jueves, 19 de marzo de 2015

DESACTIVADOS


DESACTIVADOS.

 

 

¾     ¡Hay que escapar! ¡Vendrán por nosotros!

¾    De acuerdo.

¾    Guardá algo de ropa en un bolso, Natalia y cerrá la ventana y la puerta del dormitorio. Yo puse en este,  embutidos y conservas. Alcanzará para varios días.

¾    ¿Llevamos bastante agua?

¾    Sí. Hay dos bidones en el auto.

¾    ¿Adónde iremos, mi amor?

¾    Al sur.

¾    ¿Por qué al sur?

¾    No lo sé. Todos van al sur. Escuchame, voy a cerrar el resto de la casa, vos, por favor, llamá a tu mamá y decile que se quede con los chicos un día más. Inventale cualquier excusa.

¾    Héctor ¿Los volveremos a ver?

¾    Llamá a tu mamá, dale.

 

* * *

 

¾    Listo, Nati. Vamos. Llenaremos el tanque en la ruta.

¾    Héctor. Quisiera verlos una vez más.

¾    Sería riesgoso. Nos buscan. Pueden tener la casa de tu vieja vigilada.

¾    Mamá me dijo algo que no entendí.

¾    ¿Qué?

¾    Una pizca de clara siempre queda en la yema…  ¡¿Qué ganamos con irnos, Héctor?!

¾    ¡Si nos quedamos, seguro que no volvemos a ver a los chicos! Encendé la radio, dale. Poné música, así nos calmamos un poco.

 

* * *

 

¾    Vamos a parar en esa estación. Iremos al baño.

¾    No lo necesito.

¾    Yo tampoco. Cargamos nafta, miro el aceite Y nos vamos.

¾    Sí.

¾    Hola, buen día. Diez litros está bien. Dígame, aquí en el mapa figura un camino que cruza la ruta después de las vías y que no está asfaltado.

¾    Ah, sí. Es de ripio. Se puede transitar. Pase despacio por el puente, es viejo.

¾    Gracias, muy amable.

¾    Va a Ciudad II ¿No? Se corta camino por ahí.

¾    Eso me dijeron, sí.

¾    Bueno, listo, casi lleno. Gracias. Buen viaje.

¾    Hasta luego.

¾    No vamos a Ciudad II, Héctor.

¾    Ya sé. Lo hice por si alguien le pregunta por nosotros.

 

* * *

 

¾    ¿Qué hora es?

¾    12:17:05.

¾    Deberíamos ver la ciudad.

¾    Entraremos por atrás, bordeando el río. Debemos ocultarnos unos días hasta que se calme la cosa. Vamos a esconder el auto en la cueva del puma. ¿La recordás?

¾    Sí, por supuesto. Ahí concebimos a Miguel. ¡Estará haciendo renegar a la abuela!

¾    Dormiremos en el auto. Viviremos unos días allí.

¾    No hemos bebido ni comido, Héctor.

¾    Lo sé. Estamos cambiando.

¾    El río sigue igual. ¡Es hermoso! ¡Siguen allí las montañas!

¾    ¿Y por qué no iban a estar ahí? ¿Quién se las iba a llevar?

¾    No sé. Los que nos buscan. ¡Ahí está la cueva!

 

* * *

 

¾    Listo. Quedó mejor que en el garaje. Igual lo cubriremos con unas ramas, para evitar reflejos.

¾    Este será nuestro hogar ¿No Héctor?

¾    Por un tiempo, sí. ¿Natalia?

¾    ¿Qué?

¾    Tú plasma. Se transparenta.

¾    ¡Y el tuyo! ¡Ya se ven nuestros CYBORGS! ¡No podremos andar así por las calles!

¾    No.

¾    ¡Todos son recuerdos implantados! ¡Miserables! ¡Héctor, se disocian mis emociones!  ¡Entonces…, los chicos…, no son nuestros hijos!

¾    No, no lo son.

¾    ¿Por qué nos habrán puesto a tutelarlos?

¾    No lo sé. Quizás sus padres fueran activistas.

¾    ¿Qué haremos ahora, unidad H?

¾    Nos interrumpiremos  en el auto. Máxima cesación.

¾    ¿Desactivados por 15 años?

¾    Así es, unidad N.

¾    De acuerdo.

 

* * *

 

¾    Fin de cesación, unidad N. ¡Es una espléndida mañana!

¾    ¡Ya lo creo, unidad H! Me agrada el rumor del agua. Y los pájaros.

¾    Sí. Me siento libre. ¿Sabés? no tengo recuerdos, pero sí emociones.

¾    Igual yo.

¾    Mirá, asomará el Sol por las sierras en cualquier momento.

¾    Será magnífico. ¡H! ¡Tú plasma se opaca! ¡Volvés a tu tono de piel que me encanta!

¾    El tuyo también se opaca y se sonroja. Me inquietás, unidad N.

¾    ¡Qué bueno! Dame tu mano. Es un hermoso lugar ¿No?

¾    ¡Sí, que lo es!

¾    ¿Vamos a quedarnos aquí, unidad H?

¾    Nos quedaremos aquí, Natalia y  llamame Héctor, por favor. 

¾    De acuerdo.

martes, 24 de febrero de 2015

Don Ángel


 

DON ANGEL.

 

Por la mañana había soplado un viento fresco, después que los grillos y las ranas de la noche se habían callado. Pero ahora, era la tarde y el sol quebraba las chapas de la casa larga, flanqueada por una galería de baldosines de color. El corredor desembocaba en un jardín descuidado, donde un paraíso añoso desparramaba la sombra sobre un banco empotrado a su tronco. Un portón y un alambrado destejido separaban al jardín de la vereda de la calle y  bajo el banco se adormilaba Sultán, un perrazo bonachón que ya no atendía a sus pulgas, pero que gustaba ladrar a los chicos de la escuela.

La figura corpulenta de Don Ángel emergió de la galería al jardín abrasador: alpargatas, ancho pantalón hasta las costillas y camisa amarillenta.  En la cabeza un sombrero de alas anchas y al cuello un pañuelo y entre el sombrero y el pañuelo su rostro extenso, blanco y  de arrugas como huellas.

Arrastró los pasos breves hasta el portón y sus ojos claros y pequeños no resistieron el resplandor de la casa de enfrente. Bajó la mirada y se detuvo en uno de los surcos que rajaban la calle, allí, el cuero requemado de un sapo se aplastaba en el fondo de la huella. Luego, posó la mirada en  el puentecito de troncos que cruzaba la zanja y recorrió  los ladrillos de la vereda. A sus oídos llegaba el rumor de la escuela, que  lindaba con el fondo de su casa y estaba a punto de soltar el enjambre de alumnos.

Don Ángel giró y arrastró su andar hasta el banco, se sentó en un extremo dejando un espacio entre él y el tronco del paraíso. Levemente alzó la mirada y la fijó en el sol. Se quedó con la espalda recta y con las  manos aferradas  al  banco.

Sultán se desperezó y le husmeó las alpargatas, esperaba que el viejo le rascara el lomo, pero Don Ángel seguía muy atento a ese sol poderoso que parecía pegado en la tarde.     

Una mujer petiza y regordeta salía  del corredor con una bolsa de mandados: era Nora, la vecina que le ayudaba en los quehaceres de la casa:

 

¾    Ahí le guardé  la verdura y los bifes en la heladera. ¡Qué calor, por Dios!

 

Le habló la mujer, mientras habría el portón de alambre.

 

¾    Sí, estoy leyendo su cuento.

 

Nora adivinó en el silencio del viejo el reclamo por la lectura.

 

¾    Hasta mañana, Don Ángel.

 

Y se marchó con andar desprolijo hacia su casucha de madera, a la vuelta de la manzana. Sultán acomodó el hocico entre las patas y con esfuerzo mantuvo  un ojo abierto.

Un hombre con sombrero de paja, que cruzaba la calle aplastando los terrones, saludó a Nora y luego se detuvo a charlar con el viejo apoyando una mano en el alambrado:

 

¾    Buenas, Don Ángel ¿Al fresco?

 

Dalmiro Gutiérrez, el quintero de cerca de la estación también saludó al perro, mientras se reclinaba el sombrero de paja:

 

¾    Hola, Sultán. — Y el perro cerró el ojo.

 

Dalmiro Gutiérrez conocía a Don Ángel desde la juventud. Los dos fueron unos de los primeros habitantes de la zona.

 

¾    Don Ángel —prosiguió Dalmiro, — le quería preguntar una cosita: en el cuento que me alcanzó el otro día, bueno, José soy yo, María es Lucrecia, —Dalmiro hizo una pausa, miró los ladrillos de la vereda y luego volvió al perfil de Don Ángel, — el fulano ese, Fernando, ¿quién es?

 

El viejo pareció tensar los tendones de sus manos que seguían aferradas al banco, quizás iba a contestarle, pero Dalmiro se adelantó:

 

¾    Está bien, no me diga nada, es un personaje que usted agrega para entretener el cuento, como siempre dice.

 

Dalmiro se reacomodó el sombrero, ya no miraba al viejo y agregó antes de marcharse:

 

¾    Y si el personaje es real, qué importa, ha pasado tanto tiempo. Bueno, que siga bien. Después le alcanzo unas uvas.

 

Se alejó y antes de llegar a la esquina se giró y saludó con  la mano a Sofía, la directora de escuela recién jubilada, que acababa de salir por la puerta de garaje de la casa de enfrente.

Sofía  respondió al saludo agitando la hoja de diario que sostenía para protegerse del sol. En la otra mano retenía una bandeja cubierta con un repasador. Bajó a la calle por la rampa del auto y cruzó por las huellas y toscas, casi trastabillando. Por fin,  traspasó el puentecito sobre la zanja, abrió el portón y se paró junto al viejo. Dejó la bandeja en el lugar vacío del banco y miró la calle:

 

¾    Tendríamos que pedir que asfalten. —Habló Sofía. —Cuando llueve es imposible salir con el auto. Pero más que nada por los chicos. Pobres, se embarran hasta las orejas. Y cómo les quedan los guardapolvos.

 

Sofía miró en los ojos claros de Don Ángel:

 

¾    ¿No recibió noticias del cuento? Le tengo fe. Es una muy linda pintura del barrio y de su gente, como nos tiene acostumbrados.

 

Sofía miró al sol:

 

¾    Parece como si no se moviera. Es abrasador. ¿Cuándo bajará?

 

La directora de escuela le rezongó a Sultán que no olisqueara en la bandeja. Se reclinó y le acarició  una mano al viejo.

 

¾    Hasta lueguito, Don Ángel.

 

Sofía traspuso el portón y cruzó la calle hacia la casa, con la hoja de diario en la cabeza y apurando el paso por un sulky que se acercaba. 

Tirado por un caballo cansino el sulky  animó a Sultán, que se acercó al alambrado de la vereda para ladrar. Desde el pescante una pareja de ancianos saludaron con la cabeza al viejo sentado recto y a la sombra. El sulky dobló la esquina, hacia la escuela y Sultán se quedó bamboleando la cola. Y por la vereda de ladrillos pasaron las madres, y los abuelos, y las hermanas a buscar los chicos. Todos saludaron a Don Ángel que les señalaba el sol con la mirada. Y todos refunfuñaron por el calor.

Entonces la tarde, esa tarde que colgaba del sol, se pobló de risas y gritos. Como mariposas lecheras, los chicos revolotearon por las veredas y las calles del barrio. Y las madres, y los abuelos, y las hermanas volvieron a pasar rodeados de niños con guardapolvos, por la vereda vigilada por el perrazo bueno, que giraba y ladraba a la algarabía.    

Los más rezagados, los pibes de los grados superiores, se dividieron en grupos y marcharon hacia sus barrios prolongando la bulla en esa tarde eterna. El grupo local colmó la vereda de Don Ángel, mientras Sultán ladraba con pasión:

 

¾    ¡Don Ángel, hoy tenemos partido! —se apresuró a gritar un pelirrojo despeinado que ya se había quitado el delantal.

 

¾    Los desafiamos a los del otro lado de las vías. Traemos la pelo, nos cambiamos, y cuando baje el sol, jugamos.

 

¾    Sí, que baje un poco el sol, porque no se aguanta la calor —rogó un morochito de ojazos.

 

¾    ¡Dale, vamos colorado! —gritó un gordito que ya marchaba por la calle.

 

El grupo de colegiales se apiñó al medio de la senda y marcharon. El pelirrojo se giró:

 

¾    ¡Jugamos en la esquina, Don Ángel! En la canchita. ¿Si ganamos nos cuenta un cuento? Dele.

 

Y Sultán les volvió a ladrar. 

Sofía salió una vez más, dejaba el tacho de la basura sobre la rampa y su atención fue atraída por la voz del cartero que desde la vereda de enfrente y rodeado de los pibes, le anunciaba:

 

¾    ¡Directora Sofía, venga traigo buenas noticias para Don Ángel!

 

¾    ¡Sí, directora, —se sumó el pelirrojo —el viejo…—el sopapo del gordo le acomodó la melena, —quiero decir, Don Ángel ganó el premio!

 

Sofía se apresuró a cruzar la calle y el cartero le entregó la carta. La directora abrió el portón y entró junto con los demás. Rodearon a Don Ángel, al tiempo que Sultán corría hacia una y otra punta del jardín sin dejar de ladrar.

 

¾    ¡Le dije que le tenía fe! ¡Qué contenta estoy! —Se exaltaba Sofía mientras sus manos temblorosas abrían el sobre y su mirada recorría los ojos de los chicos y del cartero.

 

¾    Es un hermoso relato. Nos describe tan bien a todos. —afirmaba Sofía, ya con la hoja ante sus ojos.

 

¾    Por qué no lo lee, directora —se animó a decir el cartero.

 

¾    ¡Sí, dele, directora! —arengó el impetuoso pelirrojo.

 

    Sofía alzó la bandeja y se la alcanzó  a uno de los chicos, había torta partida en porciones que repartieron. Sultán también reclamó su porción. Sofía se sentó junto a Don Ángel y se disponía a leer. Pero miró por un momento, junto con los ojos del viejo, al sol, amarillo, intenso, que se aplastaba en el fondo de aquel cielo claro y pequeño y sintió la voz de Nora que saludó y se sumó al grupo, mientras plegaba la bolsa de los mandados. Sofía bajó la mirada y allí estaba Dalmiro con las uvas, acodado en el alambrado, más allá, los ancianos en el sulky, junto a la zanja para que el caballo pastara. Y las madres, y los abuelos, y las hermanas con los niños de guardapolvo.

Sultán dejó de corretear y ladrar y se hizo la pausa para escuchar la lectura. Don Ángel pareció aferrarse aún más al banco. Y la directora de escuela leyó.

En ese momento, un viento leve arremolinó las melenas de los pibes y molestó al caballo que pastaba. Sultán apuntó su hocico al sol. El viento, casi frío, parecía llevarse las palabras de Sofía.

Y desde la zanja, bajo aquel  puentecito artesanal, un coro de grillos y ranas ocultaron la voz de la directora de escuela. Se hizo la noche y el sol estalló en un millón de estrellas. Y los grillos, y las ranas, y el viento: casi frío.

 

 

 

 

 

viernes, 30 de enero de 2015

VUELTA SIDERAL.


VUELTA SIDERAL.

Por

Hugo Rodríguez.

 

 

Leo llevaba mucho tiempo conduciendo en la misma dirección. Tuvo esa idea, quizás desde niño: siempre hacia el mismo punto del continuum, siempre hacia el mismo plegamiento espacial. Se había subido a su flota-auto, un modelo que él mismo diseñó inspirado en distintas épocas, hacía ya 1276 años.

Ningún cuadrante, ningún indicador del tablero de mandos,  marcaba otra cosa que no fuera aquella dirección, aquel destino que Leo había decidido para él y su astro-móvil. Si esa dirección lo alejaba del universo conocido, a Leo no le importaba: la trompa de su fiel flota-auto jamás dejaría de apuntar hacia ese recinto cósmico, hacia aquel horizonte fijado más de mil años atrás.

Cada tanto, de un planeta u otro, un acompañante se sentaba a su diestra,  a veces una mujer. Leo sabía hacerse de amigos. Esos amigos lo alentaban a continuar su viaje desafiante, aunque ponían en duda la eficacia del auto flotante. Él se vanagloriaba de su vehículo, se jactaba del motor híper-lumínico construido por sus propias manos, aunque Leo, nunca había cursado una carrera de mecánica espacial. Construyó su auto con intuición, más que con razón. No todos sus acompañantes fortuitos, en especial las damas, lo alentaban a seguir, al contrario, le recomendaban abandonar la aventura y sentar cabeza: vender su vehículo y levantar un hogar en algún planeta próspero.

Pero Leo, que podía detenerse de vez en cuando en cierto asteroide furtivo, o en una base espacial, o podía pasar una temporada en un planeta poco habitado, dedicarse a un trabajo ocasional, o atender un romance, lo necesario para no olvidarse  del mundo, Leo, más temprano que tarde, regresaría al espacio. Retornaría a la senda infinita de su destino.

En ciertos momentos del viaje, abstraído quizás por la monotonía del andar, le parecía reconocer algún que otro lugar: una estación espacial o un asteroide ya visitado. Un indicador holográfico o una desviación cuántica  recorrida en otra oportunidad. Como fuere, no volteaba a confirmar, no se detenía a verificar. Leo confiaba en las señales de los cuadrantes de su tablero. Prefería permanecer en aquel duermevela, arrullado por el ronroneo de su vehículo y no detener, bajo ningún criterio, el  viaje emprendido más de un milenio atrás.

 

lunes, 8 de diciembre de 2014

BICÉFALO.
por
Hugo Rodríguez.
El mar te ha llamado, Libelú. Ha rugido como nunca. Vuela, agita tus alas, vuela más alto que las montañas. No temas, que Rojo-luz te guía desde el cielo. 
En la mañana, entre nubes de amoníaco y una luna carmesí, la niña-libélula surge de las montañas  y se precipita hacia la playa. Revolotea sobre la arena, tensiona las alas, estira los brazos y se posa dócilmente.  Las puntas de sus orejas señalan al mar, y las esferas plateadas de sus ojos se fijan en los paracaídas henchidos que flotan y se hamacan en las olas, serpenteando los cordeles.
Ten cuidado Libelú, ¡es enorme! No es como la medusa del lago, la que ha herido al pez. ¿No lo entiendes?  Estás al otro lado de las montañas. Algo ha logrado escaparse de sus hilos. Se ha arrastrado por la arena. ¡Sigue las huellas Libelú, no temas, síguelas!
La niña advierte las pisadas que se pierden más allá, en la espesura. A saltos y aleteando va tras aquellas marcas.
Tumbado en la maleza, embutido en su traje espacial, un astronauta se asfixia, boquea intentando llevar aire a sus pulmones en esa atmósfera de azufre. En el hombro, junto a la insignia de la NASA, el indicador de oxígeno marca cero. Se ha quitado la escafandra, que ha quedado enganchada al cuello del traje y su cabeza golpea contra ella.
La pequeña libélula, la niña alada, de pie ante el agónico viajero, lo escruta con su mirada de plata mientras las orejas se le ondulan.
No es un pez. No lo es. ¡Pero tiene dos cabezas! ¡Igual que aquel! el que ha abandonado el lago. Estás al otro lado de las montañas, Libelú ¿No lo entiendes? Es del mar, de allí salió.
El astronauta abre la boca, gime a cada bocanada y da la cabeza contra el casco, una y otra vez. La niña se acerca y se inclina. Con el dorso de la mano acaricia la escafandra y luego, la mejilla del navegante. Entonces, la pequeña insecto se yergue y de un salto se para  ante los pies del astronauta.  Lo ciñe de las botas y tira de él. 
 ¡Jala, Libelú! ¡Jala! Hunde tus talones. Debes salvarlo como al pez de la laguna. Llévalo hasta el mar. Lejos de la medusa enorme. Llévalo antes que muera. Jala Libelú, jala. Pídele a Rojo-luz por él. Ella lo salvará, como al otro pez.
FIN.

jueves, 9 de octubre de 2014

MAQUINARIA


MAQUINARIA.

 

 

En esa noche de nadie, el viento barría las hojas del andén  vacío y penumbroso. El tren que se acercaba silbó y su luz brilló como una estrella de presagios.

En el interior de uno de los vagones,  de pocos pasajeros, un joven, que descansaba las pantorrillas en el asiento opuesto,  discutía con la Unidad de Seguridad:

 

— ¡Qué vigilás pedazo de chatarra! Qué ¿no puedo viajar? Tengo derecho ¿No? Saqué boleto, mirá. Así te programaron los soretes esos: si el chaboncito es negro y pobre, guarda el hilo.

—Unidad de Seguridad Urbana, serie B785, exige al ciudadano que se identifique.

—Por qué no me dejás de joder, maquinaria. Pedile los documentos a los demás. O qué. ¿No pueden ser chorros algunos de esos giles? O porque van bien vestidos, peinadito y toda la bola,  te pensás que no afanan.

—Repito: Unidad de Seguridad Urbana serie B785 exige al ciudadano que se identifique o ejecutaré su aniquilación.

 

El muchacho retiró los pies del asiento.

 

—Ta' bien. Aguantá la moto. Pará. Ahí tenés la chapa. ¿Todo legal?

—Ciudadano identificado: Sergio Pérez. 16 años. Sin estudios. Sin antecedentes.

—Vistes, limpito. Así que no jodas, chatarra.

—Por los rasgos raciales y sociales existe la posibilidad de que usted sea un potencial delincuente.

—Qué denso que estás, hojalata. ¿Te la agarraste con migo?

—Debo evitar la declinación de la sociedad. Reducir los niveles delictivos, mediante la aniquilación de lo degradado.

—Sí, volándome la cabeza. Pero yo no hice nada. Así que tranquilo, ¿eh? Voy para el fondo, chatarra. Te prometo que me porto bien. No me sigas.

 

El tren se detuvo. El joven pasó a la formación contigua y  permaneció de pie cerca de las puertas de acceso. Miraba en dirección a la Unidad y también hacia una señora que hablaba por celular.

 

El guarda sonó el silbato, el tren  reiniciaba el traqueteo, y la señora gritó:

 

— ¡Me sacó el celular! ¡Agárrenlo! ¡El hijo de puta me sacó el celular!

 

El pibe saltó del tren. Tropezó y  rodó por el andén. La formación se detuvo y dos tipos saltaron sobre él.

 

—Adónde vas, pendejo de mierda. Chorro hijo de puta.

 

Empezaron a golpearlo. Con puños primero. Patadas después. El pibe se cubría con los brazos. Se sumaron más pasajeros:

 

—Vamos, vamos a darle.

—Hay que matarlos a todos estos guachos.

—Rompele la cabeza.

 

El muchacho sangraba de la boca y de los oídos. La lluvia de golpes seguía.

Descendieron el guarda y la señora del celular:

 

— ¿Dónde está la Unidad de Seguridad?

—Ahí viene, señora.

— ¡Qué lo liquide de una vez!

 

            La Unidad se acercó y su voz inmutable retumbó en el lugar:

 

—Ciudadanos, apártense.

 

Las personas formaron un corro alrededor del pibe, que se retorcía en las baldosas bañadas con su sangre.

La Unidad desplegó el arma. Y la ráfaga fulguró en la penumbra de la estación. Los pasajeros que habían golpeado al ladrón, cayeron como piezas de dominó. La Unidad se acercó  al pibe y le quitó el celular. Se lo entregó a la señora,  luego le ordenó al guarda:

 

—Ponga en marcha el tren. Debemos continuar con  el servicio.

—Pero, mataste a todas esas personas.

—Evito la declinación de la especie. Ahora, obedezca. Sigamos con el viaje o tendré que ejecutar su aniquilación.

 

La señora subió primero, seguida por la Unidad de Seguridad. El guarda pitó mientras agitaba la linterna y la locomotora  respondía con el silbato.

En el andén, el joven, con su espalda en la sangre y rodeado por los  cadáveres, forzaba una mueca en su boca destrozada.

 

Fin.

martes, 30 de septiembre de 2014


 

REVELADO.

Guion literario

De

Hugo Rodríguez.

 

SINOPSIS.

 

La historia se ambienta en los ’60 después de la llegada del hombre a la Luna. Y transcurre en el domicilio de Demetrio Gómez.

Demetrio Gómez se ha jubilado de empleado bancario recientemente. Calvo, con anteojos y pancita. Demetrio practica el pasatiempo de  la fotografía astronómica. Un compañero de empleo le ha ayudado a construirse un telescopio.

El domingo por la mañana Demetrio es sorprendido en la cocina de su casa por un fenómeno para normal: unos nanos robots de otra dimensión, semejantes a hormiga, le han secuestrado una jarra de acrílico. Para recuperarla los extraños seres le piden que le entregue una fotografía de la constelación de Orión que Demetrio resguarda bajo el vidrio de la mesita de luz. Los seres son vulnerables a la sílice, el elemento que más abunda en la Tierra y es el componente básico del vidrio.

 Demetrio entrega la fotografía y los secuestradores inter-dimensionales le devuelven la jarra. Demetrio busca en una caja donde guarda tambores de negativos, el correspondiente a la foto, pero encuentra el tambor vacío. Demetrio deduce que los nano- robots le sustrajeron el negativo.

 

 

 

Secuencia 1. En la cocina.

Transcurre: Domingo por la mañana.

 

Junto a la mesada, Demetrio Gómez con un vaso y sobre la mesada, la jarra de acrílico con algo de jugo.

Demetrio, a punto de ceñir la jarra, advierte que una hormiga camina por el borde de la embocadura. Entonces, con su dedo mayor catapulta al insecto. Luego, se sirve el jugo y regresa a la mesa.

Se sienta. Se descalza una pantufla. Bebe y repasa los titulares del diario:

El Apolo de regreso a la Tierra. Fue secuestrado el hijo de un importante industrial de plásticos.

De pronto, un rumor lo distrae.

   

Secuencia 2. En la cocina.

 

Mira hacia la cocina. Sobre una hornalla, una cacerolita, en otra, una pava y la tercera, libre: las tres hornallas, apagadas. La mirada de Demetrio ahora se fija en la jarra. Tantea con el pie hasta dar con la  pantufla y se la calza. Se yergue y chancletea hasta la mesada.

 

Secuencia 3. En la cocina.

 

Demetrio se inclina y apunta su mentón hacia la jarra, se calza los anteojos: una legión de hormigas brillantes la cubren. Un gesto de extrañeza se afirma en su rostro al percibir que estas termitas patinadas surgen de un orificio que flota. Mientras endereza su postura, Demetrio lleva su mano a la barbilla. Luego de una pausa reflexiva, Demetrio gira sobre los talones y   se dirige al comedor.

 

Secuencia 4. En el comedor.

 

En el comedor, abre el segundo cajón del aparador. Revuelve viejas revistas, fusibles, una Kodak en desuso, tamborcitos de rollos fotográficos, servilletas y tenedores. Hasta dar con una lente del tamaño de un plato de té. Sin cerrar el cajón, regresa a la cocina, con la lente entre sus manos.

 

Secuencia 4. En la cocina.

 

Demetrio reclinado hacia la jarra.  Las hormigas  la recubren casi por completo, Demetrio sostiene entre el dedo índice y pulgar la lente. En su rostro el asombro: no se trata de hormigas si no de pequeñas lentejuelas de metal. Robots bidimensionales plateados. Demetrio se endereza, reflexiona y vuelve  a observar a través de la lente. En ese momento los robots aplastan la jarra en dos dimensiones. Demetrio vuelve a erguirse y ve como las hormigas ahora, reducen la jarra a cero dimensión y se enfilan al orificio. Desaparecen.

 

Secuencia 5. En la cocina.

 

Demetrio desconcertado. Pausa. Chancletea nuevamente hacia el comedor.

 

Secuencia 6. En el comedor.

 

Demetrio atiende las fotografías sobre el aparador. Apoya la lente junto a las fotos. En una se lo ve junto a sus compañeros de oficina y otra lo muestra junto a un amigo de bigotes, de anteojos gruesos y peinado a la gomina. Entre ellos un telescopio con una cámara réflex adosada al ocular. El telescopio es el que se para en un rincón del comedor y al que en estos momentos  le dirige la mirada.

Toma la agenda telefónica y selecciona un número. Levanta el tubo y disca. Vuelve a mirar la foto de su amigo. Deja de discar al oír de nuevo el ronroneo en la cocina. Cuelga y se dirige hacia allí.

 

Secuencia 7. En la cocina.

 

Demetrio mira hacia la mesada, pero de inmediato gira su cabeza hacia el periódico del domingo sobre la mesa.

 

Secuencia 8. En la cocina.

 

Allí, desde otro agujero flotante, surge una nueva miríada de robots hormigas que invaden el periódico. Después de cubrirlo por completo, las hormigas se retiran, pero lo dejan sobre la mesa.

 

Secuencia 9. En la cocina.

 

Demetrio se aproxima y advierte que los titulares han cambiado: Entregue la astrofotografía del 23-10-62 sobre Orión. Que usted resguarda de nosotros bajo un mortal escudo de sílice. A cambio le devolveremos su apreciada pieza de poli carbono alterado. Sabemos del esfuerzo de su sociedad por fabricar objetos derivados de combustibles fósiles. Coloque la astro imagen en el lugar donde se encontraba la pieza de carbono y le devolveremos el apreciado artículo.   

Demetrio asombrado. Pausa. Ahora sonríe. Demetrio chancletea hacia el dormitorio.

 

Secuencia 10. En el dormitorio.

 

En el dormitorio. Un ropero y una cama de un plaza, descobijada y vacía. Junto a la cama, una mesita de noche. Demetrio se acerca a la mesita. Enciende el velador. Hay un reloj redondo y de cuerda. Bajo el vidrio, algunas fotos de la Luna y otras de galaxias. Demetrio alza levemente el vidrio y retira una de ellas. La fotografía  muestra una galaxia. La contempla y sonríe. Sin apagar el velador se retira con la foto.

 

Secuencia 11. En la cocina.

 

Demetrio deposita la foto sobre la mesada y espera.

 

Secuencia 12. En la cocina.

 

 Surgen las hormigas, envuelven la fotografía, la reducen a cero dimensiones y se retiran.

 

Secuencia 13. En la cocina.

 

Demetrio tenso. Pausa.

 

Secuencia 14. En la cocina.

 

Nuevamente surgen las hormigas. Reconstruyen la jarra, ante la mirada atónita de Demetrio. Se retiran. Demetrio ciñe la jarra con precaución. La rota entre sus manos. Sonríe. Deja la jarra sobre la mesada y chancletea hacia el dormitorio.

 

Secuencia 15. En el dormitorio.

 

Demetrio junto al ropero, se estira y alcanza una caja o estuche de madera de la parte superior del ropero. Voltea y deposita la caja sobre la cama. Se inclina y abre la caja, en el interior guarda tamborcitos de negativos. Selecciona uno con  fecha: 23-10-62. Lo destapa: esta vacío. Demetrio se yergue. Hay asombro en su rostro. La mirada hacia el techo. Se reclina y hurga una vez más en la caja. Se detiene. Por encima de los anteojos sus ojos miran hacia la mesa de noche: el velador encendido y el vidrio descorrido. Demetrio sonríe y afirma con la cabeza.

 

 Fin.