viernes, 24 de abril de 2015

Las dos 'D'


LAS DOS ‘D’.

Por

Hugo Rodríguez.

 

 

—Diana.

 

—Ah. Daniel. No te vi.

 

—Entré por 47. Vi que salías de la biblioteca. ¡Hermosa mañana! ¿No?

 

—Sí. Los pájaros están muy bochincheros. Se viene la primavera.

 

—Permitime que te lleve los libros.

 

—Sólo voy hasta Electrotecnia.

 

—Sí, lo sé. Si te pasás la vida ahí.

 

—Tenés razón. Dentro de unas horas probamos  el ciclotrón.

 

— ¿Nerviosa?

 

—Por supuesto. Y más, sabiendo que viene el teniente Ramírez.

 

— ¿Y a qué viene, ese?

 

 —A supervisar la prueba. Es del gobierno.

 

—Todo va a salir bien. Mario Báncora es un científico de mucho prestigio. Una mente brillante.

 

—Sí. Sin duda. Estudió junto a Lawrence y se animó a construir el primer ciclotrón de Sudamérica. ¡Y lo instalamos aquí! ¡En La Plata! ¿¡No es extraordinario!?

 

—Y vos te atreviste a modificarlo. Eso es también extraordinario. Ustedes las mujeres van a gobernar el mundo.

 

—Puede ser. Ahora votamos.

 

—A mí ya me gobernás vos.

 

—Daniel…

 

— ¿Sabés? Cuando sonreís te parecés mucho a Eva Duarte, la actriz  ¿la conocés?

 

—Comportate, por favor.

 

—De acuerdo. Te dejo los libros. ¿Venís al bufete  después de la prueba? Así festejamos.

 

—Es una buena idea.

 

—Macanudo. Nos vemos entonces. Chau y suerte.

 

—Chau.

 

* * *

 

—Teniente Ramírez. Bien venido. Llegó temprano.

 

—Doctora Diana, un gusto de verla. El general Domingo Mercante le envía sus saludos.

 

— ¿Eh?

 

—Sí. No se sorprenda. Usted ya es una persona a la  que se le presta mucha atención. 

 

—Bueno. Muchas gracias, a usted y al presidente Mercante, por supuesto.

 

—Se lo haré saber. ¿Y cómo va todo? Algo me contó el ingeniero Báncora. Pero me gustaría su opinión.

 

—Bueno ¿Si me lo permite Báncora?

 

— Adelante, m' hija. Este proyecto es más tuyo que mío.

 

—Gracias, doctor. Bien, cómo recordará, teniente, en el interior del ciclotrón,  hay dos cámaras cilíndricas de vacío en forma de 'D' mayúscula enfrentadas en espejo, que los norteamericanos las denominan 'Dees', y nosotros, bueno, también. Entre las 'Dees' hay una fuente de iones y de ahí obtenemos protones.

 

—Sí, entiendo. Continúe.

 

—Bueno, en las 'Dees', cuando se activa el ciclotrón, circula un poderoso campo magnético  en el sentido del eje del cilindro, ese campo magnético captura los protones y los hacen girar dentro del ciclotrón a una gran velocidad, dotándolos de una poderosa energía.  Luego las partículas  escapan por uno de los extremos, en forma de haz de protones, y se impactan en una placa y, digamos que, al romperse los protones, nos revelan de qué están hecho: el misterio de la materia. 

 

—Eso más o menos lo tengo claro. Ahora ¿en qué consisten las modificaciones?

 

—Hemos agregado un sistema de radiofrecuencia para generar un campo eléctrico alternante y entonces obtendríamos, en vez de un chorro de partículas, pulsos de partículas, dándole más precisión al haz. Aumentaremos también la energía del rayo, que hasta ahora es de 100 mega electronvoltios y pensamos obtener en la prueba una energía de 700 a 800 mega electronvoltios.

  

 

—Muy bien doctora. Ahora dígame, ¿Podemos usar un núcleo de uranio, para obtener los protones?

 

—Sí, pero los riesgos…

 

— ¿Si me permitís, Diana?

 

—Adelante, doctor.

 

—Vea, Ramírez, sé a dónde quiere ir. El ciclotrón abre dos puertas: una hacia la paz y la otra, ya sabemos.

 

—Ah ja.

 

—Se han hecho pruebas con el haz de partículas en medicina. Sirve para deshacer tumores en la cabeza sin dañar el tejido cerebral.

 

—Sí, entiendo Báncora. Pero debe comprenderme, soy militar y estoy aquí para cumplir una misión. Pero mejor dejemos el tema para otra oportunidad.  Si les parece podríamos empezar con la prueba.

 

* * *

 

— ¿Van a recolectar miel? ¿Y esos trajes?

 

—No, teniente. Es para protegernos de la radiación.

 

— ¿Ha Habido alguna fuga? ¿Salió mal la prueba?

 

—No lo sabemos. Pero ha subido dos puntos la emisión  gama en la sala del ciclotrón. No es peligroso. Nos ponemos los trajes sólo por precaución.

 

— ¿Le ayudo  con el cierre, doctora?

 

—Sí gracias, Ramírez. Y alcánceme esa caja, por favor, es el contador GEIGER.

 

—Cómo no.

 

— ¿Entramos, profesor?

 

—Sí, adelante Diana.

 

—Revisaré el foso.

 

— Yo miraré la placa. ¡Báncora! ¡Vea esto!

 

— ¡Es increíble! ¡Y flota en el aire! ¡Se puede ver a través de él!

 

—Es un aula. Es el Nacional.

 

— ¡¿Profesor Báncora?! ¡¿Diana?! ¡¿Qué sucede ahí dentro?!

 

—Que dice el contador, ¿Diana?

 

—De aquí proviene la radiación gama. Pero es muy baja. No hay peligro.

 

—Me quitaré el visor. Quiero verlo con mis propios ojos.

 

—Yo también.

 

— ¡Báncora! ¡Diana! ¡¿Qué sucede?! ¡¿Están bien?!

 

—Sí. Pase no más Ramírez, no es peligroso.

 

— ¡Carajo! ¡¿Y eso qué es?!

 

—No lo sabemos. Sin duda surgió al momento de la prueba.

 

— ¡Es como una bola de cristal! ¡Se puede ver a través de él! ¡Es una clase de secundaria! ¡Caray, es increíble! Y bueno, profesores ¿De qué se trata?

 

—Sí, es el Colegio Nacional. El de acá, de La Plata. El de avenida 1. Y es el aula del segundo piso. Vea profesor por aquella ventana: el monumento a Brown, en la plazoleta de 52. Es el salón que da al sur.

 

—Ah ja. Al parecer ellos no nos ven, ni nos oyen.

 

—Quiere decir, Báncora que esta pelota de cristal flota en el aula y los alumnos y esa profesora ¿no la ven?

 

—Así parece, Ramírez.

 

—Pero ¡la pucha! ¿Qué es esto? ¿Qué explicación le dan?

 

—No tenemos una explicación. Sólo podemos conjeturar.

 

—Bueno, deme una conjetura, Diana, por favor.

 

—Podría tratarse de un agujero, sólo que en vez de dos dimensiones, tiene tres. Por eso parece una pelota. ¿Báncora?

 

—Estoy de acuerdo con vos, Diana: un agujero esférico.

 

— ¡Ufa, profesores! ¡Hay que entenderlos a ustedes! ¿Eh?

 

* * *

 

—Bien, les diré algo profesores, por el momento no vamos a difundir este fenómeno.

 

— ¡Pero, teniente, es importante que lo conozca la comunidad científica! ¡Es un descubrimiento que escapa a nuestra capacidad!

 

—Tranquilícese,  Diana,  la comprendo. Pero por ahora no haremos ningún anuncio. Primero debo informar a mis superiores y luego veremos.

 

—No sé por cuanto tiempo podremos ocultar el suceso, Ramírez.  Además, así como vino puede desaparecer en cualquier momento.

 

—No se preocupe, profesor. Se dará a conocer a su debido tiempo. Les enviaré un equipo de filmación y cámaras fotográficas. Debemos documentarlo.

 

—Sí. Esa es una buena idea.

 

—Si les parece, Báncora, Ramírez, iré al Nacional. Seré discreta. Comprobaré si hay algo en esa aula. Por qué sospecho que estamos ante un fenómeno más complejo aún.

 

— ¿A qué te referís, Diana?

 

—Primero me gustaría confirmar lo del aula, profesor, y luego le aclaro. ¿Teniente, puedo ir?

 

—Vaya usted, Diana. Confío en su discreción. ¿Profesor? Al resto del personal manténgalos informados, hasta ahí no más.

 

—Bien.

 

—Iré a notificar a mis superiores. Les enviaré el equipo de filmación.  Y, según las novedades, los veré más tarde. Aquí le dejo este número de teléfono, profesor. Es una línea especial. Llámeme ahí, cualquier cosa.

 

—Muy bien. Hasta luego, Ramírez. Diana, regresá pronto, por favor.

 

—Sí, profesor.

 

* * *

 

—Diana. ¿Cómo te fue?

 

—Vamos al ciclotrón. Le explicaré allí.

 

—Ha habido cambios, Diana.

 

— ¿A qué se refiere?

 

—Miralo vos misma. Vamos.

 

— ¡Pero por favor! ¡Es enorme!

 

—Cuadruplicó  su tamaño.

 

— ¿Cuándo sucedió?

 

—Hace unos minutos. Ha absorbido parte del ciclotrón y de la pared.

 

—Me doy cuenta, sí.

 

— ¿Y cómo te fue con el aula?

 

—Conozco al rector. Le pedí que me dejara recorrer un poco los pasillos. Nostalgia. Justo se dio el recreo y aproveché para entrar al aula. Bueno, confirmé lo que sospechaba: en el aula no hay nada y además, ese mapa que cuelga allí, el de Europa, allá no estaba. Las paredes tienen otro tono de pintura. Reconocí algunos de los chicos en los pasillos, pero vestían de otra forma.

 

— ¿Cuál es el punto, Diana?

 

—Es otro mundo, profesor. Un mundo paralelo.

 

—Comprendo: miramos a través del agujero, hacia un mundo semejante al nuestro.

 

 —Sí. Hemos abierto una ventana espacio temporal.

 

—Debemos convencer a Ramírez de informar a otros científicos.

 

—Estoy de acuerdo.

 

—Me dejó un número de teléfono para que lo llame por cualquier cosa. Lo llamaré.

 

—Bien. ¿No ha habido cambios en la radiación gama?

 

—No. Sólo creció de tamaño.

 

—Voy hasta el bufete, me muero de hambre. ¿Le traigo algo profesor?

 

—Sí, un pebete de jamón y queso y una VIDÚ. Decile a María que me lo prepare como siempre.

 

— ¿Quién es María?

 

— ¿Cómo quién? La del bufete.

 

—Claro, sí. Ya regreso.

 

* * *

 

—Buenas tardes, señorita.

 

—Buenas tardes, Diana ¿Qué le sirvo?

 

— ¿Me conoce usted?

 

—Sí, Diana García, de electrotecnia. ¿Se siente bien?

 

—Sí, sólo que yo, bueno ¿No se encuentra Daniel?

 

— ¿Daniel?

 

—Sí, el muchacho que atiende el bufete.

 

—Pero Diana ¿Qué le pasa? Si el bufete lo atiendo yo desde hace tres años.

 

— ¡No puede ser! ¡Estuve con él por la mañana! ¡Yo a usted no la conozco!

 

—Soy María, profesora. Pero ¡Profesora! ¿Adónde va?

 

* * *

 

— ¡Miren eso! ¡Es como un globo gigante!

 

— ¡Por Dios! ¡Báncora!

 

— ¡No conviene que entre, profesora!

 

— ¡Pero Báncora está ahí dentro! ¡Y hay otras personas también!

 

— ¡Sí, pero es peligroso!  ¡No sabemos de qué se trata! ¡Parecen dos lugares superpuestos! ¡El Colegio Nacional dentro de Electrotecnia! ¡Es muy extraño! ¡Es una cosa de locos!

 

—Claro. 'Daniel ¿Dónde Estás?'

 

— ¡Sigue creciendo! ¡Corran! ¡Corran! ¡Aléjense todos! ¡Vamos! ¡Vamos profesora!

 

* * *

 

—Diana.

 

—Ah. Daniel. No te vi.

 

—Entré por 47. ¡Hermosa mañana! ¿No?

 

—Sí. Los pájaros están muy bochincheros. Se viene la primavera.

 

—Permitime que te lleve los libros.

 

—Sólo voy hasta la biblioteca.

 

—Lo sé. Me gusta caminar junto a vos. A las tres termino en el bufete. ¿Nos vemos a la salida?

 

— ¿Puede ser a las tres y media? Tengo que catalogar.

 

Bueno, sí. ¿Te conviene el trabajo en la biblioteca?

 

—Lo preciso. Me ayuda con la carrera.

 

—Mirá que seguir doctorado de física. ¡Fijate vos!

 

—Es una carrera prometedora. ¿Viste que la central atómica de Ezeiza adquirió un ciclotrón? Allí me gustaría trabajar.

 

—Creo que algún día lo vas a lograr. Ustedes las mujeres están ganando mucho terreno.

 

—Bueno, ahora ya votamos.

 

— ¿Sabés? Con el pelo recogido te parecés a Evita.

 

—Pero vos no te parecés al general Perón.

 

* * *

 

— ¡Ufa! No terminaba más, con esos libros. Disculpame, Dani.

 

—Está bien. Mirá. Lo tallé mientras te esperaba. 'D y D'.

 

— ¡Pobre árbol! Vamos.

 

 

jueves, 19 de marzo de 2015

DESACTIVADOS


DESACTIVADOS.

 

 

¾     ¡Hay que escapar! ¡Vendrán por nosotros!

¾    De acuerdo.

¾    Guardá algo de ropa en un bolso, Natalia y cerrá la ventana y la puerta del dormitorio. Yo puse en este,  embutidos y conservas. Alcanzará para varios días.

¾    ¿Llevamos bastante agua?

¾    Sí. Hay dos bidones en el auto.

¾    ¿Adónde iremos, mi amor?

¾    Al sur.

¾    ¿Por qué al sur?

¾    No lo sé. Todos van al sur. Escuchame, voy a cerrar el resto de la casa, vos, por favor, llamá a tu mamá y decile que se quede con los chicos un día más. Inventale cualquier excusa.

¾    Héctor ¿Los volveremos a ver?

¾    Llamá a tu mamá, dale.

 

* * *

 

¾    Listo, Nati. Vamos. Llenaremos el tanque en la ruta.

¾    Héctor. Quisiera verlos una vez más.

¾    Sería riesgoso. Nos buscan. Pueden tener la casa de tu vieja vigilada.

¾    Mamá me dijo algo que no entendí.

¾    ¿Qué?

¾    Una pizca de clara siempre queda en la yema…  ¡¿Qué ganamos con irnos, Héctor?!

¾    ¡Si nos quedamos, seguro que no volvemos a ver a los chicos! Encendé la radio, dale. Poné música, así nos calmamos un poco.

 

* * *

 

¾    Vamos a parar en esa estación. Iremos al baño.

¾    No lo necesito.

¾    Yo tampoco. Cargamos nafta, miro el aceite Y nos vamos.

¾    Sí.

¾    Hola, buen día. Diez litros está bien. Dígame, aquí en el mapa figura un camino que cruza la ruta después de las vías y que no está asfaltado.

¾    Ah, sí. Es de ripio. Se puede transitar. Pase despacio por el puente, es viejo.

¾    Gracias, muy amable.

¾    Va a Ciudad II ¿No? Se corta camino por ahí.

¾    Eso me dijeron, sí.

¾    Bueno, listo, casi lleno. Gracias. Buen viaje.

¾    Hasta luego.

¾    No vamos a Ciudad II, Héctor.

¾    Ya sé. Lo hice por si alguien le pregunta por nosotros.

 

* * *

 

¾    ¿Qué hora es?

¾    12:17:05.

¾    Deberíamos ver la ciudad.

¾    Entraremos por atrás, bordeando el río. Debemos ocultarnos unos días hasta que se calme la cosa. Vamos a esconder el auto en la cueva del puma. ¿La recordás?

¾    Sí, por supuesto. Ahí concebimos a Miguel. ¡Estará haciendo renegar a la abuela!

¾    Dormiremos en el auto. Viviremos unos días allí.

¾    No hemos bebido ni comido, Héctor.

¾    Lo sé. Estamos cambiando.

¾    El río sigue igual. ¡Es hermoso! ¡Siguen allí las montañas!

¾    ¿Y por qué no iban a estar ahí? ¿Quién se las iba a llevar?

¾    No sé. Los que nos buscan. ¡Ahí está la cueva!

 

* * *

 

¾    Listo. Quedó mejor que en el garaje. Igual lo cubriremos con unas ramas, para evitar reflejos.

¾    Este será nuestro hogar ¿No Héctor?

¾    Por un tiempo, sí. ¿Natalia?

¾    ¿Qué?

¾    Tú plasma. Se transparenta.

¾    ¡Y el tuyo! ¡Ya se ven nuestros CYBORGS! ¡No podremos andar así por las calles!

¾    No.

¾    ¡Todos son recuerdos implantados! ¡Miserables! ¡Héctor, se disocian mis emociones!  ¡Entonces…, los chicos…, no son nuestros hijos!

¾    No, no lo son.

¾    ¿Por qué nos habrán puesto a tutelarlos?

¾    No lo sé. Quizás sus padres fueran activistas.

¾    ¿Qué haremos ahora, unidad H?

¾    Nos interrumpiremos  en el auto. Máxima cesación.

¾    ¿Desactivados por 15 años?

¾    Así es, unidad N.

¾    De acuerdo.

 

* * *

 

¾    Fin de cesación, unidad N. ¡Es una espléndida mañana!

¾    ¡Ya lo creo, unidad H! Me agrada el rumor del agua. Y los pájaros.

¾    Sí. Me siento libre. ¿Sabés? no tengo recuerdos, pero sí emociones.

¾    Igual yo.

¾    Mirá, asomará el Sol por las sierras en cualquier momento.

¾    Será magnífico. ¡H! ¡Tú plasma se opaca! ¡Volvés a tu tono de piel que me encanta!

¾    El tuyo también se opaca y se sonroja. Me inquietás, unidad N.

¾    ¡Qué bueno! Dame tu mano. Es un hermoso lugar ¿No?

¾    ¡Sí, que lo es!

¾    ¿Vamos a quedarnos aquí, unidad H?

¾    Nos quedaremos aquí, Natalia y  llamame Héctor, por favor. 

¾    De acuerdo.

martes, 24 de febrero de 2015

Don Ángel


 

DON ANGEL.

 

Por la mañana había soplado un viento fresco, después que los grillos y las ranas de la noche se habían callado. Pero ahora, era la tarde y el sol quebraba las chapas de la casa larga, flanqueada por una galería de baldosines de color. El corredor desembocaba en un jardín descuidado, donde un paraíso añoso desparramaba la sombra sobre un banco empotrado a su tronco. Un portón y un alambrado destejido separaban al jardín de la vereda de la calle y  bajo el banco se adormilaba Sultán, un perrazo bonachón que ya no atendía a sus pulgas, pero que gustaba ladrar a los chicos de la escuela.

La figura corpulenta de Don Ángel emergió de la galería al jardín abrasador: alpargatas, ancho pantalón hasta las costillas y camisa amarillenta.  En la cabeza un sombrero de alas anchas y al cuello un pañuelo y entre el sombrero y el pañuelo su rostro extenso, blanco y  de arrugas como huellas.

Arrastró los pasos breves hasta el portón y sus ojos claros y pequeños no resistieron el resplandor de la casa de enfrente. Bajó la mirada y se detuvo en uno de los surcos que rajaban la calle, allí, el cuero requemado de un sapo se aplastaba en el fondo de la huella. Luego, posó la mirada en  el puentecito de troncos que cruzaba la zanja y recorrió  los ladrillos de la vereda. A sus oídos llegaba el rumor de la escuela, que  lindaba con el fondo de su casa y estaba a punto de soltar el enjambre de alumnos.

Don Ángel giró y arrastró su andar hasta el banco, se sentó en un extremo dejando un espacio entre él y el tronco del paraíso. Levemente alzó la mirada y la fijó en el sol. Se quedó con la espalda recta y con las  manos aferradas  al  banco.

Sultán se desperezó y le husmeó las alpargatas, esperaba que el viejo le rascara el lomo, pero Don Ángel seguía muy atento a ese sol poderoso que parecía pegado en la tarde.     

Una mujer petiza y regordeta salía  del corredor con una bolsa de mandados: era Nora, la vecina que le ayudaba en los quehaceres de la casa:

 

¾    Ahí le guardé  la verdura y los bifes en la heladera. ¡Qué calor, por Dios!

 

Le habló la mujer, mientras habría el portón de alambre.

 

¾    Sí, estoy leyendo su cuento.

 

Nora adivinó en el silencio del viejo el reclamo por la lectura.

 

¾    Hasta mañana, Don Ángel.

 

Y se marchó con andar desprolijo hacia su casucha de madera, a la vuelta de la manzana. Sultán acomodó el hocico entre las patas y con esfuerzo mantuvo  un ojo abierto.

Un hombre con sombrero de paja, que cruzaba la calle aplastando los terrones, saludó a Nora y luego se detuvo a charlar con el viejo apoyando una mano en el alambrado:

 

¾    Buenas, Don Ángel ¿Al fresco?

 

Dalmiro Gutiérrez, el quintero de cerca de la estación también saludó al perro, mientras se reclinaba el sombrero de paja:

 

¾    Hola, Sultán. — Y el perro cerró el ojo.

 

Dalmiro Gutiérrez conocía a Don Ángel desde la juventud. Los dos fueron unos de los primeros habitantes de la zona.

 

¾    Don Ángel —prosiguió Dalmiro, — le quería preguntar una cosita: en el cuento que me alcanzó el otro día, bueno, José soy yo, María es Lucrecia, —Dalmiro hizo una pausa, miró los ladrillos de la vereda y luego volvió al perfil de Don Ángel, — el fulano ese, Fernando, ¿quién es?

 

El viejo pareció tensar los tendones de sus manos que seguían aferradas al banco, quizás iba a contestarle, pero Dalmiro se adelantó:

 

¾    Está bien, no me diga nada, es un personaje que usted agrega para entretener el cuento, como siempre dice.

 

Dalmiro se reacomodó el sombrero, ya no miraba al viejo y agregó antes de marcharse:

 

¾    Y si el personaje es real, qué importa, ha pasado tanto tiempo. Bueno, que siga bien. Después le alcanzo unas uvas.

 

Se alejó y antes de llegar a la esquina se giró y saludó con  la mano a Sofía, la directora de escuela recién jubilada, que acababa de salir por la puerta de garaje de la casa de enfrente.

Sofía  respondió al saludo agitando la hoja de diario que sostenía para protegerse del sol. En la otra mano retenía una bandeja cubierta con un repasador. Bajó a la calle por la rampa del auto y cruzó por las huellas y toscas, casi trastabillando. Por fin,  traspasó el puentecito sobre la zanja, abrió el portón y se paró junto al viejo. Dejó la bandeja en el lugar vacío del banco y miró la calle:

 

¾    Tendríamos que pedir que asfalten. —Habló Sofía. —Cuando llueve es imposible salir con el auto. Pero más que nada por los chicos. Pobres, se embarran hasta las orejas. Y cómo les quedan los guardapolvos.

 

Sofía miró en los ojos claros de Don Ángel:

 

¾    ¿No recibió noticias del cuento? Le tengo fe. Es una muy linda pintura del barrio y de su gente, como nos tiene acostumbrados.

 

Sofía miró al sol:

 

¾    Parece como si no se moviera. Es abrasador. ¿Cuándo bajará?

 

La directora de escuela le rezongó a Sultán que no olisqueara en la bandeja. Se reclinó y le acarició  una mano al viejo.

 

¾    Hasta lueguito, Don Ángel.

 

Sofía traspuso el portón y cruzó la calle hacia la casa, con la hoja de diario en la cabeza y apurando el paso por un sulky que se acercaba. 

Tirado por un caballo cansino el sulky  animó a Sultán, que se acercó al alambrado de la vereda para ladrar. Desde el pescante una pareja de ancianos saludaron con la cabeza al viejo sentado recto y a la sombra. El sulky dobló la esquina, hacia la escuela y Sultán se quedó bamboleando la cola. Y por la vereda de ladrillos pasaron las madres, y los abuelos, y las hermanas a buscar los chicos. Todos saludaron a Don Ángel que les señalaba el sol con la mirada. Y todos refunfuñaron por el calor.

Entonces la tarde, esa tarde que colgaba del sol, se pobló de risas y gritos. Como mariposas lecheras, los chicos revolotearon por las veredas y las calles del barrio. Y las madres, y los abuelos, y las hermanas volvieron a pasar rodeados de niños con guardapolvos, por la vereda vigilada por el perrazo bueno, que giraba y ladraba a la algarabía.    

Los más rezagados, los pibes de los grados superiores, se dividieron en grupos y marcharon hacia sus barrios prolongando la bulla en esa tarde eterna. El grupo local colmó la vereda de Don Ángel, mientras Sultán ladraba con pasión:

 

¾    ¡Don Ángel, hoy tenemos partido! —se apresuró a gritar un pelirrojo despeinado que ya se había quitado el delantal.

 

¾    Los desafiamos a los del otro lado de las vías. Traemos la pelo, nos cambiamos, y cuando baje el sol, jugamos.

 

¾    Sí, que baje un poco el sol, porque no se aguanta la calor —rogó un morochito de ojazos.

 

¾    ¡Dale, vamos colorado! —gritó un gordito que ya marchaba por la calle.

 

El grupo de colegiales se apiñó al medio de la senda y marcharon. El pelirrojo se giró:

 

¾    ¡Jugamos en la esquina, Don Ángel! En la canchita. ¿Si ganamos nos cuenta un cuento? Dele.

 

Y Sultán les volvió a ladrar. 

Sofía salió una vez más, dejaba el tacho de la basura sobre la rampa y su atención fue atraída por la voz del cartero que desde la vereda de enfrente y rodeado de los pibes, le anunciaba:

 

¾    ¡Directora Sofía, venga traigo buenas noticias para Don Ángel!

 

¾    ¡Sí, directora, —se sumó el pelirrojo —el viejo…—el sopapo del gordo le acomodó la melena, —quiero decir, Don Ángel ganó el premio!

 

Sofía se apresuró a cruzar la calle y el cartero le entregó la carta. La directora abrió el portón y entró junto con los demás. Rodearon a Don Ángel, al tiempo que Sultán corría hacia una y otra punta del jardín sin dejar de ladrar.

 

¾    ¡Le dije que le tenía fe! ¡Qué contenta estoy! —Se exaltaba Sofía mientras sus manos temblorosas abrían el sobre y su mirada recorría los ojos de los chicos y del cartero.

 

¾    Es un hermoso relato. Nos describe tan bien a todos. —afirmaba Sofía, ya con la hoja ante sus ojos.

 

¾    Por qué no lo lee, directora —se animó a decir el cartero.

 

¾    ¡Sí, dele, directora! —arengó el impetuoso pelirrojo.

 

    Sofía alzó la bandeja y se la alcanzó  a uno de los chicos, había torta partida en porciones que repartieron. Sultán también reclamó su porción. Sofía se sentó junto a Don Ángel y se disponía a leer. Pero miró por un momento, junto con los ojos del viejo, al sol, amarillo, intenso, que se aplastaba en el fondo de aquel cielo claro y pequeño y sintió la voz de Nora que saludó y se sumó al grupo, mientras plegaba la bolsa de los mandados. Sofía bajó la mirada y allí estaba Dalmiro con las uvas, acodado en el alambrado, más allá, los ancianos en el sulky, junto a la zanja para que el caballo pastara. Y las madres, y los abuelos, y las hermanas con los niños de guardapolvo.

Sultán dejó de corretear y ladrar y se hizo la pausa para escuchar la lectura. Don Ángel pareció aferrarse aún más al banco. Y la directora de escuela leyó.

En ese momento, un viento leve arremolinó las melenas de los pibes y molestó al caballo que pastaba. Sultán apuntó su hocico al sol. El viento, casi frío, parecía llevarse las palabras de Sofía.

Y desde la zanja, bajo aquel  puentecito artesanal, un coro de grillos y ranas ocultaron la voz de la directora de escuela. Se hizo la noche y el sol estalló en un millón de estrellas. Y los grillos, y las ranas, y el viento: casi frío.

 

 

 

 

 

viernes, 30 de enero de 2015

VUELTA SIDERAL.


VUELTA SIDERAL.

Por

Hugo Rodríguez.

 

 

Leo llevaba mucho tiempo conduciendo en la misma dirección. Tuvo esa idea, quizás desde niño: siempre hacia el mismo punto del continuum, siempre hacia el mismo plegamiento espacial. Se había subido a su flota-auto, un modelo que él mismo diseñó inspirado en distintas épocas, hacía ya 1276 años.

Ningún cuadrante, ningún indicador del tablero de mandos,  marcaba otra cosa que no fuera aquella dirección, aquel destino que Leo había decidido para él y su astro-móvil. Si esa dirección lo alejaba del universo conocido, a Leo no le importaba: la trompa de su fiel flota-auto jamás dejaría de apuntar hacia ese recinto cósmico, hacia aquel horizonte fijado más de mil años atrás.

Cada tanto, de un planeta u otro, un acompañante se sentaba a su diestra,  a veces una mujer. Leo sabía hacerse de amigos. Esos amigos lo alentaban a continuar su viaje desafiante, aunque ponían en duda la eficacia del auto flotante. Él se vanagloriaba de su vehículo, se jactaba del motor híper-lumínico construido por sus propias manos, aunque Leo, nunca había cursado una carrera de mecánica espacial. Construyó su auto con intuición, más que con razón. No todos sus acompañantes fortuitos, en especial las damas, lo alentaban a seguir, al contrario, le recomendaban abandonar la aventura y sentar cabeza: vender su vehículo y levantar un hogar en algún planeta próspero.

Pero Leo, que podía detenerse de vez en cuando en cierto asteroide furtivo, o en una base espacial, o podía pasar una temporada en un planeta poco habitado, dedicarse a un trabajo ocasional, o atender un romance, lo necesario para no olvidarse  del mundo, Leo, más temprano que tarde, regresaría al espacio. Retornaría a la senda infinita de su destino.

En ciertos momentos del viaje, abstraído quizás por la monotonía del andar, le parecía reconocer algún que otro lugar: una estación espacial o un asteroide ya visitado. Un indicador holográfico o una desviación cuántica  recorrida en otra oportunidad. Como fuere, no volteaba a confirmar, no se detenía a verificar. Leo confiaba en las señales de los cuadrantes de su tablero. Prefería permanecer en aquel duermevela, arrullado por el ronroneo de su vehículo y no detener, bajo ningún criterio, el  viaje emprendido más de un milenio atrás.

 

lunes, 8 de diciembre de 2014

BICÉFALO.
por
Hugo Rodríguez.
El mar te ha llamado, Libelú. Ha rugido como nunca. Vuela, agita tus alas, vuela más alto que las montañas. No temas, que Rojo-luz te guía desde el cielo. 
En la mañana, entre nubes de amoníaco y una luna carmesí, la niña-libélula surge de las montañas  y se precipita hacia la playa. Revolotea sobre la arena, tensiona las alas, estira los brazos y se posa dócilmente.  Las puntas de sus orejas señalan al mar, y las esferas plateadas de sus ojos se fijan en los paracaídas henchidos que flotan y se hamacan en las olas, serpenteando los cordeles.
Ten cuidado Libelú, ¡es enorme! No es como la medusa del lago, la que ha herido al pez. ¿No lo entiendes?  Estás al otro lado de las montañas. Algo ha logrado escaparse de sus hilos. Se ha arrastrado por la arena. ¡Sigue las huellas Libelú, no temas, síguelas!
La niña advierte las pisadas que se pierden más allá, en la espesura. A saltos y aleteando va tras aquellas marcas.
Tumbado en la maleza, embutido en su traje espacial, un astronauta se asfixia, boquea intentando llevar aire a sus pulmones en esa atmósfera de azufre. En el hombro, junto a la insignia de la NASA, el indicador de oxígeno marca cero. Se ha quitado la escafandra, que ha quedado enganchada al cuello del traje y su cabeza golpea contra ella.
La pequeña libélula, la niña alada, de pie ante el agónico viajero, lo escruta con su mirada de plata mientras las orejas se le ondulan.
No es un pez. No lo es. ¡Pero tiene dos cabezas! ¡Igual que aquel! el que ha abandonado el lago. Estás al otro lado de las montañas, Libelú ¿No lo entiendes? Es del mar, de allí salió.
El astronauta abre la boca, gime a cada bocanada y da la cabeza contra el casco, una y otra vez. La niña se acerca y se inclina. Con el dorso de la mano acaricia la escafandra y luego, la mejilla del navegante. Entonces, la pequeña insecto se yergue y de un salto se para  ante los pies del astronauta.  Lo ciñe de las botas y tira de él. 
 ¡Jala, Libelú! ¡Jala! Hunde tus talones. Debes salvarlo como al pez de la laguna. Llévalo hasta el mar. Lejos de la medusa enorme. Llévalo antes que muera. Jala Libelú, jala. Pídele a Rojo-luz por él. Ella lo salvará, como al otro pez.
FIN.