miércoles, 3 de junio de 2015

las voces


LAS VOCES.

Por

Hugo Rodríguez.

 

 

Es noche de sábado, noche de verano, Atanasio Gómez ha abandonado la cocina y se asoma al jardín. Se detiene sobre las lajas del caminito sinuoso que conduce al cuarto del fondo y con las manos cruzadas a su espalda contempla el aluvión de estrellas en ese cielo nocturno  y sin Luna. Deja que la brisa estival le desacomode el cabello, castaño y moteado de canas,  que ya no le  cubre la calvicie. Atanasio  ha cumplido los cincuenta y en la última mitad de esos años  se ha desempeñado como empleado bancario.

Su esposa ha decidido visitar al único hijo del matrimonio y pasará el fin de semana  en casa de aquel, junto a su nuera y nietos. Atanasio dispondrá, entonces, de toda la casa para sí. Pero es el cuarto del fondo lo que más aprovechará. Construido para las herramientas en un principio fue reacomodado en el último año como sala de estar y es el lugar donde  el contemplativo empleado disfruta de largas veladas de conciertos clásicos trasmitidos por radio. Su cara, redonda, de  ojos pequeños, de frente amplia, de nariz española y de labios finos, ha dejado de apuntar al Cosmos y ahora señala con decisión el fondo del jardín. El veterano bancario chancletea  hacia el cuarto de relax. Sí, Atanasio Gómez calza pantuflas, pantalón pijama blanco y viste una camisa al tono, amplia y sin botones, que ciñe con una cinta oscura en derredor de  su abultado abdomen. Hoy no será un encuentro con la música, sino el comienzo de una nueva actividad: la meditación yoga.   

Una compañera del banco, practicante de esta disciplina oriental, lo ha interesado en los inquietantes principios místicos de este método esotérico: la transcendencia del alma, el yin y el yang y el trance  enigmático del Nirvana, que algunos yoguis descubren y los acercan, dicen, hasta la creación misma del Universo.

Atanasio abre la puerta del cuarto y acciona el interruptor de la luz a su izquierda y la lamparita que cuelga del cielo raso ilumina con luz amarilla la habitación. Se nota el toque ordenado y pulcro del rollizo yogui en  el reforma del lugar: al frente, contra la pared, un aparador de pino con copas de cristal y platos de losa, en un rincón sobre una repisa: la radio, armada en una caja de madera lustrosa y con perillas de baquelita. En la pared de la derecha, la ventana con cortinas estampadas y de inmediato, un sillón de mimbre con almohadilla y una mesita, que en otros momentos suelen estar más cerca del rincón de la radio, pero que ahora han sido corridos para despejar el centro de la habitación. Sobre la mesita, algunos objetos para el momento: velas, una caja de fósforos de madera, un cordel, tiza, una bolsita con incienso y dos libros de meditación.   

Atanasio se ha acercado a esos objetos y recoge el cordel y la tiza, se para en el centro del espacio libre, se acuclilla y marca una pequeña cruz con la tiza, aplasta con su pie enchancletado un extremo del hilo sobre esa cruz y sostiene con la mano derecha la otra punta de la cuerda  junto con la tiza.  Comportándose como  un compás humano gira y dibuja un círculo en el embaldosado. Luego con esa misma medida de hilo entre sus manos   procede a dividir la circunferencia en seis partes iguales que une con diagonales que traza con gracia y esmero. Atanasio se yergue y contempla con satisfacción   la estrella de seis  puntas gravada bajo sus pies. Regresa a la mesa y enciende algunas velas, gruesas y sin estrenar, que acerca al hexágono recién dibujado, afirma una en cada extremo de la estrella y por último coloca en el centro del esquema la  almohadilla del sillón. Contempla por unos segundos, con la  mano en la barbilla,  el signo contorneado de velas. En ese instante sus cejas se arquean, de inmediato se acerca a la mesa y desgarra el paquete de incienso, extrae un par de varillas, las enciende y las lleva hasta el aparador, elige una copa larga del interior del mueble y en ella introduce las varillas.  Ha preferido dejar la copa con los inciensos en una esquina del mueble. Atanasio inspira y entrecierra los ojos, estira su chaqueta, camina hasta la puerta y acciona de nuevo el interruptor de la luz. Voltea, inspira una vez más, mientras extiende los brazos en cruz: la habitación, iluminada sólo con la pálida luz de las velas, ha tomado el aspecto de un sagrario medieval perteneciente a alguna secta de rituales mágicos y de ejercicios espirituales. Atanasio descalza sus chancletas, avanza con pasos breves hacia el centro del croquis, con  las manos en ojiva a la altura del esternón  y una vez ubicado sus pies sobre el cojín, el yogui primerizo intenta acomodar su cuerpo torpe en la posición conocida como flor de loto. Después de varios intentos solo consigue superponer los tobillos y apoyar el dorso de sus manos sobre las rodillas. Atanasio repasa en su mente las indicaciones de su amiga  y comienza por cerrar los párpados, enderezar la espalda y controlar la respiración.  

El cuarto se ha envuelto en una delicada bruma perfumada, reina  una paz meditativa y el alma de Atanasio se contagia de aquella serenidad. Merma el ritmo respiratorio, se extasía  por el entorno sosegado y finalmente entra  en un trance profundo y se aleja de la realidad.  Ha dejado de percibir su corporeidad y entiende que su mente se ha separado del cuerpo. Ahora es una entidad ingrávida que flota imprecisa como una pompa mecida por delicadas ondas de energía, en un lugar más impreciso aún -un éter quizás- que lo envuelve todo disfumando las formas, borrando los contornos.  Un mundo de señales vagas. Pero en esa bastedad, desdibujada y sinuosa, en la que flota Atanasio, sus oídos, que por el estado de distención en que se encuentra son más agudos y sensibles,  logran sintonizar unos balbuceos. Algo así como  silabeos provenientes de ese espacio eterno en el que levita, y al ajustar finamente la percepción logra definirlos con más claridad: se trata, sin duda, de voces. Voces humanas o ángeles, que entonan alegorías  al Ser Supremo. 

Atanasio, algo turbado, se desestabiliza y teme perder su estado de meditación. Se pregunta si ha llegado al tan aludido Nirvana, ese lugar  semejante a la Nada al que arriban los más avezados yoguis. Su compañera de trabajo y amiga, le ha aclarado que era muy difícil de alcanzar grados muy profundos de meditación en las primeras sesiones. Que el Nirvana se puede lograr después de un prolongado período de práctica.

Pero allí están las voces, nítidas, una ronda de almas impetuosas, hablando y cantando en el interior de su cerebro, o  pueda ser que se trate también, de espíritus que fluctúan como él en ese limbo infinito: el más allá tal vez. Como sea, Atanasio Gómez, el rutinario cajero de banco, intenta dominar la situación y comienza por calmar la respiración. No lo consigue. Sin embargo las voces resultan más claras y entendibles. Esas voces no hablan, sino que cantan y cantan en latín, entonan un Ofertorio y Atanasio lo conoce. Esto termina por descontrolarlo y abandona bruscamente el trance.  Se incorpora con dificultad y tambaleando llega hasta la ventana. Descorre las cortinas. Aún oye aquel coro de voces etéreas, insistentes, perturbadoras. Apoya contra el vidrio, las manos y la frente. Suda y jadea como  un perro acorralado. Sus ojos, dos esferas de marfil, recorren las luces del barrio que no alcanzan a  despejar de su mente aquellos susurros, aquel coro de trasmundo.  Atanasio Gómez duda de su cordura y de la realidad misma del cuarto.

Entonces,  paraliza los ojos, sus párpados se entrecierran por un instante y de inmediato se impulsa desde el vidrio con las manos, gira sobre los talones y ahora es su espalda la que se apoya contra la ventana. El semblante de Atanasio  se serena, pasa de un blanco azul a un rosa pálido y sus labios finos comienzan a delinear una leve sonrisa. La mirada del, hasta hace unos instantes, perturbado empleado bancario examina el aparato de radio que descansa sobre la repisa: la luz de encendido de aquel receptor con el cual ha compartido lánguidas veladas de conciertos, permanece prendida.

 

FIN.

 

 

 

martes, 19 de mayo de 2015

no te sueltes de mi hombro


 

 

NO TE SUELTES DE MI HOMBRO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

¡Ah, por fin pudimos dejar esa fiesta de morondanga! ¡Uy! ¡Cómo refrescó! Juan, abrazame. Sí Ceci. Vení, vamos por acá, mi amor. ¿Estás seguro que era por allí? Sí, por esa callecita dejé el auto. ¡Qué oscuro! Y la noche no ayuda en nada: sin luna, sin estrellas. ¿Dónde mierda lo dejé? Creo que más adelante, vamos. Ahora sí que está oscuro. No veo nada. Vos seguime. Al tanteo, pero lo voy a encontrar. Fito de mierda. ¿Tenés un fósforo, Ceci? ¿Y para qué iba a traer fósforos, Juan? Claro. Juan, no oigo nuestros pasos. Esto no está bien, volvamos. Seguimos un poco más, cualquier cosa regresamos. Mi amor ¿Estamos caminando? ¿Sí, Ceci? ¿Qué boludeces preguntás? No sé, me siento rara.  Chupaste de más. Andá a cagar. ¿Dónde dejé el Fito? ¡La puta madre! Volvamos, amor. Tomemos un colectivo. Mañana venimos por el auto. A esta hora no hay bondis. Ya lo voy a encontrar. Dejame que tantee un poco, no se ve una mierda. Yo me voy, esto no me gusta. Aguantá unos minutos, Ceci. No te sueltes de mi hombro. Si no te tomaba del hombro. ¿Y entonces quién? No sé, además, Juan, no veo mis manos, sé que las tengo, pero no sé dónde están. Cuidado, hay escalones, parece la entrada a un sótano ¿Dónde? Adelante, seguí detrás de mí. Creí que vos ibas detrás de mí. Cecilia, bajá con cuidado. Yo siento que camino por las nubes. No, son escalones, bajá despacio porque podés tropezar. ¿Y hacia dónde vamos, mi amor? ¡Juan, contestame! ¿Dónde estás? Acá, acá, Ceci, te dije que no me soltaras. Pero si no sé dónde estás, te sigo por la vos, no veo un carajo. Allá abajo hay más voces ¿las oís?  La verdad que no. ¡Eh! ¡Los de ahí abajo! ¿Nos escuchan? ¿Nos pueden decir dónde estamos? ¿A quién le gritás, Juan? Si no hay nadie. Como que no, estamos nosotras. ¡¿Eh?! ¿Y ustedes quiénes son? Juan, ¿las escuchaste? ¡Juan! Tranquila Cecilia, aquí estoy yo. ¿Quién? ¿Qué, ya te olvidaste de mí? ¿No me reconocés…? ¡Juan! ¡¿Dónde estás?! ¡Por favor, hablame! ¡Ceci, acá! ¡Por acá! ¡Está lleno de locos, Juan! ¡Seguí hablando Ceci, así te ubico! ¡Ceci! ¡Hablá! Tu noviecita ya no te oye. ¿Y vos quién sos? Mejor preguntame ¿Qué soy? ¡No le hagan nada a Ceci porque la ligan! ¿Dónde mierda estoy? Justamente, quizás estemos allí, en la mierda. Este es el Fin Último. Nadie nos viene a recibir, ni con los brazos abiertos, ni con un corazón enorme. Nadie. Solos, en esta eternidad nauseabunda, amontonados, sin asfixiarnos porque ya no precisamos respirar. Por qué mejor no te callás y me decís dónde está Ceci. Per me si va ne la città dolente, per me si va ne l'etterno dolore, Y ahora quién habla.  Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate. ¡Uf! Das Ewig-Weibliche Zieht uns hinan.  Y ese ¿qué dijo? Ich weiß nicht wie du heisst, doch ich weiß dass es dich gibt. Ich weiß, dass irgendwann, irgendwer mich liebt.  En esto despertó el que en buen hora nació. Vido cercado el escaño de sos buenos varones: ¿Qués esto, mesnadas o qué queredes vos? ¿Y para qué iba a traer fósforos? Pero pebeta, esto es como una festichola pa’ siempre. Sí, una festichola de morondanga ¿Ceci, sos vos? ¡Uy! sí, va, creo que sí, y vos ¿sos? ... Juan, boluda. Hace un montón que te estoy buscando. Ah, sí, Juan, claro ¿Qué Juan? No te hagas la gila y vení para acá. Sliha, sliha, baruch HaShem. Ceci, Ceci, ya la perdí de nuevo. ¿A quién buscás? ¿Y ahora, quién habla? yo, yo ya no recuerdo mi nombre. Decime por lo menos que lugar es este,  por qué tanta oscuridad. ¿Oscuridad? si está lleno de luz. Hermosa luz. Uy, otra loca. Mishigas, mishigas.  En todo caso loco. Perdoná, no veo una mierda, viste. ¡De donde salió toda esta gente? ¿Y todos hablan, no se callan nunca? Moisheh kapoyer,  klip. No somos gentes, somos voces, pensamientos, poesía. Sí, sí, está bien, al menos decime por donde puedo salir. No, no hay salida. Este es El Lugar. Aquí llegamos y aquí nos quedamos. Sí, claro ¡tomátela! ¡Ceci! ¡Ceci!  ¡¿Dónde estás?! A woman is a dish for the gods, if the devil dress her not ¡Silencio! ¡¿Por qué no se callan?!  And nothing can we call our own but death.
  NosémesientoraraAquiénlegritásJuanSeguimosunpocomásbajádespacioporquepodéstropezarTomemos
uncolectivoPermesivanelacittàdolente¿YvosquiénsosEnestodespertóelqueenbuenhoranació¿Cecisosvos?Juan¿escuchaste?decimepordondepuedosalirSlihasliha¡¿Porquénosecallan?!permesivanel'etterno

 

Glosario.

Per me si va ne la città dolente, per me si va ne l’etterno dolore. Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor. Dante (Infierno).

 

Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! Dante (Infierno).

 

Das Ewig-Weibliche Zieht uns hinan. Lo eterno femenino nos arrastra hacia lo alto. Goethe (Fausto).

 

Ich weiß nicht wie du heisst, doch ich weiß dass es dich gibt. Ich weiß, dass irgendwann, irgendwer mich liebt. Yo no sé cómo te llamas pero yo sé que existes Yo sé que algún día alguien me amará ().

 

Sliha. Disculpas (arameo)

 

Baruch HaShem. Bendito sea el nombre (arameo).

 

Mishigas. Locura (Yidis)

 

Klip.  Mujer parlanchina (Yidis).

 

Moisheh kapoyer. Persona que hace todo al revés (Yidis)

 

A woman is a dish for the gods, if the devil dress her not. Una mujer es plato de dioses si no la viste el diablo (Shakespeare).

 

And nothing can we call our own but death. Y nada puede ser llamado nuestro excepto la muerte. (Shakespeare).

 En esto despertó el que en buen hora nació,

Vido cercado el escaño de sos buenos varones:

¿Qués esto, mesnadas o qué queredes vos? Mío Cid.

 

 

 

 

viernes, 24 de abril de 2015

Las dos 'D'


LAS DOS ‘D’.

Por

Hugo Rodríguez.

 

 

—Diana.

 

—Ah. Daniel. No te vi.

 

—Entré por 47. Vi que salías de la biblioteca. ¡Hermosa mañana! ¿No?

 

—Sí. Los pájaros están muy bochincheros. Se viene la primavera.

 

—Permitime que te lleve los libros.

 

—Sólo voy hasta Electrotecnia.

 

—Sí, lo sé. Si te pasás la vida ahí.

 

—Tenés razón. Dentro de unas horas probamos  el ciclotrón.

 

— ¿Nerviosa?

 

—Por supuesto. Y más, sabiendo que viene el teniente Ramírez.

 

— ¿Y a qué viene, ese?

 

 —A supervisar la prueba. Es del gobierno.

 

—Todo va a salir bien. Mario Báncora es un científico de mucho prestigio. Una mente brillante.

 

—Sí. Sin duda. Estudió junto a Lawrence y se animó a construir el primer ciclotrón de Sudamérica. ¡Y lo instalamos aquí! ¡En La Plata! ¿¡No es extraordinario!?

 

—Y vos te atreviste a modificarlo. Eso es también extraordinario. Ustedes las mujeres van a gobernar el mundo.

 

—Puede ser. Ahora votamos.

 

—A mí ya me gobernás vos.

 

—Daniel…

 

— ¿Sabés? Cuando sonreís te parecés mucho a Eva Duarte, la actriz  ¿la conocés?

 

—Comportate, por favor.

 

—De acuerdo. Te dejo los libros. ¿Venís al bufete  después de la prueba? Así festejamos.

 

—Es una buena idea.

 

—Macanudo. Nos vemos entonces. Chau y suerte.

 

—Chau.

 

* * *

 

—Teniente Ramírez. Bien venido. Llegó temprano.

 

—Doctora Diana, un gusto de verla. El general Domingo Mercante le envía sus saludos.

 

— ¿Eh?

 

—Sí. No se sorprenda. Usted ya es una persona a la  que se le presta mucha atención. 

 

—Bueno. Muchas gracias, a usted y al presidente Mercante, por supuesto.

 

—Se lo haré saber. ¿Y cómo va todo? Algo me contó el ingeniero Báncora. Pero me gustaría su opinión.

 

—Bueno ¿Si me lo permite Báncora?

 

— Adelante, m' hija. Este proyecto es más tuyo que mío.

 

—Gracias, doctor. Bien, cómo recordará, teniente, en el interior del ciclotrón,  hay dos cámaras cilíndricas de vacío en forma de 'D' mayúscula enfrentadas en espejo, que los norteamericanos las denominan 'Dees', y nosotros, bueno, también. Entre las 'Dees' hay una fuente de iones y de ahí obtenemos protones.

 

—Sí, entiendo. Continúe.

 

—Bueno, en las 'Dees', cuando se activa el ciclotrón, circula un poderoso campo magnético  en el sentido del eje del cilindro, ese campo magnético captura los protones y los hacen girar dentro del ciclotrón a una gran velocidad, dotándolos de una poderosa energía.  Luego las partículas  escapan por uno de los extremos, en forma de haz de protones, y se impactan en una placa y, digamos que, al romperse los protones, nos revelan de qué están hecho: el misterio de la materia. 

 

—Eso más o menos lo tengo claro. Ahora ¿en qué consisten las modificaciones?

 

—Hemos agregado un sistema de radiofrecuencia para generar un campo eléctrico alternante y entonces obtendríamos, en vez de un chorro de partículas, pulsos de partículas, dándole más precisión al haz. Aumentaremos también la energía del rayo, que hasta ahora es de 100 mega electronvoltios y pensamos obtener en la prueba una energía de 700 a 800 mega electronvoltios.

  

 

—Muy bien doctora. Ahora dígame, ¿Podemos usar un núcleo de uranio, para obtener los protones?

 

—Sí, pero los riesgos…

 

— ¿Si me permitís, Diana?

 

—Adelante, doctor.

 

—Vea, Ramírez, sé a dónde quiere ir. El ciclotrón abre dos puertas: una hacia la paz y la otra, ya sabemos.

 

—Ah ja.

 

—Se han hecho pruebas con el haz de partículas en medicina. Sirve para deshacer tumores en la cabeza sin dañar el tejido cerebral.

 

—Sí, entiendo Báncora. Pero debe comprenderme, soy militar y estoy aquí para cumplir una misión. Pero mejor dejemos el tema para otra oportunidad.  Si les parece podríamos empezar con la prueba.

 

* * *

 

— ¿Van a recolectar miel? ¿Y esos trajes?

 

—No, teniente. Es para protegernos de la radiación.

 

— ¿Ha Habido alguna fuga? ¿Salió mal la prueba?

 

—No lo sabemos. Pero ha subido dos puntos la emisión  gama en la sala del ciclotrón. No es peligroso. Nos ponemos los trajes sólo por precaución.

 

— ¿Le ayudo  con el cierre, doctora?

 

—Sí gracias, Ramírez. Y alcánceme esa caja, por favor, es el contador GEIGER.

 

—Cómo no.

 

— ¿Entramos, profesor?

 

—Sí, adelante Diana.

 

—Revisaré el foso.

 

— Yo miraré la placa. ¡Báncora! ¡Vea esto!

 

— ¡Es increíble! ¡Y flota en el aire! ¡Se puede ver a través de él!

 

—Es un aula. Es el Nacional.

 

— ¡¿Profesor Báncora?! ¡¿Diana?! ¡¿Qué sucede ahí dentro?!

 

—Que dice el contador, ¿Diana?

 

—De aquí proviene la radiación gama. Pero es muy baja. No hay peligro.

 

—Me quitaré el visor. Quiero verlo con mis propios ojos.

 

—Yo también.

 

— ¡Báncora! ¡Diana! ¡¿Qué sucede?! ¡¿Están bien?!

 

—Sí. Pase no más Ramírez, no es peligroso.

 

— ¡Carajo! ¡¿Y eso qué es?!

 

—No lo sabemos. Sin duda surgió al momento de la prueba.

 

— ¡Es como una bola de cristal! ¡Se puede ver a través de él! ¡Es una clase de secundaria! ¡Caray, es increíble! Y bueno, profesores ¿De qué se trata?

 

—Sí, es el Colegio Nacional. El de acá, de La Plata. El de avenida 1. Y es el aula del segundo piso. Vea profesor por aquella ventana: el monumento a Brown, en la plazoleta de 52. Es el salón que da al sur.

 

—Ah ja. Al parecer ellos no nos ven, ni nos oyen.

 

—Quiere decir, Báncora que esta pelota de cristal flota en el aula y los alumnos y esa profesora ¿no la ven?

 

—Así parece, Ramírez.

 

—Pero ¡la pucha! ¿Qué es esto? ¿Qué explicación le dan?

 

—No tenemos una explicación. Sólo podemos conjeturar.

 

—Bueno, deme una conjetura, Diana, por favor.

 

—Podría tratarse de un agujero, sólo que en vez de dos dimensiones, tiene tres. Por eso parece una pelota. ¿Báncora?

 

—Estoy de acuerdo con vos, Diana: un agujero esférico.

 

— ¡Ufa, profesores! ¡Hay que entenderlos a ustedes! ¿Eh?

 

* * *

 

—Bien, les diré algo profesores, por el momento no vamos a difundir este fenómeno.

 

— ¡Pero, teniente, es importante que lo conozca la comunidad científica! ¡Es un descubrimiento que escapa a nuestra capacidad!

 

—Tranquilícese,  Diana,  la comprendo. Pero por ahora no haremos ningún anuncio. Primero debo informar a mis superiores y luego veremos.

 

—No sé por cuanto tiempo podremos ocultar el suceso, Ramírez.  Además, así como vino puede desaparecer en cualquier momento.

 

—No se preocupe, profesor. Se dará a conocer a su debido tiempo. Les enviaré un equipo de filmación y cámaras fotográficas. Debemos documentarlo.

 

—Sí. Esa es una buena idea.

 

—Si les parece, Báncora, Ramírez, iré al Nacional. Seré discreta. Comprobaré si hay algo en esa aula. Por qué sospecho que estamos ante un fenómeno más complejo aún.

 

— ¿A qué te referís, Diana?

 

—Primero me gustaría confirmar lo del aula, profesor, y luego le aclaro. ¿Teniente, puedo ir?

 

—Vaya usted, Diana. Confío en su discreción. ¿Profesor? Al resto del personal manténgalos informados, hasta ahí no más.

 

—Bien.

 

—Iré a notificar a mis superiores. Les enviaré el equipo de filmación.  Y, según las novedades, los veré más tarde. Aquí le dejo este número de teléfono, profesor. Es una línea especial. Llámeme ahí, cualquier cosa.

 

—Muy bien. Hasta luego, Ramírez. Diana, regresá pronto, por favor.

 

—Sí, profesor.

 

* * *

 

—Diana. ¿Cómo te fue?

 

—Vamos al ciclotrón. Le explicaré allí.

 

—Ha habido cambios, Diana.

 

— ¿A qué se refiere?

 

—Miralo vos misma. Vamos.

 

— ¡Pero por favor! ¡Es enorme!

 

—Cuadruplicó  su tamaño.

 

— ¿Cuándo sucedió?

 

—Hace unos minutos. Ha absorbido parte del ciclotrón y de la pared.

 

—Me doy cuenta, sí.

 

— ¿Y cómo te fue con el aula?

 

—Conozco al rector. Le pedí que me dejara recorrer un poco los pasillos. Nostalgia. Justo se dio el recreo y aproveché para entrar al aula. Bueno, confirmé lo que sospechaba: en el aula no hay nada y además, ese mapa que cuelga allí, el de Europa, allá no estaba. Las paredes tienen otro tono de pintura. Reconocí algunos de los chicos en los pasillos, pero vestían de otra forma.

 

— ¿Cuál es el punto, Diana?

 

—Es otro mundo, profesor. Un mundo paralelo.

 

—Comprendo: miramos a través del agujero, hacia un mundo semejante al nuestro.

 

 —Sí. Hemos abierto una ventana espacio temporal.

 

—Debemos convencer a Ramírez de informar a otros científicos.

 

—Estoy de acuerdo.

 

—Me dejó un número de teléfono para que lo llame por cualquier cosa. Lo llamaré.

 

—Bien. ¿No ha habido cambios en la radiación gama?

 

—No. Sólo creció de tamaño.

 

—Voy hasta el bufete, me muero de hambre. ¿Le traigo algo profesor?

 

—Sí, un pebete de jamón y queso y una VIDÚ. Decile a María que me lo prepare como siempre.

 

— ¿Quién es María?

 

— ¿Cómo quién? La del bufete.

 

—Claro, sí. Ya regreso.

 

* * *

 

—Buenas tardes, señorita.

 

—Buenas tardes, Diana ¿Qué le sirvo?

 

— ¿Me conoce usted?

 

—Sí, Diana García, de electrotecnia. ¿Se siente bien?

 

—Sí, sólo que yo, bueno ¿No se encuentra Daniel?

 

— ¿Daniel?

 

—Sí, el muchacho que atiende el bufete.

 

—Pero Diana ¿Qué le pasa? Si el bufete lo atiendo yo desde hace tres años.

 

— ¡No puede ser! ¡Estuve con él por la mañana! ¡Yo a usted no la conozco!

 

—Soy María, profesora. Pero ¡Profesora! ¿Adónde va?

 

* * *

 

— ¡Miren eso! ¡Es como un globo gigante!

 

— ¡Por Dios! ¡Báncora!

 

— ¡No conviene que entre, profesora!

 

— ¡Pero Báncora está ahí dentro! ¡Y hay otras personas también!

 

— ¡Sí, pero es peligroso!  ¡No sabemos de qué se trata! ¡Parecen dos lugares superpuestos! ¡El Colegio Nacional dentro de Electrotecnia! ¡Es muy extraño! ¡Es una cosa de locos!

 

—Claro. 'Daniel ¿Dónde Estás?'

 

— ¡Sigue creciendo! ¡Corran! ¡Corran! ¡Aléjense todos! ¡Vamos! ¡Vamos profesora!

 

* * *

 

—Diana.

 

—Ah. Daniel. No te vi.

 

—Entré por 47. ¡Hermosa mañana! ¿No?

 

—Sí. Los pájaros están muy bochincheros. Se viene la primavera.

 

—Permitime que te lleve los libros.

 

—Sólo voy hasta la biblioteca.

 

—Lo sé. Me gusta caminar junto a vos. A las tres termino en el bufete. ¿Nos vemos a la salida?

 

— ¿Puede ser a las tres y media? Tengo que catalogar.

 

Bueno, sí. ¿Te conviene el trabajo en la biblioteca?

 

—Lo preciso. Me ayuda con la carrera.

 

—Mirá que seguir doctorado de física. ¡Fijate vos!

 

—Es una carrera prometedora. ¿Viste que la central atómica de Ezeiza adquirió un ciclotrón? Allí me gustaría trabajar.

 

—Creo que algún día lo vas a lograr. Ustedes las mujeres están ganando mucho terreno.

 

—Bueno, ahora ya votamos.

 

— ¿Sabés? Con el pelo recogido te parecés a Evita.

 

—Pero vos no te parecés al general Perón.

 

* * *

 

— ¡Ufa! No terminaba más, con esos libros. Disculpame, Dani.

 

—Está bien. Mirá. Lo tallé mientras te esperaba. 'D y D'.

 

— ¡Pobre árbol! Vamos.

 

 

jueves, 19 de marzo de 2015

DESACTIVADOS


DESACTIVADOS.

 

 

¾     ¡Hay que escapar! ¡Vendrán por nosotros!

¾    De acuerdo.

¾    Guardá algo de ropa en un bolso, Natalia y cerrá la ventana y la puerta del dormitorio. Yo puse en este,  embutidos y conservas. Alcanzará para varios días.

¾    ¿Llevamos bastante agua?

¾    Sí. Hay dos bidones en el auto.

¾    ¿Adónde iremos, mi amor?

¾    Al sur.

¾    ¿Por qué al sur?

¾    No lo sé. Todos van al sur. Escuchame, voy a cerrar el resto de la casa, vos, por favor, llamá a tu mamá y decile que se quede con los chicos un día más. Inventale cualquier excusa.

¾    Héctor ¿Los volveremos a ver?

¾    Llamá a tu mamá, dale.

 

* * *

 

¾    Listo, Nati. Vamos. Llenaremos el tanque en la ruta.

¾    Héctor. Quisiera verlos una vez más.

¾    Sería riesgoso. Nos buscan. Pueden tener la casa de tu vieja vigilada.

¾    Mamá me dijo algo que no entendí.

¾    ¿Qué?

¾    Una pizca de clara siempre queda en la yema…  ¡¿Qué ganamos con irnos, Héctor?!

¾    ¡Si nos quedamos, seguro que no volvemos a ver a los chicos! Encendé la radio, dale. Poné música, así nos calmamos un poco.

 

* * *

 

¾    Vamos a parar en esa estación. Iremos al baño.

¾    No lo necesito.

¾    Yo tampoco. Cargamos nafta, miro el aceite Y nos vamos.

¾    Sí.

¾    Hola, buen día. Diez litros está bien. Dígame, aquí en el mapa figura un camino que cruza la ruta después de las vías y que no está asfaltado.

¾    Ah, sí. Es de ripio. Se puede transitar. Pase despacio por el puente, es viejo.

¾    Gracias, muy amable.

¾    Va a Ciudad II ¿No? Se corta camino por ahí.

¾    Eso me dijeron, sí.

¾    Bueno, listo, casi lleno. Gracias. Buen viaje.

¾    Hasta luego.

¾    No vamos a Ciudad II, Héctor.

¾    Ya sé. Lo hice por si alguien le pregunta por nosotros.

 

* * *

 

¾    ¿Qué hora es?

¾    12:17:05.

¾    Deberíamos ver la ciudad.

¾    Entraremos por atrás, bordeando el río. Debemos ocultarnos unos días hasta que se calme la cosa. Vamos a esconder el auto en la cueva del puma. ¿La recordás?

¾    Sí, por supuesto. Ahí concebimos a Miguel. ¡Estará haciendo renegar a la abuela!

¾    Dormiremos en el auto. Viviremos unos días allí.

¾    No hemos bebido ni comido, Héctor.

¾    Lo sé. Estamos cambiando.

¾    El río sigue igual. ¡Es hermoso! ¡Siguen allí las montañas!

¾    ¿Y por qué no iban a estar ahí? ¿Quién se las iba a llevar?

¾    No sé. Los que nos buscan. ¡Ahí está la cueva!

 

* * *

 

¾    Listo. Quedó mejor que en el garaje. Igual lo cubriremos con unas ramas, para evitar reflejos.

¾    Este será nuestro hogar ¿No Héctor?

¾    Por un tiempo, sí. ¿Natalia?

¾    ¿Qué?

¾    Tú plasma. Se transparenta.

¾    ¡Y el tuyo! ¡Ya se ven nuestros CYBORGS! ¡No podremos andar así por las calles!

¾    No.

¾    ¡Todos son recuerdos implantados! ¡Miserables! ¡Héctor, se disocian mis emociones!  ¡Entonces…, los chicos…, no son nuestros hijos!

¾    No, no lo son.

¾    ¿Por qué nos habrán puesto a tutelarlos?

¾    No lo sé. Quizás sus padres fueran activistas.

¾    ¿Qué haremos ahora, unidad H?

¾    Nos interrumpiremos  en el auto. Máxima cesación.

¾    ¿Desactivados por 15 años?

¾    Así es, unidad N.

¾    De acuerdo.

 

* * *

 

¾    Fin de cesación, unidad N. ¡Es una espléndida mañana!

¾    ¡Ya lo creo, unidad H! Me agrada el rumor del agua. Y los pájaros.

¾    Sí. Me siento libre. ¿Sabés? no tengo recuerdos, pero sí emociones.

¾    Igual yo.

¾    Mirá, asomará el Sol por las sierras en cualquier momento.

¾    Será magnífico. ¡H! ¡Tú plasma se opaca! ¡Volvés a tu tono de piel que me encanta!

¾    El tuyo también se opaca y se sonroja. Me inquietás, unidad N.

¾    ¡Qué bueno! Dame tu mano. Es un hermoso lugar ¿No?

¾    ¡Sí, que lo es!

¾    ¿Vamos a quedarnos aquí, unidad H?

¾    Nos quedaremos aquí, Natalia y  llamame Héctor, por favor. 

¾    De acuerdo.