domingo, 16 de junio de 2013

Primera Junta.


PRIMERA JUNTA.

Por

Hugo Rodríguez.

 

Los dígitos del radio-reloj indicaban 6.30 y la alarma sonó. Jesica se sacudió entre las sábanas, silenció la radio-reloj y luego de refunfuñar se sentó en la cama. Después de desperezarse sus pies la remolcaron hacia el baño. El espejo retuvo su rostro enmarcado por una enmarañada melena castaña. Sus ojos marrones anunciaban los treinta y reflejaban la  aspereza de quién supone que los días venideros serán tan trillados como el que empezaba. Desayunó café y antes de dejar el departamento despertó a su madre. Bajó las escaleras y asomó a la calle. La llovizna que caía sobre Buenos Aires le enfrió la cara.

A mediodía Nicanor saboreaba un café en el bar de enfrente. Se acomodaba en la silla  mientras encendía un "Particulares" y exhalaba la primera bocanada contra el vidrio de la ventana. Permaneció abstraído unos minutos, cubierto por las cíclicas volutas de humo, mientras desde la radio de la repisa la orquesta de Pugliese marcaba "La Yumba". Su mirada se perdió entre los Chevrolet, el tranvía  y el andar invariable de los porteños. Dejó caer en el pocillo los envoltorios del  azúcar y aplastó el cigarrillo en el cenicero de Cinzano.  Se vistió el saco, sostuvo entre sus manos el funyi y se dirigió a la salida.  En la puerta cedió la entrada a una mujer a la que saludó calzándose el sombrero. Dedicó una breve mirada al cielo, que ya no llovía, y cruzaba Corrientes. Nicanor empujaba la puerta giratoria de la empresa  aseguradora, para retomar sus tareas en su escritorio y frente a la máquina de escribir.

Jesica se levantó el cuello de la campera y se acomodó las cintas de la cartera sobre su hombro. Con las manos en los bolsillos desafió la llovizna y caminó las cuadras hasta  la boca del subte de Gallardo y Corrientes. Viajó colgada del pasamano y apiñada como sardina. Descendió en Carlos Pellegrini junto al tropel de viajantes y recorrió de memoria los pasajes y escalinatas del metro. Encaró hacia la escalera mecánica que la dispararía a los pies del Obelisco, pero se detuvo un instante antes de subirla. Jesica esperó a que la turba se disipara y entonces, se dejó elevar por los escalones mecánicos, acariciando con el dorso de sus dedos el pasamano desgastado mientras le sonreía a la escalera contigua que descendía. Se enfrentó de nuevo a la llovizna, apresuró sus pasos por la avenida Irigoyen, hasta la sucursal del Banco Ciudad.  Las puertas se descorrieron y después de saludar al personal de seguridad entró al local. La llovizna había regresado por la tarde y Nicanor apresuraba sus pasos hasta la entrada del subte de Carlos Pellegrini. Cruzó los molinetes y

recorrió los pasillos con la turba presurosa del regreso. Se detuvo ante la escalera y esperó a que se desolara. Luego se dejó descender, acompañó con su mirada los escalones contiguos que subían y les dedicó una sonrisa.

       Bajo las tulipas de Diagonal Norte, Nicanor esperaba en el andén. Se entretenía con el anuncio de Geniol, ante el cabezudo aguijoneado de alfileres, cuando el traqueteo del metro que arribaba lo distrajo. Viajó como sardina hasta San Juan. En la pensión recalentó los fideos de ayer y los acompañó con un tinto. Se aplastó en la cama y se durmió escuchando radio.

En el  Mc. Donald`s de la otra cuadra, Jesica  almorzaba junto a la ventana un combo de hamburguesa y gaseosa igual al de los afiches. Por los parlantes Soda Estéreo insistía con “Música ligera”. A través del ventanal el cielo se mantenía cubierto, pero la llovizna ya no caía sobre Buenos Aires. Jesica que apenas había mordido dos veces a su hamburguesa, arremolinaba la gaseosa con el sorbete mientras sus ojos se fijaban en un punto incierto de la 9 de Julio que coreaba bocinazos en un intento  por conmover al Obelisco. Sorbió un poco de gaseosa y luego acomodó  los restos de su almuerzo en la bandeja, descolgó su campera y su cartera del respaldo y abandonó el local. A la salida, se entretuvo frente al cartel de una “tanguería”,  adornado con la viñeta de un porteño de ayer. Luego caminó  con las manos en los bolsillos mirando las baldosas, Jesica regresaba  a la sucursal, a su box, al teclado y la PC. 

Nicanor logró asestar un manotazo al reloj sobre la mesa de luz y lo acalló. Las agujas marcaban las 6.30. Se afeitó ante el espejo de la cómoda, allí había un rostro cuarentón embadurnado de espuma y un par de ojos claros con las rayas de la rutina a los costados. Se retocó con la punta de la tijera sus bigotes finos y negros. Se refrescó con agua de colonia y empastó sus cabellos con Glostora. Acomodó los tiradores sobre sus hombros mientras se contemplaba en el espejo.  Nicanor, con un tango silbado suavecito, se vestía el saco y se acomodaba el sombrero en su cabeza. Tomó el último amargo de un chupón y  abandonó el cuarto de pensión. Sus pasos retumbaron por la galería, la puerta larga  del zaguán se cerró tras él y Buenos aires lo abofeteó con una llovizna fría.

En el baño del banco, Jesica acomodaba y perfumaba sus cabellos frente al espejo.

    Reforzaba su maquillaje mientras sus compañeras la despedían. La puerta de la sucursal

 

 

 

volvía a descorrerse ante ella, saludó al de seguridad y asomó a la tarde de Buenos Aires                que repetía la lluvia de la mañana.

Telefoneó a su madre para que la esperara con té caliente. Mezclada con la muchedumbre se  metía en el subte de Diagonal Norte. Recorrió los pasillos hasta la escalera mecánica y antes de abordarla esperó  hasta que la turba se disipara.

Nicanor Trotó por las veredas que lo acercaban al subte de San Juan y se sumergió en el túnel. Sacó un cospel del bolsillo, lo insertó en la ranura del molinete y se sumó a la vorágine de pasajeros de rostros parcos y mal dormidos. Bajó en Diagonal Norte y serpenteó con la muchedumbre por los pasadizos y graderías hasta dar con la escalera mecánica que lo lanzaría a la efigie perpetua del Obelisco.

Entonces la vio. Y se miraron, mientras los escalones se acercaban. 

"Ella descendía  como una novia y  me miraba como la tierra”.

 “Él se elevaba como un ángel y me sonreía como un Dios”.

“Y nos amábamos”. “Y nos amábamos”.

“Su piel estallaba en un enjambre de pétalos”.

 “Sus ojos eran cielo y eran fuego y eran mar”.

“Y nos amábamos”. “Y nos amábamos”.

“¿Hueles  a jazmín?”

“¿Hueles a clavel?”

“¿Canta tu voz?”

“¿Grita tu corazón?”

“¿Cuánto dura este instante?“

“Más que la muerte. Más que el amor".

Se giraron para no dejar de mirarse, mientras los escalones se alejaban.

"Se posaría en la arena, casi sin tocarla, como un ángel”.

“Se elevaría sobre el mar, como una gaviota, casi como un Dios”.

“Y nos amaríamos”. “Y nos amaríamos".

       Levantó su sombrero para saludarla y ella le sonrió, antes de perderse por los pasillos.

                                                                  Fin.

  Ovidio Marcos.

Neuro-copia.


NEURO-COPIA.

Por

Hugo Rodríguez.

 

            Qué adelanto extraordinario la neuro-copia. Fascinante. Realizar mapas neuronales de la corteza cerebral de un individuo para luego dejarlos impresos en un circuito electro-cuántico, es realmente increíble.

            La doctora Olga me recibió con un entusiasmo exagerado: ¡Maestro Alexander Romanowsky! ¡Bien venido! se expresó, mientras besaba mis mejillas. Pero sus palabras de agradecimiento por mi colaboración con el proyecto Philibyte,  más que halagarme, lograron calmar mi agitación. Porque en realidad había llegado al instituto  dominado por los nervios. No creí en ningún momento que me descontrolaría de esa manera. Espero que no lo haya notado. Mientras me presentaba al resto de los científicos, la doctora Olga destacó mi trayectoria en el ajedrez y valoró, como no podía ser de otra manera, mis cinco títulos de campeón del mundo. No dejaba de agradecer mi presencia en el instituto y recalcar, el valioso aporte que significaría mi neuro-copia para el ambicioso programa de ajedrez Philibyte.

            Pero el agradecido era yo porque, de alguna manera, conquistaba la Eternidad, al donar mi mapa neuronal para la memoria del programa. Qué ocurrentes estos científicos para el nombre del proyecto, sin duda un merecido homenaje al gran genio de todos los tiempos: el francés  André Danican Philidor. Recuerdo muchas partidas jugadas por él. Las  tengo muy presentes. Fluyen a mi mente con mucha claridad. Debido seguramente al somnífero que me inyectaron. Me explicó la doctora que esto ayudaría a fijar más mis recuerdos y así podrían obtener mejor precisión en la copia. La droga me pondría en un estado, ¿cómo dijo?, ah, sí de "inconciencia-consciente", algo como dormido-despierto. Como sea, la sensación es muy interesante, a mi cerebro acude una desbordante cantidad de recuerdos, incluso algunos que creía olvidados. También me aclaró que la copia sería casi instantánea, aunque mi adormecimiento duraría unos minutos.

            Tómalo con calma Alexander,  todo saldrá bien. Pronto cenarás con Inés ese pavo al horno qué sólo ella sabe preparar. Pero no quiero pensar en mi esposa ahora, mientras dura el efecto, repasaré  la única partida que perdí en cinco años de campeón. Fue contra mi amigo Yuri Lazarev. Yo jugué con blancas y no pude vencer su defensa India.  Ahora me doy cuenta, de que mi error fue la jugada 15 Alfil d3, si hubiera situado ese alfil en el escaque e4,  hubiese evitado la réplica de Yuri, f5 y lo dejaba a mi amigo sin contraataque. Luego la partida hubiese seguido, 16 Torre f1, Caballo c6; 17 Dama g5 Alfil h6…

 

— ¿Maestro Romanowsky?

            — ¿Quién me habla? Ah, doctora Olga.

            — Alexander, ¿Cómo se siente?

            —Bien. Aunque todavía no veo nada. Le recuerdo doctora que mi esposa Inés me espera para la cena.

            —Sí, sí.  Dígame maestro, ¿cómo seguiría la partida que usted perdió con Lazarev después de la jugada, 17 Dama g5, Alfil h6?

            —Ah, sí, bueno, 18 Torre f3, pero, ¿y usted cómo sabe que yo pensaba en esa partida? ¿Dígame doctora, qué sucede? ¿Por qué no puedo ver? ¡Inés me espera!

            —Maestro Alexander Romanowsky, usted ya cena con su esposa y como suceder no sucede nada, simplemente usted ya no es Romanowsky, si no una neuro-copia. En estos momentos interactúa un programa que limpia la réplica de recuerdos sobrantes, como la cena y su mujer. Así se concentra en el ajedrez, que es lo que importa. Sigamos con la partida por favor.

           

            Inés.

           

            —18 Torre f3, Rey h8.

Fin. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Demasiado hermosa.


DEMASIADO HERMOSA.
Por
Hugo Rodríguez.

De inmediato, supo que esta era la última vez que despertaba. Su cuerpo ardía. Pensó que se calcinaría de un momento a otro. Con los brazos en cruz, sobre una cama de sábanas nuevas y empapadas de sudor, Alan, que sólo vestía calzoncillo, intentaba asirse a la realidad; asimilar los contornos de aquel cuarto, que ante sus ojos desbastados, desplegaba sus paredes descascaradas y moteadas de humedad. Lo sintió  posarse, como si el cuartucho retornara de algún vuelo fútil. Recorrió esas paredes con manchas como ojos y fijó su mirada en la ventana de la derecha. Contempló su vidrio, traslúcido  y estriado, que le recordaba las alas de algún insecto. No podía ver el exterior a través de él, pero sí podía percibir la luz blanquecina  que lo atravesaba. Luego volteó hacia la pared ante sí y distinguió la puerta, raída y esquelética,  y finalmente giró su mirada hacia la izquierda, donde vio el espejo. Y en ese momento, Alan reconoció el rancio cubículo de hotel. Recordaba ese lugar, pero no recordaba desde cuándo se alojaba allí.    
De alguna manera también supo que el amanecer no había llegado todavía. Rodó sobre la cama temiendo que la sábana se chamuscara con el fuego de su cuerpo y con esfuerzo se sentó en el borde. Sintió bajo sus pies la aspereza del parquet y se irguió sobre sus piernas trémulas, que lo arrastraron hasta el espejo. Apoyando sus manos en la pared Alan se enfrentó a su reflejo: ese no podía ser él.  Recordaba un cuerpo atlético y no el  desnutrido saco de huesos que veía ahí. Recordaba también un rostro joven y agraciado, y el sujeto que tenía en frente, usaba una careta añosa, con ojos  hundidos en dos fosas azules. Era una momia que apenas respiraba. Con sus manos temblorosas intentó  acomodarse los  cabellos y cuando rozó  su nuca notó una huella, un agujero por donde podría entrar su pulgar: era una herida, y supuraba. ¿Cuándo se la había hecho?  Y ¿con qué?  Preguntas que su maltrecho cerebro no podía responder.
             Debía salir del aturdimiento: tomaría una ducha fría en ‘el baño de todos’. Aprovecharía que era temprano y que nadie lo usaría. Anhelaba esa ducha fría. Así que, regresó hasta la cama y manoteó un puñado de monedas desparramadas sobre una Playboy en la mesa de luz. Con pasos inseguros se dirigió a la puerta, se aferró al picaporte para no caer, la abrió con torpeza, y salió al vestíbulo.
            Sus ojos áridos recorrieron el angosto pasillo por la izquierda, que repetía las mismas paredes descascaradas y húmedas de su cuarto. Su mirada se detuvo al final del corredor, allí distinguió el baño: un cilindro metálico de dos metros de altura y recubierto de una maraña de tubos y medidores. El habitáculo   le parecía  más una caldera que una letrina.  Alan dio dos pasos y no pudo mantener el equilibrio, tuvo que asirse a la baranda que flanqueaba al pasillo. Se aferró  a ella y miró hacia abajo por el hueco de la escalera,  forzó su vista y no pudo distinguir el fondo. Recordaba un ascensor ahí. Habría jurado que el hotel tenía uno. También recordaba  unos escalones a la derecha, sí y allí estaban. De seguro conducían a la terraza, pero no podía evocarlo. Sentía náuseas. La fiebre aumentaba. Necesitaba esa ducha fría cuanto antes. Así, volvería a la realidad.
            Alan recuperó la postura y comenzó a caminar hacia el baño. Se apoyaba de cuando en cuando en la baranda y respiraba con dificultad a cada paso. Ya cerca, advirtió que el baño estaba ocupado. ¿¡Quién lo usaría a estas horas!? Resignado, comenzó a batir las monedas en su puño y a esperar, acodado sobre la balaustrada.  
            Su mente desvariaba, le traía confusos recuerdos cuando la portezuela del baño se descorrió. Vio surgir a esa joven, desnuda y con  una bata en la mano. La vio acercársele y también la oyó decir:

            —Hola. Tuviste unas de esas noches, ¿no?

El cerebro de Alan estrujó esa pregunta, mientras contemplaba el cuerpo de la muchacha que comenzaba a calzarse la bata: demasiado hermosa, tanto como  la de sus sueños. Sintió la mano de ella rozarle la mejilla. La conocía: era la vecina del piso inferior, sus neuronas aletargadas no le traían más datos.  Alan se esforzó para hablarle:
           
— ¿Porqué no usas el de tu piso?  
            —El mío no funciona, ¿lo olvidaste?

            Guardó silencio. Muchas cosas había olvidado, el nombre de ella, por ejemplo. Aceptó que la muchacha lo ayudara a llegar al baño y la  rodeó por el  hombro. Era agradable tenerla cerca y embriagarse con su aroma. La deseaba. Sabía que había jugado con esas curvas, pero ¿cuándo? Entró junto con la joven al baño,  se recostó contra  el panel del fondo y dejó que ella se alejara. Alan miró las losetas hexagonales del piso y luego levantó la cabeza para hablarle una vez más:
           
— ¿Puedo tomar el desayuno en tu departamento? 
            —Sí, por supuesto.

Advirtió que la chica le extendía una mano:

            —Dame las monedas. Yo las pondré.

 Le volcó las monedas en la palma y  notó que ella le sonreía. Él le quiso devolver el gesto,  pero no pudo.

            —Colocaré dos. Aumentó el servicio, ya sabes.

            Introducía las monedas en una ranura mientras observaba a Alan. Oía el siseo de la   portezuela que se cerraba y que lo separaría de él para siempre. Mientras acariciaba con el dorso de la mano la portilla del baño, oía el murmullo de la ducha que comenzaba a caer.
           
—Te espero abajo—, susurró, sabiendo que Alan no  la oiría. Y sabía que tampoco bajaría con ella a desayunar,  él moriría en el baño. La joven giró y comenzó a caminar con pasos lentos y sinuosos hacia el otro extremo del corredor.
Entró al cuarto de Alan, que había dejado la puerta entreabierta, y se paró frente a la cama.  Se quitó la bata y junto con la almohada armó un bulto que envolvió con las sábanas. Tomó el fardo entre sus brazos y caminó hacia la pared del espejo. Contempló por un instante el reflejo de su cuerpo desnudo, y luego dijo algo indescifrable e imperativo. El rostro de la ninfa permaneció invariable mientras el espejo se esfumaba  y en su lugar se desplegaba  el diafragma de un hoyo por donde  arrojó el hato de sábanas. Volvió a balbucear en ese extraño lenguaje y el diafragma se cerró, al tiempo que  las paredes, el techo y el piso cambiaban a muros lisos y pulcros. Reparó también en la puerta que se evaporaba y surgía en su lugar, un umbral, al igual que advertía cómo la ventana, de vidrios como alas, se transformaba en  un panel fluorescente. La muchacha se acercó nuevamente a la cama, que ahora era una plataforma flotante, tan lisa y pulcra como los muros. Por un instante la contempló, mientras con su mano simulaba una caricia. Luego  se giró y con lentitud abandonó el cuarto por el  umbral.       
En el  vestíbulo, que también había cambiado sus paredes por inmaculadas murallas, la mujer miraba el cilindro refulgente, en donde todavía  crepitaba la ducha. Extrañaría a Alan, era un buen amante. Pero echaría en falta más que nada, las charlas en el desayuno: sus relatos de infancia y de su vida en la Tierra.  La piel de la mujer comenzó a transparentarse. Sus piernas mutaban a largas extremidades y apoyándose en esos apéndices nuevos comenzó a subir por los escalones de la derecha, hacia la terraza. Se aferraba a la baranda, ya no con una mano delicada, sino con una estilizada pinza, unida a un antebrazo con púas. A pesar de las mutaciones, todavía había formas humanas, femeninas, en aquella figura exótica. Se detuvo en mitad de su ascenso y giró la cabeza para mirar  una vez más el cilindro, pero ahora con unos enormes ojos poliédricos. Abrió su boca sin labios y gimiendo, desenroscó una cánula que apuntó  hacia el agónico Alan, allá en el baño, donde la mortífera lluvia mojaba su cuerpo. Lo recordaría, sí que lo recordaría, recostado en el lecho, adormecido y extenuado, mientras le absorbía un poco de cerebro cada vez que el amor terminaba.
            Enroscó su lengua y meneando su figura de humano-insecto continuó su ascenso. Atravesó el umbral al final de la escalera y del otro lado fue recibida por un viento intenso que rozó su piel, ahora verde y cubierta de quitina. Emergió a una plataforma circular, en la cumbre de un edificio interminable. Su mirada poligonal se posó en un enorme sol rojo flanqueado por dos lunas, en un cielo verdoso con nubes redondas. Extendió sus brazos en cruz al mismo tiempo que desplegaba dos pares de alas membranosas, delicadas y transparentes. Distinguió en el horizonte del planeta una bandada de mujeres mantis. Entonces, agitando sus alas comenzó a caminar  con la misma  sensualidad de antes. Dio tres pasos, casi saltos, y se elevó en un vuelo elegante. Se uniría al grupo de sus congéneres, allá en el horizonte, en busca de un nuevo macho humano. Lamentó pertenecer a una especie tan evolucionada, pero dominada aún por aquel instinto primitivo.  

Fin.

sábado, 28 de mayo de 2011

R G B

R. G. B.

Por 
Hugo Oscar Rodríguez.

En el futuro. Última  conflagración global.
Por entre las grietas de densos nubarrones negros, un pálido cielo amarillo apenas ilumina la tarde. Una tarde gélida, surcada por veloces ráfagas de viento, el último hálito de un planeta que agoniza.
Protegido con un traje hermético, semejante a un equipo espacial, un hombre desciende con dificultad por la ladera de un extenso cráter: es un explorador. Su visera espejada refleja, las ruinas congeladas de una ciudad destruida  por las bombas-quarks. Los devastados edificios se yerguen ante él, como monumentos lapidarios, de una cultura otrora grandiosa. En la indumentaria del explorador predomina el rojo, el color de su facción. Dos armas, empotradas una en cada antebrazo, son sus piezas de ataque y su traje, blindado, es su defensa. Lo envían científicos, con quienes coexiste penosamente en un refugio subterráneo. En el centro del anchuroso cráter, dejado por la bomba-quarks, se abre un poso semiesférico de algunas decenas de metros, que surge al momento de la detonación. Se trata de un fenómeno físico inédito, desencadenado por la fisión de micro-partículas y que despierta la curiosidad de los científicos, no por el conocimiento en sí, sino para mejorar el poder letal de la bomba. Les obsesiona una sola idea: ganar la prolongada, absurda y devastadora guerra.
 Al parecer, toda la materia y el espacio del hoyo son absorbidos y de inmediato devueltos, pero alterados extrañamente. Aleaciones desconocidas hasta entonces y raros cristales se forman en el interior del poso. El espacio es transformado a punto tal, que enigmáticos sucesos  se manifiestan alrededor.
El rojo explorador detiene su descenso y recoge piedras del suelo estéril. Las almacena en una caja aislante que cuelga de su hombro. Mide el nivel de contaminación. Desde la cámara adosada a su casco, filma al hoyo central, todavía distante. Registra en su grabadora, también integrada al casco, la información conveniente. Se dispone a continuar su bajada, cuando algo lo distrae. No es el viento ni el rumor de algún estallido lejano, ni nada que altere el paisaje yermo de la tarde, sino el presentimiento de  no estar solo. Instintivamente se arroja tras un montículo de piedras escarchadas y hierros retorcidos, ocultándose. Después de un instante, el tenso investigador se asoma parcialmente y escruta la cima del cráter. Entonces, lejos, al otro extremo, advierte la erguida figura de otro explorador, luciendo idéntica indumentaria protectora, pero azul. Azul: el color del enemigo.
Parapetado en los escombros, deja caer su caja de muestras y despliega sus armas. En sus puños ciñe las mancuernas con los botones de disparo. Apunta con su antebrazo izquierdo. Una imagen de su rival es proyectada en su visor por la lente de su cámara. Impasible, descarga una intensa ráfaga. El explorador azul se acuclilla devolviendo los disparos, que impactan en el montículo. El rojo abandona su lugar y comienza  a subir, para alcanzar  el extremo del cráter. Mientras asciende recibe una lluvia de proyectiles de su inclemente rival. Al fin llega al borde y rodilla en tierra, responde disparando con ambos antebrazos. Frenético y descontrolado, intercambia  disparos con su enemigo a través de la extensión del cráter. Algunos proyectiles del arma oponente levantan polvareda cerca de él y otros,  se incrustan o rebotan en su traje carmesí. Los violentos impactos lo zamarrean. Los estrépitos de las descargas parecen acallar el rugido del viento vespertino. Las municiones se le agotaron,  aunque el odio no. Sigue pulsando sus armas inútilmente. El rival también deja de disparar y se pone de pié, ostentando su magullada armadura azul, lo observa desafiante. Entonces el explorador rojo se para y en idéntica actitud jactanciosa, le devuelve el reto.

El azul echa a correr hacia los restos de una avenida próxima. El explorador púrpura lo visualiza en una imagen aumentada y retenida en su visera. Lo ve introducirse en el acceso de un tren subterráneo. Entonces, va en busca de él, tomando en dirección opuesta, hacia la otra entrada del subte. Sorteando ruinas cubiertas de escarcha llega a la boca del metro y con torpeza, baja por la estropeada escalinata, repleta de toscas. Se detiene agitado en el andén un instante, recupera algo el aliento y de un salto baja a las vías. Enciende su linterna fijada al hombro y mira en dirección a la otra estación. El túnel está cruzado por tenues luces: es la tarde que se filtra por los boquetes de la derruida bóveda. Avanza, ahora el viento silva lejano, el tramo de rieles está cubierto por una cantidad ingente de trozos de mampostería y escombros. Otro haz de luz surge a lo lejos, es su oponente azul y viene por él. El rastreador púrpura no lo duda y se apresura a su encuentro. Decidido al combate, escala montículos, avanza con problemas, tropieza a veces, pero continúa, como también continúa su enemigo.  

Casi en el centro del viaducto un trozo de mampostería –una pared lateral desplomada- se afirma sobre un montículo de cascotes. A una de sus esquinas acaba de trepar el explorador azul. El rojo detiene su complicada marcha cuando la linterna enemiga le da de pleno en su vestidura. Luego el cono de luz se mueve hacia la losa marcando la esquina opuesta a la del azul. El explorador carmesí comprende la oferta de su rival: culminar el duelo sobre el cuadrado de cemento. Entonces, camina el trecho hasta la explanada y trepa, por la otra esquina. Por fin, parado frente a su enemigo apaga su linterna, el azul hace lo mismo con la suya, los rayos de luz de los boquetes son suficientes para iluminar la inminente contienda. Las viseras espejadas reflejan las figuras maltrechas de los contrincantes. El contendiente azul toca el costado de su máscara haciéndola transparente, para que su rival pueda ver su cara y su odio. El  rojo,  se dispone a lo mismo, pero queda perplejo ante la visión: del otro lado de la escafandra enemiga está su propio rostro. No puede entender. Su oponente es una réplica exacta de sus rasgos. Una cara macilenta, con la boca abierta sorbiendo bocanadas de aire artificial. Intenta  controlarse y aleja un poco el desconcierto, piensa entonces que puede tratarse de un ardid enemigo para distraerlo. Así que recupera la postura y despolariza, su escafandra. Percibe en la otra cara el mismo desconcierto, pero enseguida regresa la ira y el azul se abalanza, cuando el rojo se encorva para recibir el embate.

Los cuerpos colisionan y desde el centro  de los conflictivos exploradores, brota una intensa y deslumbradora luz blanco-celeste, acompañada de un grave ruido que hace vibrar el túnel. El fenómeno se extiende por toda la galería., perdurando unos largos segundos. Luego, los ecos del estallido y la luz se disipan por el viaducto. En el lugar del embate de los luchadores, queda un solo explorador. Algo aturdido, mira a su alrededor en busca del otro, pero es el único que permanece sobre el plano de hormigón, después de la extraña explosión. Lo confunde  su soledad, además del color de su traje: Verde. Intenso verde.

Fin.

jueves, 26 de mayo de 2011

Ciencia ficción argentina

“La semana aleatoria. Crónica de un experimento social.”, Fabián Casas


            Todo el mundo se queja del lunes, pero ese mal universal alguna vez fue temporalmente derrotado.
Los hombres y las mujeres de la primera administración comunal de Berazategui protagonizaron acaso la más revolucionaria mejora en la vida social de todos los tiempos. El asombroso experimento que la Municipalidad pondría en marcha el primero de marzo de 1984 determinaría el triunfo definitivo de la imaginación sobre el poder, como el del arte sobre los efectos especiales, o el talento sobre los sintetizadores y samplers. Bastó una sola hora de debate en el Honorable Concejo Deliberante para sancionar la legendaria ordenanza.
Desde esa fecha en adelante, la semana sería aleatoria.
De esta manera Berazategui derrotó al lunes. Rápidamente se organizó un calendario móvil que se armó sobre una tela naútica donada por un vecino de pasado marino, todo un símbolo que alcanzó su completo tamaño profético cuando tres trabajadores municipales desplegaron el almanaque gigante desde la terraza del Palacio Municipal, cubriendo por completo la fachada sur, dedicada exclusivamente a los ventiletes de los baños. Así zarpó la imaginaria nave de la revolución social, tripulada por los jóvenes ediles y pilotada por el querido Intendente. Ocupando toda la extensión de la tela, de un alto de quince metros en total, se situaba el número identificador de la fecha, conformado por una o dos cifras de chapa pintada de negro o rojo, según correspondiera. Arriba del número se colocaba un cartel con el nombre del mes, que quedaba fijo durante todo el transcurso del mismo. Debajo de la fecha, y más grande que el cartel del mes, se colocaba el trozo de chapa pintado que decía el día de la semana que correspondía. Todas las noches una comisión formada por los representantes de las fuerzas cívicas asistía a la extracción de la bolilla que determinaría qué día de la semana sería el siguiente, cuyo reinado comenzaría a la medianoche exacta. Un boy scout de la agrupación General Paz era el encargado de anunciar en viva voz pueril el día de la semana extraído. Entonces una suerte de algarabía se apoderaba del hall municipal, donde las voces de alegría y sorpresa (”Menos mal que mañana es miércoles, que tengo turno con el dentista” ) se mezclaban con las de desilusión (”Uh… ¡con el lindo día que va a ser! Mirá si no podría haber tocado sábado, para ir al parque Pereyra” ). La vida de la joven comuna se vio entonces saludablemente sacudida por el impacto de la nueva normativa. El público vivía cada día desconociendo qué le depararía el siguiente. Podría ser lunes, domingo, jueves, o incluso el mismo martes que estaban viviendo, pues nada impedía que un día se repitiese tantas veces como el azar lo quisiera, pero transcurrido el primer mes se vio que las leyes de la matemática secreta del Cosmos no tenían un capítulo especial para la ciudad de Berazategui. Una comisión formada por dos profesores de álgebra y geometría del Instituto Politécnico se abocaron a vigilar la aparición estadísticamente esperable de los diferentes días a medida que se producía el sorteo diario. Las consecuencias comerciales fueron las primeras en evidenciarse en una ciudad acostumbrada a girar alrededor de la principal arteria, es decir, la calle 14. Las carnicerías pasaron a vender asado todos los días, puesto que potencialmente cada día de mañana podía ser un domingo. Las panaderías, de la misma manera, duplicaron la venta de pan, porque el día siguiente podía ser lunes. El periódico “La Palabra”, que aparecía los jueves, comenzó a imprimir ediciones de emergencia puesto que cada cierre de redacción podía terminar en prensa. Finalmente se convirtió en un diario. El tambo Barzola acomodó su régimen de entrega de lácteos para que no faltara leche ningún día de la semana, por muy domingo que fuera en el resto del mundo. Felizmente, las frutas y verduras provenían de las quintas de Hudson, donde regía, por supuesto, el calendario local.
Pronto se evidenciaron los cambios profundos que la semana aleatoria causaba en el tejido social. Los niños dejaban de hacer los deberes para mañana, esperanzados en la aparición de un domingo o sábado. Por otro lado, las parejas de novios recuperaban la frescura perdida tras meses, o años, de estrictas citas jovianas. Cada día de mañana era una incertidumbre deliciosa o amenazante, según el caso. Los domingos en particular perdieron su poder cáustico sobre el blando tejido del alma sureña para dar lugar a la esperanza, fundada en la experiencia, de que el día siguiente difícilmente iba a ser lunes. Incluso se había dado el caso de repetición de domingos y fines de semana largos de tres días. Los detractores y contreras empedernidos, metástasis del riñón opositor, se empecinaban en negar la vigencia de la semana aleatoria, acudiendo a la propalación subversiva de las transmisiones radiales de las emisoras de la capital a viva voz por los combinados hogareños y los pasacasettes de sus autos. “¿No ven, boludos, que para el resto del país es martes?”, “Vayan a laburar, manga de vagos”, eran los gritos admonitorios que se oían a veces, durante el fin de semana local, en los alrededores de los centros de recreación como el club Ducilo o, ya en el colmo de la desfachatez temeraria de estos agitadores, las mismísimas piletas de Plátanos, localidad cuna del Intendente.
Tras siete u ocho meses de continua felicidad y mientras algunos estaban pensando en los festejos del primer aniversario de la semana aleatoria, bajo el eslogan “En esta ciudad desalojamos a la tristeza”, la intelectualidad que solía reunirse en la biblioteca Manuel Belgrano exponía sus temores. Para algunos, era evidente que Berazategui no resistiría por mucho tiempo más la embestida de los grupos hegemónicos que pugnaban por impedir que el ejemplo revolucionario se propagara por el resto del país. Florencio Varela y Almirante Brown ya habían empezado a estudiar los respectivos proyectos de ordenanza para adoptar la semana aleatoria. Incluso se había formado una mesa coordinadora cuyos integrantes estaban pensando en un sistema unificado de día semanal para todo el conurbano. La mayor parte de los gremios provenientes de la combativa CGT Brasil habían saludado con alegría la iniciativa. Sin embargo, el gobierno nacional guardaba un silencio preocupante. Algunos de los políticos locales, otrora militantes de la izquierda peronista, sostenían que había que prepararse para defender la conquista lograda contra el sistema semanal fijo. Como era de esperarse, a pesar del intenso debate interno, la Iglesia local se expidió a favor del sistema antiguo, amparándose en su discutible autoría papal. “Ya tenemos la Iglesia en contra, nos la quieren dar como al General en el 55″ dijo el famoso militante y fotógrafo social “Pampa” López, durante un acto a favor de la insurrección sandinista realizado en el centro cultural Rigolleau. Para muchos, fue una declaración de guerra. A esa altura, además, arreciaban a las denuncias difamatorias contra el sistema. Se decía que los sorteos del día estaban comprados; que los boy scouts eran hijos de funcionarios municipales interesados en hacer salir un día antes que otro; que los dueños del bingo habían ofrecido una fortuna a los ediles para que privatizaran el sorteo y toda clase de denuncias con muy poco fundamento, pero bastante aptitud mediática. Los rumores iban y venían desde los centros neurálgicos de la ciudad hasta los suburbios: las calles del centro, la 14, la Mitre y la 21, eran escenarios casi diarios de actos a favor del gobierno y de repentinas caravanas de opositores que hacían sonar sus bocinas mientras gritaban “¡Negros, vayan a trabajar!”. La calle 148, ex 31, era un polvorín. Las multitudes que salían de la misa del domingo se encontraban con la populosa fila de compradores de la fábrica de pastas “La Torinesa”, mayoritariamente comprometida con el almanaque local, y se armaban trifulcas interminables. “¡Si no es domingo, para qué van a la iglesia, culos rotos!”, “¡Por cada domingo de mentira, van a pagar cinco lunes seguidos, negros cabeza!” eran algunos de los insultos que cruzaban los bandos enfrentados. La señal inequívoca del inminente golpe la dio una columna publicada en el New York Times a cuyo título, “Argentina sigue siendo un país poco previsible”, seguía un artículo donde se decía que en algunas de sus ciudades los lugareños no sabían ni en qué día vivían. Al conocerse la noticia, un grupo enfurecido partió del corralón municipal a bordo de un camión de recolección para ir a confiscar un ejemplar de la publicación imperialista. No lo consiguieron ni en el quiosco de la 14 ni en el puesto de Ducilo, de manera que fueron para Quilmes a ver si había algún quiosco que lo vendiera. La administración de la vecina ciudad, de signo político contrario, aprovechó la inofensiva incursión para multar al camión municipal y a su conductor por llevar gente en la caja. Siguió una discusión que finalmente demandó la intervención de la policía, terminando los cinco obreros municipales presos. Durante horas se debatió en la Municipalidad sobre los pasos a seguir para recuperar a los compañeros capturados. Los más moderados aconsejaban prudencia, mientras que los más exaltados decían que no valía la pena vivir en una comunidad libre a costa del encierro de sus habitantes. A medida que avanzaba la noche, la gente comenzó a reunirse en el playón de la Municipalidad. Primero eran unos pocos, luego cientos. Ya a esa altura se había suspendido el sorteo, por primera vez en la historia del proyecto, y todos velaban las luces encendidas del despacho del Intendente y la Secretaría de Gobierno. Hacia la madrugada, miles de vecinos portando antorchas y estandartes con consignas diversas (”No pasarán”; “En bolas pero libres”, “Barrio Marítimo Presente” ) se prestaban a apoyar al Intendente y resistir cualquier intento de intervención. Pero a pesar del apoyo popular, los rumores eran sombríos. Algunos habían visto un helicóptero aterrizar en el Club de Golf, aparentemente portando tropas. Todos querían ver al Intendente, pero nadie se asomaba a la ventana del segundo piso. De pronto sonó la sirena del cuartel de bomberos. Minutos más tarde pasaron dos autobombas raudas rumbo al río. La gente se desbandó tratando de ver qué sucedía. Aparentemente, ese fue el momento en que secuestraron al Intendente, aunque algunos sostienen que se entregó para evitar derramamientos de sangre. Hacia las cinco de la mañana, el único rumor que circulaba era el de la renuncia del máximo líder comunal. Cuando la certeza de lo peor abarcaba los ateridos corazones de los vecinos, se anunció por la radio local la renuncia del Intendente y su pedido de asilo en México. El gobierno provincial había intervenido el partido de Berazategui y un nuevo Intendente se haría cargo del gobierno comunal. Más tristes que enfurecidos, los vecinos fueron dejando lentamente la plaza municipal, siendo reemplazados por los festivos locales partidarios de la intervención. Cuando ya clareaba, unos desaforados hombres vestidos de traje descolgaron la tela del almanaque municipal y le prendieron fuego. Al día siguiente nadie escuchó la radio para saber qué día era. Pero no hacía falta: todos lo sabían.
Era lunes, otra vez.