domingo, 1 de mayo de 2016

HORA SUPREMA.

HORA SUPREMA.
Radio-teatro breve.
Por
Hugo Rodríguez.

OPERADOR: mar, gaviotas, viento. Se mantiene como fondo.
ELLA (entusiasta):— ¿Nos sentamos aquí? ¿Te parece bien?
ÉL (conforme): —Sí.
Pausa.
ÉL (intenta ser simpático): —La arena está fría.
ELLA (sonriendo): —Pronto amanecerá. 
Pausa.
ELLA (reflexiva): —Ojalá no amaneciera.
ÉL (algo sorprendido): — ¿Por qué? ¿No te agrada el sol?
ELLA (confusa): no, no es por eso. Es que son tan bellos los tonos que toman las nubes a esta hora. Y el mar cambia de color, despacito: del violeta al azul. Del azul al verde. Y hasta por momentos parece rojo.
Pausa.
ÉL (entusiasta): —Mirá, ya amanece. Pronto asomará el sol. Será un día espléndido.
ELLA (resignada): —Podría no ser el sol. Podría ser el aura de alguna divinidad que nos viene a buscar.
ÉL (admirando): — ¡Qué imaginación! A mí me parece un enorme semáforo en amarillo: preparados, listos… ¡a vivir!
ELLA (ríe).
ÉL (entusiasta): — ¡Vamos al mar! ¡Dame tu mano!
ELLA (sonriendo): —Te iba a proponer lo mismo. ¡Corramos!
OPERADOR: las risas de ambos que se alejan.  Fondo baja hasta silencio.
Pausa.
OPERADOR (sube): mar, viento, ulular de patrulla policial.  Comunicaciones de handies. Se mantiene como fondo.
OPERADOR: crujido de radio handies
OFICIAL (indiferente): —Sí comisario, se trata de sujeto masculino, de unos 30. Murió hace unas horas. Ahogado. Lo devolvió el mar. 
COMISARIO (desde el radio): —Había alguien con él.
OFICIAL (crujido): —Negativo. Encontramos sólo sus pisadas en la arena.
OPERADOR: fondo, baja hasta silencio.

Fin.

sábado, 2 de abril de 2016

SIMÉTRYKA.

SIMÉTRYKA.
Por
Hugo Rodríguez.

De espalda al rectángulo de la entrada, en la penumbra del cubículo, un hombre  de mono-traje y corbata permanece erguido. Lo acompaña una maleta de viaje, que flota a la altura de sus rodillas. La silueta del hombre se desdibuja en la sombra  y sólo  el ovoide pulido de su cráneo platea tenue. En el óvalo de su cara, también de plata, se cincelan dos ranuras como ojos y dos líneas como labios.  Desde las estrías de esos ojos contempla a aquella mujer recta frente al panel de la ventana. Adivina sus curvas  a través de la túnica que la cubre. Y la ve girarse:

- ¡Ah! Todavía ahí - le habla la dama, de cráneo oval, de tez de plata, de  ojos como ranuras y  labios como líneas -. Creí que te habías ido.
-No -responde él -.Quiero despedirme una vez más.

Deja que la mujer se le acerque lentamente, la ve deslizar los pies por el parqué hasta que los rostros se enfrentan.  La rodea con los brazos, la oprime y las mejillas se tocan:

-Regresá pronto -, le susurra ella al oído.
-Sí. Sólo faltaré unos días.

Y   en la luz mediocre del cubículo se estrechan los cuerpos largos. Se cotejan una vez más los óvalos pálidos de las caras. Se cierran los párpados y se fusionan los círculos de las bocas en un beso ecuánime.

La dama le acomoda la corbata, él se gira y le da la espalda. Da los pasos hasta el rectángulo de la entrada y lo atraviesa acompañado por la maleta. Su figura surge al vestíbulo: un pasillo angosto, monocorde, flanqueado por rectángulos opalinos.  Camina hacia el final del corredor, allí,  el umbral del variador de giro lo espera. 'Estacionamiento', vocaliza ante el umbral, lo traspasa y emerge frente a un ejército de autos-esfera, obscuros, iguales, que colman el lugar. Sus pasos repiquetean entre los vehículos hasta detenerse en uno de ellos. 'Traslucir', vuelve a vocalizar, y el esferoide le revela el interior: un asiento de pana frente a un tablero de control y una reducida butaca trasera. El hombre se arremanga los pantalones, se inclina y luego de traspasar la cubierta   se confía a la pana del asiento. Por el retrovisor ve a la maleta acomodarse en la butaca  posterior. 'Opacar' es la nueva instrucción y la esfera se poraliza. De todos modos, puede visualizar la miríada de globos autómatas que aguardan en el estacionamiento. 'Sonorizar´, articula ahora su garganta, y a sus oídos llegan monotonías relajantes que inundan la intimidad. 'Coordenadas 23E, 21U' y esa es la última orden antes que el paisaje uniforme del estacionamiento se remplace por el gris compacto del cielo. Desde las alturas, y a través del cristal esférico, divisa la ciudad: una cuadrícula interminable de cubos idénticos que se repiten hasta el horizonte. Se afloja  la corbata y entrecierra los párpados. La música relajante cumple su objetivo y el sujeto se adormila.

El velo cenizo del cielo aumenta la vaguedad uniforme de los cubos. Las alturas se tachonan de esferoides voladores y sus ocupantes se confían al juicio artificial de las máquinas.  La esfera se sacude una vez, dos veces y el hombre abre los párpados: las paredes se han oscurecido y ya no puede ver el exterior. Un nuevo temblor, más violento esta vez, lo desacomoda del asiento. Las líneas del  rostro se le tensan, corrige su postura y con dificultad manipula los controles. El vehículo repite las sacudidas, mientras una luz titilante se ha encendido entre los mandos. Aleja las manos.  Frunce el ceño y se toca la barbilla. Luego, retoma el manejo del tablero y pronto, la luz deja de titilar, para   apagarse después. Los temblores disminuyen y el sujeto serena la mirada. Ya no tiembla el vehículo, pero las paredes continúan opacas.  Inspira profundo y acciona una llave: los sonidos calmantes regresan y el cristal de la esfera se transparenta. Afuera, la capa de nubes continúa empalideciendo a los perpetuos cubos de la ciudad.

Abatido  en el asiento, contempla  el métrico paisaje urbano mientras su respiración se calma. Luego de unos minutos, recompone su apariencia y ajusta el nudo de la corbata: en el tablero, en una pantalla pequeña, han surgido las coordenadas dictadas al partir, '23E, 21U'. Balbucea una instrucción y  el arrullo musical ya no suena. El paisaje urbano se remplaza una vez más por el interior de un estacionamiento atestado de esferoides. Traspasa el vehículo y se dirige  hacia el variador de giro, pero detiene sus pasos por un momento e inclina la cabeza: la maleta no flota junto a sus rodillas. Regresa al  auto-esfera y el asiento posterior se encuentra desocupado. El sujeto panea la mirada por el recinto, revisa una vez más el interior del vehículo, se yergue, inspira y estira su traje. Retoma los pasos hacia el variador y atraviesa el umbral luego de pronunciar el número del nivel. Reaparece en un vestíbulo flanqueado de rectángulos opalinos; camina, mientras los coteja desde el surco de sus ojos. Se detiene ante uno de ellos y lo traspone entrando al aposento: el hombre  de mono-traje y corbata permanece erguido. Junto a sus rodillas, ahora flota la maleta de viaje y  aquella mujer recta frente al panel de la ventana se gira y le habla:

- ¡Ah! Todavía ahí. Creí que te habías ido.

Fin.


CARRUSEL


CARRUSEL DE MONJES ENMASCARADOS.

Por
Hugo Rodríguez.

Aquel sábado por la tarde, una tarde de otoño, había decidido regar la gramilla de mi jardín de entrada: un momento estimulante  para mi espíritu longevo.  La calidez y pasividad de la siesta me relajaba: el susurro de la avenida cercana, que no recibía mucho tránsito los sábados, y el traqueteo distante de un tren, me envolvían en un halo sosegado. Todo contribuía a una calma traviesa que invitaba a la distensión. A tal punto, que por un momento tuve la sensación de desvanecerme, de desvincularme del lugar. Pero pronto retomé el cuidado hacia el regadío. Son los años, pensé, me adormilo en cualquier situación. No pasó mucho, que volví a divagar y me entretuve con el saltimbanqui de luces que provocaban las gotas en el pasto: una miríada de perlas portadoras de micro-mundos de cristal, mundos habitados por ignotas civilizaciones, estrellas de un cosmos hogareño. Mi mente se alejaba y me recreaba con esa sensación. Ya sea por el susurro del goteo acaso, o por el rumor  de la avenida tal vez o quizás, la vibración del tren o como fuere, mi mente logró un punto de abstracción, tal que todo mi ser se separó de esa realidad y el entorno comenzó a desdibujarse lentamente, a cubrirse de sombras, a ennegrecerse hasta alcanzar la oscuridad más profunda. Intenté moverme, pero ni piernas, ni brazos respondieron a la orden: mi sistema motor se había paralizado, me encontraba por completo endurecido, imposibilitado de hablar o pestañear. No se trataba de pánico, que para esos momentos ya afectaba mi psiquis. No, algo me había petrificado, cegado y también ensordecido, porque mis oídos no percibían sonido alguno. En mi pecho  el corazón no latía, y lo más extraño  fue que mis pulmones no se henchían y además, no sentía necesidad de llevar aire a ellos. No había muerto, de eso estaba seguro. Mi mente permanecía lúcida, con todo, no acertaba en entender en qué lugar me encontraba. Inmóvil  y ciego, sólo podía pensar. Me concentraba en mi cuerpo, en mis extremidades  buscando alguna respuesta motora y todo era en vano. Aunque en ese lapso, algo se movió en mi pecho, gruñó con una voz cavernosa, un golpe que tardaba en apagarse: se trataba de  mi corazón, que latía, pero a una lentitud casi imperceptible. También sentí dilatarse a mis pulmones. Tuve la sensación pavorosa de que en mi tórax crecían unas esponjas pesadas;  rebosadas de líquido. Comprendí entonces, que mis pensamientos se movían a una velocidad y que el resto de mi humanidad, todo mi metabolismo, lo hacía con una lentitud pasmosa, inapreciable. 

¿Logré  este estado sólo con mi pensamiento? Una dudosa conjetura, una  hipótesis poco probable. Sin embargo, ¿cómo llegué aquí? Si es que permanezco en algún lugar. ¿Me trajeron? ¿Quiénes y por qué?  Me desbordaban las preguntas y me apabullaban las respuestas. La que más me aturdía, sin duda, era la de si volvería alguna vez a mi jardín. Logré una momentánea calma en mis neuronas y me concentré en la oscuridad circundante.  Advertí que no era completa: distraían a mis ojos unos pálidos reflejos verdosos, muy tenues por cierto. También comenzaron mis oídos a notar algunos rumores sólidos, ásperos, en esa oscuridad sin espacio. Parecían ronquidos o bostezos de gigantes perezosos, que se distanciaban y se acercaban ondulantes. Valla a saber: el lugar, de alguna manera, empezaba a componer cierta forma. Podía imaginarme alguna dimensión, nada más, aunque eso ya era algo. Entonces en ese esfuerzo por definir, vi, además de aquellas manchas verdes, unas formas ovales doradas que se acercaban, borrosas, imprecisas. Aunque adquirían más nitidez a medida que se aproximaban. Logré contar unas cinco, no, ocho, aunque iban en aumento, al menos eso me parecían.  Pasaron unos segundos y los óvalos dorados me circundaron: máscaras, se trataba de máscaras metálicas que asocié de inmediato con las que usarían en sus  rituales alguna  tribu exótica del África. No había orificios para los ojos ni para la boca. Pero sin duda los seres que se ocultaban detrás de aquellos velos de bronce, me miraban; me hablaban o quizás cantaban, porque por momentos sus voces sugerían letanías melodiosas. Con la llegada de esas formas encubiertas, más allá de aumentar mi intranquilidad, logré apaciguarme.  Mi mente se serenó  y mis pensamientos se focalizaron. De pronto controlé mi mundo íntimo. Prevaleció mi racionalidad al instinto reptil del miedo y alcancé cierta paz interior. No descarto, por supuesto, que todo ello lo indujera la cercanía de  los mascarones enigmáticos.  



Esos mascarones lucían, no sólo incógnitos, sino bellos. Apreciaba los detalles finos de las grabaduras y la sutileza de los bordes, porque giraban lento a mí alrededor, muy despacio en una suerte de danza a un tempo largo. Había grabados en el metal, dibujos geométricos, fórmulas de una matemática inaccesible, leyendas, historias, sabiduría. Me resultaba diáfano  aquel carrusel de monjes de otro mundo, sin embargo, no conseguía interpretarlo. Permanecía incomprensible para mi cerebro escueto. Deseaba acercarme a ellos, tocarlos, aunque impedido de todo movimiento, resultaba imposible lograrlo. Tantas preguntas para plantearles: ¿Por qué me trajeron? ¿Dónde estaba? Quizá me mantenían inmóvil por temor a que los dañara y  sentía una enorme curiosidad por conocerlos. Esperaría, ellos decidirían el momento para comunicarse. Aguardé y contuve mis ansias. Advertí entonces desde mi centro, que esas máscaras en ronda ocultaban  rostros, caras adheridas a cráneos que se apoyaban en hombros y cuerpos velados  por  togas largas,  túnicas delicadamente bordadas extendiéndose  más allá de los pies. Suponía  que debajo de esas túnicas se ocultaban anatomías humanas, figuras alongadas, altas, viejas, elegantemente viejas.  Algunas de las túnicas lucían filigranas delicadas, plásticas, de suaves tonos pasteles. En los diseños repetían las fórmulas y dibujos de los mascarones.

La ronda lánguida se detuvo y las máscaras comenzaron a mirarse. Cambiaron la melodía de sus susurros, al mismo tiempo que alteraban los tonos y giros melódicos.   No dejaba de suponer que lo que oía era música y no obstante hablaban. Conversaban en su lenguaje melodioso.  Aunque en su parloteo no trataban de mí y  en ese momento se afirmó  una perspectiva en mi mente: la posibilidad de no  encontrarme  en ese recinto exótico, ambiguo y hermético. Existía la opción de que aún permaneciera en mi jardín. Estos caballeros enigmáticos no serían los responsables de trasladarme a su mundo, sino, quizás por la fuerza de la abstracción, yo había traído a estos señores al cosmos pequeño de mi  jardín.  No me veían ni  percibían;  los espiaba.  Presenciaba desde mi inmovilidad, cómo transcurría ese ritual majestuoso, apesadumbrado, espiritual. 

La rueda volvió a girar. El desfile de los monjes, una vez más, se sucedía lentamente ante mis ojos congelados. Pude notar que la ronda se desplazaba, que comenzaba a orbitar erráticamente y poco a poco me dejaba fuera de su centro. De manera tal que se daría la probabilidad de que uno de los monjes enmascarados chocara contra mí si se mantenía la formación y que al parecer así sería, dado que no había señales en lo cófrades de contactar conmigo. Se afirmaba, entonces la idea de mi 'no presencia' en el ritual.  Algo parecido a la  desesperación se adueñó de mi corteza cerebral, al ver de soslayo que una máscara y su túnica y el cuerpo escondido flotaban en mi dirección.  Chocaríamos. Sucedió lo inesperado que no hizo más que reafirmar mi suposición de 'no estar' en el lugar: la esbelta figura del monje atravesó como un aura, como un ente incorpóreo por mi cuerpo rígido. Y en ese instante sin tiempo,  en el que permaneció el ser dentro de mí, recibí las más notables revelaciones, una infinitud de conocimientos: la gran enciclopedia galáctica.  Comprendí su dialecto: un lenguaje complejo y rico en figuras idiomáticas que se referían  a historias épicas o espirituales para explicar intrincados algoritmos matemáticos y fórmulas químicas.  Resolví los enmarañados jeroglíficos de su escritura labrados en las máscaras y comprendí la cimentación esplendorosa de su cultura: mística y ciencia, religión y sabiduría. No cultivaron la guerra, no conocieron la destrucción, sólo un continuo progreso del espíritu y de la razón a través de  milenios de  civilización. Arte, ciencia y religión amalgamados en un todo cósmico.

Sin poderme girar pude, de todos modo, percibir que aquella ronda astral  se alejaba y se diluía a mi espalda. Volví a mi parálisis física, solitario en ese limbo anacrónico. No obstante, mi espíritu era otro. Había plenitud en mi alma, sosiego. Había alcanzado lo que de seguro ningún humano había logrado: conocimiento cósmico. Misterios nuevos. Elevación. Comprendí el sentido de la existencia, la respuesta a ¿Por qué estamos aquí? O ¿Para qué? Y la respuesta es tan clara como una gota de agua o tan compleja como la misma gota: no existe una razón, un motivo, simplemente hay que crearlo. No hay un destino, hay que forjarlo. Nadie espera por nosotros porque no tenemos un lugar a dónde llegar, hay que buscarlo es algo que tenemos que decidir. Como lo decidieron ellos, los monjes que me atrevía a espiar. Esos seres de una belleza ancestral y de una sabiduría que no vacilaron en compartir, y  no dudo, que anexé sus ciencias porque sus mentes y almas estaban abiertas. Así eran ellos: solidarios con la sabiduría, fraternos con sus creencias, seguros de adonde iban.

Los rumores quebradizos y aletargados que ambientaban la penumbra, las manchas verduscas y los aromas acres, resultaron ser, como lo suponía, la realidad diluida de mi cotidianidad: el rumor del tren lejano, la avenida, el regadío, sólo que esa realidad se movía a un tiempo propio, mucho más lento que mí ser. De a poco recobré mi movilidad, mi respiración y los latidos. De a poco, también se completaba el ambiente urbano. Por fin, percibí las gotas en la gramilla y dejé de regar. Mi espíritu añoso había experimentado más que un momento  edificante o mejor dicho, sí se trató de un momento, un micro instante dónde se resumió todo el anhelo de una civilización afanosa por el conocimiento místico-científico. Queda para mí reflexionar qué hacer con toda la luz vertida en mi razón y en mi alma. Necesitaré, sin duda, algunos momentos más de regadíos minuciosos.     


Fin.

jueves, 3 de marzo de 2016

LA BESTIA.


LA BESTIA.

Por

Hugo Rodríguez.

 

Había matado al dragón cerca del bosque, lo derribó de un lanzazo en pleno vuelo.

Se disponía a decapitarlo, pero antes cruzó miradas con la niña que había montado el cuello de la bestia:

 

—No es bueno  —dijo el cazador furtivo —que una pequeña jinetee estos animales.

 

La niña sostuvo la mirada por un rato más y luego se marchó hacia el bosque. El caza-recompensas volcó el cráneo del dragón en el carromato, junto a la ballesta enorme con la que había jalado la lanza, y luego de azuzar los caballos regresó a la aldea.

 

El cazador llegaba al villorrio gritando:

 

— ¡Aquí les traigo la cabeza de la bestia! ¡Ya no les molestará!

 

Los aldeanos hurgaban en el carro aún en movimiento.

 

— ¿¡Donde está la bestia!? Le reclamaron.

—Sólo traje la cabeza, como me pidieron.

— ¡La niña! ¿¡Dónde está la niña!? — clamaban encrespados.

 

Fin.

PRIMERA JUNTA


PRIMERA JUNTA
Por
Hugo Rodríguez. 

         Los dígitos del reloj indicaron 6.30 y la alarma sonó. Mirta se sacudió entre las cobijas, silenció el reloj y luego de refunfuñar se sentó en la cama. Después de desperezarse los pies, embutidos en soquetes de lana,  la remolcaron hacia el baño. El espejo retuvo su rostro enmarcado por una enmarañada melena castaña. Los ojos marrones anunciaban los treinta y reflejaban la  aspereza de quién supone que los días venideros serán tan trillados como el que empezaba. Desayunó café. Se calzó una gorra con orejeras, bufanda, guantes y una campera inflable. Antes de dejar el departamento despertó a su madre y luego Bajó las escaleras. Asomó a la calle. La llovizna que caía sobre Buenos Aires le enfrió la cara.

          A mediodía Nicanor saboreaba un café en el bar de siempre y en la mesa de siempre, junto a la ventana.  Encendió un Particulares y exhaló la primera bocanada contra el vidrio. Su mirada se perdía entre los Chevrolet, el tranvía  y el andar invariable de los porteños. Marcaba el compás con la punta del zapato, siguiendo  La Yumba que la orquesta de Pugliese hacía oír desde la radio, allá en la repisa, entre una Legui y una Bols.  Nicanor se paró junto a la silla y dejó caer en el pocillo los papelitos del  azúcar. Aplastó el cigarrillo en el cenicero de Cinzano, se giró y descolgó  el saco del perchero, lo vistió, descolgó el funyi y se dirigió a la salida.  En la puerta cedió la entrada a una mujer a la que saludó calzándose el sombrero. Miró las nubes que ya no llovían y cruzó la calle Corrientes. Nicanor empujaba la puerta giratoria de la empresa  aseguradora, para retomar las  tareas en su escritorio, frente a la máquina de escribir.

Mirta se alzó el cuello de la campera y se acomodó la cinta de la cartera sobre el hombro. Con las manos en los bolsillos desafió la llovizna y caminó las cuadras hasta  la boca del subte de Gallardo y Corrientes. Viajó colgada del pasamano y apiñada como sardina. Descendió en Carlos Pellegrini junto al tropel de viajantes recorriendo de memoria los pasajes y escalinatas del metro. Encaró hacia la escalera mecánica que la dispararía a los pies del Obelisco, pero se detuvo un instante antes de subirla. Esperó a que la turba se disipara y entonces se dejó llevar por los escalones mecánicos. Mientras acariciaba con el dorso de los dedos el pasamano desgastado, Mirta le sonreía a la escalera contigua que descendía. Se enfrentó de nuevo a la llovizna, apresuró sus pasos por la avenida Irigoyen, hasta la sucursal del Banco Ciudad.  Las puertas se descorrieron y después de saludar al personal de seguridad entró al local. 

    La llovizna había regresado por la tarde y Nicanor apresuraba sus pasos hasta la entrada del subte de Carlos Pellegrini. Cruzó los molinetes y recorrió los pasillos con la turba presurosa del regreso. Se detuvo ante la escalera y esperó a que se desolara. Luego se dejó descender, acompañó con la mirada los escalones contiguos que subían y les dedicó una sonrisa. Bajo las tulipas de Diagonal Norte, Nicanor esperaba en el andén. Se entretenía con el anuncio de Geniol, ante el cabezudo aguijoneado de alfileres, cuando el traqueteo del metro que arribaba lo distrajo. Viajó apretujado como sardina hasta San Juan. En la pensión recalentó los fideos de ayer y los acompañó con un tinto. Se aplastó en la cama y se durmió escuchando radio. 

          En el  Mc. Donald's de la otra cuadra, Mirta almorzaba junto a la ventana un combo de hamburguesa y gaseosa igual al de los afiches y por los parlantes, Soda Estéreo insistía con Música ligera. Mirta, que apenas había mordido dos veces a su hamburguesa, arremolinaba la gaseosa con el sorbete mientras su mirada atravesaba el ventanal y se posaba en las nubes que ya no lloviznaban. Se distrajo con los autos de la  9 de Julio, tercos en  conmover al Obelisco a bocinazos. Mirta sorbió un poco de gaseosa,  acomodó  los restos del almuerzo en la bandeja, se calzó la campera, tomó la cartera  y abandonó el local. Caminó despacio perdiendo la mirada en las vidrieras y las paredes ruinosas. Se detuvo   a contemplar el afiche de una tanguería,  adornado con la viñeta de un porteño compadrito, un porteño de ayer. Luego caminó  con las manos en los bolsillos contando las vainillas de las baldosas: Mirta regresaba  a la sucursal, a su box, al teclado y la PC.

   Nicanor logró asestar un manotazo al reloj, que taladraba sobre la mesa de luz y lo acalló. Las agujas marcaban las 6.30. Se afeitó ante el espejo de la cómoda. En el espejo había un rostro cuarentón embadurnado de espuma y un par de ojos claros con las rayas de la rutina a los costados. Se retocó con la punta de la tijera los bigotes finos y negros. Refrescó con agua de colonia  sus mejillas y empastó sus cabellos con Glostora. Nicanor, silbaba bajito Adiós Muchachos, mientras se ajustaba los tiradores sobre los hombros.  Se vistió el saco, se acomodó el sombrero en la cabeza, tomó el último amargo de un chupón y  abandonó el cuarto de pensión.  Por la galería  retumbaron sus pasos y el silbido suave del tango. Se cerró tras él,  la puerta larga  del zaguán  y Buenos Aires lo abofeteó con una llovizna fría.

En el baño, Mirta acomodaba sus cabellos frente al espejo. Reforzaba su maquillaje mientras las compañeras la despedían. Roció sus orejas con Chanel, se contempló por un instante y sus labios dibujaron una sonrisa leve. La puerta de la sucursal volvía a descorrerse ante ella, saludó al de seguridad y asomó a la tarde de Buenos Aires que repetía la lluvia de la mañana. Se guareció bajo la cúpula  de un teléfono público y telefoneó a su madre, para que la esperara con té caliente. Mezclada con la muchedumbre, Mirta se  metía en el subte de Diagonal Norte. Recorrió los pasillos hasta la escalera mecánica y antes de abordarla esperó  hasta que la turba se disipara.

Nicanor trotó por las veredas que lo acercaban al subte de San Juan y se sumergió en el túnel. Sacó un cospel del bolsillo, lo insertó en la ranura del molinete y se sumó a la vorágine de pasajeros de rostros parcos y mal dormidos. Bajó en Diagonal Norte y serpenteó con la muchedumbre por los pasadizos y graderías hasta dar con la escalera mecánica que lo lanzaría a la efigie perpetua del Obelisco.

Entonces la vio.

Entonces lo vio.

Se dejaron acercar por los escalones mecánicos:

 

‘Ella descendía  como una novia y  me miraba como la tierra’.

‘Él se elevaba como un ángel y me sonreía como un Dios’.

‘Y nos amábamos’.

‘Y nos amábamos’.

‘Su piel estallaba en un enjambre de pétalos’.

‘Sus ojos eran cielo y eran fuego y eran mar’.

‘Y nos amábamos’.

‘Y nos amábamos’.

‘¿Hueles  a jazmín?’

‘¿Hueles a clavel?’

‘¿Canta tu voz?’

‘¿Grita tu corazón?’

‘¿Cuánto dura este instante?’

‘Más que la muerte’.

‘Más que el amor’.

 

Entonces la miró.

Entonces lo miró.

       Mientras la escalera los alejaba:

‘Se posaría en la arena, casi sin tocarla, como un ángel’.

‘Se elevaría sobre el mar, como una gaviota, casi como un Dios’.

‘Y nos amaríamos’.

‘Y nos amaríamos’.

      

Levantó su sombrero para saludarla y ella le sonrió, antes de perderse por los pasillos.

 

                                                                  Fin.

martes, 2 de febrero de 2016

ENSUEÑO.


ENSUEÑO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

Mi nombre es Juan y desperté aquella mañana con estos versos en mí cabeza, evocados por una vos de mujer:

 

“Te deseo.

Tu imagen me encuentra sin vos,

Contorneándose en la soledad de mí cuarto.

Despojada de toda resistencia

Alucinando que mis límites son polvo

Mis leyes cenizas

Te imagino presente

Me embriago con tu sudor obsceno

Te doy mi cuello, mi frente,

Mi espalda, mis tobillos

Mi humedad turgente.”

 

            Me despejaba lentamente mientras la voz me dejaba y en mi boca se diluía el sabor dulce de otra boca. Por un largo tiempo recordé la  estrofa y el extraño despertar.

Tal vez, impulsado por ese recuerdo o a lo mejor, por mis horas vacías,  empecé a concurrir  a un taller literario donde retomé mi afición por la escritura, abandonada por algún tiempo.

Promediando el curso abordamos la  poesía, un género por el cual no sentía mucho apego. En esa oportunidad, el coordinador nos presentó a Susana, una nueva tallerista que nos acompañaría  hasta concluir el año.  Nos organizó en parejas. Nos propuso que escribiéramos algunos versos libres y que  luego, cada uno recitara el poema del otro. Susana fue elegida mi par. Así que entonces, eché mano a la  estrofa de aquel extraño despertar y la escribí. La intercambié con ella. Yo leería primero su poema, pero eso no sucedió.

Llevamos un año de casados y las dos hojas con los mismos versos se protegen bajo el vidrio de la mesa de luz.

Fin.

EL RITO.


EL RITO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

El joven Donnell Eliott  entró en aquel sótano. Lentamente, cerró la puerta con la espalda, pero no pudo evitar el gemido de los goznes. Se encogió de hombros mientras  su nariz respingada y sus labios finos se fruncían en un gesto de disgusto. El quejido ancestral de las bisagras recorrió las oquedades del lugar que hedía a humedad. Una humedad milenaria que le perforaba los pulmones y se le clavaba en los huesos. Levantó el farol a la altura de su cara y la llama agónica  chispeó en su enmarañada cabellera rojiza. Los ojos pequeños de Donnell se achicaron aún más en el intento vano de escrutar en la penumbra densa. Se acomodó la chaquetilla, ajustó la llama del farol y se inclinó para recoger una bolsa de cuero ajado y sucio que había dejado caer sobre el estrado polvoriento. Al erguirse, la llama, ahora más intensa, le permitió ver los primeros tablones de una escalinata que se perdía en la profundidad.  La nuez de su garganta se movió: Donnell Eliott comenzaba a descender  por esos escalones  de maderos adormilados,  que lo arrastrarían  a la tenebrosidad del sótano.

             Flanqueado a un lado por una baranda enclenque y al otro, por un muro agrietado y mohoso,  el muchacho descendía, envuelto en el halo amarillento de su farola. En un intento por encontrar algo de oxígeno en esa atmósfera enrarecida, llenó sus pulmones con ese aire y estalló en  una convulsión que lo obligó a detenerse. Dejó caer la bolsa y cubrió su boca con la mano. Las telarañas que lo rodeaban se mecían cada vez que tosía. Ahora, se oprimía el plexo e intentaba controlar el aliento. Mientras se serenaba,  elevó el farol   sobre la cabeza y distinguió las enormes vigas que sostenían el entablado del techo, tapizado por un manto verduzco y gelatinoso, que centellaba al paso de su luz. El manto parecía engrosarse hacia el lado opuesto del muro, pero más allá, las sombras lo cubrían. Carraspeó un par de veces más, recogió la bolsa y continuó el  descenso.

            La escalera terminó ante  una pared de piedras desiguales. Donnell abandonó el último escalón afirmando  las suelas de sus zapatos sobre un piso de adoquines desparejos. Comenzó a recorrer el lugar asegurando cada uno de sus pasos.  Toneles viejos y cacharros herrumbrados aparecían en el halo amarillento que lo envolvía. Los adoquines se moteaban con  charcas gelatinosas que se propagaban a medida que avanzaba. Cuando los charcos  ya cubrían el adoquinado, se enfrentó con el otro muro del sótano. Allí, la jalea viscosa se adhería a las grietas y oquedades de la pared. Subió el farol y vio que la gelatina se ensanchaba hasta formar aquel manto verduzco  que tapizaba al techo.  Eliott fijó el haz del farol y retuvo la respiración,  al mismo tiempo que templaba sus tendones: una ríspida exhalación, como un portentoso fuelle, inquietó  sus oídos. Alguien más sorbía  aquel aire con violentas bocanadas. Alguien más se hundía en la oscuridad de ese lugar.

Retomó el aliento y los párpados se separaron a más no poder, para  clavar la mirada en el entretecho  del sótano. Hacia allí había apuntado el haz del farol: La bestia colgaba como una res, aferrada con sus garras poderosas a un robusto tirante. Plegadas a los costados, las alas de murciélago  se sacudían, mientras el  tórax, se ensanchaba a cada inspiración como el buche de un escuerzo. El esternón, una viga enérgica que sostenía la bóveda de su pecho, se hundía y volvía a emerger desde aquel torso descomunal. Donnell, boquiabierto, se animó a acercarse  hasta parase ante la cabeza del engendro que colgaba invertida. La bestia dormía. El muchacho escrutó esa cara compacta, ese hocico jadeante de nariz chata y rugosa, encastrado entre las esferas salientes de los ojos cubiertos por párpados venosos. Algo más distendido, el audaz Eliott se  acuclilló, sin quitarle la   mirada al monstruo y apoyó  con cuidado el farol sobre la curva pegajosa de un adoquín, y el haz de luz recortó  su silueta y la del engendro en el muro cercano. Con manos temblorosas volcaba el contenido de la bolsa: una estaca y una masa. El rito volvía a repetirse. Bajó la mirada  y recogió los instrumentos milenarios. Los contempló por un instante. Un frio instante. Un momento suficiente. Frenó el impulso de ponerse  en pié, fijó la mirada en un punto ciego y  no necesitó atender las sombras en el muro cercano: sabía que la bestia ya se alzaba a su espalda.

                                                            Fin.