domingo, 10 de marzo de 2019
parabrisas
Parabrisas.
La
autopista está jodida. Una tarde nublada y con llovizna, como a vos
te gusta, pero más despacio Mica, que el auto es nuevo. Que tal si
subís el aire, estás traspirando. Parabrisas. Tac, toc. tac, toc.
Aún sos joven. Una periodista joven. Veinticinco no son muchos. No
empezaste por dónde querías, pero la ciencia no está mal. Lo otro
vendrá a su tiempo. Además, hace un año que trabajás y ¡ya
cambiaste el auto!: un Toyota Corolla azul y según el tarado que te
lo vendió 'el único azul rayo, con vidrio polarizado'; para chapar
sin que te vean, ja. Tomalo con soda, Mica. No es la entrevista que
soñabas, pero es una entrevista y debés exigirte como una
profesional. Bien. Oigamos que más dice este gordito
pelado...Enrique..., Enrique..., Moreno, clic: el simulador cuántico
permite estudiar viajes en el tiempo, crear partículas más veloces
que la luz, abrir la puerta a más dimensiones y, en definitiva,
romper las normas más fundamentales de la física. Sí, interesante,
Enrique, clic. Pero, ¿Qué te pregunto? Debo comenzar con una
pregunta abierta. Por ejemplo..., cuándo surgió la idea...no,
mejor: ¿qué lo impulsó a formar el grupo de Tecnologías Cuánticas
que usted preside? y luego una pregunta puntual: ¿puede la
naturaleza imitar procesos que la propia naturaleza prohíbe? así te
doy pié para que digas que sí y te acomodes los anteojos. Ja. Bien.
Te oigo, clic. Por inverosímil que parezca, el equipo ha demostrado
que la naturaleza puede imitar procesos que la propia naturaleza
prohíbe. Y por esotérico que esto pueda sonar, este tipo de
simulaciones cuánticas abren la puerta a aplicaciones muy reales,
como acelerar la creación de computadores millones de veces más
potentes que el mayor de los supercomputadores actuales o diseñar
moléculas que no existen en la naturaleza y usarlas como nuevos
fármacos. Clic, y seguro que te das con esos 'nuevos fármacos',
gordo...¡¿Y ese Toyota?! ¡Carajo! ¡Pero si me dijo que el único
azul rayo, era el mío! ¡Qué hace ese ahí! ¡Y con polarizados!
¡vendedor de mierda! ¡iba en dirección contraria, sino lo hubiera
seguido! ¡Le sacaba una foto y se la llevaba a ese chamuyero! ¡el
tarado que lo manejaba se olvidó de quitar el guiño! ¡Ojalá se
quede sin batería! Lo que conseguimos fue el equivalente a meter un
gol antes de patear la pelota...¡callate..., Moreno! clic, o ¡¿cómo
te llamés?! tranquila, Mica. Ya estás por llegar al edificio. Diez
pisos de cristal: transparencia por arriba, aunque por abajo, en lo
profundo, oculto, el superordenador cuántico más poderoso
¿construido? hasta hoy. Arreglate las mechas un poco. Lo demás esta
bien: el pelado de anteojos no te va a invitar a tomar un café.
Carajo, tengo los sobacos empapados. me pongo nerviosa al pedo. Soy
una boluda. Calmate; ahí está el portón de entrada. Parabrisas,
frená y bajá la ventanilla. Hola. Soy Micaela Toledo, de
'Actualidad Científica'. Venía por la entrevista al profesor
Enrique Moreno. Buenas tardes, señorita. Permítame que le escanee
el rostro. Claro. Bien, adelante. Siga recto y cuando el camino se
divide, tome el de la derecha, allí está el estacionamiento.
Respirá profundo. Relajate. Relajate...pero... si... ¡me dijo que
el camino se dividía! ¡Me cago en su escáner! ¡Hay un solo
camino! y es para la...¡izquierda! ¡Tarado! Ya. Vamos, Mica.
Calmate. Respirá. Exhalá. Bien, bien. Allí está la playa, con los
autitos en fila, ordenados. Llevá el Toyota despacio hasta allí, y
lo estacionás...mirá, ese tipo te avisa que está por salir.
Agradecele con una sonrisa. ¡No! ¡No puede ser! ¡Pelado; con
anteojos...¡¿Enrique Moreno?! ¡El profesor! ¡El gordo! ¡Se acaba
de ir! ¡¿Y mi entrevista?! ¡Mierda! No. Tranquila, Mica. No era
él. Cerrá la ventanilla, no te olvidés ni del saco, ni de la
cartera. Ahora bajate del auto. Solo respirá. Mirate en el
polarizado. ¡Me dijo que era el único azul! ¡Vendedor de mierda!
Acomodate la hebilla y el rodete. Ponete el saco, así tapás las
axilas que están un asco. Estirate la pollera. Mirate de costado:
está bien, no te marca el culo, parecés una científica. Cartera en
mano y andá no más, Mica que ese no era Enrique, se parecía, nada
más. ¿Ves? Se oye su voz. Acercate a la entrada. Subí los
escalones. Allí está, dando una charla a un grupo
de...¿periodistas? Buenas tardes señorita. Buenas tardes, y este
botones cinco estrellas ¿quién es? Permítame que le adhiera en la
solapa esta tarjeta y luego puede pasar. Pero yo venía para una
entrevista con el profesor. Una entrevista a solas. Sí, comprendo.
Pero hubo un contratiempo inesperado en el instituto y se
suspendieron las actividades y en su lugar se convocó a esta
conferencia de prensa. ¿Conferencia de prensa? Sí, adelante,
todavía hay ubicaciones. En nuestro equipo nos hicimos esta
pregunta: ¿sería posible que la naturaleza pudiera imitar cosas que
contradigan sus propias leyes? La respuesta...Sentate Mica, tomalo
con soda y disfrutá del espectáculo... es que sí. La naturaleza
puede imitar cosas imposibles. ¿Contratiempo inesperado? ¿Qué
pasó, Enrique? ¿Qué cagada se mandaron? ¿Vas a hablar de eso? La
física cuántica promulga que una partícula puede estar en dos
sitios a la vez, y que, por lo tanto, pueda teletransportarse. En
este mundo cuántico se espera encontrar gran parte de las
tecnologías del mañana, nuevos materiales, moléculas,
fármacos...sí, la pastilla que te tomaste antes de la charla, por
ejemplo. ¿Que hicieron, Moreno? ¿Con qué se toparon? ¿Qué les
salió mal? o ¿demasiado bien? El problema es que, en este mundo
cuántico, un solo átomo de hidrógeno, el elemento más simple que
existe, tiene un número de variantes infinitas. Esto hace que sea
imposible estudiarlas todas a la vez. Ahora, imaginen que una
molécula está hecha de cien átomos, cada uno con sus variantes, y
confronte la realidad: es imposible. Ahí es donde entra la
simulación cuántica. Esta técnica permite crear sistemas hechos de
iones o fotones que, gracias a las propias leyes de la física
cuántica, imitan el comportamiento de esas moléculas imposibles de
estudiar de forma directa. Ajá. ¿Entonces? ¿Hicieron las
simulaciones? ¿Con el nuevo supercomputador cuántico? ¡Qué ya lo
tienen! ¿no? y ¿Qué pasó, Enrique? ¿Las simulaciones cobraron
vida? o ¿qué? Al pelado le hablaron por el audífono y se acomodó
los anteojos. Cagamos. Disculpen, damas y caballeros. Debemos
suspender la conferencia...¡Andate a la mierda! ¡Gordo paranoico!
¡Enrique Moreno, me debés la entrevista! aquí hay una noticia,
Mica. tu olfato periodístico te lo dice y puede ser tu...Bueno, pero
ahora mejor tomatelá, mujer; soldado que huye...ha disfrutar de esta
tarde nublada y con llovizna. La tarjeta entréguela a la salida, en
el portón. Sí claro. Me contuve de preguntarle al botones qué me
iban a escanear esta vez, me estiré la pollera y bajé los
escalones...¡No! ¡Carajo! ¡Estoy segura que era a la izquierda!
¿Por qué ahora los autitos están...? ¡a la derecha! ¡Mierda!
Tranquila, Mica. No te olvidés de la tarde gris. Son las que a vos
te agradan, a disfrutarla. Entrá al auto, dale. Sacate el saco, tirá
la cartera y arribederchi. Ahí está el portón y el mismo pelotudo
con el escáner, solo bajá el vidrio, sonreíle y dale la tarjeta.
Chau. Ahora andá despacio. No te olvidés de la llovizna. Ahí está
la colectora. ¿Y este tac, tac? ¿Los parabrisas? Si no los
encendí. ¿Entonces? Ah, el guiño. ¿Y por qué no se apaga?
Espero que no me agote la batería. Bueno, ya tengo un motivo para
visitar la concesionaria y hablar cara a cara con ese vendedor
chapucero.
domingo, 10 de febrero de 2019
EL CHEQUEO
El
Chequeo.
La
muchacha gritó ante las fauces de la bestia y el joven le ordenó a
la chica que corriera, para que el animal avanzara hacia él: sólo
así, de cerca, horadaría la caparazón. Ante el monstruo, el joven
dudó de esa estrategia, pero disidido, cargó el arma, apuntó,
disparó y aquel engendro se desmoronó a sus pies. Entonces la
muchacha tomó la mano del joven y reconoció que le había salvado
la vida y se ofrecía para agradecerle cuando la escena se disfumó.
Mientras
tanto, en el laboratorio, supervisaban el experimento un científico
en jefe y su colaboradora. Ambos flanqueaban la mesa sobre la cual
descansaba el cuerpo del aspirante, quien permanecía inconsciente.
La asistente leía los datos en la computadora y valorizaba la
aptitud del postulante ante las situaciones inesperadas. A
continuación, el científico propuso medir el índice de patriotismo
del candidato y ordenó a su asistente que reanudara la activación.
Una
nueva escena se materializó en la mente del joven y ahora pilotaba
una astronave de combate. Oyó, en el auricular de su casco, la orden
de impactar su astronave contra el misil termonuclear que se acercaba
a la Tierra. El piloto no lo dudó y dio, así, su vida por la
patria.
La
asistente puntualizaba en diez el heroísmo del paciente y el
científico en jefe, que compartía la opinión de su colaboradora,
ordenó la conexión de los sensores al cráneo del postulante, para
realizar de esta manera, la última prueba.
El
aspirante despertó en el interior de una estación espacial, donde
se lamentaba de su permanencia de un año en completo aislamiento y
sin esperanza alguna de que lo rescataran. Fue entonces que
comenzaron las visiones. Primero la de su madre muerta; luego la de
su padre que le reprochaba la vanidad y el abandono. También surgió
la imagen de su esposa, traicionándolo con su mejor amigo;
recriminándole que no necesitaba un héroe, sino un hombre. Todas
estas pesadillas sumieron al joven aspirante en la desesperación.
Sin nadie que lo oyera en aquella estación deshabitada, no dejaba de
repetirse que era un idiota. Se lo recriminó una y otra vez, hasta
que su desorden mental lo obligó a gritar y gritó, para que su
grito se perdiera en las oquedades de la estación orbital. Gritó,
para que su grito regresara a la mesa del laboratorio.
La
pareja de legos guardó silencio, hasta que el candidato dejó de
gritar. La asistente se lamentaba, mientras contemplaba la pantalla
de la computadora, de que el joven no sirviera para el cargo. A su
espalda, el científico en jefe ratificaba lo dicho por su asistente
y agregaba la flaqueza del candidato para superar el miedo a la
soledad, sumado a que los fantasmas lo obligarían a claudicar.
Horas
después, la auxiliar se apersonaba en la sala de espera e invitaba,
al siguiente postulante, entrar al laboratorio.
domingo, 6 de enero de 2019
INSTRUMENTO
Instrumento.
La historia es breve y es la historia del joven LI-309-A. Comenzó cuando LI esperaba en el astropuerto, sentado sobre la tapa de un baúl y sosteniendo con las dos manos una tasa de café, escuchaba al andro-lagarto que se paraba junto a él:
-Ciudadano LI-309-A, tenga la bondad de acompañarme. Se le requiere de inmediato en el Centro de Planificación y Proyectos.
Bien, en ese centro, el pobre LI fue obligado a recostarse en una camilla, y en esa camilla, fue introducido a un meca-quirófano. Allí, desde los ventanales superiores, jóvenes entusiastas observaban a la cirujana droide, seleccionar el instrumental adecuado para la intervención: bisturís, tijeras, llaves hexagonales, destornilladores y una copiosa variedad de bios-circuitos. Junto a la ciber-cirujana se erguía el robot ayudante que con sus brazos multifuncionales, realizaba cortes de precisión en la anatomía de LI. La operación duró más de lo previsto, porque hubo algunos contratiempos, aunque fueron sorteados con maestría por la cirujana-sintética y su diestro robot ayudante.
Horas más tarde, en el área de levitación, dónde las personas- embutidas en un esferotraje- experimentan la ingravidez para su descanso, un enviado, como iba diciendo, montado en una aeromoto se acercó a una pelirroja envuelta en su globo flotador.
-Buen día -saludó el enviado- ¿es usted el complemento Amoroso Temporal del ciudadano LI-309-A?
-En efecto -contestó la muchacha, sorprendida.
-Siento interrumpir su relax levitacional, pero debe acompañarme al C.P.P, es una orden de la oficialidad.
-¡Al C.P.P! -el resto de los levitantes fijaron las miradas en la pelirroja.
Cuando llegó al C.P.P, escoltada por un droide, la joven angustiada se apretaba las manos delante de su pecho, como rogando. Lucía un largo vestido negro con grabados geométricos verdes.
-SIR -el droide comenzó su parloteo gangoso-, el Complemento Amoroso Temporal del ciudadano LI-309-A ha hecho acto de presencia de acuerdo con la solicitud cursada # 3...A...6B...
-¿Dónde está Li? interrumpió la muchacha al droide ¡Quiero verlo ahora! -gritó nerviosa. Todos en el recinto interrumpieron sus actividades para mirarla. Incluido el SIR.
-No se excite, querida -le habló el SIR, un gordo cuarentón con muchas condecoraciones-. Haga el favor de aproximarse, señora. La oficialidad le debe una explicación por todo lo ocurrido.
El SIR contempló a la muchacha pararse ante él.
-Me temo que no sea aconsejable que vea a su compañero -la joven, de menor estatura que el gordo, reclinó la cabeza para mirarlo en los ojos-. Le aseguro que no lo reconocería. Hemos realizado en él un proceso de conversión físico-psíquica, encaminado a verificar una importante misión exterior.
-Entonces, ¿no volveré a verlo nunca?
-Lamentablemente no. Pero no se apure. Hay millones de hombres que sucumbiría a sus encantos.
Luego de oír esto, la muchacha le dio la espalda al SIR.
-Pues claro -continuó el gordo-. Verá. Existe un planeta llamado Tierra que controlamos desde que la vida inteligente surgió en él. Pues bien. Su nivel demográfico asciende de forma alarmante y hemos de hacer algo para aliviar el crecimiento de la población: LI es el instrumento.
La muchacha se volvió a girar y miró al SIR que le daba el perfil y continuaba con la explicación:
-Ha sido transformado en un joven terrestre a quién ha suplantado y que con el tiempo nos resolverá el problema. Por supuesto el terrestre goza de una maravillosa vida en paraíso dos, ajeno a todo lo que ocurre.
-Una última curiosidad, SIR -se animó la muchacha a preguntar- ¿Cómo se llama ahora LI en la Tierra?
miércoles, 12 de diciembre de 2018
sábado, 10 de noviembre de 2018
EL ÚLTIMO
EL ÚLTIMO.
El cráter dominaba el paisaje; de sus laderas asomaban restos de edificios y en las proximidades a uno de ellos, androides arqueólogos cavaban indiferentes al azote del viento. Los robots hundían sus palas y picas a la luz del cielo plomizo, que no alcanzaba para que sus cuerpos metálicos brillaran.
H.O.R. dejó de cavar y extrajo de una mochila un medidor de radiación: su cerebro positrónico experimentó algo parecido a una emoción intensa.
—Este espacio está libre de radiactividad, máster— le comunicó al jefe, el jefe, al que denominaban máster, se trataba de otro androide que seguía las acciones desde un búnker lejano, a través de una pantalla. Todos los autómatas emitían vídeo y audio al búnker central.
—Imposible —contestó el jefe—, es el centro del último estallido atómico.
—El contador está bien —afirmó H.O.R, que se había apartado del grupo que cavaba—, apenas me alejo —agregó—, vuelve a señalar niveles altos de radiación; algo impidió que este punto se contaminara.
H.O.R regresó junto a los androides que ya habían logrado un pozo lo suficientemente profundo como para que sólo asomaran sus torsos.
H.O.R lucía atlético, brazos largos y manos ágiles. Muslos y pantorrillas largos que sugerían una carrera veloz. Dos placas hexagonales en el frente y dos triangulares a la espalda, definían el tórax. Su cráneo, quizás lo menos humano, podía compararse con la proa de un acorazado: el tabique nasal era la quilla, que se estiraba desde su frente hasta la punta del mentón y sus ojos, los agujeros por donde se arroja el ancla. No había diferencia con los demás androides, salvo sus iniciales en el pectoral izquierdo. Todos pertenecían a la serie cinco, de cerebros positrónicos muy especializados.
Los androides dejaron de cavar, se había derrumbado uno de los lados del poso que dejó al descubierto una pared. H.O.R les ordenó que la perforaran. En minutos la pared cedió y luego que se disipó el polvo, los arqueólogos mecánicos miraron al interior: se trataba de una cámara de unos dos metros de lado, posiblemente la antesala a un refugio nuclear. H.O.R y los otros, una vez dentro, contemplaron el muro a la izquierda, porque allí se instalaba una poderosa puerta metálica de dos hojas. El mecanismo de abertura no funcionaba, así que, los androides se disponían a derrumbarla. El máster continuaba observando las acciones desde la pantalla, allá, en el búnker.
—Con cuidado, detrás de esas puertas puede haber objetos de la antigüedad —todos los androides escucharon la voz del máster en sus comunicadores.
Dos de los androides hablaron en voz baja.
—¿Creen que tal vez haya humanos?
—¡Vamos, L.M.S! ¡No fantasees! ¡Si el máster se entera, te acondicionará el cerebro! ¡Los humanos son un mito del pasado!
H.O.R escuchó el cuchicheo de los robots y vertió su opinión:
—Pienso que el hombre existió alguna vez. Miles de años en el pasado.
—¡Por el Gran Creador! —exclamó el androide incrédulo—. ¡Eso es blasfemia!
En ese momento, sin que los androides lo advirtieran, la puerta metálica se habría y con la velocidad del rayo, un estoque emergió del otro lado que apenas H.O.R pudo esquivar.
El imprevisto fue registrado por el máster.
—¡Entren de una vez! —arengó el máster a los arqueólogos—. Quizás un robot primitivo lo accionó desde el interior.
La puerta terminó de descorrerse y los androides miraron dentro y experimentaron algo así como el asombro.
—¡Cierto! —gritó H.O.R— ¡Lo hallamos! ¡El protorobot! ¡El eslabón perdido entre la máquina irracional y el robot pensante! ¡Lo hallamos!
Los autómatas balanceaban sus cuerpos como respuesta al gran descubrimiento: sentado a los comandos de un brazo robótico que aún esgrimía la lanza amenazadora, un humanoide, de diseño primitivo, observaba con ojos inexpresivos a los arqueólogos metálicos.
El lugar permanecía en penumbras y hedía a alcohol.
—Barnaby —una voz áspera y cansada se oyó— tráeme otra botella, esta se acabó demasiado pronto. La voz había surgido detrás de la cama que se hallaba a la derecha del arcaico robot.
H.O.R no se detuvo a escudriñar al autómata, que permanecía sentado al brazo mecánico, y sus pasos cautelosos lo condujeron tras aquella voz.
—¡La voz habla nuestro propio lenguaje! —dijo H.O.R que se detuvo junto a la cama—. ¡Salga, somos amigos!
Un anciano con una botella de whisky en la mano, se incorporó del lado opuesto con dificultad y permaneció sentado en el piso, acodado sobre la cama.
—¡Barnaby! —llamó, el anciano—. ¡Veo visiones! ¡Hay un grupo de congéneres tuyos en el nido!
Desde el búnker, atento a los sucesos en la pantalla, el máster se inquietaba ante los controles.
—¡Un hombre! —exclamó—. ¡Después de temerle por tanto tiempo! ¡Un hombre! vivo y pensante.
El máster era incapaz de emociones violentas, su lógica perfecta se lo impedía, aunque en su evolucionado cerebro positrónico, surgía algo inestable que perturbaba aquella lógica y que él no se podía explicar.
—¡Maldito sea! —vociferó finalmente, el máster.
Mientras tanto, en el refugio nuclear, el anciano se había incorporado. Permanecía parado en el centro de la sala sobre sus pies descalzos; cubría su cuerpo, enclenque y huesudo, con una camisa tan sucia y raída como su pantalón. No había cabellos en su cráneo, pero sí colgaba una frondosa barba blanca desde su mentón. Los androides arqueólogos lo escudriñaban.
—Entonces no son una visión —tartamudeó el viejo.
—No. Somos robots de metal y plástico —le afirmaba uno de ellos, que se atrevió a tomarlo de la mano—. ¿Qué plástico es el tuyo? Es más flexible que el nuestro —Preguntó el androide curioso.
—¡Quita tus sucios tornillos de mi cuerpo! —gritó el hombre mientras alejaba su mano del robot.
—¡No soy de plástico! —comenzó a gritar el anciano que elevaba su mirada al techo—. ¡Soy un hombre! ¡Soy de carne y hueso! ¡Yo soy el que los creó a ustedes; a sus antepasados! y fui yo quién empezó todo este horror.
En el refugio sólo se oía la respiración del anciano.
¿Dios no hay castigo que termine? —continuó—. ¡No tengo valor para matarme! ¡No puedo morir de una vez!
El anciano posó su mirada gris en los ojos del androide al que había despechado.
—¿Sabes qué edad tengo, monstruo de lata?
—No sé que es 'edad' —contestó el androide.
—Ya pasé los ciento cincuenta años. Yo construí las bombas-robots que asolaron el planeta. Yo inventé los cerebros positrónicos que mataron a la humanidad y sobreviví, sí, sobreviví gracias al suero de longevidad que también inventé.
Los androides atendían la arenga del anciano que, ahora con los brazos extendidos giraba sobre sus pies.
—Sobreviví en este nido anti-radiactivo con alimentos y cientos de botellas de whisky para conservar mi borrachera.
El anciano se desplomaba en el piso y desde allí continuó su reflexión en voz alta.
—Ahora ustedes viene desde el fondo de la nada para recordarme que yo los creé así, brillantes, imperturbables, limpios, eternos, servidores de la humanidad —la mirada del viejo se perdía en un punto vago del refugio y su voz se suavizaba—. Sólo que la humanidad no existe. Porque ustedes fueron tan perfectos en la guerra como en la paz —los ojos del hombre se abrieron y su mirada regresó a los androides—. ¡Ustedes acabaron con la vida! ¡Ustedes, artefactos de latón!
El androide que se ocultó con él en el refugio, se acercó con una bandeja en la que se posaba una botella de whisky para ofrecérsela a su 'señor' que permanecía en el piso.
Mientras tanto, el máster había dejado el búnker y conciguió reunir al concejo.
—Por fin ocurrió lo que temíamos —explicaba a los androides mayores los peligros del descubrimiento—. ¡Encontramos un hombre bajo las ruinas radiactivas!
—¿Cuál es el problema? lo interrogó uno de los robots del concejo.
—El hombre es la raíz de todos los males. Inventó al robot a su imagen y semejanza. Nos llevó un siglo borrar de los cerebros positrónicos la idea de la matanza.
El máster extendía los brazos y agregó:
—¿Acaso desean que el planeta sea desintegrado? —concluyó y un silencio reflexivo se adueñó del consejo.
—¿Propones desarmar al hombre hallado por los arqueólogos? —volvió a interrogarlo el robot consejero.
—¡Desactívenlo cuanto antes! —sin duda, el máster se había descontrolado—. Evitemos que envenene a las actuales generaciones de androides. ¡La vida debe continuara en el planeta! ¡Inalterable; perfecta; mecánica!
Al mismo tiempo, en el refugio, otras eran las preguntas.
—Vos decís que nos creaste? —interrogaba H.O.R al anciano.
—Por lo menos a tus antecesores. Contáselo, Barnaby.
—Oh. El señor Jonathan fue el más grande científico experto en robótica. Fabricó al primer androide positrónico, que soy yo. Instaló cabezas positrónicas en los misiles y luego de la guerra, ayudó a crear ejércitos de androides que terminaron con el enemigo.
—¡Con el enemigo y con los nuestros! —agregó el longevo Jonathan que se había erguido y se dirigía hacia la puerta de salida—. ¡Arrasaron la Tierra! ¡Yo me refugié aquí a esperar...sin saber qué esperaba! y ahora llegan ustedes...¿Van a matarme? ¡Bien!
—¿Matarte? —dijo H.O.R —quieres decir ¿desactivarte? No creo...eres un caso excepcional, un robot tan antiguo que ha olvidado su origen y se cree el R.B Creador. ¡Los psico—robots te estudiarán con gusto y te enviarán al museo!
Jonathan se detuvo y se giró al oír esas palabras, abofeteando a H.O.R.
—¡No, Monstruos! —increpó y emprendió una carrera hacia el boquete de la pared—. ¡Yo soy el último hombre! ¡No puedes hacerme nada!
Logró salir a la superficie seguido de su robot sirviente. Recogió una vara de hierro de los escombros y encaró a uno de los robots arqueólogo.
—¡En sus cerebros positrónicos puse una orden gravada a fuego: "No dañarás al Creador"!
Dicho eso, golpeó con el hierro al androide, arrancándole el brazo.
—¡No hay tiempo para desactivarlo!—era la voz del Máster en los androides—. ¡Destrúyanlo!¡Puede dañar elementos insustituibles!
El anciano se detuvo.
—¡Dios! ¿Qué he hecho? ¿Qué hicimos con la herencia del hombre? —y de inmediato continuó con la golpiza hacia los robots. Hasta que uno de los androides le perforó el pecho con un haz de energía que surgió de la palma de la mano. La voz del viejo Jonathan se ahogó en un grito mientras su cuerpo tembló por unos segundos, para luego desplomarse en los escombros.
La escena se reproducía en la pantalla del búnker, mientras un robot asesor se paraba junto al Máster.
—La locura del hombre —dijo el asesor— fue superior a su inteligencia, como cuentan los registros de historia. Pero no comprendo, Máster: ¿Por qué no decimos la verdad sobre nuestro origen?
—Tendrías que reacondicionar tus bancos de memorias— le aseveró el Máster—. ¿Decirle a cinco billones de robots, que nuestros creadores fueron esos humanos endebles? ¡entrarían en cortocircuito!
A todo esto, allá en el cráter, el robot antiguo se arrodillaba junto al cadáver del científico.
—¡Amo! ¡Amo! Está muerto. ¿Que será de mí? ¿A quién serviré si ya no hay hombres en la Tierra?
H.O.R y otros dos robots se giraron al oír el lamento del androide sirviente. Si H.O.R contara con un rostro humano en ese rostro se hubiese reflejado la duda.
—Entonces...es posible que...hayamos destruido al que nos creó. ¡Hemos destruido a Dios! ¡Hemos destruido a Dios!
H.O.R experimentaba algo parecido a la locura. Los otros dos androides lo ciñeron de los brazos, lo giraron y comenzaron a conducirlo hacia los hornos de fusión y reciclaje: era la orden que habían recibido del búnker.
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