Vertiginoso.
Amanece.
Toby ladra a la canilla del jardín. De allí cuelga una gota que se estira como una lágrima y está a punto de abandonar su adherencia. Un plato con agua la espera al pie del caño, sobre la rejilla del desagüe. Toby olfatea el plato, luego mira a la gota que acaba de abandonar el pico y, con la punta del hocico, acompaña de cerca la caída de la perla recién nacida.
Apenas ha comenzado su caída, custodiada por la nariz canina, la gota se enciende en multicolores, agradeciendo las caricias del sol. Entonces Toby da giros, saltos, ladra y emprende un vertiginoso paseo por el jardín.
Mientras tanto, la gota continúa su irrenunciable descenso. Casi ha llegado a la mitad del recorrido: el plato ahora está más cerca y Toby también. Toby mira la perla, que ya no refleja multicolores, porque acaba de entrar en el cono de sombras, sombras que la acompañarán hasta el final. Toby, endurece las orejas y mueve la cola: la gota se acerca al momento del contacto. Pocos segundos después, por fin, y ante la mirada atenta del can: la gota toca el agua.
Toby ha inclinado la cabeza hacia el plato y ha dejado de agitar la cola: la gota se acaba de hundir y un desfile de círculos concéntricos se expanden por la superficie. Toby extiende las patas, clava las uñas en la tierra y no quita mirada al plato. Las ondas levantan crestas que se alzan unos pocos centímetros, para luego curvarse y cerrarse, atrapando el aire en su interior: la burbuja se ha formado. Toby jadea y se distiende. Las sombras se estiran. Un haz de sol toca a la burbuja que se enciende como un arcoíris y Toby comienza un vertiginoso paseo por el jardín.