martes, 2 de mayo de 2017
domingo, 2 de abril de 2017
GRANDES ESTEPAS HELADAS
…GRANDES ESTEPAS
HELADAS…
Silvia Simonetti
García se despertó
tenía frío y no sabía donde estaba. Quiso moverse, pero le pareció
que toda su piel se resquebrajaría.
- ¡Tranquilo! -se ordenó
mientras su cerebro lo ubicaba en la realidad de a poco.
Ahora sabía que estaba
en el nicho, que había otros siete más y que estaban próximos a Io
ya que él estaba despertando.
El otro dato de la
realidad que siguió fue que estaba allí por una imposición que el
sindicato había hecho a la megacorporación para la que trabajaba:
en toda misión debía haber un obrero por cada siete científicos o
ingenieros.
No le hacía gracia estar
ahí, orbitando un planeta enorme y sulfuroso. Su tarea consistía en
conducir sobre la incierta superficie de Io un transporte-robot. Para
ello lo habían entrenado, le pagaban bien y computaba doble la
antigüedad.
Recordó que debía
moverse lentamente y no exigir demasiado a su cuerpo, en especial a
los pulmones que sentía latir como pájaros asustados dentro de su
pecho. Se apoyó con cuidado sobre el piso blanco y comenzó a
caminar en dirección a la hilera de nichos. Esperó encontrar a los
tres primeros desocupados ya que si él estaba despierto debían
estarlo los otro tres, dos bajarían al satélite, uno quedaría a
cargo de la nave principal y los restantes serían despertados para
hacerse cargo del regreso a la Tierra. Sin embargo a través del
vidrio escarchado de los visores vio los rostros de sus compañeros,
debían estar despiertos, pero dormían sus sueños criogénicos.
Cinco nichos ocupados,
dos vacíos: el suyo y el de su despertante. Giró buscándolo, la
falsa gravedad lo hizo moverse raramente, se sujetó de una consola y
siguió buscando.
- ¡ Amaya ! ¿Se llamaba
Amaya? no importa- gritó su nombre y otra vez fue raro, sonó a
hueco, a poco, a que nadie lo escuchaba.
Siguió caminando,
apoyándose en los tableros, al principio se preocupó de no tocar
nada que provocara una catástrofe, pero cuando al inicio de un
pasillo transversal vio asomada esa pierna enfundada en el traje de
la compañía se precipitó a toda carrera hacia allí sin importar
los click que sentía sonar bajo sus dedos crispados.
Amaya estaba en el piso
con la boca abierta y los ojos apagados. Lo sacudió con bronca
sabiendo que era inútil, estaba muerto.
- ¡Qué hijo de puta! ¡
Amaya....! ¡Me cago en tu alma! Me despertaste y te moriste sin
despertar a los otros- lo pateó con fuerza, quería matarlo él, que
se muriera de nuevo ante sus ojos.
Volvió hacia los nichos,
miró los monitores con los parámetros de cada uno de los dormidos y
el comando de controles. Por una de las ventanas observó a Júpiter
que ocupaba todo el espacio existente y a Io que acompañaba la
órbita de la nave mostrando su superficie caldosa.
- Yo sólo sé manejar el
carrito, no importa, son cinco, con alguno la voy a pegar, de arriba
a abajo, de izquierda a derecha, como escribo aprieto los botones -
estiró los dedos y los hizo crujir.
Las suaves curvas de los
latidos criogénicos de Juárez fueron reemplazadas por una férrea
línea continua y el sonido de una alarma.
García no se intimidó,
probó con el segundo nicho y usó el procedimiento inverso,
volvieron a sonar las alarmas. La cara del durmiente del tercer nicho
le pareció a García que se contorsionaba en una especie de ruego
desesperado, pero siguió adelante. Cuando llegó al cuarto nicho ni
miró de quien se trataba y golpeó con fuerza las teclas, se tapó
los oídos para no escuchar la alarma.
Se le ocurrió que la
Corporación ya debía saber que algo andaba mal, seguro estuvieron
tratando de comunicarse, pero pensó que Amaya había desconectado
algo por eso nadie podía lograrlo, él no tenía la menor idea de
cómo hacerlo, ni despertar dormidos, ni comunicarse con la
Corporación, ni arrojar a Amaya al espacio, que ya estaba empezando
a oler mal.
Se acercó al quinto
nicho y miró a Zapata con su cara blanca y lustrosa como de cera.
- Te voy a dar una
oportunidad flaco - le dijo golpeando el cristal con sus nudillos, se
sentó recostándose contra la base del nicho, le pareció que
Júpiter se los estaba devorando con su inmensa masa gravitatoria, ya
no se veía a Io, seguramente alguno debería haber hecho una
corrección de trayectoria.
- ¡Ma sí! alguien va a
venir Zapata, comida hay, oxígeno también - tuvo un escalofrío y
se sintió medio obligado a hacer algo para salir de esa situación,
pero estaba cansado, había dormido durante tres meses y seguro que
el pelotudo de Amaya no había completado como se debía el proceso
cuando lo despertó y por eso se sentía tan débil. Decidió dormir
un rato, soñó con desiertos y grandes estepas heladas.
Silvia Simonetti
Julio, 2012
Muchas gracias Silvia por
compartir tu relato en este blog.
sábado, 4 de marzo de 2017
DISCURSO DIFERIDO
DISCURSO
DIFERIDO.
Por
Hugo
Rodríguez.
Miércoles
16. 05.00 AM.
¡Son
extraterrestres! ¡Su piel es oscura! ¡Y eso es suficiente para
nosotros! ¡Suficiente para que le volemos la cabeza! ¡Pero si
quieren más! ¡Les diré, soldados! ¡Viven bajo la tierra como
gusanos! ¡Habitan en las cloacas! ¡En los desagües! ¡Y se
arrastran como gusanos! ¡No vinieron de turismo a nuestro planeta,
no señor! ¡Ni por nuestros recursos naturales! ¡Tampoco vinieron
por nosotros! ¡Ni por nuestras mujeres! ¡No, soldados! ¡Los
malditos vinieron por nuestra materia fecal! ¡Así es! ¡Los
extraterrestres son unos inmundos come mierda! (Nunca creí que diría
esta frase). ¡Y no estamos dispuestos a que se lleven nuestra
mierda! ¡Es nuestra y punto!
Sabemos
que hay una cantidad importante de ellos en los desagües de la
ciudad. Aquí tenemos algunas fotografías de los gusanos, tomadas en
las cloacas. No son muy buenas y no se los puede ver bien. Pero en
este esquema, en este retrato hablado, aquí sí, podemos tener una
idea de los feos que son ¡Y los malditos huelen igual de feo!
¿Verdad que no desearían que sus hijas se los presentaran como sus
novios? Bien, soldados. Ahora deben saber, que esas sanguijuelas del
espacio han desarrollado la capacidad de mutar. Sí. Los inmundos
pueden cambiar de aspecto. Los malditos pueden parecerse a nosotros,
en especial a gente indigente, ya saben: niños desnutridos,
mendigos, viejos harapientos. Conocen dónde pegarnos.
¡Pero
ustedes, soldados! ¡Son la elite! ¡Son profesionales! ¡Y no se
dejarán engañar por los alienígenas! ¡No vacilarán en ponerles
una bala entre las cejas! ¡Así sea un niño! ¡O una mujer con un
bebé en brazos! ¡O un viejo mendigo! ¡Vuélenle la cabeza! ¡Por
Dios! ¡Por la Patria! ¡Por la familia!
Lunes
21. 05.00 AM.
La
acción de la semana pasada ha sido todo un éxito. Los felicito,
muchachos. Los extraterrestres han tenido su merecido. Sabemos que ha
habido sobrevivientes, pero que ya no merodean las cañerías. Se han
ocultado en el barrio humilde de la ciudad. Valiéndose de su
camuflaje. Son pocos, porque ustedes han liquidado a la mayoría,
pero sabemos de su capacidad de reproducción. ¡Esas bestias paren
como conejos! ¡Han colmado su planeta! ¡Han agotado sus alimentos!
y por eso ¡ahora comen mierda! La ciencia se ha puesto al servicio
de esta guerra, como debe ser. Nuestros doctos han encontrado el
medio para detectarlos desde los satélites. Logramos reconocer su
ADN. En este mapa satelital de nuestra ciudad, como pueden ver,
aparece como una mancha roja la zona ocupada por ellos y coincide con
casi la totalidad del barrio: 20 cuadras a la redonda. ¡Vaya, qué
se reproducen rápidos estos gusanos!
Dentro
de ocho horas arrojaremos una bomba, allí, justo en el centro del
barrio. Ustedes son los primeros en conocer esta decisión. Habrá
daños colaterales. Para el Comando Mayor no fue fácil. Evacuaremos
a los ciudadanos que habitan cinco cuadras más allá del perímetro;
la situación requiere de estos sacrificios.
¡Volaremos
esa mancha roja del mapa! (Nunca creí que diría esta frase). ¡Dios
está de nuestro lado, soldados! ¡Por la Patria! ¡Por la familia!
Meses
después. 05.00 AM.
Me
hubiese agradado, soldados que nuestro encuentro de hoy se hubiese
dado en un contexto más optimista. No pudimos prever que la
capacidad de reproducción de nuestro enemigo fuera tan vertiginosa.
Como pueden observar en esta imagen satelital, el mundo, ahora es
rojo. (Nunca creí que diría esta frase). Sólo en ese punto
insignificante, lo ampliaré un poco, ése, de 20 cuadras a la
redonda, es el único lugar libre, y lo digo con toda la grandeza de
la palabra, libre del dominio invasor. Y en ese punto estamos
nosotros, sobreviviendo en casas precarias, vistiéndonos con
harapos, sufriendo la hambruna de nuestros niños, de nuestros
mayores. Ocultándonos en las cañerías, en las cloacas,
arrastrándonos...eh...arrastrándonos…eh. Por Dios. Por la Patria.
Por la... ¡Mierda!
Fin.
lunes, 6 de febrero de 2017
PACIENTE.
PACIENTE.
Por
Hugo
Rodríguez.
—Jamás
volveré a salir con mis pacientes: la terapia en el consultorio.
—No
es mala idea, sicóloga.
—No
te burles. ¿Adónde me llevás, Juan?
—Dejamos
el auto acá. Caminaremos.
—¿Pero
esto es el medio del campo?
—Así
parece. Bajá, Gisela.
—Yo
no pienso bajar.
—Bajá,
dale. No me obligués a apuntarte.
—No
es muy profesional lo mío, pero estás re-loco.
—Juntá
las manos.
—¿Y
ahora qué? ¿Esposas también?
—Sí.
—Juan,
no sigas. Me falta el aire. Es el asma.
—No,
no es el asma. Metete por ese sendero. Caminá, vamos.
—Juan
no sigas. Todo esto te lo estás inventando.
—Caminá,
dale.
—Hace
un calor de mierda.
—25
grados es una temperatura agradable.
—Para
vos. Yo sufro el calor.
—Lo
sé.
—Cuánto
vamos a caminar.
—Unos
metros, seguí.
—Es
una locura.
—Sí,
Gisela. Sin duda.
—Vos
no sos ningún extraterrestre. Yo soy tu sicóloga. Sufro de asma y
me falta el aire.
—Claro.
Tenés razón. Al menos una razón. Ahora sentate en ese tronco;
—vamos a descansar. La nave está cerca.
—Oh,
la nave, sí, por supuesto. ¿Dónde aterrizaste?
—Allá.
Junto a aquellos sauces, a un lado de este arroyo.
—¿Es
grande tu nave?
—Algo.
Un ovoide de una manzana, más o menos.
—Ajá.
¿Por qué no la veo?
—Bueno,
está activado el campo de invisibilidad.
—¡Oh!
invisible. ¡Qué oportuno!
—Por
supuesto. No era bueno que supiesen que estaba aquí ¿No te parece?
—Juan,
no sos de otro planeta. Sos humano. Como yo, como todos. Respirás de
este aire. Tenés pulmones, corazón y un físico...muy imponente,
por cierto.
—Sí
soy humano, Gisela. Pero no de la Tierra. De otra colonia.
—Bueno,
ahí vamos otra vez.
—Mi
físico es imponente, como vos decís, porque en 'Pirna', de donde
vengo, la gravedad es un tercio mayor que la de la tierra.
—No,
Juan ¡carajo! ¡No existe ningún 'Pirna'! Tenés ese lomo porque
hacés fierros y ¡seguro que tomás anabólicos que te plancharon
las neuronas!
—Levantate.
Seguimos.
—No
doy más. Necesito mi inhalador.
—No
sufrís de asma, Gisela. Estás apunada.
—Estamos
al nivel del mar, boludo. No tenés cura, Juan.
—Vamos.
Levantate y caminá.
—¿Es
necesario que me apuntes y que me amarres?
—Sí.
—Y
si me niego a caminar ¿serías capaz de matarme?
—No
lo dudes.
—Ok.
—Caminá
delante de mí, costeando el arroyo.
—Como
digas.
—¿Por
qué te detenés? seguí caminando, Gisela.
—Cuando
lleguemos a tu nave y la nave no esté -que es lo más probable- ¿Qué
me vas hacer? ¿Me vas a violar?
—Antes
me pego un tiro.
—Se
supone que el paciente se enamora de su analista.
—Vos
no sos sicóloga y yo no soy tu paciente. Ahora callate y caminá.
—No
puedo respirar, Juan.
—Ya
estamos cerca. En la nave vas a estar mejor.
—Sí,
claro.
—¿Y,
Juan? Veo los sauces, pero ¿la nave? ...minga.
—Frente
a vos.
—No
hay nada...pero sí oí un ruido ¿Qué fue?
—Se
abrió la compuerta. Entrá.
—¡No
me empujés! ¡Mierda! ¡Carajo! ¿Don...dónde estoy?
—Levantate.
Caminá hacia allá.
—Pero
¿qué es este lugar?
—Ahora
entrá allí. ¿Entrás o te empujo?
—No,
está bien.
—Ya
te podés quitar las esposas, están desactivadas, y no trates de
salir; hay un campo de fuerza.
—¡Ay!
¡Mierda!
—Te
lo dije.
—¿Dónde
estoy? ¿Qué carajo está pasando?
—Este
es tu calabozo, Gisela. Tiene el clima y la atmósfera de tu planeta.
¿Estás mejor?
—Sí…pero…
¡qué importa! ¿De qué me hablás? ¿Qué planeta?
—De
'Tersa'. Estamos en guerra con ustedes desde hace algún tiempo.
Mucho tiempo diría yo.
—Yo
qué tengo que ver con... 'Tersa' o como se llame.
—Sos
una 'tersiana'. Han hecho un buen trabajo con vos. Te creés humana.
—¡Soy
humana!
—¡Sos
una mierda 'tersiana'! ¡Sos un engendro del cosmos! y estás a punto
de estallar. Hubieses explotado en la Tierra y la hubieses destruido
como destruyeron otras colonias.
—¡Sacame
de acá! ¡Quiero salir!
—Vas
a salir. Te arrojaré al vacío, Gisela; para que explotés en medio
de la nada.
—¿Qué
querés decir?
—Que
ya dejamos la Tierra y el sistema solar; eso digo.
—No
oí que despegáramos. No oí motores o algo así.
—No
usamos motores, Gisela: plegamiento espacial.
—Qué
me sucede. ¿Qué le pasa a mis brazos?
—Son
tus tentáculos. Y ahora... humana... ¡fuera!
Fin.
LA HIJA DEL ETERNAUTA VII. FUSIÓN
LA
HIJA DEL ETERNAUTA.
Por
Hugo
Rodríguez.
VII.
FUSIÓN.
La
noche fría del viernes, comenzó. El chalet de los Salvo,
herméticamente cerrado, albergaba a un grupo humano que disfrutaba
la tensa alegría de una falsa fiesta. Todos estaban a resguardo en
el improvisado búnker, si la invasión que vaticinaba Martita era
cierta. Pero si no, como ella misma había dicho, pasarían una
agradable velada. Allí estaban los amigos de Juan con sus familias
completas. También Ramírez, el vecino de enfrente y su esposa. La
joven del futuro fue presentada como una sobrina de Juan, llegada de
Mendoza, y así salvaron el parecido con su 'yo' del presente, que
pasó por su prima.
La
fiesta promediaba. Las jóvenes se habían encerrado en el
dormitorio, buscando apartarse de la animosidad de los invitados.
Quizás para estar juntas y distenderse, ya que parecía que el resto
de las personas disfrutaban de la reunión, incluso los que sabían
el real motivo del ágape.
De
pronto un estruendo insondable, que hizo vibrar la casa, se escuchó
desde la habitación de las jóvenes. De Inmediato se oyó también
un patético grito. Todos acudieron al aposento. Elena abrió la
puerta y encontró la pieza iluminada intensamente, algunos tuvieron
que cubrirse los ojos. La luz provenía de todas partes, de todas las
cosas, Elena, aún deslumbrada, pudo percibir a su hija que yacía de
rodillas en el suelo. Martita emitía luz como el resto de la
habitación pero enseguida la escena comenzó a normalizarse.
Elena,
entonces se arrojó sobre su hija y la abrazó. Juan también se
acercó, el resto de los invitados miraban aturdidos.
-¡Hija!
¿Estás bien? -preguntó alterado, Juan -¿Dónde está...tu prima?
-Yo
le desactive el traje...-dijo trémula, la niña -yo conocía la
clave porque yo era ella...lo hice porque tenía miedo por lo que
viene.
La
joven buscó la mirada de su padre:
-Papá,
ella está aquí con migo. Ella y yo ahora somos una sola persona.
Entonces
la niña levantó su blusa y dejó ver una cicatriz en el costado
izquierdo de su abdomen.
Favali,
Lucas y Polsky quedaron azorados. Elena y Juan miraron a su hija con
asombro.
-Ya
no tengo miedo -continuó la niña, ahora con voz firme-, y sé todo
sobre como resistir la invasión. Crecí de golpe, como mi otro yo
del futuro.
El
conjunto de mujeres y hombres, no salía de su asombro. Atónitos por
lo sucedido y tratando de encontrarle sentido a lo versado por la
niña, guardaron un instante de reflexivo silencio. Silencio, dentro
y fuera. Silencio, para dar lugar a un solo ruido. Un golpeteo
similar a insectos chocando contra la ventana: los copos
fosforescentes que comenzaban a caer. Los cuerpos se petrificaron al
igual que las miradas. Martita dejó de observar la ventana para
mirar el rostro de su padre. Ya no era él, ya era el viajero de la
eternidad.
Fin.
lunes, 9 de enero de 2017
VIGILANTE.
VIGILANTE.
Por
Hugo Rodríguez.
¡Él
ya llega! ¡Nuestra salvación! ¡Ya viene!
Gritaba en la esquina un sujeto flaco de piyamas, pantuflas y bata
desanudada. Gritaba mientras miraba al cielo de la madrugada y extendía los
brazos hacia las estrellas.
—¡Se acerca el momento! ¡Ya está
con nosotros!
El
quijotesco personaje continuaba su prédica a viva voz.
—¡Viene de las estrellas! ¡Trae
la salvación!
Cualquiera
que lo escuchase y lo viese, sin duda, daría con una sola conclusión: al amigo
se le habían aflojado algunos tornillos. Rondaría los treinta, aunque el rostro
demacrado y la barba crecida, más el revoltijo de sus cabellos, aumentaban el
registro una década.
—¡Ya se anuncia! ¡Está aquí! ¡Me
lo dijo! ¡Me lo dijo!
Su
voz carrasposa rompía el silencio de las
calles desoladas. Tal vocerío a esas horas de la noche, como era de esperar,
provocó que algún ciudadano desvelado diera parte a la policía. El patrullero
no tardó en llegar. La unidad, ocupada por una joven oficial al volante y un
sargento que la acompañaba, estacionó junto al tipejo. Descendieron los dos
ocupantes sin apagar el motor.
—Amigo. ¡Amigo! —El sargento tuvo
que insistir y tomarlo del brazo para atraer la atención del hombre—. ¡Qué tal
si se calma! ¿No le parece que es muy madrugada para andar gritando?
—¡Es que ya viene! ¡Me habló en
sueños! —El quijote lo dijo sin mirar al sargento ni a la joven: apuntaba su
mentón a las estrellas en una pose casi actoral—. ¡Ya llega! ¡En minutos!
—Bueno, ¿Qué tal si lo espera
dentro del patrullero? —dijo la oficial.
El
noctámbulo se calmó, miró a los
policías y aceptó ingresar al vehículo.
Antes de acomodarse en el asiento trasero, volteó su mirada una vez más a las
estrellas y susurró: 'ya viene'.
—Sí, sí —le afirmó el sargento
con ironía—. Seguro está por llegar —agregó, intercambiando sonrisas con su
compañera.
—Él ya viene. Ya está aquí. —dijo,
el profeta mirando al sargento. Hizo una
pausa y le preguntó: '¿Qué hora es?'.
—Entrá. Ponete cómodo —fue la
respuesta del policía.
Luego
la joven y el suboficial ocuparon los
asientos delanteros.
—Dale, vamos —le dijo el sargento
a la muchacha, que se aferraba al volante—. Llevemos a este loco a la
comisaría.
Los dedos de la joven se retorcieron.
—¿Me escuchaste? Vamos a la
comisaría.
—El que se va a la comisaría es
usted —le contestó la joven, pero con
otra voz, espectral, recóndita; giró la cabeza para mirarlo y el rostro del
sargento empalideció: las esferas de los
ojos de la muchacha se cuajaban de sangre y uno y otro iris
empezaban a fosforecer.
—Ahora bájese — le ordenó—. El
hermano y yo nos vamos a otro lugar.
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