domingo, 12 de abril de 2020

El ejecutivo

                                                         El ejecutivo
                                                        William Blau





D¡game, se lo ruego,
šcu l es el camino hacia Londres?
Esta noche debo estar all¡.
Oh, camine usted cien millas
y tuerza a la izquierda y luego a la derecha;
despues todo recto, despues en zigzag
suba, baje, y a paso r pido
llegar  en seis meses
no lejos de Londres.
Mother Goose (Cancionero infantil)

1

Kurt Insel est  llegando a los cincuenta y se siente cansado. Hoy no quiere ir a su oficina. Est  sentado en la salita de su peque€o apartamento, con su te y sus bollos ante el, sobre la mesa inundada de Sol, y le ha venido el pensamiento de que nunca, en todas las ma€anas de todos los a€os que ha estado en la compa€¡a, ha querido ir all¡. Es un pensamiento que le parece extra€o, despues de tantos a€os. Juega con la cuchara del azucarero de desva¡da porcelana de Dresde, d ndole vueltas en un sentido y en otro como si quisiera verla desde todos los  ngulos, como a su idea.
šQue pasar¡a si no fuese? El solo pensamiento era suficiente para que el departamento le inculpase de deslealtad, caso de que este pudiera saberlo. El castigo, aunque no est  especificado en las Normas ejecutivas, es terrible, y la sentencia tan remota, y eterna como el mismo departamento. l hab¡a o¡do de otros casos... extra€as desapariciones nocturnas. Un d¡a un hombre se sienta detr s de su mesa, tan vivo como el, con los mismos pensamientos, esperanzas y placeres, y al d¡a siguiente no est  -una mesa vac¡a, una oficina silenciosa-; el hombre se ha desvanecido sin dejar rastro. šQue les ha ocurrido a estos hombres? Kurt deja la cuchara sin revolver el te. A£n no piensa tomarlo.
El Sol alarga un poco m s la mara€a de sombras sobre la mesa, mientras el sigue pensando. Ya se ha hecho tarde. Tira el te al fregadero, y luego envuelve los bollos y los coloca cuidadosamente en un estante del armario. Despues comprueba el contenido de su cartera, se echa sobre los hombros la chaqueta de la compa€¡a y, tosiendo a causa del primer cigarrillo, deja el apartamento.
Llega al complejo amurallado y se dirige al edificio de la compa€¡a. Suspira agradecido al llegar ante las pesadas puertas de bronce que se abren al primer vest¡bulo, pues el Sol de invierno, m s intenso siempre en el centro de la ciudad, le ha dado todo el tiempo en los ojos produciendole dolor de cabeza. Sujetando firmemente la cartera, se adentra en la confusi¢n de la enorme habitaci¢n cubierta de murales. Masas dispersas de gente le obstruyen el camino. Hombres, mujeres, bedeles y gu¡as se le ponen delante. Los primeros grupos de trabajadores que se dirigen a la cafeter¡a le atropellan al pasar. Empuja a algunos y pide disculpas a otros, entrando y saliendo de las masas humanas en su camino hacia la gran escalera de m rmol que conduce al segundo vest¡bulo. Teme no llegar nunca a los ascensores, pasar el resto de su vida en lucha con la gente que va en direcci¢n contraria, hasta cuando llegue por fin a la puerta del ascensor, caer muerto entre los pies siempre m¢viles que pisar n los bordes de su abrigo y arrojar n su cartera, in£til ya, de un lado para otro.
Pero Kurt llega, como siempre, a los ascensores. Camina a lo largo de una hilera de puertas hasta llegar a una con la indicaci¢n de su piso y entra en ella. Cuando la puerta se abre, el sale r pidamente, seguido por otros cuyos rostros le son vagamente familiares, despues de tantos a€os de estar en la compa€¡a.
Al fin, solo en medio del pasillo, suspira y deja caer los hombros, y afloja la presi¢n sobre el asa de la cartera. Ahora s¢lo hay que cruzar la primera oficina, pero esta ma€ana ya se siente agotado.
Se quita el polvo de la cara con el pa€uelo, se aclara la garganta, se mira las u€as, alisa el abrigo de la compa€¡a y se cala el sombrero hasta que el ala le cubre la frente.
Oprime la cartera bajo el brazo y abre una puerta en la que hay escrito en pretenciosas letras doradas:

KURT INSEL, HAROLD FENSTER
CORRESPONDENCIA

El fragor de la primera oficina se detiene bruscamente cuando entra, y cien pares de ojos se levantan hacia el. Baja la vista hasta unos pocos cent¡metros por delante de el, tal como lo prescriben las Normas ejecutivas y empieza el largo camino por el pasillo que forman los peque€os escritorios y que se extiende casi hasta donde alcanza la vista, hasta la peque€a puerta de madera en la que hay escrito, simplemente:

Kurt Insel

Tarda tanto en pasar frente a los escritorios, que cree haber dejado atr s su despacho y haberse perdido. Detr s de cada escritorio se sienta una muchacha an¢nima, y cada muchacha le da un informe diferente. Por supuesto, no les contesta. Es parte de sus funciones darle estos informes cada d¡a, aunque el no puede imaginarse lo que har¡a con ellos.
Kurt mantiene su rostro oculto bajo el sombrero hasta que llega a su puerta, la abre y la empuja con un suspiro. La oficina es muy buena, muy confortable. Las peque€as paredes no est n abiertas por ninguna ventana. Kurt ya no echa de menos una ventana. Una ventana har¡a que su oficina fuera una mera extensi¢n del Mundo exterior. Sin ventanas, la oficina es, por lo menos, s¢lo para el. Kurt es una parte de ella. Cada persona tiene un sitio en la compa€¡a y este es el suyo.
Se quita la chaqueta de la compa€¡a y el sombrero, y los deja con cuidado sobre un sill¢n que hay en una esquina. La compa€¡a no quiere nada fuera de su sitio, y el es el responsable de ello. Va hasta su escritorio y se sienta despacio. Todo est  como debe estar. Las grandes pilas de papel procedentes de todos los comites y de todos los departamentos, que contienen todos los asuntos de la semana anterior, le est n esperando. Con ellos har  un Informe resumido que estar  listo a mediados de semana. Entonces lo enviar  a una de las muchachas de fuera, la cual lo mecanografiar  y lo enviar  a su vez al departamento de multicopistas, de forma que la semana pr¢xima habr  una copia de el en cada escritorio de la compa€¡a. Algunas veces, en pleno trabajo, le llegan correcciones, de forma que tiene que tirarlo y empezar otra vez, y Kurt piensa cuan in£til es su trabajo, ya que, aunque no haya correcciones, el informe no sirve para nada cuando llega a manos de los empleados. Pero la funci¢n de Kurt no es hacer preguntas sobre su trabajo, sino llevarlo a cabo, as¡ que coge el primer papel del mont¢n y lo pone frente a sus ojos. Una vez hecho esto saca la llave del bolsillo de su chaleco, y abre los cajones de su mesa, y vuelve a guardarse la llave.
Todo est  siempre como el lo deja: sus papeles, sus chucher¡as, sus frasquitos y sus fotograf¡as, sus cigarrillos. Todo en orden. Kurt enciende un cigarrillo, satisfecho, y saca sus cinco l pices del caj¢n central y los dispone sobre el escritorio.
Empieza con la primera hoja y ve que es de la oficina de comunicaciones, la que est  m s ¡ntimamente conectada con el departamento mismo, y considerada el registro m s fiel de lo ocurrido en el departamento durante la semana. Kurt tamborilea con los dedos sobre el papel unos momentos. El mismo departamento puede haber escrito parte de esto. ­Que grande, que remoto es todo esto! No hay nadie que sepa nada sobre el departamento, ni siquiera Fenster, el otro ejecutivo que tiene la oficina de al lado, cuyos contactos funcionales con el Mundo exterior y su mayor conocimiento de la compa€¡a y de la base en general, Kurt admira tanto. Algunos dicen que el departamento est  en Zurich, o en Krakov, pero eso no hace m s que aumentar el misterio. Fenster dijo una vez que el cre¡a que el departamento estaba all¡ mismo, en el edificio de la compa€¡a, pero Kurt no puede creerlo. Si fuera verdad, špor que nadie lo ha visto nunca?
l piensa con frecuencia en el departamento. Piensa en las fant sticas descripciones que ha o¡do -unas veces lo han descripto como un grupo de ancianos con grandes barbas blancas, y otras como seres sin nombre que montan en animales-. Ha o¡do tambien, sin hacer caso de ello, el rumor de que el £ltimo miembro del departamento muri¢ hace generaciones, y que este ya no existe desde hace cientos de a€os. Kurt no acepta estos rumores despues de pensar en ellos con un poco de l¢gica, pero aun as¡ no puede estar nunca seguro. Aun cuando enviara un bedel para que se informara y este tuviera todo el resto de su vida para ir, no llegar¡a nunca al departamento, dada la distancia que hab¡a de por medio. Pero el hecho de pensar en el departamento era una futilidad. Kurt pone a un lado el informe de la oficina de comunicaci¢n, ya que a este nunca se le hacen correcciones, y coge el siguiente.
Va pasando la ma€ana, y el mont¢n de papeles a la izquierda de Kurt sube poco a poco. Coge otro papel del mont¢n de la derecha y, deteniendose, lo examina con cuidado. La hoja es azul, y todas las dem s que ha visto son blancas. Lee, en la parte supeperior:

Memor ndum de la Oficina de Quejas

El resto de la hoja est  completamente en blanco.
®šOficina de Quejas?¯
Kurt deja la hoja sobre la mesa, intrigado. Trata de hacer memoria, pero no puede recordar haber tomado nota de aquella oficina o haber visto nunca una hoja azul. Posiblemente es una oficina nueva, eso ser . Sin embargo, en el informe de la oficina de comunicaci¢n, el no ha le¡do nada sobre el establecimiento de ninguna nueva oficina.
Kurt se echa hacia atr s en su silla y golpea en la pared que le separa de la oficina de Fenster.
-Fenster -dice-. šQue es la Oficina de Quejas?
-šQue? -grita Fenster.
-Digo que que es la Oficina de Quejas. šEs algo nuevo?
La hoja azul parece completamente fuera de lugar sobre su escritorio. No sabe que hacer con ella.
-šLa Oficina de Quejas? No, no es nueva. Ha existido siempre, por lo que yo recuerdo.
-šS¡? -pregunta Kurt, intrigado-. šCu l es su funci¢n?
-Recoger las quejas de la compa€¡a. šPor que? -pregunta Fenster.
Kurt piensa un momento.
-...Debo asegurarme de que mi departamento siga sin saber lo. que es -dice r pidamente, esperando que su voz tenga una nota de autoridad; luego se calla, no hay respuesta de Fenster.
La idea es inquietante. Las ramificaciones de la compa€¡a son extensas. Alcanzan a todas las casas y todas las habitaciones. No se puede pensar de ninguna manera que alg£n empleado -y menos un ejecutivo- tenga quejas contra la compa€¡a, porque la compa€¡a es buena. Pero la compa€¡a debe tener muchas quejas contra sus trabajadores. La Oficina de Quejas es el l¢gico centro nervioso que resume dichas quejas. Kurt recuerda lo que sinti¢ esta ma€ana en el apartamento y se pone de tan mal humor que es incapaz de seguir trabajando hasta las doce.

2

Despues del almuerzo, Kurt se pone a trabajar de nuevo con la pila de informes. El siguiente es del Departamento de Muchachas An¢nimas. Nunca hay nada inteligible en este informe, as¡ que lo tira a la papelera y enciende un cigarrillo. Como siempre, la papelera est  vac¡a y el cenicero est  limpio. Esto siempre ha sido algo turbador para Kurt, lo mismo que para los otros. La idea de que alguien m s en el edificio tenga una llave de las oficinas ha sido causa de m s de una neurosis entre los ejecutivos. šQuien ser¡a? šEs alguien enviado por el departamento para que compruebe sus actividades cuando se han ido? Si esa persona tiene una llave de las oficinas, puede que tambien tenga una llave de los escritorios, puesto que los escritorios son suministrados por la compa€¡a. Kurt se siente inc¢modo. Aun cuando el trabajo de esa persona consista solamente en vaciar papeleras y limpiar ceniceros cuando ellos se han marchado, šque m s har  all¡ sola, en aquel mundo obscuro de habitaciones vac¡as, cuando nadie la mira? A ninguna persona le satisface pasarse la vida vaciando solamente papeleras y ceniceros. šCu l es su verdadera funci¢n en el edificio vac¡o? Quiz  se contente con sentarse tras los escritorios mientras los ejecutivos duermen. Pero entonces, šque hay de esas oficinas que de pronto aparecen desocupadas? Por primera vez se siente inc¢modo en la peque€a habitaci¢n.
Da la vuelta a la mesa y la examina cuidadosamente. Entonces ve algo: algo semejante a un ojo que le mira desde el suelo, junto a la pata de la mesa. Permanece aturdido unos instantes, y luego adelanta cautelosamente un pie y golpea aquel objeto. Este sale dando vueltas por el suelo y se detiene contra la pared. Va hacia el y lo recoge. Es un bot¢n. Un horrible, vulgar y usado bot¢n de n car.
Ya no hay ninguna duda, y la prueba es casi un alivio, al principio. Se sienta tras el escritorio y pone el bot¢n frente a el, sobre el papel secante. Una teor¡a empieza a tomar cuerpo en su mente: una persona viene por las noches, s¡. šPero lo sabe la Oficina de Quejas? šVisita esta persona otras oficinas tambien? Kurt decide guardar el bot¢n como evidencia. Pero la persona no debe saber que el lo tiene. Abre el caj¢n superior de la derecha y lo deja dentro, poniendo un secante encima; luego, con la llave, cierra el caj¢n.
Al d¡a siguiente no abre el caj¢n, pero no puede dejar de pensar en el bot¢n durante toda la ma€ana.
Mientras se mueve lentamente a lo largo del mostrador, a la hora del almuerzo, con su bandeja de comida, en la cafeter¡a del primer s¢tano, ve a Fenster un poco m s adelante, en la cola. Quiere hablar con el. Si alguna vez ha querido ver a Fenster con urgencia es ahora. Le hace un saludo con la mano. Fenster se lo devuelve y sigue adelante para recoger los postres. Kurt le indica una mesa y Fenster asiente con la cabeza. Kurt decide ir con mucho cuidado al abordar el tema. Quiz  sea el primero en tener una prueba de la presencia de la persona nocturna. Quiz  no debiera cont rselo a nadie, y mucho menos a Fenster, de quien Kurt ha sospechado siempre que es un esp¡a de la compa€¡a. Pero, al llegar a los postres, Kurt no puede contenerse m s.
-A prop¢sito, Fenster... -empieza-. Hay algo raro... encontre un bot¢n, un bot¢n de n car, en el suelo de mi oficina, ayer por la ma€ana.
Fenster levanta la vista hacia el un momento y luego la vuelve a posar en su pastel de queso.
®šPor que este silencio? -se pregunta Kurt-. šQue significa?¯
-S¡. Un bot¢n, šte imaginas? Ja, ja, ja...
-imagino que ser  de la se€ora Unter -dice Fenster, limpi ndose la boca con la servilleta.
-šLa se€ora... Unter? -repite Kurt.
-S¡. La mujer de la limpieza. Viene por las noches.
Kurt pierde el apetito. ­Fenster lo sabe! ­El bot¢n no le sorprende!
-šQue te ocurre, Insel? -oye que le pregunta la voz llana de Fenster-. Creo que necesitas unas vacaciones -en una mesa vac¡a ve a un hombre alto y p lido que le observa intensamente.
-Soy un... me encuentro mal -tartamudea Kurt, levant ndose de la mesa.
Tiene que salir de all¡ y volver a su oficina, donde pueda pensar. ­Fenster lo sabe! De pronto, lo ve con claridad. Siempre ha estado all¡, pero hasta que ha tenido ante sus ojos la hoja azul no lo ha visto claro. šPor que las oficinas no tienen ventanas? šPor que hay dos ejecutivos en su departamento? šLe permite la compa€¡a existir mientras no se haga esa misma pregunta? šSe desprende la compa€¡a de un empleado desleal y lo aisla para su propia protecci¢n y para frenar su irritaci¢n, asegurando la continuaci¢n del trabajo de este empleado por medio de una duplicaci¢n sin imperfecciones? Y Fenster, d ndole suficiente informaci¢n como para destruir su seguridad, prepara astutamente su salida y se dispone a trabajar tranquila y eficientemente, no hay duda, cuando llegue su final.
S¢lo son las doce y media, la oficina exterior est  vac¡a, pero el cierra su puerta y apoya la cabeza en sus manos. El nombre de la persona es se€ora Unter. El nombre conjura visiones de gruesos y toscos brazos y de facciones pesadas e informes. Y es una limpiadora. šQue hay detr s de esa frase? ­Una limpiadora! šQue prop¢sito se esconde tras esa funci¢n cuando ella entra en el edificio por la noche? Cuando s¢lo funcionan las luces de emergencia y las oficinas est n vac¡as y obscuras...

3

Son casi las diez cuando llega a su escritorio a la ma€ana siguiente, dispuesto a hundirse en el trabajo.
A las once nota un intenso calor en el codo. Lo levanta del escritorio y ve una luz brillante que sale del caj¢n superior de la derecha. Va a abrirlo y se quema los dedos en el tirador. Saca un pa€uelo y abre el caj¢n. All¡ est  el bot¢n, brillando a traves del secante y llenando de luz el caj¢n. Aterrorizado, introduce la mano en el caj¢n y coge el bot¢n. Est  tan fr¡o como cuando lo puso all¡, pero brilla intensamente. Le empieza a arder la mano. Abre r pidamente el caj¢n inferior, tira dentro el bot¢n y vuelve a cerrarlo con llave.
De vuelta del almuerzo casi tiene miedo de entrar en su oficina. Cuando lo hace no hay se€al de luz en el escritorio, y aunque lo observa cuidadosamente toda la tarde, el caj¢n permanece obscuro. Al final del d¡a abandona la oficina sintiendose exhausto.
Al d¡a siguiente es jueves. Puede ver una luz tenue en el caj¢n inferior en cuanto entra en su oficina. Sin quitarse siquiera el sombrero, corre hacia el escritorio y abre el caj¢n. No hay ning£n error. El bot¢n brilla m s intensamente que nunca. Kurt saca febrilmente el contenido de los dem s cajones y lo arroja sobre el bot¢n, cerrando luego el caj¢n de golpe. El resto del d¡a lo pasa esperando, sin bajar siquiera a comer.
A la una ha empezado a brillar otra vez, y a las tres la luz es tan fuerte que le duelen los ojos si lo mira directamente. Se acercan las cinco. Si lo deja all¡, brillando, se habr  desvanecido toda la esperanza.
Desesperado, coge la papelera y sale a la oficina exterior. Evitando los ojos de las muchachas an¢nimas, llena la papelera en el dep¢sito de agua fresca. De vuelta a su despacho, ve a Fenster apoyado en la puerta del suyo, fumando un cigarrillo y observ ndole.
-šQue est s haciendo ahora, Insel? -le pregunta.
Pero Kurt pretende no verlo, entra en su oficina y cierra la puerta. Entonces abre el caj¢n inferior donde est  el bot¢n, tira el agua dentro y vuelve a cerrarlo de un golpe. La luz desaparece y Kurt r¡e, aliviado. El agua empieza a filtrarse y a caer en el suelo, pero a Kurt no le importa nada mientras no brille la luz.
El viernes por la ma€ana abre la oficina y la encuentra llena de luz. Horrorizado, corre al caj¢n inferior, donde la luz es m s intensa. Da vuelta a la llave y, cogiendo el tirador, trata de abrirlo, pero no se mueve. Tira m s fuerte, sujetando el escritorio, pero el agua que arroj¢ ha hinchado la madera y el caj¢n no se mueve un mil¡metro. Le domina el terror y corre por la habitaci¢n tratando de escapar de la luz, pero no hay donde esconderse. Debe atacar antes de que le ataquen. Decide ir inmediatamente a la Oficina de Quejas y tratar de poner en su conocimiento todo el asunto. No puede continuar, tal como est n las cosas, y si lo que piensa es verdad, estar n esper ndole.
Pero todos sus papeles y l pices est n en el caj¢n inferior y no puede cogerlos. Sale de su despacho cerrando la puerta tras de s¡, y entra en el de Fenster. Este baja la revista que ha estado leyendo y le mira, interrogador.
-Tengo un asunto urgente -balbucea Kurt- y est n desinfectando en mi oficina. Me pregunto si podr¡a usar tu escritorio un momento.
Fenster contin£a sentado unos momentos, considerando lo que puede haber de verdad en las palabras de Kurt. Luego se levanta, encogiendose de hombros. Kurt se sienta y pone en orden sus pensamientos. Un abordaje bien llevado puede significar media victoria. Debe, pues, abordar a la Oficina de Quejas de una forma correcta. Debe ingeni rselas para que su carta parezca la de un ejecutivo, es decir, de una persona importante, y tambien para que demuestre que el es humilde y no cree en su propia importancia. Finalmente, coge una hoja de papel y escribe:

®Distinguidos se€ores:
¯El reciente comunicado de la Oficina -fechado el £ltimo lunes-, ha establecido su validez para el que suscribe.
¯En consecuencia, el que suscribe podr  disponer de una porci¢n de su tiempo para registrar un caso que concierne a la mencionada Oficina.
¯Uso para reforzar mi petici¢n, las palabras de Walt Whitman: "No me cerreis las puertas, nobles Dependencias."
¯En consecuencia, el abajo firmante conf¡a en su buena disposici¢n y queda de ustedes, suyo afect¡simo,
¯KURT INSEL, ejecutivo.¯

Mientras relee su carta con satisfacci¢n, se da cuenta de que Fenster est  inclinado sobre su hombro, as¡ que la mete r pidamente en un sobre y pone la direcci¢n.
-Veo que escribes a la Oficina de Quejas -dice Fenster, todav¡a inclinado sobre su hombro.
-...S¡ -Kurt est  ocupad¡simo en cerrar el sobre.
-šCu l es el problema? -pregunta Fenster en tono descuidado.
Kurt sigue sin mirarlo.
-He solicitado una entrevista -dice por fin.
-Ah...
Kurt no sabe si esto es una pregunta o un signo de conformidad.
-Presento una queja contra la se€ora... Unter -se siente forzado a a€adir.
-­Muy bien! -exclama Fenster-. ­Creo que es una buena idea!
-šS¡? -inquiere Kurt, sorprendido.
-S¡. Creo que debes hacerlo.
-šPor que?
-Cuanto antes mejor -prosigue Fenster, ignorando la pregunta de Kurt-. Dame, la enviare yo mismo -arranca el sobre de las manos de Kurt y lo deja solo en la oficina.
Kurt recuerda el comportamiento de Fenster durante aquel almuerzo y quisiera recuperar su carta. Pero es demasiado tarde. No puede.
Vuelve a su despacho, asustado por lo que acaba de hacer.

4

Lunes por la ma€ana. Son m s de las once cuando consigue llegar a su oficina, despues de atravesar el gent¡o de la planta. El resplandor que inundara su oficina el viernes por la tarde ha desaparecido por completo, y la habitaci¢n est  a obscuras. Enciende la luz y ve sobre su escritorio una hoja de papel con un membrete:

OFICINA DE QUEJAS

impreso en su parte superior.
El papel dice:

®Al se€or Kurt Inzip, del se€or Nass: Presentese por favor en la Oficina de Quejas el lunes por la tarde a las tres en punto.¯

No hay firma.
Kurt est  en ascuas mientras espera que lleguen las tres. A mediod¡a no siente apetito y no puede tomar el almuerzo. La nota le hace sentir escalofr¡os. Ni siquiera su nombre est  escrito correctamente. No hay duda ya de que Fenster est  mezclado de alguna forma en todo esto. Quiz  sepa lo del £ltimo lunes y haya informado sobre el.
A las tres, Kurt toma el ascensor y se dirige al £ltimo piso, donde se encuentra la oficina.
Sale del ascensor y camina a lo largo de un polvoriento corredor que necesita una mano de pintura. El corredor est  junto a una de las paredes exteriores del edificio, en la que se abre una fila de ventanas. Escucha el viento, que a estas alturas siempre sopla haciendo temblar los polvorientos cristales. La altura que se percibe desde las ventanas le marea, as¡ que anda casi pegado a la amarillenta pared de la derecha. Hay una sola puerta en todo el corredor, y al final de este, un viejo radiador y un barril lleno de papeluchos. Hay muchos trozos de papel por todas partes, y algunas c scaras de naranja. En la puerta figura el n£mero 35.001 y debajo, en un dorado tan desva¡do que apenas se pueden leer las palabras:

OFICINA DE QUEJAS - NUNCA CERRADO

Kurt da unos golpecitos. No hay respuesta. Abre la puerta y ve una inmensa habitaci¢n, de una altura equivalente por lo menos a dos pisos, que ocupa la extensi¢n de toda la planta y cuyo interior est  iluminado por una media luz rojiza, como una estaci¢n de ferrocarril. En la pared de la derecha, alt¡simas, dos ventanas dejan caer la tenue luz rosada de la tarde a traves de sus cristales obscurecidos por el polvo. Todo el techo es una c£pula a dos pisos de altura; la c£spide del edificio; Kurt puede sentir el viento aullando en el exterior. Del mismo centro de la c£pula desciende una largu¡sima cadena de la que cuelga una vieja l mpara mortecina.
La habitaci¢n est  fr¡a, especialmente a la altura del liso suelo de cemento, donde el viento forma una corriente. En la pared de la puerta y en la opuesta a la de las ventanas, hay una desordenada hilera de sillas tapizadas de cuero con brazos de madera. El cuero est  viejo y desgarrado, y el relleno sale por algunas aberturas. A lo largo de todas las paredes hay montones de papeles, de jirones de tela y de otras basuras, y junto a la pared del fondo hay unas cuantas cajas y barriles, como si la habitaci¢n hubiese estado destinada en su principio a almacen o a desv n. En una pared hay un viejo telefono y, finalmente, muy al fondo, una mesa de grandes proporciones, como las de los tribunales de justicia, y detr s de ella, expeliendo volutas de humo hacia el aire gris, cuatro hombres.
Frente a ellos se encuentra un hombre muy grueso que Kurt ha visto algunas veces en el ascensor; est  de pie y mueve las manos mientras habla con una voz que oscila entre la c¢lera y el lloriqueo. Los cuatro hombres que hay detr s de la mesa se muestran agitados, revolviendose en sus sillas, inclin ndose unos a otros para hablar, soltando bocanadas de humo y todo ello sin prestar la m s m¡nima atenci¢n al hombre que tienen delante.
Kurt quiere salir corriendo de all¡, pero en lugar de esto se sienta en el borde de una de las sillas de cuero, cerca de la puerta. Est  confuso. Ni siquiera ha podido traer la prueba, porque est  dentro del caj¢n atascado. Ser  juzgado, aun cuando es el el acusador. Siente aqu¡, mucho m s intensamente que en los pisos inferiores del edificio, c¢mo la fr¡a maquinaria del aislamiento se mueve lentamente, para envolverlo. Kurt deja de pensar y trata febrilmente de preparar su declaraci¢n.
De pronto, de los cuatro que hay tras el escritorio, el hombre que ocupa el centro se levanta y golpea con los dos pu€os sobre la mesa, con gesto de ira.
-­M rchese, se€or Pawl! ­Est  usted despedido! ­Despedido! ­Despedido!
El hombre grueso sale disparado y pasa ante Kurt tembloroso, con los ojos muy abiertos, la cara roja y el labio inferior seco y colgante.
Los miembros de la oficina se quedan, inm¢viles y silenciosos, mirando hacia adelante, los cigarros olvidados en los ceniceros. El del centro llama:
-El siguiente caso. Se€or Kurt Inzip.
Kurt se levanta y se aproxima lentamente a la mesa. Siente que va a caerse.
-Insel, se€or -musita mientras cruza la vasta habitaci¢n.
Se detiene ante la mesa y mira al hombre que le ha llamado. Un sujeto corpulento, con gafas sin montura.
-Soy Nass -dice el hombre-. šY bien?
Kurt permanece mudo. Ha perdido el habla.
-Nuestro tiempo es precioso -dice Nass.
-Ya se que se lo han contado, pero no debe creerlo -comienza Kurt absurdamente, echando a perder todos sus preparativos-. No debe creer en su versi¢n. Yo estaba enfermo aquella ma€ana... estaba muy enfermo.
-Est  usted enfermo, se€or Inzip. Bien, no veo...
-­No! No estoy enfermo. Lo estaba. Usted no comprende.
-Estamos intent ndolo, se€or Inzip. Usted estaba enfermo.
-S¡, lo estaba. Lo estaba realmente, entonces.
-šCu ndo estuvo usted enfermo, se€or Inzip?
-šCu l era el problema? -pregunta el hombre que est  a un extremo, inclin ndose para mirarle fijamente.
-La £ltima... la £ltima semana. No quer¡a, es decir, cre¡a que no pod¡a venir.
-Entonces usted no vino la semana pasada -afirma Nass.
-Yo... s¡ que vine.
-Usted ha dicho que estaba enfermo -puntualiza el hombre del extremo.
-Bueno, no estaba enfermo.
-šNo estaba enfermo? -pregunta el hombre delgado, a la derecha de Nass.
-Yo estaba enfermo -dice Kurt, angustiado.
-Vamos, vamos, se€or Inzip, usted estaba enfermo o no lo estaba. šLo estaba o no? -inquiere Nass, impaciente.
-Yo no cre¡a que estaba enfermo -responde Kurt, con voz temblorosa.
-No... cre¡a... que... estaba... enfermo -repite el hombre a la izquierda de Nass, al tiempo que escribe en un gran libro.
-Usted dijo que no quer¡a venir a trabajar... -recuerda el hombre que est  en un extremo.
-S¡ que quer¡a..., ­me sent¡a enfermo... Yo no sab¡a que quer¡a...
-Acaba de decir que no pens¢ que estaba enfermo, se€or Inzip.
-­S¡ que lo pense!
-Acaba de decir que no -dice el hombre a la izquierda de Nass, mirando en el libro.
-Quiero decir que lo sent¡.
-Entonces, no lo estaba realmente -concluye el hombre a la derecha de Nass.
-­Lo estaba... pense que lo estaba...! Yo... ­No lo se! ­No lo se! -grita Kurt.
-Bueno, bueno, se€or Inzip. Debemos controlar nuestros nervios -dice Nass, conciliador.
El hombre que est  a un extremo coge una jarra de metal que hay sobre la mesa y llena un vaso, luego viene hacia donde est  Kurt y se lo da.
-Beba esto, se sentir  mejor -dice, sonriendo y posando una mano en el hombro de Kurt.
El resto del equipo ha encendido sus cigarrillos de nuevo y todos arrojan el humo hacia Kurt.
-šPor que no fuma usted? -pregunta el hombre a la derecha de Nass, con acento paternal.
-Gracias -dice Kurt, agradecido, y enciende un cigarrillo con dedos inseguros.
-Ahora veamos lo de esa enfermedad -dice Nass.
-­No, no! ­Es la se€ora Unter! -grita Kurt, casi histerico.
-Ah, la se€ora Unter est  enferma.
-No. No lo est  -dice Kurt; est  intentando con todas sus fuerzas no perder el control-. No est  enferma. Est  en mi oficina. šNo comprenden?
-šEn su oficina? -corean todos.
-Tengo su bot¢n y se que he hecho todo lo que he podido, pero no lo pude sacar. ­Llene el caj¢n de agua y no lo puedo sacar!
-šQue quiere decir, Inzip? -ruge Nass-. šEst  usted estropeando el material de la compa€¡a?
-Se explica que estuviera enfermo -dice secamente el hombre que est  a un extremo.
-­Es su bot¢n! ­Su bot¢n!
-Ha destruido usted algo suyo y ahora ella quiere una compensaci¢n -resume est£pidamente el hombre a la derecha de Nass.
Kurt se siente invadido por el p nico. No tratan de entenderle. Tratan de que sus palabras suenen disparatadas. šQue perseguir n con ello?
-No es su oficina, Inzip -puntualiza Nass.
-­Insel! -vocifera Kurt.
-Entonces usted cree que ella fue enviada... ella... dice... ha venido para perjudicarle y por eso estaba usted enfermo -lee el hombre del libro.
-­Ah! -exclama el hombre a la derecha de Nass.
-Es una grave acusaci¢n -advierte Nass en voz baja.
-­Yo no hago la acusaci¢n! -dice Kurt.
-Ya la ha hecho -dice el hombre del libro-. Est  registrado.
-­No la he hecho!
-Bien. Veremos lo que podemos hacer -suspira Nass-. Por supuesto que ser¡a mejor que usted modificara sus declaraciones un poco...
-­Pero yo no he hecho ninguna declaraci¢n! -dice Kurt, roncamente.
-S¡ que lo ha hecho -dice el hombre del libro, levant ndolo para que Kurt pueda verlo.
-šPor que no deja usted que nosotros las retoquemos un poco al enviar nuestro informe, se€or Inzip? -sugiere Nass en tono confidencial.
Kurt est  de acuerdo, est  casi agradecido, en que las retoquen. Lo £nico que quiere es marcharse de all¡ y volver a su peque€a y c lida oficina de paredes pintadas de color suave, a sus l pices.
-­S¡! ­Oh, s¡! -concede, sintiendose aliviado de pronto.
Hay un largo silencio. El viento a£lla en la c£pula y repiquetea en las ventanas. Nass prosigue:
-Bien. Eso es todo, se€or Inzip. Pronto nos pondremos en contacto con usted.
-Gracias, se€or -tartamudea Kurt, y se dirige a la puerta.
-Nos cuidaremos de todo... -le asegura Nass mientras cierra la puerta.
Al encontrarse solo se siente tan debil que debe apoyarse en la pared unos momentos antes de volver al ascensor.

5

Los dos d¡as siguientes los pasa Kurt sentado en su oficina sin apenas avanzar en su trabajo. No ha recibido comunicaci¢n alguna de la Oficina de Quejas y empieza a temer que le llame el mism¡simo departamento. Ha conseguido abrir el caj¢n inferior y sacar, todav¡a h£medos e hinchados, todos sus l pices y dem s cosas. El bot¢n ha dejado de brillar, pero la pintura de su escritorio se ha desconchado un poco y ello se nota.
A la hora del almuerzo ha conseguido evitar a Fenster, sent ndose en una mesa ya ocupada por otras tres personas, pero al segundo d¡a, subiendo en el ascensor, ve a Fenster junto a el.
-He o¡do que has cantado las cuarenta -dice Fenster por fin.
-šQue quieres decir? -susurra Kurt.
-El asunto de la se€ora Unter. Circula por toda la compa€¡a, šsabes?
-šQue? šQue dices? šQue asunto?
-Apuesto a que el departamento decidir  que ella no es eficiente y nada m s, as¡ que no ser  sancionada... Ha sido un buen truco. No te cre¡a capaz de hacerlo.
-šHacer que? -pregunta Kurt, casi gritando.
-Vamos, vamos, Insel, deja ya esa cara de sorpresa. Todos vamos detr s de lo mismo. Y con esto no quiero decir nada...
Kurt se queda callado, sintiendo todos los ojos fijos en el.
-Creo que con todo esto conseguir s una promoci¢n -dice Fenster-. De hecho, cuando envie tu carta, a€ad¡ algo...
-Santo Dios, šde que est s hablando? ­Yo no quiero ninguna promoci¢n! Yo no...
El ascensor llega a su piso y Fenster r¡e, con m s esfuerzo que humor.
-Acuerdate de tus amigos de cuando estabas aqu¡ abajo, Insel -le dice, oprimiendole el hombro; luego se va hacia los lavabos.
Kurt vuelve a su oficina con la cabeza d ndole vueltas como un trompo, se encierra y se sienta, derrengado, en su silla.
A la ma€ana siguiente encuentra sobre su escritorio un memor ndum del se€or Nass, diciendole que ser  recibido en la Oficina de Quejas a las tres.
Ya ha pasado la hora cuando vuelve a pensar en ello. Sale disparado de su despacho, sin cerrar la puerta ni los cajones del escritorio y llega a la oficina con diez minutos de retraso.
Cuando entra de nuevo en la enorme y polvorienta habitaci¢n, hay solamente tres hombres detr s de la alta mesa. El hombre que en la otra ocasi¢n se sentara a un extremo no est .
-­Pase, Inzip, pase! ­La Oficina de Quejas tiene buenas noticias para usted! -dice Nass; gui€a uno de sus abultados ojos y el hombre del libro sonr¡e ampliamente-. La oficina ha presentado su caso al departamento -contin£a Nass-, y usted ha conseguido absolverse.
®šAbsolverme? -piensa Kurt-. ­Oh, gracias a, Dios, gracias a Dios!¯
-Y no s¢lo eso, sino que ­tenemos un ascenso para usted! Y la Oficina de Quejas tiene orden de hacer todo lo posible a su favor respecto a ese asunto de la Unter...
El alivio de Kurt se enfr¡a. Entonces recuerda que ha dejado abierta su oficina y tambien sus cajones. Siente que se ahoga. Se sostiene primero en un pie y luego en el otro, mientras espera llegar antes de que sea demasiado tarde.
-Nuvola -contin£a Nass leyendo una hoja de papel con timbre, profusamente mecanografiada- ha sido enviado al Brasil, e inmediatamente...
-šBrasil? -repite Kurt-. Pero, špor que ha ido a Brasil?
La sonrisa del hombre del libro desaparece, mientras que el que est  a la derecha de Nass sigue mir ndole con expresi¢n tensa, como si temiera que fuese a volar en a€icos en cualquier momento. Nass deja de leer, deja el papel sobre la mesa y estudia a Kurt largo rato.
-Usted quiere ayuda, šno? -pregunta por fin.
-Claro que s¡, se€or -responde Kurt.
Hay una pausa hasta que Nass encuentra otra vez el punto de su lectura.
-...Nuvola ha sido enviado al Brasil -prosigue con gran enfasis, e inmediatamente a€ade-: Trocken y Nariz se dispondr n a partir para Benares y esperar n all¡ futuras ¢rdenes.
Trocfcen, el hombre de la derecha, empieza a meter l pices y papeles en una cartera.
-Benares -murmura Kurt.
Nariz y Trocken se levantan del escritorio y se dirigen a la puerta, hablando en voz baja. Kurt escucha sus pasos mucho rato.
-šBien? -pregunta Nass-. šHay algo m s?
La puerta se cierra all  al fondo y el viento gime fuera. Kurt sigue con la mirada perdida en las sombras, m s all  de la mesa.
-šNada m s? šNo? Muy bien -exclama Nass, convirtiendose de improviso en un af n de actividad, apilando papeles, traslad ndolos de un caj¢n a otro, cogiendolos a pu€ados y metiendolos en su cartera, sin advertir siquiera que Kurt est  all¡. Luego se levanta y se echa encima una chaqueta de la compa€¡a que ha estado todo el tiempo sobre una silla de cuero. Luego se aparta de la mesa y empieza a dar vueltas por la habitaci¢n, rebuscando en los escombros, examinando las paredes, la c£pula, las ventanas, los muebles, todo en la penumbra de la estancia. De pronto se da cuenta de que Kurt est  all¡ y dice:
-Mi puesto est  en Munich. Usted ha sido ascendido. Por tanto desde ahora dejar  usted su oficina y subir  aqu¡ para hacerse cargo de la Oficina de Quejas en lugar nuestro.
-Pero šy mi oficina? -dice Kurt-. Por eso he venido. ­No quiero salir de mi oficina!
-Tonter¡as, todo el Mundo quiere salir -dice Nass, cogiendo una vieja silla de cuero y arrastr ndola al otro extremo de la habitaci¢n.
-­Mi oficina! ­Mi oficina! -grita Kurt, a punto de llorar.
-­Est  usted aqu¡ arriba ahora, Inzip! -exclama Nass, irritado, de vuelta al centro de la habitaci¢n-. šNo siente usted ninguna gratitud?
Kurt oye, muy debilmente, un ruido como de raspadura. Es la se€ora Unter, revolviendo en las entra€as del edificio. Ya se dirige r pidamente a su oficina. Dentro de un momento la ver  vac¡a. Se abalanzar  en su interior. Se sentar  en su silla, rugiendo. Hundir  sus grandes y toscas manos en los cajones abiertos y se apoderar  de todas sus pertenencias. Acercar  a ellas su nariz para olerlas, y, mientras, sus ojos dar n vueltas en su rostro embotado.
-­No deben hacer esto! -suplica Kurt.
-Es todo por su bien -responde Nass lac¢nicamente, y se dirige al telefono. Lo aferra con ambas manos y lo arranca de la pared, arroj ndolo a continuaci¢n a los brazos de Kurt-. No se desprenda nunca de esto, Inzip -dice, y luego se encamina a la puerta-. Estaremos continuamente en contacto con usted.
La puerta se cierra con violencia. Kurt permanece en el centro de la enorme y vac¡a habitaci¢n, mirando hacia la puerta. El telefono roto cuelga de sus manos. Sopla el viento y la fr¡a corriente le hiela las piernas. La luz disminuye m s y m s, confundiendo las sillas y los papeles en una masa de sombras, a lo largo de las paredes de ladrillo, mientras el Sol de invierno se vuelve rojo en las ventanas. Se le empiezan a llenar los ojos de l grimas y grita;
-­Malvados! -agita el pu€o cerrado hacia la puerta-. ­Malvados! ­Me habeis destruido y ni siquiera sabeis mi nombre! -y se cubre la cara con ­as manos.
El golpe en la puerta apenas se oye y, despues de un momento, la puerta se abre y entra un hombrecillo con un deste€ido chaleco de seda y una visera verde, llevando en sus manos un aparato roto.
-šEs esta la Oficina de Quejas? -pregunta en un susurro.
Ve a Kurt en el centro de la habitaci¢n y se queda mir ndole un instante, visiblemente impresionado. Luego, tomando los sollozos como un signo de que es bien recibido, se acerca t¡midamente y empieza:
-Ver , se€or, soy el ejecutivo de Mimeograf¡a y...
Pero Kurt cae de rodillas y el £nico sonido que puede o¡rse en la habitaci¢n es el lamento del hombre arrodillado y el viento que repiquetea en las ventanas y a£lla eternamente en la c£pula.

lunes, 9 de marzo de 2020

Verano retrogrado John Varley

Verano retrogrado 
John Varley 

Una hora antes de que mi hermana genética llegara procedente de la Luna, ya estaba yo esperándola en el aeropuerto espacial. Mi prisa se debía en parte a mis deseos de verla. Ella era tres años terrestres mayor que yo, y nunca nos habíamos visto. Pero admito que también solía aprovechar todas las ocasiones que se me ofrecían para ir al aeropuerto espacial y contemplar la llegada y el despegue de las aeronaves. Jamás he ido a otro planeta. Algún día iré, pero no en calidad de pasajero. Estaba a punto de ingresar en una academia para estudiar aviación espacial. Me resultó difícil pensar constantemente en la llegada del transbordador de la Luna, ya que mi verdadero interés se concentraba en las grandes supernaves que partían con destino a los planetas lejanos del sistema solar. Aquel día, la Elizabeth Browning se dirigía hacia el frío y apartado Plutón, en un viaje directo, aunque con relaciones con la zona cometaria. La nave se hallaba en el campo, a unos kilómetros de distancia de donde yo estaba, metiendo en sus entrañas pasajeros y mercancías. Menos de éstas que de aquéllos. La Browning era una nave de súperlujo. Había que pagar gran cantidad de dinero para tener derecho a quedar encerrado en una estancia llena de líquido, sumergido hasta la boca y alimentado a través de un tubo, durante la travesía a cinco G. Nueve días más tarde, en el eterno invierno de Plutón, los pasajeros salían de la nave después de diez horas de rehabilitación física. El viaje también podía efectuarse en catorce días a sólo dos G, con muy escasas molestias, dicho sea en honor de la verdad, pero esto no era asequible a la mayoría. Pero yo ya había observado que la Browning jamás iba completa. Tal vez no me había fijado en la llegada del transbordador lunar, pero el remolcador estaba descendiendo entre la Browning y yo. La nave iba a posarse en el Dique 9, una zona apartada unos cien metros de donde yo estaba. Por lo tanto, me metí en el túnel que me llevaría allí. Llegué a tiempo de ver cómo el remolcador cortaba el cable de amarre y salía disparado al espacio para unirse a la próxima nave. El transbordador lunar era una esfera de superficie totalmente reflectora, que ahora estaba en el centro de la pista de aterrizaje. Al ir hacia ella, se esparció por el campo la techumbre formada por un campo de fuerzas, obstaculizando el paso de la luz estival. El aire penetraba a raudales, y al cabo de pocos instantes mi traje cambió. De pronto empecé a sudar, cociéndome en el calor que aún no se había disipado. Mi traje había cambiado demasiado pronto. Tendría que hacer algunas comprobaciones. Mientras tanto, dancé un poco para mantener mis pies descalzos lejos del cemento que abrasaba. Cuando la temperatura del aire llegaba, a los 24 grados normales, quedaba cortado el campo de fuerzas en torno al remolcador. Lo que quedaba era solamente un conjunto insubstancial de cubiertas y depósitos. La gente surgía atropelladamente por las paredes exteriores de sus departamentos. Me uní a la multitud agrupada en torno a la rampa. Yo había visto una fotografía de mi hermana, pero hacía ya mucho tiempo. Dudaba si la reconocería. No tuve problemas. la descubrí en lo alto de la rampa, ataviada con una túnica lunática, de aspecto simplón; y llevaba una maleta presurizada. Estuve seguro de que era ella porque se me parecía un poco, aunque era hembra y estaba frunciendo el ceño. Tal vez fuese unos centímetros más alta que yo, pero esto se debía a haber crecido en un campo gravitatorio menor. Fui hacia ella y le cogí la maleta. —Bien venida a Mercurio —la saludé. Me observó fijamente. No sé por qué, pero creo que al momento me despreció. En realidad, yo ya no le gustaba antes de conocemos. —Tú debes de ser Timmy —repuso. No podía permitirle tanta familiaridad. Para todo hay un límite. —Timothy —rectifiqué—. Y tú eres mi hermana genética Jew. —Jubilant —rectificó ella a su vez. No era un buen principio. Miró a su alrededor contemplando la gente que se atropellaba por el campo de aterrizaje. Luego tendió la vista hacia el costado liso y negro del techo de fuerzas, como si quisiera huir de allí. —¿Dónde puedo alquilar un traje? —-preguntó--. Me gustaría tener uno instalado antes de salir de aquí. —Esto no es tan malo —argüí—. Sí, aquí hay muchos más terremotos que en la Luna, pero no podemos impedirlo. Inicié la marcha en dirección a los Ambientes Generales, y ella echó a andar a mi lado. Tenía cierta dificultad en caminar. A mí no me gustaría ser un lunático, porque vayan donde vayan siempre resultarán excesivamente pesados. —Leí durante la travesía que tuvisteis un terremoto en el espaciopuerto hace sólo cuatro lunaciones. No sé por qué, pero me puse a la defensiva. Sí, ya sé que en Mercurio hay muchos terremotos, pero no es posible achacarnos culpa alguna. Mercurio padece grandes presiones, lo cual significa que hay muchos temblores o terremotos. Cualquier sistema se resquebraja si se le sacude mucho. —De acuerdo —asentí, tratando de mostrarme razonable—. Estuve aquí mientras ocurrió. Fue a mediados del último año negro. Perdimos presión en un diez por ciento de los pasajes, pero todo quedó resuelto en pocos minutos. No se perdió ni una sola vida. —Unos minutos bastan para matar a alguien que no lleve traje, ¿verdad? —¿qué podía contestar yo a esto si ella parecía estar segura de haber ganado un tanto?—. Por consiguiente, me sentiré mucho mejor cuando lleve uno de los vuestros. —Está bien, iremos a buscar un traje para ti. Traté de pensar algo que ayudara a restablecer la conversación en términos amistosos. Jubilant parecía tener una opinión muy pobre de los ingenieros ambientales de Mercurio y estaba dispuesta, por lo visto, a lanzar sobre mí su desprecio. —¿En qué te estás adiestrando? —inquirí—. Debes de haber salido hace poco de la academia. ¿Qué piensas hacer? —Quiero ser ingeniero ambiental. —Oh... Me sentí aliviado cuando finalmente estuvo tendida sobre la mesa, con la conexión establecida desde la computadora hasta el enchufe de su nuca, con el motor sensorial y de control funcionando. El resto del viaje a GE fue una conferencia respecto a los fallos del servicio municipal de presiones del aeropuerto espacial de Mercurio. Mi cabeza daba vueltas con los datos sobre los sensores de presión infalibles, de redundancia quintuple, los cerrojos automáticos y los taladros para terremotos. Estoy seguro de que nosotros tenemos todo esto, y tan bueno como en la Luna. Pero lo mejor que se puede hacer con los temblores que lo estremecen todo cien veces al día es conseguir un factor de seguridad del noventa y nueve por ciento. Jubilant se burló cuando mencioné este porcentaje, y me replicó con quince decimales, todos ellos del orden del nueve. Por lo visto, era éste el factor de seguridad en la Luna. Estaba buscando la razón principal del por qué nosotros no necesitábamos esta clase de seguridad en manos del cirujano. Éste le había abierto el pecho, quitándole el pulmón izquierdo, y colocaba el generador de trajes en la cavidad. Se parecía mucho al pulmón que acababa de extirpar, salvo que estaba construido de metal y tenía un acabado como un bruñido espejo. Lo aseguró a su tráquea y realizó ciertos reajustes en los extremos de las arterias pulmonares. Luego le cerró el pecho y aplicó un cauterizador somático a las incisiones. Al cabo de treinta minutos, Jubilant ya podía levantarse con la herida completamente cicatrizada. La única señal de la operación sería el botón dorado de la válvula de inhalación situado bajo su clavícula izquierda. En el instante en que la presión descendiera dos milibares, se vería rodeada por el campo de fuerzas que es un vestido de Mercurio, y estaría más segura que nunca en su vida, incluso en las arideces tan... ah, sí, tan seguras de la Luna. El cirujano efectuó los reajustes en el cerebro de mi traje mientras Jubilant estaba aún sin sentido. Luego, le instaló a ella los aparatos secundarios: el voceador del tamaño de un guisante en su garganta para que pudiese hablar sin inhalar ni exhalar aire y los receptores biauriculares de radio en los oídos. Después le quitó el enchufe del cerebro, y la joven se incorporó. Parecía un poco más amistosa. Una hora de privación sensorial tiende a hacer a uno más expansivo y relajado. Empezó a ponerse su túnica lunática. —Arderá cuando salgas fuera —le advertí. —Oh. sí, claro. Suponía que debía ir por algún túnel. Pero aquí no los tenéis, ¿verdad? No es posible mantenerlos presurizados, ¿eh? Realmente, empezaba a querer defender nuestra ingeniería. —Lo más difícil resultará acostumbrarte a no respirar. Nos hallábamos en la entrada del aeropuerto, mirando a través del telón de fuerzas que nos separaba del exterior. Soplaba una brisa cálida, como ocurre siempre en verano. Estaba producida por el recalentamiento del aire contiguo al telón, debido a las longitudes de onda de la luz que puede pasar a través del mismo, a fin de poder ver al otro lado. Era el principio del verano retrógrado, cuando el Sol retrocede en el cénit y nos concede una ayuda triple de radiación y luz sumamente intensas. El aeropuerto espacial de Mercurio se hallaba en un lugar muy caliente, donde el movimiento del Sol retrógrado coincide con el mediodía solar. Por lo que, aunque el telón de fuerzas lo tapaba todo excepto una diminuta ventana de luz visible, todo el haz de luz que pasaba a través de dicha ventana era de alto potencial. —¿Debo aprender algún truco especial? Evidentemente no era tonta, pero sí excesivamente crítica. Respecto a la operación de su traje, concedió que el experto era yo. —En realidad, no. Sentirás un intenso afán de respirar dentro de unos minutos, pero todo es de carácter psicológico. Tu sangre estará bien oxigenada pero tu cerebro no se habrá ajustado todavía a la nueva situación. Sin embargo superará este sensación. Por favor, no trates de respirar al hablar. Subvocaliza tan sólo, y la radio de tu garganta captará la voz —medité un instante y decidí añadir algo más—: Si tienes costumbre de hablar para ti, será mejor que abandones ese hábito. Si murmuras, tu voceador recogerá los sonidos, y a veces incluso tus pensamientos si los expresas con un tono demasiado alto dentro del cerebro. Cuando hagas tal cosa, se moverá tu garganta, y esto puede resultarte un poco molesto. Sonrió; era la primera vez que lo hacía. De pronto comprendí que me gustaba. Siempre había querido apreciarla, pero ésta era mi primera oportunidad. —Gracias, lo tendré en cuenta. ¿Nos vamos? Yo salí primero. Cuando se atraviesa un telón de fuerzas no se siente nada. Pero es imposible cruzarlo a menos que se lleve un generador de trajes, aunque si éste funciona, el campo se forma en torno al cuerpo al llegar al otro lado. Di media vuelta y ya no pude ver más que un espejo liso, que se abultó mientras lo miraba, reflejando la forma de una mujer desnuda. El bulto se separó de la cortina. Lo que quedó era una Jubilant plateada. El generador de trajes hace que el campo de fuerzas siga las líneas exteriores del cuerpo, pero una a una y a escasos centímetros de la piel. Oscila entre estos límites, y el cambio de volumen significa que una acción inferior obliga a salir al dióxido de carbono a través de la válvula inhaladora. Se expele el gas residual y el cuerpo se enfría en una sola operación. El campo de fuerzas es completamente reflectante, excepto por dos discontinuidades del tamaño de una pupila que sigue los movimientos de los ojos y permite penetrar suficiente luz, aunque no tanta como para deslumbrar. —¿Qué sucederá si abro la boca? —murmuró. Le costaba un poco vocalizar adecuadamente. —Nada. El campo de fuerzas se extiende sobre la boca, lo mismo que sobre la nariz. No desciende por la garganta. Unos minutos más larde, añadió; —Me gustaría inhalar una bocanada de aire —pronto se dominaría—. ¿Por qué hace tanto calor? —Porque en el emplazamiento más eficaz tu traje no desprende bastante dióxido de carbono para enfriarte por debajo de los treinta grados. Por tanto, sudarás un poco. —Sí, la temperatura parece estar a treinta y cinco o cuarenta. —Será tu imaginación. Puedes cambiar el ambiente girando el botón de tu válvula aérea, pero esto haría que tu tanque soltara oxígeno junto con el CO2, y nunca se sabe cuándo puede hacer falta. —¿Cuánta reserva tenemos? —Suficiente para cuarenta y ocho horas. Como el traje desprende el oxígeno directamente en tu sangre, podemos aprovechar un noventa y nueve por ciento del mismo, en lugar de desperdiciarlo en el enfriamiento personal, como hacen vuestros trajes lunáticos. No pude resistir la tentación de pincharla. —El término es «lunar» —replicó fríamente. Bueno, ni siquiera sabía que «lunático» fuese denigrante. —Creo que sacrificaré cierto margen en favor de la comodidad. Ya me siento bastante mal en esta gravedad para que tenga que cocerme en mi propio sudor. —A tu gusto. Tú eres la experta en ambientes. Me miró, pero creo que no estaba acostumbrada a leer las expresiones de un rostro reflectante. Giró el botón situado sobre su pecho izquierdo, y aumentó el flujo de calor. —Esto te rebajará a los treinta grados, dejándote sólo con oxígeno para unas treinta horas, si permanecieras quieta. Cuanto más te muevas, más oxígeno gastará tu traje para mantenerte fresca. Se llevó las manos a los labios. —Timothy, ¿intentas decirme que no debo enfriarme? Bien, te obedeceré. —No, creo que todo irá bien. Hasta casa sólo hay un trayecto de treinta minutos. Y lo que dijiste respecto a la gravedad es cierto; probablemente necesitas este alivio. Pero yo lo dejarte, sólo en veinticinco, como un compromiso razonable. Silenciosamente, reajustó la válvula. Jubilant pensó que era tonto tener una pista rodante de tráfico que funcionara en secciones de dos kilómetros. Se quejó las dos o tres primeras veces que salimos del extremo de una para entrar en otra. Pero calló cuando llegamos a una sección resquebrajada por los terremotos. Tuvimos que andar un trecho entre dos secciones del deslizamiento temporal, y observó cómo las brigadas trabajaban para obturar la grieta de veinte metros que se había abierto bajo otra grieta antigua. Sólo tuvimos un temblor camino de casa. En realidad, no fue nada, un cierto movimiento que nos obligó a bailar a fin de mantener los pies debajo del cuerpo. A Jubilant no pareció gustarle mucho. Yo ni siquiera me habría fijado en ello, pero Jubilant gritó al moverse el suelo. En aquella época, nuestra casa estaba situada en lo alto de una colina. La habíamos trasladado allí después del enorme temblor de siete años negros, antes de que se resquebrajase por completo el promontorio en que vivíamos. En aquella ocasión estuve enterrado unas diez horas. Fue la primera vez que tuvieron que cavar para extraerme. A los mercurianos no les gusta habitar en los valles, porque tienden a llenarse de restos y desperdicios durante los temblores. Si se vive en lo alto de un monte, se tiene más probabilidades de continuar encima de todo cuando se produce un deslizamiento. Además, a mi madre y a mí nos encantan los vastos panoramas. A Jubilant también le encantó. Hizo el primer comentario sobre el paisaje cuando estuvimos fuera de la casa y contemplábamos el valle que acabábamos de atravesar. El espaciopuerto de Mercurio se hallaba encima del acantilado, a treinta kilómetros de distancia. Desde tan lejos es posible observar la forma hemisférica de los enormes edificios. Pero Jubilant se mostró más interesada por las montañas que se alzaban a nuestras espaldas. Señaló una nube violácea que flotaba más allá de las faldas de una montaña y me preguntó qué era. —La gruta de mercurio. Siempre ofrece este aspecto al comienzo del verano retrógrado. Te llevaré allí más tarde. Creo que te gustará. Dorothy nos saludó cuando pasamos a través del muro. No conseguí intuir qué molestaba a mamá. Parecía bastante feliz de ver a Jubilant al cabo de diecisiete años. Continuó charlando hábilmente respecto a cómo había crecido y al magnífico aspecto que tenía. Hizo que nos colocásemos uno junto al otro y afirmó que nos parecíamos mucho. Era cierto, claro, puesto que genéticamente éramos idénticos. Jubilant medía cinco centímetros más que yo, pero los perdería en unos meses de soportar la gravedad de Mercurio. —Se te parece mucho. Es igual a como eras tú hace dos años, antes de tu último cambio —observó finalmente. No fue una declaración exacta, ya que la última vez que yo había sido hembra no era tan maduro sexualmente. Pero en esencia sus palabras eran ciertos. Tanto Jubilant como yo éramos machos genotípicamente, pero mamá me hizo cambiar de sexo al venir a Mercurio, o sea cuando yo contaba sólo quince meses de edad. Yo había pasado ya los primeros quince años de mi vida femenina. Y pensaba en volver a cambiar, aunque no tenía prisa. —Estás muy bien conservada, Glitter —exclamó Jubilant. —Ahora me llamo Dorothy, cariño. Cambié de nombre al trasladamos aquí. En Mercurio todo el mundo se sirve de los antiguos nombres de la Tierra. —Lo siento, lo había olvidado. Mi madre solía llamarte Glitter cuando hablaba de ti. Antes de que ella... bueno, antes de que yo... Hubo un silencio embarazoso. Sabía que me ocultaban algo, y agucé el oído. Esperaba enterarme de varias cosas referentes a Jubilant, cosas que Dorothy jamás me habría contado, por mucho que yo la hubiera apremiado. Al menos sabría por dónde empezar si quería sonsacar algo a Jubilant. Por entonces me resultaba insoportable saber tan poco del misterio que rodeaba el hecho de haber crecido yo en Mercurio y no en la Luna, y por qué tenía una hermana genética. Tener un mellizo genético es un hecho muy raro, y yo necesitaba saber a qué se debía. No era denigrante, socialmente hablando, como tener un ogro por hermano ni tan escandaloso, pero pronto aprendí a no contárselo a los demás. Estos hubieran querido saber cómo pudo ocurrir, cómo mamá logró burlar las leyes que prohibían esta clase de preferencia desfavorable. «Una Persona, un Hijo.» Esta es la primera lección de moral que aprende cualquier niño, incluso antes de escoger una existencia. Mamá no estaba en la cárcel; por tanto, la cosa debía de ser legal. Pero ¿cómo? ¿Y por qué? Ella no hablaba, pero tal vez Jubilant me lo explicase. Cenamos en silencio, interrumpido solamente por unos torpes intentos de conversación. Jubilant sufría un ataque de nervios y padecía las consecuencias de nuestras diferentes cultura y mentalidad. Yo lo comprendía, viéndola mirar a su alrededor. Los lunáticos... perdón, los lunarios viven su existencia en las grietas de las rocas y necesitan la presencia de muros sólidos a su alrededor. No salen mucho. Y cuando lo hacen, van envueltos como en un capullo de plástico y acero que palpan a su alrededor, y miran a través de una ventanilla. Jubilant se sentía terriblemente desnuda, y trataba de mostrarse valiente. Dentro de una casa con burbuja de fuerzas, es posible estar sentado sobre una plataforma bajo el Sol abrasador. La burbuja es invisible desde dentro. Cuando comprendí qué la inquietaba, puse en funcionamiento la polarización. La burbuja parecía, de este modo, vidrio pintado. —Oh, no es necesario —protestó ella—. Ya me he acostumbrado. Aunque me gustaría que aquí tuvieseis paredes a las que poder mirar. Era evidente que algo inquietaba a Dorothy. No se había fijado en la angustia de Jubilant, lo cual no era propio de su carácter. Hubiese debido colocar algunas cortinas para ofrecer a nuestra visitante la sensación de recinto. Gracias a la conversación intermitente sostenida en la mesa me enteré de algunas cosas. Jubilant se había divorciado de su madre a los diez años terrestres de edad, lo cual era totalmente asombroso. Los únicos motivos para un divorcio a esa edad son cosas tan increíbles como un fanático proselitismo religioso. No sabía gran cosa de la madre adoptiva de Jubilant, ni siquiera su nombre, pero sabía que ella y Dorothy habían sido buenas amigas en la Luna. Pero la cuestión de por qué y cómo Dorothy había abandonado a su hija, viniéndose a Mercurio conmigo, no siendo yo más que una carga, se hallaba relacionado con esa amistad. —Nunca intimamos mucho, que yo recuerde —decía Jubilant—. Me contó varias estupideces, y no parecía encajar con lo demás. No sé explicarlo, pero los tribunales me dieron la razón. Afortunadamente, tuve un buen abogado. —Tal vez se debiera en parte a esa relación tan fuera de lo corriente —comenté—. Ya sabéis a qué me refiero. No es lo mismo criarse con una madre adoptiva que con la verdadera. Estas palabras fueron acogidas con un profundo silencio, hasta tal punto que me pregunté si no debería callarme hasta el final de la cena. Se intercambiaron varias miradas llenas de significado. —Sí, esto podría formar parte del caso. De todos modos, a los tres años de haberte marchado tú de la Luna, comprendí que no podía resistir más. Hubiese debido venir aquí contigo. Yo no era más que una niña, pero ya quería estar a tu lado. Miró a Dorothy con ojos de súplica, la cual estaba como estudiando la mesa. Jubilant había dejado de comer. —Quizá sería mejor no hablar más del caso. Ante mi sorpresa, Dorothy asintió. Esto me molestó. No deseaban hablar del asunto porque me ocultaban algo. Jubilant durmió la siesta después de comer. Afirmó que deseaba ir conmigo a la gruta, pero que tenía que descansar a causa de la gravedad. Mientras dormía, traté una vez más de conseguir que Dorothy me contara toda la historia de su vida en la Luna. —Pero ¿por qué estoy vivo? Has dicho que dejaste a Jubilant, tu hija, que tenía sólo tres años, con una amiga que la cuidaría en la Luna. ¿No querías llevártela contigo? Me contempló con displicencia. Ya habíamos discutido el asunto en otras ocasiones. —Timmy, eres mayor de edad desde hace tres años. Te he dicho que eres libre de dejarme si quieres. De todos modos, pronto lo harás. Pero no deseo discutir más este asunto. —Mamá, sabes que no puedo insistir. Pero ¿acaso no me consideras lo suficiente como para contarme toda la historia? Sé que me ocultas algo. —Sí, te oculto algo. Pero prefiero que quede en el olvido. Es una cuestión de intimidad personal. ¿No sientes hacia mí suficiente respeto como para dejar de atosigarme? Jamás la había visto tan alterada. Se levantó y, pasando a través de la pared, se marchó colina abajo. A medio camino, echó a correr. Inicié la marcha hacia ella, pero al cabo de unos pasos retrocedí. No sabía qué decirle que no le hubiese dicho ya. Fuimos a la gruta por etapas. Jubilant se sentía mucho mejor después del descanso, aunque todavía padecía bastante en las cuestas empinadas. Yo no había estado en la gruta desde hacía cuatro años claros, ni había vuelto a jugar allí. Seguía siendo un lugar favorito de los niños. Había docenas de ellos. Nos detuvimos sobre un reborde estrecho que daba a la piscina de azogue, y Jubilant quedó muy impresionada. La piscina de azogue se hallaba al fondo de una garganta estrecha, que estuvo bloqueada hace tiempo por un terremoto. Un lado de la garganta está siempre en la sombra, porque da al norte y el Sol nunca sube tanto en nuestra latitud. AI fondo de la garganta está la piscina: veinte metros de anchura, cien de longitud, y unos cinco de profundidad. Nosotros «pensamos» que es profunda, pero esto no tiene sentido en una balsa de mercurio. Un trozo de plomo se hunde lentamente como en melaza espesa, pero todo lo demás flota. Los chiquillos tenían en el centro una roca respetable, que utilizaban como barca. La piscina y cuanto la rodea es muy bello, pero estábamos en el verano retrógrado y la temperatura llegaba ya al máximo. Por tanto, el mercurio se hallaba cerca del punto de ebullición, y toda la zona estaba llena de vapor. Cuando las corrientes de electrones del Sol pasaban a través del vapor, éste se iluminaba relampagueando y girando como una tormenta azul y fantasmal. El nivel estaba bajo, pero jamás desaparecía completamente el mercurio porque se condensaba en el acantilado, y regresaba lentamente a la garganta. —¿De dónde viene? —quiso saber Jubilant, cuando dejó de sentirse asombrada. —Parte del mismo es natural, aunque la mayoría viene de las fábricas del puerto. Es un subproducto de los procesos de fusión al que no han encontrado ningún empleo, de modo que lo sueltan en los alrededores. El mercurio no puede desvanecerse en el aire, ya que pesa demasiado, y durante el año negro se condensa en los valles. El de aquí es especialmente bueno para recogerlo. De niño, yo solía jugar en esta balsa. Jubilant estaba impresionada. En la Luna no hay nada semejante. Por lo que he oído, la Luna es muy triste en su exterior. Hace millones de años que allí no se mueve nada. —Nunca vi nada tan hermoso. Pero ¿qué hacías de niño? El mercurio tiene que ser demasiado denso. —Jamás se ha dicho una verdad más grande. Sólo es posible meter dentro la mano medio metro. Y se puede guardar el equilibrio: es posible permanecer de pie y hundirse uno quince centímetros. Lo cual no significa que sea imposible nadar aquí; sí que se puede nadar. Bajemos y te lo mostraré. Todavía contemplaba la nube ionizada, pero me siguió. Aquella nube podía hipnotizarle a uno. Al principio parecía púrpura; luego, por el rabillo del ojo se veían otros colores. Sin embargo, nunca se distinguen con claridad, ya que son demasiado débiles. Pero existen, provocados por las impurezas de otros gases. Tengo entendido que la gente solía fabricar lámparas de gases ionizantes: neón, argón, mercurio... Andar por una garganta mercurial es igual que caminar dentro del resplandor de una de aquellas lámparas. A la mitad de la pendiente, cedieron las rodillas de Jubilant. Su campo de traje se puso rígido con el primer impacto, al caer de espaldas en tierra y empezar a resbalar. Cuando llegó a la piscina, parecía una estatua rígida, helada, en una postura difícil, al intentar detener la caída. Llegó a la piscina y quedó descansando de espaldas. Yo también llegué a su lado felizmente. Estaba intentando ponerse de pie, cosa que le era imposible. Por fin se echó a reír al comprender que ofrecía una imagen muy tonta. —No es posible permanecer de pie aquí. Mira cómo has de moverte. Me puse boca abajo y empecé a agitar los brazos en un movimiento natatorio. Hay que comenzar con los brazos al frente y llevarlos a los costados con un largo movimiento circular. Cuanto más se hunde uno en él mercurio, más de prisa avanza. Y hay que continuar hasta que penetren los dedos de los pies. La piscina carece de fricción. No tardó en nadar a mi lado, divirtiéndose enormemente. Lo mismo que yo. ¿Por qué dejamos de hacer tantas cosas cuando crecemos? No hay nada tan divertido en el sistema solar como nadar en una piscina de mercurio. Y aquel placer volvía a mi espíritu, cada vez que me deslizaba por la superficie espejeante, con la barbilla levantada. Con los ojos rozando la superficie, es tremenda la sensación de velocidad. Algunos niños jugaban a hockey. Hubiera querido unirme a ellos, pero por sus miradas comprendí que nos consideraban demasiado mayores, y que además pensaban que ya no deberíamos estar allí nadando. Bien, esto fue un poco duro. Yo me divertía mucho nadando. Al cabo de varias horas, Jubilant quiso descansar. Le enseñé cómo podía hacerlo sin resbalar de lado, formando un trípode al sentarse con los pies muy separados. Salvo tenderse por completo, ésta es la única forma de descansar. Cualquier otra posición hace que el apoyo se deslice a un lado por debajo del cuerpo. Jubilant se contentó con tenderse. —Todavía soy incapaz de mirar directamente al Sol —murmuró—. Empiezo a pensar que aquí podríais poseer un sistema mejor. Me refiero a los trajes internos. —También lo había pensado —accedí—. Vosotros los luná... los lunarios, pasáis muy poco tiempo en la superficie, por lo que no necesitáis un traje de fuerzas. Resultarían demasiado caros, especialmente para los niños. Es terrible lo que cuesta vestir a un niño. Dorothy no pagó sus deudas ni en veinte años. —Sí, pero acaso valiese la pena. Oh, ya comprendo que costarían mucho, pero no dejaría que se quedasen pequeños, claro. ¿Cuánto durarían? —Tendrían que cambiarse cada dos o tres años. Cogí un puñado de mercurio y lo dejó deslizar por entre mis dedos hasta su pecho. Buscaba una forma indirecta de referirme al tema de Dorothy y a cuanto Jubilant sabía de ella. Después de varios comienzos tontos, le pregunté directamente qué me estaban ocultando. Pero ella no se dejó engañar. —¿Qué hay en aquella cueva? —preguntó, rodando sobre su estómago. —Aquello es la gruta. —¿Y qué hay dentro? —Te lo enseñaré si hablas. Me miró con pena. —No seas crío, Timothy. Si tu madre quiere que conozcas su existencia en la Luna, te la contará. No es asunto mío. —No sería crío si tú dejaras de tratarme como tal. Los dos somos mayores. Puedes contarme lo que sea, sin pedirle permiso a mamá. —Dejemos este tema. —¡Eso es lo que me dice todo el mundo! —exclamé—. De acuerdo, ve sola a la gruta. Lo hizo. Yo me quedé sentado en el lago, mirándolo todo con el ceño fruncido. No me gustaba estar en tinieblas, y especialmente no me gustaba que mis parientes hablasen a mi alrededor de algo que yo no podía saber. Me asombraba descubrir cuan importante era para mí averiguar la verdadera razón del traslado de Dorothy a Mercurio. Yo había vivido diecisiete años sin saberlo, y ello no me había perjudicado en absoluto. Pero ahora que pensaba en todo lo que ella me había contado durante mi infancia, comprendía que la cosa no tenía sentido. Y la llegada de Jubilant me había obligado a examinar de nuevo todas aquellas explicaciones falsas. ¿Por qué había abandonado Dorothy a Jubilant en la Luna? ¿Por qué se había llevado en cambio a un chiquillo genético? La gruta es como una cueva a la entrada de la garganta con una corriente de mercurio que brota de su boca. Esto sucede durante todo el año claro, aunque el riachuelo contiene más cantidad durante el punto álgido del verano. Este riachuelo está formado por el vapor de mercurio que se concentra en la cueva, donde se condensa y cae a gotitas. Hallé a Jubilant sentada en él centro de un charco, como en trance. El resplandor de la ionización de la cueva parece más brillante dentro que fuera, donde ha de competir con la luz solar. A esto hay que añadir los millares de regueros de mercurio que devuelven el reflejo de la luz, y el conjunto origina un lugar que hay que verlo para creer que exista. —Oh, lo siento... Te estuve molestando y... —Chist... Agitó las manos hacia mí. Estaba contemplando la caída de las gotas desde el techo, que se aplastaban sin formar ondas en los charcos aislados del suelo de la cueva. Me sentó a su lado para contemplar aquella maravilla. —Cómo me gustaría vivir aquí —murmuró al cabo de lo que podía haber sido una hora. —Yo nunca he considerado la idea de vivir en otro sitio. Me miró, pero volvió a apartar la mirada. Deseaba leer en mi rostro, pero sólo consiguió ver el distorsionado reflejo del suyo. —Pensó que deseabas ser capitán de una nave espacial. —Oh, sí, sí... pero siempre volvería aquí. Callé unos minutos, reflexionando en lo que tanto me había preocupado últimamente. —En realidad, podría dedicarme a otra ocupación. —¿Por qué? —Pues, porque gobernar una nave espacial ya no es lo mismo que antes. ¿Comprendes a qué me refiero? Volvió a mirarme, y esta vez pareció más interesada en verme la cara. —Tal vez. —Sé qué piensas. Muchos chicos desean mandar naves. Crecen con esta idea. Quizá yo también. Pero me parece que nací con un siglo de retraso para satisfacer este deseo. Apenas existe una nave espacial en la que el capitán sea algo más que una figura decorativa. El verdadero amo de la nave es un comité compuesto por computadoras. Y éstas realizan todo el trabajo. El capitán es incapaz incluso de programarlas. —Ignoraba que la cosa fuese tan mala. —Oh, es peor aún. Todas las líneas de pasajeros están servidas por naves completamente automáticas. Las travesías de G elevado ya lo están, debido a que al cabo de una docena de viajes a cinco G la tripulación queda deshecha. Medité sobre un triste factor de nuestra moderna civilización: la época romántica había desaparecido. El sistema solar estaba dominado. No cabía la menor aventura en nuestra forma de vida. —¡Podrías marcharte a la zona cometaria —sugirió ella. —Es lo único que aún me impulsa a ser piloto. Allí no hace falta ninguna computadora, pues de nada sirven para buscar agujeros negros. El último año negro pensé conseguir un empleo y adquirir un pasaje. Pero antes prefiero entrenarme como piloto. —Muy prudente. —Oh, no lo sé. Se dice que terminarás de dar cursos sobre astronavegación. A lo mejor tendré que autoenseñarme. —¿Piensas que debemos seguir aquí? Tengo hambre. —Quedémonos un poco mas. Me encanta este lugar. Estoy seguro de que llevábamos allí, por lo menos, unas cinco horas. La había interrogado respecto a su interés por la ingeniería ambiental y conseguí una respuesta sorprendentemente sincera. Esto dijo referente a su profesión: —Después de divorciarme de mi madre —declaró— comprendí que me interesaba encontrar un sitio seguro donde vivir. Por aquel entonces, no me sentía muy segura. Más adelante halló otros motivos, pero admitió que el primer impulso fue debido a la necesidad de encontrar cierta seguridad. Cavilé respecto a su extraña infancia. Era la única persona que yo conocía que no se hubiera criado con su madre natural. —Quise salir del sistema —añadió tras otro largo silencio—. A Plutón, por ejemplo. Tal vez nos encontremos allí algún día. —Es posible. Hubo un ligero temblor, no muy grande, pero suficiente para que los charcos de mercurio se agitasen. Jubilant quiso irse de allí. Estábamos saltando por entre los charcos de mercurio cuando se produjo un estremecimiento violento y prolongado, y el resplandor violáceo se extinguió. Nos vimos separados, en medio de unas profundas tinieblas. —¿Qué ha sido eso? —había pánico en su voz. —Creo que estamos bloqueados. Debió de producirse un corrimiento en la entrada de la gruta. Bien, siéntate y lo averiguaré. —¿Dónde estás? ¡No te encuentro, Timothy! —No te muevas y volveré a tu lado dentro de un instante. Ten calma, serénate y no te preocupes. Nos sacarán dentro de unas horas. —Timothy, no te encuentro, Timothy, no... Me palpó con una mano, y al momento se abalanzó hacia mí. La estreché entre mis brazos para tranquilizarla. Unas horas antes me habría podido burlar por su comportamiento, pero ahora ya la comprendía mejor. Además, a nadie le gusta ser enterrado en vida. Ni siquiera a mí. La mantuve abrazada hasta que se calmó. —Lo siento. —No te disculpes. La primera vez me ocurrió lo mismo. Me alegro de que estés aquí. Ser enterrado solo es mucho peor aún que ser enterrado en vida. Bien, siéntate y haz lo que te ordene. Gira la válvula de inhalación completamente a la izquierda. ¿Ya está? Ahora vamos a utilizar el oxígeno al promedio más bajo posible. Debemos estar quietos a fin de no calentamos demasiado. —Está bien. ¿Qué más? —Bueno, para empezar, ¿juegas al ajedrez? —¿Cómo, nada más? ¿No hemos de enviar alguna señal? —Ya lo hice. —Y si quedamos enterrados en terreno sólido y el traje se congela, para que uno no muera aplastado, ¿cómo hay que actuar? —No te preocupes, la válvula actúa mecánicamente si uno está quieto más de un minuto. —Oh, de acuerdo. Peón cuatro rey. Abandonamos la partida al decimoquinto movimiento. No sé visualizar muy bien el tablero, y si bien ella era excelente en ese juego, estaba demasiado nerviosa para pensar las jugadas. También yo estaba poniéndome nervioso. Si la entrada de la gruta estaba bloqueada con detritus, como pensaba, nos encontrarían en menos de una hora. Yo había aprendido a calcular el tiempo en la obscuridad, y sabía que habían transcurrido dos horas desde el temblor. Debía de haber sido mayor de lo que yo creía. Podía transcurrir un día entero antes de que nos sacasen de allí. —Me sorprendió cuando vi que podía tocarte... no tu traje, sino tu piel. —Me pareció que saltabas. Los trajes se funden. Cuando me tocaste, llevábamos un solo traje en lugar de dos. Ocurre a veces. Estábamos tumbados uno junto al otro en un charco de mercurio, estrechamente abrazados. Nos hallábamos más tranquilos. —O sea... Ya entiendo. Es posible hacer el amor con el traje puesto. ¿Era esto lo que estabas sugiriendo? —Deberías probar en un charco de mercurio. Resulta el mejor método. —Estamos en un charco de mercurio. —Y no nos atrevemos a hacernos el amor. Oh, no, nos recalentaría demasiado. Y tal vez necesitemos nuestras reservas. Estaba quieta, pero sentí cómo sus manos se apretaban a mi espalda. —¿Estamos en peligro, Tímothy? —No, pero podríamos estarlo caso de prolongarse nuestra estancia aquí. Seguro que tienes sed. ¿Puedes soportarlo? —Lástima que no podamos hacer el amor, Este serviría para no pensar en... —¿Puedes soportarlo? —Sí, sí puedo. —Timothy, no llené mi tanque antes de salir de casa. ¿Importa mucho? Creo que no me puse en tensión, pero me asusté bastante. Reflexioné y no vi hasta qué punto podía importar. Jubilant había gastado una hora de oxígeno, la mayor parte para llegar a casa, incluso a su promedio de enfriamiento. De repente recordé lo fría que estaba su piel cuando la tuve entre mis brazos. —Jubilant, ¿estaba tu traje al enfriamiento máximo cuando salimos de casa? —No, pero lo puse al máximo cuando iniciamos el paseo. Hacía tanto calor... Estaba a punto de desmayarme a causa del cansancio. —¿Y no lo rebajaste hasta el temblor? —Exacto. Hice unos cálculos aproximados y el resultado no me gustó nada. Según las suposiciones más pesimistas, seguramente no le quedaban más de cinco horas de aire. Fuera habría podido disponer de unas doce horas. Y ella podía hacer el mismo cálculo que yo; por tanto, de nada servía ocultarle te verdad. —Acércate —le ordené. Se sentía intrigada porque ya estábamos muy Juntos. Pero yo deseaba unir nuestras válvulas de inhalación. Las enganché y aguardé tres segundos. —Ahora, nuestros tanques igualan la presión. —¿Por qué lo has hecho? Oh, no, Timothy, no debiste hacerlo. La culpa es mía por no tener más cuidado. —También lo hice en mi beneficio. ¿Cómo podría vivir si murieses aquí, pudiendo haberte salvado? Piensa en ello. —Timithy, contestaré a cuantas preguntas me hagas con respecto a tu madre. Aquélla fue la primera vez que me volvió loco. No me había enfadado con ella por haber olvidado llenar de nuevo su tanque. Ni siquiera por lo del enfriamiento. En realidad, tenía yo más culpa que ella. Lo había convertido en un juego, sin decirle realmente lo fundamental que era tener una reserva importante, y ella no me había tomado en serio, por lo que ahora pagaba el castigo de mis bromas. Yo había cometido la equivocación de suponer que, puesto que ella era una experta en seguridad lunar, podía cuidar de sí misma. Pero ¿cómo podía hacerlo si no conocía exactamente cuál era el peligro? Sin embargo, este ofrecimiento parecía el pago del oxígeno, y esto no es digno en Mercurio. En una dificultad, el aire siempre se comparte libremente. Las «gracias» no se estilan en Mercurio. —No me debes nada, ¿entendido? —No te lo he dicho por eso. Si vamos a morir aquí, considero una tontería guardar un secreto. Esto no tiene sentido, ¿no te parece? —No. Si hemos de morir, ¿de qué sirve decírmelo? ¿De qué me servirá? Pero esto tampoco tiene sentido. No vamos a morir. —AI menos servirá para pasar el tiempo. Suspiré. Realmente, en aquel momento no me importaba lo que tanto había deseado saber. —Está bien. Pregunta número uno: ¿por qué te abandonó Dorothy cuando vinimos aquí? Tan pronto hube hablado, la pregunta me pareció importante. —Porque no es nuestra madre. Yo me divorcié de nuestra madre a los diez años. Me incorporé estremecido. —Dorothy no es... no es... Entonces... ¿es mi madre adoptiva? Y mientras tanto, durante todo ese tiempo, siempre me dijo que... —No, no es tu madre adoptiva, al menos no lo es técnicamente. Es tu padre. —¿Cómo...? —Es tu padre. —¿Qué dices...? ¿Mi padre? ¿Qué locura es ésa? Pero ¿quién diablos sabe quién es su padre? —Yo lo sé —declaró simplemente—. Y ahora tú también lo sabes. —Será mejor que me lo cuentes todo. Así lo hizo, y a pesar de ser la cosa más rara del Universo, lo que me contó tenía sentido común. Dorothy y la madre de Jubilant (¡mi madre!) habían sido miembros de una secta religiosa llamada los Primeros Principios. Supongo que tenían una serie de ideas estúpidas, pero la idiotez de una de ellas tenía algo que ver con la llamada «familia nuclear». Ignoro por qué la llamaban así, tal vez porque la inventaron en la época en que nació la fuerza nuclear. Dicha familia estaba formada por una madre y un padre, y vivían en el mismo hogar con docenas de hijos. Los Primeros Principios no llegaron muy lejos, puesto que tuvieron que adherirse a la norma convencional «Una Persona-Un Hijo», o les habrían linchado en lugar de tolerarlos... Sin embargo, les gustaba la idea de ser unos padres biológicos viviendo juntos y criando a dos hijos. De modo que Dorothy y Gleam (Glitter y Gleam en la Luna) se casaron, y Gleam adoptó el papel femenino para el primer hijo: lo concibió, lo parió y lo llamó Jubilant. Luego, las cosas fueron de mal en peor, como hubiera dicho cualquier persona en su sano juicio. No estoy muy fuerte en historia, pero conozco algo de lo que ocurrió en la vieja Tierra. Los esposos mataban a sus mujeres, las mujeres mataban a sus maridos, los padres azotaban a sus hijos, hubo guerras, hubo hambre... en fin, calamidades. Ignoro qué parte de causa tuvo todo aquello en la fundación de la llamada «familia nuclear», pero debía de ser muy duro «casarse» y descubrir después que la persona elegida no era la más adecuada. De modo que los hijos cargaban con las culpas. No hay que ser sociólogo para comprender el drama. Sus relaciones, si bien al principio pudieron resultar perfectas y hasta maravillosas, fueron a menos durante tres años. Creo que llegó un momento en que Glitter ni siquiera pudo vivir en el mismo planeta que su esposa. Pero amaba a su hija y había llegado a pensar en ella como algo propio. Traten de hacer comprender esto a un tribunal. La jurisprudencia moderna no reconoce el concepto de la paternidad, como tampoco reconoce el derecho divino de los reyes. Glitter no podía apoyarse en ningún precepto legal. La criatura pertenecía a Gleam. Pero mi madre (madre adoptiva, ya que todavía no puedo llamarle padre) encontró una fórmula de compromiso. De nada servía quejarse por no poder tener consigo a Jubilant. Tenía que aceptar este hecho. Pero podía llevarse un pedazo: yo. De modo que se marchó a Mercurio con su hijo genético, se cambió el sexo, me crió y educó, y jamás soltó una palabra referente a los Primeros Principios. Al escuchar todo esto me fui serenando, aunque, en verdad, aquello era toda una revelación. Yo tenía muchísimas preguntas que hacer, y por el momento me olvidé del peligro de muerte que nos acechaba. —No, Dorothy ya no pertenece a ninguna confesión religiosa. Esta fue una de las causas de la separación. Por lo que sé, Gleam es hoy día el único miembro de aquella iglesia que no duró mucho. Las parejas formadas en esta religión no tardaron en deshacerse y separarse. Por esto creo que el tribunal me concedió el divorcio: Gleam intentó obligarme a compartir su religión. Cuando se lo conté a mis amigos se echaron a reír y esto me molestó mucho, incluso a mis diez años de edad. Dije al tribunal que estaba segura de que mi madre estaba loca y el tribunal estuvo de acuerdo conmigo. —De modo... de modo que Dorothy todavía no ha tenido ningún hijo. ¿Crees que aún puede tenerlo? ¿Cuáles son las legalidades necesarias? —Muy fáciles, según Dorothy. A los jueces no les gusta, pero es su derecho de parto y no se lo pueden negar. Consiguió el permiso para criarte a causa de un fallo en las leyes, puesto que se marchaba a Mercurio y estaría fuera de la jurisdicción lunar. Poco después de que saliéramos ambos de la Luna, reformaron el fallo. De modo que tú y yo somos únicos. ¿Qué opinas de todo esto? —No sé... Creo que me gustaría tener una familia normal. ¿Qué puedo decirle ahora a Dorothy? Jubilant me abrazó y se lo agradecí. Me estaba sintiendo joven y solo. El relato todavía me daba vueltas en la cabeza y temía saber cuál sería mi reacción después de digerirlo por completo. —Yo no le diría nada. Porque, probablemente, ella te lo contará todo antes de que te marches a la zona cometaria, pero si no habla, ¿qué importa? ¿No ha sido una madre para ti? ¿Tienes alguna queja? ¿Tan importante es el factor biológico de la maternidad? No. Creo que no. Creo que el amor es mucho más importante y ella te ama. —¡Pero es mi padre! ¿Cómo puedo relacionar todo esto? —Ni lo intentes. Sospecho que los padres querían a sus hijos tanto como las madres cuando la paternidad era algo más que una simple inseminación. —Quizá tengas razón. Sí, creo que tienes razón. Me abrazó en la obscuridad. Tres horas más tarde hubo un derrumbamiento y el resplandor violáceo volvió a rodeamos. Anduvimos hacia la luz del Sol cogidos de la mano. El equipo de rescate nos recibió, sonriendo y dándonos palmadas en la espalda. Llenaron nuestros tanques y gozamos del lujo de malgastar oxígeno para desechar el calor. —¿Habéis sufrido mucho? —quiso saber el jefe del equipo de rescate. —Regular. ¿Fue muy grande el temblor? —pregunté. —Normal. Vosotros dos habéis sido los últimos que hemos rescatado. ¿Lo pasasteis muy mal? Miré a Jubilant, que parecía haber resucitado de entre los muertos, y sonreía como una loca. Reflexioné mi respuesta. —No, no mucho. Trepamos por la cuesta rocosa y miré hacia atrás. El terremoto había arrojado varias toneladas de roca a la garganta mercurial. Peor aún, habla quedado destruida la represa natural del fondo. Casi todo él mercurio había descendido al valle. Sí, la gruta de mercurio ya no volvería a ser el lugar mágico de mi niñez. Era triste. Yo había amado aquella cueva y ahora me parecía que abandonaba detrás de mí algo muy querido. Le di la espalda a la gruta y me dirigí a mi casa con Dorothy.

domingo, 5 de enero de 2020

Entrevista de radio. Ficción
Por
Hugo Rodríguez.
Adaptación del cuento ‘El Corazón Delator’ de Édgar A. Poe.
Para el programa ‘De Todo un Poco’ radio abierta.

Entrevistador y Ángela, sentados a la mesa, frente a la platea y ante los micrófonos.
Ángela, con algún desequilibrio mental, está algo tensa, no por encontrarse en un estudio de radio, sino por que es la asesina de Don Tránsito y cree que ha sido invitada al programa para confesar su crimen.
El entrevistador, que ignora que tiene a la asesina frente a sí, se comporta natural y seguro de la situación.
El operador es imaginario y opcional.


ACTO ÚNICO.

ENTREVISTADOR (algo consternado, mira a la platea): -estimados oyentes, buenas noches. En estos días, los vecinos de nuestra ciudad se han conmovido por la extraña desaparición de Don Tránsito Osario, reconocido y octogenario escritor, que tanto brindó a las letras argentinas y colmó de orgullo a la comuna. La policía aún no ha podido dar con su paradero, desde que Don Tránsito se ausentó días atrás de su domicilio en el Country Abril. Allí, pasaba su retiro en una casona hermosa de dos plantas. Tuve oportunidad de visitar esa casa, en una entrevista que le realicé, no hace mucho. Hermosa residencia, de estilo inglés, tejado, con piso de madera y ventanales largos.

ENTREVISTADOR (distendido, mira a Ángela): -la entrevistada de esta noche es Ángela Lobos. Ángela, buenas noches. Bienvenida a nuestro programa.

ÁNGELA (algo tensa): -buenas noches.

ENTREVISTADOR (ameno): - ¿cómo se encuentra?

ÁNGELA (algo tensa): -bien. Un poco nerviosa.

ENTREVISTADOR (ameno, toma la mano de Ángela): -no es para menos. (Mira a la platea) Ángela Lobos ha cuidado de Don Tránsito. Le ha brindado las atenciones que una persona, ya de más de ochenta años, necesita y que además, vive solo en esa casa grande del Country Abril. Y Ángela, ha sido la última persona que vio al escritor. ¿Cuánto hace que cuidaba a Don Tránsito, Ángela?

ÁNGELA (algo tensa, calcula): -y dos meses, más o menos.

ENTREVISTADOR: -no mucho.

ÁNGELA (algo tensa): -no. Antes lo cuidaba otra señora. Pero renunció. No sé porque. Yo me dedico a cuidar personas mayores y tengo mi currículo en una agencia. Me ofrecieron el cuidado de Don Tránsito y lo acepté.

ENTREVISTADOR (ameno): - ¿cómo fue tu primer día de trabajo en la casa de Osario?

ÁNGELA (algo tensa, se retuerce las manos): -y bueno, me acuerdo que estaba nublado y que hacía mucho frío ese día. En la entrada del country los vigiladores me pidieron los documentos y todo eso. Lo llamaron por teléfono avisándole que yo había llegado. Y después me indicaron donde quedaba la casa. Caminé hasta la casa. Toqué el timbre y Don Tránsito abrió la puerta y cuando lo vi (frotándose los brazos) me asusté un poco.

ENTREVISTADOR: - ¿Por qué?

ÁNGELA (tensa): Bueno, Don Tránsito estaba algo desalineado. Tenía una bata puesta. Quizás recién se levantaba. Es tan delgado. Casi que se le notan los huesos. Y ese ojo de vidrio (piensa). Me daba cosa. Me impresionó.

ENTREVISTADOR (condescendiente, alterna miradas con la platea): -sí, es cierto. La verdad que, la figura desgarbada de Don Tránsito Osario y esa prótesis ocular le dan una fisonomía, podríamos decir, más que inquietante. Un poco acorde, si se quiere, al género que él cultiva: el suspenso.

(Ángela se inquieta en la silla y mira a su alrededor).
ENTREVISTADOR (seguro): -Ángela ¿usted notó algo fuera de lo común en Don Tránsito, días antes de la desaparición?

ÁNGELA (preocupada): - ¿no oye ese ruido?

ENTREVISTADOR (algo desconcertado): -no. ¿Qué ruido?

ÁNGELA (mira en derredor): -Ese. ¿No lo oye? Pun, pun. Parece como un latido.

ENTREVISTADOR: -No Ángela. No oigo nada. (Miraría al operador). Quizás se trate del parlante detrás de usted. (Volviendo a la compostura) Por qué no me cuenta ¿cómo fueron los últimos días que estuvo usted con Don Tránsito?

ÁNGELA (mira un rato más alrededor y luego responde): -sí. Bueno. Recuerdo que la última semana, lo noté un poco pensativo. Esas últimas siete noches yo, antes de irme a dormir…quiero aclarar que yo vivía prácticamente en la casa de Don Tránsito. Tenía mi pieza en la planta de arriba.
(Misteriosa). Le decía que antes de irme a dormir abría despacito la puerta del dormitorio de Don Tránsito. No la abría del todo. Lo suficiente para meter mi cabeza y mirar si él estaba bien. Sin hacer nada de ruido, para no despertarlo. Lo hice las últimas siete noches.
Todavía recuerdo su rostro dormido. La luz que entraba por la puerta le daba justo en el ojo de vidrio. Él dormía siempre con ese ojo abierto. Miraba siempre al techo. Con la boca abierta. Parecía como si estuviera…Bueno, usted me entiende.

(Entrevistador afirma con la cabeza)

ÁNGELA (casi para sí): -Se me helaba la sangre. Y Ese ojo. Ese ojo como de buitre.

ENTREVISTADOR (algo ansioso):- ¿Y cómo fue el último día que estuvo con él?

ÁNGELA (tensa, haciendo memoria):-bueno, yo preparé el desayuno como siempre y se lo llevé a la cama y entonces ahí me di cuenta que no estaba. Lo busqué por toda la casa. En su estudio. El baño. El jardín. Pero no lo encontré por ningún lado. Llamé por teléfono a los vigiladores del country por si lo habían visto y me dijeron que no. Esperé un rato, por que no sabía que hacer. Entonces me decidí por llamar a la policía y en ese momento sonó el teléfono: era el vigilador de la entrada diciéndome que la policía venía para la casa. Yo no entendí en ese momento. Hasta que llegaron. Eran tres oficiales y uno me dijo que algunos vecinos habían oído un grito en esta casa. Por la noche. Y yo, la verdad que no oí nada. Los policías revisaron toda la casa y no encontraron nada, nada y después se fueron.
ENTREVISTADOR (interesado): ¿usted qué cree, Ángela, qué pudo suceder?

ÁNGELA (pensativa, mira alrededor): -yo, yo no sé.

(Ángela se altera)

ÁNGELA (tensa): - ¡ahí esta otra vez ese ruido! (se tapa los oídos).


ENTREVISTADOR (se preocupa y mira al operador, lo interroga con gestos):- ¿Qué ruido, Ángela? No se oye nada. ¿Se siente bien?

ÁNGELA (muy tensa, mira al rededor): - ¡sí, sí, me siento bien! ¡Pero ese ruido!: pun, pun. Pun, pun. ¿No lo oye?

ENTREVISTADOR (preocupado): -no Ángela, no se oye nada. Al lado hay un obra en construcción, quizás usted oye algo de ahí. Pero el estudio es a prueba de ruidos. (Pausa, reflexivo) usted tiene un oído muy fino si escucha esos sonidos. ¿He?

(Ángela ahora, mira al entrevistador).

ENTREVISTADOR (suspicaz): - ¿cómo no oyó aquella noche el grito, que sí oyeron los vecinos?
ÁNGELA (alterada, se inclina en la silla y mira a los ojos del entrevistador, lo asecha): - ¡sé lo que me está insinuando!

(El entrevistador se reclina en la silla y gesticula interrogativo al operador)

ÁNGELA (amenazadora):- ¡ése pun, pun, pun, usted también lo oye! ¡Es el corazón! ¡El maldito corazón del viejo!
ENTREVISTADOR (asustado, al operador):- ¡cortá! ¡Sacame del aire!

ÁNGELA (dominadora, al entrevistador):- ¡No, no me saques del aire! ¡Miserable! ¡No disimules más! ¡Sé para qué me trajiste! ¡Sí, yo, lo maté al viejo!
(Podría mirar a la platea) ¡Y lo enterré debajo de las tablas del piso! ¡Por eso no lo encontraron! ¡Yo lo maté! ¡Por que no soportaba su maldito ojo de buitre!