viernes, 3 de enero de 2025

 Vertiginoso.


Amanece.

Toby  ladra a la canilla del jardín. De allí cuelga una gota que se estira como una lágrima y está a punto de abandonar  su adherencia. Un plato con agua la espera al pie del caño, sobre la rejilla del desagüe. Toby olfatea el plato, luego mira a la gota que acaba de abandonar el pico y, con la punta del hocico, acompaña de cerca la caída de la perla recién nacida.  
Apenas ha comenzado su caída, custodiada por la nariz canina, la gota se enciende en multicolores, agradeciendo las caricias del sol. Entonces Toby da giros, saltos, ladra y emprende un vertiginoso paseo por el jardín.
Mientras tanto, la gota continúa su irrenunciable descenso. Casi ha llegado a la mitad del recorrido: el plato ahora está más cerca y Toby también. Toby mira la perla, que ya no refleja multicolores, porque acaba de entrar en el cono de sombras, sombras que la acompañarán hasta el final. Toby, endurece las orejas y mueve la cola: la gota se acerca al momento del contacto. Pocos segundos después, por fin, y ante la mirada atenta del can: la gota toca el agua.
Toby ha inclinado la cabeza hacia el plato y ha dejado de agitar la cola: la gota se acaba de hundir y un desfile de círculos concéntricos se expanden  por la superficie. Toby extiende las patas, clava las uñas en la tierra y no quita mirada al plato. Las ondas levantan crestas que se alzan unos pocos centímetros, para luego curvarse y cerrarse, atrapando el aire en su interior: la burbuja se ha formado. Toby jadea y se distiende. Las sombras se estiran. Un haz de sol toca a la burbuja que se enciende  como un arcoíris y Toby comienza un vertiginoso paseo por el jardín.

Una mano de seis ases.

Nuestra chica del calendario es solo una ilusión, amigo. Ella acaba pareciéndose a las nuestras. Por ejemplo, en estos últimos días me hace pensar en Flossie. ¿Nunca les hablé de Flossie, verdad? Para mí, de todas las mujeres que conocí - y otras que conoceré, eso espero -, Flossie es única y eso no cambiará jamás.

Conocí a Flossie una noche, en el garito de Eddie, en Miami. Le había ganado una buena cantidad a un confiado caballero y doblaba mis apuestas. Había conocido a Flossie aquel mediodía, pero ya éramos íntimos. Los dados estaban encantados gracias a ella. La suerte estaba conmigo y justo, cuando todo era una noche de vino y rosas, escuché un ruido que me era muy familiar: no hay nada como la policía para echar a perder una maravillosa velada. Según parecía, a todos nos había sorprendido con los pantalones bajados. La redada no me inquietaba, mi revólver un poco. Para evitarme problemas le entregué mi pistola a mi amiguita Flossie y ella la escondió en su bolso de mano. Mi nena, no solo era bella, sino que además, conocía la puerta justa para escapar de allí. Mi coche estaba esperándonos, así que, nos largamos: con mi dinero; mi pistola y mi chica.

Sentado al lado de aquella muñeca de ensueño, me sentí flotar. Ella tenía cerebro; chasis y todo lo que va con ello. Mejor que una mano de seis ases. Pero lamento tener que recordar que Flossie también sabía manejar una pistola... ¡Mi pistola! La verdad es que yo al principio sospeché algo, pero ahora estaba seguro: fue la única vez en mi vida en la que no hablé mucho, porque no encontré las palabras adecuadas. Mi nena me pidió todo el dinero que había ganado y yo nunca digo que no a una dama, especialmente cuando está armada. Así que, allí estaba yo, sin automóvil; sin un centavo y sin discusiones.

Y esa fue la última vez que vi mi coche; mi dinero y a mi chica. Me pregunto
a quién estará estafando ahora.

—Bien, perdedores, apaguen la luces.
—Sí, oficial.