jueves, 3 de marzo de 2016

LA BESTIA.


LA BESTIA.

Por

Hugo Rodríguez.

 

Había matado al dragón cerca del bosque, lo derribó de un lanzazo en pleno vuelo.

Se disponía a decapitarlo, pero antes cruzó miradas con la niña que había montado el cuello de la bestia:

 

—No es bueno  —dijo el cazador furtivo —que una pequeña jinetee estos animales.

 

La niña sostuvo la mirada por un rato más y luego se marchó hacia el bosque. El caza-recompensas volcó el cráneo del dragón en el carromato, junto a la ballesta enorme con la que había jalado la lanza, y luego de azuzar los caballos regresó a la aldea.

 

El cazador llegaba al villorrio gritando:

 

— ¡Aquí les traigo la cabeza de la bestia! ¡Ya no les molestará!

 

Los aldeanos hurgaban en el carro aún en movimiento.

 

— ¿¡Donde está la bestia!? Le reclamaron.

—Sólo traje la cabeza, como me pidieron.

— ¡La niña! ¿¡Dónde está la niña!? — clamaban encrespados.

 

Fin.

PRIMERA JUNTA


PRIMERA JUNTA
Por
Hugo Rodríguez. 

         Los dígitos del reloj indicaron 6.30 y la alarma sonó. Mirta se sacudió entre las cobijas, silenció el reloj y luego de refunfuñar se sentó en la cama. Después de desperezarse los pies, embutidos en soquetes de lana,  la remolcaron hacia el baño. El espejo retuvo su rostro enmarcado por una enmarañada melena castaña. Los ojos marrones anunciaban los treinta y reflejaban la  aspereza de quién supone que los días venideros serán tan trillados como el que empezaba. Desayunó café. Se calzó una gorra con orejeras, bufanda, guantes y una campera inflable. Antes de dejar el departamento despertó a su madre y luego Bajó las escaleras. Asomó a la calle. La llovizna que caía sobre Buenos Aires le enfrió la cara.

          A mediodía Nicanor saboreaba un café en el bar de siempre y en la mesa de siempre, junto a la ventana.  Encendió un Particulares y exhaló la primera bocanada contra el vidrio. Su mirada se perdía entre los Chevrolet, el tranvía  y el andar invariable de los porteños. Marcaba el compás con la punta del zapato, siguiendo  La Yumba que la orquesta de Pugliese hacía oír desde la radio, allá en la repisa, entre una Legui y una Bols.  Nicanor se paró junto a la silla y dejó caer en el pocillo los papelitos del  azúcar. Aplastó el cigarrillo en el cenicero de Cinzano, se giró y descolgó  el saco del perchero, lo vistió, descolgó el funyi y se dirigió a la salida.  En la puerta cedió la entrada a una mujer a la que saludó calzándose el sombrero. Miró las nubes que ya no llovían y cruzó la calle Corrientes. Nicanor empujaba la puerta giratoria de la empresa  aseguradora, para retomar las  tareas en su escritorio, frente a la máquina de escribir.

Mirta se alzó el cuello de la campera y se acomodó la cinta de la cartera sobre el hombro. Con las manos en los bolsillos desafió la llovizna y caminó las cuadras hasta  la boca del subte de Gallardo y Corrientes. Viajó colgada del pasamano y apiñada como sardina. Descendió en Carlos Pellegrini junto al tropel de viajantes recorriendo de memoria los pasajes y escalinatas del metro. Encaró hacia la escalera mecánica que la dispararía a los pies del Obelisco, pero se detuvo un instante antes de subirla. Esperó a que la turba se disipara y entonces se dejó llevar por los escalones mecánicos. Mientras acariciaba con el dorso de los dedos el pasamano desgastado, Mirta le sonreía a la escalera contigua que descendía. Se enfrentó de nuevo a la llovizna, apresuró sus pasos por la avenida Irigoyen, hasta la sucursal del Banco Ciudad.  Las puertas se descorrieron y después de saludar al personal de seguridad entró al local. 

    La llovizna había regresado por la tarde y Nicanor apresuraba sus pasos hasta la entrada del subte de Carlos Pellegrini. Cruzó los molinetes y recorrió los pasillos con la turba presurosa del regreso. Se detuvo ante la escalera y esperó a que se desolara. Luego se dejó descender, acompañó con la mirada los escalones contiguos que subían y les dedicó una sonrisa. Bajo las tulipas de Diagonal Norte, Nicanor esperaba en el andén. Se entretenía con el anuncio de Geniol, ante el cabezudo aguijoneado de alfileres, cuando el traqueteo del metro que arribaba lo distrajo. Viajó apretujado como sardina hasta San Juan. En la pensión recalentó los fideos de ayer y los acompañó con un tinto. Se aplastó en la cama y se durmió escuchando radio. 

          En el  Mc. Donald's de la otra cuadra, Mirta almorzaba junto a la ventana un combo de hamburguesa y gaseosa igual al de los afiches y por los parlantes, Soda Estéreo insistía con Música ligera. Mirta, que apenas había mordido dos veces a su hamburguesa, arremolinaba la gaseosa con el sorbete mientras su mirada atravesaba el ventanal y se posaba en las nubes que ya no lloviznaban. Se distrajo con los autos de la  9 de Julio, tercos en  conmover al Obelisco a bocinazos. Mirta sorbió un poco de gaseosa,  acomodó  los restos del almuerzo en la bandeja, se calzó la campera, tomó la cartera  y abandonó el local. Caminó despacio perdiendo la mirada en las vidrieras y las paredes ruinosas. Se detuvo   a contemplar el afiche de una tanguería,  adornado con la viñeta de un porteño compadrito, un porteño de ayer. Luego caminó  con las manos en los bolsillos contando las vainillas de las baldosas: Mirta regresaba  a la sucursal, a su box, al teclado y la PC.

   Nicanor logró asestar un manotazo al reloj, que taladraba sobre la mesa de luz y lo acalló. Las agujas marcaban las 6.30. Se afeitó ante el espejo de la cómoda. En el espejo había un rostro cuarentón embadurnado de espuma y un par de ojos claros con las rayas de la rutina a los costados. Se retocó con la punta de la tijera los bigotes finos y negros. Refrescó con agua de colonia  sus mejillas y empastó sus cabellos con Glostora. Nicanor, silbaba bajito Adiós Muchachos, mientras se ajustaba los tiradores sobre los hombros.  Se vistió el saco, se acomodó el sombrero en la cabeza, tomó el último amargo de un chupón y  abandonó el cuarto de pensión.  Por la galería  retumbaron sus pasos y el silbido suave del tango. Se cerró tras él,  la puerta larga  del zaguán  y Buenos Aires lo abofeteó con una llovizna fría.

En el baño, Mirta acomodaba sus cabellos frente al espejo. Reforzaba su maquillaje mientras las compañeras la despedían. Roció sus orejas con Chanel, se contempló por un instante y sus labios dibujaron una sonrisa leve. La puerta de la sucursal volvía a descorrerse ante ella, saludó al de seguridad y asomó a la tarde de Buenos Aires que repetía la lluvia de la mañana. Se guareció bajo la cúpula  de un teléfono público y telefoneó a su madre, para que la esperara con té caliente. Mezclada con la muchedumbre, Mirta se  metía en el subte de Diagonal Norte. Recorrió los pasillos hasta la escalera mecánica y antes de abordarla esperó  hasta que la turba se disipara.

Nicanor trotó por las veredas que lo acercaban al subte de San Juan y se sumergió en el túnel. Sacó un cospel del bolsillo, lo insertó en la ranura del molinete y se sumó a la vorágine de pasajeros de rostros parcos y mal dormidos. Bajó en Diagonal Norte y serpenteó con la muchedumbre por los pasadizos y graderías hasta dar con la escalera mecánica que lo lanzaría a la efigie perpetua del Obelisco.

Entonces la vio.

Entonces lo vio.

Se dejaron acercar por los escalones mecánicos:

 

‘Ella descendía  como una novia y  me miraba como la tierra’.

‘Él se elevaba como un ángel y me sonreía como un Dios’.

‘Y nos amábamos’.

‘Y nos amábamos’.

‘Su piel estallaba en un enjambre de pétalos’.

‘Sus ojos eran cielo y eran fuego y eran mar’.

‘Y nos amábamos’.

‘Y nos amábamos’.

‘¿Hueles  a jazmín?’

‘¿Hueles a clavel?’

‘¿Canta tu voz?’

‘¿Grita tu corazón?’

‘¿Cuánto dura este instante?’

‘Más que la muerte’.

‘Más que el amor’.

 

Entonces la miró.

Entonces lo miró.

       Mientras la escalera los alejaba:

‘Se posaría en la arena, casi sin tocarla, como un ángel’.

‘Se elevaría sobre el mar, como una gaviota, casi como un Dios’.

‘Y nos amaríamos’.

‘Y nos amaríamos’.

      

Levantó su sombrero para saludarla y ella le sonrió, antes de perderse por los pasillos.

 

                                                                  Fin.

martes, 2 de febrero de 2016

ENSUEÑO.


ENSUEÑO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

Mi nombre es Juan y desperté aquella mañana con estos versos en mí cabeza, evocados por una vos de mujer:

 

“Te deseo.

Tu imagen me encuentra sin vos,

Contorneándose en la soledad de mí cuarto.

Despojada de toda resistencia

Alucinando que mis límites son polvo

Mis leyes cenizas

Te imagino presente

Me embriago con tu sudor obsceno

Te doy mi cuello, mi frente,

Mi espalda, mis tobillos

Mi humedad turgente.”

 

            Me despejaba lentamente mientras la voz me dejaba y en mi boca se diluía el sabor dulce de otra boca. Por un largo tiempo recordé la  estrofa y el extraño despertar.

Tal vez, impulsado por ese recuerdo o a lo mejor, por mis horas vacías,  empecé a concurrir  a un taller literario donde retomé mi afición por la escritura, abandonada por algún tiempo.

Promediando el curso abordamos la  poesía, un género por el cual no sentía mucho apego. En esa oportunidad, el coordinador nos presentó a Susana, una nueva tallerista que nos acompañaría  hasta concluir el año.  Nos organizó en parejas. Nos propuso que escribiéramos algunos versos libres y que  luego, cada uno recitara el poema del otro. Susana fue elegida mi par. Así que entonces, eché mano a la  estrofa de aquel extraño despertar y la escribí. La intercambié con ella. Yo leería primero su poema, pero eso no sucedió.

Llevamos un año de casados y las dos hojas con los mismos versos se protegen bajo el vidrio de la mesa de luz.

Fin.

EL RITO.


EL RITO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

El joven Donnell Eliott  entró en aquel sótano. Lentamente, cerró la puerta con la espalda, pero no pudo evitar el gemido de los goznes. Se encogió de hombros mientras  su nariz respingada y sus labios finos se fruncían en un gesto de disgusto. El quejido ancestral de las bisagras recorrió las oquedades del lugar que hedía a humedad. Una humedad milenaria que le perforaba los pulmones y se le clavaba en los huesos. Levantó el farol a la altura de su cara y la llama agónica  chispeó en su enmarañada cabellera rojiza. Los ojos pequeños de Donnell se achicaron aún más en el intento vano de escrutar en la penumbra densa. Se acomodó la chaquetilla, ajustó la llama del farol y se inclinó para recoger una bolsa de cuero ajado y sucio que había dejado caer sobre el estrado polvoriento. Al erguirse, la llama, ahora más intensa, le permitió ver los primeros tablones de una escalinata que se perdía en la profundidad.  La nuez de su garganta se movió: Donnell Eliott comenzaba a descender  por esos escalones  de maderos adormilados,  que lo arrastrarían  a la tenebrosidad del sótano.

             Flanqueado a un lado por una baranda enclenque y al otro, por un muro agrietado y mohoso,  el muchacho descendía, envuelto en el halo amarillento de su farola. En un intento por encontrar algo de oxígeno en esa atmósfera enrarecida, llenó sus pulmones con ese aire y estalló en  una convulsión que lo obligó a detenerse. Dejó caer la bolsa y cubrió su boca con la mano. Las telarañas que lo rodeaban se mecían cada vez que tosía. Ahora, se oprimía el plexo e intentaba controlar el aliento. Mientras se serenaba,  elevó el farol   sobre la cabeza y distinguió las enormes vigas que sostenían el entablado del techo, tapizado por un manto verduzco y gelatinoso, que centellaba al paso de su luz. El manto parecía engrosarse hacia el lado opuesto del muro, pero más allá, las sombras lo cubrían. Carraspeó un par de veces más, recogió la bolsa y continuó el  descenso.

            La escalera terminó ante  una pared de piedras desiguales. Donnell abandonó el último escalón afirmando  las suelas de sus zapatos sobre un piso de adoquines desparejos. Comenzó a recorrer el lugar asegurando cada uno de sus pasos.  Toneles viejos y cacharros herrumbrados aparecían en el halo amarillento que lo envolvía. Los adoquines se moteaban con  charcas gelatinosas que se propagaban a medida que avanzaba. Cuando los charcos  ya cubrían el adoquinado, se enfrentó con el otro muro del sótano. Allí, la jalea viscosa se adhería a las grietas y oquedades de la pared. Subió el farol y vio que la gelatina se ensanchaba hasta formar aquel manto verduzco  que tapizaba al techo.  Eliott fijó el haz del farol y retuvo la respiración,  al mismo tiempo que templaba sus tendones: una ríspida exhalación, como un portentoso fuelle, inquietó  sus oídos. Alguien más sorbía  aquel aire con violentas bocanadas. Alguien más se hundía en la oscuridad de ese lugar.

Retomó el aliento y los párpados se separaron a más no poder, para  clavar la mirada en el entretecho  del sótano. Hacia allí había apuntado el haz del farol: La bestia colgaba como una res, aferrada con sus garras poderosas a un robusto tirante. Plegadas a los costados, las alas de murciélago  se sacudían, mientras el  tórax, se ensanchaba a cada inspiración como el buche de un escuerzo. El esternón, una viga enérgica que sostenía la bóveda de su pecho, se hundía y volvía a emerger desde aquel torso descomunal. Donnell, boquiabierto, se animó a acercarse  hasta parase ante la cabeza del engendro que colgaba invertida. La bestia dormía. El muchacho escrutó esa cara compacta, ese hocico jadeante de nariz chata y rugosa, encastrado entre las esferas salientes de los ojos cubiertos por párpados venosos. Algo más distendido, el audaz Eliott se  acuclilló, sin quitarle la   mirada al monstruo y apoyó  con cuidado el farol sobre la curva pegajosa de un adoquín, y el haz de luz recortó  su silueta y la del engendro en el muro cercano. Con manos temblorosas volcaba el contenido de la bolsa: una estaca y una masa. El rito volvía a repetirse. Bajó la mirada  y recogió los instrumentos milenarios. Los contempló por un instante. Un frio instante. Un momento suficiente. Frenó el impulso de ponerse  en pié, fijó la mirada en un punto ciego y  no necesitó atender las sombras en el muro cercano: sabía que la bestia ya se alzaba a su espalda.

                                                            Fin.

viernes, 1 de enero de 2016

DESTINO, GENERAL.

Destino, general
Y construyó castillos en el aire
A pleno sol, con nubes de algodón.
Y convocó al duende de las cosas
Que tiene mucho que ver con el amor.
A. Cortés.
—¡Saltá, dale! ¡¿O tenés cagazo?! ¡Pendejo de mierda!
—No. No. No tengo miedo.
—Ah, bueno. ¿Sentís el viento?
—Sí. Sopla fuerte.
—Vas a ver qué bueno cuando te rosa la cara. ¡Qué sensación!
—Ud. ¿Ya saltó?
—Y a vos qué te importa. Acá, las preguntas las hago yo. Preparate para saltar.
—Sí. Si... Está lejos el fondo, carajo. ¿Qué hay allá abajo?
—No preguntes. Temblás como una hoja, pendejo. ¡Estás cagado hasta las patas! ¿He? Le tenés
miedo al fondo, ¿no?
—No. Al fondo no. Después de todo, seguro que no hay nada ahí.
—Allí te hacés mierda. Te hacés pedazos. Comida para los buitres. Y se te terminan todas esas ideas
pelotudas que tenés en la cabeza.
—Le temo a otra cosa.
—Ahora desnudate chabón. Vas a saltar en bola.
—Pero, yo...
—Sacate la ropa y no me jodas. Dale, dame el pantalón y la camisa. Los botines también. Mirá, ahí
van, todas tus pilchas. ¿Ves cómo caen? ¿Ves cómo flamean?
—Sí. Espectacular. Parecen pájaros.
—Sí, pero terminan en el fondo. ¡Y ahí las vas a ir a buscar! ¡Preparate!
—¡No necesita agarrarme! ¡Voy a saltar igual!
—Vas a saltar cuando yo te empuje. ¿Entendiste? Acá todos saltan cuando yo decido. ¡Y dejá de
temblar, carajo! ¡Lo que tenés entre las patas son huevos! ¡Sé hombre, mierda!
—Es que me da miedo. No, miedo no: vértigo, no saber si...
—Sí qué, boludo. Te hacés mierda. Se termina todo.
—Sí claro... Pero y si puedo volar.
—Ja, ja. Son todos iguales. Preguntales a los otros que están allá abajo.
—Volar...
—Chau pibe. Suerte. Y el boludo extiende los brazos. Volar es imposible. Imposible.

INSÓLITO-PEDIA.


INSÓLITO-PEDIA.

Por

Hugo Rodríguez.


ANIUCHI: etimología, de la lengua antigua, "no te veo". La característica principal de este herbívoro, cuadrúpedo y mamífero, oriundo de la Meseta ESTIANA, es su altísima capacidad de camuflaje. Gracias a que su lana reproduce con exactitud el entorno consigue un perfecto mimetismo con su medioambiente. Es imposible para el ojo humano visualizar algún ejemplar de ANIUCHI entre la escueta vegetación de la sabana. La especie, al borde de la extinción, cuenta en la actualidad con unos pocos ejemplares. Estos últimos animales están al cuidado de los ANIUCHICOS, "criadores de ANIUCHI", aldeanos de un pequeño poblado al extremo sur de ESTIANA.

No se posee registros fósiles de la especie, por lo tanto, no se ha podido datar su antigüedad. Sí se conocen, en cambio, varias leyendas y coplas. La más popular de las historias es la que narra el arribo de los invisibles ANIUCHIS a la altiplanicie ESTIÁNICA, cuando esta era una pradera verde. Los ANIUCHIS, herbívoros voraces, crecieron en número y convirtieron a la pradera en el actual desierto. Y entre las más antiguas de las coplas se cuenta con la compilada por CHINA IU, prestigiosa arqueo música de ESTIANA.


Con lana de aniuchi otra piel te tejeré

Para que nadie vea tu hermosura

Con lana de aniuchi te cubriré.

Bella y linda linda y bella sólo para mí serás.

Para que los ojos de los otros no te miren

Aniuchi te cubrirá”.


Los naturalistas no han podido estudiar la fisiología del animal, ya que rigen estrictas leyes conservacionistas rigurosamente aplicadas por el gobierno de ESTIANA. La más severa, que castiga con la pena de muerte, es aquella que prohíbe presenciar la esquila del animal. La esquila es realizada por los ANIUCHICOS una vez al año, durante la noche y en cavernas y grutas que solo ellos conocen.

De todas maneras, los naturalistas han podido inducir algunas características de la fisiología del ANIUCHI. Se conoce su envergadura que se ha deducido a partir de las huellas, en forma de pesuña, y se supone que se trataría de un camélido semejante al guanaco de OSTIANA, región lindante a ESTIANA. Se sabe de su hedor, similar al que emana el estiércol del auca azul, palmípedo originario de la meseta, y también se cuenta con grabaciones de su bufido, que algunos investigadores confundieron con el resoplo del viento en las cañadas, conocido en el país como: "canto de ANIUCHI", por su similitud con el bufido de este.

Una vez al año, durante los primeros cuatro días de noviembre, antes de la esquila, el pueblo de los ANUCHICOS  recibe la visita de innumerables turistas provenientes de latitudes variadas. Estos cuatro días que dura el festejo son, prácticamente, el único contacto que los pobladores poseen con el resto del mundo. Durante el jolgorio, los criadores visten sus galas confeccionadas con  lana de ANIUCHI: pasamontañas, abrigos, guantes y botas, permaneciendo invisibles a los ojos de los visitantes. Ese es el principal atractivo de la festividad, los desprevenidos turistas son deslumbrados por objetos que flotan, ollas y sartenes, cubiertos y platos, vasos y botellas boyan por doquier. Sillas que se descorren, puertas y ventanas que se abren solas, voces y risas sin dueños. Esta festividad del ANIUCHI ha sido declarada patrimonio cultural de ESTIANA.

Por alguna u otra razón, los aldeanos han logrado esquivar las cámaras y filmadoras de los turistas y no se cuenta con ningún registro gráfico  en los que se pueda verificar las "fantasmales proezas" de los ANIUCHICOS. Sí, se han difundido imágenes de esas características, pero todas ellas fraudulentas.

Nota: se han publicado estudios antropológicos en los que se señala la posibilidad que los ANIUCHICOS no existan, como tampoco existan los ANIUCHI. Agregan estos estudios que la aldea de los ANIUCHICOS podría tratarse de un fraude, inteligentemente elaborado por la superintendencia de la ESTIANA con el fin de crear un centro turístico atractivo y rentable. De todas maneras, estas afirmaciones científicas no han encontrado asidero ni en la comunidad de legos ni en el sentir de los turistas que año a año colman la aldea.


martes, 1 de diciembre de 2015

VÍA CIRCUITO.


VÍA CIRCUITO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

Desbastada, Avellaneda  despertaba una vez más bajo aquel cielo plomizo. Despertaba custodiada por 'las puertas', colosales, inhumanas, que partían la nada y se erguían hasta el manto gris de las alturas. Por ‘las puertas’ habían entrado los gigantes que arrasaron todo. Los gigantes que extinguieron a la raza humana. Los que pulverizaron la civilización. Ahora, solo el viento helado del sur bufaba entre los hierros retorcidos, en los muelos de autos, entre las oquedades y  las grietas, mientras la escarcha tamizaba con su velo anémico, el amasijo de la ciudad.

En las ruinas de la estación sobre un trozo de andén, una mujer y dos hombres contemplaban absortos al monorriel, mientras resistían impávidos las poderosas ráfagas  que le arrebataban los cabellos. La mujer, joven y de buen aspecto,  vestía chaqueta y pollera y los hombres que la flanqueaban —de campera, uno, de corbata y traje, el otro— compartían el mismo semblante que la dama y la misma mirada absorta sobre el  riel. Hasta el momento en que sonó desde el norte, el silbato agudo de una locomotora. Entonces giraron sus cabezas: una luz amarilla se aproximaba. Aumentaba de intensidad a cada segundo y sobre el bufido del viento volvía a oírse el silbato fino, penetrante, de la locomotora. La máquina, que semejaba un enorme proyectil acerado, se detuvo casi sin ruido ante los tres pasajeros. Arrastraba un único vagón cilíndrico, metálico, con una puerta de doble hoja en el centro y cuatro ventanas redondas a cada lado. Las hojas de la puerta sisearon y se abrieron.  Los jóvenes, en fila y con pasos prudentes, abordaron el vagón. La puerta volvía a  sisear al cerrarse, mientras el viento barría las ruinas del andén. La locomotora silbó una vez más y comenzó a deslizarse por el monorriel, lenta y silenciosa, abandonando la estación derruida de Avellaneda.

En el interior del vagón, el rugido del viento se oía lejano y el ambiente ofrecía una blanda calidez. El trío se miraba las caras, lozanas, inexpresivas.

— ¿Qué es este lugar? —preguntó el joven de campera, que caminaba hacia el fondo.

—No sé —respondió la muchacha que se dirigía en la otra dirección—. Parece un coche para turista de primera clase.

— ¿Por qué razón subimos? —Se interrogaba el de traje, parado en el centro— ¿Por qué estábamos en el andén? 

—No tengo respuestas para eso —le afirmó la joven—. Tampoco tengo recuerdos inmediatos, ni anteriores. Ni siquiera sé mi nombre.

—Ni Yo —dijo el del fondo, girándose—. Creo que deberíamos preguntarle al conductor, si es que existe.

En ese momento la puerta que comunicaba con la máquina se descorrió. Surgió la figura grotesca de un androide con atuendo de conductor de locomotoras a vapor. Calzaba un gorro con visera y un guardapolvo hasta las pantorrillas. En la cara se movían dos ojos redondos y sin párpados. Una sonrisa exagerada se había petrificado en sus labios.

—Buenos días —saludó el androide con voz de radio mal sintonizada, mientras se quitaba unos guantes enormes—, mi nombre es Tiberio y soy conductor y guía de esta formación. Por favor tomen asiento, quiero mostrarles el lugar —los tres pasajeros permanecieron en pie—. Bien, como gusten —dejó los guantes en el primer asiento y cojeando de la pierna derecha comenzó a caminar hacia el fondo—. Este coche cuenta con muchas comodidades: al final se encuentra el lavabo donde pueden ducharse, a la izquierda, un placar con muda de sus talles —lo abrió y miró a la joven—. Aquí tenés un bonito conjunto, Inés, si querés vestirlo. 

—Ese es mi nombre ¿Inés?

—Sí —afirmó el maquinista autómata—, Inés Gutiérrez. Todos tenemos nombres.

— Y cuáles son los nuestros— preguntó incrédulo el muchacho de campera.

—Tu nombre es Mario Fernández y el tuyo Ricardo Sánchez.

El trío se intercambió miradas de soslayo y sonrisas cómplices.

            —Bueno —continuó el androide—,  a  la derecha, cuentan con un frízer, una microonda y en esa alacena, agua y alimentos, aunque sólo hay unas  barras de cereales.

Extrajo tres barras, volteó y volvió a renguear por el pasillo. Se detuvo ante  los jóvenes:

—Son muy nutritivas y sabrosas, pruébenlas —les convidaba las barras siempre con su sonrisa rígida.

—Qué tal si nos explicás qué sucede acá… Tiberio ¿no? —le increpó el muchacho de traje, bautizado Ricardo.

—Bueno, nada en especial —el androide guardó las barras en el bolsillo del delantal y se acomodó para exponer. Inés, Ricardo, Mario, compartiremos  un viaje turístico por el Gran Buenos Aires y visitaremos lugares históricos del conglomerado. Por ejemplo, allí, miren —los jóvenes se inclinaron—, el estadio futbolístico de Independiente y un poco más allá el estadio de Racing. Lo ven, dos lugares emblemáticos de la ciudad de Avellaneda.

—Ahí no hay nada —dijo Inés, que se había sentado junto a una ventana.

—Bueno, pero lo hubo —reflexionó el androide.

— ¿Qué son aquellas columnas tan altas? —Preguntó Inés— ¡Deben tener más de cien metros! ¡Parecen tajos en el cielo!

—Esas, esas son las entradas —tartamudeó el robot.

Los jóvenes lo miraron interrogativamente.

—Sí —afirmó el robot Tiberio y después de una pausa agregó—. Las entradas por donde vinieron 'Ellos'.

— ¿Quiénes? —fue la voz de  Mario.

—Los colosos —una vez más las miradas interrogativas cayeron sobre el androide—. Los alienígenos gigantes de otra dimensión. Los que destruyeron todo y exterminaron a los humanos..

—No entiendo —se interrogaba Inés—, las puertas, alienígenas ¿Qué sucedió?

—Sí. ¿Qué fue lo que pasó, robot? ¿Qué son las puertas? —lo apresuró Mario, que se había descerrado la campera.

—Las puertas aparecieron a un mismo tiempo —comenzó su perorata Tiberio, mientras se sentaba  estirando la pierna derecha—. Aparecieron en distintas partes del globo. Miles de ellas Surgieron en lugares estratégicos: ciudades, fábricas, represas, bases militares. De las puertas emergieron los alienígenos, eran humanos, pero gigantescos, embutidos en trajes impenetrables y escafandras que oscurecían sus rostros. El robot advirtió que había captado la atención de los jóvenes. Pertrechados con armas que colgaban de sus hombros como rifles —continuó Tiberio—, rifles con el poder destructivo de varias bombas atómicas. con un solo disparo arrasaban una ciudad. La tierra temblaba a cada paso que daban. Pisaban a todo y todos: niños, mujeres, jóvenes, viejos. Reducían a chatarra, coches, camiones, pateaban colectivos como si fuesen de juguete. De un par de pisotones demolían un edificio.

Las voces se callaron. La mirada de los pasajeros se perdía por las ventanas junto con  los ojos redondos del robot que continuó la narración:

—Vi cómo uno de ellos, rodilla en tierra, apuntaba el cañón de su rifle al cielo, y luego un proyectil, quizás un misil protónico no contaminante, se elevaba sobre la ciudad. Segundos después el misil caía sobre el edificio municipal: primero un silencio asfixiante, y luego la detonación arrasadora. La onda expansiva incineró a las personas. Arrasó los edificios, voló por los aires a los automóviles, Quebró los asfaltos. En instantes la ciudad quedó convertida en ruinas ardientes. 

            — ¿Por qué hicieron algo así? ¿A qué vinieron? —preguntó Inés mirando a los ojos del robot.

            —Las conjeturas que se barajaban entonces —explicaba Tiberios con su sonrisa patética—, eran qué se trataría de una avanzada y que  'vinieron a limpiar' como decían los militares.

            — ¿limpiar para qué? interrogó una vez más la joven.

            —Limpiar, para colonizar —puntualizó Ricardo con voz trémula.

            —Correcto —remarcó Tiberio, que se ponía en pie—. Transcurrió casi una década y aún no han regresado, pero ahí están 'las puertas'.

— ¿Cómo pudieron exterminar a todas las personas? —se preguntaba consternado Ricardo.

—Contaminaron el aire con gérmenes mortales —le respondió de inmediato el robot—. En menos de una semana, la humanidad, sucumbió. Luego se fueron, por esas mismas puertas, que aún siguen allí, como tajos en el cielo, para abrirse cualquier día de estos y colonizar el planeta.

— ¿Todos los humanos? —Preguntaba Mario, mientras miraba a sus compañeros—. Querés decir ¿Qué no hay ninguna persona viva?

—correcto.

— ¿Y por qué sobrevivimos nosotros? —interrogó Inés.

—Ustedes eran parte de un experimento  de animación suspendida —crujió la voz de Tiberio que se cruzaba las manos en la espalda—. Criogenia para viajes espaciales. En el subsuelo de la facultad de Ingeniería, allá en La Plata,  se construyó un recinto donde cinco voluntarios permanecerían en cámaras e invernarían durante un largo tiempo. Recordé esta información y fui a buscarlos, necesitaba pasajeros para mi gira turística —se jactó Tiberio y continuó—. Desactivé las cápsulas, al parecer no lo hice muy bien, no es mi especialidad, y dos de ustedes no sobrevivieron.  Y su desactivación tampoco fue del todo favorable.

— ¿Qué querés decir con 'poco favorable', Tiberio? —Inquirió Ricardo y se desanudaba la corbata—. Queremos saberlo todo ¿Sí?

—Algo sucedió con sus memorias —el robot guardó silencio y metía las manos en los bolsillos.

— ¿Qué hay con nuestras memorias? —insistió Ricardo.

—Se les borró —afirmó Tiberio, girando sus ojos—. No recuerdan nada de sus vidas. Sus nombres figuraban en el frente de las cápsulas. Además...

— ¡Qué! ¡Hay más todavía! —exclamó Inés, algo alterada.

—Continuá, Tiberio, dale —agregó Mario que tomaba del hombro a la muchacha.

—Además, sus memorias son inconstantes. Dentro de una hora, cuando termine el viaje, olvidarán este paseo y nuevamente sus mentes estarán en blanco para luego volver a empezar.

—¡Eso es una locura! —Se descontrolaba Inés— ¡Qué puede saber esta chatarra! ¡¿Qué hacés acá?! ¡Si rompieron todo, como decís! ¡¿De dónde sacaste esta máquina?!

Inés, finalmente, lloró sobre la campera de Mario.

—Sí. Contanos ¿cómo sobreviviste vos?  —Le habló Mario con dureza al maquinista autómata—.

Tiberio comenzó una pequeña caminata de ida y vuelta por el pasillo, y mientras rengueaba y anudaba una vez más las manos en la espalda, expuso:

—Bien. Los invasores sólo se dedicaron a exterminar a la raza humana y su cultura. Destruyeron muchas máquinas. Muchos autómatas. Pero algunos continuamos funcionando. En mi caso, me quedé sin oficio, fui programado como guía turístico.

—También sabés conducir locomotoras —agregó Ricardo.

—Ajá —contestó Tiberio que detuvo su caminata. Cruzó las manos al frente y continuó—. Me instruyeron robots ferroviarios sobrevivientes. No sólo eso, fueron ellos quienes recompusieron el monorriel de la vía circuito. Los androides, de alguna manera, tratábamos de mantenernos activos. Encontré esta vieja locomotora atómica y el vagón, que recompuse con mis propias manos, en los restos de estación Témperley.   Los arreglos me llevaron dos años hasta que pude dar la primera vuelta. Pero ¿A quién guiaría? ¿A quién le contaría de los emblemas de este conurbano?   

—Y te acordaste de nosotros —apuntó Ricardo reflexivo.

—Así es.

Mario ayudó a Inés a sentarse y luego, algo animoso, proclamó:

— ¡Podríamos tener hijos! ¡Procrearnos!  Así cuando vuelvan esos gigantes, estaríamos esperándolos un buen número y hacerles resistencia.

—No nos apresuremos ¿Sí? —respondió Inés desde el asiento. Más calmada y mirándolo al robot, le preguntó:

            — ¿Qué pasa Tiberio? ¿Por qué te callás?

Tiberio recogió los guantes y se paró frente a la puerta que comunica con la máquina y con voz de falsete, dijo:

—Ustedes sobrevivieron a los gérmenes. Es probable que las cápsulas los protegieran,  pero no del todo. Ustedes, ustedes son estériles.

— ¿Estériles? —Habló Inés y se ponía en pie— ¿Y cómo lo sabés?

—Fue el diagnóstico de la computadora de la facultad. Ahora, si me disculpan, voy a la sala de comandos, nos acercamos al puente de Sarandí y se tambalea un poco, como yo. El robot rio, pero su risa no tuvo respuesta.

—Bien —continuó—, si miran por la izquierda verán el estadio de Arsenal —los jóvenes sostuvieron las miradas duras en el androide—. En fin. Ya regreso.

La puerta se descorrió y Tiberio pasó a la máquina.

.

La locomotora, jalando de  su coche de turismo comenzaba a acelerar después de haber cruzado el viaducto con mucha parsimonia. La bala acerada brillaba contra el cielo gris: Tiberio había sabido reconstruir esa vieja locomotora y su vagón y ahora, se dedicaba  a detallar con pasión los distintos puntos significativos de este viaje circular. Habló  de Quilmes y su tradición cervecera y también de la actividad vidriera en Berazategui. Pero a diestra y siniestra el paisaje de conurbano bonaerense distaba mucho de las descripciones optimistas de Tiberio. Allí, donde les indicaba a sus opacos pasajeros la existencia otrora   de algún edificio histórico, de alguna mega—construcción significativa o de alguna industria próspera, los ojos de los paseantes sólo advertían ruinas escarchadas y desolación.

La tragicómica formación doblaba la curva de Villa España, ya con destino a la encrucijada de monorrieles Témperley. Desde ahí, volvería a curvarse de regreso a Avellaneda, pero por el ramal que unía las ciudades de Lomas de Zamora, Bánfiel, Lanús. Nombres que apenas podían deducirse de los carteles destrozados. 

El trío involuntario de pasajeros soportó por un largo rato la cháchara disfónica de Tiberio. El guía mecánico dejó a solas por un momento al grupo humano y regresó a la cabina de conducción. Los pasajeros aprovecharon la ocasión para hablar de sus destinos.

            —Tenemos que bajarnos de este tren —afirmó Ricardo—. No podemos estar a merced de este robot idiota.

—Sí, estoy de acuerdo —coincidió Mario—. Quizás allí afuera exista alguien que pueda ayudarnos.

— Lo dudo —agregó su compañero—, pero también quiero bajarme. Cuando termine el recorrido en Avellaneda, podríamos aprovechar, y dejar este tren. En la ciudad hay más posibilidades de encontrar alguien o algo que nos pueda ayudar.

—Sí. Es buena idea —volvió a coincidir Mario—.

— ¿Qué hay de nuestras memorias? —Agregaba Inés—. Si es como dice el robot, olvidaremos todo antes de llegar a Avellaneda.

—Es probable que mienta —se animaba Mario—. Aunque nuestras memorias no andan muy bien, no creo que sea para tanto. También, Tiberio podría estar mintiendo con respecto a nuestra esterilidad —agregó con picardía, mientras compartía una sonrisa cómplice con Ricardo.

—Es muy probable, Mario —le afirmaba su compañero, devolviéndole la sonrisa—. Deberíamos intentarlo.

            —En la alacena hay barras —dijo la joven haciéndose la desentendida—. Qué tal si se sirven algunas y comen un poco.

—De acuerdo — se ofreció Ricardo—. Yo las voy a buscar.

—Muy bien —afirmó la muchacha—. Coman,  mientras me ducho y me mudo de ropa. 

El tren ya había dejado atrás Témperley y ahora pasaba por los restos irreconocibles de Lomas de Zamora, mientras los apesadumbrados  jóvenes compartían las tabletas de cereales, y solo atendían el  exterior cuando divisaban algunas de las colosales y amenazantes 'puertas'.

Una vez más la figura tosca de Tiberio se presentó en el vagón:

—Ah, me alegro qué disfruten  los servicios del coche. Y del viaje, interesante supongo.

Sus palabras no lograron atraer la atención, ni  romper el mutismo de los dos jóvenes, que compartieron miradas, mientras masticaban.

—De acuerdo —se resignó Tiberios y comenzaba a renguear por el pasillo—. Nos aproximamos a la ciudad de Lanús, emblemática metrópolis del sur. Cuna de muchos artistas…

  ¿Cuánto falta para terminar el viaje, Tiberio? —lo interrumpió Ricardo, que miraba hacia el exterior.

—Oh, claro. Después de Lanús, la próxima parada es Avellaneda, final del recorrido.

— ¿Nos podremos bajar, entonces? —insistió Ricardo.

—Sí, por supuesto. Podrán estirar las piernas. Está un poco fresco, pero en fin.

—Ah, ¡qué bueno! —exclamó Inés, que volvía de la ducha removiendo sus cabellos con una toalla y vistiendo el mismo conjunto.

—¿No te ibas a mudar de ropa? —la consultó Mario.

—Hay dos conjuntos como el que vestía, este es nuevo —respondía Inés resignada—. También hay dos camperas como la tuya y dos trajes como los de Ricardo. El gusto de Tiberio es muy variado.

—Gracias —respondió el robot con su risa congelada—. Como les decía, ustedes me podrán esperar en el andén.

—Por supuesto —afirmó Mario, con sarcasmo, mientras recibía la toalla por la cara que Inés le propinó compartiendo la sátira.

—Entonces —continuó Tiberio desatendiendo las ironías de sus pasajeros—, conduciré la formación hasta Ezeiza. 

— ¿Para qué  la llevás hasta allá? —interrogó Ricardo.

—Allí, se encuentra, se encontraba —respondía el androide—, la central atómica que abastecía a toda la red ferroviaria del Roca. Aprovecho para cambiar los núcleos atómicos de la máquina y del vagón con algunas baterías que aún funcionan. No es un lugar recomendable para ustedes, hay niveles muy altos de radiación.

—Claro, sin duda —afirmaba Mario, muy sobrador—. Bueno conductor,  te esperaremos a que recargues las baterías y  luego disfrutaremos de otra vueltita ¿Qué te parece?

—Estoy de acuerdo —afirmó ingenuamente Tiberio, mientras se inclinaba y miraba por la ventanilla—. Llegamos a Lanús. 

—Te interesa Lanús ¿No Tiberio? —lo interrogó Inés acariciándole el brazo.

—Sí —el robot la miró a los ojos—. Por qué aquí es donde sucede.

— ¿Sucede qué? —Ahora, Inés le apretaba el brazo.

—Es cuando ustedes pierden sus memorias —Tiberio miró a los muchachos y agregó—. Pierden sus memorias una vez más—. Inés lo soltó y retrocedió dos pasos.

 

En las ruinas de la estación, sobre un trozo de andén, los tres jóvenes contemplaban absortos al monorriel.

Fin.