domingo, 4 de septiembre de 2016

BAJO LA PIEL



ATONAL

ATONAL.
Por
Hugo Rodríguez.

Ella se había despedido del sol y de alguna nube mediocre. Había dejado que la brisa le entibiara la piel y le contara historias de gaviotas.
Pálida.
Tersa.
Despiadada.
Se hundía su espalda en la arena igual que sus ojos en las cuencas, y la espuma ya la tocaba: en el hombro, en las manos, en el muslo, en los tobillos, en las uñas.

¿Por qué tanto silencio? Si aún la noche no comienza. No se oyen las estrellas.

Había dudas en ese cuerpo, tembloroso y  reciente que esperaba el desierto como quién espera el horizonte. Sus pechos como médanos. Su abdomen como playa, su pubis como océano.

El frío entra en los huesos, hiela la sangre y la brisa ya no habla.  

Pálida.
Tersa.
Despiadada.

Se alejaría con el agua y la sal  hasta el fondo impreciso, oscuro y entumecido.

miércoles, 3 de agosto de 2016

LA HIJA DEL ETERNAUTA

LA HIJA DEL ETERNAUTA.
Por
Hugo Rodríguez.

I
EL REGRESO.


           
            La noche fría se había instalado en el barrio. El silencio era el protagonista, interrumpido a momentos, por los zumbidos suaves de la brisa o algún automóvil lejano de la avenida. Las calles desoladas de Vicente López esperaban y en una de sus esquinas,  en un rincón de poca luz,  algo empezó a cambiar. El pequeño lugar se deformaba, parecía hundirse e hincharse al mismo tiempo. Algo en la ‘nada’  jadeaba y se quejaba. Algo en la ‘nada’ comenzaba a definirse: era una forma humana, erguida, curvilínea y entonces esa forma, en aquella noche fría y silenciosa,  jadeó y se quejó como en una tortura.
En esa esquina penumbrosa, en ese rincón jadeante,  yacía una  adolescente desnuda, delgada y blanca; con marcas de golpes y rasguños en la piel. La cabeza rapada sostenía una cara ovalada de ojos negros, abiertos, que no miraban a ningún lado. De su abdomen asomaban tubos que parecían conectarla al espacio y el espacio la envolvía como un paquete de  nylon.

            La joven se recuperó del trance y ahora sí, sus ojos lo miraban todo. Los dedos de la mano derecha digitaron algo sobre sus costillas opuestas. Y el ‘nylon’ cambio, dejó de ser transparente y lució de un negro opaco profundo cubriendo su desnudez. Solo un óvalo en la cara permaneció transparente: la chica parecía vestir  un ajustado traje de buzo. Respiró profundo, no el aire de la noche, sino el del interior de su traje. Se tomó un momento para orientarse, si bien conocía el lugar como su propia vida y también conocía la noche: noche de viernes, una semana antes. Viró a la derecha y trotó por la vereda. No había dudas en el trote sigiloso de la muchacha. Ella sabía a donde iba.

ÚLTIMO ENCUENTRO



lunes, 4 de julio de 2016

PUESTA A PUNTO.


PUESTA A PUNTO.
Por
Hugo Rodríguez.

Desde el viernes que no veía al gordo. El fin de semana lo pasé en lo de mi tía. Con él nos conocemos  desde pendejos. Vive pegado a mi casa, con la 'jermu'. Cuando preguntan por el gordo, dicen: 'vive al lado de chapita, el chatarrero',  y cuando preguntan por chapita, dicen: 'vive al lado del gordo, el cartonero'. Je. Lo de chapita es porque creen que estoy medio 'pirucho'. En fin. Así que, el lunes a la tarde lo visité. La casa de él es una prefabricada que se cae de a pedazos. El alambre tejido que nos separa  hace años que está caído y como siempre, me mandé por el fondo y  antes de entrar a la cocina lo llamé, no sea 'cosa' que estuviera haciendo la chanchada con esa negra inmunda. Bueno, al menos él está casado y lo hace de vez en cuando. Yo en cambio, nunca tuve mina y me las tengo que arreglar solo, je. Lo llamé, como decía, pero el gordo no contestaba, la esposa tampoco y había mucho silencio. Igual entré. Estaba oscuro. No habían levantado las persianas. Lo volví a llamar y nada. Cuando se me acomodó la vista lo vi, allá en el comedor. El gordo estaba aplastado en el sillón de hierro que le regalé: nunca lo pintó el desgraciado. Me acerqué despacito. Lo miré: parecía más muerto que vivo. No se había afeitado y tenía los ojos duros, clavados en la puerta de entrada.


—Se te ve mal, gordo ¿Qué te pasa? —le pregunté y lo zamarreé  un poco. 
—Maté a mi esposa –me dijo.
— ¡Ah! Pensé que era algo peor, ¿la mataste? – el gordo me lo confirmó moviendo la cabeza. Seguía  perdido, preocupado por la puerta.

— ¡Bueno, gordo! —traté de consolarlo—. Al fin te deshiciste de esa bruja.
—Sí, chapita. La maté; la estrangulé con mis propias manos.

Di unos pasos para atrás y miré hacia el dormitorio: la puerta estaba abierta. No vi a nadie. Ni vivo, ni muerto. También miré en el baño: nada.

— ¿Cuándo la mataste, gordo?
—El viernes. Después que vos te fuiste a lo de tu tía.
— ¿Qué hiciste con el cadáver?
—Lo cremé.
— ¿Eh?
—La llevé a la fundición de Carlos y la arrojé al horno.

Creí que el gordo me iba a seguir hablando, pero cerró la boca, bueno en realidad se le quedó abierta. Yo Pensé un rato. Pensé otro rato más.

—Buena idea —le dije—. Hiciste bien. Ese Carlos es un tipazo, chorro, pero buen tipo. 
—Sí, él me ayudó. Me dijo que necesitaba avivar el fuego para fundir más hierro y terminar un auto que estaba armando.
—Carlos es un genio —me enganché—. Un artista. Con chatarra construye un deportivo, una limusina, cualquier modelo. ¿Te acordás de la cuatro por cuatro? 
—Sí, me acuerdo.

El gordo se quedó en silencio. Mi amigo seguía sin arranque. Metido en sus pensamientos y en la puerta.

—Y bueno, gordo —intenté animarlo—. Lo echo, echo está. Ahora pensá en lo  que viene: nunca más vas a tener que soportar los ronquidos de tu 'jermu', que eran peor que un 'mionca' como vos decías. Ahora vas a poder ver lo que quieras en la tele: el TC, películas de terror, minas en bolas.
—Sí.
—Podés llegar a tu casa a la madrugada y nadie te va a rezongar. Yo la escuchaba a 'la negra' cuando te gritaba. Sonaba como un escape roto.  
—Sí.
—Ahora también podés chupar y comer de todo.
—Ajá.
—Y hablando de eso, ya mismo traigo dos cervezas y algo para picar. Brindamos en memoria de… tu señora, je. ¿Qué te parece?
—Sí, es buena idea —el gordo, mi amigo, me hablaba como un fantasma.

Encaré para la puerta y en eso, se puso nervioso:

— ¡Esperá chapa! ¡No salgas! ¡Cuidado!
— ¡Qué hay gordo!
—Callate. Escuchá.
— ¿Qué? ¿Qué tengo que oír?
— ¿No sentís? Un motor.
—Sí, lo escucho, es de un auto en la vereda.
—Pero chapita, no es cualquier auto. Fijate por la ventana.

Me acerqué despacio. El gordo me pidió que mirara por las rendijas, así que separé dos tablitas y miré:

— ¡A la mierda! —dije— ¡Es un porsche! Está bárbaro.  Enseguida vi en el guarda barro el calco de ‘Mecánica Carlos’.
—Je, lo miré al gordo—, cuándo no, lo armó Carlos. Ese tipo es un genio.
—Sí, un genio —me contestó el gordo con los ojos como  huevos—. No lo conduce nadie ¿no? —me preguntó asustado.

Separé las tablitas otra vez.

—No —le contesté—. El dueño andará cerca. ¡Cómo suena ese motor, gordo! —le dije—. Vos lo reconociste por eso ¿he? Ya lo habías visto.
—Lo he visto —y mi amigo me habló igual que antes: como un fantasma—, claro que lo he visto. Desde el sábado que da vueltas por acá. Y sí, lo reconocí por el motor: se oye igual.

El gordo se quedó en silencio otra vez y yo me quedé pensando un rato. Pensé un rato más  y entonces le pregunté:

— ¿Igual que qué, gordo?
Fin.


CRONÓSFERA II

CRONÓSFERA II.
Por
Hugo Rodríguez.
 
Sentado en la butaca frente a los controles, Douglas giraba diales y corroboraba indicadores.

No, Douglas. No continúes. Quedarás atrapado en una espiral infinita.  ¡No, no!

Dejó la butaca para dirigirse a las columnas del computador, miró por un momento a través de sus anteojos las cintas magnéticas y luego estudió la tira perforada que saltaba del linotipo. La arrancó y la leyó mientras se encaminaba, ondulando su delantal desabotonado, hacia  el batiscafo, que descansaba en el centro del laboratorio. Se inclinó e ingresó por la abertura oval, el sillón giratorio lo recibió y alternando la lectura de la tira con miradas rigurosas al  tablero, Douglas permaneció absorto en el interior de la ‘CRONÓSFERA’  varios minutos.

Si cambias el flujo del tiempo, no alterarás el presente. Es imposible. No se puede desarticular el pasado.

Cerró la compuerta y giró la rueda. Sentado, Douglas contemplaba el tablero, en especial la palanca del tiempo. Posó la mano temblorosa en ella.

¡No jales la palanca! ¡No podrás volver! ¡Quedarás en el Limbo, para siempre!

La jaló lentamente hacia el pasado. Las bombillas en la bóveda de la esfera parpadearon, se agitaron las agujas de los voltímetros y por un momento la esfera tembló y Douglas se aferró al posa-brazos del sillón. Las gotas de sudor le recorrían las mejillas y los ojos se veían desmesurados a través de los anteojos. Dejó de inclinar la palanca y las agujas se calmaron, también cesaba el parpadeo de las luces. Douglas se secó el sudor con la manga e inspiró profundo.  Se irguió sobre sus piernas trémulas y se acercó con lentitud a la entrada. Giró la rueda y abrió la compuerta: se vio de espaldas, sentado en la butaca frente a los controles.


Sinfín.

viernes, 3 de junio de 2016

FÉMINA TORMENTA.

FÉMINA TORMENTA.
Por
Hugo Rodríguez.


Espérame recostada en el horizonte
Y acariciando el mar
Abierta, vulnerable, ansiosa
Espérame con tu melena de  nimbos y cirros
Encrespada en torbellinos de petróleo y azul
Espérame dispuesta al océano y al abismo
A la oscuridad
Y al relámpago

Aferrado al mástil de mi bajel y con el empuje de tu respiro, te surcaré. Precipitadamente, fanatizado, enardecido.  Me recibirás ebria de arrebatos, de espasmos y aluviones de sal. Me acosarás en lujuriosos remolinos, en tus senos de jade con cúspide de espuma. Me arrancarán la piel tus bocanadas desmedidas y tu tromba vertiginosa me llevará al mismo infierno.
Entonces, en tu vórtice como ombligo, desplegaré las sábanas de mi nave y buscaré el descanso  en el silencio de tu ojo, a la luz de tus fulgores y al arrullo de tu voz como trueno. Rodeado de tu obscena exaltación, aferrado al mástil de mi bajel, esperaré. Esperaré el empuje de tu respiro y me surcarás, una vez más. Precipitadamente, fanatizada, enardecida.

Fin.