viernes, 3 de enero de 2025

Una mano de seis ases.

Nuestra chica del calendario es solo una ilusión, amigo. Ella acaba pareciéndose a las nuestras. Por ejemplo, en estos últimos días me hace pensar en Flossie. ¿Nunca les hablé de Flossie, verdad? Para mí, de todas las mujeres que conocí - y otras que conoceré, eso espero -, Flossie es única y eso no cambiará jamás.

Conocí a Flossie una noche, en el garito de Eddie, en Miami. Le había ganado una buena cantidad a un confiado caballero y doblaba mis apuestas. Había conocido a Flossie aquel mediodía, pero ya éramos íntimos. Los dados estaban encantados gracias a ella. La suerte estaba conmigo y justo, cuando todo era una noche de vino y rosas, escuché un ruido que me era muy familiar: no hay nada como la policía para echar a perder una maravillosa velada. Según parecía, a todos nos había sorprendido con los pantalones bajados. La redada no me inquietaba, mi revólver un poco. Para evitarme problemas le entregué mi pistola a mi amiguita Flossie y ella la escondió en su bolso de mano. Mi nena, no solo era bella, sino que además, conocía la puerta justa para escapar de allí. Mi coche estaba esperándonos, así que, nos largamos: con mi dinero; mi pistola y mi chica.

Sentado al lado de aquella muñeca de ensueño, me sentí flotar. Ella tenía cerebro; chasis y todo lo que va con ello. Mejor que una mano de seis ases. Pero lamento tener que recordar que Flossie también sabía manejar una pistola... ¡Mi pistola! La verdad es que yo al principio sospeché algo, pero ahora estaba seguro: fue la única vez en mi vida en la que no hablé mucho, porque no encontré las palabras adecuadas. Mi nena me pidió todo el dinero que había ganado y yo nunca digo que no a una dama, especialmente cuando está armada. Así que, allí estaba yo, sin automóvil; sin un centavo y sin discusiones.

Y esa fue la última vez que vi mi coche; mi dinero y a mi chica. Me pregunto
a quién estará estafando ahora.

—Bien, perdedores, apaguen la luces.
—Sí, oficial.  

martes, 3 de diciembre de 2024

 

Sur de Japón.


Domingo.


—¡Corre ganso tonto! ¡Corre!

Hiro corría rápido, más que el ganso. Se doblaba y flameaba sus brazos: se burlaba del pobre animal, como todas las mañanas.

—¡Bate tus alas! ¡Así! ¡Con fuerza! ¡Vamos! ¡Tú puedes! ¿Sí?

Y a veces el ganso se burlaba de él.

—¡Oh! ¡Ya se cansó! Así no volará nunca.

—No le tienes paciencia.

—Eres una niña tonta, Jun. Si paciencia es lo que más le tengo. Lo herviré y nos tomaremos su caldo.

—No digas eso. No seas cruel con él.

Hiro siempre terminaba lamentándose con el abuelo y al abuelo parecía importarle solo su red.

—Todos los gansos se están yendo, abuelo. Y el nuestro se quedará otro año más. Y otro; y otro. Morirá de viejo en la isla.

—No hay nada de malo en eso, Hiro. Pero no se quedará en la isla. Volará, ya verás. Él solo espera su día y cuando llegue ese día, brillará más que el sol.

El abuelo siempre le decía lo mismo.


Lunes.

—¡Un avión! ¿Es de los nuestros, abuelo?

—No. No lo creo, Hiro.

—Ra ta ta ta ta ta. Ra ta ta ta ta ta. Seré piloto. Si pilotara uno ahora mismo ya vería ese. Ra ta ta ta ta ta. Ra ta ta ta ta ta.

—No malgastes tantas balas, se te podrían terminar.

—Si me quedo sin balas estrello mi avión contra el suyo.

—¡Hiro, Hiro! ¡Nuestro ganso! ¡Ven pronto!

—¿Qué pasa con él, Jun?

—¡Carretea y bate las alas con mucha fuerza! ¡Tiene ganas de volar! ¡Grazna al correr y nunca hizo eso! ¡Volará, Hiro! ¡Esta mañana volará, estoy segura!

—Vamos, Jun.

Hiro corría rápido, más que el ganso. Se doblaba; flameaba los brazos. Corría junto a él. Graznaba como él. Pero aquella vez no se burlaba.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Lo hizo, Hiro! ¡Lo hizo! ¡Nuestro ganso vuela! ¡Vuela!

—Sí, Jun. Sí que vuela y es hermoso. ¡¡Bate tus alas, ganso tonto!! ¡¡¡Ve tras ese avión!!! ¡¡¡Síguelo!!!

—¡Es el ganso más lindo del mundo! ¿No te lo parece, Hiro?

—Sí que me lo parece.

—¿Regresará algún día?

—No, Jun. Ellos no regresan. Nunca.

—¡Hiro! ¿Qué le pasa al cielo? ¡Mira Cómo brilla! ¡¡Cuanta luz!!

—Es nuestro ganso. Eligió su día.