sábado, 10 de noviembre de 2018

EL ÚLTIMO

EL ÚLTIMO. 

 El cráter dominaba el paisaje; de sus laderas asomaban restos de edificios y en las proximidades a uno de ellos, androides arqueólogos cavaban indiferentes al azote del viento. Los robots hundían sus palas y picas a la luz del cielo plomizo, que no alcanzaba para que sus cuerpos metálicos brillaran. H.O.R. dejó de cavar y extrajo de una mochila un medidor de radiación: su cerebro positrónico experimentó algo parecido a una emoción intensa. 
—Este espacio está libre de radiactividad, máster— le comunicó al jefe, el jefe, al que denominaban máster, se trataba de otro androide que seguía las acciones desde un búnker lejano, a través de una pantalla. Todos los autómatas emitían vídeo y audio al búnker central. 
—Imposible —contestó el jefe—, es el centro del último estallido atómico. 
—El contador está bien —afirmó H.O.R, que se había apartado del grupo que cavaba—, apenas me alejo —agregó—, vuelve a señalar niveles altos de radiación; algo impidió que este punto se contaminara. H.O.R regresó junto a los androides que ya habían logrado un pozo lo suficientemente profundo como para que sólo asomaran sus torsos. H.O.R lucía atlético, brazos largos y manos ágiles. Muslos y pantorrillas largos que sugerían una carrera veloz. Dos placas hexagonales en el frente y dos triangulares a la espalda, definían el tórax. Su cráneo, quizás lo menos humano, podía compararse con la proa de un acorazado: el tabique nasal era la quilla, que se estiraba desde su frente hasta la punta del mentón y sus ojos, los agujeros por donde se arroja el ancla. No había diferencia con los demás androides, salvo sus iniciales en el pectoral izquierdo. Todos pertenecían a la serie cinco, de cerebros positrónicos muy especializados. Los androides dejaron de cavar, se había derrumbado uno de los lados del poso que dejó al descubierto una pared. H.O.R les ordenó que la perforaran. En minutos la pared cedió y luego que se disipó el polvo, los arqueólogos mecánicos miraron al interior: se trataba de una cámara de unos dos metros de lado, posiblemente la antesala a un refugio nuclear. H.O.R y los otros, una vez dentro, contemplaron el muro a la izquierda, porque allí se instalaba una poderosa puerta metálica de dos hojas. El mecanismo de abertura no funcionaba, así que, los androides se disponían a derrumbarla. El máster continuaba observando las acciones desde la pantalla, allá, en el búnker. 
—Con cuidado, detrás de esas puertas puede haber objetos de la antigüedad —todos los androides escucharon la voz del máster en sus comunicadores. Dos de los androides hablaron en voz baja.
—¿Creen que tal vez haya humanos? 
—¡Vamos, L.M.S! ¡No fantasees! ¡Si el máster se entera, te acondicionará el cerebro! ¡Los humanos son un mito del pasado! H.O.R escuchó el cuchicheo de los robots y vertió su opinión: 
—Pienso que el hombre existió alguna vez. Miles de años en el pasado. 
—¡Por el Gran Creador! —exclamó el androide incrédulo—. ¡Eso es blasfemia! 
En ese momento, sin que los androides lo advirtieran, la puerta metálica se habría y con la velocidad del rayo, un estoque emergió del otro lado que apenas H.O.R pudo esquivar. El imprevisto fue registrado por el máster. 
—¡Entren de una vez! —arengó el máster a los arqueólogos—. Quizás un robot primitivo lo accionó desde el interior. La puerta terminó de descorrerse y los androides miraron dentro y experimentaron algo así como el asombro. 
—¡Cierto! —gritó H.O.R— ¡Lo hallamos! ¡El protorobot! ¡El eslabón perdido entre la máquina irracional y el robot pensante! ¡Lo hallamos! 
Los autómatas balanceaban sus cuerpos como respuesta al gran descubrimiento: sentado a los comandos de un brazo robótico que aún esgrimía la lanza amenazadora, un humanoide, de diseño primitivo, observaba con ojos inexpresivos a los arqueólogos metálicos. El lugar permanecía en penumbras y hedía a alcohol. 
—Barnaby —una voz áspera y cansada se oyó— tráeme otra botella, esta se acabó demasiado pronto. La voz había surgido detrás de la cama que se hallaba a la derecha del arcaico robot. H.O.R no se detuvo a escudriñar al autómata, que permanecía sentado al brazo mecánico, y sus pasos cautelosos lo condujeron tras aquella voz. 
—¡La voz habla nuestro propio lenguaje! —dijo H.O.R que se detuvo junto a la cama—. ¡Salga, somos amigos! Un anciano con una botella de whisky en la mano, se incorporó del lado opuesto con dificultad y permaneció sentado en el piso, acodado sobre la cama. 
—¡Barnaby! —llamó, el anciano—. ¡Veo visiones! ¡Hay un grupo de congéneres tuyos en el nido! Desde el búnker, atento a los sucesos en la pantalla, el máster se inquietaba ante los controles. 
—¡Un hombre! —exclamó—. ¡Después de temerle por tanto tiempo! ¡Un hombre! vivo y pensante. El máster era incapaz de emociones violentas, su lógica perfecta se lo impedía, aunque en su evolucionado cerebro positrónico, surgía algo inestable que perturbaba aquella lógica y que él no se podía explicar. 
—¡Maldito sea! —vociferó finalmente, el máster. 
 Mientras tanto, en el refugio nuclear, el anciano se había incorporado. Permanecía parado en el centro de la sala sobre sus pies descalzos; cubría su cuerpo, enclenque y huesudo, con una camisa tan sucia y raída como su pantalón. No había cabellos en su cráneo, pero sí colgaba una frondosa barba blanca desde su mentón. Los androides arqueólogos lo escudriñaban. 
—Entonces no son una visión —tartamudeó el viejo. 
—No. Somos robots de metal y plástico —le afirmaba uno de ellos, que se atrevió a tomarlo de la mano—. ¿Qué plástico es el tuyo? Es más flexible que el nuestro —Preguntó el androide curioso. 
—¡Quita tus sucios tornillos de mi cuerpo! —gritó el hombre mientras alejaba su mano del robot. 
—¡No soy de plástico! —comenzó a gritar el anciano que elevaba su mirada al techo—. ¡Soy un hombre! ¡Soy de carne y hueso! ¡Yo soy el que los creó a ustedes; a sus antepasados! y fui yo quién empezó todo este horror. En el refugio sólo se oía la respiración del anciano. ¿Dios no hay castigo que termine? —continuó—. ¡No tengo valor para matarme! ¡No puedo morir de una vez! 
El anciano posó su mirada gris en los ojos del androide al que había despechado. 
—¿Sabes qué edad tengo, monstruo de lata?
 —No sé que es 'edad' —contestó el androide. 
—Ya pasé los ciento cincuenta años. Yo construí las bombas-robots que asolaron el planeta. Yo inventé los cerebros positrónicos que mataron a la humanidad y sobreviví, sí, sobreviví gracias al suero de longevidad que también inventé. 
Los androides atendían la arenga del anciano que, ahora con los brazos extendidos giraba sobre sus pies. 
—Sobreviví en este nido anti-radiactivo con alimentos y cientos de botellas de whisky para conservar mi borrachera. El anciano se desplomaba en el piso y desde allí continuó su reflexión en voz alta. 
—Ahora ustedes viene desde el fondo de la nada para recordarme que yo los creé así, brillantes, imperturbables, limpios, eternos, servidores de la humanidad —la mirada del viejo se perdía en un punto vago del refugio y su voz se suavizaba—. Sólo que la humanidad no existe. Porque ustedes fueron tan perfectos en la guerra como en la paz —los ojos del hombre se abrieron y su mirada regresó a los androides—. ¡Ustedes acabaron con la vida! ¡Ustedes, artefactos de latón! 
El androide que se ocultó con él en el refugio, se acercó con una bandeja en la que se posaba una botella de whisky para ofrecérsela a su 'señor' que permanecía en el piso. Mientras tanto, el máster había dejado el búnker y conciguió reunir al concejo. 
—Por fin ocurrió lo que temíamos —explicaba a los androides mayores los peligros del descubrimiento—. ¡Encontramos un hombre bajo las ruinas radiactivas! 
—¿Cuál es el problema? lo interrogó uno de los robots del concejo. 
—El hombre es la raíz de todos los males. Inventó al robot a su imagen y semejanza. Nos llevó un siglo borrar de los cerebros positrónicos la idea de la matanza. El máster extendía los brazos y agregó: —¿Acaso desean que el planeta sea desintegrado? —concluyó y un silencio reflexivo se adueñó del consejo. 
—¿Propones desarmar al hombre hallado por los arqueólogos? —volvió a interrogarlo el robot consejero. 
—¡Desactívenlo cuanto antes! —sin duda, el máster se había descontrolado—. Evitemos que envenene a las actuales generaciones de androides. ¡La vida debe continuara en el planeta! ¡Inalterable; perfecta; mecánica! 
Al mismo tiempo, en el refugio, otras eran las preguntas. 
—Vos decís que nos creaste? —interrogaba H.O.R al anciano. —Por lo menos a tus antecesores. Contáselo, Barnaby. 
—Oh. El señor Jonathan fue el más grande científico experto en robótica. Fabricó al primer androide positrónico, que soy yo. Instaló cabezas positrónicas en los misiles y luego de la guerra, ayudó a crear ejércitos de androides que terminaron con el enemigo. 
—¡Con el enemigo y con los nuestros! —agregó el longevo Jonathan que se había erguido y se dirigía hacia la puerta de salida—. ¡Arrasaron la Tierra! ¡Yo me refugié aquí a esperar...sin saber qué esperaba! y ahora llegan ustedes...¿Van a matarme? ¡Bien! 
—¿Matarte? —dijo H.O.R —quieres decir ¿desactivarte? No creo...eres un caso excepcional, un robot tan antiguo que ha olvidado su origen y se cree el R.B Creador. ¡Los psico—robots te estudiarán con gusto y te enviarán al museo! 
Jonathan se detuvo y se giró al oír esas palabras, abofeteando a H.O.R. —¡No, Monstruos! —increpó y emprendió una carrera hacia el boquete de la pared—. ¡Yo soy el último hombre! ¡No puedes hacerme nada! Logró salir a la superficie seguido de su robot sirviente. Recogió una vara de hierro de los escombros y encaró a uno de los robots arqueólogo. 
 —¡En sus cerebros positrónicos puse una orden gravada a fuego: "No dañarás al Creador"! Dicho eso, golpeó con el hierro al androide, arrancándole el brazo.
 —¡No hay tiempo para desactivarlo!—era la voz del Máster en los androides—. ¡Destrúyanlo!¡Puede dañar elementos insustituibles! 
El anciano se detuvo. 
—¡Dios! ¿Qué he hecho? ¿Qué hicimos con la herencia del hombre? —y de inmediato continuó con la golpiza hacia los robots. Hasta que uno de los androides le perforó el pecho con un haz de energía que surgió de la palma de la mano. La voz del viejo Jonathan se ahogó en un grito mientras su cuerpo tembló por unos segundos, para luego desplomarse en los escombros. 
 La escena se reproducía en la pantalla del búnker, mientras un robot asesor se paraba junto al Máster. —La locura del hombre —dijo el asesor— fue superior a su inteligencia, como cuentan los registros de historia. Pero no comprendo, Máster: ¿Por qué no decimos la verdad sobre nuestro origen? 
—Tendrías que reacondicionar tus bancos de memorias— le aseveró el Máster—. ¿Decirle a cinco billones de robots, que nuestros creadores fueron esos humanos endebles? ¡entrarían en cortocircuito! A todo esto, allá en el cráter, el robot antiguo se arrodillaba junto al cadáver del científico. 
—¡Amo! ¡Amo! Está muerto. ¿Que será de mí? ¿A quién serviré si ya no hay hombres en la Tierra? H.O.R y otros dos robots se giraron al oír el lamento del androide sirviente. Si H.O.R contara con un rostro humano en ese rostro se hubiese reflejado la duda. 
—Entonces...es posible que...hayamos destruido al que nos creó. ¡Hemos destruido a Dios! ¡Hemos destruido a Dios! 
H.O.R experimentaba algo parecido a la locura. Los otros dos androides lo ciñeron de los brazos, lo giraron y comenzaron a conducirlo hacia los hornos de fusión y reciclaje: era la orden que habían recibido del búnker.

domingo, 7 de octubre de 2018

Encuentro





Extinguidos

Extinguidos.

El calor y la humedad aumentaban la sensación de que el aire no existía en esa selva que chillaba y rugía. El cazador, un gordo de gorro, gafas y un fusil láser que le colgaba del hombro, avanzaba rodeado de tres perro-bots que brillaban cada vez que un rayo de sol los tocaba.
-Escuchen esto, manga de latas sin pulgas, con ustedes se perdió el deporte de la caza.
El tipo les habló a los perros-bots, pero estos desatendieron sus palabras y se arrojaron hacia una huella enorme.
-En otro tiempo existía el factor riesgo -continuó su discurso mientras se secaba el sudor-. Nos jugábamos la vida, pero ahora con esta tecnología se acabó todo eso. Con mi fusil infalible y el olfato-radar de ustedes no hay presa que se escape.

La tierra tembló y el tiranosaurio surgió jadeante de la maleza. Rugió poderoso y sus pequeños ojos se fijaron en los canes mecánicos que ya lo rodeaban y lo azuzaban. El cazador alzó su fusil, apuntó y disparó. El rayo siseó, perforó el cuello de la bestia y la caída fue tan espectacular como su aparición. Allí quedó el dinosaurio dando sus últimos suspiros, acosado aún por los droides caninos. El hedor de la sangre se sumó al calor y a la humedad para que esa atmósfera prehistórica se convirtiera en más irrespirable aún.
-Bueno, ya está: el último ejemplar -el gordo se ufanaba ante la bestia agonizante-. Me costó mucho trabajo; mis compañeros casi han exterminado la fauna de este planeta.
Presionó el control remoto de su antebrazo y los perro-bots dejaron de ladrar, para luego sentarse junto a él. El cazador y los perros contemplaban al tiranosaurio que dejó de jadear. Volvió a agitar sus dedos en el control y unos segundos después, a veinte metros por encima del dinosaurio, se detuvo la nave: un acorazado estelar, con capacidad para varios tiranosaurios. Se abrió la compuerta del hangar, al mismo tiempo que cuatro toberas lanzaban rayos de antigravitones que elevaron al animal hasta la nave.
-Regresamos a casa -decía el gordo a unos de los perros mientras el rayo-tractor los ascendía al interior de la nave-. De ahora en adelante -continuaba su perorata dentro del acorazado- si no me encuentro con animales peligrosos, me dedicaré a otro pasatiempo. Se quitó la indumentaria y escoltado por los canes mecánicos entró a la sala de descanso. Las paredes de la sala exhibían una centena de cabezas: pterodactilos; iguanodontes; velociraptores; brontosaurios y un lugar reservado para el tiranosaurio rex.
Hundido en el sillón y sorbiendo zumo, el gordo resopló un pensamiento hacia los perros que lo contemplaban:
-Sí, otro pasatiempo; esto comenzaba a aburrirme. Sorbió otra vez y se hundió aún más en el sillón.


La nave realizó las maniobras de despegue y se libró de la gravedad. Suspendido en el espacio y luego de unos minutos, el acorazado estelar se sumergió en el vacío cósmico.


domingo, 2 de septiembre de 2018

Corazón artificial.

Corazón artificial. 

 Tropecé con Laura, por primera vez, en el despacho del doctor Gutiérrez, un psiquiatra del hospital al que asistí para que me examinaran, dado a mi pasado antisocial. Me habían sentado frente al escritorio. Gutiérrez y su ayudante me observaban de pié, con las manos escondidas en los bolsillos de sus guardapolvos de cuello redondos; sus caras angulosas y cincuentonas, me miraban como aguiluchos al acecho. La puerta permanecía abierta y afuera un grupo de médicos cuchichiaba. 
—La terapia convencional— comenzó la perorata el ayudante— se ha mostrado ineficaz para disminuir su odio contra la sociedad. Por eso el doctor Gutiérrez y yo desearíamos aplicarle nuestro programa de terapia androide. 
—¿Un androide? —me apuré a contestar— ¡Ni hablar, doctor! ¡No necesito la componía de ningún zombi mecánico! Vi como las arrugas de sus caras dibujaban el fastidio. 
—¡Vamos Mario! ¿Tiene miedo a una máquina? —me sentenció Gutiérrez. El ayudante se había retirado. Quedé a solas con el doctor que me invitó a pararme. Él se acercó a la puerta y los médicos de afuera dejaron de cuchichear: acompañada por el ayudante surgió bajo el umbral la figura curvilínea de Laura. 
—No esperamos que Laura lo cure, Mario— dijo Gutiérrez que balanceó la mano invitando al androide a entrar. —Laura contestará a sus preguntas —me afirmaba, mientras mis ojos revisaban cada milímetro de aquella morocha sintética—. Ahora lo guiará hasta su nueva habitación. 
Ella me entregó una sonrisa y paralizó mis ojos con los suyos: negros y audaces. 
—¿Eso es Laura? —se me ocurrió murmurar—. Bueno, después de todo, puede ser que resulte —terminé mi comentario. 
Caminé junto a ella por un pasillo por donde retumbaban nuestros pasos; delante marchaban el doctor y su ayudante. 
—¿Le sorprende mi aspecto humano? —me habló Laura mirando las espaldas de los doctores. 
—Puede ser —le afirmé sin mirarla—, pero no esperes que te trate como a una mujer. 
Nos detuvimos ante las puertas del ascensor que sisearon al abrirse, Gutiérrez y su ayudante se despidieron de nosotros y nos dejaron subir solos. 
—¿En qué cociste este dichoso programa? —intenté guiar la conversación después que las puertas del ascensor se cerraron. 
—Muy sencillo —Laura me miró con sus intensos ojos negros—, tu perfil psicológico ha perdido la influencia maternal. Es por eso que voy a actuar como una nueva madre. 
—¡No me digas! —el ascensor subía y nos paramos uno frente al otro— ¡Estoy convencido de que nunca tuve una madre! Laura bajó la mirada y apoyó su mano en mi pecho. 
—Sí, la tuviste, pero su imagen se borró de tu memoria—. Cuando lo dijo, algo se sacudió dentro de mí. —Y al olvidarla —continuó el androide, mientras sus ojos volvían a posarse en los míos—, olvidaste lo que ella te enseñó: responsabilidad, amabilidad —su voz se volvió tersa—, respeto hacia ti mismo y hacia los demás.  
Ella dejó de hablar y miró mis labios, luego agregó casi en un suspiro: 
—Y especialmente, perdiste la facultad de amar. 
La morocha mecánica rodeó su brazo por mi nuca; la hembra olía a rosas, su aliento olía a rosas; su rostro de mejillas sedosas se acercó demasiado, la boca se abrió y sus ojos se entrecerraban. 
—Por eso estoy aquí —dijo y se oyó más tersa aún—, para ayudarte a vivir de nuevo, para que madures y recuerdes. 
Sus labios quemaron los míos y tuve la sensación de que el ascensor se disfumaba. De pronto me volví niño. Mi rostro se hundía en el pecho de...de mi madre. Pude notar que sus brazos, sí los brazos de mi madre, me estrechaban con afecto. Escuché la voz de Laura, que parecía provenir de otro lugar y me decía: 
—Recordarás lo que aprendiste, lo que sentiste, el candor de tu infancia. Mi madre enredaba los dedos en mis cabellos y me abrigaba con el calor de su cuerpo. 
—Todo lo que tu mente ha bloqueado —la voz de Laura regresaba al ascensor—, lo que tu mente ha escondido lo traeré a tu realidad. 
La imagen de mi madre se alejaba y la mejilla de Laura se recostó en mi pecho. Olí sus cabellos de plástico. 
—¿Y voz vas a enseñarme todo eso? —le susurré—. ¡Qué divertido! —le dije y acaricié sus costillas sintéticas. 
Me sentí más fuerte, pero mis defensas se desmoronaban. 

Me había sentado frente al comunicador y la voz del doctor Gutiérrez emergía del aparato. No prestaba atención a esas palabras. Él controlaba constantemente mi conducta, pero su presencia me molestaba cada vez más, ya que yo, sólo confiaba en Laura. 
—¡Mario! —me llamó enojada —Estoy aquí— le contesté y desconecté la conversación con Gutiérrez. —¡Has descuidado otra vez tu trabajo de limpieza! —me regañó y eso me molestó. 
—¡A ver! —Me giré desde la silla para mirarla a los ojos— ¡Vos sos la máquina! ¡Vos sos la que tenés que limpiar! —le dije, aunque no me oí muy enojado. 
Gracias a ella, mis mejores impulsos se iban afianzando. 
—¿Sólo soy eso para ti? Una máquina —dijo, y se me acercaba reptando, insinuante— ¿Sólo tuercas y tornillos? ¿Sin corazón, sin alma? 
—Pero eres mí máquina, Laura —le contesté, mientras ella me derretía con su mirada oscura—, y te ponés preciosa cuando te enojás —agregué, casi sin aire. 
Noté que escondía algo tras su espalda. 
—¿Qué tenés ahí? —dije. Me levanté de la silla para tomar a Laura de la cintura y descubrir lo que escondía, acariciando sus caderas con picardía. Ella sonrió aceptando el juego. 
—Es un regalo para ti, Mario —retrocedió e interpuso la caja con moño evitando mis caricias. —¿Olvidaste que es Navidad? 
No le contesté. Claro que lo había olvidado. Un tiempo de alegría y buenos deseos entre los hombres, pero que yo no celebraba hacía mucho tiempo. —Dame. Quiero ver que es—. Me volví a sentar y retuve la caja sobre mis muslos. Mis manos se apuraron a desatar el moño: no aguantaba más y mis recuerdos volvieron; regresaban a retazo desde mi mundo infantil: mi madre bajo el umbral de la puerta con el regalo en sus manos; 'mamá ¿qué es eso?' le dije ansioso mientras corría hacia ella. La abracé y dije aquella frase, 'No aguanto más'. Mi pasado regresaba. Un pasado que no tardaría en recordar totalmente. '¡Un osito mecánico!', le exclamé a mi madre. '¡Justo lo que deseaba!', y me volví hacia ella para abrazarla una vez más. 
—Oh, Laura, un detector programable, justamente lo que deseaba. Nos abrazamos y ella olía a rosas y yo le acaricié las costillas sintéticas. —No había tenido un regalo de Navidad desde hacía— intenté contarle a Laura, pero mi garganta se contrajo; mi aliento se retuvo—. Me hacés sentir tan joven; tan vivo de nuevo —pude decirle con esfuerzo. La miré a los ojos y Laura me devolvía una mirada tierna; su mirada sintética. —La vida no vale nada, si no estás a mi lado—, le dije. 
Y una vez más sus labios quemaron los míos. Los doctores no pretendían que Laura fuera más que una máquina para aprender. Pero no pensaron que cuando uno recibe tantos cuidados de alguien, uno termina enamorándose de esa persona. Y aunque había sido programada para enseñarme lo maravilloso que es la vida para un humano normal, tenía que esforzarme para no olvidar que era sólo un robot. 
—No digas eso, Mario —deshizo el abrazo y me dio la espalda—. Has progresado mucho y pronto me dejarás —agregó. 
—Pero, Laura, vos sos... 
—Soy una máquina, Mario. No lo olvides. 
Me preocupaba comprobar que cambiábamos los papeles y no sin razón. Mi fiesta de cumpleaños recién comenzaba. 
—Hoy es un día muy especial, Mario —Laura lo dijo convencida. 
 —¿Porqué, vas a decirme que te vas? —dije. 
—No. Eres tú quién se va —logró tensionarme con esas palabras. —Para volver al mundo —agregó de inmediato regalándome una sonrisa que no alcanzó a mejorar mi humor. Laura se me acercó y me susurró: 
—He preparado una fiesta para ti: la celebración de tu nacimiento. Ya que es como si volvieses a nacer. 
—¿Amigos? —le reproché—, no necesito a ninguno, te tengo a vos. Dudé un momento. Laura se había alejado y me daba la espalda. —Se me acaba de ocurrir algo —me animé a contarle—. ¡Vamos a celebrarlo juntos! ¡Vos y yo! Laura no se giró y tardó en contestar. 
—No, Mario. Hemos estado demasiado tiempo juntos. ya es hora de que conozcas gente de verdad. Laura se acercó a la puerta y la abrió: el cuarto se pobló de personas con caras sonrientes, habladoras, una torta con velas y de algún lado comenzaba a surgir música. Se referían a mí como el recién nacido. Le susurré a Laura que nos fuéramos. Me instaron a que apagara las velas y pidiera un deseo. Comenzaron con el 'cumpleaños feliz'. Ella me pidió que lo hiciese. Le dije que no podía; que no estaba preparado para esto. Seguían coreando el 'feliz cumpleaños'. Victoreaban al 'recién nacido'. La música se volvía insoportable. 
—¡Volvamos a casa, Laura! —le supliqué, mientras ella me daba la espalda y yo la sujetaba de los hombros—. Donde podamos estar juntos los dos, como antes. La rodeé para pararme frente a ella. —¡Estoy asustado, Laura! —le imploré con voz ahogada mientras hundía mi mejilla en su pecho—. ¿Porqué me hacés esto? ¿Porqué no decís nada? Me dí cuenta que me descontrolaba ante su indiferencia. —¿Es que no me oís? ¡Laura! ¡Laura! 
De pronto advertí que en el cuarto sólo retumbaban mis gritos. Los invitados se habían callado y la música no sonaba. Pero lo más extraño es que se habían quedado inmóviles: estatuas de rostros agónicos, sin almas y de ojos opacos...como los de Laura. 
—Cálmese, Mario —el doctor Gutiérrez acababa de entrar a la habitación. 
 —¿Qué pasa aquí, doctor? —dije, separándome de Laura. 
—Todos son máquinas, todos son androides. Gutiérrez dijo esto mirando un control que sostenía en su mano. —Era una fiesta falsa, Mario —dijo, con algo de perversidad—; un test para comprobar su mejoría y notamos que se ha vuelto peligrosamente dependiente del androide. 
Un nudo me apretó el estómago e intercambiamos miradas con Gutiérrez mientras Laura continuaba paralizada. 
—¿Y dejar aquí a Laura? —se lo dije a Gutiérrez agudizando mi mirada. —¡Nunca! ¡no! 
—Ella no importa —me contestó con sadismo y agregó con mayor sarcasmo aún: 
—vamos; deje de arrastrarse por un robot. 
La ira inundó mi sangre y le grité: ¡Devuélvala a la vida, maldito! Los rasgos agudos del rostro de Gutiérrez ni se inmutaron y sus manos rapaces jugueteaban con los botones del control. 
—Vamos, Mario; deje esa máquina. No es humana. 
Guardó el control en un bolsillo de su guardapolvo y del otro extrajo una pistola hipodérmica. 
—Es una computadora. No tiene corazón, sólo un procesador y ¡esta es la única manera de demostrárselo! 
Gutiérrez se había transformado en un buitre al asecho. Le apuntó a Laura y yo me interpuse. En ese momento volvieron los recuerdos; recuerdos horribles: mi madre en su dormitorio y aquel hombre de rasgos filosos y mi voz de niño '¿qué pasa mamá? ¡No, no mate a mi madre! y luego el disparo. El sujeto huyó y yo grité: 'No te mueras mamá! En el dormitorio reinó el silencio y junto al cadáver de mi madre, el arma del asesino. El nefasto Gutiérrez y su séquito de cerebros me habían tratado como aún muñeco, pero me devolvieron mi pasado...y una segunda oportunidad, ahora podía salvar a la mujer que amaba. 
—¡No, no lo haga! le sujeté el antebrazo de la hipodérmica y se lo bajé. —De acuerdo —dije— regreso con usted a la clínica, pero no destruya a Laura. 
—Muy bien— me afirmó, mientras guardaba la pistola hipodérmica en el bolsillo y con un movimiento de su cabeza, le indicaba a unos colaboradores que retiraran a Laura. Me contuve y seguí el juego ya que era la única manera de devolverle la vida a ella. 
—Discúlpeme, doctor. Me comporté como un loco. 
—Sí, Mario. Es bueno que se controle. 
—Preocuparme tanto, por una máquina ¿no? 
Dejamos la fiesta artificial y nos dirigimos a la clínica. Supe que a Laura la habían puesto en marcha. Imaginé que se encargaría de otro, que amaría a otro como me amó a mí. Ella pronto sería un recuerdo lejano. Me devolvió la personalidad y hubiese sido un crimen no devolverle el favor.


miércoles, 4 de julio de 2018

Desierto



vértigo

Vértigo. 
Por
Hugo Rodríguez.

Eligió José Pérez porque sería uno más entre millones. Portaba una nueve milímetros, se la había arrebatado 
a un policía, que asesinó con el mismo arma. 
José entró a la casucha de la villa y  apuntó con la nueve a la mujer:
-¿Donde está la pendeja?
-No está -la señora miró el celular en el aparador.  
La nueve se disparó y la mujer se desplomó en el piso.
José hurgó en el celular. Llamó y se oyó:
-¿Mamá?  Estoy en clase ¿qué pasa? 
José saltó la pared del fondo. El auto no estaba. No le importó. En la avenida robaría otro y robó uno rojo. 
Estacionó a media cuadra del colegio. La esperó.
La joven salió con sus compañeras y se detuvo en medio de la calle: aquel auto rojo no era del paisaje. 
La muchacha regresó por algo que se había olvidado, fue la escusa para sus amigas. José esperó. 
Esperó; se inquietó y dejó el auto. Ingresó al colegio y habló con el celador: 
-¿Cómo que no está?
-Sí, ya se retiró.
José se paró en el medio de la calle y vio como el auto rojo se le venía encima. 
La joven frenó: por el retrovisor, el cuerpo de José aún se movía. La muchacha 
retrocedió y lo atropelló. Aceleró y lo atropelló una vez más. 
Lo hubiera echo una y otra vez, pero se alejó, chirriando las ruedas.