador.
Bajó la cabeza.
—Bueno —Clarice Brainerd buscó en el bolsillo de su falda floreada y sacó un recipiente de espolvorear—. Aquí está —repuso con una bellísima sonrisa.
Norma reconoció la marca.
—¡Oh! —exclamó, casi llorando de gratitud.
Clarice Brainerd ya se había dado la vuelta para marcharse.
—Y el recipiente está decorado; así que estarás orgullosa de tenerlo en tu sala de estar.
—Lo sé —afirmó Norma, profundamente conmovida—. Me conseguiré dos.
Su vecina estaba ahora junto a la puerta de atrás. Norma salió, suplicante:
—No te vas a ir, sin siquiera probar mi pastel, ¿verdad?
—Simplemente, prueba ese limpiador —dijo Clarice—. Ya volveré.
—El café de media mañana; supongo que deseas que vaya al...
—Quizá la próxima vez —manifestó su vecina, intentando ser amable—. Ya sabes; tendrás que invitarlas aquí un día y... —Miró significativamente al fregadero—. Simplemente usa esto —añadió tranquilizadora—. Y volveré.
—Lo haré. —Norma se mordió el labio, desgarrada entre la esperanza y la desesperación—. ¡Oh, lo haré!
—Pastel —dijo Polly Ann justo cuando la puerta se cerraba tras la sonrisa, mecánicamente articulada, de la señora Brainerd.
Había entrado en la cocina con «Puff», el gatito, y «Ambrosio», el sabueso, dejando un rastro de polvo y pelos.
—Creo que «Ambrosio» está enfermo.
Se sirvió un zumo de uvas salpicando gotas al hacerlo. Una mancha púrpura empezó a extenderse por el fregadero.
Norma buscó el limpiador, intentando desesperadamente detener la mancha.
—Acaba de repetirlo en la sala de estar —repuso Polly Ann.
El aliento de Norma se quebró en un sollozo. Dejando el limpiador en el pequeño recipiente que guardaba para ese propósito, se encaminó a la sala con esponja y «Glamorene».
La vez siguiente, la señora Brainerd sólo estuvo escaso medio minuto. Permaneció cerca de la puerta, olfateando el aire. «Ambrosio» lo había hecho otra vez. Dos veces.
—Realmente, esto elimina las manchas que ni el blanqueador arranca —dijo Norma blandiendo el recipiente de limpiador.
—Todo el mundo lo sabe —dijo Clarice Brainerd sin darle importancia. Entonces se puso a oler—. Esto hará maravillas en sus mohosas habitaciones —prosiguió, dándole a Norma un frasco de desodorante aerosol, y se dio la vuelta sin siquiera entrar; cerró la puerta.
Norma se preparó durante cuatro días para el momento en que invitó a la señora Brainerd a echar una mirada a su hornillo de gas.
—Tengo algunos problemas con la parte superior de los estantes del horno —le confió por teléfono. Justamente había empleado días en asegurarse que éstos estuvieran inmaculados—. Me preguntaba si tú sabrías decirme qué debería usar —concluyó para halagarla, pensando que, cuando Clarice Brainerd viera que Norma se preocupaba por la suciedad de un horno que estaba más limpio que cualquier otro del barrio, le entraría un asombro reverencial y, consternada, tendría que invitarla a la hora del café del próximo día.
En el último momento, Norma tuvo que echar a Polly Ann de la sala.
—¡Sólo estaba haciéndole un vestido a «Ambrosio»! —exclamó Polly Ann poniéndose sus pantuflas y recogiendo el trozo de tela y las agujas.
Fuera de sí, Norma la hizo huir por el hall hasta su cuarto.
La señora Brainerd, olfateando el aire sin siquiera pararse a decir «hola», manifestó:
—«Arient» cumplió a la perfección su cometido. Nosotras lo hemos usado durante años.
—Lo sé... —se lamentó Norma, excusándose.
En la cocina, la señora Brainerd permaneció un buen rato con la cabeza dentro del horno.
—Yo no creo que tengas tanto problema —sugirió de mala gana—. De hecho, está muy bien. Pero yo tomaría un alfiler y limpiaría esos surtidores de gas.
Su voz quedaba amortiguada a causa del horno y por un momento, Norma tuvo que luchar contra la salvaje tentación de empujarla dentro y abrir la llave del gas.
Luego Clarice continuó:
—Desde luego, está bien. Y gracias, tomaré un poco de tu pastel.
—Sin grasa —añadió Norma, debilitada por la gratitud—. ¿De verdad te sentarás un momento? ¿De verdad tomarás un café aquí sentada?
—Sólo unos minutos.
Norma sacó su mejor servicio de California —el juego del dibujo con gallos— y durante cinco minutos, ella y la señora Brainerd estuvieron relamidamente sentadas en la sala. Las cortinas de organdí se ondularon, las ventanas y marquetería brillaron; por un momento, Norma casi se imaginó que ella y la señora Brainerd estaban siendo fotografiadas para el anuncio de algún producto en su living-room, y que la foto, a todo color, aparecería en el próximo número de su revista preferida.
—Me gustaría mucho hacer arreglos de flores —aventuró Norma, envalentonada por su éxito.
La señora Brainerd no estaba escuchando.
—¿Quizá va a entrar en el Club de Jardinería?
La señora Brainerd estaba mirando hacia el suelo. A la alfombra.
—O quizá la Liga Musical...
Norma miró hacia abajo, hacia donde miraba la señora Brainerd, y su voz se fue apagando.
—Pelos de gato —le replicó la señora Brainerd—. Hilos sueltos.
—¡Oh! Traté de...
Norma se llevó la mano a la boca con un gemido ahogado.
—Y marcas de arañazos en el suelo del hall... —La señora Brainerd estaba ya moviendo la cabeza—. Bueno, no es por nada, pero si tuviera que recibir aquí a un grupo a tomar café, con la casa en este estado...
—Es que mi hija ha estado cosiendo —exclamó Norma débilmente—. Ella sabía que iba a tener visita, pero entró de todos modos. Es bastante difícil —prosiguió, intentando sonreír con simpatía—. Cuando se tienen niños...
La señora Brainerd ya estaba en pie.
—El resto de nosotras se las arregla.
Norma hizo esfuerzos para mantener firme su voz.
—Y animales en casa...
—La hora del café —aventuró Norma andando como atontada—. El Club de Jardinería...
Pero la señora Brainerd ya se había ido.
Norma se lamentó:
—Ni siquiera nombró un producto que probar.
—Le he hecho a «Ambrosio» un coche de niño —añadió Polly Ann, arrastrando a «Ambrosio» en una caja—. ¿Ya se ha ido esa señora?
—Ya se ha ido —dijo Norma, mirando las señales con que la caja había dejado adornado su parquet—. Quizá para siempre —exclamó, y empezó a llorar—. ¡Oh! Polly Ann, ¿qué podemos hacer? Tendremos que cambiarnos a otro vecindario.
—«Ambrosio» ha volcado el cajón de aserrín de «Puff» y ha llenado de ya sabes qué el suelo.
Polly Ann salió de la habitación.
Migas, pelos, hilos, polvo, todo parecía converger sobre Norma, sumiéndola en un remolino y haciéndola girar, acorralándola, hundiéndola en la más negra desesperación. Se arrellanó en el sofá, demasiado anonadada para poder llorar; y entonces, al mirar al suelo, vio una revista que resaltaba sobre la alfombra y las cosas comenzaron a cambiar.
«Acabe con las penalidades domésticas —decía el anuncio—. Su casa puede convertirse en la Cinosura del vecindario.»
Norma no estaba segura sobre el significado de Cinosura, pero estaba la foto de una señora inmaculada y resplandeciente, sentada en medio de una sala de impecable limpieza, con una inmaculada cocina avistándose por la puerta del frente. Temblando de esperanza, cortó el cupón adjunto, advirtiendo sin inquietud que conseguir el producto o aparato, o lo que fuese, le costaría el resto de sus ahorros. Pero la satisfacción estaba garantizada y, si resultaba satisfecha, valía la pena el gasto de cada centavo.
Resultaba poco atrayente cuando lo llevaron. Se trataba de una caja pequeña y acanalada; protegida dentro con virutas, había una máquina pequeña y cubierta de esmalte color lavanda. Juntos venían un cubo y una manguera, también color lavanda. Curiosa, Norma empezó a hojear el libro de instrucciones. Cuando lo leyó, empezó a sonreír, porque ahora todo parecía poder arreglarse.
—«Los efectos no son necesariamente permanentes —leyó en voz alta para aliviar su conciencia—. Pueden ser invertidos usando el manómetro verde de la parte superior.» ¡Oh, «Puff»! —llamó, pensando en los blancos pelos de angora que habían manchado tantas veces sus alfombras—. Ven aquí, «Puff».
El gato entró con una mirada de insolencia.
—Ven aquí —repitió Norma apuntándole con la manguera—. Ven, gatito.
Cuando «Puff» se acercó, puso en marcha la máquina.
Un penetrante zumbido llenó la habitación, débil pero inequívoco.
Caro o no, aquello valla la pena. Tenía que admitir que ninguno de sus limpiadores caseros cumplía tan rápidamente su cometido. En menos de un segundo, «Puff» estaba inmóvil, con los ojos desviados y el lomo recto, pero inmóvil; con un aspecto especialmente esponjoso y tan natural como la misma vida. Norma lo compuso artísticamente junto al aparato de televisión y luego se puso a buscar al perro de Polly Ann. Hizo a «Ambrosio» sentarse y pedirle la galleta que ella le presentaba; justo cuando la asía, ella encendió la máquina y lo paralizó en una décima de segundo. Cuando hubo acabado, lo apuntaló al otro lado del televisor y guardó cuidadosamente la máquina.
Polly Ann lloró un poco al principio.
—Cielo, si nos cansamos de tenerlos así, no tenemos más que hacer trabajar la máquina y ya estarán corriendo otra vez. Pero ahora, la casa está tan limpia; ¿ves qué bonitos están? Pueden ver y oír todo lo que quieras —concedió, enjugando las pegajosas lágrimas de la niña—. Y mira, puedes vestir a «Ambrosio» con todo lo que desees sin que él se mueva siquiera.
—Eso creo —contestó Polly Ann estirándose su vestido de terciopelo. Le dio a «Ambrosio» un pequeño empujón—. Y mira qué poquita suciedad hacen.
Polly Ann hizo saludar a «Ambrosio» doblándole la pata. Siguió en pie.
—Mamá, creo que tienes razón.
La señora Brainerd pensó que el perro y el gato eran muy bonitos.
—¿Cómo hace para tenerlos tan quietos?
—Un producto nuevo —repuso Norma con una farisaica sonrisa, sin decirle a la señora Brainerd de qué producto se trataba—. Voy a buscar el pastel —prosiguió—. Sin grasa.
—Sin grasa —contestó automáticamente la señora Brainerd haciéndole eco y sonriendo casi con anticipación.
Moviéndose con el donaire de una reina, Norma sacó al living la bandeja del café.
—Ahora, a propósito de la hora del café —dijo dándolo por sentado, ya que la señora Brainerd había tomado su taza y cuchara con una mirada casi admirativa, e introducido el tenedor en el pastel—. Con puntos. Ya sabes la marca.
—Las horas del café —dijo la señora Brainerd casi en estado de hipnosis. Luego, mirando el suelo, profirió—: ¡Oh! ¿Qué es eso que hay en el suelo?
Aterrorizada, Norma siguió la mirada de la señora Brainerd. Allí vio un charco, un verdadero charco que se formaba a partir de la puerta del cuarto de baño; y que, como ambas vieron, se agrandaba y empezaba a dejar una húmeda mancha sobre el muy pulido linóleo del hall.
—Mejor me... —empezó a decir la señora Brainerd levantándose.
—Ya sé —la interrumpió Norma con resignación—. Mejor se va. —Mas al levantarse y ver a su vecina en la puerta, se iluminó con una nueva resolución—. Pero vuelva mañana. Puedo prometerle que todo estará tan pulcro como un pastel. —Luego, sin poderse contener—: Sin grasa, claro.
—Pero ya sabe —dijo ominosamente la señora Brainerd— que esta clase de cosas no pueden durar mucho tiempo. Mi tiempo es valioso, están las horas del café, el grupo de canasta...
—Le prometo una cosa —concedió Norma—. Usted envidiará mi modo de tener las cosas. Se lo dirá a todas sus amigas. Simplemente haga el favor de volver mañana. Estaré preparada, se lo prometo.
Clarice se puso a reflexionar, jugando inconscientemente con su Medalla del Amor, con su mano minuciosamente arreglada.
—¡Oh! —exclamó finalmente tras una pausa que dejó a Norma desmayada después del rato de ansiedad—. Está bien.
—Verá —repuso Norma, al mismo tiempo que se cerraba la puerta—. Espere y verá la próxima vez.
Luego caminó sobre el creciente charco de agua y llamó a la puerta del baño.
—Estaba haciendo loción de afeitar para vendérselo a todos los papas —contestó Polly Ann al tiempo que recogía todas las tazas y tarros flotantes.
—Ven conmigo, cielo —le pidió Norma—. Quiero que te laves bien y que te pongas tu ropa de los domingos.
Todos quedaron muy artísticamente dispuestos en la sala de estar, el perro y el gato arrollados junto al sofá, y Polly Ann tan bonita con su vestido marrón de terciopelo con delantal de organdí. Sus ojos estaban algo vidriosos y sus piernas se proyectaban en un ángulo un poco forzado, pero Norma había extendido una manta sobre el borde del sofá, donde la tenía sentada, y pensó que el efecto, a simple vista, era tan bueno como el de cualquier anuncio que ella hubiera visto en televisión, y casi tan bonito como muchas de las fotos de las revistas. Advirtió, con un pequeño escalofrío, que había cierta humedad en la mirada que le estaba dirigiendo Polly Ann, así que fue hacia la niña y acarició su cerúlea mano.
—No te preocupes, corazón. Cuando seas lo suficientemente mayor como para ayudar a mamá en la limpieza de la casa, mamá te dejará correr un par de horas cada día. Tu mamá te lo promete.
Luego, estirándose su bata Remolino y asegurándose su alfiler «Sweetheart», fue a abrir la puerta a la señora Brainerd.
—Bueno —aprobó la señora Brainerd con voz bonachona—. Qué agradable está todo.
—Nada de olores domésticos, nada de manchas, pastel sin grasa —dijo Norma ansiosamente—. Ésta es mi hija.
—¡Qué niña más buena! —exclamó la señora Brainerd, sin fijarse en las piernas de Polly Ann, que asomaban fuera del canapé.
—Y nuestros perro y minino —prosiguió Norma cada vez más confiada, apuntalando a «Ambrosio» contra uno de los pies de Polly Ann porque había empezado a escurrirse.
La señora Brainerd incluso sonrió.
—¡Qué bonitos! ¡Qué simpáticos!
—Venga a ver la querida cocina. —Norma se había puesto de forma tal que la otra pudiera ver el desagüe de rápida absorción en el blanco y prístino fregadero.
—Simplemente encantadora —concedió Clarice.
—Déjeme alcanzar el pastel y el café. —Norma llevó de nuevo a Clarice a la sala.
—Sus ventanas están sencillamente chispeantes.
—Lo sé —contestó Norma, radiante y segura de sí.
—Y la alfombra.
—«Glamorene».
—Fantástico.
Clarice era suya.
—Aquí está —dijo Norma, acosándola con el café y el pastel.
—Fantástico café —aprobó Clarice—. Llámame Clarice. Ahora, a propósito del Club de Jardinería y las horas del café, vamos a casa de Marge los jueves, y a casa de Edna los lunes, y a la de Thelma los martes por la tarde, y... —Probó un poquito del ofrendado trozo de pastel—. Y... —añadió, dándole vueltas y vueltas en la boca.
—¿Y? —repitió Norma llena de esperanza.
—Y... —reiteró la señora Brainerd mirando algo bizca la punta de su nariz, como si estuviera intentando averiguar qué tenía en la boca—. Este pastel, este pastel...
—Mix Maravilla —saltó Norma con ímpetu—. Sin grasa...
—Lo siento —se lamentó la señora Brainerd, levantándose.
—¿Cómo ha dicho?
—Que lo siento —repitió la señora Brainerd con auténtico pesar—. Se trata de su pastel.
—¿Qué le pasa a mi pastel?
—Bueno, pues que tiene ese sabor a grasa.
—Usted... Yo... El pastel... El anuncio aseguraba... —Norma se había levantado y se movía mecánicamente—. El pastel es tan bueno, y mi casa es tan preciosa.
Ahora estaba entre la señora Brainerd y la puerta, interceptándole a aquélla el paso al hall.
—Lo siento —se excusó la señora Brainerd—. Me marcho. Y, ahora, si cierra la puerta de ese armario para que pueda pasar...
—¿Cerrar la puerta? —Los ojos de Norma estaban vidriosos—. No puedo. Tengo que sacar una cosa del estante.
—No importa —dijo la señora Brainerd—. Y no podré volver más. Nosotras, las señoras, estamos tan ocupadas, no tenemos tiempo...
—Tiempo —remedó Norma, sacando lo que quería del armario.
—Tiempo —repitió la señora Brainerd condescendiente—. ¡Ah!, quizá es mejor que no me llame Clarice.
—Bien, Clarice —dijo Norma; y entonces fue cuando le hizo recibir lo de la máquina lavanda.
Primero apoyó a la señora Brainerd contra un rincón, donde pudiera estar incómoda. Luego movió la manivela en sentido contrario y devolvió a Polly Ann, «Puff» y «Ambrosio» a la movilidad. Acto seguido, trajo su caja de costura y la basura de la cocina, y empezó a desparramar la porquería a los pies de la señora Brainerd; dejó a «Puff» llenar de pelos la tapicería, y envió a Polly Ann al patio de atrás en busca de un poco de barro. «Ambrosio», aliviado, lo hizo a los pies de la señora Brainerd.
—Contentísima porque pudieras venir, Clarice —concluyó Norma, satisfecha por la mirada de horror que mostraba la cara atrapada y helada de la señora Brainerd. Luego, volviéndose hacia el recargado delantal de Polly Ann, echó mano de un puñado de lodo.
miércoles, 3 de junio de 2020
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