Diegol
Argentina y la pelota. Argentina y el partido. ¿Para cuándo Argentina y el gol? ¡Vamos muchachos! La pelota viene para Batista. Batista viene para Enrique. Enrique cambia para el Vasco. Allá viene para Olarticoechea, que lo tiene a Diego como número 10, a Giusti como número 9, a Burruchaga y a Valdano de 7. La pelota para Maradona. Maradona puede tocar para Enrique. Siempre Maradona. Hace un dribling. Se va. Se va entre tres. Siempre Diego. ¡Genial, genial, genial! Tocó para Valdano… Le queda a Maradona, anticipó a Shilton.
—Uy. ¿Qué, ya estoy muerto? ¿Vos sos, el que yo creo que sos?
—Sí, enano. Me ves como me ves, porque así es como me imaginás: viejo, barbudo y de blanco. Pero soy un ser muy distinto. Muy distinto.
—Entonces, lo de creado a imagen y semejanza,
—Ustedes no se parecen a mí, ni en el blanco del ojo. Jamás hubiese creado algo como ustedes.
—¿Y?, ¿Quién nos creó?
—¡Yo! Por supuesto. Pero, fue un error. Una distracción.
—Si me lo permite Don, recuerde que errar es humano,
—Esa frase la inventé para tapar un poco el desastre.
—¿Tan malos somos?
—¡Horribles! Por qué te pensás que permito las guerras, el hambre, la desigualdad, las catástrofes ecológicas, etcétera, etcétera.
—No sé.
—Porque otra de las medidas que tomé para tapar esta cagada,
—¿Dios?, ¡por Dios!
—¡No pronuncies mi nombre! ¡No blasfemes!
—Perdón.
—Bien, te decía, otra de las medidas fue colocar tu planeta en el último rincón del Universo. Aislados de mis otras creaciones que sí son armoniosas. Nunca van a contactar con ellas. Intenten todo lo que quieran para comunicarse con el Cosmos, jamás lo lograrán: jamás pondría en peligro al resto de mi creación.
—Entonces, estamos más solos que Adán en el día,
—¡Enano! ¡No blasfemes!
—No, no, perdón. Quería decir, que, bueno, estamos solos.
—Se tienen a ustedes mismos, para qué más. Y ahora, basta. Vayamos a lo que te traje aquí. No estás muerto, pero estás a punto de hacer un gol con la mano, que va a pasar a la historia como “La mano de Dios”. ¿Cómo pude crearlos? ¡Por Dios!, o sea, ¡Por mí! Y no tengo quien me castigue.
—Tranquilo, Don. Tómelo con soda.
—Sí, tenés razón. Mirá, pibe, esto es muy simple: hacés el gol con la cabeza, o, si no llegás, enano, no lo convertís y listo. No quiero que usen mi nombre en vano. “La mano de Dios” tiene que olvidarse. ¿Entendiste?
—Creo, creo que sí. Pero, Don, bueno, no se enoje, solo dos cosas.
—¿Cuáles?
—Una: mi nombre es Diego. Dos: está buena su frase, “se tienen a ustedes mismos, para qué más”.
—Regresá a la cancha, enano, y hacé lo que tenés que hacer.
Tocó para Valdano… Le queda a Maradona, anticipó a Shilton. Con la mano. Gol. Gol Argentino. Diegol. Diego Armando Maradona. Entró a buscar, luego de una jugada maravillosa, un rechazo para atrás. Saltó, mandando la pelota -con la mano para mí- por arriba de Peter Shilton, para que termine en gol.