sábado, 3 de febrero de 2018

ANTARES

ANTARES
por 
Hugo Rodríguez

La nave zumbaba
Peor que las abejas.
La tos del viejo sonó
¿Todo bien? Pregunté.
Llegó la comunicación de Antares.

La nave zumbaba
mejor que los ángeles.
El viejo se murió.
Falleció, les dije.
Pero Antares no contestó.

La nave se posó en la plataforma
igual que una mariposa.
En Antares silbaba el viento
como la tos del viejo.
Los humanos, como ángeles:
Ausentes.

lunes, 29 de enero de 2018

INFALIBLE

 INFALIBLE
Por
Hugo Rodríguez

Lucas murmuró ‘silenciar’. sintió una leve presión en los oídos y la habitación dejó de hacer ruidos. Lucas no oía sus pasos, aunque caminaba descalzo y sobre alfombra, tampoco oyó el quejido del sofá polimorfo sobre el que acababa de acostarse y tuvo que imaginar el cloqueo de los hielos en el whisky. Lucas recostó la nuca en el respaldo y posó la mirada en el cielo raso. Murmuró algo más: ‘atenuar’ y la luz bajó su intensidad. Podía oír el aire que entraba a sus pulmones, pero no el que exhalaba, le era suficiente para calmar la respiración. Arrimó el whisky a los labios y apenas lo besó. Prefirió sentir el aroma mientras se relajaba, lo bebería de a sorbos, tan lento como pudiera. Era su tarde y la haría durar una eternidad.

El trino de un colibrí vibró en sus tímpanos: el único aparato que podía eludir el silencio artificial era el timbre. El maldito, detestable, infalible timbre de planta baja. Quién molestaría a esta hora y en este día: el día de su reposo. Lucas se sentó en el borde del sofá y posó el vaso en la mesa de cristal. De soslayo, miró el celular. No se trataría de una amigo, ni de ninguna de sus chicas, lo hubiesen llamado. Lucas se volvió a recostar. Quizás se tratara de algún vendedor o de alguna travesura. Pero el colibrí volvió a sonar. De todas maneras decidió esperar. Esperó por un tercer trino y luego de varios segundos prevaleció el silencio, el artificial y el otro. Los párpados de Lucas se cerraron. Podría haber encendido la cámara y averiguar de quién se trataba, aunque mejor así. Quien llama solo dos veces es alguien que no merece atención. Por supuesto, porque ya se fue.

Tanteó el vaso en la mesa, lo giró, adivinó el choque de los hielos y el colibrí vibró de nuevo. No era el de planta. Sonaba el de su departamento. El molesto visitante pudo entrar. Algún vecino estúpido lo dejó entrar. ‘Que si está’. ‘Que no está’. ‘Que duerme’. ‘Que no duerme’. ‘Bueno, sí. Pase’. Él también lo hizo en alguna oportunidad. Ahora, bebé de tu mismo veneno, Lucas. Fingiría no estar. Era su tarde. No quería perderla, la había deseado toda la semana. ¡Qué se vaya! ¡Qué vuelva otro día! Nadie de importancia. Imaginaba los nudillos en la puerta. De nada servía la barrera de silencio, los oía igual. ¡Maldita sea! ¿Debía abandonar el sofá y atender? ¡No! ¡Qué se vaya! Y otra vez el trino. Y otra vez. Y una vez más. Resistí, Dic. Ya se irá. Bebé el whisky. Te ayudará. Bebelo todo y sírvete otro.

¿Ves? Ya no suena. Se cansó su dedo. Su repugnante dedo. Triunfaste. La tarde es tuya. Disfrutala.


Lucas no murmuró. Sintió una fuerte presión en el cuello y la habitación dejó de hacer ruido.

jueves, 16 de noviembre de 2017

HUNDIMIENTO.

En la noche gélida se desprendió del resto del hielo con un bramido de dolor. No hubo botadura, ni aplausos. Flotó en el océano, en el Atlántico; que le escupió su espuma y le gritó por su atrevimiento. El témpano navegó soberbio, pesado y en silencio.

En la mañana del 10 de abril de 1912, el Titanic apenas se mecía en la bahía. Allí estaban todos: colmando los pasillos del trasatlántico o agitando pañuelos en el muelle. Todos, a los que aplaudían la jactancia. No importaba la humildad hipócrita de los de abajo o los del medio.Todos eran cómplices, porque todos ambicionaban viajar algún día en primera clase con los que ostentaban las joyas y las capellinas de plumas, con los de esmoquin y galera. Aceptaban la trampa y la mentira. El buque aristócrata no contaba con cuatro motores. La cuarta chimenea era innecesaria. No había un motor bajo ella, la chimenea solo refrescaría los camarotes opulentos, el comedor lujoso, el gimnasio o la biblioteca. El Titanic mentía a los que saludaban su estirpe fastuosa.

Cuatro noches después, el Atlántico se había resignado al silencio pálido del témpano. Ahora lo arrullaba bajo un manto de estrellas y le rozaba con suspicacia las aristas. El Atlántico sabía de la
trampa, sabía que había más témpano bajo el agua, sin embargo, el océano aceptaba la mentira del
glaciar.

El domingo 14 de abril, a cuatro días de zarpar, el reloj del puente señalaba las 22:30. Se habían ejecutado los relevos sin novedad. Afuera, las estrellas acompañaban la marcha pesada y vehemente del Titanic. Lo acompañaban titilando: el trasatlántico orgulloso creyó que le temían y ellas, sin embargo, tremolaban de curiosas.

A medianoche, justo por proa, el iceberg surgió como una sombra desde el velo nocturno.
Sonaron las campanas y el timbre del teléfono. El puente gritó: '¡Timón a estribor! ¡Paren las
máquinas!'. Como una justa medieval, acerada y cruel, como el roce del torero y la bestia, los colosos se cruzaron: plebeyo y silencioso uno, monárquico y desmedido el otro. Se batieron en la noche
funeral, en la sal del Atlántico, que saludó la puja, agitando espuma desde las crestas.

Dos horas después, en la madrugada del lunes 15 de abril, el Titanic se alzó en la noche para
hundirse en el Atlántico. Dejaba en el agua helada, sin esperanza de salvarse, a 1500 pasajeros:
pasajeros del medio, de abajo, de arriba. Se partió en dos y tocó fondo. Allí descansa y se oxida la
máquina imperial. El otro titán se desgastó varios días después, y también reposa, esparcido en el Atlántico.

domingo, 6 de agosto de 2017

Ojos Negros

Ojos negros

por

Hugo Rodríguez


El rectángulo se erguía en el centro del refugio como un portal abierto a la oscuridad. Ronroneaba igual que una bestia satisfecha, igual a un animal que había tragado su presa. Junto a él, sobre una mesa pequeña, el carrete de una grabadora giraba y golpeteaba el extremo libre de la cinta.

Desde el exterior llegó el golpe de la portezuela de un auto. Luego los chirridos de la entrada corrediza y de inmediato el taconeo que descendía por la escalera metálica. La rueda giró y la compuerta se abrió, empujada por el hombro de una joven de chasca y abrigo de piel. No evitó con su mano enguantada que el hedor corrosivo del recinto inundara sus pulmones y tosió.

“Vanya”. “Vanya”, exhaló, pero no hubo respuesta. Revisó el lugar con la mirada mientras se quitaba la chasca y los guantes. Detuvo los pasos tan pronto se enfrentó al rectángulo: desde la estrechez de los párpados sus ojos negros intentaban atravesar la oscuridad de ese marco. Había rasgos mongoles en el rostro dorado de la joven; un rostro oval flanqueado por cabellos largos y negros.

Regresó a la entrada, dejó el gorro y los guantes en una silla cercana y empujó una vez más la compuerta, giró la rueda y los pernos de acero se incrustaron en el cemento. Su mirada volvió al rectángulo. Se quitó el abrigo que arrojó a la silla: un suéter de cuello alto y una falda ajustaban su figura. Se acercó a un escritorio donde revisó los cuadrantes del tablero y repasó la tira perforada del teletipo. Volvió su rostro al rectángulo, se fregó los brazos, inspiró y tosió. Ascendió cautelosa el par de escalones de la plataforma, pasó junto a la grabadora que continuaba su aleteo y finalmente, la joven se detuvo ante el portal: los dos metros de aquel marco que vibraba, los dos metros de aquella bestia satisfecha, la empequeñecían.

Lo contempló por unos segundos frotándose los brazos, llevó una mano a su cabeza y enredó unos pocos cabellos hasta sostener uno entre los dedos. Lo cortó de un tirón, lo antepuso al umbral y lo soltó: la joven mongol vio como su cabello se hundía en esa opacidad hambrienta.

El batir de la grabadora la distrajo, se aproximó a la mesa y rebobinó la cinta por completo. La yema de su índice oprimió la tecla. Cruzó los brazos y al rato, se oyó la voz áspera y agitada de un hombre: “Lo bautizamos el Espejo, pero pararse ante él no resultaba lo mismo que enfrentarse a un cristal...”, la muchacha se reclinó sobre la grabadora y afirmó las manos en la mesa. “Vanya”, volvió a susurrar. La reproducción continuó: “No, el reflejo era demasiado límpido, demasiado real. Uno podía percibir en el rostro del otro, aquel asombro, aquel miedo. En un espejo, el que se refleja, es uno mismo; se sabe; se percibe. Sin embargo, aquél que me enfrentaba, no era yo: me repetía en cada gesto, me adivinaba cada movimiento, pero sin dudas, se trataba de otra persona. En algún punto minúsculo no coincidíamos. No éramos iguales. Ese otro que me miraba sabía cosas de mí que yo desconocía. Me duplicaba en cada pliegue de mi anatomía, mil veces más exacto que en un espejo común. Y quizás por esa perfección tan meticulosa, quizás por la ausencia del límite natural del cristal, ése no era yo, sino un ajeno, alguien del anti-mundo al que nos atrevimos a espiar”.



La joven detuvo la cinta. Se acercó una butaca, se sentó y tosió. Avanzó la grabación unos segundos y tan pronto la frenó la reprodujo. La voz agitada se escuchó otra vez: “Pequé de soberbio, Anun. Me dejé tentar por las ofertas del general Kozlov: el Estado necesitaba un héroe. Habría una casa rodeada de árboles frente a un lago, para nuestra vida juntos. Solo tenía que traspasar el Espejo; sería el primer hombre que viajaría al anti-mundo. Todo eso sirvió de carnada para que mi ambición me cegara y ahora pago las consecuencias. Sé que Kozlov me vigila. Intervino mi teléfono y está enterado de nuestras conversaciones, pero no te preocupes Anun, no le interesa lo nuestro, ni tampoco si yo puedo ser un desertor, sabe que no traicionaría a mi patria, porque sabe que yo, no soy como él. Kozlov me vigila porque quiere conocer qué pasa con su rata de laboratorio. Quiere conocer los efectos que produce el traspaso del Espejo”.

Los puños de la joven se aferraron al asiento de la butaca y su mirada se endureció. La voz continuó: “Nikolai no se equivocó, el eje de simetría de las moléculas se invertiría en el anti- mundo y las combinaciones se alterarían, surgirían resultados inesperados. Monstruosos, diría yo. Él tenía razón, Anun. Tendríamos que haber realizado más experimentos, antes de que un humano atravesara el umbral de anti-materia”.

Por un momento el hombre se silenció y solo se oía su respiración. Un instante después retomaba el relato: “Querida Anun, ni bien comencé a sufrir las mutaciones no encontré mejor respuesta que huir. Me oculté todo este tiempo en nuestra pensión de veraneo ¿la recordás? Pensé que añorando nuestros días de descanso, podría sobrellevar los cambios...”.

La joven interrumpió la grabadora. Su mirada continuó tensa, apretó los dientes y como un estilete, su dedo hundió la tecla y dejó que la cinta avanzara. La detuvo y activó la reproducción: “Debo traspasar el umbral. Tengo que atravesar el espejo otra vez. Quizás así consiga revertir el proceso. Me convertí en un ser irreal, ya no se trata sólo de mi metabolismo, también el lugar me rechaza, sospecha que soy del “otro lado”, sospecha que pertenezco al anti materia. Al abrir una puerta reprimo mi mano y luego uso la contraria, la puerta entonces obedece, pero a regañadientes, entiende que algo no está bien. Entiende que algo no es de acá. Allí está el 'otro' en el espejo, tan desahuciado como yo, tan idéntico, tan distinto. Dispuse todo para el traspaso: los mismos cuadrantes, la misma polaridad de campo y la misma sincronía. eso es todo. Ahora cruzaré el umbral”. Se oyó el carraspeo, los pasos, los chasquidos de los interruptores, ruidos ondulantes y vibraciones agudas. Se escuchó el golpe de la tecla que interrumpió la grabación y de seguido, el mismo golpe que la reanudaba.

Pero entonces, surgió otra voz, la joven se inquietó en la butaca. Una voz gruesa, mucho más áspera y temblorosa. Sin duda, se trataba del mismo hombre, pero este hombre regresaba del profundo averno: "¡Es una silueta oscura y se mueve!... ¡con independencia!... ¡ya no es mi reflejo! ¡opaca, fría...aterradora! Esta allí, en el laboratorio de la anti-materia...sé lo que es: es mi anti-ser...mi otro lado...mi nada”.

La grabadora enmudeció. La muchacha mongol se recogió el pelo tras la oreja y se reclinaba sobre la reproductora: el gemido regresaba en un susurro imperceptible, agónico: “Los síntomas son peores. Me duelen los pulmones a cada inhalación. De seguir aquí..., no sobreviviré. Esta vez..., dejaré la grabadora funcionando”.

Se repitieron los ruidos por unos minutos y luego se silenciaron para dejar oír el ronroneo: el mismo que se oía en el laboratorio. Segundos después, la cinta aleteaba en el carrete y ella se distrajo con ese palmoteo. “Vanya", dijo en susurro y acariciaba la grabadora. “Vanya” repitieron sus labios y el índice frenó la cinta.

Bajó de la butaca, se paró frente al rectángulo y miró con firmeza la oscuridad. La joven contuvo la tos y cerró los puños. Retornó a la grabadora, quitó el carrete y descendió de la plataforma. Sacó del abrigo una caja de fósforos, acercó un cesto con papeles y arrojó el carrete en él: lo encendió. Las llamas la hipnotizaron. Desde el exterior, los autos que llegaron la regresaron a la realidad del laboratorio.

Descolgó el matafuegos de la pared y roció el cesto. Apuró los pasos hasta el tablero de cuadrantes y accionó presurosa varios conectores. Miraba cada tanto al umbral mientras insistía con los diales. Se estiró el suéter y desprendió una llave del collar. Determinada, la introdujo en una ranura del escritorio. La giró dos veces y luego sujetó la palanca : la jalaba mordiéndose los labios. Las luces parpadearon. Los pasos en la escalera se apresuraron. Volcó todo su peso sobre el escritorio, al mismo tiempo que fijaba la mirada en el rectángulo. La muchacha se mordía los labios y mientras oía los pasos en los escalones de metal, vio en el Espejo del anti-mundo, como se desvanecía aquella oscuridad.