Puelche
Ijén Kostén mira al norte. El viento cálido le habla, pero esta vez no lo entiende, no comprende las palabras que le trae. Solo sabe que no son buenas.
Cuando Ijén Kostén nació no gritó, abrió su boca para que el aire se hundiera en sus pulmones. Desde entonces el aire fue su hermano: jugó con él, soñó con él; habla con él. Pero hoy no adivina las palabras que le acerca y Ijén Kostén teme.
Su pueblo lo eligió cacique. Es hábil con el arco.
El aire le dice dónde pastan los guanacos; los ñandúes; dónde se esconde el agua y cuándo vendrá la lluvia.
Erguido; corpulento y poderoso caminador, Ijén Kostén, junto a sus compañeros de caza, persigue por días al guanaco hasta cansarlo. Sus hermanos confían en él: no perderá el rastro del animal y luego beberán la sangre para recuperar las fuerzas y festejar la caza.
Ijén Kostén teme. Teme no volver a cazar, teme perder las voces de su gente y teme que el aire se olvide de él. Porque hoy no lo entiende. El viento le trae olores a bestias que nunca olió; a hombres que nunca olió, y le trae palabras confusas, no solo para él, sino para el mismo aire también. Al aire le preocupa una palabra, que aterra al cacique. Una palabra inasible; imprecisa, como la muerte. El cacique no la entiende, su hermano tampoco. La palabra es: conquista.