domingo, 5 de julio de 2020

Cinosura Kit Reed




Cinosura
Kit Reed


—Puede que a la señora Brainerd le molesten los niños, Polly Ann; así que es mejor que te vayas a tu cuarto con «Puff» y «Ambrosio» hasta que lo sepamos.
Polly Ann se estiró el jersey sobre su torso de niña de diez años y recogió al gato, sacudiendo los rizos al andar.
—Sí, mamá. —Cerró la puerta de su habitación y vol­vió a abrirla con una sonrisa pícara y preadolescente—. «Ambrosio» acaba de hacer un charco en la alfombra.
La campanilla de tres notas sonó en la puerta: Ding, dang, dong. Norma hizo un gesto frenético.
—No importa.
—Bue-no.
La puerta se cerró tras Polly Ann.
Luego, dando unos golpecitos a sus almohadones de tejido de seda, y pasando la mano sobre el roble pulido del televisor, Norma Thayer, el ama de casa, fue a abrir la puerta.
Había sido ama de casa durante años. Fregaba y co­cinaba e iba al mercado y compraba todos los nuevos aparatos que anunciaban. Precisamente ahora estaba un poco susceptible a propósito de eso porque, a pesar de lo limpia que era, su marido acababa de dejarla, y ni siquiera había otra a quien culpar. En adelante, tendría que ser extremadamente cuidadosa con ella misma, di­vorciada como estaba, especialmente ahora que ella y Polly Ann vivían en un nuevo vecindario. Realmente ha­bían tenido un buen comienzo, porque su nueva casa en el nuevo polígono, era casi exactamente como todas las demás de la manzana, sólo que pintada de rosa, y su mobiliario tenía la misma forma y estilo que los que había en las otras salas de estar, abierta al visible comedorcito de formica; ella lo sabía porque había ido a dar una vuelta en una noche oscura y se había fijado. Pero, a la vez, ella y Polly Ann no tenían un papá que llegase a casa a las cinco, como ocurría en las otras casas; y aun cuando ella y Polly Ann habían marcado su casa con números de hierro dulce y sacaban la basu­ra en bolsas de plástico de color claro, aun cuando ha­bían centrado su mejor lámpara detrás de la ventana y la cocina era palmo a palmo tan bonita como el folle­to decía, la falta de un papi que sacara la basura y cultivara el jardín los sábados y domingos, como todo el mundo, ponía a Norma en desventaja.
Norma sabía, mejor que nadie en la manzana, que una casa seguía siendo una casa aunque no hubiera un padre, y las cosas podían ir incluso mejor, a la larga sin todas esas colillas y esos pijamas sucios que recoger. Pero ella era, en cierto modo, un pionero, porque, por el momento, era la primera en el bloque para demostrarlo.
En aquel instante su vecina estaba presentándose para su primera visita, y el hacendoso corazón de Norma se encogía. Si todo salía bien, la señora Brainerd miraría el sofá seccional y la alfombra moteada de algodón y lana —con el reverso de gomaespuma— y vería que con papá o sin él, Norma era tan buena como cualquier ama de casa de las revistas, y que sus trapos de cocina estaban tan limpios como cualesquiera de los del vecin­dario. Entonces, la señora Brainerd le daría una receta y la invitaría al próximo almuerzo, el cual, si su memo­ria no la engañaba, sería en casa de la señora Dowdy, la encalada de la manzana contigua. Arreglándose la par­te delantera de su bata Remolino, la señora Thayer abrió la puerta.
—Hola, señora Brainerd.
—Hola —dijo la señora Brainerd—. Llámame Clarice. —Pasó su mano por el montante—. Maderaje realmente agradable.
—Xerox —repuso Norma con una pequeña sonrisa de orgullo al dejarla pasar.
—El pomo de la puerta revestido de metal —siguió la señora Brainerd.
—Va maravillosamente. He preparado algo de café —dijo Norma—. Y un pastel...
—No pruebo el pastel —añadió la señora Brainerd.
—Es sin grasa...
—Galletas Metro —continuó la señora Brainerd, y su mandíbula se había puesto blanca y firme—. Y nada de azúcar. Sacarina.
—Si te sientas aquí...
Norma empujó la silla más cómoda.
—Gracias, no.
La señora Brainerd alisó su bata Remolino y siguió a Norma a la cocina. Era pequeña, parlanchina y chismosa, llevaba los labios pintados y estaba hecha de acero. Norma advirtió con un estremecimiento culpable que la señora Brainerd sujetaba el cuello de su bata con un alfiler «Sweetheart».
—Algo especial —dijo la señora Brainerd, dándose cuenta que ella lo había visto—. Lo conseguí con etique­tas de «La Verdadera Margarina». —Rozó a Norma al pasar, pero ni miró hacia el querido rincón para la cena—. Manchas que no se van ni blanqueando —pro­siguió, fijando la vista en el fregadero.
Norma se sonrojó.
—Lo sé. He restregado y restregado. Incluso usé di­rectamente el líquido blanqueador.
Bajó la cabeza.
—Bueno —Clarice Brainerd buscó en el bolsillo de su falda floreada y sacó un recipiente de espolvorear—. Aquí está —repuso con una bellísima sonrisa.
Norma reconoció la marca.
—¡Oh! —exclamó, casi llorando de gratitud.
Clarice Brainerd ya se había dado la vuelta para mar­charse.
—Y el recipiente está decorado; así que estarás orgullosa de tenerlo en tu sala de estar.
—Lo sé —afirmó Norma, profundamente conmovi­da—. Me conseguiré dos.
Su vecina estaba ahora junto a la puerta de atrás. Norma salió, suplicante:
—No te vas a ir, sin siquiera probar mi pastel, ¿verdad?
—Simplemente, prueba ese limpiador —dijo Clarice—. Ya volveré.
—El café de media mañana; supongo que deseas que vaya al...
—Quizá la próxima vez —manifestó su vecina, inten­tando ser amable—. Ya sabes; tendrás que invitarlas aquí un día y... —Miró significativamente al fregadero—. Simplemente usa esto —añadió tranquilizadora—. Y volveré.
—Lo haré. —Norma se mordió el labio, desgarrada entre la esperanza y la desesperación—. ¡Oh, lo haré!
—Pastel —dijo Polly Ann justo cuando la puerta se cerraba tras la sonrisa, mecánicamente articulada, de la señora Brainerd.
Había entrado en la cocina con «Puff», el gatito, y «Ambrosio», el sabueso, dejando un rastro de polvo y pelos.
—Creo que «Ambrosio» está enfermo.
Se sirvió un zumo de uvas salpicando gotas al ha­cerlo. Una mancha púrpura empezó a extenderse por el fregadero.
Norma buscó el limpiador, intentando desesperada­mente detener la mancha.
—Acaba de repetirlo en la sala de estar —repuso Polly Ann.
El aliento de Norma se quebró en un sollozo. Dejan­do el limpiador en el pequeño recipiente que guardaba para ese propósito, se encaminó a la sala con esponja y «Glamorene».
La vez siguiente, la señora Brainerd sólo estuvo escaso me­dio minuto. Permaneció cerca de la puerta, olfa­teando el aire. «Ambrosio» lo había hecho otra vez. Dos veces.
—Realmente, esto elimina las manchas que ni el blan­queador arranca —dijo Norma blandiendo el recipiente de limpiador.
—Todo el mundo lo sabe —dijo Clarice Brainerd sin darle importancia. Entonces se puso a oler—. Esto hará maravillas en sus mohosas habitaciones —prosiguió, dándole a Norma un frasco de desodorante aerosol, y se dio la vuelta sin siquiera entrar; cerró la puerta.
Norma se preparó durante cuatro días para el mo­mento en que invitó a la señora Brainerd a echar una mirada a su hornillo de gas.
—Tengo algunos problemas con la parte superior de los estantes del horno —le confió por teléfono. Justa­mente había empleado días en asegurarse que éstos estu­vieran inmaculados—. Me preguntaba si tú sabrías de­cirme qué debería usar —concluyó para halagarla, pen­sando que, cuando Clarice Brainerd viera que Norma se preocupaba por la suciedad de un horno que estaba más limpio que cualquier otro del barrio, le entraría un asombro reverencial y, consternada, tendría que invitar­la a la hora del café del próximo día.
En el último momento, Norma tuvo que echar a Polly Ann de la sala.
—¡Sólo estaba haciéndole un vestido a «Ambrosio»! —exclamó Polly Ann poniéndose sus pantuflas y recogien­do el trozo de tela y las agujas.
Fuera de sí, Norma la hizo huir por el hall hasta su cuarto.
La señora Brainerd, olfateando el aire sin siquiera pararse a decir «hola», manifestó:
—«Arient» cumplió a la perfección su cometido. Nos­otras lo hemos usado durante años.
—Lo sé... —se lamentó Norma, excusándose.
En la cocina, la señora Brainerd permaneció un buen rato con la cabeza dentro del horno.
—Yo no creo que tengas tanto problema —sugirió de mala gana—. De hecho, está muy bien. Pero yo tomaría un alfiler y limpiaría esos surtidores de gas.
Su voz quedaba amortiguada a causa del horno y por un momento, Norma tuvo que luchar contra la sal­vaje tentación de empujarla dentro y abrir la llave del gas.
Luego Clarice continuó:
—Desde luego, está bien. Y gracias, tomaré un poco de tu pastel.
—Sin grasa —añadió Norma, debilitada por la gratitud—. ¿De verdad te sentarás un momento? ¿De verdad tomarás un café aquí sentada?
—Sólo unos minutos.
Norma sacó su mejor servicio de California —el jue­go del dibujo con gallos— y durante cinco minutos, ella y la señora Brainerd estuvieron relamidamente sentadas en la sala. Las cortinas de organdí se ondularon, las ventanas y marquetería brillaron; por un momento, Nor­ma casi se imaginó que ella y la señora Brainerd esta­ban siendo fotografiadas para el anuncio de algún pro­ducto en su living-room, y que la foto, a todo color, apa­recería en el próximo número de su revista preferida.
—Me gustaría mucho hacer arreglos de flores —aven­turó Norma, envalentonada por su éxito.
La señora Brainerd no estaba escuchando.
—¿Quizá va a entrar en el Club de Jardinería?
La señora Brainerd estaba mirando hacia el suelo. A la alfombra.
—O quizá la Liga Musical...
Norma miró hacia abajo, hacia donde miraba la se­ñora Brainerd, y su voz se fue apagando.
—Pelos de gato —le replicó la señora Brainerd—. Hi­los sueltos.
—¡Oh! Traté de...
Norma se llevó la mano a la boca con un gemido ahogado.
—Y marcas de arañazos en el suelo del hall... —La señora Brainerd estaba ya moviendo la cabeza—. Bueno, no es por nada, pero si tuviera que recibir aquí a un grupo a tomar café, con la casa en este estado...
—Es que mi hija ha estado cosiendo —exclamó Nor­ma débilmente—. Ella sabía que iba a tener visita, pero entró de todos modos. Es bastante difícil —prosiguió, intentando sonreír con simpatía—. Cuando se tienen niños...
La señora Brainerd ya estaba en pie.
—El resto de nosotras se las arregla.
Norma hizo esfuerzos para mantener firme su voz.
—Y animales en casa...
—La hora del café —aventuró Norma andando como atontada—. El Club de Jardinería...
Pero la señora Brainerd ya se había ido.
Norma se lamentó:
—Ni siquiera nombró un producto que probar.
—Le he hecho a «Ambrosio» un coche de niño —añadió Polly Ann, arrastrando a «Ambrosio» en una caja—. ¿Ya se ha ido esa señora?
—Ya se ha ido —dijo Norma, mirando las señales con que la caja había dejado adornado su parquet—. Quizá para siempre —exclamó, y empezó a llorar—. ¡Oh! Polly Ann, ¿qué podemos hacer? Tendremos que cambiarnos a otro vecindario.
—«Ambrosio» ha volcado el cajón de aserrín de «Puff» y ha llenado de ya sabes qué el suelo.
Polly Ann salió de la habitación.
Migas, pelos, hilos, polvo, todo parecía converger so­bre Norma, sumiéndola en un remolino y haciéndola girar, acorralándola, hundiéndola en la más negra deses­peración. Se arrellanó en el sofá, demasiado anonadada para poder llorar; y entonces, al mirar al suelo, vio una revista que resaltaba sobre la alfombra y las cosas co­menzaron a cambiar.
«Acabe con las penalidades domésticas —decía el anuncio—. Su casa puede convertirse en la Cinosura del vecindario.»
Norma no estaba segura sobre el significado de Cino­sura, pero estaba la foto de una señora inmaculada y res­plandeciente, sentada en medio de una sala de impecable limpieza, con una inmaculada cocina avistándose por la puerta del frente. Temblando de esperanza, cortó el cupón adjunto, advirtiendo sin inquietud que conseguir el producto o aparato, o lo que fuese, le costaría el resto de sus ahorros. Pero la satisfacción estaba ga­rantizada y, si resultaba satisfecha, valía la pena el gasto de cada centavo.
Resultaba poco atrayente cuando lo llevaron. Se tra­taba de una caja pequeña y acanalada; protegida dentro con virutas, había una máquina pequeña y cubierta de esmalte color lavanda. Juntos venían un cubo y una manguera, también color lavanda. Curiosa, Norma em­pezó a hojear el libro de instrucciones. Cuando lo leyó, empezó a sonreír, porque ahora todo parecía poder arre­glarse.
—«Los efectos no son necesariamente permanentes —leyó en voz alta para aliviar su conciencia—. Pueden ser invertidos usando el manómetro verde de la parte superior.» ¡Oh, «Puff»! —llamó, pensando en los blancos pelos de angora que habían manchado tantas veces sus alfombras—. Ven aquí, «Puff».
El gato entró con una mirada de insolencia.
—Ven aquí —repitió Norma apuntándole con la man­guera—. Ven, gatito.
Cuando «Puff» se acercó, puso en marcha la máquina.
Un penetrante zumbido llenó la habitación, débil pero inequívoco.
Caro o no, aquello valla la pena. Tenía que admitir que ninguno de sus limpiadores caseros cumplía tan rá­pidamente su cometido. En menos de un segundo, «Puff» estaba inmóvil, con los ojos desviados y el lomo recto, pero inmóvil; con un aspecto especialmente esponjoso y tan natural como la misma vida. Norma lo compuso artísticamente junto al aparato de televisión y luego se puso a buscar al perro de Polly Ann. Hizo a «Ambrosio» sentarse y pedirle la galleta que ella le presentaba; justo cuando la asía, ella encendió la máquina y lo paralizó en una décima de segundo. Cuando hubo aca­bado, lo apuntaló al otro lado del televisor y guardó cuidadosamente la máquina.
Polly Ann lloró un poco al principio.
—Cielo, si nos cansamos de tenerlos así, no tenemos más que hacer trabajar la máquina y ya estarán corrien­do otra vez. Pero ahora, la casa está tan limpia; ¿ves qué bonitos están? Pueden ver y oír todo lo que quieras —concedió, enjugando las pegajosas lágrimas de la niña—. Y mira, puedes vestir a «Ambrosio» con todo lo que desees sin que él se mueva siquiera.
—Eso creo —contestó Polly Ann estirándose su ves­tido de terciopelo. Le dio a «Ambrosio» un pequeño empujón—. Y mira qué poquita suciedad hacen.
Polly Ann hizo saludar a «Ambrosio» doblándole la pata. Siguió en pie.
—Mamá, creo que tienes razón.

La señora Brainerd pensó que el perro y el gato eran muy bonitos.
—¿Cómo hace para tenerlos tan quietos?
—Un producto nuevo —repuso Norma con una fari­saica sonrisa, sin decirle a la señora Brainerd de qué producto se trataba—. Voy a buscar el pastel —prosi­guió—. Sin grasa.
—Sin grasa —contestó automáticamente la señora Brainerd haciéndole eco y sonriendo casi con anticipa­ción.
Moviéndose con el donaire de una reina, Norma sacó al living la bandeja del café.
—Ahora, a propósito de la hora del café —dijo dán­dolo por sentado, ya que la señora Brainerd había tomado su taza y cuchara con una mirada casi admirativa, e introducido el tenedor en el pastel—. Con puntos. Ya sabes la marca.
—Las horas del café —dijo la señora Brainerd casi en estado de hipnosis. Luego, mirando el suelo, profirió—: ¡Oh! ¿Qué es eso que hay en el suelo?
Aterrorizada, Norma siguió la mirada de la señora Brainerd. Allí vio un charco, un verdadero charco que se formaba a partir de la puerta del cuarto de baño; y que, como ambas vieron, se agrandaba y empezaba a dejar una húmeda mancha sobre el muy pulido linóleo del hall.
—Mejor me... —empezó a decir la señora Brainerd levantándose.
—Ya sé —la interrumpió Norma con resignación—. Mejor se va. —Mas al levantarse y ver a su vecina en la puerta, se iluminó con una nueva resolución—. Pero vuelva mañana. Puedo prometerle que todo estará tan pulcro como un pastel. —Luego, sin poderse contener—: Sin grasa, claro.
—Pero ya sabe —dijo ominosamente la señora Brainerd— que esta clase de cosas no pueden durar mucho tiempo. Mi tiempo es valioso, están las horas del café, el grupo de canasta...
—Le prometo una cosa —concedió Norma—. Usted envidiará mi modo de tener las cosas. Se lo dirá a todas sus amigas. Simplemente haga el favor de volver ma­ñana. Estaré preparada, se lo prometo.
Clarice se puso a reflexionar, jugando inconsciente­mente con su Medalla del Amor, con su mano minuciosa­mente arreglada.
—¡Oh! —exclamó finalmente tras una pausa que dejó a Norma desmayada después del rato de ansiedad—. Está bien.
—Verá —repuso Norma, al mismo tiempo que se ce­rraba la puerta—. Espere y verá la próxima vez.
Luego caminó sobre el creciente charco de agua y llamó a la puerta del baño.
—Estaba haciendo loción de afeitar para vendérselo a todos los papas —contestó Polly Ann al tiempo que re­cogía todas las tazas y tarros flotantes.
—Ven conmigo, cielo —le pidió Norma—. Quiero que te laves bien y que te pongas tu ropa de los domingos.

Todos quedaron muy artísticamente dispuestos en la sala de estar, el perro y el gato arrollados junto al sofá, y Polly Ann tan bonita con su vestido marrón de terciopelo con delantal de organdí. Sus ojos estaban algo vidriosos y sus piernas se proyectaban en un ángu­lo un poco forzado, pero Norma había extendido una manta sobre el borde del sofá, donde la tenía sentada, y pensó que el efecto, a simple vista, era tan bueno como el de cualquier anuncio que ella hubiera visto en televi­sión, y casi tan bonito como muchas de las fotos de las revistas. Advirtió, con un pequeño escalofrío, que había cierta humedad en la mirada que le estaba dirigiendo Polly Ann, así que fue hacia la niña y acarició su ce­rúlea mano.
—No te preocupes, corazón. Cuando seas lo suficien­temente mayor como para ayudar a mamá en la limpieza de la casa, mamá te dejará correr un par de horas cada día. Tu mamá te lo promete.
Luego, estirándose su bata Remolino y asegurándose su alfiler «Sweetheart», fue a abrir la puerta a la señora Brainerd.
—Bueno —aprobó la señora Brainerd con voz bona­chona—. Qué agradable está todo.
—Nada de olores domésticos, nada de manchas, pas­tel sin grasa —dijo Norma ansiosamente—. Ésta es mi hija.
—¡Qué niña más buena! —exclamó la señora Brai­nerd, sin fijarse en las piernas de Polly Ann, que asoma­ban fuera del canapé.
—Y nuestros perro y minino —prosiguió Norma cada vez más confiada, apuntalando a «Ambrosio» contra uno de los pies de Polly Ann porque había empezado a es­currirse.
La señora Brainerd incluso sonrió.
—¡Qué bonitos! ¡Qué simpáticos!
—Venga a ver la querida cocina. —Norma se había puesto de forma tal que la otra pudiera ver el desagüe de rápida absorción en el blanco y prístino fregadero.
—Simplemente encantadora —concedió Clarice.
—Déjeme alcanzar el pastel y el café. —Norma llevó de nuevo a Clarice a la sala.
—Sus ventanas están sencillamente chispeantes.
—Lo sé —contestó Norma, radiante y segura de sí.
—Y la alfombra.
—«Glamorene».
—Fantástico.
Clarice era suya.
—Aquí está —dijo Norma, acosándola con el café y el pastel.
—Fantástico café —aprobó Clarice—. Llámame Cla­rice. Ahora, a propósito del Club de Jardinería y las ho­ras del café, vamos a casa de Marge los jueves, y a casa de Edna los lunes, y a la de Thelma los martes por la tarde, y... —Probó un poquito del ofrendado trozo de pastel—. Y... —añadió, dándole vueltas y vueltas en la boca.
—¿Y? —repitió Norma llena de esperanza.
—Y... —reiteró la señora Brainerd mirando algo bizca la punta de su nariz, como si estuviera intentando ave­riguar qué tenía en la boca—. Este pastel, este pastel...
—Mix Maravilla —saltó Norma con ímpetu—. Sin grasa...
—Lo siento —se lamentó la señora Brainerd, levan­tándose.
—¿Cómo ha dicho?
—Que lo siento —repitió la señora Brainerd con auténtico pesar—. Se trata de su pastel.
—¿Qué le pasa a mi pastel?
—Bueno, pues que tiene ese sabor a grasa.
—Usted... Yo... El pastel... El anuncio aseguraba... —Norma se había levantado y se movía mecánicamen­te—. El pastel es tan bueno, y mi casa es tan preciosa.
Ahora estaba entre la señora Brainerd y la puerta, interceptándole a aquélla el paso al hall.
—Lo siento —se excusó la señora Brainerd—. Me mar­cho. Y, ahora, si cierra la puerta de ese armario para que pueda pasar...
—¿Cerrar la puerta? —Los ojos de Norma estaban vidriosos—. No puedo. Tengo que sacar una cosa del estante.
—No importa —dijo la señora Brainerd—. Y no podré volver más. Nosotras, las señoras, estamos tan ocu­padas, no tenemos tiempo...
—Tiempo —remedó Norma, sacando lo que quería del armario.
—Tiempo —repitió la señora Brainerd condescendien­te—. ¡Ah!, quizá es mejor que no me llame Clarice.
—Bien, Clarice —dijo Norma; y entonces fue cuando le hizo recibir lo de la máquina lavanda.
Primero apoyó a la señora Brainerd contra un rincón, donde pudiera estar incómoda. Luego movió la manivela en sentido contrario y devolvió a Polly Ann, «Puff» y «Ambrosio» a la movilidad. Acto seguido, trajo su caja de costura y la basura de la cocina, y empezó a despa­rramar la porquería a los pies de la señora Brainerd; dejó a «Puff» llenar de pelos la tapicería, y envió a Polly Ann al patio de atrás en busca de un poco de barro. «Ambro­sio», aliviado, lo hizo a los pies de la señora Brainerd.
—Contentísima porque pudieras venir, Clarice —con­cluyó Norma, satisfecha por la mirada de horror que mostraba la cara atrapada y helada de la señora Brai­nerd. Luego, volviéndose hacia el recargado delantal de Polly Ann, echó mano de un puñado de lodo.

domingo, 3 de mayo de 2020

Sabotaje

Sabotaje
Christopher Anvil

El mayor Richard Martin se detuvo con una mano en la puerta del despacho del coronel Tyler. Del interior de la estancia surgían voces elevadas, coléricas. Martin miró, más allá del teniente Schmidt, a la coqueta y bien formada ―y, al momento, pálida― recepcionista del coronel. La muchacha asintió y levantó la vista al cielo, que se hallaba a varios centenares de metros más arriba, a través de capas de tierra, cemento, acero y equipo de defensa electrónico.
Martin aguardó a que se produjera una pausa en la conversación, y golpeó con los nudillos en la madera de la puerta. Del interior le llegó el sonido de una respuesta breve e iracunda.
—¡Pase!
Martin miró al teniente Schmidt, que contemplaba ansiosamente a la bella recepcionista, y le cogió del brazo.
—Sígame —gruñó, empujando la puerta del despacho del coronel.
El ambiente era tenso en el despacho. El coronel Tyler se hallaba a un lado de su escritorio, con expresión furiosa, casi de espaldas a la puerta, y asía en la mano un papel doblado. Otro coronel, con el emblema del Estado Mayor en el cuello, estaba muy enojado delante del gran mapa mural del cuarto, con un brazo extendido a fin de golpear dos grupos de pequeños emblemas que resplandecían con un color blancuzco al borde del escenario.
—El general —opinó el coronel de Estado Mayor secamente— está ansioso por localizar a esos dos Tamar desaparecidos.
El coronel Tyler miró a su alrededor, vio a Martin y se relajó visiblemente.
—Ah, ya está aquí usted. —Frunció el ceñó al ver a Schmidt y volvió a mirar a Martin en son de reproche. Gruñó—: Esta conferencia es solamente para los comandantes del equipo de combate, mayor.
—Lo sé, señor —asintió Martin—. El teniente Schmidt está aquí por otro asunto.
El coronel de Estado Mayor, que se hallaba delante del mapa dando muestras de impaciencia, habló con brusquedad:
—Que aguarde fuera el teniente, mayor.
Martin asió a Schmidt por un brazo y se dirigió al coronel Tyler:
—Se trata de un asunto de la máxima importancia, señor.
—Eso puede esperar —replicó el coronel de Estado Mayor—. Que salga.
Martin continuó asiendo el brazo de Schmidt y miró directamente al coronel Tyler. Este miró al coronel de Estado Mayor.
—Bien, ese subordinado se quedará. Veamos qué quiere.
—El general…
—¡Tonterías! ¿Cree que yo no deseo encontrar esas unidades desaparecidas? ¡Para eso no necesito sus imbéciles parrafadas!
—La situación es muy crítica y…
—¿Crítica? —rezongó el coronel Tyler—. Ha sido crítica desde que la primera nave exploradora descendió en su maldita atmósfera envenenada. Ha sido crítica desde que nuestro primer piloto se metió en una bolsa de gas y se sintió trastornado mentalmente a causa de los dolores que experimentó. ¡Crítica! ¿Cree que no era una situación crítica cuando consiguieron que el comandante de la Quinta Flota ordenara impulsar torpedos hacia su propia base? ¿No fue crítica cuando encontramos al presidente y al secretario de Defensa en el suelo, estrangulándose uno al otro, sin que ninguno fuera capaz de hablar hasta que logramos mantenerles bajo la debida protección? ¡Y éstas fueron solamente sus primeras hazañas! ¡Crítica! Si asomara sólo por unos segundos su cabeza de la bota, comprendería que la situación ha sido crítica en grado sumo desde el primer y apestoso contacto.
—¡De acuerdo! —chilló el coronel de Estado Mayor—. Pero ésta es la primera vez que entrevemos una posibilidad de echarlos de aquí. Podría ser el final de esta situación. ¿No comprende que esto plantea una cuestión totalmente diferente? ¿No ve que esta noticia…?
Los ojillos del coronel Tyler resplandecieron peligrosamente. Su rostro se tornó inexpresivo.
—Coronel, ¿no se da cuenta de que está discutiendo información clasificada en presencia de un oficial que no está autorizado a escucharla?
El coronel de Estado Mayor calló y se volvió para mirar al teniente. Martin seguía sujetándole por el brazo, y Schmidt estaba muy erguido, en posición de firme.
—Naturalmente —continuó el coronel Tyler, con el rostro desprovisto de expresión—, tendré que dar cuenta de que ha quebrantado los reglamentos y que esto ha tenido lugar delante de dos testigos. Por favor, llévese fuera sus papeles y aguarde en el antedespacho.
El coronel de Estado Mayor miró a su alrededor, contempló fijamente al teniente Schmidt y balbuceó unas palabras. Después dirigió otra mirada al coronel Tyler, quien le estaba contemplando con una expresión algo maliciosa, cogió un sobre abultado del escritorio y dobló el papel que el coronel Tyler había dejado sobre la mesa, y al fin salió.
El coronel Tyler pulsó un botón del intercomunicador.
—¿Sargento Dana?
—¿Señor? —Era la voz de la guapa chica de la recepción.
—El coronel Burnett desea esperar en el antedespacho. Estoy de acuerdo con ello.
—Sí, señor.
—Pero si por cualquier motivo se marcha, comuníquemelo inmediatamente.
—Sí, señor.
El coronel Tyler desconectó la comunicación y miró a Schmidt, posando luego sus ojos en Martin.
—Bien, mayor, ¿cuál es la causa de esta interrupción?
—Señor, creemos haber localizado las unidades enemigas desaparecidas.
El rostro de Tyler prestó inmediatamente una gran atención. Escuchó sin interrumpir las explicaciones de Martin y Schmidt. Luego cogió el teléfono, dio unas breves órdenes, devolvió el aparato a su horquilla y pulsó el botón del intercomunicador.
—Ruéguele al coronel Burnett que venga al despacho un instante.
—Sí, señor.
—Tan pronto como acabemos con esto —dijo el coronel Tyler, mirando a Martin—, deseo el resto de los detalles.
—Sí, señor.
El coronel de Estado Mayor, muy sudoroso, regresó al despacho. El coronel Tyler le contempló clínicamente, y al fin trasladó su mirada al teniente Schmidt.
—Teniente, agradecería que saliera unos momentos.
—Sí, señor.
Schmidt salió. El coronel Tyler miró a su colega de Estado Mayor.
—Tengo a tres de mis comandantes del equipo de combate en la superficie, arriesgando sus vidas por una población que ni siquiera sabe que existen. Otro de mis comandantes está en la reserva y totalmente agotado. No le convocaré a menos que el general lo ordene personal y específicamente. Bien, usted desea que todos los comandantes del equipo de combate asistan a esta conferencia. El mayor Martin estuvo en la superficie anteayer. No ha tenido una verdadera oportunidad de descansar y está sumamente atareado. De modo que pueden llamarle de un momento a otro. Pero, por ahora, está aquí. Esto es lo mejor que puedo hacer por usted, coronel, y le diré llanamente que opino que está usted perdiendo el tiempo. Ahora, siga con su maldita charla.
El coronel Burnett tragó saliva con esfuerzo, y exhibió el papel doblado que el coronel Tyler tenía en la mano cuando llegó Martin.
—Lea esto, mayor, y fírmelo al dorso.
Martin cogió el papel y leyó:
URGENTE: seis unidades de penetración Tamar siguen sin ser localizadas desde su desaparición del sector II. Tres unidades se desvanecieron de Plot hace catorce meses. Otro bloque de tres falta desde hace cinco meses. Las seis unidades continúan fuera de Plot. Las experiencias anteriores indican que está teniendo lugar, sin oposición, una penetración del enemigo en la zona vital. Se requiere a todo el personal para que, diligente y eficazmente, trate de localizar lo antes posible a esas unidades enemigas desaparecidas.
El mensaje estaba firmado por el comandante general Nardcom Strike, del primer Campo de Fuerza. En lo alto y en la parte inferior se veían las palabras: “Entregado a mano. Acuse de recibo y devolución a CGFFI”.
Martin volvió el papel del otro lado y estampó su nombre bajo la firma apresurada del coronel Tyler. Martin ya estaba familiarizado con los datos dados por el papel, de modo que, como había dicho el coronel Tyler, estaban perdiendo el tiempo.
Martin devolvió el papel al coronel Burnett. Éste estudió la firma de Martin, sacó un sobre largo de un bolsillo interior y se aclaró la garganta.
—Caballeros, este documento es… —su voz bajó de tono, como en reverencia— la última evaluación del Estado Mayor.
Martin aguardó pacientemente. El coronel Tyler miró el reloj de pared con ostensible irritación.
—Este documento —prosiguió Burnett— no debe ser leído en voz alta. No puede copiarse su contenido. La información que contiene no puede traspasarse a ninguna otra persona que no lo haya leído. Sólo podrá discutirse en condiciones de máxima seguridad, bajo plena protección y únicamente en presencia… —le tembló la voz— de los que están totalmente calificados para leerlo. Una vez leído, deben estampar las iniciales en cada página, y firmar en el dorso de la última.
Entregó el documento al coronel Tyler, el cual lo miró como persona ya familiarizada con su contenido, garabateó sus iniciales página a página, y su nombre al dorso.
El coronel Tyler le pasó el documento a Martin y concentró su mirada en el coronel Burnett.
—Tendría muchos menos quebraderos de cabeza para hacer que la gente leyera estas cosas, si tuviese algunos expertos traductores que las pusieran en un lenguaje conocido por los seres humanos.
Martin estaba estudiando la primera parte del documento.
1) El estado del conflicto existente en la actualidad entre el complejo socio-económico-militar del espacio controlado por el hombre, concentrado en el planeta Tierra, y la cultura orientada psicológicamente del planeta Tamar (Código 146-BL1-10101-97 6b A14-Ragan) se halla en estado de hostilidad, y ha entrado en una fase crucial que requiere todo el personal de vigilancia del más alto grado en consonancia con la consecución de los objetivos primitivamente asignados.
Martin volvió a leer lo anterior, sacudió la cabeza y volvió a leerlo desde el principio. Luego, más lentamente, fue leyendo todos los apartados por separado.
2) La guerra contra Tamar entra ahora en una fase crucial, en la que se requiere la máxima vigilancia.
3) Esencialmente, esta guerra es de tecnología, actúa contra una especie de consecuciones mentales que sólo pueden conseguirse con el poder del ataque y la posesión telepática.
4) Hay dos teatros de operaciones principales, muy separados entre sí. Son los planetas patrios de las dos razas opuestas. Físicamente, nosotros podemos cruzar el espacio intermedio para atacar al planeta Tamar. Y ellos pueden cruzar psicológicamente el mismo espacio para atacar a nuestro planeta. Ambos lados pueden atacarse mutuamente. Y ninguno de ambos bandos posee una defensa realmente eficaz.
5) Nuestro plan básico de guerra es como sigue:
a) Ataque: Ofensiva mediante explosivos nucleares y subnucleares al planeta Tamar.
b) Defensa: Contramedidas para neutralizar o recapturar a los individuos enviados por Tamar y colocados estratégicamente para conseguir una penetración psicológica.
6) Continuamos bajo los graves fallos siguientes:
a) Ataque: Tamar VI es un planeta gigante, de atmósfera densa y corrosiva. La naturaleza exacta de la estructura del planeta y sus habitantes sigue siendo obscura. Por esto, es difícil calcular o planear una ofensiva.
b) Defensa: Debido al coste del equipo de protección electrónico, la gran masa de la población terrestre sigue expuesta al ataque psicológico de Tamar. Pero como cada unidad de penetración de Tamar sólo puede atacar a un individuo a la vez, y como sabemos que en la Tierra existen sólo varias centenares de unidades de penetración Tamar, la población en conjunto, aunque muy expuesta, se halla a salvo de un ataque directo. Sin embargo, no se ha informado al público de este ataque para evitar el pánico, por lo que el hombre de la calle cree que la guerra está limitada a la región del planeta Tamar. Debido a este secreto, las operaciones defensivas deben ser financiadas mediante los fondos de contingencia y otros medios irregulares, lo cual las dificulta seriamente.
7) El plan básico de guerra, como se ha establecido, se apoya en el bloqueo constante del ataque tamar, confiando en que la victoria final se alcanzará mediante un ataque desencadenado contra el planeta enemigo. A tal fin, pronto quedará fortalecida la fuerza actual de las naves de combate de clase III y largo alcance que operan en Tamar VI con las poderosas naves de bombardeo planetario Revenge y Killer.
8) Debido, no obstante, a la destreza de la fuerza defensiva de las unidades de penetración de Tamar que actúan contra nuestra flota, no se espera que dicho ataque sea decisivo. Esas unidades locales de Tamar no sólo atacan al personal no protegido, sino que han aprendido a desequilibrar el equipo de computadoras electrónicas más avanzado, con resultados catastróficos. Habrá que proteger dicho equipo, o bien reemplazarlo, en lo posible, mediante equipos de calculadoras mecánicas, hidráulicas, neumáticas o de otros tipos. Esto, junto con la capacidad ya demostrada por el enemigo de superar las protecciones más potentes de nuestras naves, hace inseguro el resultado de nuestro ataque final.
9) Por tanto, se hallan en período de construcción dos ingenios de impulso interestelar, llamados respectivamente Fuse y Match. Se ha programado emplear dichos ingenios contra Tamar VI dentro de treinta y dos meses, y se espera crear una detonación subnuclear en el interior del planeta. Es dudoso que Tamar VI sobreviva a tal explosión.
10) De ahí se deduce que la actividad enemiga debería concluir hacia el final de los próximos treinta y dos meses.
11) Conociendo los poderes psicológicos de Tamar y su crueldad, es inconcebible que el enemigo se someta a la destrucción sin una resistencia hábil y extremadamente peligrosa. Es necesario, por consiguiente, mantener el mayor secreto respecto a éstas y otras medidas. Además, existen poderosas razones para precavernos contra nuevas y más refinadas medidas adoptadas por Tamar.
12) La experiencia del pasado demuestra la imposibilidad práctica de una comunicación fructífera con los habitantes de Tamar o la firma de una tregua temporal. Los análisis culturales, si bien innecesariamente inciertos, sugieren que la opinión de los de Tamar sobre el universo debe ser básicamente contraria a la de nuestra humanidad. Pero sobre este punto no poseemos ninguna referencia, por lo que es imposible lograr la mencionada tregua.
13) Debemos, por tanto, considerar los próximos treinta y dos meses como un período sumamente crítico y peligroso.
Martin estampó sus iniciales en cada página y firmó al dorso de la última. Devolvió el documento al coronel Tyler, quien se lo entregó a Burnett.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Sí.
Tyler se dirigió hacia el teléfono. El coronel de Estado Mayor parecía tremendamente inquieto.
—Ah, respecto a lo que dije antes…
—Espero que no sugerirá usted nada en contra de las ordenanzas, coronel —le cortó Tyler, con frialdad.
Burnett cerró la boca y adoptó una expresión impávida. Tyler cogió el teléfono.
—Estoy seguro de que yo no cometí… —se atropello Burnett.
Tyler dejó el aparato, pero sin apartar la mano del mismo.
—Yo no dicté las ordenanzas, pero he de vivir de acuerdo con ellas. Delante del teniente Schmidt, que no estaba autorizado para oír tales cosas, usted declaró formalmente que, por primera vez, podemos contemplar el fin de la guerra. En realidad, sé que el teniente Schmidt es de tanta confianza en este asunto como yo o el mayor Martin. Pero las ordenanzas están completamente claras.
—¡Yo le ordené al teniente que saliera! Yo…
—Usted sabía que el mayor Martin lo había traído aquí. ¿Podía inducir usted al teniente a que desobedeciera las órdenes de su superior inmediato? ¿O intentaba usted impedir que mis dos oficiales me comunicaran algo de la máxima importancia? ¿Y qué diablos hace usted ahora, tratando de impedir que dé cuenta de su falta de disciplina?
El coronel de Estado Mayor abrió la boca, la cerró y tragó saliva, atragantándose. Tyler cogió el teléfono y habló breve y serenamente.
Se produjo un forzado silencio que se prolongó unos dos minutos. Luego, hubo una llamada a la puerta.
—Adelante —invitó Tyler.
Seis agentes de la policía militar, con su uniforme inmaculado, dos de ellos provistos de ametralladoras, penetraron en el despacho y, cortésmente, se llevaron al coronel de Estado Mayor. El coronel Tyler miró a Martin.
―Haga pasar a Schmidt.
Martin salió al antedespacho y halló al teniente Schmidt hablando en voz baja y muy sonriente con la hermosa sargento Dana.
—Schmidt…
—Sí, señor. Un momento, señor.
Martin regresó al despacho. Oyó que la joven murmuraba algo y Schmidt replicaba. Luego, el teniente, muy sonriente, entró en el despacho de Martin y cerró la puerta.
El coronel Tyler estudió el semblante del teniente y se aclaró la garganta.
—Teniente, su información es muy interesante. Expóngala otra vez, con todos los detalles.
—Si, señor.
—Para empezar, usted obtuvo un pase de tres días para la superficie del planeta, ¿verdad?
—Sí, señor. Para visitar a mi… a mi chica, señor.
—¿No se mostraba muy bondadosa con usted?
—Bueno… Ella sí, pero no su madre. Yo tengo un empleo de tapadera, fingiendo ser vendedor de enciclopedias. Y la madre desea que su hija se case con alguien de más categoría.
El coronel asintió con simpatía.
—Hace mucho tiempo que conozco a la familia de Janice —prosiguió el teniente—, pero aparentemente ellos han decidido no conocerme, de forma que esta vez la madre me obsequió con una sarta de preguntas. Seguramente hubiera podido resistir el interrogatorio, pero me hallaba extenuado con el lío del campo de fuerza, y perdí el hilo de la discusión. Bien, justo en el escabel situado muy cerca del diván donde yo estaba sentado, mientras la madre me interrogaba, vi un periódico. El titular proclamaba: “Conjurada una explosión en Pennsy”. De modo que en medio de la filípica, cuando la madre me estaba diciendo lo mal que está la vida, cogí el periódico y lo empecé a leer. Bien, eso dio al traste con todo.
—Si desea que le proporcionemos otro empleo de tapadera… —sonrió Tyler.
—Gracias, señor, pero no lo juzgo preciso. Janice pudo haber impedido aquel interrogatorio de buen grado, y no obstante estuvo sentada todo el rato escuchando atentamente. Tuve la impresión de que quizá su madre me estaba interrogando por indicación suya. Algunas de sus preguntas fueron muy rudas, pero Janice no abrió la boca en mi favor ni una sola vez. Eso fue suficiente para mí.
El coronel asintió.
—¿Qué hizo usted luego?
—Me encontré en la calle, delante de la casa. Debía sentirme deprimido, pero lo cierto es que sólo me sentía hastiado. Seguía con el pase en el bolsillo sin saber qué hacer con él. Pude irme a casa, pero esto no prometía ninguna diversión. Bien, me dirigí a un quiosco de periódicos y compré el que llevaba el mencionado titular: “Conjurada una explosión en Pennsy”. Leí el artículo. Llegaron algunos estudiantes y me asaltó la idea de volver a visitar la universidad.
Schmidt frunció el ceño y el coronel se inclinó hacia delante muy interesado.
—Adelante.
—Bueno, resulta un poco difícil de explicar, señor. Ya había estado allí antes y me pareció que era como un fantasma. El lugar era el mismo, pero los rostros eran diferentes, y yo no encajaba allí. Pero esta vez no fue así.
Martin escuchaba atentamente, y el coronel se inclinó más adelante aún.
—Observó algo raro, ¿eh?
—No exactamente raro, señor. Distinto. Lo malo fue que yo me hallaba agotado y temo no haber sido demasiado observador. Lo primero que me pareció extraño fue que un estudiante al que no conocía se volviera hacia mí en plan de amistad y dijese: “Chico, no es posible soportar más, ¿eh? Además, ¿de qué sirve resistir? ¿Por qué molestarse?”
—¿Ocurrió eso cuando se dirigía usted a la universidad? —indagó el coronel.
—No, señor. Precisamente cuando me apartaba del quiosco de periódicos.
—¿Qué contestó usted?
—La observación se hallaba de acuerdo con mi humor y asentí. Pero luego me pregunté a qué se habría referido el estudiante. Por entonces íbamos ya andando hacia la universidad. Bien, repito que estaba cansado. Lo mismo que él. Apenas parecía capaz de mover los pies. Poco después, murmuró: “Quiero decir que de qué sirve”. No entendí de qué hablaba, pero como sus palabras reflejaban un poco mi estado de ánimo, repliqué: “Sé a qué te refieres”. Subimos a la colina y pronto nos dimos cuenta de que los dos íbamos a sitios diferentes. “Hasta la vista”, se despidió él. “Sí”, contesté yo.
—¿Estos fueron los únicos comentarios?
—Sí, señor. En sí mismos, poco significaban. Pero mientras ascendíamos por la colina, una media docena de estudiantes pasaron por nuestro lado, bajando. Todos parecían de mal humor, como si acabaran de recibir un puntapié en el estómago. Cuando yo entré, una joven salía por la puerta, y su expresión indicaba que había abandonado todas sus esperanzas respecto de la existencia. Bien, entré, observé el cambio de las clases y… —el teniente sacudió la cabeza—. No puedo describirlo. Pero llevaba conmigo una pequeña cámara, pues había pensado sacarle unas fotos a Janice, y en cambio saqué unas instantáneas de la universidad.
—¿Tiene la cámara aquí?
—Sí, señor. Yo… —se ruborizó levemente— creo que la he dejado en el antedespacho. Si pudiese…
—Naturalmente.
El teniente salió. El coronel miró maliciosamente a Martin, el cual sonrió sin decir nada.
Fuera se oyó una voz masculina, una risita femenina, y Schmidt reapareció con un estuche de piel. Se lo entregó al coronel, el cual extrajo la cámara, extendió los dos oculares alargando los soportes, colocó la palanquita en retroceso y miró por los oculares.
Schmidt, mirando aquello, recordó vividamente las fotos. La primera mostraba a una preciosa chica andando lentamente hacia él, delante de un grupo de estudiantes. La joven tenía una expresión muy sombría, y la cara húmeda, como por lágrimas. Pasaba por delante de tres estudiantes sin afeitar, sentados en los escalones del edificio. Era una joven magnífica. Los tres estudiantes se hallaban sentados con la cabeza entre las manos, contemplando tristemente el parque.
En la película había un sector de transparencia pálida, y luego la vista de un grupo de estudiantes de ambos sexos que deambulaban desmayadamente por el parque. A su paso dejaban caer, aquí y allí, una goma de borrar, un lápiz o una regla, sin que ninguno se molestara en recogerlo.
Otra zona transparente, y la fotografía de un estudiante de elevada estatura con una barba de tres días, afeitada en parte. Parecía como si todos los días hubiera pretendido afeitarse, abandonando el impulso poco después.
Diversas fotos presentaban escenas de la misma clase: chicos o chicas de ánimo ausente, que deambulaban solos o en grupos por el parque de la universidad.
El coronel Tyler volvió a contemplar las fotos, las dejó cuidadosamente dentro de la cámara, y miró a Schmidt.
—¿Toda la universidad estaba igual?
—Lo que yo vi, sí, señor. Me refiero a los estudiantes. No sé nada de los pedagogos o la administración.
—¿Y el resto de la población?
—El ambiente era extraño en algunos sitios, como si la gente se preguntara por qué tenían que molestarse. Pero en ningún lugar el ambiente era peor que en la universidad..
—Y los estudiantes que halló fuera del centro escolar, ¿presentaban los mismos síntomas?
—Sí, señor. Todos los que vi.
—¿Tiene alguna idea de la causa de esa tristeza?
—No, señor. Sólo que no es natural. Los de Tamar ya han atacado anteriormente las universidades por distintos procedimientos.
El coronel Tyler asintió pensativamente, devolvió la cámara al teniente y miró a Martin.
—¿Cuál es su teoría?
—Sólo que los de Tamar son los responsables de esto, señor. Ignoro cómo y por qué.
El coronel contempló el mapa mural del continente, con sus puntitos de distintos colores en el borde, representando las unidades de penetración enemigas desaparecidas y aún no localizadas.
—En cuanto al cómo —manifestó—, con seis unidades menos de las ochenta que normalmente destinan a este continente, tienen poder suficiente para causarnos graves problemas, aunque me gustaría saber cómo lo logran. —Volvió a mirar a Schmidt—. ¿Todo lo que descubrió se ve en esta película?
—Sí, señor. Entonces me pareció extraño, pero estaba bastante cansado, repito, y no intuí su significado. Volví a casa y me pasé el resto de los tres días reposando. No pensé en Tamar hasta haber dormido profundamente, y por entonces se me había terminado ya el permiso.
—En cuanto al por qué lo hacen… —reflexionó el coronel.
Sonó el teléfono. Tyler lo cogió.
—Al habla el coronel Tyler —escuchó—. Sí, entiendo. Entonces cree que merece nuestra atención, ¿eh? Sí, sí… El caso es totalmente nuevo para usted, ¿verdad? Sí, bien… Gracias, Sam. Adiós, adiós. —Soltó el aparato y sonrió—. Bien, caballeros, Reconocimiento está de acuerdo. Saben tan poco como nosotros de lo que ocurre, y no han tenido tiempo de efectuar verificaciones. Pero enviaron a un equipo con escudriñadores portátiles hace unos diez minutos, y la lectura ha llegado al final de la escala. —El coronel rió ampliamente—. Los hemos encontrado, caballeros. Y mañana les echaremos de aquí. Ahora, descansen y comprueben su equipo.

Descansar, para Martin, significaba dejar su despacho ―donde los informes oficiales se hallaban amontonados a respetable altura en la cubeta― y marcharse a su apartamento. El apartamento de Martin estaba en consonancia con las necesidades de una organización que recibía los fondos secretamente y que gastaba la mayor parte de los mismos en un costoso equipo de protección. Constaba de dormitorio, baño, una cocinita y lo que, en broma, llamaban el salón. Todo el conjunto era un cuadrado de unos seis metros de lado. El “salón” tenía unos dos metros cuadrados y estaba provisto de dos sillas de alto respaldo, una mesita de juegos plegable y un aparato de televisión alimentado con programas enlatados a través del cable.
Una persona con tendencia a la claustrofobia podía pensar muy pronto que los muros iban a emparedarlo. Las dos puertas de la estancia se abrían hacia dentro y quedaban colgadas del mismo lado de las paredes contrarias, produciendo una impresión de irrealidad. La cocinita era un poco mayor que el salón, pero estaba más atestada. El baño, en cambio, era mucho más pequeño.
La única habitación donde dos individuos podían cerrar las puertas y respirar simultáneamente sin chocar, era el dormitorio. Era bastante amplio y permitía moverse libremente por él. Daba al mismo el enrejado de la ventilación, lo que incidentalmente dejaba oír toda la noche diversos sonidos susurrados. Martin compartía aquel apartamento con Burns, su inmediato inferior, un recio capitán.
Burns se hallaba tumbado en su litera, con las manos cruzadas detrás de la nuca, los ojos cerrados, y una expresión desesperada en el semblante.
—Siempre la misma maldita cosa —murmuraba—. Estar como alocados durante seis semanas, sin recordar siquiera si estás o no de servicio, y luego Recon pierde a esos bastardos y durante las seis semanas siguientes no hay nada más que hacer que entrenarse y llenar formularios. Y de pronto… ¡blam! Recon vuelve a revivir y ¡hala! a trabajar como fieras.
—Esta vez no fue Recon, como tú les llamas —sonrió Martin—. Schmidt consiguió la noticia hace tres días, cuando estuvo de permiso.
Burns abrió los ojos.
—¿O sea que tropezó con ello por casualidad?
—Exactamente.
—¿Cómo ocurrió?
—Su chica le dejó y él vio que le sobraba mucho tiempo. Entonces se dirigió a su antigua universidad, situada en esa ciudad, y encontró algo muy raro…
Martin procedió a contar lo referente a las fotos y Burns se incorporó, frunciendo el ceño.
—Apatía, ¿eh? Pues no comprendo porqué Tamar emplea seis unidades en esto.
Martin abrió su gaveta, sacó una automática enfundada y la dejó sobre la litera.
—Tal vez no hayan empleado a las seis unidades ahí. Todavía no sabemos qué han conseguido con el asunto.
Burns asintió, se levantó y fue hacia su gaveta.
—Sigo sin ver el motivo.
—Tampoco yo —reconoció Martin—. Pero aquí están. Y deduzco que en cualquier momento pueden surgir conflictos.
Cuidadosamente, Martin sacó de la gaveta un estuche de color oliváceo con dos cables, luego un casco con un ligero abultamiento delante y una cajita blanca de plástico opaco. Lo fue dejando todo sobre la litera.
—¿De qué les sirve volver apáticos a los estudiantes de una universidad? ―continuó Burns―. ¿Y para qué? ¿De qué forma disminuirá eso nuestro rendimiento bélico? Los Tamar no poseen tantas unidades de penetración para permitirse el lujo de realizar tales actos sólo como diversión… —Frunció el ceño—. Y por otro lado, ¿cómo lo han logrado?
Martin se sentó en la litera y empezó a desmontar la pistola.
—Ahora hablas con sentido común.
—¿Cuántos estudiantes hay en esa universidad?
—Más de mil.
—¿Y todos están desalentados?
—Todos los que vio Schmidt.
—Las bolsas de gas —gruñó Burns— debieron llevarse el primer premio esta vez. Siempre intentan cierta clase de alisamiento, o un efecto multiplicador. Algo que supere el hecho de que poseemos mayor número de equipos y gente del que sus equipos de penetración pueden manejar directamente.
Cuidadosamente, Martin procedió a limpiar la pistola desmontada.
—Esta vez han conseguido el efecto multiplicador.
Burns meditó unos instantes, arrugando la frente.
—Sí, supongo que esto encaja con su método habitual. Si pueden, dominan a la gente en posiciones clave. En caso contrario, intentan conquistar o dominar a quien más adelante pueda hallarse en una posición clave. Como aquel lío de la Academia Espacial.
Martin engrasó ligeramente las distintas partes de la pistola y volvió a montarla.
—Desde su punto de vista, aquello fue ideal.
—Seguro. Dominaron a varios instructores seleccionados y les dieron falsa información que ellos, a su vez, trasladaron directamente a los futuros oficiales. Luego, al ser éstos oficiales con mando, habrían cometido terribles errores. Tuvimos suerte de descubrirlo antes de que las cosas pasaran a mayores.
Martin devolvió el arma a la pistolera.
—Sin embargo, el actual factor multiplicador es mucho peor. Aquellos cadetes a los que sabotearon, a pesar del efecto hipnótico de los de Tamar, resultaron afectados en sólo una categoría de sus conocimientos. Pero lo que han hecho ahora no creo que afecte a los conocimientos del hombre, sino más bien a su espíritu. Y cuando muere el espíritu humano, cualquier conocimiento resulta más o menos inútil.
Burns terminó de limpiar y engrasar su propia pistola y, como Martin, empezó a comprobar el funcionamiento de un pequeño interruptor situado justamente debajo del reborde de su casco.
—Sí, lo entiendo muy bien —asintió—. Pero sigo sin comprender cómo lo logran. Anteriormente, al individuo que conseguían dominar lo utilizaban directamente, dándole una orden desastrosa; o si era un instructor, por ejemplo, para impartir nociones falsas. También podían hacerle creer a un sujeto que el gas de sulfuro de hidrógeno tiene un olor terrible, pero no es venenoso. Esa es una noción falsa, pero no abate a nadie. Los de Tamar pueden enseñar falsas nociones diestramente seleccionadas. Y pueden hacerlo sin apartarse demasiado de la rutina general de una universidad. Es posible que nadie se dé cuenta. Pero… ¿cómo enseñan la apatía?
—Lo ignoro.
Frunciendo el ceño, Martin abrió el estuche blanco y sacó algo parecido a un puente dental, con dos brazos de acero inoxidable que sostenían una cápsula de un tono rojo obscuro. Se la metió en la boca, la encajó diestramente en una muela inferior, la palpó con la lengua, movió la cápsula, y la dejó reposar en la superficie de la muela. Luego, cuidadosamente, se quitó la cápsula de la boca.
—No sólo cómo la enseñan —observó—, sino cómo vuelven apáticos a todos los estudiantes de una universidad. Deben de poseer una especie de línea coordinadora de producción en masa.
Martin fue al cuarto de baño, lavó la cápsula en el grifo, la secó y volvió a meterla en la cajita. Al otro lado de la habitación Burns aún tenía la cápsula en la boca, y su rostro mostraba una expresión apenada cuando se la sacó.
Martin volvió a guardarlo todo en la gaveta excepto el estuche con los dos cables, y sacó un traje largo, de una sola pieza, color oliváceo, con guantes y botas bien forradas.
Burns cesó de mover la cápsula en su boca y entró en el cuartito de baño. Su voz llegó al dormitorio un poco amortiguada.
—Cuanto más pienso en ello, menos lo entiendo. El derrotismo se contagia, y pueden haber descubierto la forma de conjuntarlo y fortalecerlo. Pero… ¿con qué método? No hay cursillos de derrotismo.
—Naturalmente, deben de emplear otro nombre.
—¿Cuál?
—No lo he pensado todavía.
Martin se puso el traje, se subió la cremallera y abrochó cuidadosamente los dos conectores de ambos lados. Presionó un pequeño botón situado a un lado del estuche color aceituna, y dos diminutas lentes de un tono verde muy brillante aparecieron en la cajita, indicando que la batería estaba completamente cargada; luego se metió el estuche en un bolsillo del traje, conectó los dos cables a sus enchufes, cerró con la cremallera el bolsillo y procedió a abrochar los dos bloques conectores a ambos lados. En el lavabo, Burns seguía gruñendo sus opiniones respecto a los de Tamar, la guerra y lo que podría ocurrir al día siguiente.
—Tal vez mañana, a esta hora —observó Martin—, tendremos la dicha de saber que todo ha terminado.
—Ojalá no suceda lo que en el último embrollo. —Burns salió del cuarto de baño—. Lo siento, Mart. No quería hablar contigo mientras estabas forcejeando con el traje.
Martin refunfuñó y desenrolló la caperuza, que encajaba perfectamente, sin dejar visible más que dos agujeros para los ojos y otros dos para la respiración.
Cerró las cremalleras restantes, y abrochó los últimos conectores. Luego deslizó la mano enguantada a través del pecho, palpó el conmutador de presión situado bajo la tela, los finísimos cables y las diminutas unidades esferoidales que se juntaban formando una capa debajo del traje. Apretó el conmutador y miró hacia la litera adosada a la pared. Lentamente levantó la mano derecha, llevándosela sobre los ojos. No vio ni la mano ni el brazo. Sintió la presión de la mano sobre el tejido que le cubría el rostro, pero sólo vio la litera.
Dio media vuelta, alargó la mano hacia la gaveta y vio cómo el casco, aparentemente, iba hacia allá sin ningún soporte. Luego, se lo asentó firmemente en la cabeza, sintiendo cómo se juntaban y cerraban los bloques conectores del casco y la caperuza. Cerró la puerta del cuarto de baño, tanteó las puertas con los dedos a través de los guantes de su traje, y contempló cómo la puerta se cerraba sin razón visible. En la parte posterior de la puerta había un espejo de cuerpo entero.
Miró por el espejo, vio la gaveta y la litera de Burns al otro lado del cuarto, cómo Burns se ponía su traje, se subía la cremallera y cerraba los bloques; pero de sí mismo, Martin no vio nada hasta que se acercó mucho al espejo. Entonces distinguió lo único visible en él: dos puntitos negros, las pupilas de sus ojos.
Unos instantes más tarde, Burns se desvaneció y los dos hombres se comprobaron cuidadosa y mutuamente.
—De acuerdo —suspiró Martin—, nada visible.
—Lo mismo en ti.
Martin apretó el conmutador de presión. Casi al instante, Burns apareció de repente. Metódicamente ambos hombres se quitaron los cascos, los guardaron y empezaron a desconectar los bloques. Luego, colgaron los trajes en la gaveta.
Al día siguiente realizarían las mismas operaciones con la pistola, la cápsula, y otros objetos del apartamento.
—Todavía me gustaría saber —murmuró Burns—, cómo actuaron esta vez las bolsas de gas.
—La rueda del tiempo lo revela todo —sonrió Martin—. Aguarda veinticuatro horas.
—Sí —asintió Burns secamente—. Si todavía estamos aquí.

Al día siguiente, el coronel dio un breve discurso a su tropa antes de subir a la superficie.
—Caballeros, hoy tenemos que enfrentarnos con la clase más mortífera de ataque rastrero. Y no obstante, parece relativamente inofensivo. En esta situación existe un peligro que hemos subestimado y no podemos sufrir ninguna derrota. Creo que lo más conveniente es que repasemos brevemente nuestras experiencias anteriores, a fin de estudiar esta situación en su verdadera perspectiva.
Hizo una pausa y miró a Martin.
—Mayor, analice brevemente un ataque típico del enemigo.
Martin reflexionó velozmente.
—Su ataque típico consta de cinco fases. Aparentemente, la primera es un reconocimiento psicológico de fuerzas para decidir las tácticas futuras y comprobar la resistencia de varios puntos clave; para nosotros, tales puntos clave son algunos individuos que, de algún modo, gozan de posiciones sensibles. La segunda fase del ataque es el asalto psicológico para dominar un punto clave elegido. Su forma de lograrlo es un secreto; desde nuestro punto de vista, el individuo atacado experimenta presiones y molestias, tensiones y gran depresión.
Martin se aclaró la garganta antes de continuar.
—Si el individuo rechaza las sensaciones, si las elimina victoriosamente de su mente, si se niega a ceder, el ataque final fracasa o no se lleva ya a cabo. Aparentemente, el enemigo padece cierta lesión psíquica en el proceso, porque después de un ataque infructuoso hemos observado una disminución en las actividades enemigas. Pero si el ataque psicológico tiene éxito, se apoderan del punto clave. El individuo se resquebraja y a partir de entonces el enemigo controla sus acciones. Este control constituye la tercera fase en la que, si se trata de un funcionario gubernamental, adopta decisiones equivocadas, firma documentos fatales, y recomienda cursos de acción erróneos. Si es un profesor, implanta en los cerebros de sus alumnos falsas nociones y enseñanzas nocivas. Estos daños se ven reforzados por el efecto casi hipnótico de la personalidad, no del individuo en sí, sino de la entidad que posee el dominio psicológico.
»La cuarta fase del ataque es el efecto producio por las malas enseñanzas o las decisiones equivocadas, que al amontonarse nos dan la alarma, si antes no hemos observado nada anómalo, enterándonos de algo que ocurre. La quinta fase es la retirada. Nosotros poseemos todo el dominio de este planeta, y evidentemente somos muchos más que ellos. Utilizando técnicas avanzadas de electrónica podemos contrarrestar los ataques enemigos. Éstos inmediatamente se retiran, dejándonos en posesión del punto clave. Tras una breve espera, vuelven a atacar sobre otro punto clave, o sea, contra otro individuo. Mientras tanto, nosotros tenemos que rehabilitar al primer individuo y reparar todo el daño.
»En cualquier momento pueden producirse veinte ataques enemigos simultáneos en el mismo sector, excepto cuando han sufrido un rechazo, en cuya ocasión el número de ataques desciende a la mitad. De estos ataques, algunos nos pasan desapercibidos. El enemigo confía mucho en el disimulo y la ocultación, y a menudo tenemos que reconstruir después la secuencia de acontecimientos.
—Muy bien —aprobó el coronel. Se volvió hacia Burns—. Capitán, ¿cómo reconocen a un punto clave dominado, al individuo que se ha rendido a ellos?
—De dos maneras, señor. Primero, por la serie de incidentes perjudiciales causados todos por el mismo individuo. Accidentes industriales, por ejemplo, debidos a los estudiantes de un mismo profesor. Segundo, por una cualidad peculiar que incita a hablar al individuo cuando explica sus falsas nociones.
—Exacto. Bien, otra pregunta. Martin, ¿hacia dónde van dirigidos dichos ataques? ¿Cuál es el objetivo del enemigo?
—Los primeros ataques —dijo Martin, frunciendo el ceño—, los hacían aparentemente al azar, como los golpes dados por una persona provista de un látigo contra otra en una habitación a obscuras. Pero pronto los dirigieron contra los funcionarios clave del Gobierno, los legisladores y los oficiales de alto rango del Mando Espacial. Luego, los ataques se concentraron contra nuestra tecnología… directamente al principio, atacando a los jefes industriales y a los especialistas tecnológicos, y después indirectamente: a los estudiantes dedicados a estudios industriales. En cuanto al último ataque… —Martin meneó la cabeza—, parece estar dirigido contra todo un cuerpo estudiantil. Aunque, francamente, no entiendo cuál es su objetivo.
—Lo que nuestros enemigos están intentando —asintió el coronel— es encontrar un punto débil decisivo. Pero, como es de esperar, las posiciones clave en el gobierno, la industria y las fuerzas armadas las ocupan usualmente personas acostumbradas a sufrir presiones y dispuestas a resistirlas. Tras los relativamente pocos individuos que han sido dominados, descubiertos y sustituidos, el enemigo ensaya un nuevo plan de ataque. Dirigiéndose contra las universidades conseguirán un efecto multiplicador, aparte de ser un ataque mucho más fácil, aunque los resultados sean lentos en el tiempo. A los nuevos licenciados pocas veces se les concede, de buenas a primeras, cargos de gran importancia. Y las falsas nociones que se les imparten pueden dar como resultado algunos incidentes industriales molestos, de relativa importancia, que, de un modo u otro, sirven para descalificar a sus autores. Por tanto, es necesaria una nueva táctica. Lo que ahora trata de hacer el enemigo es atontar emocionalmente a todo un cuerpo estudiantil. Los golpes anteriores fueron apuntados contra el gobierno y la industria; este último ha sido apuntado contra las emociones de un numeroso grupo de personas.
El coronel hizo una pausa y Martin, por los murmullos de la estancia, comprendió que muchos habían comprendido el significado de la situación.
—Las actitudes —continuó el coronel— son contagiosas. Y básicas. Si a un hombre se le arrebata una herramienta de la mano, encontrará otra. Si un jefe le traiciona, buscará otro. Si le falla la tecnología, hará las reparaciones debidas. Pero si a un hombre se le quitan todas sus ilusiones, haciendo que todo le dé igual… —El coronel dirigió una mirada en torno suyo—. Bien, caballeros, ésta es una batalla que no podemos perder.
Ya en la superficie, Martin y los demás se dispersaron por el parque universitario, como una red invisible de ojos que vigilaban todas las clases y los despachos administrativos, unidos por pequeños transmisores de corto alcance colocados en sus gargantas y receptores en sus oídos. Escuchaban y vigilaban atentamente, hasta que la voz de un sargento llamado Cain resonó en el oído de Martin.
—Mayor, creo que lo he descubierto.
—¿Dónde?
—En el aula veinticuatro del edificio de Estudios Sociales.
Martin situó mentalmente el edificio en el mapa que había estudiado durante el trayecto a la superficie.
—De acuerdo. ¿Qué ocurre allí?
—Dan una conferencia sobre psicología elemental, señor, pero con todos los síntomas del ataque. La voz del conferenciante penetra directamente en los cerebros de los estudiantes. Lo que dice la voz resulta sumamente vulgar, tonto, improcedente. Y hay que luchar contra la voz, lo cual resulta difícil.
—Sí, ahí debe ser. Iremos hacia allá.
La voz del coronel resonó en el oído de Martin.
—Mayor Carney, disponga a sus hombres en posiciones que controlen el edificio de Sociales. Si el tipo intenta huir, lo marcaremos con una píldora de tinta. Usted dispondrá el accidente.
—Sí, señor —respondió la ávida voz del mayor Carney—. Lo atraparemos, señor.
—Mayor Martin, usted seguirá vigilando el resto de los edificios, pero llevará a su escuadra delante del edificio de Sociales. Creo que solucionar este asunto será extremadamente difícil. El sargento Cain saldrá tan pronto como se abra la puerta y aguardará junto a la misma. Usted, el capitán Burns y yo nos cuidaremos del caso.
La puerta del aula veinticuatro del edificio de Estudios Sociales se abrió como si estuviera mal cerrada y el viento la hubiera empujado. El coronel, Martin y Burns aguardaron la cuenta de tres y penetraron allí rápidamente, asiendo cada uno el hombro del agente invisible que iba delante.
A la derecha había hileras de estudiantes sentados. A la izquierda una enorme pizarra y una puerta cerrada. Cerca de esa puerta había un escritorio, y en el extremo más alejado del mismo se hallaba un individuo con expresión omnisciente y una voz que demostraba una mezcla especial de queja, alegría y triunfo.
El coronel, Martin y Burns se apartaron a un lado cuando el profesor dejó de hablar y miró a través del aula, y luego fue con paso decidido a cerrar la puerta de entrada. Cuando el instructor estuvo en la puerta, el coronel abrió camino hacia la parte trasera del escritorio, en el rincón opuesto de la habitación, donde los tres hombres se situaron de espaldas a la pared lateral, a la espera.
El instructor volvió a su escritorio.
Martin examinó brevemente el aula. Todos los alumnos mostraban una expresión embotada, un aspecto terrible, de cansancio o hastío. Muchos parecían hallarse en un trance cataléptico y estaban sentados completamente inmóviles, con la mirada dirigida al frente. El instructor retrocedió, contempló fugazmente unas cifras mal trazadas con tiza en la pizarra, y se enfrentó nuevamente con la clase. Su voz se alzó en un zumbido, como el de la avispa a punto de picar.
:—Ahora —manifestó—, resumiremos nuestras conclusiones.
Se volvió hacia la pizarra y con trazos decididos dibujó un par de toscas líneas horizontales, una encima de la otra. Con la mano levantada, hizo una pausa, y después con un rápido movimiento del brazo trazó el dibujo de otra línea descentrada en forma de huevo, entre las dos primeras. Encima de la línea superior garabateó una serie de signos de restar. Sus movimientos eran bruscos y exagerados, pero Martin observó que nadie de la clase sonreía ni cambiaba de expresión.
El instructor se volvió hacia los alumnos.
—Ésta es la situación humana básica. Aquí tenemos —golpeó el óvalo con la tiza— el ego. Y aquí —golpeó la línea superior—, la repulsión. Aquí —indicó la línea inferior—, la atracción. ¿Y el resultado? —Con trazos rápidos dibujó una flecha que apuntaba hacia abajo—. El ego baja. El ego es impulsado por la repulsión, y absorbido por la atracción. El ego carece de voluntad. No existe la voluntad. Sólo el deseo. El deseo está enraizado en el subconsciente. Nosotros no sabemos nada del subconsciente. Por tanto, el deseo que determina nuestros actos es una fuerza externa, no sujeta a nuestro control. Nosotros no controlamos el deseo. Es el deseo el que nos controla a nosotros. El hombre es una marioneta. El hombre debe alejar de sí toda hipocresía y admitir su falta de voluntad, su falta de alma, su condición inerme. Sólo existe el deseo y nada más que el deseo, el deseo, el deseo, sea de codicia, de lujuria…
La modulante voz se elevaba y bajaba de intensidad, haciendo impacto en cada individuo con un choque que se podía oír, y Martin tuvo la sensación de que se hallaba emparedado dentro de una habitación retorcida, donde todos los muebles estaban volcados, las paredes y el techo se juntaban en ángulos inverosímiles y las ventanas eran de vidrios distorsionados. Estaba asomado a un mundo de locura.
La voz del coronel, lenta y clara, sonó en sus oídos:
—Martin, sáquenle de aquí.
Martin presionó su lengua contra la base de la cápsula hincada junto a un diente inferior. Sintió cómo se elevaba la cápsula, encajando lisamente en el diente superior. Dio un paso al frente.
La voz susurrante proseguía, pero cuando Martin se detuvo a un metro del rostro ligeramente abotargado y cubierto con una película de sudor, y cuando levantó la mano hasta el borde de su casco, apenas tuvo conciencia de la voz. Martin apretó los dientes, sintió cómo se aplastaba la cápsula, se tragó el líquido acre y helado, y echó hacia atrás la palanquita que estaba colocada dentro del borde de su gran casco. Después, concentró toda su mente y su conciencia en el hombre que tenía delante.
Cómo o cuándo sucedió, Martin no lo supo, pero bruscamente tuvo conciencia del cambio de visión. Vio la clase delante de él en vez de a un costado, oyó el aparente cambio en el tono de voz, divisó la leve luminosidad, y pudo ver a través de unos órganos visuales nuevos, diferentes.
A un lado percibió un crujido de cuero y telas.
La voz continuó:
—…ninguna individualidad, y sólo complejidades. La psicología es una ciencia que se desmorona por sí misma, ya que no existe la psique. La psique es una ficción, el alma es una…
Luego, la voz calló de repente, como si aguardara nuevas órdenes.
Martin sintió una presión tranquilizadora en el hombro. Algo le rozó y oyó el rumor apenas perceptible de dos hombres que se llevaban a un tercero.
Martin, mirando a través del desconocido aparato visual, consideró brevemente el susto reservado a la personalidad a la que habían dado la orden de propagar una filosofía tan infecciosa. Naturalmente, lo “rehabilitarían”. Pensó lo que sentiría el individuo cuando, al volver en sí hallara que ocupaba un cuerpo extraño, con el cursillo tan difícil aguardándole. Tendría que hacer un enorme acopio de fuerza de voluntad y superar cualquier clase de obstáculo, sólo para escapar al dolor de la agonía. Tendría que construir lentamente el nervio y la determinación, mediante un ensayo, un fallo, una capa de agonía tras otra, hasta que su personalidad tuviese fuerzas suficientes para vencer el obstáculo final. Esto, a su vez, significaría que era ya bastante fuerte para protegerse contra otro ataque psicológico, y entonces se le podría confiar su antiguo empleo. La personalidad sufriría la amnesia de los incidentes del cursillo, pero le quedarían los reflejos y las actitudes. A Martin, que ya lo había pasado varias veces durante su adiestramiento, no le hubiera gustado la idea de empezar el cursillo con la noción de que el poder de la voluntad y el alma eran mitos innecesarios.
La puerta de la clase se abrió, como si estuviera mal cerrada y una ráfaga de viento la hubiese abierto. Martin aguardó un momento y cerró la puerta.
La clase continuaba inmóvil en sus asientos, esperando que la voz reanudase la conferencia. Martin volvió a la tarima y consideró brevemente el problema. El punto clave estaba en trance de ser rehabilitado, pero había que reparar los daños causados. Lo cual significaba un leve cambio en la presentación.
Examinó a los alumnos, se inclinó hacia delante y concentró en el problema toda su atención. Obediente, la voz resonó con energía. Las trivialidades empezaron a surgir.
—…Sí, la psique es una ficción. Un fantasma. Algo imaginario. Una reliquia del pasado, de las teorías antaño vigentes, algo divertido, pero vago, indemostrable, anticientífico. —Por todas partes, los lápices empezaron a tomar notas, y Martin intuyó la atención del auditorio concentrada en él—. Sí, una simple construcción de mentes precientíficas. Un mito. Una teoría. Sin demostración, aunque útil a sus creyentes. —Los lápices seguían garabateando notas—. Lo mismo que no se ha demostrado la existencia de la voluntad, tampoco se ha demostrado la de un Ser Supremo… pero atención: tampoco ha quedado indemostrada. Estos conceptos son precientíficos, como lo es el sol, y el sol no ha quedado indemostrado. El sol existe.
Los lápices continuaban escribiendo, y los pocos que no tomaban notas, seguían mirándole con la vista muy concentrada. Martin tuvo la impresión de que estaba alimentando a una calculadora con fragmentos de conocimiento, y que la máquina los aceptaba y acabaría actuando de acuerdo con los mismos.
Martin rebuscó en su memoria la primera parte de la conferencia, tratando de rechazar las ideas que le habían hecho pensar que se hallaba en un aula retorcida.
—Sí, el ego es impulsado por la repulsión y absorbido por la atracción. Pero la conciencia esencial del hombre no es el ego psicológico. El ego carece de voluntad. Pero la conciencia del hombre sí tiene voluntad. La voluntad no existe, porque la voluntad no es un objeto. Y no obstante, la voluntad existe.
Cuidadosamente, concentrándose en cada idea por separado, Martin fue repasando la larga lista, extrayendo conclusiones distintas, a fin de contrarrestar las del instructor. Tensamente, fue exponiendo sus ideas.
—El hombre es una marioneta. Su cuerpo se halla dominado por unas cuerdas llamadas nervios. Su cerebro es una máquina calculadora, formada de protoplasma. Visto así, el hombre posee complejidad y no individualidad. Y no obstante, el cuerpo y el cerebro no lo son todo. ¿Cuál es el observador que considera al cuerpo y al cerebro? La idea de un alma es anticuada, sin demostración precientífica, pero tampoco ha quedado indemostrada. Si hay una marioneta, movida por hilos, ¿qué es lo que mueve dichos hilos? ¿Qué explica ciertos cambios felices en el potencial eléctrico que controla la máquina de nuestro cuerpo y la calculadora de nuestro cerebro?
Incansablemente, fue destruyendo todos los anteriores asertos, en tanto el tiempo se iba alargando, y Martin seguía sudando, y los lápices iban tomando notas.
—…A medida que la psicología se convierte en una ciencia, ya no es psicología, pues la psique no existe para los actuales instrumentos de la ciencia. Lo que la ciencia no observa, no es posible archivarlo ni estudiarlo. Pero la psicología aún no ha salido de su infancia. Sus conclusiones son meros ensayos, no finalidades. Su falla en la observación no desaprueba la existencia de la cosa no observada. Un hombre con instrumentos inadecuados puede no detectar una estrella particular, pero la estrella sí está allí. El fallo estriba en el método, no en la estrella…
En algún momento de su discurso, Martin intuyó un cambio. Los lápices tomaban notas obedientemente, las miradas todavía estaban mal enfocadas, pero el aspecto de apatía había desaparecido. Martin comprendió que acababa de desterrar los fundamentos de las anteriores enseñanzas.
Empezó a hablar con más libertad, imponiendo a los alumnos la creencia en un alma, en una voluntad, en un carácter, y en el poder del hombre para luchar y eventualmente dominar los obstáculos. Sabía que, al terminar, ningún profesor de psicología reconocería aquella clase. Pero eso no le importaba. Una ojeada al reloj le dijo que sólo le quedaban unos minutos, pero el auditorio escuchaba atentamente y los lápices escribían con rapidez, y a medida que la manecilla del segundero se iba juntando con la de las horas, un recuerdo le advirtió a Martin que aquella clase debía concluir de una manera especial.
—Bien —manifestó, variando ligeramente el procedimiento—, pronto sonará la campana y todos os sentiréis totalmente despiertos. Saldréis de aquí conscientes de que poseéis un criterio, un poder de elección y una voluntad. Cuando suene la campana, estaréis completamente despiertos, frescos, llenos de energía.
El segundero se alineó con la otra manecilla del reloj. En el pasillo resonó una campana alegremente. Los alumnos se estremecieron, se levantaron y estallaron en un clamor de sonidos y energías. Apresuradamente, el alumnado corrió al pasillo.
Empapado en sudor, Martin se inclinó contra el escritorio. Ahora había que dejar que la explosión de energía se contagiara a los demás. Que la fe y la determinación compitiesen con la apatía, y a ver qué sucedía.
Martin sentía el alivio del que ve el éxito al alcance de la mano.
A su espalda resonó el leve chasquido de un pestillo. Martin recordó la puerta que estaba próxima al escritorio. Dio media vuelta.
Un hombre bien ataviado, de ojos penetrantes, estaba en el umbral, mirando directamente a los ojos de Martin. El joven comprendió que era el director del departamento.
Los dos hombres intercambiaron sendas miradas. El director del departamento no dijo nada, pero su intensa mirada y el sentimiento de una personalidad poderosa y dominante comenzó a dejarse sentir. Bruscamente, Martin experimentó una breve sensación de temor. Allí había un destello fugaz de miedo.
Podía ocurrirle algo siniestro.
La idea se afirmó poco después en su cerebro. El temor se cerró en torno suyo como una cadena de hierro. El corazón empezó a latirle tumultuosamente. Sintió humedad en las palmas de las manos, y las piernas débiles y temblorosas.
El director del departamento sonrió y dio un paso al frente.
En algún lugar en el interior de Martin, hubo la sensación del impacto de un objeto macizo al golpear contra un acantilado de granito. Se produjo la sensación de una tremenda sacudida… pero no ocurrió nada.
Martin siguió mirando fijamente los intensos ojos, enfocando su propia vista en la débil luz que parecía brillar en el interior de aquellos ojos.
Brevemente, una idea asaltó su cerebro: ¿Había sufrido esta entidad, fuera cual fuese, el equivalente del cursillo de rehabilitación a la inversa? ¿Se había visto impulsada a llamar en su ayuda la voluntad y los nervios un millar de veces, o a volver hacia atrás penosamente desde el principio, y volver a rehacer todo el camino? ¿Cuál era el límite de su resistencia?
Martin avanzó, concentrando su mirada en la lucecita débil, muy profunda en aquellos ojos.
De nuevo, experimentó la sensación de un choque mental. Durante un largo momento no ocurrió nada. Luego, se produjo una concesión lenta, pesada.
La luz no se movió en los ojos. Pero la sensación de ataque se debilitó y al fin cesó.
El director del departamento sacudió bruscamente la cabeza y retrocedió. Por un instante, Martin estuvo seguro de haber vencido. Cuando tuvo la certeza de ello, comprendió que se hallaba desequilibrado mentalmente. Volvió a experimentar la sensación de temor. La cadena de hierro imaginaria estaba aún fuertemente apretada contra su pecho.
El director del departamento levantó de nuevo la mirada, siempre con intensa luz en sus ojos. Miró directamente a las pupilas de Martin.
Esta vez, la sacudida y el choque fueron más fuertes. La habitación temblaba a su alrededor.
Martin comprendió que se hallaba sometido a dos presiones a la vez. Una, del hombre que tenía delante, la otra desde lejos. Con un esfuerzo violento de su voluntad, luchó para mantenerse consciente. De nuevo, no ocurrió nada. Pero esta vez la ansiedad aumentó, cada vez más fuerte.
Se oyó de pronto un crujido de telas. Martin, con la mirada acuosa, aunque todavía fija en el hombre que tenía delante, comprendió vagamente que ninguno de los dos se había movido.
De nuevo, se oyó un arrastre de pies.
La presión aumentó hasta que Martin vio a través de un halo rojo. La sangre martilleaba en sus oídos, y no podía respirar. A través de un mar de agonías, luchó para estar despierto.
Luego, algo se rompió.
La sensación de presión descendió hasta una fracción de la primitiva, y luego trató de reafirmarse. Martin respiró hondamente y su visión se aclaró. Rompió la ilusoria cadena de hierro y apartó de sí toda la masa de pensamientos que luchaba por conquistar su cerebro.
Ante él, el director del departamento se tambaleó. Martin le miró fijamente, sin saber qué había ocurrido. Luego observó el cambio en los ojos, como si una personalidad diferente hubiese entrado en el cuerpo.
Hubo una breve compresión de la tela en su manga, cerca del hombro del director del departamento, como si una mano invisible le asiera de manera tranquilizadora.
Martin intuyó que cuando el coronel planeaba un ataque, lo planeaba muy bien. Después de haber agotado al enemigo, el coronel actuaba. Sonrió. Las bolsas de gas habían perdido el tiempo. Y la cosa aún no había terminado.
La razón de su rápido progreso original estaba ya muy clara.
Controlando la fuente del conocimiento psicológico supuestamente válido, el enemigo había conquistado una oportunidad para sabotear la formación de cada estudiante en el curso regular de su educación. Luego, mediante la fuerza combinada de sus erróneas creencias, los individuos saboteaban inconscientemente a otros, aumentando así los efectos.
Con algún tiempo más, la catástrofe habría tenido unos límites insospechados. Pero ahora, utilizando sus propias técnicas, sería posible construir exactamente las actitudes opuestas a las que el enemigo pretendía. Mientras tanto, los instructores previamente apresados tendrían que pasar por el cursillo de rehabilitación. Regresarían con amnesia, pero continuarían fijas en ellos las actitudes y los reflejos. Cuando el último milagro de la hechicería electrónica hubiese devuelto a cada uno de ellos nuevamente su personalidad, el daño quedaría borrado.
Martin apoyó los nudillos sobre la mesa y se enfrentó con los nuevos alumnos que iban llenando la clase. Bruscamente, pensó por un momento en el espadachín de las historias antiguas, y en aquella clase de batallas totalmente diferentes, y miró a su alrededor con una sensación de extrañeza ante el ambiente sosegado, pacífico y armónico. Luego, sacudió la cabeza.
Esto era diferente.
Aunque igual de mortal.

domingo, 12 de abril de 2020

Enzo Pugliese

Enzo Pugliese es un joven poeta y su poesìa es asì, joven. Ha tenido la amabilidad de compartir su poema -por cierto, potente- y agradezco su colaboración.  
 
Pequeña hormiga cargando su vida
al viento, al viento....
Que no llueva, que no llueva
no hay refugio
el viento, el viento
Y el alboroto de ecos rotos murmurando finales predichos
todos se pospusieron
Señales de destinos en caminos densos
No me gustan algunos hormigueros
Señales de destinos inversos desapercibido lo inmenso
pupilas dilatadas del gusto proyectado
enfoque panoramico, sueño lucido
El viento, el viento
Ya no me vuela
puedo hacer de alguna que otra grieta mi refugio 
pupilas dilatadas del gusto proyectado
desde adentro hacia fuera
Andaría por lugares
después de brotar por alegrías de esperanzas secas
no riego lo pavimentado
el calor les abrirá sus propias grietas
el calor se llevara algunos cuantos charquitos
y las nubes se entregaran
a la grieta que te espera
y como destellos
se pestañea la fuga
de pesados pensamientos
Y brota y brota
crece y crece
raíces, flores y frutos
Pero siempre con espinas
para los sentidos muertos
torpes pies tropezando
con raíces
Trampas
enredaderas
para el contaminado creyente
de una pantalla transmitiendo la vida prometida del confort
No autoridad.

El ejecutivo

                                                         El ejecutivo
                                                        William Blau





D¡game, se lo ruego,
šcu l es el camino hacia Londres?
Esta noche debo estar all¡.
Oh, camine usted cien millas
y tuerza a la izquierda y luego a la derecha;
despues todo recto, despues en zigzag
suba, baje, y a paso r pido
llegar  en seis meses
no lejos de Londres.
Mother Goose (Cancionero infantil)

1

Kurt Insel est  llegando a los cincuenta y se siente cansado. Hoy no quiere ir a su oficina. Est  sentado en la salita de su peque€o apartamento, con su te y sus bollos ante el, sobre la mesa inundada de Sol, y le ha venido el pensamiento de que nunca, en todas las ma€anas de todos los a€os que ha estado en la compa€¡a, ha querido ir all¡. Es un pensamiento que le parece extra€o, despues de tantos a€os. Juega con la cuchara del azucarero de desva¡da porcelana de Dresde, d ndole vueltas en un sentido y en otro como si quisiera verla desde todos los  ngulos, como a su idea.
šQue pasar¡a si no fuese? El solo pensamiento era suficiente para que el departamento le inculpase de deslealtad, caso de que este pudiera saberlo. El castigo, aunque no est  especificado en las Normas ejecutivas, es terrible, y la sentencia tan remota, y eterna como el mismo departamento. l hab¡a o¡do de otros casos... extra€as desapariciones nocturnas. Un d¡a un hombre se sienta detr s de su mesa, tan vivo como el, con los mismos pensamientos, esperanzas y placeres, y al d¡a siguiente no est  -una mesa vac¡a, una oficina silenciosa-; el hombre se ha desvanecido sin dejar rastro. šQue les ha ocurrido a estos hombres? Kurt deja la cuchara sin revolver el te. A£n no piensa tomarlo.
El Sol alarga un poco m s la mara€a de sombras sobre la mesa, mientras el sigue pensando. Ya se ha hecho tarde. Tira el te al fregadero, y luego envuelve los bollos y los coloca cuidadosamente en un estante del armario. Despues comprueba el contenido de su cartera, se echa sobre los hombros la chaqueta de la compa€¡a y, tosiendo a causa del primer cigarrillo, deja el apartamento.
Llega al complejo amurallado y se dirige al edificio de la compa€¡a. Suspira agradecido al llegar ante las pesadas puertas de bronce que se abren al primer vest¡bulo, pues el Sol de invierno, m s intenso siempre en el centro de la ciudad, le ha dado todo el tiempo en los ojos produciendole dolor de cabeza. Sujetando firmemente la cartera, se adentra en la confusi¢n de la enorme habitaci¢n cubierta de murales. Masas dispersas de gente le obstruyen el camino. Hombres, mujeres, bedeles y gu¡as se le ponen delante. Los primeros grupos de trabajadores que se dirigen a la cafeter¡a le atropellan al pasar. Empuja a algunos y pide disculpas a otros, entrando y saliendo de las masas humanas en su camino hacia la gran escalera de m rmol que conduce al segundo vest¡bulo. Teme no llegar nunca a los ascensores, pasar el resto de su vida en lucha con la gente que va en direcci¢n contraria, hasta cuando llegue por fin a la puerta del ascensor, caer muerto entre los pies siempre m¢viles que pisar n los bordes de su abrigo y arrojar n su cartera, in£til ya, de un lado para otro.
Pero Kurt llega, como siempre, a los ascensores. Camina a lo largo de una hilera de puertas hasta llegar a una con la indicaci¢n de su piso y entra en ella. Cuando la puerta se abre, el sale r pidamente, seguido por otros cuyos rostros le son vagamente familiares, despues de tantos a€os de estar en la compa€¡a.
Al fin, solo en medio del pasillo, suspira y deja caer los hombros, y afloja la presi¢n sobre el asa de la cartera. Ahora s¢lo hay que cruzar la primera oficina, pero esta ma€ana ya se siente agotado.
Se quita el polvo de la cara con el pa€uelo, se aclara la garganta, se mira las u€as, alisa el abrigo de la compa€¡a y se cala el sombrero hasta que el ala le cubre la frente.
Oprime la cartera bajo el brazo y abre una puerta en la que hay escrito en pretenciosas letras doradas:

KURT INSEL, HAROLD FENSTER
CORRESPONDENCIA

El fragor de la primera oficina se detiene bruscamente cuando entra, y cien pares de ojos se levantan hacia el. Baja la vista hasta unos pocos cent¡metros por delante de el, tal como lo prescriben las Normas ejecutivas y empieza el largo camino por el pasillo que forman los peque€os escritorios y que se extiende casi hasta donde alcanza la vista, hasta la peque€a puerta de madera en la que hay escrito, simplemente:

Kurt Insel

Tarda tanto en pasar frente a los escritorios, que cree haber dejado atr s su despacho y haberse perdido. Detr s de cada escritorio se sienta una muchacha an¢nima, y cada muchacha le da un informe diferente. Por supuesto, no les contesta. Es parte de sus funciones darle estos informes cada d¡a, aunque el no puede imaginarse lo que har¡a con ellos.
Kurt mantiene su rostro oculto bajo el sombrero hasta que llega a su puerta, la abre y la empuja con un suspiro. La oficina es muy buena, muy confortable. Las peque€as paredes no est n abiertas por ninguna ventana. Kurt ya no echa de menos una ventana. Una ventana har¡a que su oficina fuera una mera extensi¢n del Mundo exterior. Sin ventanas, la oficina es, por lo menos, s¢lo para el. Kurt es una parte de ella. Cada persona tiene un sitio en la compa€¡a y este es el suyo.
Se quita la chaqueta de la compa€¡a y el sombrero, y los deja con cuidado sobre un sill¢n que hay en una esquina. La compa€¡a no quiere nada fuera de su sitio, y el es el responsable de ello. Va hasta su escritorio y se sienta despacio. Todo est  como debe estar. Las grandes pilas de papel procedentes de todos los comites y de todos los departamentos, que contienen todos los asuntos de la semana anterior, le est n esperando. Con ellos har  un Informe resumido que estar  listo a mediados de semana. Entonces lo enviar  a una de las muchachas de fuera, la cual lo mecanografiar  y lo enviar  a su vez al departamento de multicopistas, de forma que la semana pr¢xima habr  una copia de el en cada escritorio de la compa€¡a. Algunas veces, en pleno trabajo, le llegan correcciones, de forma que tiene que tirarlo y empezar otra vez, y Kurt piensa cuan in£til es su trabajo, ya que, aunque no haya correcciones, el informe no sirve para nada cuando llega a manos de los empleados. Pero la funci¢n de Kurt no es hacer preguntas sobre su trabajo, sino llevarlo a cabo, as¡ que coge el primer papel del mont¢n y lo pone frente a sus ojos. Una vez hecho esto saca la llave del bolsillo de su chaleco, y abre los cajones de su mesa, y vuelve a guardarse la llave.
Todo est  siempre como el lo deja: sus papeles, sus chucher¡as, sus frasquitos y sus fotograf¡as, sus cigarrillos. Todo en orden. Kurt enciende un cigarrillo, satisfecho, y saca sus cinco l pices del caj¢n central y los dispone sobre el escritorio.
Empieza con la primera hoja y ve que es de la oficina de comunicaciones, la que est  m s ¡ntimamente conectada con el departamento mismo, y considerada el registro m s fiel de lo ocurrido en el departamento durante la semana. Kurt tamborilea con los dedos sobre el papel unos momentos. El mismo departamento puede haber escrito parte de esto. ­Que grande, que remoto es todo esto! No hay nadie que sepa nada sobre el departamento, ni siquiera Fenster, el otro ejecutivo que tiene la oficina de al lado, cuyos contactos funcionales con el Mundo exterior y su mayor conocimiento de la compa€¡a y de la base en general, Kurt admira tanto. Algunos dicen que el departamento est  en Zurich, o en Krakov, pero eso no hace m s que aumentar el misterio. Fenster dijo una vez que el cre¡a que el departamento estaba all¡ mismo, en el edificio de la compa€¡a, pero Kurt no puede creerlo. Si fuera verdad, špor que nadie lo ha visto nunca?
l piensa con frecuencia en el departamento. Piensa en las fant sticas descripciones que ha o¡do -unas veces lo han descripto como un grupo de ancianos con grandes barbas blancas, y otras como seres sin nombre que montan en animales-. Ha o¡do tambien, sin hacer caso de ello, el rumor de que el £ltimo miembro del departamento muri¢ hace generaciones, y que este ya no existe desde hace cientos de a€os. Kurt no acepta estos rumores despues de pensar en ellos con un poco de l¢gica, pero aun as¡ no puede estar nunca seguro. Aun cuando enviara un bedel para que se informara y este tuviera todo el resto de su vida para ir, no llegar¡a nunca al departamento, dada la distancia que hab¡a de por medio. Pero el hecho de pensar en el departamento era una futilidad. Kurt pone a un lado el informe de la oficina de comunicaci¢n, ya que a este nunca se le hacen correcciones, y coge el siguiente.
Va pasando la ma€ana, y el mont¢n de papeles a la izquierda de Kurt sube poco a poco. Coge otro papel del mont¢n de la derecha y, deteniendose, lo examina con cuidado. La hoja es azul, y todas las dem s que ha visto son blancas. Lee, en la parte supeperior:

Memor ndum de la Oficina de Quejas

El resto de la hoja est  completamente en blanco.
®šOficina de Quejas?¯
Kurt deja la hoja sobre la mesa, intrigado. Trata de hacer memoria, pero no puede recordar haber tomado nota de aquella oficina o haber visto nunca una hoja azul. Posiblemente es una oficina nueva, eso ser . Sin embargo, en el informe de la oficina de comunicaci¢n, el no ha le¡do nada sobre el establecimiento de ninguna nueva oficina.
Kurt se echa hacia atr s en su silla y golpea en la pared que le separa de la oficina de Fenster.
-Fenster -dice-. šQue es la Oficina de Quejas?
-šQue? -grita Fenster.
-Digo que que es la Oficina de Quejas. šEs algo nuevo?
La hoja azul parece completamente fuera de lugar sobre su escritorio. No sabe que hacer con ella.
-šLa Oficina de Quejas? No, no es nueva. Ha existido siempre, por lo que yo recuerdo.
-šS¡? -pregunta Kurt, intrigado-. šCu l es su funci¢n?
-Recoger las quejas de la compa€¡a. šPor que? -pregunta Fenster.
Kurt piensa un momento.
-...Debo asegurarme de que mi departamento siga sin saber lo. que es -dice r pidamente, esperando que su voz tenga una nota de autoridad; luego se calla, no hay respuesta de Fenster.
La idea es inquietante. Las ramificaciones de la compa€¡a son extensas. Alcanzan a todas las casas y todas las habitaciones. No se puede pensar de ninguna manera que alg£n empleado -y menos un ejecutivo- tenga quejas contra la compa€¡a, porque la compa€¡a es buena. Pero la compa€¡a debe tener muchas quejas contra sus trabajadores. La Oficina de Quejas es el l¢gico centro nervioso que resume dichas quejas. Kurt recuerda lo que sinti¢ esta ma€ana en el apartamento y se pone de tan mal humor que es incapaz de seguir trabajando hasta las doce.

2

Despues del almuerzo, Kurt se pone a trabajar de nuevo con la pila de informes. El siguiente es del Departamento de Muchachas An¢nimas. Nunca hay nada inteligible en este informe, as¡ que lo tira a la papelera y enciende un cigarrillo. Como siempre, la papelera est  vac¡a y el cenicero est  limpio. Esto siempre ha sido algo turbador para Kurt, lo mismo que para los otros. La idea de que alguien m s en el edificio tenga una llave de las oficinas ha sido causa de m s de una neurosis entre los ejecutivos. šQuien ser¡a? šEs alguien enviado por el departamento para que compruebe sus actividades cuando se han ido? Si esa persona tiene una llave de las oficinas, puede que tambien tenga una llave de los escritorios, puesto que los escritorios son suministrados por la compa€¡a. Kurt se siente inc¢modo. Aun cuando el trabajo de esa persona consista solamente en vaciar papeleras y limpiar ceniceros cuando ellos se han marchado, šque m s har  all¡ sola, en aquel mundo obscuro de habitaciones vac¡as, cuando nadie la mira? A ninguna persona le satisface pasarse la vida vaciando solamente papeleras y ceniceros. šCu l es su verdadera funci¢n en el edificio vac¡o? Quiz  se contente con sentarse tras los escritorios mientras los ejecutivos duermen. Pero entonces, šque hay de esas oficinas que de pronto aparecen desocupadas? Por primera vez se siente inc¢modo en la peque€a habitaci¢n.
Da la vuelta a la mesa y la examina cuidadosamente. Entonces ve algo: algo semejante a un ojo que le mira desde el suelo, junto a la pata de la mesa. Permanece aturdido unos instantes, y luego adelanta cautelosamente un pie y golpea aquel objeto. Este sale dando vueltas por el suelo y se detiene contra la pared. Va hacia el y lo recoge. Es un bot¢n. Un horrible, vulgar y usado bot¢n de n car.
Ya no hay ninguna duda, y la prueba es casi un alivio, al principio. Se sienta tras el escritorio y pone el bot¢n frente a el, sobre el papel secante. Una teor¡a empieza a tomar cuerpo en su mente: una persona viene por las noches, s¡. šPero lo sabe la Oficina de Quejas? šVisita esta persona otras oficinas tambien? Kurt decide guardar el bot¢n como evidencia. Pero la persona no debe saber que el lo tiene. Abre el caj¢n superior de la derecha y lo deja dentro, poniendo un secante encima; luego, con la llave, cierra el caj¢n.
Al d¡a siguiente no abre el caj¢n, pero no puede dejar de pensar en el bot¢n durante toda la ma€ana.
Mientras se mueve lentamente a lo largo del mostrador, a la hora del almuerzo, con su bandeja de comida, en la cafeter¡a del primer s¢tano, ve a Fenster un poco m s adelante, en la cola. Quiere hablar con el. Si alguna vez ha querido ver a Fenster con urgencia es ahora. Le hace un saludo con la mano. Fenster se lo devuelve y sigue adelante para recoger los postres. Kurt le indica una mesa y Fenster asiente con la cabeza. Kurt decide ir con mucho cuidado al abordar el tema. Quiz  sea el primero en tener una prueba de la presencia de la persona nocturna. Quiz  no debiera cont rselo a nadie, y mucho menos a Fenster, de quien Kurt ha sospechado siempre que es un esp¡a de la compa€¡a. Pero, al llegar a los postres, Kurt no puede contenerse m s.
-A prop¢sito, Fenster... -empieza-. Hay algo raro... encontre un bot¢n, un bot¢n de n car, en el suelo de mi oficina, ayer por la ma€ana.
Fenster levanta la vista hacia el un momento y luego la vuelve a posar en su pastel de queso.
®šPor que este silencio? -se pregunta Kurt-. šQue significa?¯
-S¡. Un bot¢n, šte imaginas? Ja, ja, ja...
-imagino que ser  de la se€ora Unter -dice Fenster, limpi ndose la boca con la servilleta.
-šLa se€ora... Unter? -repite Kurt.
-S¡. La mujer de la limpieza. Viene por las noches.
Kurt pierde el apetito. ­Fenster lo sabe! ­El bot¢n no le sorprende!
-šQue te ocurre, Insel? -oye que le pregunta la voz llana de Fenster-. Creo que necesitas unas vacaciones -en una mesa vac¡a ve a un hombre alto y p lido que le observa intensamente.
-Soy un... me encuentro mal -tartamudea Kurt, levant ndose de la mesa.
Tiene que salir de all¡ y volver a su oficina, donde pueda pensar. ­Fenster lo sabe! De pronto, lo ve con claridad. Siempre ha estado all¡, pero hasta que ha tenido ante sus ojos la hoja azul no lo ha visto claro. šPor que las oficinas no tienen ventanas? šPor que hay dos ejecutivos en su departamento? šLe permite la compa€¡a existir mientras no se haga esa misma pregunta? šSe desprende la compa€¡a de un empleado desleal y lo aisla para su propia protecci¢n y para frenar su irritaci¢n, asegurando la continuaci¢n del trabajo de este empleado por medio de una duplicaci¢n sin imperfecciones? Y Fenster, d ndole suficiente informaci¢n como para destruir su seguridad, prepara astutamente su salida y se dispone a trabajar tranquila y eficientemente, no hay duda, cuando llegue su final.
S¢lo son las doce y media, la oficina exterior est  vac¡a, pero el cierra su puerta y apoya la cabeza en sus manos. El nombre de la persona es se€ora Unter. El nombre conjura visiones de gruesos y toscos brazos y de facciones pesadas e informes. Y es una limpiadora. šQue hay detr s de esa frase? ­Una limpiadora! šQue prop¢sito se esconde tras esa funci¢n cuando ella entra en el edificio por la noche? Cuando s¢lo funcionan las luces de emergencia y las oficinas est n vac¡as y obscuras...

3

Son casi las diez cuando llega a su escritorio a la ma€ana siguiente, dispuesto a hundirse en el trabajo.
A las once nota un intenso calor en el codo. Lo levanta del escritorio y ve una luz brillante que sale del caj¢n superior de la derecha. Va a abrirlo y se quema los dedos en el tirador. Saca un pa€uelo y abre el caj¢n. All¡ est  el bot¢n, brillando a traves del secante y llenando de luz el caj¢n. Aterrorizado, introduce la mano en el caj¢n y coge el bot¢n. Est  tan fr¡o como cuando lo puso all¡, pero brilla intensamente. Le empieza a arder la mano. Abre r pidamente el caj¢n inferior, tira dentro el bot¢n y vuelve a cerrarlo con llave.
De vuelta del almuerzo casi tiene miedo de entrar en su oficina. Cuando lo hace no hay se€al de luz en el escritorio, y aunque lo observa cuidadosamente toda la tarde, el caj¢n permanece obscuro. Al final del d¡a abandona la oficina sintiendose exhausto.
Al d¡a siguiente es jueves. Puede ver una luz tenue en el caj¢n inferior en cuanto entra en su oficina. Sin quitarse siquiera el sombrero, corre hacia el escritorio y abre el caj¢n. No hay ning£n error. El bot¢n brilla m s intensamente que nunca. Kurt saca febrilmente el contenido de los dem s cajones y lo arroja sobre el bot¢n, cerrando luego el caj¢n de golpe. El resto del d¡a lo pasa esperando, sin bajar siquiera a comer.
A la una ha empezado a brillar otra vez, y a las tres la luz es tan fuerte que le duelen los ojos si lo mira directamente. Se acercan las cinco. Si lo deja all¡, brillando, se habr  desvanecido toda la esperanza.
Desesperado, coge la papelera y sale a la oficina exterior. Evitando los ojos de las muchachas an¢nimas, llena la papelera en el dep¢sito de agua fresca. De vuelta a su despacho, ve a Fenster apoyado en la puerta del suyo, fumando un cigarrillo y observ ndole.
-šQue est s haciendo ahora, Insel? -le pregunta.
Pero Kurt pretende no verlo, entra en su oficina y cierra la puerta. Entonces abre el caj¢n inferior donde est  el bot¢n, tira el agua dentro y vuelve a cerrarlo de un golpe. La luz desaparece y Kurt r¡e, aliviado. El agua empieza a filtrarse y a caer en el suelo, pero a Kurt no le importa nada mientras no brille la luz.
El viernes por la ma€ana abre la oficina y la encuentra llena de luz. Horrorizado, corre al caj¢n inferior, donde la luz es m s intensa. Da vuelta a la llave y, cogiendo el tirador, trata de abrirlo, pero no se mueve. Tira m s fuerte, sujetando el escritorio, pero el agua que arroj¢ ha hinchado la madera y el caj¢n no se mueve un mil¡metro. Le domina el terror y corre por la habitaci¢n tratando de escapar de la luz, pero no hay donde esconderse. Debe atacar antes de que le ataquen. Decide ir inmediatamente a la Oficina de Quejas y tratar de poner en su conocimiento todo el asunto. No puede continuar, tal como est n las cosas, y si lo que piensa es verdad, estar n esper ndole.
Pero todos sus papeles y l pices est n en el caj¢n inferior y no puede cogerlos. Sale de su despacho cerrando la puerta tras de s¡, y entra en el de Fenster. Este baja la revista que ha estado leyendo y le mira, interrogador.
-Tengo un asunto urgente -balbucea Kurt- y est n desinfectando en mi oficina. Me pregunto si podr¡a usar tu escritorio un momento.
Fenster contin£a sentado unos momentos, considerando lo que puede haber de verdad en las palabras de Kurt. Luego se levanta, encogiendose de hombros. Kurt se sienta y pone en orden sus pensamientos. Un abordaje bien llevado puede significar media victoria. Debe, pues, abordar a la Oficina de Quejas de una forma correcta. Debe ingeni rselas para que su carta parezca la de un ejecutivo, es decir, de una persona importante, y tambien para que demuestre que el es humilde y no cree en su propia importancia. Finalmente, coge una hoja de papel y escribe:

®Distinguidos se€ores:
¯El reciente comunicado de la Oficina -fechado el £ltimo lunes-, ha establecido su validez para el que suscribe.
¯En consecuencia, el que suscribe podr  disponer de una porci¢n de su tiempo para registrar un caso que concierne a la mencionada Oficina.
¯Uso para reforzar mi petici¢n, las palabras de Walt Whitman: "No me cerreis las puertas, nobles Dependencias."
¯En consecuencia, el abajo firmante conf¡a en su buena disposici¢n y queda de ustedes, suyo afect¡simo,
¯KURT INSEL, ejecutivo.¯

Mientras relee su carta con satisfacci¢n, se da cuenta de que Fenster est  inclinado sobre su hombro, as¡ que la mete r pidamente en un sobre y pone la direcci¢n.
-Veo que escribes a la Oficina de Quejas -dice Fenster, todav¡a inclinado sobre su hombro.
-...S¡ -Kurt est  ocupad¡simo en cerrar el sobre.
-šCu l es el problema? -pregunta Fenster en tono descuidado.
Kurt sigue sin mirarlo.
-He solicitado una entrevista -dice por fin.
-Ah...
Kurt no sabe si esto es una pregunta o un signo de conformidad.
-Presento una queja contra la se€ora... Unter -se siente forzado a a€adir.
-­Muy bien! -exclama Fenster-. ­Creo que es una buena idea!
-šS¡? -inquiere Kurt, sorprendido.
-S¡. Creo que debes hacerlo.
-šPor que?
-Cuanto antes mejor -prosigue Fenster, ignorando la pregunta de Kurt-. Dame, la enviare yo mismo -arranca el sobre de las manos de Kurt y lo deja solo en la oficina.
Kurt recuerda el comportamiento de Fenster durante aquel almuerzo y quisiera recuperar su carta. Pero es demasiado tarde. No puede.
Vuelve a su despacho, asustado por lo que acaba de hacer.

4

Lunes por la ma€ana. Son m s de las once cuando consigue llegar a su oficina, despues de atravesar el gent¡o de la planta. El resplandor que inundara su oficina el viernes por la tarde ha desaparecido por completo, y la habitaci¢n est  a obscuras. Enciende la luz y ve sobre su escritorio una hoja de papel con un membrete:

OFICINA DE QUEJAS

impreso en su parte superior.
El papel dice:

®Al se€or Kurt Inzip, del se€or Nass: Presentese por favor en la Oficina de Quejas el lunes por la tarde a las tres en punto.¯

No hay firma.
Kurt est  en ascuas mientras espera que lleguen las tres. A mediod¡a no siente apetito y no puede tomar el almuerzo. La nota le hace sentir escalofr¡os. Ni siquiera su nombre est  escrito correctamente. No hay duda ya de que Fenster est  mezclado de alguna forma en todo esto. Quiz  sepa lo del £ltimo lunes y haya informado sobre el.
A las tres, Kurt toma el ascensor y se dirige al £ltimo piso, donde se encuentra la oficina.
Sale del ascensor y camina a lo largo de un polvoriento corredor que necesita una mano de pintura. El corredor est  junto a una de las paredes exteriores del edificio, en la que se abre una fila de ventanas. Escucha el viento, que a estas alturas siempre sopla haciendo temblar los polvorientos cristales. La altura que se percibe desde las ventanas le marea, as¡ que anda casi pegado a la amarillenta pared de la derecha. Hay una sola puerta en todo el corredor, y al final de este, un viejo radiador y un barril lleno de papeluchos. Hay muchos trozos de papel por todas partes, y algunas c scaras de naranja. En la puerta figura el n£mero 35.001 y debajo, en un dorado tan desva¡do que apenas se pueden leer las palabras:

OFICINA DE QUEJAS - NUNCA CERRADO

Kurt da unos golpecitos. No hay respuesta. Abre la puerta y ve una inmensa habitaci¢n, de una altura equivalente por lo menos a dos pisos, que ocupa la extensi¢n de toda la planta y cuyo interior est  iluminado por una media luz rojiza, como una estaci¢n de ferrocarril. En la pared de la derecha, alt¡simas, dos ventanas dejan caer la tenue luz rosada de la tarde a traves de sus cristales obscurecidos por el polvo. Todo el techo es una c£pula a dos pisos de altura; la c£spide del edificio; Kurt puede sentir el viento aullando en el exterior. Del mismo centro de la c£pula desciende una largu¡sima cadena de la que cuelga una vieja l mpara mortecina.
La habitaci¢n est  fr¡a, especialmente a la altura del liso suelo de cemento, donde el viento forma una corriente. En la pared de la puerta y en la opuesta a la de las ventanas, hay una desordenada hilera de sillas tapizadas de cuero con brazos de madera. El cuero est  viejo y desgarrado, y el relleno sale por algunas aberturas. A lo largo de todas las paredes hay montones de papeles, de jirones de tela y de otras basuras, y junto a la pared del fondo hay unas cuantas cajas y barriles, como si la habitaci¢n hubiese estado destinada en su principio a almacen o a desv n. En una pared hay un viejo telefono y, finalmente, muy al fondo, una mesa de grandes proporciones, como las de los tribunales de justicia, y detr s de ella, expeliendo volutas de humo hacia el aire gris, cuatro hombres.
Frente a ellos se encuentra un hombre muy grueso que Kurt ha visto algunas veces en el ascensor; est  de pie y mueve las manos mientras habla con una voz que oscila entre la c¢lera y el lloriqueo. Los cuatro hombres que hay detr s de la mesa se muestran agitados, revolviendose en sus sillas, inclin ndose unos a otros para hablar, soltando bocanadas de humo y todo ello sin prestar la m s m¡nima atenci¢n al hombre que tienen delante.
Kurt quiere salir corriendo de all¡, pero en lugar de esto se sienta en el borde de una de las sillas de cuero, cerca de la puerta. Est  confuso. Ni siquiera ha podido traer la prueba, porque est  dentro del caj¢n atascado. Ser  juzgado, aun cuando es el el acusador. Siente aqu¡, mucho m s intensamente que en los pisos inferiores del edificio, c¢mo la fr¡a maquinaria del aislamiento se mueve lentamente, para envolverlo. Kurt deja de pensar y trata febrilmente de preparar su declaraci¢n.
De pronto, de los cuatro que hay tras el escritorio, el hombre que ocupa el centro se levanta y golpea con los dos pu€os sobre la mesa, con gesto de ira.
-­M rchese, se€or Pawl! ­Est  usted despedido! ­Despedido! ­Despedido!
El hombre grueso sale disparado y pasa ante Kurt tembloroso, con los ojos muy abiertos, la cara roja y el labio inferior seco y colgante.
Los miembros de la oficina se quedan, inm¢viles y silenciosos, mirando hacia adelante, los cigarros olvidados en los ceniceros. El del centro llama:
-El siguiente caso. Se€or Kurt Inzip.
Kurt se levanta y se aproxima lentamente a la mesa. Siente que va a caerse.
-Insel, se€or -musita mientras cruza la vasta habitaci¢n.
Se detiene ante la mesa y mira al hombre que le ha llamado. Un sujeto corpulento, con gafas sin montura.
-Soy Nass -dice el hombre-. šY bien?
Kurt permanece mudo. Ha perdido el habla.
-Nuestro tiempo es precioso -dice Nass.
-Ya se que se lo han contado, pero no debe creerlo -comienza Kurt absurdamente, echando a perder todos sus preparativos-. No debe creer en su versi¢n. Yo estaba enfermo aquella ma€ana... estaba muy enfermo.
-Est  usted enfermo, se€or Inzip. Bien, no veo...
-­No! No estoy enfermo. Lo estaba. Usted no comprende.
-Estamos intent ndolo, se€or Inzip. Usted estaba enfermo.
-S¡, lo estaba. Lo estaba realmente, entonces.
-šCu ndo estuvo usted enfermo, se€or Inzip?
-šCu l era el problema? -pregunta el hombre que est  a un extremo, inclin ndose para mirarle fijamente.
-La £ltima... la £ltima semana. No quer¡a, es decir, cre¡a que no pod¡a venir.
-Entonces usted no vino la semana pasada -afirma Nass.
-Yo... s¡ que vine.
-Usted ha dicho que estaba enfermo -puntualiza el hombre del extremo.
-Bueno, no estaba enfermo.
-šNo estaba enfermo? -pregunta el hombre delgado, a la derecha de Nass.
-Yo estaba enfermo -dice Kurt, angustiado.
-Vamos, vamos, se€or Inzip, usted estaba enfermo o no lo estaba. šLo estaba o no? -inquiere Nass, impaciente.
-Yo no cre¡a que estaba enfermo -responde Kurt, con voz temblorosa.
-No... cre¡a... que... estaba... enfermo -repite el hombre a la izquierda de Nass, al tiempo que escribe en un gran libro.
-Usted dijo que no quer¡a venir a trabajar... -recuerda el hombre que est  en un extremo.
-S¡ que quer¡a..., ­me sent¡a enfermo... Yo no sab¡a que quer¡a...
-Acaba de decir que no pens¢ que estaba enfermo, se€or Inzip.
-­S¡ que lo pense!
-Acaba de decir que no -dice el hombre a la izquierda de Nass, mirando en el libro.
-Quiero decir que lo sent¡.
-Entonces, no lo estaba realmente -concluye el hombre a la derecha de Nass.
-­Lo estaba... pense que lo estaba...! Yo... ­No lo se! ­No lo se! -grita Kurt.
-Bueno, bueno, se€or Inzip. Debemos controlar nuestros nervios -dice Nass, conciliador.
El hombre que est  a un extremo coge una jarra de metal que hay sobre la mesa y llena un vaso, luego viene hacia donde est  Kurt y se lo da.
-Beba esto, se sentir  mejor -dice, sonriendo y posando una mano en el hombro de Kurt.
El resto del equipo ha encendido sus cigarrillos de nuevo y todos arrojan el humo hacia Kurt.
-šPor que no fuma usted? -pregunta el hombre a la derecha de Nass, con acento paternal.
-Gracias -dice Kurt, agradecido, y enciende un cigarrillo con dedos inseguros.
-Ahora veamos lo de esa enfermedad -dice Nass.
-­No, no! ­Es la se€ora Unter! -grita Kurt, casi histerico.
-Ah, la se€ora Unter est  enferma.
-No. No lo est  -dice Kurt; est  intentando con todas sus fuerzas no perder el control-. No est  enferma. Est  en mi oficina. šNo comprenden?
-šEn su oficina? -corean todos.
-Tengo su bot¢n y se que he hecho todo lo que he podido, pero no lo pude sacar. ­Llene el caj¢n de agua y no lo puedo sacar!
-šQue quiere decir, Inzip? -ruge Nass-. šEst  usted estropeando el material de la compa€¡a?
-Se explica que estuviera enfermo -dice secamente el hombre que est  a un extremo.
-­Es su bot¢n! ­Su bot¢n!
-Ha destruido usted algo suyo y ahora ella quiere una compensaci¢n -resume est£pidamente el hombre a la derecha de Nass.
Kurt se siente invadido por el p nico. No tratan de entenderle. Tratan de que sus palabras suenen disparatadas. šQue perseguir n con ello?
-No es su oficina, Inzip -puntualiza Nass.
-­Insel! -vocifera Kurt.
-Entonces usted cree que ella fue enviada... ella... dice... ha venido para perjudicarle y por eso estaba usted enfermo -lee el hombre del libro.
-­Ah! -exclama el hombre a la derecha de Nass.
-Es una grave acusaci¢n -advierte Nass en voz baja.
-­Yo no hago la acusaci¢n! -dice Kurt.
-Ya la ha hecho -dice el hombre del libro-. Est  registrado.
-­No la he hecho!
-Bien. Veremos lo que podemos hacer -suspira Nass-. Por supuesto que ser¡a mejor que usted modificara sus declaraciones un poco...
-­Pero yo no he hecho ninguna declaraci¢n! -dice Kurt, roncamente.
-S¡ que lo ha hecho -dice el hombre del libro, levant ndolo para que Kurt pueda verlo.
-šPor que no deja usted que nosotros las retoquemos un poco al enviar nuestro informe, se€or Inzip? -sugiere Nass en tono confidencial.
Kurt est  de acuerdo, est  casi agradecido, en que las retoquen. Lo £nico que quiere es marcharse de all¡ y volver a su peque€a y c lida oficina de paredes pintadas de color suave, a sus l pices.
-­S¡! ­Oh, s¡! -concede, sintiendose aliviado de pronto.
Hay un largo silencio. El viento a£lla en la c£pula y repiquetea en las ventanas. Nass prosigue:
-Bien. Eso es todo, se€or Inzip. Pronto nos pondremos en contacto con usted.
-Gracias, se€or -tartamudea Kurt, y se dirige a la puerta.
-Nos cuidaremos de todo... -le asegura Nass mientras cierra la puerta.
Al encontrarse solo se siente tan debil que debe apoyarse en la pared unos momentos antes de volver al ascensor.

5

Los dos d¡as siguientes los pasa Kurt sentado en su oficina sin apenas avanzar en su trabajo. No ha recibido comunicaci¢n alguna de la Oficina de Quejas y empieza a temer que le llame el mism¡simo departamento. Ha conseguido abrir el caj¢n inferior y sacar, todav¡a h£medos e hinchados, todos sus l pices y dem s cosas. El bot¢n ha dejado de brillar, pero la pintura de su escritorio se ha desconchado un poco y ello se nota.
A la hora del almuerzo ha conseguido evitar a Fenster, sent ndose en una mesa ya ocupada por otras tres personas, pero al segundo d¡a, subiendo en el ascensor, ve a Fenster junto a el.
-He o¡do que has cantado las cuarenta -dice Fenster por fin.
-šQue quieres decir? -susurra Kurt.
-El asunto de la se€ora Unter. Circula por toda la compa€¡a, šsabes?
-šQue? šQue dices? šQue asunto?
-Apuesto a que el departamento decidir  que ella no es eficiente y nada m s, as¡ que no ser  sancionada... Ha sido un buen truco. No te cre¡a capaz de hacerlo.
-šHacer que? -pregunta Kurt, casi gritando.
-Vamos, vamos, Insel, deja ya esa cara de sorpresa. Todos vamos detr s de lo mismo. Y con esto no quiero decir nada...
Kurt se queda callado, sintiendo todos los ojos fijos en el.
-Creo que con todo esto conseguir s una promoci¢n -dice Fenster-. De hecho, cuando envie tu carta, a€ad¡ algo...
-Santo Dios, šde que est s hablando? ­Yo no quiero ninguna promoci¢n! Yo no...
El ascensor llega a su piso y Fenster r¡e, con m s esfuerzo que humor.
-Acuerdate de tus amigos de cuando estabas aqu¡ abajo, Insel -le dice, oprimiendole el hombro; luego se va hacia los lavabos.
Kurt vuelve a su oficina con la cabeza d ndole vueltas como un trompo, se encierra y se sienta, derrengado, en su silla.
A la ma€ana siguiente encuentra sobre su escritorio un memor ndum del se€or Nass, diciendole que ser  recibido en la Oficina de Quejas a las tres.
Ya ha pasado la hora cuando vuelve a pensar en ello. Sale disparado de su despacho, sin cerrar la puerta ni los cajones del escritorio y llega a la oficina con diez minutos de retraso.
Cuando entra de nuevo en la enorme y polvorienta habitaci¢n, hay solamente tres hombres detr s de la alta mesa. El hombre que en la otra ocasi¢n se sentara a un extremo no est .
-­Pase, Inzip, pase! ­La Oficina de Quejas tiene buenas noticias para usted! -dice Nass; gui€a uno de sus abultados ojos y el hombre del libro sonr¡e ampliamente-. La oficina ha presentado su caso al departamento -contin£a Nass-, y usted ha conseguido absolverse.
®šAbsolverme? -piensa Kurt-. ­Oh, gracias a, Dios, gracias a Dios!¯
-Y no s¢lo eso, sino que ­tenemos un ascenso para usted! Y la Oficina de Quejas tiene orden de hacer todo lo posible a su favor respecto a ese asunto de la Unter...
El alivio de Kurt se enfr¡a. Entonces recuerda que ha dejado abierta su oficina y tambien sus cajones. Siente que se ahoga. Se sostiene primero en un pie y luego en el otro, mientras espera llegar antes de que sea demasiado tarde.
-Nuvola -contin£a Nass leyendo una hoja de papel con timbre, profusamente mecanografiada- ha sido enviado al Brasil, e inmediatamente...
-šBrasil? -repite Kurt-. Pero, špor que ha ido a Brasil?
La sonrisa del hombre del libro desaparece, mientras que el que est  a la derecha de Nass sigue mir ndole con expresi¢n tensa, como si temiera que fuese a volar en a€icos en cualquier momento. Nass deja de leer, deja el papel sobre la mesa y estudia a Kurt largo rato.
-Usted quiere ayuda, šno? -pregunta por fin.
-Claro que s¡, se€or -responde Kurt.
Hay una pausa hasta que Nass encuentra otra vez el punto de su lectura.
-...Nuvola ha sido enviado al Brasil -prosigue con gran enfasis, e inmediatamente a€ade-: Trocken y Nariz se dispondr n a partir para Benares y esperar n all¡ futuras ¢rdenes.
Trocfcen, el hombre de la derecha, empieza a meter l pices y papeles en una cartera.
-Benares -murmura Kurt.
Nariz y Trocken se levantan del escritorio y se dirigen a la puerta, hablando en voz baja. Kurt escucha sus pasos mucho rato.
-šBien? -pregunta Nass-. šHay algo m s?
La puerta se cierra all  al fondo y el viento gime fuera. Kurt sigue con la mirada perdida en las sombras, m s all  de la mesa.
-šNada m s? šNo? Muy bien -exclama Nass, convirtiendose de improviso en un af n de actividad, apilando papeles, traslad ndolos de un caj¢n a otro, cogiendolos a pu€ados y metiendolos en su cartera, sin advertir siquiera que Kurt est  all¡. Luego se levanta y se echa encima una chaqueta de la compa€¡a que ha estado todo el tiempo sobre una silla de cuero. Luego se aparta de la mesa y empieza a dar vueltas por la habitaci¢n, rebuscando en los escombros, examinando las paredes, la c£pula, las ventanas, los muebles, todo en la penumbra de la estancia. De pronto se da cuenta de que Kurt est  all¡ y dice:
-Mi puesto est  en Munich. Usted ha sido ascendido. Por tanto desde ahora dejar  usted su oficina y subir  aqu¡ para hacerse cargo de la Oficina de Quejas en lugar nuestro.
-Pero šy mi oficina? -dice Kurt-. Por eso he venido. ­No quiero salir de mi oficina!
-Tonter¡as, todo el Mundo quiere salir -dice Nass, cogiendo una vieja silla de cuero y arrastr ndola al otro extremo de la habitaci¢n.
-­Mi oficina! ­Mi oficina! -grita Kurt, a punto de llorar.
-­Est  usted aqu¡ arriba ahora, Inzip! -exclama Nass, irritado, de vuelta al centro de la habitaci¢n-. šNo siente usted ninguna gratitud?
Kurt oye, muy debilmente, un ruido como de raspadura. Es la se€ora Unter, revolviendo en las entra€as del edificio. Ya se dirige r pidamente a su oficina. Dentro de un momento la ver  vac¡a. Se abalanzar  en su interior. Se sentar  en su silla, rugiendo. Hundir  sus grandes y toscas manos en los cajones abiertos y se apoderar  de todas sus pertenencias. Acercar  a ellas su nariz para olerlas, y, mientras, sus ojos dar n vueltas en su rostro embotado.
-­No deben hacer esto! -suplica Kurt.
-Es todo por su bien -responde Nass lac¢nicamente, y se dirige al telefono. Lo aferra con ambas manos y lo arranca de la pared, arroj ndolo a continuaci¢n a los brazos de Kurt-. No se desprenda nunca de esto, Inzip -dice, y luego se encamina a la puerta-. Estaremos continuamente en contacto con usted.
La puerta se cierra con violencia. Kurt permanece en el centro de la enorme y vac¡a habitaci¢n, mirando hacia la puerta. El telefono roto cuelga de sus manos. Sopla el viento y la fr¡a corriente le hiela las piernas. La luz disminuye m s y m s, confundiendo las sillas y los papeles en una masa de sombras, a lo largo de las paredes de ladrillo, mientras el Sol de invierno se vuelve rojo en las ventanas. Se le empiezan a llenar los ojos de l grimas y grita;
-­Malvados! -agita el pu€o cerrado hacia la puerta-. ­Malvados! ­Me habeis destruido y ni siquiera sabeis mi nombre! -y se cubre la cara con ­as manos.
El golpe en la puerta apenas se oye y, despues de un momento, la puerta se abre y entra un hombrecillo con un deste€ido chaleco de seda y una visera verde, llevando en sus manos un aparato roto.
-šEs esta la Oficina de Quejas? -pregunta en un susurro.
Ve a Kurt en el centro de la habitaci¢n y se queda mir ndole un instante, visiblemente impresionado. Luego, tomando los sollozos como un signo de que es bien recibido, se acerca t¡midamente y empieza:
-Ver , se€or, soy el ejecutivo de Mimeograf¡a y...
Pero Kurt cae de rodillas y el £nico sonido que puede o¡rse en la habitaci¢n es el lamento del hombre arrodillado y el viento que repiquetea en las ventanas y a£lla eternamente en la c£pula.