domingo, 5 de agosto de 2018
miércoles, 4 de julio de 2018
vértigo
Vértigo.
Por
Hugo Rodríguez.
Eligió José Pérez porque sería uno más entre millones. Portaba una nueve milímetros, se la había arrebatado
a un policía, que asesinó con el mismo arma.
José entró a la casucha de la villa y apuntó con la nueve a la mujer:
-¿Donde está la pendeja?
-No está -la señora miró el celular en el aparador.
La nueve se disparó y la mujer se desplomó en el piso.
José hurgó en el celular. Llamó y se oyó:
-¿Mamá? Estoy en clase ¿qué pasa?
José saltó la pared del fondo. El auto no estaba. No le importó. En la avenida robaría otro y robó uno rojo.
Estacionó a media cuadra del colegio. La esperó.
La joven salió con sus compañeras y se detuvo en medio de la calle: aquel auto rojo no era del paisaje.
La muchacha regresó por algo que se había olvidado, fue la escusa para sus amigas. José esperó.
Esperó; se inquietó y dejó el auto. Ingresó al colegio y habló con el celador:
-¿Cómo que no está?
-Sí, ya se retiró.
José se paró en el medio de la calle y vio como el auto rojo se le venía encima.
La joven frenó: por el retrovisor, el cuerpo de José aún se movía. La muchacha
retrocedió y lo atropelló. Aceleró y lo atropelló una vez más.
Lo hubiera echo una y otra vez, pero se alejó, chirriando las ruedas.
domingo, 10 de junio de 2018
La gloria del tambor.
La
gloria del tambor.
Me
preparé para esta batalla. Ejercité mis brazos y la precisión de
los golpes. Hinché los pulmones con el aire de los amaneceres y
medité en los ocasos oyendo mi corazón. El emperador me había
elegido entre cientos: seré el tambor del ejército imperial. Las
tropas avanzarán al paso de mis golpes, sus corazones se unirán a
mi tambor y gritarán a tiempo que mis mazos se desplomen sobre el
parche. Mi padre estaría orgulloso de mí. Sé que lo deseó. Sé
que me soñó sobre el elefante golpeando el tambor. Me soñó
rodeado de soldados ansiosos por combatir. Y ahora, de alguna manera,
vengaría su muerte. El emperador me dijo que mi padre fue un gran
soldado. Que peleó junto a él con valentía y dio su vida por el
imperio.
El
alba, todavía azul, esperaba por la batalla. El elefante transpiraba
y resoplaba, mientras yo acariciaba sus patas y ajustaba las correas
que sostenían mi tambor, allá, en la grupa del animal. Mi tambor,
enorme como la cabeza de la bestia, lustroso y en silencio. Mi
tambor, tenso como el cuero de su parche, dispuesto para la guerra.
Alguna grulla chilló desde los juncos y tomé la trompa del animal y
lo obligué a marchar. La hierba crujía bajo sus patas. Las nubes
empezaban a teñirse de rojo y mi elefante y yo caminábamos hacia el
horizonte donde se recortaban las siluetas de ellos, los soldados
imperiales, los hombres que darían su vida por nuestro monarca,
igual que la dio mi padre.
Mi
padre nunca hablaba de las batallas. Cuando regresaba de ellas,
besaba a mi madre y a mí, y nada más. Yo esperaba que me contara a
cuantos había dado muerte con su lanza, que me contara si había
cuidado las espaldas del emperador o si las flechas de los arqueros
habían oscurecido el cielo. Pero padre no contaba esas historias,
prefería hablar del pueblo de India, de donde venían nuestros
elefantes. Hablaba de sus danzas, de la fineza de sus sedas. En casa
había muchos objetos de India: estatuillas, pinturas, teteras y
jarrones. Papá admiraba a ese pueblo. Decía que teníamos mucho que
aprender de ellos y ojalá, decía mi padre, nunca pelemos contra ese
país.
Detuve
al elefante, me trepé a la grupa y contemplé una vez más a los
soldados, los gloriosos y luminosos soldados que harían temblar la
tierra a cada golpe en mi tambor. ¡Toda la naturaleza vibraría al
ritmo de mi tambor! Hasta el enemigo, el asesino de mi padre,
temblaría de miedo al ritmo de mi tambor.
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
Llegó
el alba de la batalla. El silencio de la pradera quebrado por un
graznido, por el siseo del viento en la paja, por el soplo de los
caballos y la mirada de los soldados. Arengué al animal y me coloqué
detrás del emperador. Contemplé la espalda de nuestro monarca: una
montaña cubierta de acero. Me detuve en su brazo que esperaba el
reflejo de algún bronce para elevarse y que él gritara como el
tigre. Así me lo había contado mi padre y así sucedió esa mañana.
Entonces el emperador rugió. Entonces mi tambor rugió:
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
Los
cascos de los caballos golpearon la tierra y la tierra tembló...
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
Los
gritos de los soldados espantaron a las grullas y en el pecho de los
hombres se oía mi tambor...
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
Suspendí
los mazos en el aire y miré al horizonte: allí se desplegaba sin
límites el ejército enemigo. Aquel ejército gritó y las grullas
huyeron, la tierra tembló con más fuerza y entonces lo oí...
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
¡El
otro tambor!
Mi
emperador giró su cabeza y me hundió la mirada. Mi elefante rugió
y mis mazos golpearon el parche. Hinché mis pulmones y retomé los
golpes...
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
Los
ejércitos chocaron y la tierra rugió como cien volcanes. Yo
golpeaba mi parche y en cada golpe se desgarraba mi espalda, se
abrían mis pulmones, sangraban mis yagas, pero yo no oía mi tambor.
Ya era el rugido de las gargantas, el estruendo de los aceros, el
grito de mi elefante.
Busqué
la mirada de mi emperador en la nube de polvo y no encontré su
rostro. Extendí mis brazos al cielo buscando el aire para mis
pulmones y no lo hallé. Así que golpeé una y otra vez tratando de
oír el rugido de mi tambor. Golpeé y golpeé en el parche, en el
parche bañado de sangre, ya no de mis yagas, sino de los hombres, de
aquellos y de estos, los luminosos y gloriosos hombres que harían
temblar la tierra. Golpeé y golpeé por un eternidad tan extensa
como el horizonte y no oía mi tambor.
¡Mi
tambor enmudecido! ¡Perderíamos la batalla! me dije y golpeé y
golpeé tanto como el horizonte, tanto como la sangre, y no oía a mi
tambor. La trompa de mi elefante surgía del polvo, las cabezas de
los caballos y las espadas sin el brillo del alba flotaban en el
polvo. Golpeé y golpeé y de pronto lo oí, me pareció lejano y
pensé en el tambor de mi enemigo, pero era mi parche el que gritaba.
Así que agité los mazos con las fuerzas que me quedaban. Golpeé la
sangre, la de ellos, la nuestra, la mía...
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
Ya
lo oía con claridad. Por encima de los gritos, de los aceros. Lo oía
junto al graznido de las garzas, a coro con el bufar de mi elefante.
Mi tambor gritaba y la pradera me devolvía su grito:
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
El
polvo se disipaba y brilló el sol del mediodía. Mis pulmones se
inflaron con el aire que aún hedía a sangre. No se oía el tambor
del enemigo. ¡Por fin se cayó ese tambor! ¡El que mató a mi
padre! También se callaron los soldados y los caballos. La tierra
apenas ronroneaba: la pradera solo oía a mi tambor...
¡Bum,
bum, cata bum, bum!
'Ya
no golpees, niño. No hay quién escuche.
En
la batalla no está la gloria, hijo; solo en el silencio del tambor'.
sábado, 5 de mayo de 2018
Nilda
Nilda.
Sostenían
las copas de daiquiri y parloteaban boludeces con fondo ‘tecno’.
Las minas se habían calzado los vestidos que usarían esa noche y
que luego olvidarían en el placar. Los tipos acomodaban a cada rato
el cuerpo en los esmóquines alquilados. La fiesta sin motivo
transcurría como cualquier fiesta sin motivo, en ese viernes por la
noche. Y en ese viernes por la noche conocí a Nilda; así le decían,
porque su nombre era Brunilda, 'bruñida, deslumbrante' como me
explicó. Había cumplido veintitrés, todas las curvas, tetas sin
plástico y un culo erecto. Nada de eso fue lo que me atrajo, lo
juro. Los labios finos; no. El cabello negro; tampoco. La frente
amplia; menos aún. El rostro oval, su cutis de Photoshop; lejos.
¿Qué, entonces?. Los ojos; claro. No que sus iris fuesen claros,
porque eran marrones. Nilda lucía ese color con soberbia, lo
imponía. Cualquier boluda ‘fashion’ los ocultaría con contactos
de verde o celeste. En cambio, ella exhibía sus genes latinos,
sudacas. Sí. Definitivamente. Eso me atrajo de Nilda: sus iris
marrones.
Compartimos
unos vasos: yo whisky, ella ginebra. Nilda no sonreía y no usaba
celular. Interesante. Yo apagué el mío. En fin. Se dedicaba al
diseño gráfico y asistía a la facultad de ingeniería y a la de
arquitectura. Se divertía con la astronomía. Había un telescopio
en su departamento de Juncal. Me describió una por una las lunas de
Júpiter: Ío; Europa; Calisto...¿habrá estado en alguna de ellas?
Nilda no sonreía, pero me sonrió. Me habló de la mancha oval en la
atmósfera de Júpiter: una mancha marrón, como un ojo, como los
suyos. Me habló de las estrellas celestes, naranjas y blancas.
¿Desde cuándo brillaban con colores las estrellas? Nilda no
sonreía, pero me sonrió y me habló de las galaxias y de las súper
novas.
A
esa altura de su currículo, yo repasaba mi respuesta para cuando
fuera mi turno. Siempre era la misma mentira aprendida de memoria:
viajante; ubicaba productos de una constructora, por aquí, por allá;
porque 'soy espía' no era la respuesta correcta.
—¿Y
vos, a qué te dedicás? —Nilda se bebió el último trago de su
segunda ginebra.
—Soy
espía.
—¡Qué
bien! y ¿Qué espiás?
—Empresas
—mentí.
—Ah.
Pensé que espiabas gobiernos, instalaciones militares o algo así.
Exacto,
espío gobiernos. No lo dije.
—Solo
empresas —sí lo dije.
—Conocí
un chico que espiaba a la competencia —me contaba Nilda y no me
sorprendió—. Él trabajaba en..., bueno, no recuerdo qué banco.
No sólo espiaba al banco, sino que también lo saboteó. Lo mandó a
la quiebra y luego su banco lo adquirió. ¿Vos saboteas también?
—terminé mi segundo whisky, eso me ayudó a contestar.
—No.
Yo solo espío.
Nilda
practicaba natación, tai chi, kung fú y le apasionaba cocinar.
Sería difícil volverla a ver. Pero la ‘argentum’ manejó la
situación, me invitó a su departamento, no al de Juncal, al de
Guido y Agüero, Recoleta, por supuesto.
Sábado
por la tarde; Guido y Agüero, Recoleta, por supuesto. Caminé por
Guido y me paré sobre las baldosas de vainillas, frente al portón
de rejas. No se trataba de un departamento, sino de una casona de dos
plantas atrapada entre dos edificios. Una casona ni muy muy, ni tan
tan. Con el suficiente misterio en sus ventanas largas y en las
cabezas de hierro de los dos leones del portón. Oprimí el portero,
de bronce lustroso. Nadie habló. Me disponía a insistir cuando se
abrió la puerta de entrada, allá, bajo el alero sostenido por dos
columnas dóricas. Emergió una señora corpulenta de blusa rosa y
pollera negra. Seguramente la encargada de lustrar el bronce del
portero. Descendió los escalones del alero y caminó con apuro hacia
mi encuentro. Colgaba de su hombro una cartera y en su mano derecha
tintineaba un manojo de llaves. La señora, de unos cuarenta, de
rostro gentil, inteligente, una recepcionista, antes que una ama de
llaves, se detuvo ante el portón.
—Usted
es de la embajada ¿no? —me preguntó, rebuscando en el manojo.
—Sí
—respondí, me pareció prudente.
Se
abrió una hoja del portón. Entré y esperé a que la señora
cerrara. No le dio llave. Pasaba delante de mí y acomodando su
cartera, me invitó a seguirla. Subimos los escalones del alero.
Entramos. Dentro, la sala circular se iluminaba con la pálida luz de
la tarde que se filtraba por los vitrales de la ventana. Los pocos
muebles y esculturas que descansaban allí, se cubrían con telas.
—La
señorita ya baja —me confirmó, cabeceando hacia la escalera de
mármol que ascendía en espiral.
—Discúlpeme
—agregó—, pero debo retirarme.
La
recepcionista que hacía de ama de llaves dejaba el manojo sobre una
mesita al pie de la escalera y abandonaba la sala cerrando la puerta
despacio. Muy despacio. Quizás recordó algo. El lugar se silenció:
un panteón de la Chacarita sería más acogedor.
Respiré
la humedad por unos minutos y aquel silencio se interrumpió con el
rose de sus zapatillas: Nilda descendía, de vaqueros y una camisa
masculina, desabotonada y manchada de pintura. Debajo una remera.
Llevaba el pelo recogido, de un negro más natural y refregaba sus
manos con un trapo.
—Hola
—se detuvo ante mi.
Me
clavó la mirada, sí, la de color marrón. Algo se tensó en mi
estómago. Esperaba su beso, pero Nilda, giró su rostro hacia la
escalera y cruzó las manos a la espalda. Advertí que no usaba
corpiño y la camisa hedía a trementina.
—Cuando
puedo, me dedico a la plástica —comentó y regresaban sus iris
marrones.
—Qué
bueno —balbuceé.
—¿Te
interesa la pintura? —me preguntó.
—Algo
—mentí—. Pero no entiendo mucho.
—Vamos,
subí. Te mostraré mi ‘atelier’.
—De
acuerdo, te sigo.
La
escalera era lo suficientemente amplia como para que subiéramos
juntos. Me agradó. Deseé ceñirle la cintura o tomarla del hombro.
Disfruté cada escalón: un ascenso a los cielos. Terminamos en un
pasillo en penumbras. Conté dos puertas a la izquierda, una a la
derecha y una al final. Ella abrió la primera de la izquierda que
había quedado entornada. La empujó e insistió a que entrara.
La
sala se iluminaba a través de tres ventanales en el techo. Contra
las paredes se apoyaban decenas de bastidores que achicaban el lugar
donde se paraba el caballete. Donde también se paraban ellos: dos
tipos, de vaqueros y zapatillas, de remera uno y camisa el otro. Se
paraban como se paran todos ellos: de brazos cruzados, torciendo la
columna. Mascando chicle. Los reconocí, estuvieron en la fiesta.
Nilda
cerró la puerta y se quedó detrás de mí. La camisa con trementina
y el trapo cayeron en el piso de madera.
El
de remera extendió la mano hacia su compañero y este extrajo del
vaquero dos sobres que los dejó en la palma de su socio.
—Tomá
—me arrojó uno de los sobres—. Ese tiene lo que buscabas.
Luego
me arrojó el otro sobre.
—Y
ese es tu dinero. Ahora, andate.
Nunca bajamos las miradas. Nunca dejamos de intuirnos. Nunca dudé
de sus armas hundidas en los vaqueros. Y siempre oí la respiración
de Nilda a mi espalda. La puerta se abrió. Imaginé sus dedos
sujetando el picaporte. Me giré y ella miraba las tablas del piso.
Salí al pasillo.
—No
lo acompañes —oí al de remera—. Conoce el camino. La puerta se
cerró. Despacio. Muy despacio.
Bajé
los escalones de mármol, escuchando el eco de mis pasos. Abrí la
puerta de entrada. Bajé los otros escalones, los del alero. Caminé
hasta el portón, separé la hoja y miré los leones de hierro. Me
alejé raspando las vainillas y anduve por las veredas de Guido: la
casona se quedaba atrás, atrapada entre los edificios. Seguí hasta
la rotonda de Gelly. Desde allí, contemplé la embajada británica,
al otro lado de la rotonda. Respiré la humedad de la tarde, de la
tarde de sábado, hasta que vi el taxi y lo detuve.
El
taxi me dejó en el Cosmos de Constitución: me alojaba allí desde
el lunes. Entré al cuarto y arrojé los sobres a la cama, me
descalcé y me hundí en el colchón. Había seguido a ese tipo por
cinco días: un fiscal que frecuentaba la embajada. Eso me acercó a
la fiesta y a Nilda. El fiscal estubo allí. Habló con muchos y con
muchas. Habló con Nilda y con los dos tipos de la casona. Pero Nilda
habló conmigo, de Júpiter y sus lunas, de la vida en el cosmos, del
nacimiento de una estrella y la súper nova. Nilda no sonríe, pero a
mí me sonrió dos veces. Yo deseé una noche en su departamento de
Juncal, donde había un telescopio. No deseé la tarde en la casona
de Recoleta.
Si
lo que contenía el primer sobre era información falsa, o sea,
‘carne podrida’, yo nunca me enteraría. Mis jefes invisibles
nunca me lo dirían. Entonces, ¿cuál era el problema? entregaría
ese sobre y me quedaría con el dinero ¿un soborno? o ¿era mi
sueldo? No lo sé. Sí sé, que nunca la volvería a ver. Deseé una
noche en su departamento de Juncal. No deseé la casona, ni a los
tipos ni sus sobres.
La
tarde se había ido y la noche del sábado comenzaba. El murmullo del
tránsito entraba por la ventana. Intentaría dormir. Después que
deje el sobre con la información la misión terminaría, para bien o
para mal. Eso nunca me lo dirían. Regresaría a mi casa de Quilmes,
cerca del río, allí observo las estrellas desde mi telescopio.
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