miércoles, 4 de julio de 2018

Desierto



vértigo

Vértigo. 
Por
Hugo Rodríguez.

Eligió José Pérez porque sería uno más entre millones. Portaba una nueve milímetros, se la había arrebatado 
a un policía, que asesinó con el mismo arma. 
José entró a la casucha de la villa y  apuntó con la nueve a la mujer:
-¿Donde está la pendeja?
-No está -la señora miró el celular en el aparador.  
La nueve se disparó y la mujer se desplomó en el piso.
José hurgó en el celular. Llamó y se oyó:
-¿Mamá?  Estoy en clase ¿qué pasa? 
José saltó la pared del fondo. El auto no estaba. No le importó. En la avenida robaría otro y robó uno rojo. 
Estacionó a media cuadra del colegio. La esperó.
La joven salió con sus compañeras y se detuvo en medio de la calle: aquel auto rojo no era del paisaje. 
La muchacha regresó por algo que se había olvidado, fue la escusa para sus amigas. José esperó. 
Esperó; se inquietó y dejó el auto. Ingresó al colegio y habló con el celador: 
-¿Cómo que no está?
-Sí, ya se retiró.
José se paró en el medio de la calle y vio como el auto rojo se le venía encima. 
La joven frenó: por el retrovisor, el cuerpo de José aún se movía. La muchacha 
retrocedió y lo atropelló. Aceleró y lo atropelló una vez más. 
Lo hubiera echo una y otra vez, pero se alejó, chirriando las ruedas. 

domingo, 10 de junio de 2018

patrulla espacial





La gloria del tambor.

La gloria del tambor.

Me preparé para esta batalla. Ejercité mis brazos y la precisión de los golpes. Hinché los pulmones con el aire de los amaneceres y medité en los ocasos oyendo mi corazón. El emperador me había elegido entre cientos: seré el tambor del ejército imperial. Las tropas avanzarán al paso de mis golpes, sus corazones se unirán a mi tambor y gritarán a tiempo que mis mazos se desplomen sobre el parche. Mi padre estaría orgulloso de mí. Sé que lo deseó. Sé que me soñó sobre el elefante golpeando el tambor. Me soñó rodeado de soldados ansiosos por combatir. Y ahora, de alguna manera, vengaría su muerte. El emperador me dijo que mi padre fue un gran soldado. Que peleó junto a él con valentía y dio su vida por el imperio.

El alba, todavía azul, esperaba por la batalla. El elefante transpiraba y resoplaba, mientras yo acariciaba sus patas y ajustaba las correas que sostenían mi tambor, allá, en la grupa del animal. Mi tambor, enorme como la cabeza de la bestia, lustroso y en silencio. Mi tambor, tenso como el cuero de su parche, dispuesto para la guerra. Alguna grulla chilló desde los juncos y tomé la trompa del animal y lo obligué a marchar. La hierba crujía bajo sus patas. Las nubes empezaban a teñirse de rojo y mi elefante y yo caminábamos hacia el horizonte donde se recortaban las siluetas de ellos, los soldados imperiales, los hombres que darían su vida por nuestro monarca, igual que la dio mi padre.

Mi padre nunca hablaba de las batallas. Cuando regresaba de ellas, besaba a mi madre y a mí, y nada más. Yo esperaba que me contara a cuantos había dado muerte con su lanza, que me contara si había cuidado las espaldas del emperador o si las flechas de los arqueros habían oscurecido el cielo. Pero padre no contaba esas historias, prefería hablar del pueblo de India, de donde venían nuestros elefantes. Hablaba de sus danzas, de la fineza de sus sedas. En casa había muchos objetos de India: estatuillas, pinturas, teteras y jarrones. Papá admiraba a ese pueblo. Decía que teníamos mucho que aprender de ellos y ojalá, decía mi padre, nunca pelemos contra ese país.

Detuve al elefante, me trepé a la grupa y contemplé una vez más a los soldados, los gloriosos y luminosos soldados que harían temblar la tierra a cada golpe en mi tambor. ¡Toda la naturaleza vibraría al ritmo de mi tambor! Hasta el enemigo, el asesino de mi padre, temblaría de miedo al ritmo de mi tambor.


¡Bum, bum, cata bum, bum!

Llegó el alba de la batalla. El silencio de la pradera quebrado por un graznido, por el siseo del viento en la paja, por el soplo de los caballos y la mirada de los soldados. Arengué al animal y me coloqué detrás del emperador. Contemplé la espalda de nuestro monarca: una montaña cubierta de acero. Me detuve en su brazo que esperaba el reflejo de algún bronce para elevarse y que él gritara como el tigre. Así me lo había contado mi padre y así sucedió esa mañana. Entonces el emperador rugió. Entonces mi tambor rugió:

¡Bum, bum, cata bum, bum!

Los cascos de los caballos golpearon la tierra y la tierra tembló...

¡Bum, bum, cata bum, bum!

Los gritos de los soldados espantaron a las grullas y en el pecho de los hombres se oía mi tambor...

¡Bum, bum, cata bum, bum!

Suspendí los mazos en el aire y miré al horizonte: allí se desplegaba sin límites el ejército enemigo. Aquel ejército gritó y las grullas huyeron, la tierra tembló con más fuerza y entonces lo oí...

¡Bum, bum, cata bum, bum!

¡El otro tambor!

Mi emperador giró su cabeza y me hundió la mirada. Mi elefante rugió y mis mazos golpearon el parche. Hinché mis pulmones y retomé los golpes...

¡Bum, bum, cata bum, bum!

Los ejércitos chocaron y la tierra rugió como cien volcanes. Yo golpeaba mi parche y en cada golpe se desgarraba mi espalda, se abrían mis pulmones, sangraban mis yagas, pero yo no oía mi tambor. Ya era el rugido de las gargantas, el estruendo de los aceros, el grito de mi elefante.

Busqué la mirada de mi emperador en la nube de polvo y no encontré su rostro. Extendí mis brazos al cielo buscando el aire para mis pulmones y no lo hallé. Así que golpeé una y otra vez tratando de oír el rugido de mi tambor. Golpeé y golpeé en el parche, en el parche bañado de sangre, ya no de mis yagas, sino de los hombres, de aquellos y de estos, los luminosos y gloriosos hombres que harían temblar la tierra. Golpeé y golpeé por un eternidad tan extensa como el horizonte y no oía mi tambor.

¡Mi tambor enmudecido! ¡Perderíamos la batalla! me dije y golpeé y golpeé tanto como el horizonte, tanto como la sangre, y no oía a mi tambor. La trompa de mi elefante surgía del polvo, las cabezas de los caballos y las espadas sin el brillo del alba flotaban en el polvo. Golpeé y golpeé y de pronto lo oí, me pareció lejano y pensé en el tambor de mi enemigo, pero era mi parche el que gritaba. Así que agité los mazos con las fuerzas que me quedaban. Golpeé la sangre, la de ellos, la nuestra, la mía...

¡Bum, bum, cata bum, bum!

Ya lo oía con claridad. Por encima de los gritos, de los aceros. Lo oía junto al graznido de las garzas, a coro con el bufar de mi elefante. Mi tambor gritaba y la pradera me devolvía su grito:

¡Bum, bum, cata bum, bum!

El polvo se disipaba y brilló el sol del mediodía. Mis pulmones se inflaron con el aire que aún hedía a sangre. No se oía el tambor del enemigo. ¡Por fin se cayó ese tambor! ¡El que mató a mi padre! También se callaron los soldados y los caballos. La tierra apenas ronroneaba: la pradera solo oía a mi tambor...

¡Bum, bum, cata bum, bum!

'Ya no golpees, niño. No hay quién escuche.

En la batalla no está la gloria, hijo; solo en el silencio del tambor'.





sábado, 5 de mayo de 2018

He visto


Nilda

Nilda.

Sostenían las copas de daiquiri y parloteaban boludeces con fondo ‘tecno’. Las minas se habían calzado los vestidos que usarían esa noche y que luego olvidarían en el placar. Los tipos acomodaban a cada rato el cuerpo en los esmóquines alquilados. La fiesta sin motivo transcurría como cualquier fiesta sin motivo, en ese viernes por la noche. Y en ese viernes por la noche conocí a Nilda; así le decían, porque su nombre era Brunilda, 'bruñida, deslumbrante' como me explicó. Había cumplido veintitrés, todas las curvas, tetas sin plástico y un culo erecto. Nada de eso fue lo que me atrajo, lo juro. Los labios finos; no. El cabello negro; tampoco. La frente amplia; menos aún. El rostro oval, su cutis de Photoshop; lejos. ¿Qué, entonces?. Los ojos; claro. No que sus iris fuesen claros, porque eran marrones. Nilda lucía ese color con soberbia, lo imponía. Cualquier boluda ‘fashion’ los ocultaría con contactos de verde o celeste. En cambio, ella exhibía sus genes latinos, sudacas. Sí. Definitivamente. Eso me atrajo de Nilda: sus iris marrones.

Compartimos unos vasos: yo whisky, ella ginebra. Nilda no sonreía y no usaba celular. Interesante. Yo apagué el mío. En fin. Se dedicaba al diseño gráfico y asistía a la facultad de ingeniería y a la de arquitectura. Se divertía con la astronomía. Había un telescopio en su departamento de Juncal. Me describió una por una las lunas de Júpiter: Ío; Europa; Calisto...¿habrá estado en alguna de ellas? Nilda no sonreía, pero me sonrió. Me habló de la mancha oval en la atmósfera de Júpiter: una mancha marrón, como un ojo, como los suyos. Me habló de las estrellas celestes, naranjas y blancas. ¿Desde cuándo brillaban con colores las estrellas? Nilda no sonreía, pero me sonrió y me habló de las galaxias y de las súper novas.
A esa altura de su currículo, yo repasaba mi respuesta para cuando fuera mi turno. Siempre era la misma mentira aprendida de memoria: viajante; ubicaba productos de una constructora, por aquí, por allá; porque 'soy espía' no era la respuesta correcta.
—¿Y vos, a qué te dedicás? —Nilda se bebió el último trago de su segunda ginebra.
—Soy espía.
—¡Qué bien! y ¿Qué espiás?
—Empresas —mentí.
—Ah. Pensé que espiabas gobiernos, instalaciones militares o algo así.
Exacto, espío gobiernos. No lo dije.
—Solo empresas —sí lo dije.
—Conocí un chico que espiaba a la competencia —me contaba Nilda y no me sorprendió—. Él trabajaba en..., bueno, no recuerdo qué banco. No sólo espiaba al banco, sino que también lo saboteó. Lo mandó a la quiebra y luego su banco lo adquirió. ¿Vos saboteas también? —terminé mi segundo whisky, eso me ayudó a contestar.
—No. Yo solo espío.
Nilda practicaba natación, tai chi, kung fú y le apasionaba cocinar. Sería difícil volverla a ver. Pero la ‘argentum’ manejó la situación, me invitó a su departamento, no al de Juncal, al de Guido y Agüero, Recoleta, por supuesto.



Sábado por la tarde; Guido y Agüero, Recoleta, por supuesto. Caminé por Guido y me paré sobre las baldosas de vainillas, frente al portón de rejas. No se trataba de un departamento, sino de una casona de dos plantas atrapada entre dos edificios. Una casona ni muy muy, ni tan tan. Con el suficiente misterio en sus ventanas largas y en las cabezas de hierro de los dos leones del portón. Oprimí el portero, de bronce lustroso. Nadie habló. Me disponía a insistir cuando se abrió la puerta de entrada, allá, bajo el alero sostenido por dos columnas dóricas. Emergió una señora corpulenta de blusa rosa y pollera negra. Seguramente la encargada de lustrar el bronce del portero. Descendió los escalones del alero y caminó con apuro hacia mi encuentro. Colgaba de su hombro una cartera y en su mano derecha tintineaba un manojo de llaves. La señora, de unos cuarenta, de rostro gentil, inteligente, una recepcionista, antes que una ama de llaves, se detuvo ante el portón.
—Usted es de la embajada ¿no? —me preguntó, rebuscando en el manojo.
—Sí —respondí, me pareció prudente.
Se abrió una hoja del portón. Entré y esperé a que la señora cerrara. No le dio llave. Pasaba delante de mí y acomodando su cartera, me invitó a seguirla. Subimos los escalones del alero. Entramos. Dentro, la sala circular se iluminaba con la pálida luz de la tarde que se filtraba por los vitrales de la ventana. Los pocos muebles y esculturas que descansaban allí, se cubrían con telas.
—La señorita ya baja —me confirmó, cabeceando hacia la escalera de mármol que ascendía en espiral.
—Discúlpeme —agregó—, pero debo retirarme.
La recepcionista que hacía de ama de llaves dejaba el manojo sobre una mesita al pie de la escalera y abandonaba la sala cerrando la puerta despacio. Muy despacio. Quizás recordó algo. El lugar se silenció: un panteón de la Chacarita sería más acogedor.
Respiré la humedad por unos minutos y aquel silencio se interrumpió con el rose de sus zapatillas: Nilda descendía, de vaqueros y una camisa masculina, desabotonada y manchada de pintura. Debajo una remera. Llevaba el pelo recogido, de un negro más natural y refregaba sus manos con un trapo.
—Hola —se detuvo ante mi.
Me clavó la mirada, sí, la de color marrón. Algo se tensó en mi estómago. Esperaba su beso, pero Nilda, giró su rostro hacia la escalera y cruzó las manos a la espalda. Advertí que no usaba corpiño y la camisa hedía a trementina.
—Cuando puedo, me dedico a la plástica —comentó y regresaban sus iris marrones.
—Qué bueno —balbuceé.
—¿Te interesa la pintura? —me preguntó.
—Algo —mentí—. Pero no entiendo mucho.
—Vamos, subí. Te mostraré mi ‘atelier’.
—De acuerdo, te sigo.
La escalera era lo suficientemente amplia como para que subiéramos juntos. Me agradó. Deseé ceñirle la cintura o tomarla del hombro. Disfruté cada escalón: un ascenso a los cielos. Terminamos en un pasillo en penumbras. Conté dos puertas a la izquierda, una a la derecha y una al final. Ella abrió la primera de la izquierda que había quedado entornada. La empujó e insistió a que entrara.
La sala se iluminaba a través de tres ventanales en el techo. Contra las paredes se apoyaban decenas de bastidores que achicaban el lugar donde se paraba el caballete. Donde también se paraban ellos: dos tipos, de vaqueros y zapatillas, de remera uno y camisa el otro. Se paraban como se paran todos ellos: de brazos cruzados, torciendo la columna. Mascando chicle. Los reconocí, estuvieron en la fiesta.
Nilda cerró la puerta y se quedó detrás de mí. La camisa con trementina y el trapo cayeron en el piso de madera.
El de remera extendió la mano hacia su compañero y este extrajo del vaquero dos sobres que los dejó en la palma de su socio.
—Tomá —me arrojó uno de los sobres—. Ese tiene lo que buscabas.
Luego me arrojó el otro sobre.
—Y ese es tu dinero. Ahora, andate.
Nunca bajamos las miradas. Nunca dejamos de intuirnos. Nunca dudé de sus armas hundidas en los vaqueros. Y siempre oí la respiración de Nilda a mi espalda. La puerta se abrió. Imaginé sus dedos sujetando el picaporte. Me giré y ella miraba las tablas del piso. Salí al pasillo.
—No lo acompañes —oí al de remera—. Conoce el camino. La puerta se cerró. Despacio. Muy despacio.
Bajé los escalones de mármol, escuchando el eco de mis pasos. Abrí la puerta de entrada. Bajé los otros escalones, los del alero. Caminé hasta el portón, separé la hoja y miré los leones de hierro. Me alejé raspando las vainillas y anduve por las veredas de Guido: la casona se quedaba atrás, atrapada entre los edificios. Seguí hasta la rotonda de Gelly. Desde allí, contemplé la embajada británica, al otro lado de la rotonda. Respiré la humedad de la tarde, de la tarde de sábado, hasta que vi el taxi y lo detuve.

El taxi me dejó en el Cosmos de Constitución: me alojaba allí desde el lunes. Entré al cuarto y arrojé los sobres a la cama, me descalcé y me hundí en el colchón. Había seguido a ese tipo por cinco días: un fiscal que frecuentaba la embajada. Eso me acercó a la fiesta y a Nilda. El fiscal estubo allí. Habló con muchos y con muchas. Habló con Nilda y con los dos tipos de la casona. Pero Nilda habló conmigo, de Júpiter y sus lunas, de la vida en el cosmos, del nacimiento de una estrella y la súper nova. Nilda no sonríe, pero a mí me sonrió dos veces. Yo deseé una noche en su departamento de Juncal, donde había un telescopio. No deseé la tarde en la casona de Recoleta.
Si lo que contenía el primer sobre era información falsa, o sea, ‘carne podrida’, yo nunca me enteraría. Mis jefes invisibles nunca me lo dirían. Entonces, ¿cuál era el problema? entregaría ese sobre y me quedaría con el dinero ¿un soborno? o ¿era mi sueldo? No lo sé. Sí sé, que nunca la volvería a ver. Deseé una noche en su departamento de Juncal. No deseé la casona, ni a los tipos ni sus sobres.


 La tarde se había ido y la noche del sábado comenzaba. El murmullo del tránsito entraba por la ventana. Intentaría dormir. Después que deje el sobre con la información la misión terminaría, para bien o para mal. Eso nunca me lo dirían. Regresaría a mi casa de Quilmes, cerca del río, allí observo las estrellas desde mi telescopio.