lunes, 2 de diciembre de 2019

El chico marciano.


El chico marciano.


  El chico marciano estaba parado junto a una pila de latas de aluminio cerca de la cinta transportadora y miró fijo al terrícola que salía del iglú. El terrícola le devolvió la mirada y pensó que le pedía una limosna. Recibió un billete de cinco mones, cantidad ínfima aunque suficiente para dos panchos, una gaseosa y un alfajor. El chico no se movió; con la apariencia de no darle importancia, guardó el billete en el bolsillo, el único sin agujeros, y antes de que el terrícola posara la bota en la cinta, el pequeño marciano, con una voz dolida pero segura preguntó: "¿Tenés latas?"


miércoles, 6 de noviembre de 2019

Oportunidad

Oportunidad

    "¿Querés una oportunidad?... Te la doy". Esas palabras me sonaron a música celestial, pero me giré para comprobar si no hablaba con otro. ¿Se dirigía realmente a mi? Perdoná, la escena transcurría en el despacho de mi nuevo jefe, el de la agencia de detectives. Yo, de pie, entre la puerta y su escritorio, muda, mientras él ordenaba unos papeles sin mirarme y yo pensaba que todo era una equivocación, no se por que. Sonó el teléfono y el colocó el auricular entre su cara y el hombro, continuando con los papeles. Las ideas se me cruzaban a mil por hora. ¿Quería darme una oportunidad a "mí"...? "Vení un momento, por favor", y yo "enseguida, señor". ¿Se había equivocado de extensión? Quizás. Era un tanto prematuro que siendo nueva me diese "una oportunidad", pero mi imaginación comenzó a volar. ¿Que qué esperaba? Un caso a lo FBI por supuesto, desde un asesinato múltiple hasta descubrir como la joven rubia platino se queda con los millones del  marido anciano, potentado impotente y penitente, con la ayuda del jardinero, que se la manduca no sólo en el huerto. ¡Qué sé yo! Me señala la silla mientras continuaba con el teléfono y los papeles. Estaba nerviosa y me senté pasando las palmas húmedas de las manos por mis pantalones nuevos. (Sí, unos marrones, no era cosa de comenzar un nuevo trabajo con mala imagen.) No me disperso, ¡sos vos la que preguntás! Sigo. Me dediqué a mirarme las uñas, luego los diplomas de las paredes y, finalmente, una foto de mujer —niños y perro incluidos— sobre el escritorio que, por algún motivo, el jefe guardó rápido en un cajón. ¿Pensará que soy chusma? Pues no lo soy aunque resulte inevitable quedarme con la imagen. De pronto deja el teléfono, acaba con los papeles, se reclina sobre su silla cruzándose de brazos mientras dice: "Te hice una pregunta". La respuesta fue una larga frase sin puntos ni comas acerca de "por supuesto todo lo que sea para eso estoy aquí con la mayor ilusión lo que me pida aunque pensé que sigo siendo nueva pero póngame a prueba yo ...". Qué vergüenza, por Dios. Me hubiese gustado escuchar, como en los set de cine, "¡corten! y repetir la escena desde el comienzo, diciendo lo justo, con seguridad y aplomo. Pero quien tenía que cortarla era yo. Me callé y esperé. Al rato iba camino de la calle y si bien la misión que me encomendaba era pura rutina para mis compañeros (que me deseaban buena suerte y aplaudían con exageración), para mí era excitante. Llegué a la cafetería indicada y me senté junto a la ventana. "Me traés fotos de todos los que entren y salgan de ese edificio -había dicho el jefe, dándome la dirección e indicándome la cafetería- hasta las 7 de la tarde". Pregunté que debía buscar pero no contestó. "Andá, llevate una cámara y a la calle. Suerte."
     No le quité ojo a la entrada intentando imaginarme que de allí podría salir desde el mismísimo Bin Laden hasta un espía ruso y vaya a saber cuántas posibilidades más que, por supuesto, me llevarían a la gloria... Comencé a sacar fotos poco emocionantes de una señora mayor con el changuito de las compras; del portero, con el mayor número de apariciones; una madre llevando a los niños al cole, trayéndolos de regreso, etc. En síntesis: salvo que el portero o un plomero que llegó justo mientras me comía una medialuna disimularan sus roles, todo era más que soso tirando a intrascendente. Hasta que salió una pareja. El franeleo fue de película, largo, intenso, como si estuvieran completamente solos inventando el amor. No podía dejar de sacar una foto tras otra y al mismo tiempo me sentía obscena. Cuando por fin se despegaron, ella se dio la vuelta y vi su rostro. Me llevó unos segundos reconocerla porque estaba sin niños ni perro, pero era ella.
   Al día siguiente el jefe me preguntó si eso era todo mientras pasaba sin mirar las fotos de portero, plomero y señoras varias. Le contesté que sí. Buen trabajo, asintió con una sonrisa. Oí un suspiro al salir del despacho, mientras abría el cajón y sacaba algo que seguramente volvía a ocupar un lugar sobre el escritorio.


domingo, 13 de octubre de 2019

Microprocesador.

Microprocesador.

Derretí la manteca con el chocolate en el microondas.
El que me derrite sos vos, bombón.
Yani, no te distraigas. Mezclá los huevos con el azúcar blanca y con la negra, sin batir.
Ok.
Fusioná ambas preparaciones...
¡Fusioná! ¡guau! ¿Sos un físico o un cocinero?
Por favor, Yani, dejáme continuar.
Sí, dale.
Agregá la harina tamizada.
¿Y si no la tamizo?
Se formarán grumos. Ahora volcá el contenido en un molde untado con manteca y llevá a un horno medio.
Y un horno medio ¿es?
180 grados centígrados.
Ajá.
Cociná durante 25 minutos.
25 minutos, bien. Y mientras se cocina ¿qué hacemos?
Dejá enfriar...
Yo voy a seguir a 180 grados...
Yani, por favor. Luego colocá la preparación en una procesadora con el ron.
No tengo ron. ¿qué tal oporto?
Se altera la receta original.
No me importa. Ahí van dos vasos... mejor cuatro; que tal.
Como desees. Procesá hasta que se forme una masa uniforme.
¡Vos sos una masa uniforme!
Por último, formá bolitas y pasálas por cristales de azúcar.

¡A tus bolitas las voy a pasar por cristales de azúcar!


lunes, 7 de octubre de 2019

Pronóstico

Pronóstico.

    La tarde daba para caminar, era viernes y quería pensar qué hacer con mi tiempo libre. Así que decidí dar una vuelta por el barrio antes de encerrarme en mi departamento.

Plin, plum, plaf.
—¿Ya estás acá?
—Es el momento propicio para que comiences a aprender otro idioma, Laia.
—¿Y quién te pidió concejos? borráte.
—Es algo que siempre soñaste hacer, así que dale para adelante.
—¡No me alientes! ¡Odio eso!  Rajá, No te necesito.
—Andá a un boliche con tus amigas, Laia. El Sol dice que van a bailar hasta el amanecer.
—Quiero caminar estas cuadras a solas. Desconectate, por favor o te desintegro.
Plaf, plum, plin.
—Bien.
Plin, plum, plaf.
—¡Oh, no! ¡Otra vez!
—Tomá las riendas, Laia y planificá una salida con tu pareja.
—¡¿Eh?! ¡¿Qué decís?!
—Bruno estuvo tan ocupado que, a pesar de sus ganas, no tuvo tiempo de organizar ningún plan de a dos.
—¡Encima lo defendés! ¡Qué sabés vos de ése, plasma descerebrado! ¡Hace una semana que no le hablo! ¡Seguro que ya se transa a otra! Te desintegro ya, plástico de mierda...
—No no. Plaf, plum, plin.
—Ah. Sabés donde te aprieta el zapato ¿no?

    Hubiese caminado unas cuadras más, pero el plástico me cagó la tarde. Así que pegué la vuelta. ¿Por qué carajo lo aguanto todavía?


miércoles, 11 de septiembre de 2019

Primero del lado del hueso


Primero del lado del hueso

(Nahuel Delgado, autor de este relato, tuvo el gesto grato de ofrecerlo a este blog. Muchas gracias).

El asado está a punto. Tiene una pinta bárbara. El paisano será un hijo de puta, pero se manda unos terribles. Como mierda lo hace, ni idea. Pero esta carne es lo mejor que comí en mi perra vida. ¿O no gorda que esta buenísimo esto? Genial. Che gorda, ¿y el mocoso donde está? Ese pelotudo vaguea todo el día, andá a saber a que hora llegó y a que carajo de hora se levanta. Lo que se pierde el salame ese. Pero volviendo al paisano, ahí lo tenés, echo mierda. Se agacha a filetear y parece que no se levanta nunca más. Ya esta viejo. Hasta acá llegaste. Mira paisanito, viene complicada la cosa. Si, ya se que fueron treinta años. Si ya se que fuiste uno de los primeros y que le ayudaste a levantar todo esto a mi viejo. Pero mi viejo fue mi viejo y yo soy yo. Además no te hagás el gil que ya te lo venias venir. Hace unos año que a penas te movés. Sacando estos asados que te mandás, durante la semana te rascás las bolas a quince manos. No, no me hagas el número de las lágrimas. Gorda vos no te metas que de negocios no sabés un carajo. Al final, que gaucho no se que, que gaucho que saca pecho y ahora andás mariconeando. Tuviste tiempo como para buscarte otra cosa. Pero no, te digo que no es nada personal. Ya está paisano. No, esperá, no te vayas así enojado. Ni siquiera probaste la carne. Dale, vení, sentate, nos tomamos un vinito por los viejos tiempo. Estás emputecido, eh. ¿Qué ya voy a ver? ¿Me estás amenazando paisano? ¿A mi? Hijo de remil puta, pero si sos un vagabundo de cuarta. Mirá ¿sabés qué? andate. No te quiero ver más por acá. Sos un viejo choto. Te tendría que haber sacado a patadas en el culo hace un par de años. Si, si. Bla, bla. Agarra las porquerías que te quedan y levantá campamento. Andate a la mierda.
Gorda no me mires así. Qué me iba a imaginar que se iba a calentar de esta manera. Uno le da de comer y salta como leche hervida. ¿Venganza? No gorda, a este no le da el bocho como para planear algo. Es una mierda desagradecida. Es más, lo tendría que haber ubicado de un saque. No lo cagué a palos por que el asado está genial.
Che, Gorda ¿hace cuánto no ves al pibe? ¿Dos días? Que raro. Que va a ser, ese pelotudo se lo pierde. Qué bueno que está esto la puta madre.

Ahora del lado de la carne

Che, que cagada Benítez.
Usted por que no vio a la familia, comisario: estaban echos mierda.
Me imagino, cuanto morbo Benítez, y esto recién empieza, ahora viene todo el papeleo, toda la cagada de los medios, que los fiscales, que lo otro, esto va para atrás, vos le tomaste la denuncia?
Yo en persona comisario, como es domingo no había nadie más.
Oh pobre familia, no pegan una, bue, a ver, léeme esa porquería que redactaste, pero lee bien hijo de puta.
Quédese tranquilo comisario, que me salio alta joya.


En la comisaría octava de la ciudad de Ayacucho, dependiente de la dirección general de la policía de la provincia de Buenos Aires. A los veinticinco días del mes de marzo del año dos mil uno, siendo la hora 21.45 se hace comparecer a despacho un N.N quien manifiesta deseo de radicar un escrito y al ser interrogado por sus datos de identidad personal dijo llamarse “Rogelio Juan de la Olla” de Nacionalidad Argentino, de 56 años de edad, estado civil casado, con instrucción, terrateniente, domiciliado en Estancia “La esperanza” Nº 4317, titular del DNI “13.949.798”, identidad que acredita con juramento de ley. Seguidamente abierto el acto, en uso de la palabra expone: que viene a poner en conocimiento ante esta instancia policial, que en el día de la fecha, al encontrarse dentro de su vivienda, siendo las 20:15 escucha en el exterior una voz de alerta; al salir toma conocimiento a través de uno de sus peones acerca del hallazgo de restos de apariencia humana y en sus inmediaciones prendas de vestir, las cuales Rogelio pudo identificar como pertenecientes a su hijo Marcos Juan de la Olla, de 23 años, DNI “35.444.909” cuyo paradero se encontraba en situación desconocida por parte de sus progenitores, quienes lo creían ausente del ámbito familiar por cuestiones recreativas y de ocio. Agrega Rogelio que en situación de conmoción total y siguiendo la pista de miembros amputados, culmina el seguimiento en la parrilla ubicada en el jardín de la Estancia, donde dos tiras de carnes ya frías, al igual que las brasas, aguardaban sobrantes del asado dominguero. En un estado de emoción alterada, corriese Rogelio al baño, pero la incontinencia del contexto y la ausencia de control total sobre su esfínter esofágico superior, produjeron un desbordamiento gástrico y la consecuente regurgitación de trocitos de su primogénito, entre ensalada de repollo y rabanitos semi-digeridos. Poniendo al corriente de la tragedia a su esposa, Patricia Noemí Viveros, DNI 16.134.229, Alias “La gorda”, deciden comparecer y radicar la presente para dejar constancia de lo sucedido, a la vez que incriminan al presunto sospechoso, Walter Jacinto Gómez, DNI desconocido, Alias “El paisano” o “el paisanito”, autor material, intelectual y gastronómico del asado del mediodía, y actualmente de paradero desconocido.
Preguntado Rogelio si puede establecer el motivo por el cual Walter “el paisanito” Gómez, habría procedido de tal manera, responde que desconoce el por que de su actuación, según su testimonio, el “Paisano” era buena gente y ese mediodía luego de oficiar de asador se retiro pacíficamente sin probar bocado, alegando otro compromiso. Agrega Rogelio que esa misma tarde tenía pensado notificar al Paisano su ascenso a capataz general, en reconocimiento a tantos años de fiel trabajo.
No siendo para mas, se da por finalizado el presente acto, previa integra lectura del compareciente quien para constancia legal lee, se ratifica y firma al pie por ante mi que certifico.
Se instruye sumario judicial nº 78/07 caratulado “homicidio” con intervención de juzgado de instrucción Nº 3, secretaria Nº 5 de la cuarta circunscripción judicial de la provincia de buenos aires.
Se expide el presente a solicitud de parte interesada para los fines que estime conveniente.


domingo, 4 de agosto de 2019

Los anteojos están en la heladera

 Los anteojos están en la heladera

En Barrio Marítimo, la tarde de enero calma el vértigo del día. Aunque en aquel tercer piso, cercano a la rotonda, las cosas se resisten a abandonar su arrebato.
La figura desgarbada del joven José Quevedo, pronto a cumplir los veinte, se hunde en el sillón, allí junto a la ventana del comedor. La melena ensortijada y pelirroja enmarca su cara extensa, de nariz recta y puntiaguda, mentón prominente y hay dos ojos pequeños escondidos debajo de algunos rulos que le cubren la frente. Una remera verde, que exhibe 'Led Zeppelin' y empapada en sudor, le cubre las costillas. El vaquero gastado, que desflecó hasta las rodillas, deja ver sus piernas huesudas y cubiertas de pelos. Junto a sus pies descalzos reposan las ojotas, sucias y desinfladas que le regaló la abuela varios veranos atrás.
La brisa que entra por la ventana agitaría las cortinas, si José no las hubiese descolgado. Así como ha descolgado los cuadros de la pared, revoleado los almohadones del sofá, deshecho el árbol navideño, crucificado su pesebre, amontonado las sillas, desmontado la tapa del televisor, roto el jarrón con las margaritas, vaciado los cajones y alacenas del modular, atestado la mesa con diarios y revistas, la Gente y el Popular, la Pelo y el Gráfico, el Winco, la Anteojito, los tomos de la Quillet, el Topo Gigo, pantallas y muñecas, almanaques y servilletas, revestido el piso con tapas de discos, más tomos de la Quillet, los discos, el frasco de Hepatalgina, la portátil la brújula, portaretratos zapatos zapatillas cartas canastos servilletas manteles paquetes de harina bolsas de arroz las bolitas de la lotería ruleros tijeras el sacacorchos tarteras caracoles el cortaplumas escarbadientes sacapuntas portalámparas busca polo el abrelatas pisapapeles y adaptadores. José hincha sus pulmones y exhala un suspiro anémico.
En la penumbra de ese comedor desbastado, como si el lugar hubiera sido el epicentro de algún terremoto, el muchacho se hunde aún más en el sillón y deja que la mejilla se encuentre con la mano izquierda, mientras que con los dedos de la otra tamborilea en el apoyabrazos. El sismo también se registró en las otras habitaciones: los dormitorios, el baño y la cocina. Por más de dos horas, José Quevedo ha revuelto cielo, tierra; mares y montañas y no ha encontrado los anteojos de la abuela. Ha maldecido en baja y alta voz el reclamo telefónico de aquella: 'encuentra esos anteojos'. Los dedos de las manos, ahora se enredan en los bucles escarlatas de su cabellera y sus ojitos insisten en recorrer el desastre. El índice juega en la punta filosa de su nariz, mientras su cara larguirucha se derrite como una vela: su abuela regresará por la mañana, tendrá que hallarlos para entonces y de alguna manera reacomodar el departamento derruido.
Las sombras de la noche ya han alcanzado a los monoblock del barrio y José, abatido, trata de emerger del sillón apoyando las manos en los muslos para lograr lentamente erguirse. Se calza las ojotas y trata de encontrar huecos para sus pasos en el caos del piso. Alcanza el interruptor de la luz y el comedor se ilumina, José Quevedo gira, mientras lanza un nuevo suspiro y deja que sus brazos le cuelguen a los lados. Devuelta a revisar, devuelta a la búsqueda devastadora, es el panorama desalentador que se le presenta al sofocado y joven José.
Con marcha resignada le da la espalda al comedor y transpone la arcada hacia la cocina donde la hecatombe no difiere de la anterior. Sortea la barricada de sillas y mesa que ha construido durante la búsqueda desesperada e infructuosa de los anteojos. La lánguida luz llega hasta allí y decide no accionar la llave. Bajo sus pies crujen restos de vajilla y a trompicones, aplastando cuchillos y tenedores, consigue asir la manija de la heladera. La puerta se abre perezosa y la pálida lamparita del interior agrega dramatismo al escenario bélico de la cocina.

José Quevedo retira una lata de cerveza. Pero no la abre. Sus ojos se le desorbitan y la mandíbula se le cae.