miércoles, 3 de agosto de 2016

LA HIJA DEL ETERNAUTA

LA HIJA DEL ETERNAUTA.
Por
Hugo Rodríguez.

I
EL REGRESO.


           
            La noche fría se había instalado en el barrio. El silencio era el protagonista, interrumpido a momentos, por los zumbidos suaves de la brisa o algún automóvil lejano de la avenida. Las calles desoladas de Vicente López esperaban y en una de sus esquinas,  en un rincón de poca luz,  algo empezó a cambiar. El pequeño lugar se deformaba, parecía hundirse e hincharse al mismo tiempo. Algo en la ‘nada’  jadeaba y se quejaba. Algo en la ‘nada’ comenzaba a definirse: era una forma humana, erguida, curvilínea y entonces esa forma, en aquella noche fría y silenciosa,  jadeó y se quejó como en una tortura.
En esa esquina penumbrosa, en ese rincón jadeante,  yacía una  adolescente desnuda, delgada y blanca; con marcas de golpes y rasguños en la piel. La cabeza rapada sostenía una cara ovalada de ojos negros, abiertos, que no miraban a ningún lado. De su abdomen asomaban tubos que parecían conectarla al espacio y el espacio la envolvía como un paquete de  nylon.

            La joven se recuperó del trance y ahora sí, sus ojos lo miraban todo. Los dedos de la mano derecha digitaron algo sobre sus costillas opuestas. Y el ‘nylon’ cambio, dejó de ser transparente y lució de un negro opaco profundo cubriendo su desnudez. Solo un óvalo en la cara permaneció transparente: la chica parecía vestir  un ajustado traje de buzo. Respiró profundo, no el aire de la noche, sino el del interior de su traje. Se tomó un momento para orientarse, si bien conocía el lugar como su propia vida y también conocía la noche: noche de viernes, una semana antes. Viró a la derecha y trotó por la vereda. No había dudas en el trote sigiloso de la muchacha. Ella sabía a donde iba.

ÚLTIMO ENCUENTRO



lunes, 4 de julio de 2016

PUESTA A PUNTO.


PUESTA A PUNTO.
Por
Hugo Rodríguez.

Desde el viernes que no veía al gordo. El fin de semana lo pasé en lo de mi tía. Con él nos conocemos  desde pendejos. Vive pegado a mi casa, con la 'jermu'. Cuando preguntan por el gordo, dicen: 'vive al lado de chapita, el chatarrero',  y cuando preguntan por chapita, dicen: 'vive al lado del gordo, el cartonero'. Je. Lo de chapita es porque creen que estoy medio 'pirucho'. En fin. Así que, el lunes a la tarde lo visité. La casa de él es una prefabricada que se cae de a pedazos. El alambre tejido que nos separa  hace años que está caído y como siempre, me mandé por el fondo y  antes de entrar a la cocina lo llamé, no sea 'cosa' que estuviera haciendo la chanchada con esa negra inmunda. Bueno, al menos él está casado y lo hace de vez en cuando. Yo en cambio, nunca tuve mina y me las tengo que arreglar solo, je. Lo llamé, como decía, pero el gordo no contestaba, la esposa tampoco y había mucho silencio. Igual entré. Estaba oscuro. No habían levantado las persianas. Lo volví a llamar y nada. Cuando se me acomodó la vista lo vi, allá en el comedor. El gordo estaba aplastado en el sillón de hierro que le regalé: nunca lo pintó el desgraciado. Me acerqué despacito. Lo miré: parecía más muerto que vivo. No se había afeitado y tenía los ojos duros, clavados en la puerta de entrada.


—Se te ve mal, gordo ¿Qué te pasa? —le pregunté y lo zamarreé  un poco. 
—Maté a mi esposa –me dijo.
— ¡Ah! Pensé que era algo peor, ¿la mataste? – el gordo me lo confirmó moviendo la cabeza. Seguía  perdido, preocupado por la puerta.

— ¡Bueno, gordo! —traté de consolarlo—. Al fin te deshiciste de esa bruja.
—Sí, chapita. La maté; la estrangulé con mis propias manos.

Di unos pasos para atrás y miré hacia el dormitorio: la puerta estaba abierta. No vi a nadie. Ni vivo, ni muerto. También miré en el baño: nada.

— ¿Cuándo la mataste, gordo?
—El viernes. Después que vos te fuiste a lo de tu tía.
— ¿Qué hiciste con el cadáver?
—Lo cremé.
— ¿Eh?
—La llevé a la fundición de Carlos y la arrojé al horno.

Creí que el gordo me iba a seguir hablando, pero cerró la boca, bueno en realidad se le quedó abierta. Yo Pensé un rato. Pensé otro rato más.

—Buena idea —le dije—. Hiciste bien. Ese Carlos es un tipazo, chorro, pero buen tipo. 
—Sí, él me ayudó. Me dijo que necesitaba avivar el fuego para fundir más hierro y terminar un auto que estaba armando.
—Carlos es un genio —me enganché—. Un artista. Con chatarra construye un deportivo, una limusina, cualquier modelo. ¿Te acordás de la cuatro por cuatro? 
—Sí, me acuerdo.

El gordo se quedó en silencio. Mi amigo seguía sin arranque. Metido en sus pensamientos y en la puerta.

—Y bueno, gordo —intenté animarlo—. Lo echo, echo está. Ahora pensá en lo  que viene: nunca más vas a tener que soportar los ronquidos de tu 'jermu', que eran peor que un 'mionca' como vos decías. Ahora vas a poder ver lo que quieras en la tele: el TC, películas de terror, minas en bolas.
—Sí.
—Podés llegar a tu casa a la madrugada y nadie te va a rezongar. Yo la escuchaba a 'la negra' cuando te gritaba. Sonaba como un escape roto.  
—Sí.
—Ahora también podés chupar y comer de todo.
—Ajá.
—Y hablando de eso, ya mismo traigo dos cervezas y algo para picar. Brindamos en memoria de… tu señora, je. ¿Qué te parece?
—Sí, es buena idea —el gordo, mi amigo, me hablaba como un fantasma.

Encaré para la puerta y en eso, se puso nervioso:

— ¡Esperá chapa! ¡No salgas! ¡Cuidado!
— ¡Qué hay gordo!
—Callate. Escuchá.
— ¿Qué? ¿Qué tengo que oír?
— ¿No sentís? Un motor.
—Sí, lo escucho, es de un auto en la vereda.
—Pero chapita, no es cualquier auto. Fijate por la ventana.

Me acerqué despacio. El gordo me pidió que mirara por las rendijas, así que separé dos tablitas y miré:

— ¡A la mierda! —dije— ¡Es un porsche! Está bárbaro.  Enseguida vi en el guarda barro el calco de ‘Mecánica Carlos’.
—Je, lo miré al gordo—, cuándo no, lo armó Carlos. Ese tipo es un genio.
—Sí, un genio —me contestó el gordo con los ojos como  huevos—. No lo conduce nadie ¿no? —me preguntó asustado.

Separé las tablitas otra vez.

—No —le contesté—. El dueño andará cerca. ¡Cómo suena ese motor, gordo! —le dije—. Vos lo reconociste por eso ¿he? Ya lo habías visto.
—Lo he visto —y mi amigo me habló igual que antes: como un fantasma—, claro que lo he visto. Desde el sábado que da vueltas por acá. Y sí, lo reconocí por el motor: se oye igual.

El gordo se quedó en silencio otra vez y yo me quedé pensando un rato. Pensé un rato más  y entonces le pregunté:

— ¿Igual que qué, gordo?
Fin.


CRONÓSFERA II

CRONÓSFERA II.
Por
Hugo Rodríguez.
 
Sentado en la butaca frente a los controles, Douglas giraba diales y corroboraba indicadores.

No, Douglas. No continúes. Quedarás atrapado en una espiral infinita.  ¡No, no!

Dejó la butaca para dirigirse a las columnas del computador, miró por un momento a través de sus anteojos las cintas magnéticas y luego estudió la tira perforada que saltaba del linotipo. La arrancó y la leyó mientras se encaminaba, ondulando su delantal desabotonado, hacia  el batiscafo, que descansaba en el centro del laboratorio. Se inclinó e ingresó por la abertura oval, el sillón giratorio lo recibió y alternando la lectura de la tira con miradas rigurosas al  tablero, Douglas permaneció absorto en el interior de la ‘CRONÓSFERA’  varios minutos.

Si cambias el flujo del tiempo, no alterarás el presente. Es imposible. No se puede desarticular el pasado.

Cerró la compuerta y giró la rueda. Sentado, Douglas contemplaba el tablero, en especial la palanca del tiempo. Posó la mano temblorosa en ella.

¡No jales la palanca! ¡No podrás volver! ¡Quedarás en el Limbo, para siempre!

La jaló lentamente hacia el pasado. Las bombillas en la bóveda de la esfera parpadearon, se agitaron las agujas de los voltímetros y por un momento la esfera tembló y Douglas se aferró al posa-brazos del sillón. Las gotas de sudor le recorrían las mejillas y los ojos se veían desmesurados a través de los anteojos. Dejó de inclinar la palanca y las agujas se calmaron, también cesaba el parpadeo de las luces. Douglas se secó el sudor con la manga e inspiró profundo.  Se irguió sobre sus piernas trémulas y se acercó con lentitud a la entrada. Giró la rueda y abrió la compuerta: se vio de espaldas, sentado en la butaca frente a los controles.


Sinfín.

viernes, 3 de junio de 2016

FÉMINA TORMENTA.

FÉMINA TORMENTA.
Por
Hugo Rodríguez.


Espérame recostada en el horizonte
Y acariciando el mar
Abierta, vulnerable, ansiosa
Espérame con tu melena de  nimbos y cirros
Encrespada en torbellinos de petróleo y azul
Espérame dispuesta al océano y al abismo
A la oscuridad
Y al relámpago

Aferrado al mástil de mi bajel y con el empuje de tu respiro, te surcaré. Precipitadamente, fanatizado, enardecido.  Me recibirás ebria de arrebatos, de espasmos y aluviones de sal. Me acosarás en lujuriosos remolinos, en tus senos de jade con cúspide de espuma. Me arrancarán la piel tus bocanadas desmedidas y tu tromba vertiginosa me llevará al mismo infierno.
Entonces, en tu vórtice como ombligo, desplegaré las sábanas de mi nave y buscaré el descanso  en el silencio de tu ojo, a la luz de tus fulgores y al arrullo de tu voz como trueno. Rodeado de tu obscena exaltación, aferrado al mástil de mi bajel, esperaré. Esperaré el empuje de tu respiro y me surcarás, una vez más. Precipitadamente, fanatizada, enardecida.

Fin.

SPUTNIK

SPUTNIK 11.957 A.C.
Por
Hugo Rodríguez.

La hembra se había adormilado a su lado y Durck Napoc le acariciaba la redondez del vientre. Durck se giró y miró la bóveda de la caverna donde  la luz de la tarde  alargaba las sombras. Se incorporó despacio para no despertarla y se alejó hasta la entrada. Sus ojos de tierra señalaron a la montaña. Sabía que de un momento a otro comenzaría a brillar 'compañero de viaje', la antorcha del cielo que cayó dos noches atrás. Durck distinguió los primeros destellos en la nieve. Al rato, la antorcha   brillaba en la cumbre como una estrella. Subirá mañana temprano. Aplacará  su curiosidad y calmaría a la hembra, inquieta por el hijo.
Alcanzó el lugar al mediodía. Durck, de rodillas, jadeaba  y se asombraba: la esfera reflejaba las nubes y los riscos. Lucía más grande que la cabeza de un oso y la coronaban cuatro espinas largas, tan brillantes como el hielo. Había expandido la nieve cuando chocó y  parecía un huevo en el nido.
La hubiese acariciado y sería tibia como el vientre. Había marcas en el metal, pero aún no sabía de símbolos y palabras.  No recordaba nada igual. Los viejos en torno al fuego nunca contaron historias semejantes. Durck Napoc escudriñaba  y soñaba. Luego miró hacia la cueva donde ella retozaba con el niño en las entrañas.  


Fin.

domingo, 1 de mayo de 2016

LA GATA.

LA GATA.
   por
Hugo Rodríguez.

            El callejón  sombrío cortaba la calle, una calle de  adoquines encendidos por la luna. Una calle helada y en silencio. Recostado contra esa puerta y en ese callejón envuelto en  sombras, aquel hombre esperaba. Esperaba y respiraba con una regularidad perfecta. Premeditada. Mientras sus ojos astutos, permanecían fijos en un punto abstracto de la noche. Las aletas de su nariz se contraían y dilataban con una minuciosa exactitud. Hasta que se dejó sorprender  por esa  gata sagaz, que había surgido de la noche y que había caído sin hacer ruido sobre el empedrado luminoso.  El hombre desacomodó su postura; se había llevado la mano a la cintura y cambió miradas con el  animal, a tiempo que le regalaba una  mueca, casi una sonrisa. Volvió a afirmar su espalda contra la puerta y retomó su respiración sincrónica. Aquel hombre, envuelto en  las sombras del callejón, siguió esperando.   
                       
            Pasaron  esos segundos: minuciosos; exactos; fríos. Algo había alertado los oídos del hombre y volteó su cabeza hacia la esquina. La gata levantó su cola, clavando los ojos en el fondo de la calle. Un taconeo, preciso y sensual rompía el silencio de la noche. La mujer se acercaba por la calle bañada por la luz de la luna.  El hombre desabotonó su saco lentamente y sin quitarse  el revólver de la cintura, acomodó con sumo cuidado su índice en el gatillo. Con la regularidad de un reloj, los pasos de la mujer se hicieron más intensos. Gradualmente, el tipo se quitó el arma, la blandió en su mano derecha y en ese instante, la noche helada volvía al silencio: el taconeo había cesado.
           
            El semblante del hombre se preocupó y su respiración  se alteró. Miró a la gata, que había arqueado su lomo y que  ahora, había elevado  sus ojos  a la noche. Entonces, ese hombre, que esperó con paciencia envuelto en las sombras caminó cauteloso hasta la esquina. Dio un paso, casi un salto, para asomarse a la cortada y apuntar a la calle vacía. Su rostro, fragmentado por la luz de la luna, forjaba un gesto de desconcierto. Sin dejar de apuntar su arma miró a cada rincón, a cada zaguán, hacia cada árbol, a cada montículo de basura; hasta que fijó sus ojos en ese par de zapatos de tacos, abandonados al filo de una pared.
           
            No tubo tiempo para pensar, una mano de mujer le cubría la boca y la daga se le hundía con precisión quirúrgica justo a la altura del riñón. Se desplomó de rodillas y el revólver caía sobre los adoquines. Luego, el cuerpo del hombre se volcó, y como un feto recién parido se abatió sobre su charco de sangre.
           
            La mujer se acuclilló y cambió miradas con él, a tiempo que le regalaba una  mueca, casi una sonrisa. Limpió la daga en el saco  y pasó por encima del cuerpo. Con sus pies descalzos caminó sin hacer ruido hasta la pared y se puso los zapatos. Volvió a pasar por encima del cuerpo que ya no respiraba. La mujer se inclinó para rascar el lomo de la gata que olisqueaba la sangre, y su taconeo, preciso y sensual, se perdía por el callejón envuelto en sombras.

Fin.