Ojos
negros
por
Hugo
Rodríguez
El
rectángulo se erguía en el centro del refugio como un portal
abierto a la oscuridad. Ronroneaba igual que una bestia satisfecha,
igual a un animal que había tragado su presa. Junto a él, sobre una
mesa pequeña, el carrete de una grabadora giraba y golpeteaba el
extremo libre de la cinta.
Desde
el exterior llegó el golpe de la portezuela de un auto. Luego los
chirridos de la entrada corrediza y de inmediato el taconeo que
descendía por la escalera metálica. La rueda giró y la compuerta
se abrió, empujada por el hombro de una joven de chasca y abrigo de
piel. No evitó con su mano enguantada que el hedor corrosivo del
recinto inundara sus pulmones y tosió.
“Vanya”. “Vanya”, exhaló, pero no hubo respuesta. Revisó el
lugar con la mirada mientras se quitaba la chasca y los guantes.
Detuvo los pasos tan pronto se enfrentó al rectángulo: desde la
estrechez de los párpados sus ojos negros intentaban atravesar la
oscuridad de ese marco. Había rasgos mongoles en el rostro dorado de
la joven; un rostro oval flanqueado por cabellos largos y negros.
Regresó
a la entrada, dejó el gorro y los guantes en una silla cercana y
empujó una vez más la compuerta, giró la rueda y los pernos de
acero se incrustaron en el cemento. Su mirada volvió al rectángulo.
Se quitó el abrigo que arrojó a la silla: un suéter de cuello alto
y una falda ajustaban su figura. Se acercó a un escritorio donde
revisó los cuadrantes del tablero y repasó la tira perforada del
teletipo. Volvió su rostro al rectángulo, se fregó los brazos,
inspiró y tosió. Ascendió cautelosa el par de escalones de la
plataforma, pasó junto a la grabadora que continuaba su aleteo y
finalmente, la joven se detuvo ante el portal: los dos metros de
aquel marco que vibraba, los dos metros de aquella bestia satisfecha,
la empequeñecían.
Lo
contempló por unos segundos frotándose los brazos, llevó una mano
a su cabeza y enredó unos pocos cabellos hasta sostener uno entre
los dedos. Lo cortó de un tirón, lo antepuso al umbral y lo soltó:
la joven mongol vio como su cabello se hundía en esa opacidad
hambrienta.
El
batir de la grabadora la distrajo, se aproximó a la mesa y rebobinó
la cinta por completo. La yema de su índice oprimió la tecla.
Cruzó los brazos y al rato, se oyó la voz áspera y agitada de un
hombre: “Lo bautizamos el Espejo, pero pararse ante él no
resultaba lo mismo que enfrentarse a un cristal...”, la muchacha se
reclinó sobre la grabadora y afirmó las manos en la mesa. “Vanya”,
volvió a susurrar. La reproducción continuó: “No, el reflejo era
demasiado límpido, demasiado real. Uno podía percibir en el rostro
del otro, aquel asombro, aquel miedo. En un espejo, el que se
refleja, es uno mismo; se sabe; se percibe. Sin embargo, aquél que
me enfrentaba, no era yo: me repetía en cada gesto, me adivinaba
cada movimiento, pero sin dudas, se trataba de otra persona. En algún
punto minúsculo no coincidíamos. No éramos iguales. Ese otro que
me miraba sabía cosas de mí que yo desconocía. Me duplicaba en
cada pliegue de mi anatomía, mil veces más exacto que en un espejo
común. Y quizás por esa perfección tan meticulosa, quizás por la
ausencia del límite natural del cristal, ése no era yo, sino un
ajeno, alguien del anti-mundo al que nos atrevimos a espiar”.

La
joven detuvo la cinta. Se acercó una butaca, se sentó y tosió.
Avanzó la grabación unos segundos y tan pronto la frenó la
reprodujo. La voz agitada se escuchó otra vez: “Pequé de
soberbio, Anun. Me dejé tentar por las ofertas del general Kozlov:
el Estado necesitaba un héroe. Habría una casa rodeada de árboles
frente a un lago, para nuestra vida juntos. Solo tenía que traspasar
el Espejo; sería el primer hombre que viajaría al anti-mundo. Todo
eso sirvió de carnada para que mi ambición me cegara y ahora pago
las consecuencias. Sé que Kozlov me vigila. Intervino mi teléfono y
está enterado de nuestras conversaciones, pero no te preocupes Anun,
no le interesa lo nuestro, ni tampoco si yo puedo ser un desertor,
sabe que no traicionaría a mi patria, porque sabe que yo, no soy
como él. Kozlov me vigila porque quiere conocer qué pasa con su
rata de laboratorio. Quiere conocer los efectos que produce el
traspaso del Espejo”.
Los
puños de la joven se aferraron al asiento de la butaca y su mirada
se endureció. La voz continuó: “Nikolai no se equivocó, el eje
de simetría de las moléculas se invertiría en el anti- mundo y las
combinaciones se alterarían, surgirían resultados inesperados.
Monstruosos, diría yo. Él tenía razón, Anun. Tendríamos que
haber realizado más experimentos, antes de que un humano atravesara
el umbral de anti-materia”.
Por
un momento el hombre se silenció y solo se oía su respiración. Un
instante después retomaba el relato: “Querida Anun, ni bien
comencé a sufrir las mutaciones no encontré mejor respuesta que
huir. Me oculté todo este tiempo en nuestra pensión de veraneo ¿la
recordás? Pensé que añorando nuestros días de descanso, podría
sobrellevar los cambios...”.
La
joven interrumpió la grabadora. Su mirada continuó tensa, apretó
los dientes y como un estilete, su dedo hundió la tecla y dejó que
la cinta avanzara. La detuvo y activó la reproducción: “Debo
traspasar el umbral. Tengo que atravesar el espejo otra vez. Quizás
así consiga revertir el proceso. Me convertí en un ser irreal, ya
no se trata sólo de mi metabolismo, también el lugar me rechaza,
sospecha que soy del “otro lado”, sospecha que pertenezco al anti
materia. Al abrir una puerta reprimo mi mano y luego uso la
contraria, la puerta entonces obedece, pero a regañadientes,
entiende que algo no está bien. Entiende que algo no es de acá.
Allí está el 'otro' en el espejo, tan desahuciado como yo, tan
idéntico, tan distinto. Dispuse todo para el traspaso: los mismos
cuadrantes, la misma polaridad de campo y la misma sincronía. eso es
todo. Ahora cruzaré el umbral”. Se oyó el carraspeo, los pasos,
los chasquidos de los interruptores, ruidos ondulantes y vibraciones
agudas. Se escuchó el golpe de la tecla que interrumpió la
grabación y de seguido, el mismo golpe que la reanudaba.
Pero
entonces, surgió otra voz, la joven se inquietó en la butaca. Una
voz gruesa, mucho más áspera y temblorosa. Sin duda, se trataba del
mismo hombre, pero este hombre regresaba del profundo averno: "¡Es
una silueta oscura y se mueve!... ¡con independencia!... ¡ya no es
mi reflejo! ¡opaca, fría...aterradora! Esta allí, en el
laboratorio de la anti-materia...sé lo que es: es mi anti-ser...mi
otro lado...mi nada”.
La
grabadora enmudeció. La muchacha mongol se recogió el pelo tras la
oreja y se reclinaba sobre la reproductora: el gemido regresaba en un
susurro imperceptible, agónico: “Los síntomas son peores. Me
duelen los pulmones a cada inhalación. De seguir aquí..., no
sobreviviré. Esta vez..., dejaré la grabadora funcionando”.
Se
repitieron los ruidos por unos minutos y luego se silenciaron para
dejar oír el ronroneo: el mismo que se oía en el laboratorio.
Segundos después, la cinta aleteaba en el carrete y ella se distrajo
con ese palmoteo. “Vanya", dijo en susurro y acariciaba la
grabadora. “Vanya” repitieron sus labios y el índice frenó la
cinta.
Bajó
de la butaca, se paró frente al rectángulo y miró con firmeza la
oscuridad. La joven contuvo la tos y cerró los puños. Retornó a la
grabadora, quitó el carrete y descendió de la plataforma. Sacó
del abrigo una caja de fósforos, acercó un cesto con papeles y
arrojó el carrete en él: lo encendió. Las llamas la hipnotizaron.
Desde el exterior, los autos que llegaron la regresaron a la
realidad del laboratorio.
Descolgó
el matafuegos de la pared y roció el cesto. Apuró los pasos hasta
el tablero de cuadrantes y accionó presurosa varios conectores.
Miraba cada tanto al umbral mientras insistía con los diales. Se
estiró el suéter y desprendió una llave del collar. Determinada,
la introdujo en una ranura del escritorio. La giró dos veces y luego
sujetó la palanca : la jalaba mordiéndose los labios. Las luces
parpadearon. Los pasos en la escalera se apresuraron. Volcó todo su
peso sobre el escritorio, al mismo tiempo que fijaba la mirada en el
rectángulo. La muchacha se mordía los labios y mientras oía los
pasos en los escalones de metal, vio en el Espejo del anti-mundo,
como se desvanecía aquella oscuridad.