sábado, 3 de octubre de 2015

el planeta del olvido


Gracias Karina por tu colaboración.

Solo cuando cierran los ojos son capaces de dejar huellas en el camino de sus sueños y rozar hasta los aspectos sólidos del alma.

A tu mamá.

 

El Planeta del Olvido

Por

Karina García.

 

Existe un lugar de donde los muertos esperan volver. Pero no todos los que se han ido están allí, sólo aquellos que no pueden recordar que alguna vez han vivido. Esta extraña realidad se experimenta en un pequeño porcentaje de seres pero suficiente para conformar un planeta. El planeta del olvido, de los  que ignoran que han sido libres pero que han muerto; de aquellos que desean ser merecedores de entrar al reino de la tierra.

En ese sector del universo no existe el contacto físico entre sus habitantes, hacen el amor con la mirada y cuando se enamoran sienten que tocan la tierra con las manos. Solo cuando cierran los ojos son capaces de dejar huellas en el camino de sus sueños y rozar hasta los aspectos sólidos del alma. Esto les provoca tal dolor que lo único de desean es vivir de una vez. Pero, en este orbe sin luz, vivir por cuenta propia es considerado un pecado casi vital, por eso, llegada esa instancia, se prescriben tratamientos inmunológicos. Expertos en homeostasis selectiva inoculan a estos individuos algún que otro recuerdo, no cualquiera, sólo aquellos que resulten adecuados para cada sujeto. Esto dependerá de atributos personales  tales como el color de sus ojos, el calibre de sus pupilas y por supuesto dependerá de la intensidad que sus glóbulos oculares transmitan. Para miradas sutiles son eficaces retoños de caricias faciales así como de besos tiernos, en tanto que, para las miradas penetrantes es necesario administrar reminiscencias más potentes. El abanico de recuerdos es amplio, y todos ellos vinculados a experiencias placenteras.

Luego de semejante shock el individuo regresa a su “sin forma” habitual. De nuevo logra ver el iris de sus congéneres que intentan avistar la felicidad en ese mundo, por el tiempo que quede.

Unos pocos rechazan el tratamiento y otros tantos reaccionan ante el antídoto de manera adversa. Ambos grupos permanecen en el dolor, recuperan el sentido de las lágrimas, de las derramadas, de aquellas contenidas. Memoria que los dignifica y les brinda fuerzas para aceptar la verdad última de la vida. Es entonces que se tornan peligrosos, testigos de lo horrendo, capaces de contagiar a los demás las ansias de ver más allá, el exceso. Son perseguidos y exiliados del planeta hacia donde nadie sabe ni pretende recordar.

El resto, de algún modo se pregunta como osaron cerrar sus ojos y alejarse así del paraíso terrenal. Otros piensan que omitir el dolor tal vez no sane las heridas. Este abuso de conciencia se extingue fácilmente junto al resto de sensaciones que pudieron percibir durante esos instantes.

Y así olvidan, que son los muertos que esperan volver a donde nunca han de retornar.

jueves, 3 de septiembre de 2015

b10


Agradezco a Adrián su colaboración.

B10

Por

Adrián Dimarco.

 

            También estaba Sara, pero sintiéndose rehén de sus sueños, no le era posible contar con su apoyo. Pensar en ella era lo único que lo “libraba” de la paradoja de sentir que el tiempo le sobraba. Por todo lo demás, el Sr. Ludueña había caído en un laberinto sin entrada, y pasaba las horas solitario, deambulando inútilmente por la casa o tirado en una cama. En algún pliegue oculto de su alma, encontraba sin embargo, un resto de voluntad para fingir bienestar durante las comunicaciones con Sara; pero al cortar se desarmaba en llantos graves de hombre.

            La serie de lamentables estadíos transitados por el Sr. Ludueña, perduró hasta que fue sorprendido por la videollamada, en la que se fijarían fecha y hora para una cita: sería en su casa, con un alto ejecutivo que, si bien se identificó fehacientemente, se negó a anticiparle detalle alguno del motivo de la reunión. La intriga alrededor del asunto no esperanzó a Ludueña en su pesar, pero sí le acercó el soplo necesario para aliviar tanto ahogo de certezas.

            El día del encuentro, durante la mañana, reacondicionó su living. Al mediodía sintió ganas de almorzar (últimamente casi no tenía hambre) y pidió algo liviano. Después de comer media ración, se sirvió un café y se acomodó en el sillón a matar la espera viendo la señal de noticias. Logró olvidarse del reloj, sumergido en publicidades de ventanas de cristal líquido en alta definición, pronósticos criminológicos e informes bursátiles. Se sobresaltó al escuchar la alarma del sensor de visitas, tanto, que hasta podría decirse que corrió a abrir la puerta.

            — Buenas tardes. ¿Sr. Ariel Ludueña?

            —El mismo. Y Usted debe ser....

            —Lic. Guillermo Frisco, encantado —interrumpió el ejecutivo estrechando la mano ya huesuda de Ludueña—. Me acompaña el Ing. Rubén Melgar, especialista en seguridad integral. Si no se opone, Rubén hará

una rápida revisión de su hogar. No se preocupe, es solo para garantizar la privacidad de nuestro encuentro.

            —Adelante, pueden revisar tranquilos, no creo que encuentren nada raro.

            —Justamente por eso, porque lo raro es lo que menos se encuentra, es que debemos revisar para estar seguros.

Durante los cinco o seis minutos que demoró el escrutinio de la casa, Ariel y Guillermo se entretuvieron hablando de banalidades tales como lo extremo del clima y la rareza de los encuentros cara a cara entre personas desconocidas, como lo eran ellos dos.

            —Todo en orden señores, pueden conversar con total privacidad —sentenció el ingeniero al concluir su chequeo.

            —Gracias. Esperame en el transporte, por favor. Tengo que hablar a solas con el Sr. Ludueña.

            El ingeniero se despidió cordialmente y se marchó. Lo de “hablar a solas” fue una simple excusa para que Melgar saliera a velar por la seguridad, desde el vehículo estacionado en la puerta.

            —Bueno Ariel, ¿puedo llamarlo Ariel?

            —Sí, no hay problema.

            —Bien, comencemos. Supongo que estará intrigado por el motivo de este encuentro, ¿verdad?

            — ¿Y cómo estaría Usted en mi lugar? Desde su videollamada no pude dejar de pensar. Mil veces me pregunté: ¿qué tiene para decirme este hombre que requiera de un encuentro personal? ¿Y por qué no puede adelantarme nada del asunto?

            —Comprendo lo que siente, así que no lo hago esperar más, vamos al grano. Usted, es usuario avanzado de GlobaNet desde hace casi treinta años. Probablemente no lo recuerde, pero para ingresar a nuestra red, usted aceptó las condiciones de privacidad, que en la sección 7.2.2 detallan que la información volcada en nuestros sistemas, podría ser usada por GlobaNet siempre y cuando sea en pos de un beneficio claramente comprobable para la humanidad.

—Perdón, pero ¿usted se acordaría de un click que hizo hace treinta años? —preguntó Ludueña con ansiedad y razón—. Ni siquiera recuerdo haber leído esas condiciones; mucho menos puedo saber de qué tratan y, menos todavía, entender qué tienen que ver conmigo y con su visita.

—No se impaciente, por favor, le explico: soy el líder del llamado “Proyecto B10”, y estoy aquí porque usted ha sido seleccionado entre nuestros usuarios de todo el mundo para una prueba piloto.

— ¿Justo a mí? ¡Sí que tienen buena puntería en su empresa! —bromeó Ariel visiblemente nervioso—.Yo lo lamento mucho, pero se equivocaron de persona, porque hace unos días...

—Sé lo que me va a decir Ariel —interrumpió Guillermo tratando de ahorrarle un mal trago—.

Sabemos que recientemente le han confirmado lo irreversible de su enfermedad, y a riesgo de ser cruel, debo decirle que es precisamente por eso que lo hemos elegido.

El rostro afilado de Ludueña se transformó para dar paso a una incontenible descarga de sarcasmo que, confieso, hasta a mí llegó a turbarme.

—A ver si entiendo bien: ustedes buscaron “moribundo + solitario + desesperado” y... ¡Bingo, aparecí yo! Pero supongo que no debo ser el único en todo el mundo; es más, debemos ser unos cuantos, así que, dígame licenciado, ¿por qué a mí? ¿Qué tengo de especial además de tener mis días contados? ¿Acaso soy el primero en su lista de resultados? ¿Es por orden alfabético o por número de días restantes? La presión fue insoportable pero Guillermo no me defraudó: lo dejó terminar respetuosamente, haciéndose cargo de la reacción de Ludueña. Luego actuó una pausa larga en la que permaneció mirando al suelo, como avergonzado.

—Discúlpeme si lo herí. La verdad es que no encontré otra forma de encarar el tema, lo siento. Y permítame decirle también, que sabemos que su enfermedad no es lo que más lo atormenta. Su mayor aflicción es por la carrera de su hija, que está a punto de doctorarse en Budapest. Usted teme que la noticia sobre su estado de salud o su inminente muerte, le afecte negativamente en sus investigaciones, que no logre ese doctorado que ella tanto ansía. La ama profundamente, más de lo que cualquier padre puede amar a su hija. Usted es el apoyo más fuerte para Sara y jamás se perdonaría ser el impedimento para que concrete su sueño. Este asunto lo tiene más angustiado que su propia muerte.

—Lo felicito Señor, ¡realmente sabe más de mí que yo mismo! Y como si fuera poco, sigo sin saber cuál es mi papel en este juego —Ludueña tenía ganas de echarlo pero no lo hizo. También quería conocer la propuesta.

—Cálmese Ariel, lo más difícil ya pasó, llegamos al punto: el Proyecto B10 de GlobaNet tiene metas que la ciencia médica jamás alcanzará porque ni siquiera están en sus dominios. Si luego de conocer de qué se trata, acepta ser protagonista de esta prueba piloto, le garantizo que pasaremos a escribir otra historia gracias a su indispensable aporte.

Ludueña escuchó atentamente al líder del proyecto. Éste le explicó con lujo de detalles los alcances de la propuesta. También le entregó una carpeta con folletos y una especie de contrato para que firme en caso de aceptar. Por último, le pidió absoluta discreción y le dio dos días para pensar su respuesta. Se despidieron. Rubén esperaba al licenciado en el transporte.

—Controlalo bien de cerca —le dijo Guillermo en voz baja al cerrar la puerta del vehículo—. En su estado, no va a consultar a nadie, pero no quiero correr riesgos.

— ¿Creés que aceptará?

—No es cuestión de creer, va a aceptar. Hace mucho que somos infalibles —respondió Guillermo con esos aires de grandeza que nunca fueron de mi agrado.

El salón europeo de GlobaNet se encuentra repleto. Desde su atril, el Lic. Guillermo Frisco comienza su exposición sobre los resultados del Proyecto B10:

“Tengan todos muy buenas noches. Les doy la bienvenida a esta presentación —el salón se fundió en aplausos.

“Permítanme hacer una breve reseña histórica del recorrido que nos trajo hasta aquí: a mediados del siglo XX surgió una red mundial llamada Internet. Alguno de ustedes, tal vez haya oído hablar de ella. Hoy solo quedan algunos tramos de esa red, pero ahí comenzó todo. Servicios como el correo electrónico, chat y páginas web fascinaron a los usuarios en todo el mundo. En los comienzos del siglo XXI, se difundió el uso masivo de redes sociales. En ellas, las personas subían voluntariamente toda clase de información, incluyendo detalles de su vida privada. Confiaban plenamente en las empresas que custodiaban sus datos, aun cuando, por aquellos días, la seguridad tenía incontables flaquezas. Luego, los avances tecnológicos acrecentaron este fenómeno: teléfonos inteligentes, cámaras de seguridad en calles y hogares, sistemas de posicionamiento global satelital. Todo se fue integrando. La gente, a su vez, expresaba la voluntad de exponer todos los aspectos su vida en las redes: ubicación global en cada instante, relaciones sociales, familia, amigos, trabajo, gustos, hábitos de consumo, miedos, creencias, fantasías, y podría seguir enumerando. Aquí es donde entra en juego la visión de GlobaNet de este fenómeno humano.

“Hace poco cruzamos el portal de entrada a un nuevo siglo y podemos afirmar que con B10 también hemos logrado saltar un límite inimaginado —me irritan los alardes innecesarios de Guillermo, pero debo admitir que la atención de la concurrencia no decaía—. En poco tiempo, la capacidad de almacenamiento y proceso aumentó increíblemente. Los algoritmos de seguridad son infranqueables. Nuestros usuarios confían ciegamente en la custodia y privacidad que hacemos de sus datos. En resumen: un conocimiento inédito y profundo de cada ser humano, sumado al desarrollo de avanzadas técnicas de virtualización, son las bases de este proyecto.

“Lo que a continuación van a ver en pantalla, son los registros audiovisuales de una experiencia realizada hace aproximadamente seis meses con dos de nuestros usuarios: Ariel Ludueña, argentino, viudo, de 52 años de edad y su única hija, Sara, de 27 años, haciendo su doctorado en Budapest” Un gesto en el aire de la mano de Ariel hace bajar las luces y echa a correr el video.

—Hola Papá...

— ¡Sarita! ¡Estaba comiéndome las uñas esperando tu llamada! ¡¿Y, cómo te fue?!

—Mal papá... me traicionaron los nervios, y eso que me preparé muchísimo, te juro, pero no alcanzó. No pude defender algunos puntos y tengo que volver a... —aquí se ve cómo Sara no puede contener la risa y Ariel se da cuenta de la broma que le estaba jugando— ¡Bien Papá, me fue bien! ¡Al fin me doctoré! No lo puedo creer... no sé ni lo que siento, después de tanto esfuerzo, la verdad es que...

— ¡Te felicito hija! No sabés la alegría que me da. ¡Quiero estar ahí para abrazarte!

— ¡Yo también muero de ganas de darte un abrazo, Papá, y festejar! ¡Te amo! Sé que no te gusta que te diga estas cosas, pero todo es gracias a vos, a tu apoyo, te lo debo todo!

—Hice lo que haría cualquier padre, el esfuerzo y los frutos son tuyos y de nadie más.

—Tengo una idea Papá, ¿tenés algo para brindar? ¿Por qué no llenamos unas copas y las chocamos por la pantalla?

— ¡Dale! —dice Ariel entusiasmado yendo a buscar su copa y sirviéndose un poco de vino de una botella que ya tenía empezada.

La concurrencia observa el “tele brindis” y comparte la emoción de la escena sellándola con sentidos aplausos que Guillermo deja sonar por más de un minuto. Luego retoma la palabra.

“Me alegra que les haya gustado la escena. Hasta noto cierto grado de emoción en muchos de sus rostros. Sin embargo, me veo obligado a preguntarles: ¿notaron algo extraño en el video? ¿Algo que les haya llamado la atención? ¿Detalles, por así decirlo, fuera de lugar?”

El silencio de la concurrencia es absoluto. Algunos asistentes intercambian miradas y movimientos de cabeza compartiendo su negativa. Todos callados otorgan un “no” rotundo a las preguntas de Guillermo.

“Bien. Esto, sin duda, demuestra el éxito de este proyecto cuyo nombre 'B10' procedo a explicar tratando de no aburrirlos con más tecnicismos: los números '0' y '1' son los símbolos del sistema binario, base de la tecnología digital. Sus similitudes con las letras mayúsculas 'O' e 'I' nos permitieron jugar con la palabra 'BIO' que, como todos sabemos, significa 'vida'. Así, el nombre 'B10' pretende simbolizar la penetración de lo digital en lo analógico de nuestra existencia.

“Y me preguntarán ¿qué tiene que ver la genealogía del nombre del proyecto con la emotiva escena que acabamos de disfrutar? Simple: cuando Sara Ludueña, desde Budapest, fue grabada en el video que hemos visto, habían transcurrido ya cuatro meses desde el fallecimiento de su padre. No obstante, durante ese período, mantuvo varias videollamadas con 'él', en las que charlaron de temas muy variados. Su hija logró el doctorado gracias a la voluntad de este hombre valiente, que evitó que su enfermedad terminal sea un obstáculo para ella en su carrera. Como han observado, no hubo un solo indicio que pudiera hacernos creer que Sara haya percibido algo extraño en la conducta de su padre virtualizado. Así, el Sr. Ludueña pasará a la historia como el primer hombre que extendió digitalmente su existencia más allá de su muerte.”

Nuevos aplausos coronan la actuación de Guillermo. Al retomar la palabra, comienza a redondear su discurso.

“A partir de hoy disponemos de esta nueva herramienta. Si consideramos que hoy en día la mayor parte de las comunicaciones humanas son canalizadas a través de algún medio digital, no tengo ni qué hablarles del universo de posibilidades que se abre con su implementación. No obstante, se trata un recurso que debe ser utilizado con toda la responsabilidad que conlleva el rol que cada uno de ustedes desempeña en el mundo, siempre inmersos en el marco establecido por el Código de Ética Digital vigente.”

Los aplausos retumban por última vez contra las paredes del salón. El cerebro del proyecto responde algunas preguntas y se despide cordial agradeciendo la atención. Lentamente, los asientos van quedando vacíos entre comentarios y murmullos. Todo resulta tal como fue proyectado, gracias a, y a pesar de, el licenciado Guillermo Frisco.

Solo me llamó la atención el pensamiento de un joven, el asistente técnico de la organización del evento, quien mientras desmontaba el equipamiento audiovisual, se preguntaba en silencio si Sara se habría enterado ya de la verdad o si aún seguiría conversando con la marioneta digital de su padre muerto.

 

Adrián Dimarco.

miércoles, 26 de agosto de 2015

mágnum


MÁGNUM.
Por
Hugo Rodríguez.
A Fontanarosa.



Despertó y se sentó en la cama. La mágnum, que dormía con él bajo la almohada, ahora se afirmaba en sus manos. El rubión jadeaba como un perro rabioso. Apuntaba su arma a uno y otro rincón de ese cuartucho solitario y sucio, iluminado apenas por una luz titilante que se filtraba por la ventana. El rubión apuntó, pero nadie apareció ante sus ojos. En la pesadilla había escuchado aquella frase, su frase: ya está listo.

Separó sus rodillas y sobre las rodillas apoyó sus codos. La mágnum brillaba todavía en sus manos. Inclinó su cabeza y el jopo se bamboleó ante su frente transpirada y estrecha. Aquel grandulón, ese rubio teutón, sentado como un niño con las sábanas hasta la cintura, calmaba su respiración mientras, su cerebro crujía buscando el significado de aquella pesadilla. ¿Quién gritó su frase? ¿Quién estaba listo?

El lejano ulular de un patrullero distrajo su atención hacia la ventana. Y una vez más, como tantas otras noches, las ranuras celestes de su mirada se posaban en el letrero titilante de allá afuera: Dios siempre te habla. Iglesia del séptimo día. Otro cine, que abandonaba las películas a cambio de las alabanzas al Creador.

Entonces, la mágnum tembló en sus manos y luego osciló entre sus dedos para caer en el hueco que formaban sus pantorrillas. Su pistola, su amiga inseparable, se le había caído como un papel despreciable. Ya está listo volvía a sonar en su cabeza. Ya está listo y sus ojos se empañaban.

Boogie el aceitoso, el deleznable homicida, comprendía y por primera vez lloraba una muerte.

Fin.

miércoles, 29 de julio de 2015

un viejo oficio


UN VIEJO OFICIO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

 

            El sujeto salió del ascensor. Vestía mameluco azul y su bolsillo superior izquierdo, con letras bordadas, informaba el nombre de la empresa: “LUNATEC S.R.L”. En medio del corredor y bajo la arcada rectangular que dividía en dos al pasillo, otro sujeto, con la misma indumentaria de la empresa, lo esperaba. Caminó a su encuentro y se detuvo frente a él. Ambos ceñían con sus manos derechas maletines de herramientas. La puerta del otro ascensor, al final del corredor, se abrió. El técnico miró por encima del hombro de su compañero y advirtió que  nadie viajaba en él. Se acuclilló y apoyó la maleta en el piso, extrajo un destornillador y comenzó a abrir una portezuela que se recortaba cerca del zócalo izquierdo del umbral.  Mientras su amigo permanecía impávido bajo aquella arcada.

            Luego de descorrer la  portilla, quedaron expuestos  sofisticados controles y complejos circuitos. El técnico manipuló las llaves y miró de soslayo a su compañero que ahora le daba la espalda. Insistió con los controles una vez más, volvió a mirarlo y ahora su colega se  erguía de frente pero con la maleta en la otra mano.

            El técnico de “LUNATEC” atornilló la portilla, adosó un calco con el logo de la empresa y se paró ante su amigo. Leyó en el bordado de su compañero: “L.R.S CETANUL” y sonrió. Su amigo le devolvió la sonrisa.

            Se saludaron al unísono levantando la mano, la derecha uno la izquierda el otro. Voltearon como una perfecta guardia militar y caminaron en sincronía asombrosa cada uno a sus respectivos ascensores. Las puertas se abrieron en un mismo siseo. Los dos técnicos de mameluco azul se saludaron de un extremo al otro del pasillo acomodándose las gorras. Los ascensores se cerraron.

             El calco adherido a la portilla informaba: “LUNATEC S.R.L Calibradora de espejos”.

                                                                   Fin   

martes, 7 de julio de 2015

Entrevista


 

 

 

Entrevista de radio. Ficción

Por

Hugo Rodríguez.

Adaptación del cuento ‘El Corazón Delator’ de  Édgar A. Poe.

Para el programa  ‘De Todo un Poco’ radio abierta.

 

Entrevistador y Ángela, sentados a la mesa, frente a la platea y ante  los micrófonos.

Ángela, con algún desequilibrio mental,  está algo tensa, no por encontrarse en un estudio de radio, sino por que es la asesina de Don Tránsito y cree que ha sido invitada al programa para confesar su crimen.

El entrevistador, que ignora que tiene a la asesina frente a sí, se comporta natural y seguro de la situación.

El operador es imaginario y opcional.

 

 

ACTO ÚNICO.

 

ENTREVISTADOR (algo consternado, mira a la platea): -estimados oyentes, buenas noches. En estos días, los vecinos de nuestra ciudad se han conmovido por la extraña desaparición de Don Tránsito Osario, reconocido y octogenario escritor,  que tanto brindó a las letras argentinas y  colmó de orgullo a la comuna.  La policía aún no ha podido dar con su paradero, desde que Don Tránsito  se ausentó días atrás de su domicilio  en  el Country Abril.  Allí, pasaba su retiro en una casona hermosa de dos plantas. Tuve oportunidad de visitar esa  casa, en una entrevista que le realicé, no hace mucho. Hermosa residencia, de estilo inglés, tejado, con piso de madera y ventanales largos.

 

ENTREVISTADOR (distendido, mira a Ángela): -la entrevistada de esta noche es Ángela Lobos. Ángela, buenas noches. Bienvenida a nuestro programa.

 

ÁNGELA (algo tensa): -buenas noches.

 

ENTREVISTADOR (ameno): - ¿cómo se encuentra?

 

ÁNGELA (algo tensa): -bien. Un poco nerviosa.

 

ENTREVISTADOR (ameno, toma la mano de Ángela): -no es para menos. (Mira a la platea) Ángela Lobos   ha cuidado de Don Tránsito. Le ha brindado las atenciones  que una persona, ya de más de ochenta años, necesita  y que además, vive solo  en esa casa grande del Country Abril. Y Ángela,  ha sido la última persona que vio al escritor. ¿Cuánto hace que cuidaba a Don Tránsito, Ángela?

 

ÁNGELA (algo tensa, calcula): -y dos meses, más o menos.

 

ENTREVISTADOR: -no mucho.

 

ÁNGELA (algo tensa): -no. Antes lo cuidaba otra señora. Pero renunció. No sé porque. Yo me dedico a cuidar personas mayores y tengo mi currículo en una agencia. Me ofrecieron el cuidado de Don Tránsito y lo acepté.

 

ENTREVISTADOR (ameno): - ¿cómo fue tu primer día de trabajo en la casa de Osario?

 

ÁNGELA (algo tensa, se retuerce las manos): -y bueno, me acuerdo que estaba nublado y que hacía mucho frío ese día. En la entrada del country los vigiladores me pidieron los documentos y todo eso.  Lo llamaron por teléfono avisándole que yo había llegado. Y después me indicaron donde quedaba la casa.  Caminé hasta la casa. Toqué el timbre y Don Tránsito abrió la puerta y cuando lo vi (frotándose los brazos) me asusté un poco.

 

ENTRTEVISTADOR: - ¿Por qué?

 

ÁNGELA (tensa): Bueno, Don Tránsito estaba algo desalineado. Tenía una bata puesta. Quizás recién se levantaba.  Es tan delgado. Casi que se le notan los huesos.  Y ese ojo de vidrio (piensa). Me daba cosa. Me impresionó.

 

ENTREVISTADOR (condescendiente, alterna miradas con la platea): -sí, es cierto. La verdad que, la figura desgarbada de Don Tránsito Osario y esa prótesis ocular le dan una fisonomía, podríamos decir, más que  inquietante. Un poco acorde, si se quiere, al género que él cultiva: el suspenso.

 

(Ángela se inquieta en la silla y mira a su alrededor).

 

ENTREVISTADOR (seguro): -Ángela ¿usted notó algo fuera de lo común en Don Tránsito, días antes de la desaparición?

 

ÁNGELA (preocupada): - ¿no oye ese ruido?

 

ENTREVISTADOR (algo desconcertado): -no. ¿Qué ruido?

 

ÁNGELA (mira en derredor): -Ese. ¿No lo oye? Pun, pun. Parece como un latido.

 

ENTREVISTADOR: -No Ángela. No oigo nada. (Miraría al operador). Quizás se trate del parlante detrás de usted. (Volviendo a la compostura) Por qué no me cuenta ¿cómo fueron los últimos días que estuvo usted con Don Tránsito?

 

ÁNGELA (mira un rato más alrededor y luego responde): -sí. Bueno. Recuerdo que la última semana, lo noté un poco pensativo. Esas últimas siete noches yo, antes de irme a dormir…quiero aclarar que yo vivía prácticamente en la casa de Don Tránsito.  Tenía mi piecita en la planta de arriba.  

(Misteriosa). Le decía que antes de irme a dormir abría despacito la puerta del dormitorio de Don Tránsito. No la abría del todo. Lo suficiente para meter mi cabeza y mirar si él estaba bien. Sin hacer nada de ruido, para no despertarlo. Lo hice las últimas siete noches.

Todavía recuerdo su rostro dormido. La luz que entraba por la puerta le daba justo en el ojo de vidrio. Él dormía siempre con ese ojo abierto.  Miraba siempre al techo. Con la boca abierta. Parecía  como si estuviera…Bueno, usted me entiende.

 

(Entrevistador afirma con la cabeza)

 

ÁNGELA (casi para sí): -Se me helaba la sangre. Y Ese ojo. Ese ojo como de buitre. 

 

ENTREVISTADOR (algo ansioso):- ¿Y cómo fue el último día que estuvo con él?

 

ÁNGELA (tensa, haciendo memoria):-bueno, yo preparé el desayuno como siempre y se lo llevé a la cama y entonces ahí me di cuenta que no estaba. Lo busqué por toda la casa. En su estudio. El baño. El jardín. Pero no lo encontré por ningún lado. Llamé por teléfono a los vigiladores del country  por si lo habían visto y me dijeron que no. Esperé un rato, por que no sabía que hacer. Entonces me decidí por  llamar a la policía y en ese momento sonó el teléfono: era el vigilador de la entrada diciéndome que la policía venía para la casa. Yo no entendí en ese momento. Hasta que llegaron. Eran tres oficiales y uno me dijo que algunos vecinos habían oído un grito en esta casa. Por la noche. Y yo, la verdad que  no oí nada. Los policías revisaron toda la casa y no encontraron nada, nada y después se fueron.  

 

ENTREVISTADOR (interesado): ¿usted qué cree, Ángela, qué pudo suceder?

 

ÁNGELA (pensativa, mira alrededor): -yo, yo no sé.

 

(Ángela se altera)

 

ÁNGELA (tensa): - ¡ahí esta otra vez ese ruido! (se tapa los oídos).

 

 

ENTREVISTADOR (se preocupa y mira al operador, lo interroga con gestos):- ¿Qué ruido, Ángela? No se oye nada. ¿Se siente bien?

 

ÁNGELA (muy tensa, mira al rededor): - ¡sí, sí, me siento bien! ¡Pero ese ruido!: pun, pun. Pun, pun. ¿No lo oye?

 

ENTREVISTADOR (preocupado): -no Ángela, no se oye nada. Al lado hay un obra en construcción, quizás usted oye algo de ahí. Pero el estudio es a prueba de ruidos. (Pausa, reflexivo)  usted tiene un oído muy fino si escucha esos sonidos. ¿He?

 

(Ángela ahora, mira al entrevistador).

 

 ENTREVISTADOR (suspicaz): - ¿cómo no oyó aquella noche el grito, que sí oyeron los vecinos?

 

ÁNGELA (alterada, se inclina en la silla y mira a los ojos del entrevistador, lo asecha): - ¡sé lo que me está insinuando!

 

(El entrevistador se reclina en la silla y gesticula  interrogativo al operador)

 

ÁNGELA (amenazadora):- ¡ése pun, pun, pun, usted también lo oye! ¡Es el corazón! ¡El maldito corazón del viejo! 

 

ENTREVISTADOR (asustado, al operador):- ¡cortá! ¡Sacame del aire!

 

ÁNGELA (dominadora, al entrevistador):- ¡No, no me saques del aire!  ¡Miserable!  ¡No disimules más! ¡Sé para qué me trajiste! ¡Sí, yo, lo maté al viejo!

(Podría mirar a la platea) ¡Y lo enterré debajo de las tablas del piso! ¡Por eso no lo encontraron!  ¡Yo lo maté! ¡Por que no soportaba su maldito ojo de buitre!

 

Fin.

 

 

 

 

miércoles, 3 de junio de 2015

las voces


LAS VOCES.

Por

Hugo Rodríguez.

 

 

Es noche de sábado, noche de verano, Atanasio Gómez ha abandonado la cocina y se asoma al jardín. Se detiene sobre las lajas del caminito sinuoso que conduce al cuarto del fondo y con las manos cruzadas a su espalda contempla el aluvión de estrellas en ese cielo nocturno  y sin Luna. Deja que la brisa estival le desacomode el cabello, castaño y moteado de canas,  que ya no le  cubre la calvicie. Atanasio  ha cumplido los cincuenta y en la última mitad de esos años  se ha desempeñado como empleado bancario.

Su esposa ha decidido visitar al único hijo del matrimonio y pasará el fin de semana  en casa de aquel, junto a su nuera y nietos. Atanasio dispondrá, entonces, de toda la casa para sí. Pero es el cuarto del fondo lo que más aprovechará. Construido para las herramientas en un principio fue reacomodado en el último año como sala de estar y es el lugar donde  el contemplativo empleado disfruta de largas veladas de conciertos clásicos trasmitidos por radio. Su cara, redonda, de  ojos pequeños, de frente amplia, de nariz española y de labios finos, ha dejado de apuntar al Cosmos y ahora señala con decisión el fondo del jardín. El veterano bancario chancletea  hacia el cuarto de relax. Sí, Atanasio Gómez calza pantuflas, pantalón pijama blanco y viste una camisa al tono, amplia y sin botones, que ciñe con una cinta oscura en derredor de  su abultado abdomen. Hoy no será un encuentro con la música, sino el comienzo de una nueva actividad: la meditación yoga.   

Una compañera del banco, practicante de esta disciplina oriental, lo ha interesado en los inquietantes principios místicos de este método esotérico: la transcendencia del alma, el yin y el yang y el trance  enigmático del Nirvana, que algunos yoguis descubren y los acercan, dicen, hasta la creación misma del Universo.

Atanasio abre la puerta del cuarto y acciona el interruptor de la luz a su izquierda y la lamparita que cuelga del cielo raso ilumina con luz amarilla la habitación. Se nota el toque ordenado y pulcro del rollizo yogui en  el reforma del lugar: al frente, contra la pared, un aparador de pino con copas de cristal y platos de losa, en un rincón sobre una repisa: la radio, armada en una caja de madera lustrosa y con perillas de baquelita. En la pared de la derecha, la ventana con cortinas estampadas y de inmediato, un sillón de mimbre con almohadilla y una mesita, que en otros momentos suelen estar más cerca del rincón de la radio, pero que ahora han sido corridos para despejar el centro de la habitación. Sobre la mesita, algunos objetos para el momento: velas, una caja de fósforos de madera, un cordel, tiza, una bolsita con incienso y dos libros de meditación.   

Atanasio se ha acercado a esos objetos y recoge el cordel y la tiza, se para en el centro del espacio libre, se acuclilla y marca una pequeña cruz con la tiza, aplasta con su pie enchancletado un extremo del hilo sobre esa cruz y sostiene con la mano derecha la otra punta de la cuerda  junto con la tiza.  Comportándose como  un compás humano gira y dibuja un círculo en el embaldosado. Luego con esa misma medida de hilo entre sus manos   procede a dividir la circunferencia en seis partes iguales que une con diagonales que traza con gracia y esmero. Atanasio se yergue y contempla con satisfacción   la estrella de seis  puntas gravada bajo sus pies. Regresa a la mesa y enciende algunas velas, gruesas y sin estrenar, que acerca al hexágono recién dibujado, afirma una en cada extremo de la estrella y por último coloca en el centro del esquema la  almohadilla del sillón. Contempla por unos segundos, con la  mano en la barbilla,  el signo contorneado de velas. En ese instante sus cejas se arquean, de inmediato se acerca a la mesa y desgarra el paquete de incienso, extrae un par de varillas, las enciende y las lleva hasta el aparador, elige una copa larga del interior del mueble y en ella introduce las varillas.  Ha preferido dejar la copa con los inciensos en una esquina del mueble. Atanasio inspira y entrecierra los ojos, estira su chaqueta, camina hasta la puerta y acciona de nuevo el interruptor de la luz. Voltea, inspira una vez más, mientras extiende los brazos en cruz: la habitación, iluminada sólo con la pálida luz de las velas, ha tomado el aspecto de un sagrario medieval perteneciente a alguna secta de rituales mágicos y de ejercicios espirituales. Atanasio descalza sus chancletas, avanza con pasos breves hacia el centro del croquis, con  las manos en ojiva a la altura del esternón  y una vez ubicado sus pies sobre el cojín, el yogui primerizo intenta acomodar su cuerpo torpe en la posición conocida como flor de loto. Después de varios intentos solo consigue superponer los tobillos y apoyar el dorso de sus manos sobre las rodillas. Atanasio repasa en su mente las indicaciones de su amiga  y comienza por cerrar los párpados, enderezar la espalda y controlar la respiración.  

El cuarto se ha envuelto en una delicada bruma perfumada, reina  una paz meditativa y el alma de Atanasio se contagia de aquella serenidad. Merma el ritmo respiratorio, se extasía  por el entorno sosegado y finalmente entra  en un trance profundo y se aleja de la realidad.  Ha dejado de percibir su corporeidad y entiende que su mente se ha separado del cuerpo. Ahora es una entidad ingrávida que flota imprecisa como una pompa mecida por delicadas ondas de energía, en un lugar más impreciso aún -un éter quizás- que lo envuelve todo disfumando las formas, borrando los contornos.  Un mundo de señales vagas. Pero en esa bastedad, desdibujada y sinuosa, en la que flota Atanasio, sus oídos, que por el estado de distención en que se encuentra son más agudos y sensibles,  logran sintonizar unos balbuceos. Algo así como  silabeos provenientes de ese espacio eterno en el que levita, y al ajustar finamente la percepción logra definirlos con más claridad: se trata, sin duda, de voces. Voces humanas o ángeles, que entonan alegorías  al Ser Supremo. 

Atanasio, algo turbado, se desestabiliza y teme perder su estado de meditación. Se pregunta si ha llegado al tan aludido Nirvana, ese lugar  semejante a la Nada al que arriban los más avezados yoguis. Su compañera de trabajo y amiga, le ha aclarado que era muy difícil de alcanzar grados muy profundos de meditación en las primeras sesiones. Que el Nirvana se puede lograr después de un prolongado período de práctica.

Pero allí están las voces, nítidas, una ronda de almas impetuosas, hablando y cantando en el interior de su cerebro, o  pueda ser que se trate también, de espíritus que fluctúan como él en ese limbo infinito: el más allá tal vez. Como sea, Atanasio Gómez, el rutinario cajero de banco, intenta dominar la situación y comienza por calmar la respiración. No lo consigue. Sin embargo las voces resultan más claras y entendibles. Esas voces no hablan, sino que cantan y cantan en latín, entonan un Ofertorio y Atanasio lo conoce. Esto termina por descontrolarlo y abandona bruscamente el trance.  Se incorpora con dificultad y tambaleando llega hasta la ventana. Descorre las cortinas. Aún oye aquel coro de voces etéreas, insistentes, perturbadoras. Apoya contra el vidrio, las manos y la frente. Suda y jadea como  un perro acorralado. Sus ojos, dos esferas de marfil, recorren las luces del barrio que no alcanzan a  despejar de su mente aquellos susurros, aquel coro de trasmundo.  Atanasio Gómez duda de su cordura y de la realidad misma del cuarto.

Entonces,  paraliza los ojos, sus párpados se entrecierran por un instante y de inmediato se impulsa desde el vidrio con las manos, gira sobre los talones y ahora es su espalda la que se apoya contra la ventana. El semblante de Atanasio  se serena, pasa de un blanco azul a un rosa pálido y sus labios finos comienzan a delinear una leve sonrisa. La mirada del, hasta hace unos instantes, perturbado empleado bancario examina el aparato de radio que descansa sobre la repisa: la luz de encendido de aquel receptor con el cual ha compartido lánguidas veladas de conciertos, permanece prendida.

 

FIN.

 

 

 

martes, 19 de mayo de 2015

no te sueltes de mi hombro


 

 

NO TE SUELTES DE MI HOMBRO.

Por

Hugo Rodríguez.

 

¡Ah, por fin pudimos dejar esa fiesta de morondanga! ¡Uy! ¡Cómo refrescó! Juan, abrazame. Sí Ceci. Vení, vamos por acá, mi amor. ¿Estás seguro que era por allí? Sí, por esa callecita dejé el auto. ¡Qué oscuro! Y la noche no ayuda en nada: sin luna, sin estrellas. ¿Dónde mierda lo dejé? Creo que más adelante, vamos. Ahora sí que está oscuro. No veo nada. Vos seguime. Al tanteo, pero lo voy a encontrar. Fito de mierda. ¿Tenés un fósforo, Ceci? ¿Y para qué iba a traer fósforos, Juan? Claro. Juan, no oigo nuestros pasos. Esto no está bien, volvamos. Seguimos un poco más, cualquier cosa regresamos. Mi amor ¿Estamos caminando? ¿Sí, Ceci? ¿Qué boludeces preguntás? No sé, me siento rara.  Chupaste de más. Andá a cagar. ¿Dónde dejé el Fito? ¡La puta madre! Volvamos, amor. Tomemos un colectivo. Mañana venimos por el auto. A esta hora no hay bondis. Ya lo voy a encontrar. Dejame que tantee un poco, no se ve una mierda. Yo me voy, esto no me gusta. Aguantá unos minutos, Ceci. No te sueltes de mi hombro. Si no te tomaba del hombro. ¿Y entonces quién? No sé, además, Juan, no veo mis manos, sé que las tengo, pero no sé dónde están. Cuidado, hay escalones, parece la entrada a un sótano ¿Dónde? Adelante, seguí detrás de mí. Creí que vos ibas detrás de mí. Cecilia, bajá con cuidado. Yo siento que camino por las nubes. No, son escalones, bajá despacio porque podés tropezar. ¿Y hacia dónde vamos, mi amor? ¡Juan, contestame! ¿Dónde estás? Acá, acá, Ceci, te dije que no me soltaras. Pero si no sé dónde estás, te sigo por la vos, no veo un carajo. Allá abajo hay más voces ¿las oís?  La verdad que no. ¡Eh! ¡Los de ahí abajo! ¿Nos escuchan? ¿Nos pueden decir dónde estamos? ¿A quién le gritás, Juan? Si no hay nadie. Como que no, estamos nosotras. ¡¿Eh?! ¿Y ustedes quiénes son? Juan, ¿las escuchaste? ¡Juan! Tranquila Cecilia, aquí estoy yo. ¿Quién? ¿Qué, ya te olvidaste de mí? ¿No me reconocés…? ¡Juan! ¡¿Dónde estás?! ¡Por favor, hablame! ¡Ceci, acá! ¡Por acá! ¡Está lleno de locos, Juan! ¡Seguí hablando Ceci, así te ubico! ¡Ceci! ¡Hablá! Tu noviecita ya no te oye. ¿Y vos quién sos? Mejor preguntame ¿Qué soy? ¡No le hagan nada a Ceci porque la ligan! ¿Dónde mierda estoy? Justamente, quizás estemos allí, en la mierda. Este es el Fin Último. Nadie nos viene a recibir, ni con los brazos abiertos, ni con un corazón enorme. Nadie. Solos, en esta eternidad nauseabunda, amontonados, sin asfixiarnos porque ya no precisamos respirar. Por qué mejor no te callás y me decís dónde está Ceci. Per me si va ne la città dolente, per me si va ne l'etterno dolore, Y ahora quién habla.  Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate. ¡Uf! Das Ewig-Weibliche Zieht uns hinan.  Y ese ¿qué dijo? Ich weiß nicht wie du heisst, doch ich weiß dass es dich gibt. Ich weiß, dass irgendwann, irgendwer mich liebt.  En esto despertó el que en buen hora nació. Vido cercado el escaño de sos buenos varones: ¿Qués esto, mesnadas o qué queredes vos? ¿Y para qué iba a traer fósforos? Pero pebeta, esto es como una festichola pa’ siempre. Sí, una festichola de morondanga ¿Ceci, sos vos? ¡Uy! sí, va, creo que sí, y vos ¿sos? ... Juan, boluda. Hace un montón que te estoy buscando. Ah, sí, Juan, claro ¿Qué Juan? No te hagas la gila y vení para acá. Sliha, sliha, baruch HaShem. Ceci, Ceci, ya la perdí de nuevo. ¿A quién buscás? ¿Y ahora, quién habla? yo, yo ya no recuerdo mi nombre. Decime por lo menos que lugar es este,  por qué tanta oscuridad. ¿Oscuridad? si está lleno de luz. Hermosa luz. Uy, otra loca. Mishigas, mishigas.  En todo caso loco. Perdoná, no veo una mierda, viste. ¡De donde salió toda esta gente? ¿Y todos hablan, no se callan nunca? Moisheh kapoyer,  klip. No somos gentes, somos voces, pensamientos, poesía. Sí, sí, está bien, al menos decime por donde puedo salir. No, no hay salida. Este es El Lugar. Aquí llegamos y aquí nos quedamos. Sí, claro ¡tomátela! ¡Ceci! ¡Ceci!  ¡¿Dónde estás?! A woman is a dish for the gods, if the devil dress her not ¡Silencio! ¡¿Por qué no se callan?!  And nothing can we call our own but death.
  NosémesientoraraAquiénlegritásJuanSeguimosunpocomásbajádespacioporquepodéstropezarTomemos
uncolectivoPermesivanelacittàdolente¿YvosquiénsosEnestodespertóelqueenbuenhoranació¿Cecisosvos?Juan¿escuchaste?decimepordondepuedosalirSlihasliha¡¿Porquénosecallan?!permesivanel'etterno

 

Glosario.

Per me si va ne la città dolente, per me si va ne l’etterno dolore. Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor. Dante (Infierno).

 

Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate. ¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! Dante (Infierno).

 

Das Ewig-Weibliche Zieht uns hinan. Lo eterno femenino nos arrastra hacia lo alto. Goethe (Fausto).

 

Ich weiß nicht wie du heisst, doch ich weiß dass es dich gibt. Ich weiß, dass irgendwann, irgendwer mich liebt. Yo no sé cómo te llamas pero yo sé que existes Yo sé que algún día alguien me amará ().

 

Sliha. Disculpas (arameo)

 

Baruch HaShem. Bendito sea el nombre (arameo).

 

Mishigas. Locura (Yidis)

 

Klip.  Mujer parlanchina (Yidis).

 

Moisheh kapoyer. Persona que hace todo al revés (Yidis)

 

A woman is a dish for the gods, if the devil dress her not. Una mujer es plato de dioses si no la viste el diablo (Shakespeare).

 

And nothing can we call our own but death. Y nada puede ser llamado nuestro excepto la muerte. (Shakespeare).

 En esto despertó el que en buen hora nació,

Vido cercado el escaño de sos buenos varones:

¿Qués esto, mesnadas o qué queredes vos? Mío Cid.