viernes, 1 de enero de 2016

DESTINO, GENERAL.

Destino, general
Y construyó castillos en el aire
A pleno sol, con nubes de algodón.
Y convocó al duende de las cosas
Que tiene mucho que ver con el amor.
A. Cortés.
—¡Saltá, dale! ¡¿O tenés cagazo?! ¡Pendejo de mierda!
—No. No. No tengo miedo.
—Ah, bueno. ¿Sentís el viento?
—Sí. Sopla fuerte.
—Vas a ver qué bueno cuando te rosa la cara. ¡Qué sensación!
—Ud. ¿Ya saltó?
—Y a vos qué te importa. Acá, las preguntas las hago yo. Preparate para saltar.
—Sí. Si... Está lejos el fondo, carajo. ¿Qué hay allá abajo?
—No preguntes. Temblás como una hoja, pendejo. ¡Estás cagado hasta las patas! ¿He? Le tenés
miedo al fondo, ¿no?
—No. Al fondo no. Después de todo, seguro que no hay nada ahí.
—Allí te hacés mierda. Te hacés pedazos. Comida para los buitres. Y se te terminan todas esas ideas
pelotudas que tenés en la cabeza.
—Le temo a otra cosa.
—Ahora desnudate chabón. Vas a saltar en bola.
—Pero, yo...
—Sacate la ropa y no me jodas. Dale, dame el pantalón y la camisa. Los botines también. Mirá, ahí
van, todas tus pilchas. ¿Ves cómo caen? ¿Ves cómo flamean?
—Sí. Espectacular. Parecen pájaros.
—Sí, pero terminan en el fondo. ¡Y ahí las vas a ir a buscar! ¡Preparate!
—¡No necesita agarrarme! ¡Voy a saltar igual!
—Vas a saltar cuando yo te empuje. ¿Entendiste? Acá todos saltan cuando yo decido. ¡Y dejá de
temblar, carajo! ¡Lo que tenés entre las patas son huevos! ¡Sé hombre, mierda!
—Es que me da miedo. No, miedo no: vértigo, no saber si...
—Sí qué, boludo. Te hacés mierda. Se termina todo.
—Sí claro... Pero y si puedo volar.
—Ja, ja. Son todos iguales. Preguntales a los otros que están allá abajo.
—Volar...
—Chau pibe. Suerte. Y el boludo extiende los brazos. Volar es imposible. Imposible.

INSÓLITO-PEDIA.


INSÓLITO-PEDIA.

Por

Hugo Rodríguez.


ANIUCHI: etimología, de la lengua antigua, "no te veo". La característica principal de este herbívoro, cuadrúpedo y mamífero, oriundo de la Meseta ESTIANA, es su altísima capacidad de camuflaje. Gracias a que su lana reproduce con exactitud el entorno consigue un perfecto mimetismo con su medioambiente. Es imposible para el ojo humano visualizar algún ejemplar de ANIUCHI entre la escueta vegetación de la sabana. La especie, al borde de la extinción, cuenta en la actualidad con unos pocos ejemplares. Estos últimos animales están al cuidado de los ANIUCHICOS, "criadores de ANIUCHI", aldeanos de un pequeño poblado al extremo sur de ESTIANA.

No se posee registros fósiles de la especie, por lo tanto, no se ha podido datar su antigüedad. Sí se conocen, en cambio, varias leyendas y coplas. La más popular de las historias es la que narra el arribo de los invisibles ANIUCHIS a la altiplanicie ESTIÁNICA, cuando esta era una pradera verde. Los ANIUCHIS, herbívoros voraces, crecieron en número y convirtieron a la pradera en el actual desierto. Y entre las más antiguas de las coplas se cuenta con la compilada por CHINA IU, prestigiosa arqueo música de ESTIANA.


Con lana de aniuchi otra piel te tejeré

Para que nadie vea tu hermosura

Con lana de aniuchi te cubriré.

Bella y linda linda y bella sólo para mí serás.

Para que los ojos de los otros no te miren

Aniuchi te cubrirá”.


Los naturalistas no han podido estudiar la fisiología del animal, ya que rigen estrictas leyes conservacionistas rigurosamente aplicadas por el gobierno de ESTIANA. La más severa, que castiga con la pena de muerte, es aquella que prohíbe presenciar la esquila del animal. La esquila es realizada por los ANIUCHICOS una vez al año, durante la noche y en cavernas y grutas que solo ellos conocen.

De todas maneras, los naturalistas han podido inducir algunas características de la fisiología del ANIUCHI. Se conoce su envergadura que se ha deducido a partir de las huellas, en forma de pesuña, y se supone que se trataría de un camélido semejante al guanaco de OSTIANA, región lindante a ESTIANA. Se sabe de su hedor, similar al que emana el estiércol del auca azul, palmípedo originario de la meseta, y también se cuenta con grabaciones de su bufido, que algunos investigadores confundieron con el resoplo del viento en las cañadas, conocido en el país como: "canto de ANIUCHI", por su similitud con el bufido de este.

Una vez al año, durante los primeros cuatro días de noviembre, antes de la esquila, el pueblo de los ANUCHICOS  recibe la visita de innumerables turistas provenientes de latitudes variadas. Estos cuatro días que dura el festejo son, prácticamente, el único contacto que los pobladores poseen con el resto del mundo. Durante el jolgorio, los criadores visten sus galas confeccionadas con  lana de ANIUCHI: pasamontañas, abrigos, guantes y botas, permaneciendo invisibles a los ojos de los visitantes. Ese es el principal atractivo de la festividad, los desprevenidos turistas son deslumbrados por objetos que flotan, ollas y sartenes, cubiertos y platos, vasos y botellas boyan por doquier. Sillas que se descorren, puertas y ventanas que se abren solas, voces y risas sin dueños. Esta festividad del ANIUCHI ha sido declarada patrimonio cultural de ESTIANA.

Por alguna u otra razón, los aldeanos han logrado esquivar las cámaras y filmadoras de los turistas y no se cuenta con ningún registro gráfico  en los que se pueda verificar las "fantasmales proezas" de los ANIUCHICOS. Sí, se han difundido imágenes de esas características, pero todas ellas fraudulentas.

Nota: se han publicado estudios antropológicos en los que se señala la posibilidad que los ANIUCHICOS no existan, como tampoco existan los ANIUCHI. Agregan estos estudios que la aldea de los ANIUCHICOS podría tratarse de un fraude, inteligentemente elaborado por la superintendencia de la ESTIANA con el fin de crear un centro turístico atractivo y rentable. De todas maneras, estas afirmaciones científicas no han encontrado asidero ni en la comunidad de legos ni en el sentir de los turistas que año a año colman la aldea.


martes, 1 de diciembre de 2015

VÍA CIRCUITO.


VÍA CIRCUITO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

Desbastada, Avellaneda  despertaba una vez más bajo aquel cielo plomizo. Despertaba custodiada por 'las puertas', colosales, inhumanas, que partían la nada y se erguían hasta el manto gris de las alturas. Por ‘las puertas’ habían entrado los gigantes que arrasaron todo. Los gigantes que extinguieron a la raza humana. Los que pulverizaron la civilización. Ahora, solo el viento helado del sur bufaba entre los hierros retorcidos, en los muelos de autos, entre las oquedades y  las grietas, mientras la escarcha tamizaba con su velo anémico, el amasijo de la ciudad.

En las ruinas de la estación sobre un trozo de andén, una mujer y dos hombres contemplaban absortos al monorriel, mientras resistían impávidos las poderosas ráfagas  que le arrebataban los cabellos. La mujer, joven y de buen aspecto,  vestía chaqueta y pollera y los hombres que la flanqueaban —de campera, uno, de corbata y traje, el otro— compartían el mismo semblante que la dama y la misma mirada absorta sobre el  riel. Hasta el momento en que sonó desde el norte, el silbato agudo de una locomotora. Entonces giraron sus cabezas: una luz amarilla se aproximaba. Aumentaba de intensidad a cada segundo y sobre el bufido del viento volvía a oírse el silbato fino, penetrante, de la locomotora. La máquina, que semejaba un enorme proyectil acerado, se detuvo casi sin ruido ante los tres pasajeros. Arrastraba un único vagón cilíndrico, metálico, con una puerta de doble hoja en el centro y cuatro ventanas redondas a cada lado. Las hojas de la puerta sisearon y se abrieron.  Los jóvenes, en fila y con pasos prudentes, abordaron el vagón. La puerta volvía a  sisear al cerrarse, mientras el viento barría las ruinas del andén. La locomotora silbó una vez más y comenzó a deslizarse por el monorriel, lenta y silenciosa, abandonando la estación derruida de Avellaneda.

En el interior del vagón, el rugido del viento se oía lejano y el ambiente ofrecía una blanda calidez. El trío se miraba las caras, lozanas, inexpresivas.

— ¿Qué es este lugar? —preguntó el joven de campera, que caminaba hacia el fondo.

—No sé —respondió la muchacha que se dirigía en la otra dirección—. Parece un coche para turista de primera clase.

— ¿Por qué razón subimos? —Se interrogaba el de traje, parado en el centro— ¿Por qué estábamos en el andén? 

—No tengo respuestas para eso —le afirmó la joven—. Tampoco tengo recuerdos inmediatos, ni anteriores. Ni siquiera sé mi nombre.

—Ni Yo —dijo el del fondo, girándose—. Creo que deberíamos preguntarle al conductor, si es que existe.

En ese momento la puerta que comunicaba con la máquina se descorrió. Surgió la figura grotesca de un androide con atuendo de conductor de locomotoras a vapor. Calzaba un gorro con visera y un guardapolvo hasta las pantorrillas. En la cara se movían dos ojos redondos y sin párpados. Una sonrisa exagerada se había petrificado en sus labios.

—Buenos días —saludó el androide con voz de radio mal sintonizada, mientras se quitaba unos guantes enormes—, mi nombre es Tiberio y soy conductor y guía de esta formación. Por favor tomen asiento, quiero mostrarles el lugar —los tres pasajeros permanecieron en pie—. Bien, como gusten —dejó los guantes en el primer asiento y cojeando de la pierna derecha comenzó a caminar hacia el fondo—. Este coche cuenta con muchas comodidades: al final se encuentra el lavabo donde pueden ducharse, a la izquierda, un placar con muda de sus talles —lo abrió y miró a la joven—. Aquí tenés un bonito conjunto, Inés, si querés vestirlo. 

—Ese es mi nombre ¿Inés?

—Sí —afirmó el maquinista autómata—, Inés Gutiérrez. Todos tenemos nombres.

— Y cuáles son los nuestros— preguntó incrédulo el muchacho de campera.

—Tu nombre es Mario Fernández y el tuyo Ricardo Sánchez.

El trío se intercambió miradas de soslayo y sonrisas cómplices.

            —Bueno —continuó el androide—,  a  la derecha, cuentan con un frízer, una microonda y en esa alacena, agua y alimentos, aunque sólo hay unas  barras de cereales.

Extrajo tres barras, volteó y volvió a renguear por el pasillo. Se detuvo ante  los jóvenes:

—Son muy nutritivas y sabrosas, pruébenlas —les convidaba las barras siempre con su sonrisa rígida.

—Qué tal si nos explicás qué sucede acá… Tiberio ¿no? —le increpó el muchacho de traje, bautizado Ricardo.

—Bueno, nada en especial —el androide guardó las barras en el bolsillo del delantal y se acomodó para exponer. Inés, Ricardo, Mario, compartiremos  un viaje turístico por el Gran Buenos Aires y visitaremos lugares históricos del conglomerado. Por ejemplo, allí, miren —los jóvenes se inclinaron—, el estadio futbolístico de Independiente y un poco más allá el estadio de Racing. Lo ven, dos lugares emblemáticos de la ciudad de Avellaneda.

—Ahí no hay nada —dijo Inés, que se había sentado junto a una ventana.

—Bueno, pero lo hubo —reflexionó el androide.

— ¿Qué son aquellas columnas tan altas? —Preguntó Inés— ¡Deben tener más de cien metros! ¡Parecen tajos en el cielo!

—Esas, esas son las entradas —tartamudeó el robot.

Los jóvenes lo miraron interrogativamente.

—Sí —afirmó el robot Tiberio y después de una pausa agregó—. Las entradas por donde vinieron 'Ellos'.

— ¿Quiénes? —fue la voz de  Mario.

—Los colosos —una vez más las miradas interrogativas cayeron sobre el androide—. Los alienígenos gigantes de otra dimensión. Los que destruyeron todo y exterminaron a los humanos..

—No entiendo —se interrogaba Inés—, las puertas, alienígenas ¿Qué sucedió?

—Sí. ¿Qué fue lo que pasó, robot? ¿Qué son las puertas? —lo apresuró Mario, que se había descerrado la campera.

—Las puertas aparecieron a un mismo tiempo —comenzó su perorata Tiberio, mientras se sentaba  estirando la pierna derecha—. Aparecieron en distintas partes del globo. Miles de ellas Surgieron en lugares estratégicos: ciudades, fábricas, represas, bases militares. De las puertas emergieron los alienígenos, eran humanos, pero gigantescos, embutidos en trajes impenetrables y escafandras que oscurecían sus rostros. El robot advirtió que había captado la atención de los jóvenes. Pertrechados con armas que colgaban de sus hombros como rifles —continuó Tiberio—, rifles con el poder destructivo de varias bombas atómicas. con un solo disparo arrasaban una ciudad. La tierra temblaba a cada paso que daban. Pisaban a todo y todos: niños, mujeres, jóvenes, viejos. Reducían a chatarra, coches, camiones, pateaban colectivos como si fuesen de juguete. De un par de pisotones demolían un edificio.

Las voces se callaron. La mirada de los pasajeros se perdía por las ventanas junto con  los ojos redondos del robot que continuó la narración:

—Vi cómo uno de ellos, rodilla en tierra, apuntaba el cañón de su rifle al cielo, y luego un proyectil, quizás un misil protónico no contaminante, se elevaba sobre la ciudad. Segundos después el misil caía sobre el edificio municipal: primero un silencio asfixiante, y luego la detonación arrasadora. La onda expansiva incineró a las personas. Arrasó los edificios, voló por los aires a los automóviles, Quebró los asfaltos. En instantes la ciudad quedó convertida en ruinas ardientes. 

            — ¿Por qué hicieron algo así? ¿A qué vinieron? —preguntó Inés mirando a los ojos del robot.

            —Las conjeturas que se barajaban entonces —explicaba Tiberios con su sonrisa patética—, eran qué se trataría de una avanzada y que  'vinieron a limpiar' como decían los militares.

            — ¿limpiar para qué? interrogó una vez más la joven.

            —Limpiar, para colonizar —puntualizó Ricardo con voz trémula.

            —Correcto —remarcó Tiberio, que se ponía en pie—. Transcurrió casi una década y aún no han regresado, pero ahí están 'las puertas'.

— ¿Cómo pudieron exterminar a todas las personas? —se preguntaba consternado Ricardo.

—Contaminaron el aire con gérmenes mortales —le respondió de inmediato el robot—. En menos de una semana, la humanidad, sucumbió. Luego se fueron, por esas mismas puertas, que aún siguen allí, como tajos en el cielo, para abrirse cualquier día de estos y colonizar el planeta.

— ¿Todos los humanos? —Preguntaba Mario, mientras miraba a sus compañeros—. Querés decir ¿Qué no hay ninguna persona viva?

—correcto.

— ¿Y por qué sobrevivimos nosotros? —interrogó Inés.

—Ustedes eran parte de un experimento  de animación suspendida —crujió la voz de Tiberio que se cruzaba las manos en la espalda—. Criogenia para viajes espaciales. En el subsuelo de la facultad de Ingeniería, allá en La Plata,  se construyó un recinto donde cinco voluntarios permanecerían en cámaras e invernarían durante un largo tiempo. Recordé esta información y fui a buscarlos, necesitaba pasajeros para mi gira turística —se jactó Tiberio y continuó—. Desactivé las cápsulas, al parecer no lo hice muy bien, no es mi especialidad, y dos de ustedes no sobrevivieron.  Y su desactivación tampoco fue del todo favorable.

— ¿Qué querés decir con 'poco favorable', Tiberio? —Inquirió Ricardo y se desanudaba la corbata—. Queremos saberlo todo ¿Sí?

—Algo sucedió con sus memorias —el robot guardó silencio y metía las manos en los bolsillos.

— ¿Qué hay con nuestras memorias? —insistió Ricardo.

—Se les borró —afirmó Tiberio, girando sus ojos—. No recuerdan nada de sus vidas. Sus nombres figuraban en el frente de las cápsulas. Además...

— ¡Qué! ¡Hay más todavía! —exclamó Inés, algo alterada.

—Continuá, Tiberio, dale —agregó Mario que tomaba del hombro a la muchacha.

—Además, sus memorias son inconstantes. Dentro de una hora, cuando termine el viaje, olvidarán este paseo y nuevamente sus mentes estarán en blanco para luego volver a empezar.

—¡Eso es una locura! —Se descontrolaba Inés— ¡Qué puede saber esta chatarra! ¡¿Qué hacés acá?! ¡Si rompieron todo, como decís! ¡¿De dónde sacaste esta máquina?!

Inés, finalmente, lloró sobre la campera de Mario.

—Sí. Contanos ¿cómo sobreviviste vos?  —Le habló Mario con dureza al maquinista autómata—.

Tiberio comenzó una pequeña caminata de ida y vuelta por el pasillo, y mientras rengueaba y anudaba una vez más las manos en la espalda, expuso:

—Bien. Los invasores sólo se dedicaron a exterminar a la raza humana y su cultura. Destruyeron muchas máquinas. Muchos autómatas. Pero algunos continuamos funcionando. En mi caso, me quedé sin oficio, fui programado como guía turístico.

—También sabés conducir locomotoras —agregó Ricardo.

—Ajá —contestó Tiberio que detuvo su caminata. Cruzó las manos al frente y continuó—. Me instruyeron robots ferroviarios sobrevivientes. No sólo eso, fueron ellos quienes recompusieron el monorriel de la vía circuito. Los androides, de alguna manera, tratábamos de mantenernos activos. Encontré esta vieja locomotora atómica y el vagón, que recompuse con mis propias manos, en los restos de estación Témperley.   Los arreglos me llevaron dos años hasta que pude dar la primera vuelta. Pero ¿A quién guiaría? ¿A quién le contaría de los emblemas de este conurbano?   

—Y te acordaste de nosotros —apuntó Ricardo reflexivo.

—Así es.

Mario ayudó a Inés a sentarse y luego, algo animoso, proclamó:

— ¡Podríamos tener hijos! ¡Procrearnos!  Así cuando vuelvan esos gigantes, estaríamos esperándolos un buen número y hacerles resistencia.

—No nos apresuremos ¿Sí? —respondió Inés desde el asiento. Más calmada y mirándolo al robot, le preguntó:

            — ¿Qué pasa Tiberio? ¿Por qué te callás?

Tiberio recogió los guantes y se paró frente a la puerta que comunica con la máquina y con voz de falsete, dijo:

—Ustedes sobrevivieron a los gérmenes. Es probable que las cápsulas los protegieran,  pero no del todo. Ustedes, ustedes son estériles.

— ¿Estériles? —Habló Inés y se ponía en pie— ¿Y cómo lo sabés?

—Fue el diagnóstico de la computadora de la facultad. Ahora, si me disculpan, voy a la sala de comandos, nos acercamos al puente de Sarandí y se tambalea un poco, como yo. El robot rio, pero su risa no tuvo respuesta.

—Bien —continuó—, si miran por la izquierda verán el estadio de Arsenal —los jóvenes sostuvieron las miradas duras en el androide—. En fin. Ya regreso.

La puerta se descorrió y Tiberio pasó a la máquina.

.

La locomotora, jalando de  su coche de turismo comenzaba a acelerar después de haber cruzado el viaducto con mucha parsimonia. La bala acerada brillaba contra el cielo gris: Tiberio había sabido reconstruir esa vieja locomotora y su vagón y ahora, se dedicaba  a detallar con pasión los distintos puntos significativos de este viaje circular. Habló  de Quilmes y su tradición cervecera y también de la actividad vidriera en Berazategui. Pero a diestra y siniestra el paisaje de conurbano bonaerense distaba mucho de las descripciones optimistas de Tiberio. Allí, donde les indicaba a sus opacos pasajeros la existencia otrora   de algún edificio histórico, de alguna mega—construcción significativa o de alguna industria próspera, los ojos de los paseantes sólo advertían ruinas escarchadas y desolación.

La tragicómica formación doblaba la curva de Villa España, ya con destino a la encrucijada de monorrieles Témperley. Desde ahí, volvería a curvarse de regreso a Avellaneda, pero por el ramal que unía las ciudades de Lomas de Zamora, Bánfiel, Lanús. Nombres que apenas podían deducirse de los carteles destrozados. 

El trío involuntario de pasajeros soportó por un largo rato la cháchara disfónica de Tiberio. El guía mecánico dejó a solas por un momento al grupo humano y regresó a la cabina de conducción. Los pasajeros aprovecharon la ocasión para hablar de sus destinos.

            —Tenemos que bajarnos de este tren —afirmó Ricardo—. No podemos estar a merced de este robot idiota.

—Sí, estoy de acuerdo —coincidió Mario—. Quizás allí afuera exista alguien que pueda ayudarnos.

— Lo dudo —agregó su compañero—, pero también quiero bajarme. Cuando termine el recorrido en Avellaneda, podríamos aprovechar, y dejar este tren. En la ciudad hay más posibilidades de encontrar alguien o algo que nos pueda ayudar.

—Sí. Es buena idea —volvió a coincidir Mario—.

— ¿Qué hay de nuestras memorias? —Agregaba Inés—. Si es como dice el robot, olvidaremos todo antes de llegar a Avellaneda.

—Es probable que mienta —se animaba Mario—. Aunque nuestras memorias no andan muy bien, no creo que sea para tanto. También, Tiberio podría estar mintiendo con respecto a nuestra esterilidad —agregó con picardía, mientras compartía una sonrisa cómplice con Ricardo.

—Es muy probable, Mario —le afirmaba su compañero, devolviéndole la sonrisa—. Deberíamos intentarlo.

            —En la alacena hay barras —dijo la joven haciéndose la desentendida—. Qué tal si se sirven algunas y comen un poco.

—De acuerdo — se ofreció Ricardo—. Yo las voy a buscar.

—Muy bien —afirmó la muchacha—. Coman,  mientras me ducho y me mudo de ropa. 

El tren ya había dejado atrás Témperley y ahora pasaba por los restos irreconocibles de Lomas de Zamora, mientras los apesadumbrados  jóvenes compartían las tabletas de cereales, y solo atendían el  exterior cuando divisaban algunas de las colosales y amenazantes 'puertas'.

Una vez más la figura tosca de Tiberio se presentó en el vagón:

—Ah, me alegro qué disfruten  los servicios del coche. Y del viaje, interesante supongo.

Sus palabras no lograron atraer la atención, ni  romper el mutismo de los dos jóvenes, que compartieron miradas, mientras masticaban.

—De acuerdo —se resignó Tiberios y comenzaba a renguear por el pasillo—. Nos aproximamos a la ciudad de Lanús, emblemática metrópolis del sur. Cuna de muchos artistas…

  ¿Cuánto falta para terminar el viaje, Tiberio? —lo interrumpió Ricardo, que miraba hacia el exterior.

—Oh, claro. Después de Lanús, la próxima parada es Avellaneda, final del recorrido.

— ¿Nos podremos bajar, entonces? —insistió Ricardo.

—Sí, por supuesto. Podrán estirar las piernas. Está un poco fresco, pero en fin.

—Ah, ¡qué bueno! —exclamó Inés, que volvía de la ducha removiendo sus cabellos con una toalla y vistiendo el mismo conjunto.

—¿No te ibas a mudar de ropa? —la consultó Mario.

—Hay dos conjuntos como el que vestía, este es nuevo —respondía Inés resignada—. También hay dos camperas como la tuya y dos trajes como los de Ricardo. El gusto de Tiberio es muy variado.

—Gracias —respondió el robot con su risa congelada—. Como les decía, ustedes me podrán esperar en el andén.

—Por supuesto —afirmó Mario, con sarcasmo, mientras recibía la toalla por la cara que Inés le propinó compartiendo la sátira.

—Entonces —continuó Tiberio desatendiendo las ironías de sus pasajeros—, conduciré la formación hasta Ezeiza. 

— ¿Para qué  la llevás hasta allá? —interrogó Ricardo.

—Allí, se encuentra, se encontraba —respondía el androide—, la central atómica que abastecía a toda la red ferroviaria del Roca. Aprovecho para cambiar los núcleos atómicos de la máquina y del vagón con algunas baterías que aún funcionan. No es un lugar recomendable para ustedes, hay niveles muy altos de radiación.

—Claro, sin duda —afirmaba Mario, muy sobrador—. Bueno conductor,  te esperaremos a que recargues las baterías y  luego disfrutaremos de otra vueltita ¿Qué te parece?

—Estoy de acuerdo —afirmó ingenuamente Tiberio, mientras se inclinaba y miraba por la ventanilla—. Llegamos a Lanús. 

—Te interesa Lanús ¿No Tiberio? —lo interrogó Inés acariciándole el brazo.

—Sí —el robot la miró a los ojos—. Por qué aquí es donde sucede.

— ¿Sucede qué? —Ahora, Inés le apretaba el brazo.

—Es cuando ustedes pierden sus memorias —Tiberio miró a los muchachos y agregó—. Pierden sus memorias una vez más—. Inés lo soltó y retrocedió dos pasos.

 

En las ruinas de la estación, sobre un trozo de andén, los tres jóvenes contemplaban absortos al monorriel.

Fin.

 

 

 

PLAZO

PLAZO.
 
Por

Hugo Rodríguez.

           

            En la penumbra de la cocina, la heladera gruñía en el rincón. Allí dormía su siesta de años, allí repetía  su ronquido de fastidio, mientras la hería  un rayo de sol agónico en la tarde de otoño. 

            El chancleteo de la anciana irrumpió. La vieja huesuda que respiraba con dificultad se refregaba las manos en el delantal. Se detuvo ante la heladera y se afirmó en  la manija para tantear en la parte superior: dio con unos anteojos negros de carey que se calzó en el puente de la nariz. Los ojos se agrandaron  y se fijaron en la puerta de la heladera. La abrió y la luz pálida del interior  cinceló las arrugas de la cara.

Jadeaba. La lengua  vacilaba en la boca abierta, mientras la mano temblorosa alcanzaba el paquete  de  manteca del fondo. Se acomodó una vez más los anteojos, pero no pudo leer la fecha de vencimiento. Otra fecha de vencimiento había llegado.

           

Fin.

 

lunes, 2 de noviembre de 2015

babel


Agradezco la colaboración del  joven escritor y amigo Nahuel Delgado.

 

BABEL.

Por

Nahuel Delgado.

 

Vienen en dirección contraria, lampiños, verticales, evolucionados, vociferantes, apilarán piedras, morarán, contemplarán y dialogarán en el último nivel de la torre, geométricos, refinados, urbanos. Hasta que la torre caiga en los pastizales, y un gesto de trueno se oculte cobarde detrás de una nube…

            En un momento rodarán las piedras. Se asentaran. Y sobre la catástrofe, el grito desesperado de los sobrevivientes. El efecto será inmediato. No habrá diálogos. No habrá voces. Solo sonidos bestiales que las emulen. Así arrancarán el desentramado. Dios tirando de un hilo.

            Primero las madres angustiadas, los hijos inalcanzables, los amantes distanciados para siempre. El pánico nuevo, y la lengua condenada al exilio. Seguirán así por horas, afónicos proclamando, emitiendo nada. Sobre la aldea un contrapunto de dialectos bárbaros, de silencios de pájaro, de llantos felinos, de hombres despojados y mujeres que no entenderán esta fractura múltiple del espacio.

            Impotentes recurrirán a los abrazos, a los rasguños, a los golpes y a las miradas penetrantes. Descubrirán que el guiño y las señas también les están vedados, pues comparten axiomas con las cuerdas bocales. Buscarán reunirse en silencio antes de que caiga la noche. No lo lograrán.

            Al cabo de unos años podrán sentarse alrededor de un fuego. De la aldea, sólo quedarán las ruinas de las piedras de la torre.

            De esa última reunión nada podrá decirse. Incapaces de acordar algo, desestimada la posibilidad de construir una nueva lengua (ya no será necesario) y sin el ejercicio del idioma (que sentencia la muerte de los conceptos), entrarán en una parábola furiosa.

            Encorvados perderán el ropaje, se destruirán las rodillas, descenderán a una comunicación básica, tosca, huraña, corporal. Vivirán los siglos. Intentarán la teatralización, después la danza, por último, la imitación de los bosques laterales. Las nuevas generaciones producto del pulso terrenal, ya no imitarán al bosque, serán el bosque, serán el oso, serán el águila y el lobo. Invulnerables, cuadrúpedos, alados morarán en las grutas, se arrastrarán, treparán los árboles para no bajar jamás, se poseerán en los ríos, se devorarán, se ultrajarán, se pudrirán, se multiplicarán en las últimas vueltas de la madeja.

            Ya reptando, escamosos, unicelulares, de ojos fríos, no sabrán que es el tiempo, y no advertirán que la historia ya no les pertenece, sino, que es de ellos, de esos que vienen en dirección contraria, lampiños, verticales…





domingo, 1 de noviembre de 2015

duplicate


 

DUPLICATE.

Por

Hugo Rodríguez.

 

GRABANDO.

“Hola, a quien sea. Mi nombre es Mary. Debo andar por los diez años. Creo que es lunes, si no perdí la cuenta. Vivo en Berazategui y anochece. Encontré este celu que no tiene cámara, pero al menos graba. Estoy sola. Ya no están ni mamá,  ni papá”.

PAUSA.

GRABANDO.

“No quiero ser melodramática. Vamos al punto. Bueno, ya saben, apareció uno que tocó  los botones y ¡plaf! ¡A la mierda todo! Por estos lados no quedó ni el loro. No hay agua, ni animales, ni plantas. Algún que otro robot patalea por ahí, como Frank, que me acompaña. Frank es grandote y fortachón. Habla poco, pero es muy inteligente. Me protege. Armó con lo que quedaba de un auto  un coche solar que está genial y con eso paseamos por todos lados. Esos sí, funca de día nada más. Nos refugiamos en el Bingo. Quedaron algunas paredes y algo del techo, lo demás es puro cascote”.

PAUSA.

            —Mary, conviene que descanses. Mañana salimos temprano.

            —Sí, Frank. ¿Frank? ¿Por qué no quedó agua?

            —Después de las explosiones, en la atmósfera se formaron posos enormes de vacío  por donde el agua de los océanos, lagos y ríos se fugó al espacio.

            — ¡Uy! ¡Sí! Recuerdo las olas, ¡Gigantes! Se perdían en el cielo.

            —Puede ser que queden lagos o ríos subterráneos, nada más.

            — ¿Encontraremos alguno, alguna vez?

            —En la provincia de Buenos Aires es poco probable. En la Patagonia o cerca de los Andes, pudiera ser. Pero ahora descansá. Mañana tendremos una jornada intensa.

            —Sí. Ya se hizo noche.

GRABANDO.

“Mañana nos vamos para La Plata, porque en el celular había entrado un mensaje:

 

Hoy DUPLICATE. Cargá dde. $5

y duplicá tu crédito por 7 días.

 

            Frank me explicó que trianguliando, o algo así,  dedujo que la señal venía de allá. Según él había posibilidades de que alguien estuviera vivo. Yo creo que no hay nadie, que la señal se activó sola. Pero mientras vallamos para el sur está todo bien. Porque acercarse a la capital es jodido. Desde acá, se puede ver el cielo violeta eléctrico y eso quiere decir, radioactivo”.

PAUSA.

GRABANDO.

“Ah, me olvidaba, Frank le sacó las gomas al coche solar y las yantas calzaron justo en los rieles del Roca ¡Así que viajaremos por las vías! ¡Es un capo!”.

PAUSA.

GRABANDO.

“Bien, supongamos que hoy es martes. Perdimos toda la mañana preparando el viaje. Lo llenamos al coche de porquerías. Al final partimos para La Plata a eso de las cuatro de la tarde. Frank  hizo otra trianguliación con el sol y supo la hora. Por las vías el auto-solar anda más lento. Tenemos que ir con cuidado porque pueden estar rotas, como en el cruce de Villa España. El fortachón se tomó el laburo de traer unos rieles  del ramal de Ránelagh y los calzó donde faltaban y así pudimos llegar hasta Plátanos. En Plátanos no hay nada, ni árboles, ni plantas, ni pastos. Me acuerdo de que antes que todo se fuera al carajo vinimos un par de veces a la pileta con mis papis. Ahora no quedó ni el trampolín. El arroyo ese que olía a mierda está más seco que no sé qué. Para el oeste -yo sé dónde queda el oeste porque papá me enseñó; estirás los brazos en cruz y mirás hacia donde sale el sol, ahí es el este, a la espalda el oeste, a la izquierda el norte y a la derecha el sur-.  Bueno, miraba para el oeste, como decía, y está todo seco y pelado. Lejos, lejos, se ven algunas chimeneas y nada más”.

PAUSA.

            —Frank, lo que dejamos atrás era  Hudson ¿no?

            —Correcto. Ahora toda esta planicie que vez  era un bosque.

            — ¿Un bosque?

            —Sí, Mary. Miles de árboles y plantas de diversas especies. Esto ya pertenece a Pereyra.

            — ¡Ah! El parque Pereyra.

            —Correcto.

            — ¿Frank? ¿Debería sentir hambre, no? ¿Trajiste comida?

            —Negativo. No se encuentra por ningún lado.

GRABANDO.

            “Se iba la tarde y nos detuvimos en los restos de un andén. Primero bajó Frank, que limpió el lugar de vidrios, de maderas y escombro. Era la estación de Villa Lisa, Frank encontró un pedazo de letrero, el que decía “Lisa”. Yo intentaba reconocer el lugar desde el vehículo”.

PAUSA.

            —Frank. ¿Vez este camino que va para el río?

            —Afirmativo.

            —Por ahí íbamos a Punta Lara. A papá le gustaba pescar. A mí no. Pero le hacía el aguante. A mamá tampoco le gustaba y se aburría. Ahora no debe haber ni un pescado.

            —Tampoco hay agua, Mary.

            —Tampoco está papá.

            —Pasaremos la noche aquí. Dormirás en aquél banco junto al muro.

GRABANDO.

“Frank le arregló la pata al banco  y acomodó unas frazadas. Yo me senté, no quería acostarme. No sé para qué, no dormiría y tampoco soñaría. No recuerdo ningún sueño. Miré para el lado del río, ya se venía la noche y empezaba a soplar viento, debería sentir frío. Recogí un  pedazo de vidrio para mirarme la cara. Hacía días que no me miraba: el viento me despeinaba las mechas, sucias y descoloridas ¡si me viera mamá! Mi rostro es igual al de ella, aunque ahora le falta un pedazo: se ve mi cámara óptica y mi estructura de titanio. No creo que Frank me pueda reparar”.

 
Fin.